La fama esquiva del valiente Strippoli

En el estudio de televisión confluyen varias cascadas de luces azules. El sonido de los aplausos del público se desvanece y de inmediato solo se escucha la música. La cámara hace un plano general que muestra a Francisco Strippoli: está postrado en el centro del escenario, en una plataforma circular con un par de escaleras cortas al fondo. Visto así –vestido de traje gris satinado, corbata morada, zapatos pulidos, peinado con esmero– no parece cansado, aunque lo está. Agacha la cabeza, la vuelve al frente; tiene la mirada fija, el ceño fruncido. Toma aire y en el momento preciso suelta su voz redonda.

Ya no quiero hablar, ya se dijo todo…

Francisco tenía el pálpito –más bien la convicción– de que no ganaría este concurso. Así que como un guiño escogió Va todo al ganador, un tema de Benny Andersson, para esta gala –la última, la decisiva– de la segunda temporada de Yo sí canto, que transmite Venevisión todos los sábados y comenzó en julio de 2011. Era el tercer reality show en el que se atrevía a concursar para “pegar”, acaso para encontrar la fama.

Duele aún mover, cosas del ayer

No debí soñar un amor tan puro

Qué inocente fue, ir de buena fe

Interpreta esas primeras frases con sutileza. Con cuidado. Hace apenas horas esta presentación era incierta para él, porque estaba en peligro de eliminación. Hace un rato tuvo que enfrentarse a otros dos participantes también amenazados. Solo uno de los tres tendría el pase a la final, pero después que cantaron el jurado decidió darles la oportunidad a todos. En total son cinco los que se disputan el trofeo. La grabación se extiende hasta las 4:00 de la madrugada y por eso Francisco está agotado. Por eso y por la presión: a lo largo de los nueve meses del concurso estuvo en riesgo de salir seis veces. Pero esta vez la angustia era mayor: no llegar al final significaba más que una derrota.

Va todo al ganador, a quien jugó mejor
Me toca a mí perder, qué le voy a hacer

Le da la espalda a la cámara. Camina con determinación hacia el centro del círculo y se detiene bajo los reflectores azules. Francisco convierte su voz en un río torrencial que inunda el estudio 1 de Venevisión. Escala de los graves a los agudos sin lesionar su afinación. Juega con el ritmo. Dosifica el vibrato. Nada de frases terminadas bruscamente: les agrega adornos, las estira, las matiza.

 

Los dioses por placer, eligen sin querer

Los dados al rodar, marcan nuestro azar

 

Arquea el tronco hacia atrás, cierra los ojos, camina por el escenario. Si parece que se desgarra físicamente es porque se lo juega todo en cada nota. Mira a la cámara. Mira al jurado –Manolo de Freitas, Hugo Carregal, Mirla Castellanos–. En el momento cumbre de la canción empuña las manos y suelta un grito potente sostenido por cuatro segundos:

 

Va todo al ganadoooor

Calla.

Y vuelve a tomar aire. Y en una agudísima nota, en falsete, remata. Y vuelve a la sutileza inicial. Y termina arrodillado, en el piso que no tiene garantía de volver a pisar.

Marcelina Infante también sabía que Francisco no iba a ganar. No, no porque creyera que cantara mal, sino porque, dice casi como un secreto, desde el principio la producción no había disimulado su preferencia por Henrys Silva, un moreno de la estatura promedio de un basquetbolista, de voz robusta, proveniente del oriente del país, que también está entre los finalistas.

Marcelina vio la final comiéndose las uñas. Tenía su favorito –el mismo de la producción–, pero ese día sufría porque los vio llorar a todos. A Henrys y a Gabriela Puche –una maracucha, también finalista– les había dado posada en su casa para que no pagaran hoteles en Caracas durante los meses del concurso.

No solo lo hizo con ellos, sino con otros cuatro a quienes fueron eliminando en el proceso. Cuando salían, se ponía triste. Porque para ella todos son talentosos. Marcelina –delgadísima, tez clara, de hablar pausado, cabello por debajo de los hombros, rostro afable– trabaja como productora y mánager de prensa de varios músicos. Por eso maneja algunos contactos. Antes se dedicaba al teatro, pero la música la enganchó. La música y los concursos de canto. Sabe quién ganó en cada uno de los realities, quién quedó de finalista, a quién sacaron de la competencia y en qué momento, a quién rebotaron en el casting, qué cantó cada quién en cada presentación. No los ha contado, pero tiene referencias de los once certámenes de canto televisado que se han transmitido en el país, por señal abierta, desde 2002 hasta 2012. Fueron cuatro por Venevisión, cuatro por el desaparecido Radio Caracas Televisión y siete por Televen. También evoca a Cuánto vale el show, aquel programa de competencia de voz que se mantuvo en la pantalla venezolana por 20 años, hasta 2001. Marcelina no se pierde tampoco los concursos internacionales: The voice, The X factor, American Idol, Latin American Idol, el festival de Eurovisión. Por eso compara y le altera el ánimo que para los egresados de las competencias nacionales, a su juicio talentosos por demás, el reconocimiento masivo se les termine convirtiendo casi en una utopía.

Su fascinación por estos certámenes comenzó en 2005, cuando conoció a Josué García, quien acababa de ganar la séptima y última temporada de Camino a la fama (Televen, 2005). Ya él había recibido muchos portazos en la cara: había entendido que el curriculum –estudios de canto, un primer lugar en un concurso televisado– no era suficiente.

—Ayúdame a entrar en los medios, Marcelina, yo quiero que la gente conozca mi música— le pidió.

—Vamos a intentarlo.

No lo dudó porque su voz le resultó una caricia. Entonces se convirtió en un hada madrina. Lo empujaba a ir a cuánto casting había, y antes de cada audición le decía que sí podía. Fue así que Marcelina comenzó a ser esa columna de apoyo también para muchos otros que, además de empeñarse en vivir de la música, se desvelan por la fama. Un grammy, alfombras rojas, multitudes que griten sus canciones a todo pulmón, fotos en las primeras planas de la prensa, entrevistas a periodistas. Esos sueños. Porque insisten en que  tienen –les sobra– talento. Le quieren gritar al mundo, con sus voces melodiosas, que ellos existen. ¿Es el deseo de nunca morir, de trascender, de permanecer? Lo intentan, una y otra vez y otra vez y otra vez.

En 2008 Josué quedó entre los 20 venezolanos seleccionados para el casting de Latin American Idol en Argentina. En el aeropuerto de Maiquetía, antes de que partieran, Marcelina les dio una palmada en el hombro a todos. Y cuando volvieron, sin éxito, les dio otra. Desde entonces algunos comenzaron a llamarla “tía”. Así se fue conformando el cardumen en busca de fama que ella alienta, y que va de concurso en concurso tratando de “pegar”. Se consiguen en las colas de las audiciones y allí cuentan con el abrazo de Marcelina. Si alguno no queda, ella lo consuela. Si alguno clasifica, ella le presta su casa. Si alguno tiene una presentación, allí está Marcelina, gritando frenéticamente en el público.

