Tener esperanza aunque no haya señales

Cuando Lizandro me invitó a escribir sobre mi experiencia como psicólogo ejerciendo en sectores populares de Caracas, lo primero que hice fue pensar en los aprendizajes que me han dejado las personas con las que he tenido la oportunidad de trabajar. Creo que todas tienen un punto en común que las une: en los Barrios de Caracas aprendí que el verdadero significado de la resistencia era tener paciencia, a pesar de que todo apuntase al desespero.

Para demostrar este punto, voy a contar tres historias que considero representativas de mi argumento central. Una durante mi primer trabajo como psicólogo en la parte alta de La Vega y dos trabajando en la organización social Caracas Mi Convive. Creo que la narrativa, como la música, tiene la capacidad de transmitir cosas más allá de la intención original del autor. Espero que los que lean este artículo puedan sacar nuevas conclusiones de las historias que voy a compartir.

Uno de mis primeros trabajos, como psicólogo, fue en la parte alta de La Vega en un centro de salud. Mi labor incluía ver pacientes, en su mayoría niños y adolescentes, y realizaba sesiones de asesoramiento con un grupo de madres que trabajaban en un hogar de cuidado diario que quedaba en frente a este centro. Simultáneamente, estaba cursando la especialización en psicología clínica-comunitaria en la Universidad Católica Andrés Bello.

Unos meses antes de terminar el post-grado, decidí hacer mi tesis de especialización sobre la experiencia de una madre que había perdido a su hijo en un enfrentamiento armado. Por las estadísticas de violencia y las historias de mis pacientes, consideraba que había muchos casos en La Vega que no estaban siendo visibilizados. Inspirado por la metodología de Alejandro Moreno y sus conclusiones sobre el matricentrismo[1] de la familia popular venezolana, decidí hacer una historia de vida con una madre que llamé bajo el seudónimo: Flor Campos.

Una de las conclusiones principales que propuse escuchando el relato de Flor es que la cultura venezolana, aunque girase al rededor de los temas de la maternidad, muchas veces no entendía o aprobaba expresiones emocionales relacionadas a lo femenino. Flor se sentía, en ocasiones, muy juzgada por su familia y su comunidad por la manera en la que vivía el duelo. Le decían constantemente que llorar tanto a un hijo no estaba bien, que lo tenía que dejar descansar. Esto hacía que se sintiera culpable por llorar, prefiriendo contactar con su pérdida en privado. En ocasiones, como reflejo propio del realismo mágico latinoamericano, sentía muy cercana su presencia, lo sentía tan cerca que a veces dudaba de si realmente había muerto, lo que le generaba mucha angustia. Cuando compartía estos sentimientos conmigo me preguntaba constantemente si pensaba que ella estaba “loca”, como si yo tuviera la potestad de hacer juicios de valor sobre sus sentimientos más profundos.

Escuchar la historia de Flor me generó un gran sentido de responsabilidad, sentía que ella, con su relato, me había dado mucho para mi desarrollo profesional y tenía que retribuírselo de alguna manera. Por ello, decidí crear un grupo psicoterapéutico de corta duración con Flor y otras madres que habían vivido experiencias similares.

En el grupo, muchas de las madres se identificaron con ella: sus expresiones de pérdida no eran bien recibidas por sus familias y la comunidad, en donde les insistían que lo mejor era  dejar descansar a sus hijos. Especialmente, una de las madres estaba de acuerdo con esa forma de lidiar con el duelo: había perdido a su hijo hace 28 años y sentía que lo mejor era no estar mucho tiempo pensando en él.

En una de las sesiones, las madres comenzaron a contar sobre pequeñas cosas que hacían para recordar a sus hijos, desde tener altares dedicados a ellos en sus casas, hasta dejar su cuarto intacto. La madre que había sufrido la pérdida hace 28 años comenzó a relatar que ella y el joven tenían una canción que les gustaba cantar juntos. De vez en cuando, mientras lavaba su ropa, ponía esa canción y la comenzaba a cantar con la esperanza de que él volviera. Lo que más me sorprendió y conmovió fue que después de 28 años de su entorno diciéndole cómo tenía que vivir su pérdida, todavía buscaba espacios donde seguía siendo fiel a ella misma. Cantar esa canción, en privado, era un pequeño acto de resistencia ante una comunidad que no la comprendía.

La segunda experiencia ocurrió mientras realizaba una investigación cualitativa sobre víctimas secundarias de asesinatos extrajudiciales. Desde el Monitor de Víctimas[2], los datos estaban mostrando que al alrededor de un tercio de las muertes violentas que ocurrían en la zona metropolitana de Caracas eran producto de las acciones de fuerzas de seguridad del Estado. Ante esto, decidimos que teníamos que ir más allá de los números y recoger los testimonios de estos familiares. Un equipo de psicólogos de Caracas Mi Convive fuimos a diferentes comunidades del municipio Libertador a recoger los relatos de padres, madres, hermanas y hermanos que habían perdido a un familiar en manos de las fuerzas de seguridad del Estado en el marco de las OLP. El análisis de estos testimonios terminó siendo un libro que llamamos: Cuando suben los de negro, por el nombre que usaban dentro de las comunidades para referirse a los funcionarios.

FOTO: Carlos Ramírez

Una de las particularidades de esta investigación es que tuvimos la oportunidad de hacer las entrevistas dentro de las casas de los mismos familiares. Una de las participantes, Nancy, vivía en un edificio cerca del centro de Caracas y nos contó con detalle cómo ocurrió el día que mataron a su hijo de 19 años de edad. Nancy tenía una gran capacidad para poner en palabras lo que pensaba y sentía, nos mostraba exactamente los sitios de su apartamento donde a su hijo le gustaba estar y, cuando llegó al momento de contar cómo llegó la OLP a su casa, nos pidió que la acompañáramos a las escaleras de su edificio.

En las escaleras estaban todavía las marcas de las balas que asesinaron al joven. Nancy nos explicaba, después un vecino nos lo confirmó, que ni ella ni nadie en la comunidad querían remover las marcas de las balas, porque algún día se iba a hacer justicia:

Pero yo sé que un día a mí me van a entrevistar en Venevisión y yo voy a decir todo cómo es y se va a hacer justicia.

Esta entrevista fue realizada a mediados del 2018, un poco después de las falsas elecciones del 20 de mayo, en un momento donde parecía que el régimen tenía el control de todo y que no había manera de sacarlos del poder. Escuchar esa historia me permitió darme cuenta de que resistir a una dictadura no solamente implica ir a manifestaciones o hacer denuncias públicas. Resistir implica hacer pequeños actos todos los días con la esperanza, como nos dice Nancy, de que algún día se vaya a hacer justicia, aunque de momento no haya ninguna señal de que esto vaya a ocurrir.

La tercera experiencia pasó hace unas semanas, estaba acompañando a hacerle seguimiento a un programa de la organización que se llama “Vamos Convive”. Vamos es un programa de inserción laboral y mentoría a jóvenes varones de sectores populares en situación de riesgo de caer en la criminalidad. De acuerdo con los datos del Monitor De Víctimas, el 65% de las muertes violentas en Caracas, ocurridas en el 2018, fueron varones entre las edades de 15 y 29 años que vivían parroquias como Antímano, El Valle, Sucre y Petare.

