Escritores, letras y fútbol

La situación es hipotética, pero todas las frases son reales, se corresponden a las opiniones que, ya en libros, ya en crónicas, ya en ensayos o entrevistas, vertieron sus autores, todos escritores de prestigio, con respecto al fútbol, y que para exponerlas de modo más ameno hemos convertido en ficticia –pero veraz– tertulia.

Es víspera de algún mundial de fútbol futuro, jugado en alguna sede seguramente impropia –mala costumbre desde Qatar-, se reúnen varios escritores de antes, de ahora y de siempre. Sus opiniones con respecto al juego son diversas, y eso es lo interesante: que a unos les gusta y a otros les disgusta, pero ninguno se queda callado y cada uno expone sus posturas con toda la gracia de su genio. A fin de cuentas son maestros de la palabra y saben usarla bastante bien.

Jaime Bayly, uno de los más jóvenes, es quizás el más emocionado. “El Mundial es el Mundial, uno vive para llegar vivo al próximo Mundial, la vida se compone de los mundiales que pudiste ver y de los que ya no podrás ver. Todos los esfuerzos que hago por mantenerme vivo están animados por esa ilusión absurda: la de ver por televisión el Mundial de Fútbol”, dice. Ve algunos gestos de desaprobación, y se explaya, provocador: “El Mundial es una fiesta para los individuos pusilánimes que nos negamos a crecer, un viaje al pasado, un reencuentro con el niño que fuimos y que se despierta cuando miramos a unos atletas espléndidos persiguiendo una pelota”, agrega. Kipling, el desprecio marcado en el rostro, los califica en voz intencionadamente alta: “almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan”. Eduardo Galeano, el antiimperialismo siempre por delante, acusa recibo del golpe del británico y enseña las venas abiertas de su orgullo: “La mayoría de los escritores de América Latina somos futbolistas frustrados”, responde, y Bayly, que se siente comprendido y apoyado, exclama: “¡es que hubiéramos dado todo por ser uno de ellos. Cuando juegan, nosotros jugamos también, ellos son los que nosotros no pudimos ser, por eso los acompañamos en sus briosas acometidas”. Entonces, Fernando Savater espeta contundente: “jugar al fútbol es un ejercicio grotesco y plebeyo”.

Bayly y Galeano dirigen la mirada a Cortázar, que es argentino y por eso, piensan, los apoyará. Julio, que sabe que tiene que decir algo, habla con campechana sinceridad: “Detesto el fútbol así como me gusta el boxeo”,  e inmediatamente hace un matiz dada la decepción de sus dos colegas: “Bueno, no es que deteste el fútbol, pero me es totalmente indiferente, tan indiferente como el rugby o el béisbol”, profundiza. No mejora el enfermo y por eso se justifica: “Me gustan los deportes donde se enfrentan dos individuos, como sucede en el tenis o en el boxeo”. Entonces salta Sartre, que no puede escuchar la palabra individuo –mucho menos individualismo- porque inmediatamente tiene que decir algo en contra, y diserta en voz alta: “En el fútbol todo se complica por la presencia del adversario…el fútbol es una metáfora de la vida”. Y Umberto Eco, que detesta que se mezcle la filosofía con cualquier cosa, es ferozmente contundente: “Desde siempre, el fútbol ha estado asociado para mí a la ausencia de fines y a la vanidad del todo, al hecho de que el Ser no puede ser (o no ser) más que un agujero. Quizás por eso (creo que único entre los vivientes) he asociado siempre al juego de fútbol con filosofías negativas”.

Después de tal alegato, Albert Camus decide sorprender a todos poniéndose a la lado de Sartre y lo secunda contando las lecciones que recibió en la portería cuando era arquero de Argelia: “aprendí que la pelota nunca viene por donde uno quiere que venga, eso me ayudó mucho en la vida”, dice, y como ve cierta incredulidad en el rostro de algunos, se afinca: “luego de muchos años, lo que finalmente sé con más seguridad sobre la moral y las obligaciones de los hombres, es al deporte a lo que se lo debo”. Le pasa el testigo al lolito Nabokov, también portero en sus años mozos. Ruso a fin de cuentas, más que filosofar sobre su experiencia se pone a narrarla, nostálgico: “Yo fui un portero excéntrico, pero bastante espectacular, en mis tiempos en la Universidad de Cambridge”, arranca, “tuve mis días brillantes, de grandes estímulos. El agradable olor del pasto, el famoso delantero de la liga universitaria que, driblando, se acercaba cada vez más a mí, la nueva pelota leonada sobre sus dedos centelleantes, luego, el disparo quemante, el afortunado salvamento, el estremecimiento prolongado que producía. Pero hubo otros días más memorables, más esotéricos, bajo cielos deprimentes, con el área de gol convertida en una masa de lodo negro, la pelota tan grasosa como un budín de ciruelas”.