Marcelina conoció a Francisco en 2009. Se lo encontró en el reality En busca del cantante plus, patrocinado por Venevisión Plus. Ella apoyaba a Rychard Núñez, quien había concursado en Fama, sudor y lágrimas –RCTV, 2005–, estuvo entre los que fue a Argentina a la audición en 2008; y ahora, como Francisco, estaba entre los cinco finalistas. El premio era llamativo: representar a Venezuela en un concurso en Miami, hospedado en una mansión con todos los gastos pagos y 500 dólares semanales. Francisco ganó. De allí Marcelina tiene referencia de su recorrido. Por eso también lo aplaude.

 —Yo sé todo lo que ha luchado ese muchacho, siempre con su mamá para arriba y para abajo –dice.

—Ya todos sabíamos que él iba a ganar –interrumpe Rychard–. Pero así funciona esto. Aunque, claro, Francisco canta genial.

—No siempre se sabe –lo corrige Marcelina– a veces uno no tiene idea. Fíjate que en la primera edición de Yo sí canto [Venevisión, 2010], donde también participó Josué García, no se sabía que Rassel, una morena espigada que venía de quedar de segundo lugar en la tercera edición de Fama, sudor y lágrimas [RCTV, 2007], iba a ganar.

—En todo caso, Francisco se ha sabido mover, lo que pasa es que el mercado es muy difícil –responde Rychard.

El mercado es muy difícil. El mercado es muy difícil.

En 2005, cuando aún era un estudiante de bachillerato, Francisco participó en un concurso menor, también en Venevisión, cuyo nombre prefiere no recordar. Esa vez el jurado casi lo insultó cuando terminó una de sus presentaciones y lo eliminó. A eso le siguió una depresión. Fue cuando lo vio así que Mary Jane, su madre, entendió que la música era importante para él. Y lo alentó a que siguiera cantando. Años más tarde, cuando ingresó a la Universidad Central de Venezuela a estudiar la licenciatura en Artes, Francisco se inscribió en la competencia de canto que organiza esa casa de estudios, y ganó. Pero, lo sabía, ese era un concurso sin mayor trascendencia.

Quería medirse en tarimas más profesionales.

Es 2009.

La idea de ser famoso le guiña el ojo a Francisco. Por eso se ha venido preparando. Estudió canto en la academia de Mayré Martínez, la venezolana que ganó el primer Latin American Idol. Tomó clases de teatro con Romano Rodríguez, hermano de la actriz Rudy Rodríguez. Ahí está su madre Mary Jane, haciendo de mánager: lo acompaña a los castings, a sus conciertos, le consigue contactos, presentaciones. Se enteró de que estaban buscando un representante de Venezuela para un concurso internacional en Miami: la idea era seleccionar, entre varios latinoamericanos, a un cantante para una agrupación que se conformaría ex menudos, la banda que se hizo famosísima en la década de los 80 y 90. Pero a Francisco, no sabe por qué, no le llamó la atención de inmediato. Ella insistió, porque está convencida de que su hijo puede ser una estrella.

 —Hay un concurso de Venevisión Plus en el que están buscando un cantante para un nuevo grupo de Menudo.

 —Mamá, no; a mí no me gusta Menudo, yo ni siquiera me sé las canciones de ellos.

 —Anda, no tienes que cantar nada de ellos, puedes ir con cualquier tema.

Francisco, por esos días, estaba ensayando para la que sería su última presentación como voz ucevista, pero ante la insistencia de su madre prefirió irse a Miami a probar suerte. Francisco no habla como canta. Su voz, cuando conversa, no resulta melodiosa y es ligeramente nasal. Se atropella, descuida la articulación de las palabras. Cuando se emociona, aumenta el volumen y entrecierra sus ojos achinados con la mirada perdida. En persona es una contradicción del artista que se monta en una tarima: no tiene la actitud de la fiera que sale a matar a su presa, sino la de un cordero que quiere pasar desapercibido. No viste las pintas estrafalarias, sino que se presenta con jeans roídos, zapatos Converse y chemise. Y luce retraído.

 Quizá por eso comentan que es tímido. O creído, echón. Arrogante. Así llega a la audición de Batalla de las Américas, el concurso de Venevisión Plus: si gana, viaja a Miami. No conversa con los demás aspirantes. Y queda. Pasa uno, dos, tres filtros ante el jurado que integran los cantantes de la banda Guaco. Llega a los cinco finalistas. Y gana.

Ante el reto de representar al país en el exterior, Mayré Martínez, quien le había dado clases en su academia, y el cantante y actor Jhon Paul Ospina, le brindan asesoramiento vocal y escénico. Porque hay que ir bien preparado, le insisten. Cuando se monta en el avión su mente está en blanco: nada de expectativas, de alegría desbordante. Tal vez un poco de ansiedad o miedo ante el desafío. La emoción le llega en Miami. Porque por primera vez se encuentra a sí mismo con la vida de famoso que ya tenía entre ceja y ceja: está en la comodidad de una mansión y comparte criterios musicales con 20 compañeros provenientes de distintos países de Latinoamérica. Puede broncearse en las playas de Miami, pasear por los centros comerciales y gastar los 500 dólares que le pagan. Se siente importante cuando, en televisión (Mega TV y Venevisión Plus), sale acompañado por las bailarinas de Pitbull. Tiene todo el día detrás a un equipo que le dice qué ropa le queda bien, qué canción le favorece.

¿Cómo, entonces, no estar seguro de que puede ser famoso?

—¡Tú estás súper preparado! –le dice su profesora de canto.

“Este mundo es maravilloso y quiero estar aquí siempre”, piensa. A tres meses de su llegada, en la semifinal, en Puerto Rico, a Francisco lo eliminan junto a otros cinco compañeros. Aunque se le acababa la vida de príncipe en un castillo, no deja de reír. No le importa si, como le comentan en chismes de pasillos, le hicieron trampa. O si fue que la producción se gastó el presupuesto antes de tiempo y se vieron obligados a sacar a tantos a la vez, como también escuchó. En el fondo hasta se alegra de su salida porque, supone, al llegar a Caracas tendrá abiertas las puertas de la fama de par en par. Se imagina firmando autógrafos y sonríe. “En este momento, mi carrera va a despegar”, piensa otra vez. Pero lo que encuentra es el silencio del anonimato. Que acaso es como un golpe al caerse desde muy alto.

Entonces se dispone a continuar a la caza de la fama.

 —Yo soy Francisco Strippoli.