Uno de los beneficiarios del programa, Miguel, estaba haciendo una pasantía en un café ubicado en el este de Caracas. Fuimos hasta allá a hablar con él y sus supervisores. Sus supervisores nos dieron muy buenos comentarios de él y nos contaron que muchas veces, voluntariamente, se queda horas extra trabajando. Al parecer, cuando los operativos del FAES[3] se intensifican en su comunidad, él prefiere quedarse trabajando para no ser la próxima víctima. A pesar de que todo el aparato represivo del régimen se ha encargado de retratar a los jóvenes de sectores populares como criminales, Miguel se aferra a desenmascarar ese estereotipo. Va todos los días a su trabajo como un acto de resistencia y paciencia de que sí existe una alternativa para él que no sea la delincuencia o ser víctima de las fuerzas de seguridad.

Recientemente los venezolanos hemos recuperado la esperanza de un cambio, después de la marcha del 23 de enero conversaba con mis amigos sobre lo primero que haríamos si se acaba la dictadura. No recordaba la última vez que nos permitimos hablar de eso.

Una vez un paciente del psicoanalista inglés Donald W. Winnicott le dijo, en sesión, esta frase: “La única vez que sentí esperanza fue cuando me dijiste que no veías ninguna esperanza, pero continuaste conmigo de todas maneras”. Hoy me siento esperanzado de un cambio, pero no siento un desespero porque tenga que ocurrir de la noche a la mañana, ver como estas personas se aferraron a sus seres queridos y a sí mismos, a pesar de que todas las señales de su entorno les decían lo contrario, me ha permitido entender que el camino hacia un cambio es igual de inspirador que finalmente lograrlo.

“Cuando suben los de negro”, libro con análisis de testimonios.

 

Por Guillermo Sardi | @gsardi90

 


[1] Matricentrismo hace referencia a la tesis propuesta por el psicólogo Alejandro Moreno, que la familia popular venezolana cobra sentido alrededor de la figura de la madre. Donde las mujeres ejercen el rol principal de soporte emocional y financiero en las familias de los sectores populares del país.

[2] Monitor de Víctimas es un proyecto entre el portal Runrun,es y Caracas Mi Convive donde, por medio de un trabajo cooperativo de investigación periodística y líderes comunitarios, se contabilizan diariamente los homicidios en la zona metropolitana de Caracas.

[3] Fuerzas de Acciones Especiales de la Policía Nacional Bolivariana

#ConstruyendoPaís: Recuperar la Concha Acústica de Bello Monte

Dicen que la Concha Acústica de Bello Monte albergó conciertos legendarios. En Venezuela –en Caracas, sobre todo– hemos perdido el peso de la tradición: el régimen que secuestró al país resultó tan devastador que hasta las personas, emprendimientos y espacios consolidados se vieron afectados: los que no desaparecieron, se deterioraron o huyeron. Bueno, algunos aún resisten cómo pueden. Tan faltos de misticismo estamos que, hace poco, unos estudiantes de Comunicación social recibieron con desdén que El Nacional dejara de circular en impreso. La imagen que estos centennials tienen de este mítico periódico es la paupérrima versión que hoy circula en la web. Así de ingenuo, supongo, me veía yo en diciembre de 2018 cuando contenía mi emoción por, al fin, presenciar un concierto en la Concha Acústica. El plato fuerte era Desorden Público, pero también estarían Los Javelin, Nomásté y Los Pixel. Una pena, supongo, que no se llenaran las gradas. Aunque debo precisar que a medida que fue llegando la noche más personas se sumaron a lo que resultó una suerte de feria y concierto. Si querían recuperar un espacio –volver a darle un uso artístico/comercial– esa fue la mejor forma.

Desde temprano vi entre los puestos de comida a Danel Sarmiento, baterista de Desorden Público y miembro de Bajo el Árbol, iniciativa que organizó el concierto denominado Navidades Desordenadas. Bajo el Árbol vio luz en 2018 y se encargó de ofrecer arte, diseño y comida a los caraqueños que pudieran acercarse a sus actividades. El nombre del emprendimiento es de lo más seductor: en una ciudad que los malandros usurpadores han querido condenar al gris, ellos recuerdan que vivimos bajo el Ávila y producen ideas y diversión como quien siembra árboles. No confundamos con mero entretenimiento lo que es una de las formas más inteligentes de construir país.

El concierto estuvo bien. Los Javilin nos despertaron, pero las niñas de Nomásté –a quienes tuvimos en El Futuro Promete– nos agarraron por los cabellos y nos montaron en una absoluta vibra de disfrute. Lo que me gusta de estas chicas es que no ofrecen esa sensación de distancia que tienen ciertas agrupaciones. Parecen colegialas jugando en casa de sus amigas. Pero su mensaje es poderoso. Que un país machista vea surgir tanto talento condensando en una banda de ska compuesta por muchachas que rondan los 20 años resulta alentador. Sin duda, El Futuro Promete.

Y hablando de la falta de referentes, luego salió a escena Los Pixel, la banda de Pablo Dagnino. Alguien me preguntó que quién eran ellos. Y no fue sino hasta que, desde el público, un coro de hombres canosos y barrigones comenzó a gritar “¡Sentimiento muerto, Sentimiento muerto!” que la pregunta se respondió sola. El arte, en Venezuela, necesita ganar espacio y popularidad. Extraviados en lo mainstream y meramente comerciable, nuestros referentes artísticos muchas veces pasan desapercibidos y resultan desconocidos para las nuevas generaciones. Algún día veremos al pasado y nos resultará escandaloso que hiciésemos más famoso a un político que un músico o que a un escritor.

Por cierto, el único bróder de Zapato 3 que está en Venezuela se sentó al lado mío y conversamos un poco. Debo ser honesto: no lo reconocí.

Así me va.

Cuando Desorden Público salió a la tarima todo fue delirio. Era la tercera vez que los escuchaba en vivo y debo decir que fue, también, el concierto más relejado que he presenciado de ellos. La consigna parecía ser cerrar el año de la mejor manera, sin tanta confrontación hacia el poder y sin volvernos locos: celebremos que estamos juntos y vivos esta Navidad, parecían decir con cada acorde.

Pues el mensaje llegó. Al menos a los que asistimos. ¿Cuántos de los caraqueños podían pagar una entrada a ese costo? Lo peor del caso es que, al cambio en dólares, el monto del boleto resultaba mínimo: es probable que tanto los organizadores como Desorden Público estuvieran trabajando a pérdidas. O, mejor dicho, renunciaran a un porcentaje de dinero en beneficio de algo invaluable: sembrar esperanza.

Casi al terminar el concierto, se rifó un pasaje para Colombia. La mujer que lo ganó estalló en llanto: al fin podría visitar a su hijo. Hace 20 años, en los conciertos se rifaba placer y recreación. Ahora se ofrece solidaridad. Los tiempos han cambiando. Espero que los venezolanos, también.