Para evitar que se encadene, Galeano rompe la adornada atmósfera con un chiste: “¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes, y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales”. Algunos se ríen con ganas, otros por compromiso, pero todos agradecidos de que alguien haya cortado a Nabokov. Sin embargo, Alejandro Jorodowsky, que por andar haciendo mil cosas siempre se confunde, entiende el chiste como una pregunta y se apresta a responderla: “Creo poder explicarlo: el ser humano, al mismo tiempo que es atraído por impulsos cavernarios, también es objeto de una fascinación por lo sagrado. Y el fútbol reúne estos dos aspectos. Fue creado por una sociedad esotérica inglesa, aplicando en su esquema principios de la alta magia. Se juega sobre un rectángulo verde, siendo el verde el color que simboliza la eternidad. El doble cuadrado es un signo iniciático donde se inscribe la sección aurea o divina, tan usada por pintores como Leonardo da Vinci. Las cartas del Tarot de Marsella son rectángulos. Los lenguajes sagrados, como el hebreo o el sánscrito tienen 22 letras principales. Los jugadores de un partido de fútbol son 22, tantos como los 22 arcanos mayores del Tarot o los 22 polígonos regulares. En el centro de la cancha hay un círculo con un punto en el medio: símbolo del oro, en la alquimia, o del sol o del Dios esotérico…”

Vargas Llosa, que es realista y se fastidia horrores con lo esotérico -y además no soporta que alguien pontifique delante de él-, lo interrumpe con desdén y se pone a conferenciar sobre fútbol y sociedad: “los grandes partidos sirven sobre todo, como los circos romanos, de pretexto y desahogo de lo irracional, de regresión del individuo a la condición de parte de la tribu, de pieza gregaria, en la que, amparado en el anonimato cálido e impersonal de la tribuna, da rienda suelta a sus instintos agresivos de rechazo del otro, de conquista y aniquilación simbólica (y a veces real) del adversario. Las famosas ‘barras bravas’ de ciertos clubes y los estragos que han provocado con sus entreveros homicidas, incendios de tribunas y decenas de víctimas muestra cómo en muchos casos no es la práctica de un deporte lo que imanta a tantos hinchas –casi siempre varones aunque cada vez haya más mujeres que frecuenten los estadios– a las canchas, sino un espectáculo que desencadena en el individuo instintos y pulsiones irracionales que le permiten renunciar a su condición civilizada y conducirse, a lo largo de un partido, como miembro de la horda primitiva”. “Se comportan –lo apoya Umberto Eco, con la bilis concentrada contra los fanáticos- exactamente como cuadrillas de maníacos sexuales que fueran, no una vez en la vida sino todos los domingos, a Ámsterdam para ver cómo una pareja hace, o finge hacer, el amor”. Y Savater les da la estocada: “son una piara de lunáticos maleducados…chacales con estandarte”.

Carlos Monsivais es más indulgente, y recuerda aquel juego de México 86 al que fue. Mira al horizonte, como en trance, y recita las mismas palabras con las que en esa oportunidad describió a el ambiente de la grada: “Fundidos en una sola voluntad, los fanáticos (que, por serlo, resultan patriotas) apoyan al equipo con trofeos de la garganta, ademanes nerviosos, monólogos de intensidad variable, chifilidos, olas, porras, órdenes fulminantes (“¡Mete gol, pendejo!”). Cada espectador –que, por serlo, es un experto- prodiga y niega reconocimiento, se queja del nivel del juego y lo juzga maravilloso, levanta en señal de triunfo el pulgar y le mienta la madre al infinito. En los segundos muertos adoctrina partidistamente a su vecino, a su compadre, a su mujer, a sus hijos, a la multitud: “¡Te lo dije! ¡Vamos ganando! ¡Ya la hicimos!”. Todo en plural, la Selección Nacional es México y nosotros somos la Selección, y México –por intermedio de un equipo- vuelve a ser nuestro”.

Borges se ríe entonces pensando en que alguna vez Monsivais tuvo que pisar un estadio. Viene a su memoria aquel 2 de junio de 1978, cuando el Mundial se realizaba en Argentina y él, Jorge, en supremo gesto de desprecio, decidió dar una conferencia sobre la inmortalidad a la misma hora en la que la albiceleste debutaba. Mira a Kippling, y suelta uno de sus clásicos misiles: “Qué raro que nunca se le haya echado en cara a Inglaterra haber llenado el mundo de juegos estúpidos, deportes puramente físicos como el fútbol. El fútbol es uno de los mayores crímenes de Inglaterra”. Todos le ríen la frase, incluso los más futboleros, a fin de cuentas Borges es Borges.

Una mariposa atraviesa la estancia. Milan Kundera la sigue hipnotizado y habla: “Tal vez los jugadores tengan la hermosura y la tragedia de las mariposas, que vuelan tan alto y tan bello que jamás pueden apreciar y admirarse en la belleza de su vuelo”, dice con insoportable levedad.  “El fútbol es un pensamiento que se juega, y más con la cabeza que con los pies”, prosigue. Cabrera Infante, que se fastidió con el cuento de la mariposa, lo corta sin pensarlo: “Ese juego nefasto incita a la violencia porque es violento en sí mismo: se juega con los pies, y pocos movimientos hay tan feroces como el que supone dar una patada”, dice. Oscar Wilde hace una salvedad: “El fútbol es un juego de caballeros jugado por bárbaros”. Y Roberto Fontarrosa, ceño fruncido, inconforme con ambos, aclara: “Creo que si no se entiende que esto es una pasión, y las pasiones son bastantes inexplicables, no se entiende nada de lo que pasa en el fútbol”.