—Francisco Strippoli… Strippoli… Strippoli… ¿Por qué tu nombre me suena?… ¿tú has estado haciendo algo en el medio artístico? –le pregunta Manolo de Freitas, miembro del jurado de la segunda edición del concurso Yo sí canto, de Venevisión (2010).

Francisco despliega una sonrisa nerviosa en la que deja ver su dentadura derecha. Sabe que no solo lo recuerda del concurso Batallas de las Américas. Cuando llegó de Miami invirtió el dinero ahorrado en la producción de un tema para lanzarlo en las redes sociales y darse a conocer. Grabó la canción Amar de Nuevo, del compositor Fernando Domínguez, quien además hizo la producción de la canción. Francisco no quedó satisfecho con el resultado; pero Domínguez pensó que sí podía sacarle provecho. Se enteró de que en Venevisión estaban haciendo un casting para la banda sonora de una de las parejas amorosas de la novela La viuda joven, que estaban por estrenar. Y envió el material. Luego los llamaron a una audición: el escritor del dramático, Martin Hans, repitió con los actores varias veces la misma escena con diferentes canciones. Y se quedó con la de Francisco.

—Hace dos años participé en un concurso internacional de Venevisión Plus. Y actualmente tengo una canción en la telenovela de Venevisión –le responde a de Freitas.

—¿Y qué buscas en Yo sí canto? –le dice con desgano De Freitas.

—Mi mánager, que es mi mamá, y yo, hemos tocado muchas puertas. No todas se han abierto, pese a tener un tema en la novela.

Lo había intentado, sin éxito, por ejemplo, en Sábado Sensacional, y nada. Para él, la búsqueda de la fama era ahora como tratar de encontrar un trébol de cuatro hojas –esa florecita verde conocida como señal de suerte–, en medio de la maleza. ¿Acaso alguien sabía que la canción de la novela era suya?

—Cantas muy bien, pero… a ver… hay muchachos que no han dado pasos que tú sí…

—No es tener ventaja. Creo que mi experiencia previa solo es preparación –le replica.

Entonces da su demostración en escasos 10 segundos. Tenía las condiciones, no podían decirle que no. Y queda. Por la experiencia de Miami, Francisco está confiado. “Esto es pan comido”, piensa. Pero en la primera gala de Yo sí canto, después de una presentación en la que trastabilló, lo amenazan. Y comienza a sentir una presión que lo acompaña durante todo el concurso. La agenda copada: todos los días, ensayos en el canal desde las 8:00 de la mañana hasta cualquier hora de la noche. Las grabaciones inician en la mañana y terminan de madrugada. Encuentra malicia, riñas entre grupos, favoritismo descarado. Entiende que ya no es la vida de fama en Miami. En las noches de insomnio piensa: “Después de mi experiencia afuera, y con la canción en la novela, ¿me van a sacar? Yo sé que no voy a ganar, pero me tengo que meter en la final”. Así que decide ser calculador: evalúa la actitud de los otros competidores, lo que le interesa a la producción, al jurado. Y saca sus cartas con astucia. Si el jurado le dice que no adorne los finales de las frases, le hace caso aunque no esté de acuerdo. Si a un concursante le va bien con una canción de José José, busca para él una parecida, pese a que no le guste. Un productor, que conoce su trayecto e imagina cómo se siente, siempre lo ve callado, retraído, pensativo. A veces se le acerca, le da una palmada y le dice: “El valiente Strippoli… pa’lante”. Así siempre le repite. “Porque nadie se va a meter en un concurso como este teniendo un tema en una novela y después de un concurso afuera. Hay que tener bolas”, le insiste.

 Al cantar en la gala final, el jurado le reconoce su perseverancia y aplauden su talento. Igual no le dan la nota máxima.

Y llegó el momento de los resultados.

—…Y el cuarto lugar es para… Francisco Strippoli…  –anuncia el animador.

Francisco pasa al centro. Recibe la placa. Sí, siente que lo estafaron. Cuestiona el resultado. Piensa una pregunta retórica: “¿Era para un cuarto lugar?”. Quizá nunca se está del todo preparado para la derrota. Pero ya sabe que es parte del show. No se aflige. No tiene el semblante de un perdedor. Hasta se ríe. Cree que fue cuestión del destino. Entonces piensa en la calle, en los portazos y sabe que ganar un concurso no es garantía de fama. Sabe que salir en televisión es lo de menos porque no hay disqueras en el país que vean a estos muchachos como un producto. Y no todos cuentan con la suerte de, por ejemplo, Hany Kauam, egresado de Fama, sudor y lágrimas (RCTV, 2006), a quien un productor contrató e invirtió en su carrera hasta posicionarlo. El talento se le queda corto a Francisco, porque tiene para vivir pero no para invertir en la grabación de un tema, en conciertos, sesiones de fotos, en giras de medios. Hay que pagar payola para sonar en la radio y si tuviera los recursos no lo dudaría. Porque no es suficiente posarse bajo las luces, cantar con un gañote afinado para que alguien le pida una foto, un autógrafo.

 

Por Erick Lezama Aranguren | @ericklezama1

*Esta crónica fue publicado en el libro Desvelos y Devociones (Cigarrera Bigott, 2015), editado por Albor Rodríguez y Alfredo Meza.

RESEÑA – Mad Men

La publicidad es considerada, por algunos, como una profesión engañosa. La contemplan como una venta descarada de productos, que puede llegar a arruinar al consumidor, pero… ¿qué si lo es? Es decir, más allá de un sistema, la publicidad se concentra en algo mucho más complejo: la persuasión y la identificación, busca emular emociones para lograr vender, para calar en el imaginario y en las vivencias de la gente.

Mad Men es una serie que apareció en 2007. Reconocida una y otra vez por las academias, es considerada como una de las mejores de la historia, pero… ¿está sobrevalorada?

Comprender la serie depende de tres pilares fundamentales: la profesión, los personajes y el entorno. En primer lugar, aquí la publicidad es tratada como una ciencia, como un ensayo y error para explicar cómo darle importancia a un producto.

Un ejecutivo de ventas siempre se considera una especie de vendedor evangélico que va de puerta en puerta ofreciendo lo mejor de la compañía y persuadiendo a los posibles clientes, pero en Mad Men el enfoque está puesto sobre las relaciones públicas, con el manejo de intereses.

Los redactores son aquellos que sostienen el sistema: crean las ideas, estrategia y fundamentan todas las propuestas. Le dan una voz a la marca, pero se enfrentan con la dura realidad del capricho de quienes lo contratan, quienes creen saber cómo hacer el trabajo de la agencia. Así, los redactores realizan innumerables propuestas, todo para llegar a un simple bosquejo: a una presentación y a un producto tangible.

Mad Men nos muestra, con creatividad y desde un enfoque innovador, todo este proceso.