La cosa terminó con civismo y elegancia. Los edificios cercanos, que, según me contaron, alguna vez se quejaron del ruido que se hacía en la Concha Acústica, es probable que lejos de molestarse se encontrasen contentos: ¡al fin la música volvía a Bello Monte! A veces me consigo con personas que extrañan a la Venezuela de antes. A mí eso me preocupa un poco: ¿si lo de antes era bueno cómo se llegó a algo tan malo? El último álbum de Desorden se llama Bailando sobre las ruinas. Hoy lo que abundan en el país son escombros. Cuando todo pase, estaremos bailando sobre ellos y un fogonazo de esperanza nos atravesará: tendremos la posibilidad inédita de construir desde los cimientos un nuevo país.

En una sociedad que ahora vive arropada por el miedo a edificios gigantez –con logotipos oficialistas– en los que se tortura y se mata, somos muchos quienes queremos estar Bajo el Árbol.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

Carta al progre

En Revista OJO nos alarma la cantidad de personas en todo el mundo que, con indolencia, pueden opinar sobre lo que pasa en Venezuela usando la ideología como excusa. Por eso, más que debatir con esos “expertos”, decidimos que cada miembro del equipo contara un testimonio propio sobre la Venezuela que le ha tocado vivir. Esta carta es nuestra respuesta a todos los que creen que el problema de nuestro país es un asunto de derechas e izquierdas.

Alejandra Colletti – estratega de contenido

11: 15 am. UCV.

—Todas las entradas están cerradas. No vas a poder salir, los obreros andan “protestando” como siempre –dice una muchacha.

Me consigo con mi novio en la entrada de la Escuela de Comunicación Social para ir a hacer una diligencia. Nos montamos en el carro. Esperamos encontrar una entrada abierta.

La Tamanaco: cerrada.

La Minerva: cerrada.

Las calles internas: abarrotadas.

11:25. Necesito estar a las 12 en El Valle. Esto no avanza, el estómago gruñe. Siento una gota de sudor por debajo de la franela mojando el sostén. El carro no tiene aire: repararlo vale más de lo que mi novio y yo ganamos en seis meses.

Avanza el reloj, el calor es infernal. Las cornetas suenan cada dos segundos. Subo el vidrio. Huele a humo y a basura.

—Ya ha pasado casi media hora, Ale, vamos a dar la vuelta, rodear la escuela de Educación y así vemos si la entrada de la Minerva está abierta –me dice Humberto. Asiento y ya. Estoy obstinada y me están dando ganas de orinar. Me arrecha este tipo de protesta inútil.

Cómo podemos, salimos del tráfico.

11:50. Calle Minerva de la  UCV, conocida como Trasbordo.

—Nosotros no tenemos llave de este portón, no podemos abrir –dice uno de los vigilantes que está en La Minerva.

La misma mierda de siempre. De nuevo una cola infernal y el calor: mucho calor.

Muevo las piernas, me cambio de posición, intento hablar de lo que sea. ¡Me quiero ir y me estoy orinando!

 

Cuando entré a la universidad en 2015, los baños funcionaban: no tenían papel, pero siempre había uno que servía. Son una metáfora del país: hoy día todos están sucios, muy pocos sirven. Los que se pueden usar tienen tuberías rotas, pisos y paredes llenos de mierda, charcos de colores y olores improbables. Y, claro, siguen sin tener papel.

—Aquí al lado está Odontología, anda –me dice Humberto– total, dudo mucho que esto avance ahorita.

Reviso en la guantera: ¡bingo! Dos servilletas. Es el segundo de felicidad más genuino desde que me monté en el carro.

En Odontología la gente es muy fresa, están las niñas más lindas y los chamos más buenos de toda la Universidad. Carne de primera.

Subo y bajo escalones, camino los pasillos buscando un baño. Nada. Me acerco a un salón donde hay personas –no estudiantes– esperando para que una odontóloga los atienda.

—En el tercer piso debería haber alguno funcionando –me dicen.

Siento el orine a punto de salir.

Llego al tercer piso, saco las servilletas, veo que al final del pasillo está mi objetivo. Agarro la manija y –vamos, vamos, adivinen–:

CERRADO. El de hombre y el de mujer.

Me provoca bajarme los pantalones aquí mismo y orinar. Respiro. Bajo por las escaleras y me consigo con unos muchachos. Me dicen que afuera, al lado del auditorio, hay otro baño.

Llego y hay dos personas delante de mí.

—Hay un muchacho ahí adentro. Uy, déjame cerrar que desde aquí se ve todo –me dice una de ellos.

Es un baño unisex.

El chico sale, la chama entra y le pregunto desde afuera si el otro cubículo funciona. Abre la puerta de donde está ella. La veo: está agachada, apuntando. Me grita:

—¡Sí, está abierto, pasa!

Me dan ganas de vomitar. El urinario de hombres tiene un pozo de líquido amarillo y varias gotas en el piso. Abro la puerta del cubículo y me llega un olor de orine seco. Hay una huella de un zapato marcada con sangre, unas cuantas rayas marrones –de mierda– en el piso y en las paredes. La papelera se desborda. Me comienzo a bajar el pantalón lo más rápido posible pero no lo bajo lo suficiente porque no quiero que roce el piso. Orino, me seco, lanzo el papel –no sé dónde cae– y salgo.

El carro está justo donde lo dejé. Humberto tenía razón, no avanzó más desde que me fui. La gente está amotinada. Se salen de los carros, suenan las cornetas. Ya son  las 12:25. Tengo más calor que antes, el pantalón mojado de orine y una sensación de infección que no me la voy a quitar hasta que logre bañarme. Si hay agua en mi casa.

Fernando Molina – diseñador

Mis amigos del colegio, con quienes crecí, maduré y viví muchas de mis primeras veces, salieron uno a uno del país desde el 2015.

El 2017 se vivió en Venezuela una época de protestas antigubernamentales fuertemente reprimidas, que dejó como resultado una de las más grandes diásporas de este lado del hemisferio. Entre los casi cuatro millones de venezolanos que, según cifras de la ONU, salieron del país hasta el 2019, estaban todos y cada uno de los que han sido mis compañeros de aventuras, fiestas y desazones.

De un grupo muy unido de 12 personas quedo solo yo y la sensación que da es la de ser extranjero dentro de tu propio país.

Muchos de mis amigos me dicen que emigrar es difícil, no tienes a nadie con quien salir, reunirte, conversar sobre temas interesantes o compartir los momentos importantes de tu vida. Es como reiniciar todo desde cero. Eso dicen. Yo, mientras, siento que mi pasado fue borrado: no hay rastros de él en mi presente. Solo su ausencia.

Una de las promesas que me hice con alguno fue la  de hacer video llamadas con botellas de licor desde cada extremo para celebrar los cumpleaños, pero me he conseguido con un problema: la botella más barata cuesta casi dos salarios mínimos.

Ahora, ni siquiera por video llamadas puedo verles. La compañía de Internet, perteneciente al Estado desde el 2008, tiene más de un año sin funcionar ni responder por sus responsabilidades en el sector donde vivo.