Antonio Lobo Antunes, que estaba fumando y escuchando todo en silencio, dice que sí, que es una pasión, pero que él ya la perdió: “Creo que ha dejado de gustarme el fútbol porque ya no hay jugadores que me hagan feliz. Ahora, como dicen los entrenadores, todo es cuestión de profesionalismo, trabajo y paciencia, se acabaron la improvisación, la fantasía, lo inesperado, se acabó mi equipo…El fútbol ha perdido el humor, la poesía el placer”, argumenta. “El sentido común, en el deporte, me interesa un pimiento: solo me interesa que me dejen con la boca abierta, que me apasionen, que deliren”, continúa en franco monólogo. “Pero, ¿cómo, si ahora el héroe es un técnico? Pero ¿cómo, si las virtudes son el trabajo y la paciencia?…¿Y los términos? ‘Líneas de pase’, ‘presión alta’, ‘armas equipo’. La improvisación truncada, las jugadas de laboratorio. Voy a un estadio a perder la cabeza, no a mirar por el microscopio. Y, por tanto, ha dejado de gustarme el fútbol: no me hace feliz”, finaliza, contundente, su soliloquio, y vuelve nuevamente a recluirse en su exilio de nicotina.

El televisor se enciende. La ceremonia inaugural aparece en pantalla con la fastuosidad, ostentación e imponencia que la caracterizan. “Lloremos por nuestros hijos, nacidos bajo la sombra de los estadios, prostíbulos de la gloria”, se lamenta Álvaro Mutis. Una toma impresionante de la multitud que atesta el gigantesco estadio sobrecoge a todos, y lo comentan en voz alta. Borges escucha, no se deja deslumbrar y suelta con altivez: “El fútbol es popular porque la estupidez es popular”. Luego se para y se va. Le siguen los que detestan el fútbol. “El mundo se divide entre los que no tienen interés en el Mundial y los que no estamos dispuestos a perdernos ningún partido”, le dice Bayly a Galeano. “Si hay alguna forma de vida después de la muerte, espero que sea posible seguir viendo los mundiales por televisión, de otro modo será el infierno”, cierra.

El viaje a Chile que le costó el Nobel a Borges

I

Su nombre no puede faltar –ni falta– a la hora de hablar sobre las injusticias del Premio Nobel de Literatura. Fue uno de los grandes excluidos, de los proscritos de la Academia Sueca. Dudoso honor que comparte con Tolstoi, Nabokov, Joyce y otros tantos. En torno a por qué la Academia lo privó del máximo galardón a que puede aspirar cualquier hombre de letras, se tejieron siempre infinidad de teorías: que si una rencilla personal con Artur Lundkvist –poeta sueco, miembro de la academia, traductor de importantes latinoamericanos, artífice, cuenta la leyenda, del Nobel de Gabo–, que si más bien era política la rencilla, porque Lundkvist era izquierdista, que por el apoyo a Videla o las declaraciones a favor de Pinochet.

Esta última especie, en la que aparece el dictador chileno, ha sido durante años la que ha tenido más fuerza. “En 1976 estuvo a un paso de obtenerlo pero, al parecer, una inoportuna o premeditada acción de parte del mismo Borges, la aceptación de visitar el país de Augusto Pinochet, lo descalificó”. Lo dijo en una entrevista el año pasado el escritor y músico chileno Jorge Arallena, en algún momento íntimo de Borges.

En ese año, 1976, un rumor corría como pólvora en los mentideros literarios: un Nobel compartido por dos hispanohablantes. “Aleixandre y Borges, podrían compartir el Nobel de Literatura”, publicaba en octubre El País. Que ya todo estaba decido, que las papeletas estaban listas. Y en el 77 la especie se confirmó a medias: Alexaindre lo ganó y Borges, sorpresivamente, quedó fuera.

¿Por qué?

II

15 de septiembre de 1976. 6:00 PM. Jorge Luís Borges aterriza en el Aeropuerto Pudahuel –hoy Aeropuerto Internacional Comodoro Arturo Merino Benitez– de Santiago de Chile. Lo recibe Ricardo Alegría, vicerrector de Extensión y Comunicación de la Universidad de Chile, cuya Facultad de Filosofía y Letras le ha concedido un Doctorado Honoris Causa, que el escritor recibirá seis días después.

El país se encuentra sumido desde 1973 en una dictadura militar encabezada por el general Augusto Pinochet. Sombrías acusaciones de violaciones a los Derechos Humanos se ciernen sobre el régimen, que tiene muy mala prensa en el continente y en el mundo. El repudio es –casi– unánime. Pocos se atreven a defenderlo, pero Borges lo hace.

“Los he defendido por razones emocionales ante todo y porque soy enemigo del comunismo. Creo que eso no es ningún misterio. No lo he podido ocultar. Yo siempre he sentido afecto por Chile y me parece que si ahora Chile está salvándose y de algún modo salvándonos, le debo gratitud. Yo, como argentino, le debo gratitud”, dice tres días después de su llegada, el 18 de septiembre, en una rueda de prensa en el Hotel Sheraton San Cristóbal, de Santiago.

El 21 de septiembre recibe de manos del rector delegado de la Universidad de Chile, Agustín Toro, el doctorado Honoris Causa. En su discurso, vuelve a dejar en evidencia su simpatía por el régimen de Pinochet: “Hay un hecho que debe conformarnos a todos, a todo el continente, y acaso a todo el mundo. En esta época de anarquía sé que hay aquí, entre la cordillera y el mar, una patria fuerte. Lugones predicó la patria fuerte cuando habló de la hora de la espada. Yo declaro preferir la espada, la clara espada, a la furtiva dinamita, Y lo digo sabiendo muy claramente, muy precisamente, lo que digo. Pues bien, mi país está emergiendo de la ciénaga, creo, con felicidad. Creo que mereceremos salir de la ciénaga en que estuvimos. Ya estamos saliendo, por obra de las espadas, precisamente. Y aquí ya han emergido de esa ciénaga. Y aquí tenemos: Chile, esa región, esa patria, que es a la vez una larga patria y una honrosa espada”.