Personajes de carne y hueso

La verosimilitud de una historia reside en cómo el autor refleja las emociones y comportamientos de sus personajes, en dotarlos de una voz propia cuando están en pantalla o en un párrafo de un libro. Aquí, cada personaje tiene un objetivo, pero sobre todo un trayecto, una historia propia que choca con los hechos de la época.

Don Dreaper es un creativo que ha llegado bastante lejos en el mundo de las publicidades, crea de un instante a otro una realidad simulada: sabe persuadir a los clientes y a todo aquel quien lo escucha. Sin embargo, huye de quién es realmente, de un marco preestablecido en el sueño americano. Lo tiene todo, pero nunca es suficiente. La ansiedad lo carcome como si fuera un trastorno que lo empuja a retar al sistema, a no quedar aferrado a ninguna posición; pero también se debate entre su ambición y la percepción de intentar aprender a ser más humano, a ser padre y a convivir con su entorno.

Peggy Olson es una secretaria que llega bastante lejos. Su ambición nubla su juicio pero sirve como principal catalizador de sus razones de lucha. El reflejo de sus iguales en una oficina le deja claro qué no quiere para su vida. Contrasta con Dreaper, aunque también arriesga su humanidad.

Olson sacrifica su vida personal para construir eslóganes, para ganar una posición y sobre todo para no darse por vencida ante el sistema. Siente la presión de un mundo corrupto pero depende del mismo, se aprovecha de formar parte del rompecabezas tras entender cómo funciona.

Joanne Harris es la mujer que comanda el equipo de secretarias, quien conoce cómo funciona la oficina y el negocio pero no se involucra, sólo se mantiene al margen. Ella y Peggy representan la ficha disonante del show, personajes que nadan en contra de la corriente y que intentan buscar su propio camino en medio de una sociedad que pretende limitarlas a contestar el teléfono.

Pete Campbell es un personaje que cree tenerlo todo. Adinerado, y con un futuro prometedor, es uno de los personajes que tendrá que luchar por encontrar su lugar. Sobre todo al comprobar que no es suficiente con los contactos, sino que también es necesario tener la habilidad y talento para hacer negocios.

Finalmente, Roger Starling es el personaje que más podría hacerle ruido a la audiencia, porque es el millonario que lo tiene todo, que supervisa a todos desde la distancia pero hace estupideces. Es el reflejo a futuro de Don, su tutor y un spoiler de lo que podría ocurrirle a futuro.

Contexto y trama circunstancial 

Mad Men no tiene una drama definida, lo que para muchos puede es su talón de Aquiles. Aquí el factor de reflejar la vida de los protagonistas es lo más importante: contrastar sus reacciones en medio de hechos importantes en la época también tiene un peso tremendo.

Los personajes más pequeños del show tienen un porqué y permiten enseñarle al espectador qué tanto se va desarrollando la trama. La construcción de Lucky Strike, Hersheys y hasta del presunto Mcdonalds, permite entender cómo funcionaba la industria.

Al principio cuesta asimilar el ritmo pausado y muerto que podría tener la serie, pero posterior a ello se convierte en una conversación constante entre espectador y personajes, con vivencias, desgracias y sarcasmo puro en ciertas escenas.

Mad Men, al menos de mi parte, es una producción más que recomendada.

 

Por Daniel Klíe | @Chdnk

Sálvese el warao que pueda

Volcán es una comunidad grande, ubicada a orillas del caño Manamo en Tucupita. Ahí se encuentra La Playita, un sector que ofrece un vivo contraste entre lo que era y lo que es ahora. Si antes solo se veía la polvoreada de la arena y varias hectáreas de caña silvestre, hoy día –luego de la invasión de waraos en el año 2000– hay muchas otras cosas que ver y padecer. Muchas más.

Para llegar a La Playita, tuve que hacer cola durante una hora en el centro de Tucupita, desde donde salen los autobuses que cubren la ruta hasta Volcán. Una región que no escapa de los problemas de transporte que sufre toda Venezuela. A mitad de mañana, la cola crecía y no se veía ninguna unidad de transporte. Tuve que resignarme a subir a una perrera.

El viaje duró poco más de 30 minutos. El camión me llevó a mí y a unas 15 personas más. Cuando se acercaba a su destino, frenó con el usual rechinar de un vehículo desgastado. Le pagué 100 mil bolívares al chofer y este lo recibió mientras se secaba el sudor de la cara con un pañuelo. Cuando lo vi recordé la edad de mi abuelo a su muerte.

Bajé por la rampa que da a La Playita, es una improvisada comunidad donde la mayoría de sus habitantes son  indígenas waraos que migraron a este sitio desde la selva deltaica. Antes era un pueblo. Ahora es una ciudad de hojalatas que se asemeja a cualquiera de los barrios que conforma Petare, en Caracas.

Me dirigí a la casa del señor Regino Reinosa, quien sería mi guía por el lugar y quien había dispuesto un chinchorro para que me sentara. Él ha visto todas las anormalidades de aquella selva de arena y zinc; no obstante, no quiso contarme mucho: prefirió que yo viviera mi propia experiencia.

En la comunidad Volcán del municipio Tucupita, se ha levantado una  economía ilegal, donde las gestiones de compra y venta se rigen por el valor del dólar paralelo. Al mismo tiempo, es el único lugar de Delta Amacuro donde se mueve mucho dinero en efectivo, debido a su condición de puerto.

Tres incendios dentro de almacenes clandestinos de carburante obligaron a las autoridades a suspender el servicio del surtidor de gasolina y diesel hace seis meses; sin embargo, hasta ahora en varias casas de zinc pueden verse bidones de combustible.

En las mañanas puede verse a una veintena de vendedores –de empanadas, pan,  ropas y jugos– caminar sobre la arena que sostiene la comunidad. Los gritos suenan al unísono, mientras un indígena desde su chinchorro llama a un comerciante ambulante solo con un gesto, revisa el producto, y, si le convence, saca de su bolsillo, allí mismo en su hamaca, un fajo de billetes de cien mil Bs.

“Lo bueno de vender aquí es que los waraos te lo compran caro porque tienen plata”, me explicó una chica que vendía jugo de mango.

Ya bajo el sol del mediodía que calentó más  la arena, otro grupo de  buhoneros grita: “¡Teta, teta!”. Mientras que por otro lado se escucha: “¡Najoro, najoro, najoro!”, que significa comida en el idioma warao.

Pero no solo los waraos son los clientes de los comerciantes, los no indígenas –los mal llamados “criollos”– viajan desde Tucupita hasta ese sector para concretar negocios y a la vez aprovechar todas las ofertas.

Durante el día, se vende medicinas, combustible, ropa, comidas, ¿cuerpos? Todo esto publica y notoriamente. En las noches, el comercio informal se diversifica más.