El año pasado fui solo al cine a ver Coco. Cuando sonó Recuérdame, me puse a llorar. No por ningún familiar muerto, sino por los amigos que dejaron en su tierra natal la promesa de no volver “hasta que no salga este Gobierno”.

Alexis Correia – redactor

Vivo con mis dos padres ancianos y ninguno de nosotros necesita medicinas, aunque el varón perdió conciencia de que vivimos en un país en crisis. Nos vemos obligados a esconderle alimentos. Y eso que todos los días compramos el escaso y costoso pan de trigo (su principal refugio de la soledad, que acompaña con margarina y cambur) en cantidades industriales. Los otros dos habitantes de la casa, en general, no contamos con demasiado tiempo para atenderle o procurar que viva con rutinas más sanas y felices.

En lo personal, tampoco estoy contento porque soy un ejemplo de alguien que internalizó radicalmente mejores hábitos de vida y después claudicó de nuevo.

Aprendí a comer luego de los 35 años de edad, ya en la agonía del boom petrolero de la década pasada. Descubrí que existían maravillas como el aceite de oliva, el arroz integral, la avena, el brócoli y la crema árabe de garbanzos. Me convertí en influencer de la comida sana y en hacerla yo mismo, algo insólito en comparación con mi vida previa como obeso mórbido.

Mi trabajo como redactor freelance me permitía tiempo libre para subir montañas al menos cuatro veces por semana, en 2011. Empecé a dejar de hacerlo porque, desde 2015, seguí saliendo de casa a las 5:00 de la mañana, pero ya no para retar el cronómetro mientras ascendía por pendientes arboladas, sino para unirme a colas para conseguir pan o productos regulados.

Como antes de 2010, pero esta vez no por ignorancia sino contra mi voluntad, mi dieta está prácticamente desprovista de vegetales y se basa sobre todo en carbohidratos: pan, pasta, arroz, fororo, galletas, granos, lácteos, huevo. Esos son los productos más económicos, los que puedo comprar. Mientras tanto, voy camino a cuatro trabajos simultáneos y carezco de tiempo ya no solo para ir a la montaña, sino para caminar por Caracas, hacer las rutinas de ejercicio que requiere mi espalda, tener una vida de pareja y para casi toda actividad de esparcimiento, incluido el onanismo. E igual lo que gano cada vez me alcanza menos para (mal)alimentar a mi familia.

No odio al chavismo, jamás me quitó las ganas de levantarme cada madrugada y dar la pelea. Quiero que entregue el poder y me permita recuperar una vida con un mínimo de verdor.

Anibal Pedrique – productor

—Párese, Anibal Alfonso, que hay bastante oficio.

Mi mamá irrumpía en mi habitación. Apagaba el aire acondicionado, me encendía la luz. Era el ritual diario. No le gustaba perder tiempo. Esa energía y perseverancia la usó para pasar de vender chucherías, en una mesita de plástico ubicada en la calle, a montar uno de los bodegones más famosos de Pariaguan: la sala de la casa llegó a ser usada como depósito; mi cuarto, también.

Así fue cómo se pagaron los gastos de mi enfermedad del corazón. Era una época en la que todavía la gente no se moría de sarampión o asma: los centros de salud tenían medicinas y las farmacias acetaminofén. Yo estuve a punto de irme, pero el tratamiento funcionó. Si eso hubiese pasado hoy, en el 2019, quizá en vez de mudarme para Caracas a estudiar me hubiese tocado mudarme para el cementerio.

El negocio familiar costeó todo: ropa, comida, viajes, los estudios de mis hermanas. Hasta ampliamos la casa. Me sentía tan millonario que hurtaba hasta diez cocosettes del almacén para comérmelos en una tarde. Yo tenía 11 años y la vida era eso: engullir chuchería hasta empalagarme.

Pero eso comenzó a cambiar.

Poco a poco, las flores sembradas en el jardín de la casa fueron pisoteadas por decenas de personas que formaban una larga fila. Los productos comenzaron a escasear y hacer colas se convirtió en la forma más común de pasar las tardes en Pariaguan. Eran personas de todo tipo, que buscaban resolver la comida del día. Le gritaban a mamá, se gritaban entre ellos, peleaban, se empujaban. Imploraban por una sobra. “Véndeme esa harina pan que se te rompió y se te cayó toda al suelo, recógela con una pala y véndemela”, me dijo una vez un hombre al que se le marcaban los huesos en la ropa.

Está de más decir que yo ya no comía cocosette.

A la escasez la acompañó la inflación y juntas echaron a correr a los proveedores a los que en un momento les dejó de ser rentable viajar hasta Pariaguan. Nuestra bodega se llamaba Anaconda y fue como si la devorara una gigantesca serpiente. Pasaba más horas cerrada que abierta. Desaparecieron muchos productos, otros se hicieron muy costosos y casi nadie iba a comprar. Tres abastos ubicados en la zona cerraron. Los nuevos surtidores eran las bolsas de basura.

La última vez que fui a casa, mi mamá me pidió que no entrase al que fue nuestro negocio antes de que quebrara: sería como ver a ese abuelo moribundo una vez que lo viste cuerdo, energético. No hice caso, entré y ahí estaba: el esqueleto mismo que también veo multiplicado en las calles de Caracas.

Yelissa Hernández – administradora

Mi esposo llegó a Venezuela en 1981, a los 14 años. Venía de Portugal. Al principio, le tocaron las dificultades de todo extranjero que llega a un país que no conoce, en el que se habla un idioma que no maneja.

Trabajó, ascendió, siguió trabajando. Reuniendo casi todo lo que ganaba logró comprar vivienda, carro y hasta tener un bar propio. También se casó y disfrutó de las bondades de una vida casi holgada. Pero después de que Chávez llegó al poder su prosperidad comenzó a enfermarse.

Lo primero fueron las invasiones. Un día le avisaron que su negocio había sido tomado por personas que querían un techo para vivir. Corrió y se alegró al constatar que nadie había entrado a su bar, sino que habían invadido el negocio de su vecina: una amable española que también había llegado años atrás a Venezuela.

Los funcionarios de seguridad del Estado comenzaron a frecuentar su bar. Iban a pedir plata. Pero ellos no eran los únicos, también lo hacían, y con bastante frecuencia, ladrones que además de robar le daban cachazos hasta hacerlo sangrar.

Maduro llegó a la presidencia y mi esposo ya no podía ofrecer algunos de los platos de comida que habían caracterizado a su local: el desabastecimiento acabó con su menú. Y los alimentos que podía comprar los adquiría a sobreprecio, revendidos. Las medidas “económicas” del régimen solo sembraban más escasez y, por consecuencia, aparecieron los famosos bachaqueros (gente que compra productos regulados y los revende).

Tuvo que despedir a todos los empleados.

Hace pocos meses, llegó al negocio y vio que lo habían vuelto a robar. Con la hambruna, siempre entraba alguien a llevarse algunas cosas. Pero esta vez fue diferente: se habían llevado todo.

Lloró, quiso manda todo a la mierda. Cerrar el negocio de una buena vez.