Al día siguiente, 22 de septiembre, para que no queden dudas, Borges se deja ver en el Edificio Diego Portales, que luego del bombardeo al Palacio de La Moneda quedó convertido en la sede del Poder Ejecutivo y Legislativo de la Junta Militar. Todo un símbolo. Allí se reúne con el dictador a las 10 de la mañana. El encuentro dura poco más de una hora. Lo que se dijo o se dejó de decir sólo lo saben ellos. Una foto, en la que un Pinochet de civil estrecha la mano de un Borges de traje y chaqueta oscura, es lo único que quedó de la reunión. Eso, y unas alabanciosas declaraciones del escritor, que a la 1 de la tarde abandonaría el país:

“Yo soy una persona muy tímida, pero él (Pinochet) se encargó de que mi timidez desapareciera, y todo resultó muy fácil. Él es una excelente persona, su cordialidad, su bondad… Estoy muy satisfecho… El hecho de que aquí, también en mi patria, y en Uruguay, se esté salvando la libertad y el orden, sobre todo en un continente anarquizado, en un continente socavado por el comunismo. Yo expresé mi satisfacción, como argentino, de que tuviéramos aquí al lado un país de orden y paz que no es anárquico ni está comunizado”.

III

27 de julio de 2015. María Kodama, viuda de Borges, ofrece una entrevista a El País de Madrid. En ella entrega la pieza que le falta al rompecabezas, la que le da verosimilitud a la versión según la cual ese viaje fue su condena sueca: en vísperas de partir a Santiago, el escritor recibió una llamada de Estocolmo en la que le sugerían -¿o acaso exigían?- que no fuera a Chile a recibir el Doctorado Honoris Causa.

“[Cuando] iba a ir a recoger el doctorado honoris causa en la Universidad de Chile, aún con Pinochet, en 1976, lo llamaron por teléfono desde Estocolmo. Yo muy contenta le digo que no nos hagamos ilusiones y que atendiera la llamada. Yo siempre me iba para que él estuviera en la intimidad con la persona que llamaba, pero me retiene. Por sus respuestas me doy cuenta de lo que le decían y aunque deduje todo después me lo contó. Pero acabó diciendo: ‘Mire, señor: yo le agradezco su amabilidad, pero después de lo que usted acaba de decirme mi deber es ir a Chile. Hay dos cosas que un hombre no puede permitir: sobornar o dejarse sobornar. Muchas gracias, buenos días’. Fue genial, yo lo adoré más que nunca. ¿Quién por sus ideas soporta algo tan tentador? Más allá o por encima de lo que podía ser su interés literario estaba la ética, no dejarse sobornar”

Fin de la historia. Se terminó -por fin- el misterio.

Continúa la tragedia en el J. M. de los Ríos

 Se repiten con tanta frecuencia que ya dejan de escandalizar y de parecer tan graves. Pero no lo son. Toda muerte evitable, y más cuando afecta a un niño, será siempre una tragedia que llorar, a la que nadie se puede acostumbrar. Por ello, toda insistencia será poca frente a la situación del ‘J. M. de los Ríos’, que de ser un hospital infantil modelo se ha convertido, de unos años para acá, en una morgue infantil en la que los niños enfermos dejan la poca vida que tienen. La muerte de Karla Romero, ocurrida la madrugada de este martes, es paradigmática de esta situación. Tenía apenas 6 años y una condición nefrológica que requería de diálisis, tratamiento que sólo se da en el J. M. de los Ríos…pero de forma intermitente. El pasado lunes dicho servicio fue suspendido por una falla en la planta de ósmosis –donde se filtra el agua de los tanques del Hospital-, que impidió que la unidad de hemodiálisis pudiera trabajar. Karla fue una de las 22 niñas que no pudo dializarse y a las horas, por complicaciones de su condición, falleció. Es la segunda en lo que va de año. A mediados de mayo, Carina Vergara, una adolescente de 16 años que había sobrevivido a un brote infeccioso que contaminó las máquinas de hemodiálisis en 2017 y cobró la vida de 4 pacientes, murió también. Sobre ambas había un fallo a favor de la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos, que en febrero, luego de constatar las condiciones en las que se encontraba la unidad de nefrología, otorgó una medida de protección a los niños de dicha unidad. El referido fallo urge al gobierno a tomar acciones, dar los recursos necesarios e ir informando de los avances que logre. Con nada de ello ha cumplido. Algo tan sencillo como garantizar agua limpia y corriente para que funcionen las pocas máquinas de diálisis que hay ha sido ignorado olímpicamente, con el saldo trágico que ello implica, que seguiremos denunciando y al que no nos vamos a acostumbrar.