Los lugareños, que en su mayoría son indígenas, viven en condiciones poco humanas. Los protegen débiles palos y láminas de zinc. No cuentan con los servicios básicos. Sin embargo,  su entorno les da para que sonrían cuando miran la televisión, cómodos desde sus chinchorros. Al menos aquí tienen para comer y las medicinas que necesiten les llegan a casa a través de revendedores, dice el señor Regino Reinosa, quien, por otro lado, explica que han tenido que lidiar con personas que se dedican a delinquir. Solo a él le han robado cuatro motores fuera de borda, los cuales no podrá recuperar jamás, ni aunque se dedique a vender gasolina, actividad a la que ha recurrido ocasionalmente cuando no encuentra cómo paliar el hambre de su familia.

Cerca de los hogares que conforman el poblado, perros y gatos hurgan entre los desperdicios que los mismos indígenas lanzan al suelo, mientras que a cada rato se ven llegar y salir curiaras.

Cuando el sol comienza a ocultarse, la arena al fin se enfría y se ve llegar a un nuevo grupo de vendedores. Estos manejan reglas distintas a los que trabajan en la mañana: los pactos comerciales –aseguran– son de “más seriedad”  y peligrosos. Lujosas camionetas se estacionan por todo el lugar, mientras que varias chicas –jóvenes waraos y no indígenas– se acercan a los carros con timidez. Se sientan cerca, como esperando ser llamadas: elegidas.

Cuatro muchachos, del mismo Volcán, con cuerpos atléticos y pieles oscuras, sin camisa y con pantalones jean, se muestran interesados. La misma sensación transmite un grupo de jóvenes que mira todo desde otro sitio, vistiendo ropas que gustan a los raperos y fumando. A uno de ellos se le escucha decir: “Vamos a pegar al de la camioneta blanca”.

Justo en ese momento logro tomar un taxi que me regrese hasta Tucupita. Tras de mí, va desapareciendo La Playita de Volcán, una comunidad que refleja la resistencia moderna del  warao tradicional: ahí todos buscan sobrevivir.

 

Por Amador Medina | @Amadormedina

El caballo viejo que sigue galopando

Cuando Bettsimar Díaz tenía 14 años, decidió guardar bajo la cama una copia de cada nuevo álbum que sacara su padre o, en general, de cualquier manifestación –por cotidiana que fuera– de la genialidad de este. Bajo la cama de la adolescente, en vez de monstruos, fueron a parar desde recortes de prensa hasta caricaturas de la autoría de su padre, incluyendo cualquier frase dicha al vuelo que Bettsimar no dudaba en copiar en algún papelito. Transcurría el año 1979. Tres años antes, Simón Díaz había lanzado su disco Tonadas 2, el cual significó un punto de quiebre en su carrera: el momento en el que pasó de ser una talentosa celebridad a iniciar su conversión en uno de los músicos más importantes de la historia de Latinoamérica. Lo suyo ya no era solo vender discos, sino fraguar una obra trascendente. Por la casa de los Díaz desfilaban figuras que encontrarían una notoriedad similar: Cantinflas se sentó en el sofá de la sala, Juan Gabriel fue un muchachito delicado que no quiso meterse en una piscina que juzgó muy fría, Pedro León Zapata se cansó de repartir abrazos y Adriano González León conversó sin parar. Las mentes brillantes, dicen, se reconocen entre sí. Pero cabría preguntarse si Simón sospechaba el peso que tendría su obra. En un país empeñado en que todo gire alrededor de las novedades de Caracas, este canta autor usó su experiencia en los llanos (digna del realismo mágico de Gabriel García Márquez) para explorar temas universales que lo llevaron a un reconocimiento mundial. Joan Manuel Serrat, Caetano Veloso, Plácido Domingo, Celia Cruz, Julio Iglesias, Gilberto Santa Rosa y Rubén Blades, fueron solo algunos de los muchos artistas que cantaron junto a Simón o bien versionaron alguna de sus canciones. De su obra más conocida, Caballo viejo, se conocen más de 300 versiones. Mismo número que da nombre a una famosa película sobre espartanos. Y es que con actitud de guerrero mitológico, Tío Simón emprendió la tarea de dar a conocer a Venezuela a través de tonadas que protagonizaban personajes llaneros. Su éxito fue tan notorio que hoy día pocos, muy pocos, recuerdan que alguna vez fue un humorista que cantaba a dueto con Horacio Blanco para, primero, parodiar cuñas de televisión; y luego, para explorar otras formas de humor, algunas de las cuales despertaron sensibilidades. Aunque en esa etapa de su vida, la que antecedió a su creativa época como compositor, se relamió en las mieles del éxito, lo mejor, como ya sabemos, vino después. Venezuela es un país que debería presumir, quizá hasta el hartazgo, del único caballo de nuestra identidad que no tiene nada que ver con guerras, militares o figuras bélicas. Al único caballo civil, pues. Ese que, cuatro años luego de la muerte del artista que lo concibiera, sigue galopando con el ímpetu de un potro. Y eso que es un Caballo viejo. Sucede, ya se sabe, que las grandes obras superan a los artistas para llegar adonde estos no pueden: a la inmortalidad.

 

Por Mark Rhodes

Un país que se hunde

Empeñados en desbaratar casi cualquier cosa que funcione, el Gobierno ordenó la expropiación y ocupación de la compañía Conferry en 2011 debido a que, según el argumento oficial, prestaba un servicio ineficiente, irregular, discontinuo y ofrecía a los usuarios precios muy elevados. Es así como el Robin Hood rojo –que roba a los emprendedores para darles champagne a sus amigos holgazanes en nombre de los pobres– adquirió las embarcaciones que emprendían el viaje ida y vuelta hacia la isla de Margarita. Siete años después, de 11 ferris que se encontraban operativos sólo uno está disponible para viajar. El último en decir adiós, El Tallin Express, simboliza a un país que se hunde gracias a un sistema político-económico cuestionado incluso por sectores del chavismo. Que se hunde como la credibilidad del eslogan “Venezuela potencia”. Que se hunde como una empresa petrolera que importa gasolina porque no puede satisfacer el mercado interno. El ferry que se hundió forma parte de la política ¡Eficiencia o nada! del legado del presidente Chávez. Y como vieron que eran tan eficientes como quien cocina una res con un fósforo, prefirieron no hacer nada que ayudara al país. Nada por la economía, nada por la inseguridad, nada por los buques que necesitan mantenimiento. Es así como uno de los símbolos de las vacaciones en Margarita nunca fue prioridad para un régimen que viaja en aviones privados y yates de lujo: un país se hunde ante los ojos de un Gobierno que disfruta que sus habitantes se ahoguen.

 

Por Edgar Moores.