Luego de secarse las lágrimas, fue al CICPC, a poner la denuncia. Los funcionarios la anotaron y le dijeron “vaya adelante, más atrás irá una patrulla”. Pero nadie fue, nadie revisó el robo. Al día siguiente, llamó y le dijeron que había escasez de funcionarios. O sea, lo sentimos pero no podemos hacer nada por ti. Mi esposo ya sabe cómo funcionan las cosas: les dijo que, si lo necesitaban, él podía darles algo, “una ayuda”.

En menos de media hora se estacionó una patrulla frente al local. Los policías anotaron todo, verificaron por dónde habían entrado los ladrones, etc. Lo más probable era que los autores del crimen fueran los vecinos, los que años antes habían invadido el local que nunca más fue de la española: la pared del bar que se violentó es la que colinda con la invasión.

El CICPC se fue. Y, en la noche, mi esposo recibió la visita de los susodichos vecinos. Ahora, muchos de ellos pertenecen a colectivos. O sea, son civiles a los que el régimen les facilitó armas para que hiciesen lo que les diese la gana con ellas. Los vecinos le mostraron su pesar y se ofrecieron a colaborar en la vigilancia. A cambio, claro, de un pago mensual.

Juan Pablo Chourio – estratega de contenido

Venezuela

Nos disponemos a retornar a Caracas –por tierra, de noche y en transporte público– desde Maracaibo. Estos viajes despiertan en mí el tormento de la inseguridad de las agrietadas carreteras venezolanas: esas que fueron noticia por el asesinato de la actriz Mónica Spear, pero que tiene muchas víctimas anónimas.

Salimos a las 9:15 pm del terminal, mis padres están sentados juntos; yo, con mi hermana mayor. No recorremos ni 20 minutos cuando el autobús se detiene unos metros después del peaje del puente sobre el lago de Maracaibo: la Guardia Nacional realiza una revisión “de rutina” al equipaje de todos los pasajeros. Al contrario de sentir una sensación de seguridad preventiva, el semblante de cada pasajero demuestra tedio y preocupación. Nadie espera a que se aprehenda a algún traficante o portador de armas, sino que les quiten, arbitrariamente, algún producto que trasladen: viajar con el pan bajo el brazo –y el papel higiénico– nunca fue tan literal.

Luego de perder una hora, el buscama retoma su camino. Parece que bastará dormir un rato, comer un pancito e ir al maloliente baño una vez para amanecer en Caracas. Recostado en la poltrona, mi hermana se coloca unos auriculares. No hemos avanzado mucho, intuyo que estamos cerca de Ciudad Ojeda, cuando falla el aire acondicionado. Es la medianoche. Entre los aproximadamente 50 pasajeros de un autobús de dos pisos, los bebés son los primeros en reaccionar al calor que empezamos a sentir.

Reducimos la velocidad y el carro se orilla a un costado de la carretera: nos detenemos. ¿Qué sucede?, ¿por qué paramos?, preguntan algunos pasajeros. Los chóferes (siempre son dos en viajes nocturnos) se bajan. Desde la ventana observamos que conversan, caminan de un lado a otro, hacen llamadas. Mi padre duerme. Mi madre y hermana se inquietan.

¿Y si llegan unos malandros? Bajamos todos, el chófer nos reúne. La falla es grave, no se podrá solventar. En el medio de la nada, la lucha contra la oscuridad la dan las luces intermitentes, que deberán apagarse pronto para que no se acabe la batería, dice. Hay que tener la maleta en la mano: el rescate vendrá a las seis de la mañana.

¿Pasaremos seis horas en medio de la nada?

Puede que menos: quizá nos maten antes.

El chofer dice que podemos esperar o irnos en algún encava que pase. Mi papá quiere quedarse; mi mamá, hermana y yo, irnos. Apagan las intermitentes. Estoy cagado y me pregunto por qué no aparecen los guardias.

Divisamos unas luces que se acercan, parece que el vehículo se va a detener. El azar estaciona el encava un metro más allá de en donde esperaba mi familia. Corremos. Abren la puerta, el chofer grita para poner orden. Nos amontamos en la entrada, usamos la maleta como barrera. Entramos. Sólo hay diez puestos, hay que pagar en efectivo y no aceptan personas de pie. Soy el último en entrar, no veo asientos vacíos. Tiemblo. Una señora se sienta una niña en las piernas, me hace espacio. El colector empieza a cobrar. Mi familia y yo no tenemos suficientes billetes: en Venezuela el efectivo es racionado. Pero para quien vive de la crisis, ser solidario no es una opción: “Si no pagan, se bajan”, advierte el colector. Nos toca pedir, rogar. Mi hermana casi le llora a un señor. El viejo le da plata. Entregamos los billetes. Los recogen con rabia. “Vámonos”, le dice el colector al chofer.

Lizandro Samuel – editor en jefe

Cuando mi mamá me botó de casa me di cuenta de que no tenía ni un tenedor. No solo me vi en la calle, sin saber dónde coño iba a vivir en un país en el que alquilar una habitación puede costar unos 25 dólares mensuales, mientras que el salario mínimo son tres dólares; sino que, además, comprendí que no tenía mueblería ni utensilios básicos como una olla. A mí me estaba yendo chévere, la época de almorzar dos rebanadas de pan con Cheez Whiz había pasado: tenía buenos clientes, escribía para buenos medios y ya casi no tenía que trabajar más de 12 horas diarias. Pero no sabía cómo coño podía mudarme –ni adónde– y empezar de cero. El 2017 fue el año más difícil de mi vida. Y ojalá Venezuela hoy, en el 2019, tuviese la inflación acumulada a la que se llegó en ese año.

En fin, que todo salió bien. Pertenezco a una población muy selecta. No tengo a nadie afuera que me mande remesas y me las apaño de pinga con mis chambas. Hay quienes me preguntan si estoy vendiendo droga cuando me ven comer carne.

Pero lo que vengo a contar es cómo mis dinámicas familiares se volvieron mierda. Todavía no entiendo por qué mi mamá me echó. Supongo que estaba demasiado estresada: mi abuelo tiene demencia senil y el geriátrico vale 220 dólares. Eso es mucho hasta para mi tío que vive en Alemania: si él no ayudara a mi vieja, ella y mi hermanita solo podrían hacer una comida al día.  El caso es que entre eso y la enfermedad de mi abuela y tener que lidiar con los eternos problemas con el resto de sus hermanas, mi mamá lleva por lo menos diez años de a toque: si la miras feo, huy…

Sin embargo, lo más heavy ocurre con mi papá. Nunca hemos tenido una gran relación. Menos ahora, que en pleno 2019 sigue siendo chavista. De paso de que nos vemos –con suerte– dos veces por año, él utiliza esos momentos para hacer proselitismo. Ajá, que mi estómago tiene un límite. Lo cómico es que –a diferencia de mi madrina, para quien trabajar para el régimen significó comprar un apartamento de esos que se venden en dólares en una zona high– siempre ha pelado bolas. Y nunca ha dejado de buscar trabajo con el chavismo. Es como la mujer a la que el marido le rompe la cara y ella va y le da un beso. “Trabajando mucho y ganando poco”, responde desde hace 15 años cuando le preguntan cómo le va.