El faraón del pueblo

El talento del egipcio Mohamed Salah no sólo aparece en las canchas, sino que también se hizo presente en la carrera presidencial de su país sin siquiera hacer campaña. Y es que el futbolista sensación de la Premier League inglesa y jugador del Liverpool fue la segunda opción más votada en las elecciones de Egipto de abril pese a que su nombre no apareció entre los candidatos elegibles. Ante la inminente relección de Abdel Fattah –quien se mantiene en el poder desde 2014– un grupo opositor decidió boicotear los escrutinios, por lo que la abstención e incluso la burla se hicieron presentes. De esta manera, casi un millón de electores (4,3% de los sufragios) escribió el nombre del atacante. El fenómeno de Salah en Egipto no pudo ser posible sin la gran actuación del futbolista para devolver a su país a una Copa del Mundo luego de 28 años. Su conexión con los fervientes fanáticos también se hace más cercana gracias a su aporte social. Salah compró una ambulancia y también donó dinero para que se inicie la construcción de una escuela y un hospital en su ciudad natal. El fenómeno Salah se extendió por toda Europa gracias a que ayudó a su equipo a disputar la final de la Champions League. El ágil y habilidoso zurdo celebrará en Rusia el premio al esfuerzo: cuando era niño tenía que tomar entre tres y cinco autobuses para ir a entrenar desde su casa y luego la misma cantidad de vuelta. Un faraón de origen humilde pretenderá reinar en la tierra de los zares.

Adiós, Ruperta

En notable estado de desnutrición, el ícono del Zoológico de Caricuao falleció a medianoche del lunes a los 48 años de edad: la elefanta Ruperta, que llegó a los seis años de edad, fue durante décadas una atracción sin parangón dentro de la urbe capitalina. Un animal aparentemente exclusivo para los programas de Animal Planet era posible para los niños en Caracas. Y es que Ruperta permanece en la memoria colectiva de aquellos caraqueños que visitaron un zoológico que generaba admiración y no tristeza (como ahora). Hace un año, el mundo conoció el grave estado de Ruperta, que sólo comía auyama y lechosa y no alcanzaba a ingerir los 150 kilogramos diarios que necesitaba. Es por ello que grupos proteccionistas de Brasil se ofrecieron a prestar ayuda no sólo a ella, sino que a todos los animales que allí permanecen y están en un estado similar a la difunta elefanta; sin embargo, el régimen se negó. Ante la noticia de su partida, el ministro de ecosocialismo y aguas (¿?), Ramón Velásquez, comunicó a través de Twitter un mensaje en el que exime al Gobierno de toda culpa: “(…) recordemos que estos animales en cautiverio tiene un promedio de vida de 17 años; sin embargo, Ruperta vivió 48 años, quiere decir recibió todos los cuidados para prolongar su existencia”. Bien es cierto que el paquidermo de Caricuao estaba en estado senil, pero es inadmisible en las condiciones en las que se encontraba un animal que hasta hace dos años presentaba buena salud. Dos caídas (la última hace pocos días según el periodista Román Camacho), confirman la debilidad que presentaba Ruperta. Sus últimos años son un reflejo de un régimen que no se preocupa por enfermos y mucho menos por animales.

El secreto vikingo

Un dato demográfico demoledor nos indica que en Islandia vive menos gente que en Petare: 330.000 habitantes. El ex futbolista inglés Gary Lineker no temió en decir que su país había perdido (en los octavos de final de la Eurocopa 2016) ante uno que tiene más volcanes que futbolistas profesionales. El personaje de Islandia quizás más mediático en la actualidad es quien funde de guardaespaldas de Cersei Lennister en Game Of Thrones: ‘La Montaña’. Ante un panorama en donde durante nueve meses el sol casi no se ve y el frío es intenso, practicar fútbol al aire libre es prácticamente imposible, por lo que clasificar a una Copa del Mundo era una quimera que parecía alcanzable sólo si una legión de héroes nórdicos encabezados por Thor se vestían de pantalón corto y medias largas. La misión no pudo haberse llevado a cabo sin una fuerte inversión económica de la federación en infraestructura y formación, pues construyeron siete estadios techados y profesionalizaron a sus técnicos. A partir de allí, el técnico Heimir Hallgrimsson puso en marcha un plan que tenía como objetivo conectar a los fanáticos con el equipo nacional en 2011: en un bar conocido, el entrenador –que también es odontólogo– decidió citar a miembros de un grupo de fanáticos conocido como Tólfan, del cual pertenecían no más de 15 miembros. En aquel pub islandés, el técnico-dentista les comenta a los fanáticos cuál será la alineación que utilizará en el próximo partido y cuál será la estrategia para vencer al rival. La tradición –que sería imposible en las grandes capitales del fútbol– funciona a la perfección en un país en donde existe una app para prevenir salir con un familiar en una noche de copas. Hoy en día, cuando el equipo nacional juega de local, el bar se abarrota de aficionados para asistir a la charla con el entrenador. El fenómeno es tal que en el partido contra Inglaterra en la Eurocopa fue visto por el 99.8% de la población. Un país sin mosquitos, sin hormigas y con la firme creencia en los duendes participará por vez primera en Mundial con un grito de guerra que cautiva por su sincronía y segundos de silencio que también hacen ruido.