Todo pasa: el retiro de Robert Redford

Suelo sentarme a pensar sobre lo efímero que es todo. Y, entonces, me pregunto de qué vale el estrés y la ambición. Las ansias de logros, de trofeos, de reconocimiento. En un viaje que hizo a Islandia, el periodista Axel Torres recabó información para escribir un libro en el que destaca la siguiente frase: “La isla se revelaba como un ecosistema perfecto para que en él habitara individuos más preocupados por ser que por trascender”. Axel, profesional serio y responsable, cuenta en una entrevista que el choque cultural lo llevó a cuestionarse la forma en la que había organizado su vida.

Robert Redford anunció su retiro de la actuación. Explicó que desde los 21 años andaba en ese oficio y que ya iba a cumplir 82: nada es para siempre. Redford es una leyenda de Hollywood, no solo por su talento sino por su aspecto: fue el ícono sexual de varias generaciones, algo así como el Brad Pitt de antaño: el hombre que hacía que millones de mujeres se sintieran insatisfechas con sus maridos.

Mentiría si dijera que he seguido en profundidad la carrera de Robert. Recuerdo que la primera película que vi en la que él participaba fue Una proposición indecente. Ahí, el papel que interpretaba era el de un millonario y guapo seductor. O sea, Robert Redford hacía de Robert Redford.

La película la vi cuando era muy joven, y, aparte de resultarme escandalosamente morboso el argumento, pasé dos noches enteras soñando con Demi Moore. La actriz nunca me volvió a parecer tan guapa como aquella vez. Nunca volví a pensar demasiado en ella: no de esa forma.

La piel se arruga, el dinero se acaba, la fama antecede al olvido, el brillo se opaca. ¿Para eso ambicionamos tanto, para que al final todo pase y solo sobreviva la nostalgia? ¿No sería mejor vivir entonces con la parsimonia con la que encaran la vida, según el libro de Axel, los islandeses? ¿La sociedad de este lado del mundo estará construida sobre los pilares incorrectos?

Cuando me siento muy abrumado, cuando creo que el tiempo se me agota, cuando el trabajo me sobrepasa, me siento a pensar en cuantas celebridades brillaron para apagarse. Porque todo lo relacionado con los humanos tiene fecha de caducidad: lo único con verdadero poder de trascendencia es el arte. No un nombre ni un hombre, una obra: un legado, que muchas veces da sus mejores frutos cuando quien lo construyó ya no está en el plano terrenal.

Robert Redford anunció que dejaba la actuación. Y la noticia no va acompañada de tanto revolú. Hoy día las mujeres suspiran por otros galanes, las películas de moda tienen otro sabor y él seguramente pasará los años que le queden en ese cómodo sillón que le dejó el éxito incuestionable. Si de él nos acordaremos o no en 50 años, es algo que está por verse. Mientras tanto, me dispongo a salir de casa invirtiendo menos energía en arreglarme. Si hasta la piel de Robert Redford se arrugó, qué quedará para uno.

 

Por Mark Rhodes

El victimismo del régimen

Marca de la casa, muletilla familiar, sello institucional: la epopeya es una de las composiciones literarias que más le gusta al régimen. Fue gracias al poder de la oratoria que el único inmortal que se murió logró convertir sus arrebatos irresponsables en gestas heroicas, tal como dice Thays Peñalver. Y es que las causas del incidente del sábado 4 de agosto (un supuesto atentado durante el acto presidencial), tal como las del apagón en pleno Congreso del PSUV en el Hotel Alba, o las de la escasez de comida, el oficialismo las enmarca dentro de la misma narrativa bélica: saboteadores contratados por el Imperio-Uribe-Ultraderecha pretenden arruinar “la revolución”.

Uno de los principales objetivos del régimen, una vez se asentó en el poder hace 20 años, fue construir una hegemonía comunicacional que pudiera contar, a través de medios oficiales, la verdad que ellos querían difundir. Es así como el control de la comunicación fue total hasta el punto que los ancianos aprendieron a utilizar Twitter y luego Instagram para, a veces, (mal) enterarse de lo que sucede en Venezuela.

Pero la realidad superó a la epopeya bolivariana y el cuento de la guerra económica no se cree con el estómago vacío. El discurso oficialista –ese victimismo que convierte al régimen en el David que vence a Goliat, pero le gusta pasar roncha– no calza con el hecho de que un Mayor General es ministro de Energía Eléctrica y aun así, según el Gobierno, ocurren “sabotajes” a cada rato.

La pirámide de naipes construida con cartas se derrumbó por el peso de la realidad; sin embargo, la manera de informarse cambió de manera radical en Venezuela. De encender la televisión para consumir las noticias, se pasó al mensaje que envían desde el grupo de WhatsApp. Ante la falta de oportunidad para consumir información verídica por parte de los medios tradicionales, estas cadenas –que constituyen una forma de tergiversación por sí mismas– generan zozobra hasta en el pana que se fue a Francia hace cinco años, pero tiene la jerga criolla actualizada.

El antagonismo invade las charlas acerca de política. Y es que mientras unos miran al régimen  como una cúpula tan indestructible como el martillo de Thor, capaz de simular una explosión y ensayar que militares rompan filas y corran despavoridos, otros piensan en el intervencionismo extranjero. El chavismo hizo escasear la credibilidad, pero abunda el rumor que motiva (si es que todavía se puede) las compras nerviosas.

La falta de confianza y credibilidad ante cualquier suceso que aqueja a la sociedad impulsan más teorías que el final de Game Of Thrones. La (des)información en tiempos de revolución, y redes sociales, es tan invasiva como personas hay en el Metro en hora pico. La misión, para quienes escribimos, y para quienes leen, es tener un OJO crítico como el de un cirujano y la virtud de la pausa: masticar es mejor que atragantarse.

Por Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch

Se encienden las velas

Es lunes y el Internet en la oficina de OJO está en la muerte. Léase bien: en la muerte. La chica de recursos humanos me pide que le envíe un correo y el mail tarda 15 minutos en salir. Bárbaro. Pasa la hora del almuerzo, nos adentramos en la tarde y los chicos que estudian en la Universidad Central de Venezuela avisan que su inscripción se complicó. Una inscripción que están haciendo de forma manual: desde hace meses el edificio no cuenta con luz eléctrica. El caso es que debían inscribirse a las 11 de la mañana, pero son las cuatro y nada hace pensar que podrán lograr su meta pronto. Resultado: horas de cansancio, estrés, hambre y desesperación para ellos. Resultado: se pospone la reunión editorial en Revista OJO. Justo cuando a través del grupo de WhatsApp pautamos la nueva fecha y hora, llega a la oficina, sudando, un miembro del equipo que vive en Los Teques. El Metro, hermano, está como siempre pero en nivel súper sayayin, me dice. Está insufrible, aclara. Lo actualizo con las novedades y se encoje de hombros. Gajes del oficio, señala, los inconvenientes de vivir lejos, finaliza. Acto seguido, se dispone a trabajar para no perder el viaje. A trabajar como puede.