Cuando las protestas del 2014, una vez discutimos. Me dijo algo así como que estaba bien que las fuerzas de seguridad del régimen reprimieran: aceptó sin pudor que torturan y matan. Si tú ves a un grupo de adolescentes trancando una calle, explicó, lo lógico es meterles un balazo en la cabeza. Las leyes hay que cumplirlas, hijo.

¿Ya dije que un amigo de mi hermanita perdió un ojo cuando un Guardia lo persiguió hasta su edificio y le descargó un arma de perdigones directo a la retina y a pocos milímetros de distancia?

Por cosas así me cuesta ver a mi papá. La rabia y vergüenza devinieron dolor. No tengo estómago para hablar con él, ni con mis padrinos o la madrina de mi hermana. No tiene sentido. Porque mientras repiten pestes contra Estados Unidos y la empresa privada, yo subo a sectores populares –los que más apoyaron al chavismo– y veo a niños que sirven para una clase de osteología: se detallan todos sus huesos a la perfección. Después llego a la oficina y mi compañera de trabajo me dice que su sobrina acaba de fallecer porque no conseguía insulina.

 

Por Team Ojo

Señora, nada es seguro en este país

Se siente como una cosquilla en el estómago. Sí, más o menos. Una sensación airosa alrededor de la zona del ombligo que luego se transforma en un dolor pulsante, como si la correa del pantalón te quedase apretada. Octavio se desploma. Con el cachete pegado al pavimento de la avenida que da a la estación Teatros, ve a los dos sujetos alejarse; pequeños, inverosímiles a la distancia. Hora del almuerzo. La zona de El Silencio está atestada de gente fumándose su cigarrito, de gente jugándose los animalitos del mediodía. De gente a quien no le interesa que Octavio esté tirado en el suelo, ensangrentado. Pesadez en los ojos. Su respiración se ralentiza por la sordomudez de una ciudad que se niega a prestarle auxilio. Le duele la cabeza. “Mamá, ¿te gusto el regalo?”; “…y ruego a Dios porque pases, un cumpleaños feliz…”. “Sopla, sopla”. De pronto, cree escuchar el sonido de un tubo de escape, el de una maleta que se abre… “¡Móntalo ahí, móntalo!” “¡Se nos muere el chamo, vale!”

Octavio es flaquito, de cabello desordenado y mirada ojerosa. Di con él a través de una publicación suya posteada en Facebook con el título “Me asaltaron. Estoy bien”. “Escribí esos párrafos porque me desaparecí de la universidad por mucho tiempo y los compañeros estaban preguntando por mí”, me dijo en una conversación telefónica. “Claro, no tengo rollo de que me entrevistes, pero no vayas a mencionar mi apellido. En Venezuela nunca se sabe”. Charlamos como si fuésemos amigos, expresiones de esta generación maltrecha, amedrentada a quemarropa. “Si me hubieras llamado dos semanas antes, no habría tenido suficiente oxígeno para contestarte. Tengo los pulmones afectados”.

Hospital Vargas, tres de la tarde. A las afueras de la Emergencia, una cola de usuarios con carpetas en las manos. Radiografías. Informes de resonancias magnéticas. Récipes vencidos del Seguro Social. El personal médico lleva meses de paro, de protestas; sin embargo, el acceso a los pacientes no ha sido restringido. Al frente de unos banquitos de plástico, cerca de donde se debería parar la ambulancia que hoy día no existe, se estaciona una pick up de la Guardia Nacional. Se bajan tres tipos de traje verde. Como líder de la patota, está una militar de tetas protuberantes y chaleco. “¡Busquen a un doctor, el chamo no respira!”. Uno de los sujetos entra corriendo a las instalaciones del hospital y al cabo de diez minutos sale con la que podríamos denominar “la residente”. Arremangándose la bata, la residente asoma la cara en la maleta de la camioneta e inspecciona el escenario.

hospital vargas

Hospital Vargas

—No, aquí no es posible ingresarlo. No disponemos ni de insumos ni de camas.

La militar insiste. Menea la insignia de su teta izquierda, señalándole a la residente que, en este país, la última palabra la tienen los cuarteles. A ellos nadie los intimida y, por encima de eso, están es cumpliendo con su deber para con la ciudadanía. Protegiéndolos. Previniéndoles del peligro.

—Este chamo no es malandro; a él sí hay que salvarlo –dice.

Ella lo había observado todo desde un extremo de la avenida Lecuna: dos hombres, uno gordo de lentes de sol y otro de tez morena y gorra rosada acercándosele, por la parte de atrás, a un muchacho de apariencia raquítica y bolso de tela. El de mayor peso se sacó un cuchillo del bolsillo mientras que su compañero, por ser más chico y ágil, se encaraba en la espalda de la víctima para ahorcarlo. Una. Dos. En el costado. Sobre la ingle. Puñaladas encestadas no solo en el cuerpo del que no podía defenderse, sino también en la consciencia suya, como funcionaria de la milicia. Correr o no correr. Ese chamo bien podría ser hijo suyo, o quizás su hermano. Tres. Cuatro. Los segundos retumbaban en su cabeza como los chorros de sangre que se resbalaban por las alcantarillas de la avenida. Un ombligo abierto. Unos rostros macabros que reían. Ella lo había observado todo desde un extremo de la Lecuna, cual tráiler de cinematografía independiente.

—Supongo que al instante la tipa sí quiso ayudarme –afirma Octavio, alzando la voz para contraponer la pésima recepción de la CANTV–. Lo que sucedió fue que otro militar se lo negó y lo que le quedó más remedio fue esperar a que, por milagro, me dejasen botado. Cuando los hampones se dieron a la fuga, ahí sí se acercó con una pick up y otros tantos.

—¿Por qué crees que le prohibieron intervenir en el asalto?

—Por miedo, ¿qué más? Si se meten con las bandas de la zona, les echarán cuchillo sin compasión. Yo no me enrollo; al final, gracias a la militar esa es que estoy conversando contigo en estos momentos. Ni modo. Las cosas son como son.

“Este chamo no es malandro; a él sí hay que salvarlo”, vuelve a insistir la uniformada. Arreglan una camilla y acuestan al convaleciente joven. Las autoridades de guardia tienen sus dudas. No obstante, y de imprevisto, de la cobija de la camilla se alza un brazo que apunta hacia el techo de la sala. Octavio comienza a escupir nombres, números de teléfono. Datos. Identificaciones diversas. “Yo soy ucevista, ¡yo estudio Estudios Políticos!”, se oye. “Comuníquense con mi mamá, por favor, díganle que soy… su hijo”. La escena le es confusa. Su paladar todavía sabe a chocolate; el aire le huele a vela recién soplada. Octavio piensa que está en el sofá de casa de su abuela, esperando a que piquen la gelatina. El quesillo. La abuela es especialista en postres. Según la abuela, la situación país podrá ser de mierda, pero las familias merecen una pausa. Lástima, de verdad, que el abuelo no se echó el viaje hasta Teatros. Es el transporte, la falta de efectivo. El Metro que no sirve. Pero las familias merecen una pausa, según la abuela.