Chao PDVSA

Exportaciones petroleras en cero a fin de año. Ese es el grave pronóstico que hace la consultora británica Global Data sobre Venezuela, y al que ha tenido acceso la revista financiera ‘Forbes’. Según los datos que manejan, podríamos terminar el año produciendo menos de un millón de barriles. De ser ese el caso –y todo apunta a que así lo será- Venezuela se quedaría, sencillamente, sin nada para exportar. Pero no hay que irse tan al futuro: ya esto está pasando. Se ha conocido que en este mes de junio PDVSA les comunicó a 8 clientes distintos que no podrá cumplir con los envíos de petróleo que tenía contratados. Según los números de Global Data, de 1,4 millones de barriles diarios que PDVSA está obligada contractualmente a suministrar a clientes, dispone apenas de 694.000; es decir: sólo el 49%, lo que quiere decir que ya le ha incumplido a más de la mitad de sus clientes. Y a los que les cumple, lo hace a medias y con descuento: con la amenaza del embargo pendiendo sobre cada tanquero que sale de nuestras aguas, PDVSA tiene que hacer mil y un malabares para lograr enviar un despacho, lo que en la práctica está afectando notablemente las pocas entregas que hay. Súmele a eso que la producción continúa cayendo de modo acelerado (“va mucho más rápido de lo que se esperaba”, advirtió el jueves Bank of America / Merrill Lynch en un informe), que lo mismo está pasando con las plataformas petroleras –el mes pasado perdimos 7, y nos quedan apenas 28– y tendremos, pues, todas las razones para despedirnos definitivamente de la que en su momento fue una empresa modelo y hoy una auténtica ruina: PDVSA, señores, está desahuciada.

RESEÑA: El lobo estepario – Hermann Hesse

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

91 años han transcurrido de su publicación y aun hoy ‘El lobo estepario’ sigue gozando de buena salud. Leído en el 2018, todavía es capaz de causar profundas impresiones en el lector, tal y como lo llegó a hacer en su momento y ha venido haciéndolo a lo largo del tiempo. Se trata de una novela psicológico-filosófica protagonizada por un hombre bien particular, llamado Harry Haller y mejor conocido como el ‘Lobo Estepario’

A Harry lo conocemos primeramente por el relato de un tercero: el sobrino de una mujer a la que a él le alquila un cuarto. Es este hombre quien se encarga de presentárnoslo, y lo hace con todos los elementos necesarios para intrigar y despertar el interés en tan singular personaje, al que describe como un hombre muy particular, huraño, extraño, que le causa una impresión profunda. Esta primera parte está escrita muy a la usanza de las novelas de misterio y cumple muy bien su cometido ya que al terminarla el lector no quiere otra cosa sino saber más de Harry.

Viene, entonces, la segunda parte: el diario del lobo estepario, un manuscrito (“Anotaciones de Harry Haller”) encontrado en su cuarto, redactado en primera persona, en el que Haller anota sus vivencias y pensamientos. Este manuscrito se encuentra interrumpido en una parte por el ‘Tractac del lobo estepario’, una especie de tratado psicológico/filosófico, que a Harry le entrega un desconocido en la calle, en el que se describen los rasgos definitorios de la personalidad y los pensamientos del lobo estepario. Después de él, sigue nuevamente (y así seguirá hasta el final) el diario de Harry. No es, pues, en cuanto a estructura, un libro complejo o difícil. Nada que ver. La complejidad (y grandeza) de este libro está  en su protagonista, en Harry.

¿Y quién es y cómo es Harry Haller, el lobo estepario? Hablamos, en principio, de un hombre cincuentón, huraño, un tanto misterioso, poco dado a las relaciones sociales, quien, no obstante, a veces tiene ciertas salidas de tono: se conmueve con cosas comunes o es capaz de sostener alguna conversación agradable. Así nos lo presenta el sobrino. Luego, por sus anotaciones comenzamos a saber que se trata de un hombre en quien dos naturalezas luchan encarnizadamente: una, que podríamos llamar humana o burguesa, que lo lleva a estar conforme con sus semejantes, con su gente, con su siglo; y otra, la del lobo estepario, que lo empuja a lo contrario: a rechazar a la sociedad, sus convenciones, a mirar todo con desconfianza y desprecio, y a sentirse tremendamente inconforme con todo.

En su personalidad de lobo estepario, que es la que en él predomina, Harry termina siendo presa de fuertes estados pesimistas que lo llevan no sólo a aislarse sino también a pensar en el suicidio. Y en el suicidio se encuentra pensando, precisamente, cuando en su camino se cruza Armanda, una prostituta que cambia radicalmente su modo de pensar y de vivir, porque resulta ser la única persona que (improbablemente) lo entiende. Y no sólo eso:  no es nada más que lo comprende, sino que también le enseña a vivir. De algún modo, lo redime y reinserta en la sociedad, no haciéndolo claudicar de sus principios y de sus críticas, sino más bien enseñándole que sí, que precisamente porque tiene razón, porque la sociedad no vale nada, es que no debe tomársela en serio sino todo lo contrario: debe, más bien, aprovecharse de ella, usarla, burlarse, disfrutarla.

Hay en este libro, sin embargo, mucho (muchísimo) más. Y ese más son los agudos pensamientos y reflexiones que Hesse va soltando en boca de sus personajes. Son ideas brillantes condensadas en frases geniales que llevan al lector a detenerse, respirar, releer, respirar y pensar un rato. Que se sienten a veces como una iluminación celestial; otras, como una patada en el estómago. Es un libro para leer (y releer) despacio, so pena de perderse alguna de esas duras y brillantes ideas. Un libro que ha envejecido bien, que merece estar en la categoría de los clásicos y cuyo protagonista, Harry Haller, bien tiene el derecho de ser recordado con nombre y apellidos propios.