Llega el martes. La luz se va desde temprano. En poco tiempo nos enteramos de que el apagón es en la mayor parte de la región metropolitana. En casa, me acuesto a leer. Hago labores domesticas. Sigo leyendo: tengo al menos más de 50 libros en físico a los que aún no me he enfrentado. Llega la luz. Oigo una coreografía de ruidos de encendido a mi alrededor, por donde vivo. Reviso el WhatsApp (¿ya dije que no tengo datos porque desde hace tres meses he tratado de transferir saldo desde mis cuentas bancarias y el sistema no me ha dejado?) y ahí es cuando me llega una lluvia de lamentos y quejas. En OJO y en mis otros grupos de trabajo, la actitud es más decidida: hay que resolver y punto. Y, en efecto, resolvemos: cómo podemos, lo que podemos. El viernes de esa misma semana, Juan Pablo Chourio publica Pasar un semestre sin Internet: nos explica a todos los lectores de Revista OJO, cómo hizo frente a las limitaciones tecnológicas –a las que lo empujó la precariedad del país– para finalizar su tesis e imponerse con solvencia a las últimas semanas de su carrera.

Detrás del discurso oficialista, de la queja cómoda, de la crisis humanitaria y de la destrucción. Más allá de las heridas de un país que muerde, de la desidia que algunos se contagian con mayor facilidad que un resfriado, de los lamentos de los que están afuera, y de los lamentos de los que están adentro. En el fondo de los lugares comunes, de esos que pretenden decirte cómo estás viviendo o lo qué estás pasando –porque creen que todos encajan en un cliché–, en el fondo de los consejos sin sal, de los empujones al vacío, de las lágrimas del que se siente presionado, del que no conoce el horror pero para quien el horror es un teléfono roto, hay una sustancia rebelde que se niega a morir. Hay personas, ciudadanos, que hacen frente a los tiempos que les tocaron como si entendieran que el más fuerte no es el que más duro pega sino el que más aguanta: el más resiliente. Como si alguien les hubiese explicado que esa, precisamente esa, es una máxima del deporte. Quiero decir, hay ciudadanos que siguen en lo suyo, haciendo lo suyo: no como zombis, no de forma mecánica, sino con creatividad, astucia e inteligencia. Porque la vida es la mejor aula. Ciudadanos, digo, que les tocó una era hostil, la cual rechazan y critican, pero que se dieron cuenta de que el que se limita a eso se duerme; y dormidos, dormidos los quieren tener los tiranos. Son personas, me parece, que pueden o no apostar por el país, pero que sin duda apuestan por ellos mismos: porque no se quieren ir, porque no pueden, porque no tienen cómo, porque dicen que aquí pueden hacer cosas que en otros lados no, porque saben que uno no es lo que padece: uno es lo que hace con lo que sucede. Y pienso que entre tantas cosas graves que estamos viviendo, en un país en el que las iguanas y los caimanes se comen los cables , cuando la oscuridad se cierne hay velas que encienden su llama. Y luego pasa una ventisca, o el resoplido de la tiranía, de los excesos y la destrucción. Y la ventisca empuja la llama, la bambolea, la disminuye: pero no la apaga. No logra hacerlo.

Cuando se hable de las memorias de la robolución, habrá que precisar que –dentro de todo– siempre hubo velas que permanecieron encendidas.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

#DomingosDeFicción: Una llamada perdida

De pronto, suena el teléfono.

El hombre permanece en la cama, inmutable, como si no hubiera oído nada. Ni siquiera abre los ojos. Está desnudo. No totalmente: todavía tiene puestos los calcetines. El resto de su ropa está sobre su silla. Sin doblar. La camisa es de color naranja. El pantalón, azul. Junto a la silla, también hay una botella a medio llenar. Es un licor barato con aroma de whisky. Eso dice la etiqueta, aunque en la calle afirman que es aceite para helicópteros. Es lo único que pudo pagar. Cada hígado tiene lo que se merece.

El teléfono suena de nuevo.

El hombre, ahora sí, abre los ojos, pero mantiene una expresión ausente, como si en realidad no estuviera ahí, en esa circunstancia, en esa habitación, en ese cuerpo. Tal vez es ella, piensa. Un cuarto de sonrisa, llena de ironía. Se asoma en sus labios. Ella jamás llamaría. Jamás va a llamar. Se incorpora. Sigue sentado pero levanta la mitad de su cuerpo de la cama. Mira hacia la mesa de noche, observa el auricular. Luego deja rodar sus pupilas lentamente por toda la habitación. La cama no tiene sábanas. Es una imagen dolorosa. Parece una lata vacía. Por un segundo, deja que su mirada merodee por ese colchón, rondando una vieja etiqueta de plástico donde apenas puede leerse una marca. Mira también su cuerpo. Su cuerpo desnudo sobre el colchón. Es el mismo de siempre. Tal vez un poco más pálido. Recorre con los ojos su piel, desde los hombros hasta los pies. Observa sus calcetines. Son grises y están sucios. Como la familia, como el matrimonio, piensa. Como todo.

Otra vez: el teléfono.

El hombre suspira. Con un gesto descuidado toma la botella y la lleva hasta sus labios. Bebe. En el clóset ya sólo está su ropa colgada. Lo demás se ha ido. Sólo quedan sus cosas. Media docena de camisas. Varios pantalones. Dos trajes. Cada prenda en su percha, guindando de su gancho, como si estuviera en una carnicería: el clóset es un congelador oscuro, las reses muertas están suspendidas, sujetadas por garfios. ¿Hay insectos? ¿Moscas? ¿Qué es ese zancudo que flota sobre las sombras?

Aló, dice, apenas.

Buenas tardes.

No necesita mucho más para clasificar la voz. Nada más con el saludo le basta. Una mujer de treinta. Delgada, quizás algo nerviosa. Con los senos pequeños pero redondos; las caderas amplias, generosas. Vestida de verde. También lleva anteojos. Quizás sólo son anteojos oscuros, para protegerse del sol. El hombre la puede ver detrás de ese buenas tardes. No dice nada más. Espera.

¿Quién es?

El hombre tampoco contesta. Piensa que se trata de un número equivocado. Cuelga y se incorpora. Se dirige al baño. Despacio. Arrastra los calcetines sobre el suelo. Cruza delante del espejo sin mirarse. Ni siquiera de reojo. Con su mano derecha toma su pene, apunta, orina. Le gusta sentirlo en su mano. No hay nada que explique esa sensación. Sólo le gusta. Le da ánimo. Disfruta también el sonido del orine hundiéndose en la taza del retrete. Va más allá del alivio físico. Casi es una experiencia espiritual. La vida es puro líquido, piensa.

De pronto, suena el teléfono.