Y es que, en Venezuela, los reencuentros entre parientes son golpes de suerte encestados en el azar. En Venezuela, los abrazos, los apretones de mano y los besos en el cachete ya no son sino minúsculas garantías de supervivencia.

—Casi todo el personal médico del Vargas que me atendió era de la UCV. Tres días en terapia intensiva, dos en respiración artificial. Los de la cirugía no cobraron sus honorarios profesionales, Gianni. Me da la impresión de que, de pana, la camaradería universitaria tuvo algo que ver, ¿sabes? Me curaron de gratis, aunque el procedimiento que aplicaron ha traído sus consecuencias.

Hospital Vargas, cuatro de la tarde. La pareja de la esquina, esa que está sentada a las puertas del quirófano, se suena la nariz con un pedazo de servilleta del almuerzo. La señora tiene la frente incrustada en el pecho de su acompañante; se estruja con fuerza, como si padeciese de alergia. El celular le había sonado cuando estaba calentando la comida en el microondas de la escuela donde trabaja. Número desconocido. No contestó. Puso la atención en su menú: pasta y asado; en papel de aluminio, una tajada de torta de chocolate del día anterior. Número desconocido, de nuevo. Atiende. “¿Aló?, ¿quién habla? ¿Qué? Usted me tiene que estar jodiendo. Ya salgo para allá”. Disparada, se lanzó hasta el hospital y en el camino llamo a su ex marido. Aún no los han dejado pasar para verlo. Desde hace ya un par de horas que lo están operando.

Migrañas de pensamientos. La inflación atentará contra la recuperación de su hijo. Sus sueldos de agua, los anaqueles de medicinas vacías. ¿Y si vende el apartamento? ¿Y si lo manda para el extranjero? No va a querer irse, no, y ella no lo dejará solo.

—¿Ustedes son los padres del muchacho?

—Sí.

—OK, fíjense. Le realizamos una exploración abdominal que nos permitió determinar los daños causados por las heridas. No fue lo más conveniente pero no hubo remedio. Por los momentos está estable, aunque delicado.

—¿Se salvará?

—Señora, nada es seguro en este país.

Actualmente, en Venezuela se registra una tasa de noventa fallecidos por cada cien mil habitantes, cuestión que equivale a setenta y seis muertes cada día. Tres fallecidos por hora. En sentencia de los expertos, el deterioro de las instituciones es el factor más relevante del incremento de la violencia y el delito. De otras cuantas puñaladas. De cantidad de operaciones caducas, fuera de vigencia científica.

—Disculpa que ayer no te respondí el teléfono, Gianni. Estaba en el cardiólogo –me dice Octavio–. A raíz de la exploración abdominal, el corazón se me movió de posición y por ello estoy presentando complicaciones de tensión arterial. Durante la operación, me fracturaron las costillas para poder introducir los equipos, que los compró mi mamá, por cierto. Luego ella se los donó al hospital, claro. Esa gente no tiene nada con que trabajar, Gianni. En fin, debo estar en cama de reposo. No te niego que le tengo temor a las secuelas.

Si los doctores hubieran contado con los recursos necesarios, a Octavio se le habría practicado una toracotomía, procedimiento vanguardia en las naciones desarrolladas. Gracias a sus familiares residenciados en Colombia es que puede costearse las medicinas.

Octavio, además de cursar estudios en la UCV, es programador como su papá. Le encanta Julio Verne.

Sueña con viajar por el mundo y después regresarse.

—¿Tienes planes de emigrar?  –pregunto.

—Si te confieso algo, ¿podrías incluirlo textual en tu crónica?

—Por supuesto. Adelante.

—El Estado es el territorio y su gente, la cultura de los que aquí habitamos. Yo no quisiera salir de Venezuela porque amo el país donde nací. Ideales políticos no tengo. Me atraen los partidos de tercera vía; me parecen mucho más atractivos. Hay que quitarnos las caretas porque los partidos políticos no son equipos de beisbol. Tenemos que dejar de ser fanáticos y tenemos que dejar de apostar en gente que se aprovecha del erario público.

—Gracias por haber aceptado conversar conmigo.

—No, tranquilo. Ningún rollo. No tengo rollo. Solo no menciones mi apellido.

—Antes de trancar, ¿te importaría si te pregunto qué es lo que estabas haciendo el día anterior al asalto?

—Simple. Era el cumpleaños de mi mamá y de mi abuela. Lo poco que recuerdo es que nos hartamos de torta de chocolate y que yo les di un regalo a ambas. Nos sentíamos tan pero tan felices, Gianni, alejados del país en el que estamos. Era como si, no sé, nada malo pudiera sucedernos.

 

Por Gianni Mastrangioli Salazar | @MastranGianni

 

La Vinotinto sub 20 y otro sueño que acabó en decepción

La Vinotinto sub 20 generó altas expectativas por el gran talento de la plantilla, su notable rendimiento físico y la fortaleza mental que mostró en la primera fase del Sudamericano de la categoría.

Pese a esto y a varios momentos destacados, el fútbol monótono y la poca rotación que empleó el seleccionador, Rafael Dudamel, hicieron del equipo algo fácil de analizar para los rivales. Venezuela, a medida que avanzaba el torneo, se fue haciendo más predecible.

La solidez defensiva que llegó a mostrar en la fase de grupos la selección nacional (recibiendo solo tres goles en los primeros cuatro partidos) no se mantuvo en la segunda fase, en la cual encajó un total de nueve goles (ocho en tan solo tres encuentros). Los motivos, sin duda, tuvieron que ver con la falta de recorrido de los mediocampistas y lo largo que quedaba el equipo en situaciones de contragolpe.

No se le puede achacar nada a los jugadores. Errores como los de Hurtado contra Bolivia y Colombia lo han cometido figuras de gran nivel como Zidane, Cantona, etc. En ningún momento se vio algo parecido a falta de compromiso por parte de los futbolistas, pero sí una falta de respuesta por parte del cuerpo técnico. Al igual que una clara dependencia de jugadores como Sosa y “El Churta”.

En medio de las dificultades, el equipo no pudo cambiar su sistema ni adaptarse a las diferentes situaciones del torneo. Ante los problemas para generar ocasiones de gol, el camino fue repetir con insistencia las acciones que ya se habían observado ineficaces. Esto, vale acotar, es una marca registrada de los equipos de Dudamel, quien apuesta más por solidificar el rendimiento durante la fase defensiva y, por lo general, no suele hacer cambios significativos durante los partidos, indistintamente de cómo se estén desarrollando.

La respuesta del DT, en las dificultades, siempre fue Jorge Echeverría (volante del Caracas FC). El jugador no lució y se notaba desencajado en el funcionamiento del equipo. Los partidos muchas veces pidieron más juego asociativo, para lo cual pudo haber sido útil aprovechar a futbolistas como Enrique Peña Zauner y Brayan Palmezano.