El lobo estepario

Autor: Hermann Hesse

Fecha: 1927

Páginas: 248

Calificación: 10/10

RESEÑA: ‘Memento’

 Con una evolución narrativa alterada y escenas en blanco y negro, el director Christopher Nolan rodó una película con acertijos y encrucijadas a través de una historia particular que cuenta cómo Leonard Shelby (Guy Pearce) desea vengar la muerte de su esposa mientras que lucha por recordar su día a día. Y es que el protagonista de esta trama sufre de amnesia anterógrada, que es la incapacidad para generar nuevos recuerdos. De esta manera, Leonard sólo puede acordarse de lo que era y hacía hasta la muerte de su pareja. Pese a su condición, tiene un sistema que le permite recordar mediante notas, fotos y hasta tatuajes raros las personas que conoce, en donde se hospeda y las pistas del asesino. No poder memorizar ningún recuerdo nuevo hará de Leonard una persona vulnerable que pueda ser usada para saldar cuentas ajenas, por lo que en un momento del film dudará de todos. ‘Memento’ es un largometraje que gira alrededor de dos conceptos que –según el protagonista– son excluyentes: los hechos y la memoria, pues la segunda es subjetiva y puede cambiar el color, el lugar e incluso el significado de los sucesos. Que Leonard no sea capaz de saber  el tiempo que trascurre realmente desde la muerte de su esposa de Leonard hasta el momento en donde se encuentra no le permite satisfacer sus deseos de venganza, por lo que su historia es un ciclo en donde el asesino podrá tomar caras distintas según le convenga a terceros. Ante este panorama el espectador, atento o no de los detalles, tendrá ante sí la tarea de formar una concepción de lo que está pasando en este mundo puesto en escena por el notable director británico.

La lista de los 100 libros imprescindibles del ‘ABC’

No están todos los que son ni son todos los que están. Hay omisiones escandalosas e inclusiones sospechosas. Sin embargo, a la lista que bajo el pomposo nombre de “Los 100 mejores libros de la literatura universal” presentó hace dos días el diario madrileño ‘ABC’ hay que echarle un vistazo. Se trata, como el nombre lo indica, de una selección hecha por un grupo de 50 expertos, entre escritores, críticos y personalidades de la cultura española, de cien libros imprescindibles que todos deberíamos conocer. Para su elaboración se les pidió llenar una encuesta con los que en su opinión eran los 10 mejores títulos de la literatura, ordenándolos de mayor a menor, y dándoles un puntaje (al primero diez, al segundo nueve, al tercero ocho), de cuya totalización salió finalmente la lista publicada, que está encabezada, cómo no, por ‘El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha’, seguido por ‘La Odisea’, ‘La Iliada’, ‘La Divina Comedia’, ‘La Biblia’, ‘En busca del tiempo perdido’, ‘La Eneida’, ‘Ensayos’ (Montaigne) y ‘Madamme Bovary’, que conforman el top 10 de una selección en la que, como se ve, abundan los clásicos. Sin embargo, hay también lugar para algunos escritores contemporáneos y latinoamericanos. García Márquez encabeza la lista de los autores de nuestra tierra con ‘Cien años de soledad’ (puesto 24) y ‘El amor en los tiempos del cólera’ (53). Las ‘Ficciones’ de Borges aparecen en el puesto 33, por debajo de ‘La montaña mágica’ de Thomas Mann; y ‘Pedro Páramo’, de Rulfo, se ubica en el puesto 41. Los norteamericanos aparecen también, aunque casi al final. ‘Moby Dick’ (72), de Melville, ‘Santuario’ (81) y ‘Absalon, absalon’ (83), de Falulkner, ‘El gran Gatsby’ (84), de Fitzgeralt, y ‘La invención de la soledad’ (88), de Paul Auster, son los que representan a la literatura del norte en una lista de la que se pueden sacar recomendaciones interesantes y que puedes ver completa a continuación:

  1. «EL QUIJOTE». Miguel de Cervantes.267 puntos.

  2. «LA ODISEA». Homero.148 puntos.

  3. «LA ILÍADA». Homero. 93 puntos.

  4. «La Divina Comedia». Dante Alighieri. 86 puntos.

  5. «Hamlet». William Shakespeare. 63 puntos.

  6. «La Biblia». 61 puntos.

  7. «En busca del tiempo perdido». Marcel Proust. 59 puntos.

  8. «La Eneida». Virgilio. 58 puntos.

  9. «Ensayos».Michel de Montaigne. 55 puntos.

  10. «Madame Bovary». Gustave Flaubert.

  11. «Cumbres borrascosas». Emily Brontë. 46 puntos.

  12. «Edipo Rey». Sófocles. 46 puntos.

  13. «El rey Lear». William Shakespeare. 41 puntos.

  14. «Las mil y una noches». Anónimo. 32 puntos.

  15. «Poesía» (incluyendo «Canto espiritual»). San Juan de la Cruz. 30 puntos.

  16. «Macbeth». William Shakespeare. 30 puntos.

  17. «De rerum natura». Lucrecio. 29 puntos.

  18. «La vida es sueño». Calderón de la Barca. 28 puntos.

  19. «Epopeya de Gilgamesh». Anónimo. 28 puntos.

  20. «Ulises». James Joyce. 26 puntos.

  21. «Antígona». Sófocles. 25 puntos.

  22. «Fedón». Platón. 25 puntos.

  23. «La Regenta». Leopoldo Alas «Clarín». 23 puntos.

  24. «Cien años de soledad». Gabriel García Márquez. 22 puntos.

  25. «Cancionero». Petrarca. 20 puntos.

  26. «Poemas». Emily Dickinson. 19 puntos.

  27. «Léxico familiar». Natalia Ginzburg. 19 puntos.

  28. «Ana Karenina». León Tolstói. 18 puntos.