El ring ahora tiene un eco que antes no había podido percibir. El sonido se exparce, llega rebotando contra las paredes. El hombre masculla algo. Dice mierda o coño, dice algo así. Se sacude. De regreso a la habitación, se detiene un momento frente al espejo. Mira su rostro. ¿Y si, en verdad, fuera ella? Si ella lo llamara por teléfono, ¿qué pasaría? ¿Cómo reaccionaría él? ¿Acaso la perdonaría, le pediría que regresara? ¿Acaso una llamada telefónica puede lograr que todo vuelva a ser como antes?

El teléfono sigue sonando.

Aló, contesta con cierta impaciencia.

¿Por qué me trancó?

Me pareció que se había equivocado de número, eso es todo.

¿Quién es? ¿Con quién hablo?

¿Quién eres tú? Tú estás llamando, comienza a tutearla.

Ella entonces hace lo mismo.

¿No me puedes decir tu nombre?

El hombre se tiende en la cama, de nuevo. Se da un trago. Apoya la cabeza en la almohada.

Yo te marqué porque tengo aquí, en mi celular, una llamada perdida. Y el número es este. Déjame ver. ¿Este es el 545 27 81?

Sí.

Entonces, desde ahí me llamaron.

Es imposible.

Pero es la verdad. ¿Por qué te iba a llamar entonces? ¿Crees que estoy loca?

Aquí no vive nadie.

Pero estoy hablando contigo.

¡No seas marica, coño! ¡Te estoy diciendo que hay un error!

No lo puede controlar. El grito sale, estalla, silba como vapor.

La mujer no responde, pero tampoco cuelga. Permanece ahí, muda, del otro lado de la línea. Una extraña inquietud parece instalarse entre los dos. El hombre se alza, se sienta en la cama. Los segundos comienzan a transcurrir de manera espesa. Como si fueran algo tangible, granos, cuerpos que pueden apretarse entre los dedos. El hombre siente, o cree sentir, que la mujer llora. O tal vez sólo aguanta el llanto. Lo reprime. Al fondo de la línea, hay un gemido, asfixiándose. ¿Por qué no dice algo? ¿Por qué no lo insulta? ¿Por qué no tranca? ¿Por qué no hace nada?

Pero tampoco él hace nada. Ninguno de los dos interrumpe la llamada. Están hundidos en un silencio cada vez más crispado. La respiración es lo único que flota entre ambos. Un reloj sin forma. Aire que se retiene, se contiene; entra, sale, tieso, tenso.

¿Sigues ahí?, inquiere, después de una pausa, en voz baja.

Sí, susurra.

Discúlpame.

Discúlpame tú.

Ambos vuelven a quedarse callados. El hombre, sin soltar el auricular, comienza a quitarse los calcetines. Con cierto apremio, con una breve emoción. Se enfunda uno de ellos en su mano, como si fuera un guante. Con esa mano comienza a acariciarse.

Se toca, se jala, se excita.

El silencio continúa.

 

Por Alberto Barrera Tyszka | @Barreratyszka

Deshonra en Altamira

Los manifestantes lo interpretaron (y celebraron) como un buen presagio. Era una ventisca brava que soplaba en dirección a la Guardia Nacional y les devolvía todo el gas. Sin embargo, visto lo que vino después, es imposible no preguntarse si ese inusual y borrascoso viento que a las 3 de la tarde remecía los árboles y hacía volar en remolinos las hojas, no era más bien una advertencia, una especie de augurio sobre la desgracia que estaba a minutos de sucederse. Tras el ventarrón vino la lluvia, rápida y fuerte. Lo suficiente como para inundar Altamira Sur y hacer retroceder a la Guardia Nacional distribuidor abajo. Al escampar, entonces, llegaría la tragedia: acorralados por un grupo de manifestantes, efectivos de la Guardia Nacional abrirían fuego contra ellos, herirían a siete y asesinarían a Fabián Urbina.

El rumor de las balas se propagó pronto en Altamira Sur, donde los heridos fueron subidos en una camioneta. De momento, salvo el boca a boca, no había nada que nos confirmara a los que allí nos encontrábamos que efectivamente ello había sucedido. Sería una mano sucia, de la que pendía un rosario, la que nos mostraría seis casquillos de bala, dorados y letales, que entonces confirmarían que efectivamente había ocurrido lo peor.

No hubo mucho tiempo para meditarlo. Casi de inmediato comenzarían a subir, despavoridos, los manifestantes que se encontraban en el Distribuidor; para encontrarse con otros, también despavoridos, que bajaban de la Plaza Francia, cubierta por una nube de gas blanco: los habían emboscados. Por un momento, la Avenida Sur Altamira (San Juan Bosco, de la Francisco de Miranda para arriba) estuvo cerrada por dos paredes de humo blanco, y dentro de ella, atrapados, cientos, quizás miles, de manifestantes aterrados a niveles que ni Hitchcock hubiera conseguido en su mejor época.

Es una cosa fea el pánico. Y más el de los inocentes. En la avenida había madres, padres y abuelos, gente que podía correr y que no, de todas las edades, que de repente se encontró acorralada y sin escape. Sólo quedó Bello Campo para salir de allí. Los que pudieron, escaparon correteados por unas motos que aparecieron de la Torre Británica, disparando bombas por supuesto. Pero no todos llegaron. Dos señoras, paralizadas de miedo, sencillamente se abrazaron a llorar mientras la PNB pasaba. A llorar y a temblar. Unos muchachos intentaron buscar refugio en un restaurant y allí los rodearon. Se salvaron por la presencia de la prensa, ante la que los Guardias se contuvieron, no sin antes “pedirnos” (a gritos y con armas) que nos fuéramos.

Pero hubo cuatro que no corrieron con tal suerte: estaban sentados en un banco de la plaza Altamira, ya en ese momento tomada por un ejército mixto de GNB y PNB. Su delito aparentemente era tener escudos y unos bolsos con guantes y máscaras. Imposible saberlo. La PNB no dijo nada. Ellos apenas sus nombres y cédulas, con esa voz lacónica de los que lo han perdido todo. Los cuatro tenían la mirada fija en calle, esa que ya les era ajena, y lo hacían con una tristeza resignada que conmovía. Pero no había nada que hacer: al rato los montaron en las motos y se los llevaron.

Durante casi una hora, el antiguo bastión de la oposición fue un estacionamiento de motos de cuerpos policiales que de vez en cuando arremetían contra la gente que allí pasaba. A un grupo de trabajadores que cruzaba por Altamira Sur le dispararon una lacrimógena, que de rebote golpeó a una señora; y a un mototaxista se lo llevaron detenido por insultarlos. Su salida de la plaza, casi una hora después, fue un mal chiste: dos oficiales se cayeron de una moto y en respuesta dispararon lacrimógenas por doquier. Aquello pareció el culmen de la deshonra: es que no habíamos visto la foto en la que uno de ellos asesinaba a mansalva y de frente a un adolescente de 17 años.

 

Por Ezequiel Abdala | @eaa17