  29. «Lazarillo de Tormes». Anónimo. 18 puntos.

  30. «Guerra y paz». León Tolstói. 17 puntos.

  31. «La vida del Buscón». Francisco de Quevedo. 16 puntos.

  32. «El mar, el mar». Iris Murdoch. 16 puntos.

  33. «Ficciones». Jorge Luis Borges. 15 puntos.

  34. «La montaña mágica». Thomas Mann. 15 puntos.

  35. «Poesía». Antonio Machado. 15 puntos.

  36. «Fedro». Platón. 15 puntos.

  37. «Las moradas». Santa Teresa de Jesús. 14 puntos.

  38. «El hombre sin atributos». Robert Musil. 14 puntos.

  39. «El proceso». Franz Kafka. 13 puntos.

  40. «La metamorfosis». Franz Kafka. 13 puntos.

  41. «Pedro Páramo». Juan Rulfo. 13 puntos.

  42. «Decamerón». Boccaccio. 13 puntos.

  43. «La Celestina». Fernando de Rojas. 13 puntos.

  44. «La tempestad». William Shakespeare. 13 puntos.

  45. «Los hermanos Karamazov». Fiódor Dostoyevski. 12 puntos.

  46. «Crimen y castigo». Fiódor Dostoyevski. 12 puntos.

  47. «Rojo y negro». Henri Beyle Stendhal. 12 puntos.

  48. «Emma». Jane Austen. 12 puntos.

  49. «Poeta en Nueva York». Federico García Lorca. 11 puntos.

  50. «Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy».Laurence Sterne. 11 puntos.

  51. «Soledades». Luis de Góngora. 11 puntos.

  52. «La ciudad de las damas». Christine de Pizan. 11 puntos.

  53. «El amor en los tiempos del cólera». Gabriel García Márquez. 10 puntos.

  54. «Hojas de Hierba». Walt Whitman. 10 puntos.

  55. «Los demonios». Fiódor Dostoyevski. 10 puntos.

  56. «El corazón de las tinieblas». Joseph Conrad. 10 puntos.

  57. «El cantar de los cantares». Anónimo. 10 puntos.

  58. «Grandes esperanzas». Charles Dickens. 10 puntos.

  59. «Orlando». Virginia Woolf. 10 puntos.

  60. «Los papeles póstumos del Club Pickwick». Charles Dickens. 10 puntos.

  61. «Sóngoro cosongo». Nicolás Guillén. 10 puntos.

  62. «Una habitación propia». Virginia Woolf. 10 puntos.

  63. «All of Us: The Collected Poems». Raymond Carver. 10 puntos.

  64. «Metafísica». Aristóteles. 10 puntos.

  65. «La realidad y el deseo». Luis Cernuda. 10 puntos.

  66. «Cordero blanco, halcón gris». Rebecca West. 10 puntos.

  67. «Curial e Güelfa». Anónimo. 10 puntos.

  68. «América Hispánica (1492-1898)». Guillermo Céspedes del Castillo. 10 puntos.

  69. «La señora Dalloway». Virginia Woolf. 9 puntos.

  70. «Frankenstein». Mary Shelley. 9 puntos.

  71. «Una temporada en el infierno». Arthur Rimbaud. 9 puntos.

  72. «Moby Dick». Herman Melville. 9 puntos.

  73. «Cuentos completos». Antón Chéjov. 9 puntos.

  74. «Coplas por la muerte de su padre». Jorge Manrique. 9 puntos.

  75. «Ada o el ardor». Vladimir Nabokov. 9 puntos.

  76. «El leopardo de las nieves». Peter Matthiessen. 9 puntos.

  77. «La siesta de M. Andesmas». Marguerite Duras. 9 puntos.

  78. «Facundo o civilización y barbarie en las pampas argentinas». Domingo Faustino Sarmiento. 9 puntos.

  79. «El peregrino ruso». Anónimo. 9 puntos.

  80. «Calila e Dimna». Anónimo. 9 puntos.

  81. «Santuario». William Faulkner. 8 puntos.

  82. «Fortunata y Jacinta». Benito Pérez Galdós. 8 puntos.

  83. «¡Absalón, Absalón!». William Faulkner. 8 puntos.

  84. «El gran Gatsby». F. Scott Fitzgerald. 8 puntos.

  85. «La Cartuja de Parma». Henry Beyle Stendhal. 8 puntos.

  86. «Guzmán de Alfarache». Mateo Alemán. 8 puntos.

  87. «Poesía». Miguel de Unamuno. 8 puntos.

  88. «La invención de la soledad». Paul Auster. 8 puntos.

  89. «El año de la muerte de Ricardo Reis». José Saramago. 8 puntos.

  90. «Los Evangelios». Varios autores. 8 puntos.

  91. «Los Upanishads». Anónimo. 8 puntos.

  92. «Cartas a Lucilio». Séneca. 8 puntos.

  93. «Medea». Eurípides. 8 puntos.

  94. «Elizabeth Costello». J. M. Coetzee. 8 puntos.

  95. «El idiota». Fiódor Dostoyevski. 8 puntos.

  96. «La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental». Edmund Husserl. 8 puntos.

  97. «Orgullo y prejuicio». Jane Austen. 7 puntos.

  98. «Poesía». Cátulo. 7 puntos.

  99. «Cantar de los nibelungos». Anónimo. 7 puntos.

  100. «Esperando a Godot». Samuel Beckett. 7 puntos.