Brayan, en lo particular, fue mal empleado: por lo general, suele partir del medio hacia afuera, generando la oportunidad de agruparse con los mediocampistas, tal y como lo hizo en el último encuentro contra Ecuador. Es un mediocampista ofensivo. No obstante, Dudamel lo puso a jugar como extremo, posición en la que se sintió tan incómodo que no rindió de forma adecuada.

Por otra parte, Enrique gozó de tan solo 43 minutos de juego, en los cuales no participó mucho en la gestación de fútbol por el escenario en el que se encontraban los encuentros (una victoria 1 a 0 con la clasificación amarrada ante Bolivia y una derrota 3 a 0 contundente ante Ecuador).

En la mitad de la cancha, al momento de producir asociaciones en ataque, ningún jugador se mostró bien. Ibarra y Casseres Jr no apoyaban a los centrales en la iniciación de las jugadas y no cumplían con los movimientos que exigía el parado táctico. Si bien en la lista no había otro futbolista que pudiese jugar en la primera línea de volantes, además de ellos y de Christian Makoun (usado en la defensa), sí se contaba con centrales de rodaje en el fútbol nacional. Hablamos de Júnior Moreno y Marco Gómez, ambos con una cantidad de minutos considerables en el balompié venezolano. Es decir, una posible solución a los problemas para iniciar las jugadas era mover a Mokoun al centro del campo y darle entrada a cualquiera de estos dos centrales.

El escaso repertorio en ofensiva quizá se pudo contrarrestar con la incorporación de Esli García y Danny Pérez, ambos sumamente desequilibrantes y con mucho rodaje en el fútbol nacional. El caso de Esli es mucho más áspero, ya que nunca contó con la confianza del DT.

Si bien hubo puntos altos, el resto de las selecciones aplastaron tácticamente a la Vinotinto: agrupando más personas en el medio campo y llenando los espacios que dejaban en las transiciones. Lo mejor de Venezuela fue su facilidad ganar segundos balones: enviaba pases largos que, con frecuencia, acababan en los pies de Hurtado. Esto, más la efectividad en los balones detenidos, eran las únicas armas ofensivas. Los rivales se dieron cuenta y, luego del partido frente a Argentina, tomaron cartas en el asunto: lograron anular a los vinotintos. El que mejor lo hizo fue Colombia.

No clasificar al Mundial no solo es una decepción deportiva, sino que pone presión a Rafael Dudamel. La Federación dio todo su apoyo a esta sub 20, por lo que no lograr el objetivo esperado representa un duro golpe. Dudamel tendrá ahora una evaluación decisiva en su desempeño como seleccionador: la Copa América. Si la selección absoluta no da la talla, su cargo podría estar en entredicho.

 

Por Juan Chacón

Prohibido ser neutral: necesitamos el VAR en las elecciones

En el descanso entre Mundiales, se juega la Copa Venezuela, no la de clubes sino una de naciones. Es un trofeo peculiar porque siempre se ha dicho que brilla radiante de oro y otras riquezas (y bellezas), pero en realidad su estructura interna sigue siendo de cartón. El torneo es incómodo no solo por atravesado, sino porque nadie sabe exactamente qué hacer con él. Muchos ni siquiera están seguros de que les convenga ganarlo. Está asociado a una saga de arbitrariedad –que no es un sinónimo de arbitraje justo–, autoritarismo, usurpación, represión y dinero sucio.

La selección de Estados Unidos nunca ha sabido demasiado de este juego del que hablamos, pero en la teoría cuenta con todos los recursos para vencer en la competición. Hasta ahora es una de las que muestra más intención en llevarse la Copa, como suele manifestar su staff técnico, últimamente muy activo en las redes sociales. Bastantes puristas alegan que el único interés del equipo de las barras y las estrellas es hacer negocio, convertir este deporte en un show y autoproclamarse campeón.

En todo caso, en medio del desconcierto y la desmotivación que infectan a otros países, los gringos ven una oportunidad a pata de mingo de su confederación y están jugando fuerte. Que sean más bulla que la cabulla es otra cosa. La plancha aspirante a tomar las riendas de este deporte en Venezuela, bloqueada por una cúpula que controla la Federación de manera ilegítima, sabe que un competidor tan influyente representa una de las poquísimas posibilidades de hacer el torneo un poco más parejo y limpiar el tan maltratado nombre de la Copa. No importa que sea un equipo torpe con el balón: si les abren la frontera, ayudarán con el Gatorade y el Dencorub.

Getty Images

Los europeos siempre han conocido los matices y sutilezas de este delicado juego, aunque debido a que están enfrascados en sus propias competiciones y los traslados implican cruzar el Atlántico en fecha FIFA, no están muy seguros de si quieren meterse en esta Copa. Potencias que han ganado el Mundial como Francia, Alemania, Inglaterra y la últimamente venida a menos España han manifestado su respaldo al juego limpio, aunque no están seguros de si enviarán sus jugadores titulares a la lejana Sudamérica. En todo caso dan cierto prestigio a la dispareja competición.

Aparte de los grandes animadores, por supuesto, hay un coñazo de selecciones europeas más o menos competitivas que ven con simpatía la plancha opositora aspirante a lavar la bananera reputación del torneo, aunque en general es difícil que estos equipos tipo Austria o Polonia pasen mucho más allá de los octavos de final. Una muy modesta selección que nunca ha clasificado al Mundial podría convertirse en una de las revelaciones e incluso protagonista crucial de esta definición, debido a los secretos que conoce sobre el fair play financiero: Andorra. Es un principado no mucho más grande que el Vaticano, oncena que, aunque juega con sotana, se ha dejado meter unos cuántos caños esta temporada.

La Conmebol cuenta con selecciones campeonas como Argentina y Brasil, e incluso otras que han organizado Mundiales como Chile, aunque hace tiempo que no ganan un torneo importante y suelen ir cada una por su lado. La confederación regional está debilitada, a pesar de la despeinada angustia de su presidente, un tal Almagro. Últimamente el que lleva la voz cantante es un grupete que se reúne en Lima para pedir que dejen jugar al Guerrero (Paolo).

Como esta competición es atípica, Colombia es uno de los equipos que está más interesado en el torneo. Resolver esta eliminatoria se le ha convertido en un asunto de primerísimo orden interno, de hecho, tanto en el aspecto económico como social. Parece un competidor serio y no hay que subestimar las armas (deportivas) que ha ido acumulando. Con hombres como Cuadrado, quieren impedir que la arepa se les siga poniendo ídem.

Como en todos los torneos internacionales, hay equipos sucios y equipos aburridos que hacen que muchos partidos no merezcan ser televisados. Rusia ganó la sede del último Mundial a punta de billete y Putin quiere tener una selección campeona así tenga que comprar árbitros y manipular el VAR, aunque le sigue separando una distancia considerable de las selecciones aspirantes. Han despedido técnico tras técnico y a veces tienen la sensación de que han perdido esos reales.

AP

China desde hace rato quiere ser un actor de primer nivel en competiciones internacionales, pero lo hace de manera irresponsable. Para conquistar mercados están dispuestos a todo, menos a exigir una competición más limpia. Ellos tienen una palabra para hacerse los locos ante la violencia en la cancha: in-je-len-cia. Irán es una lástima, porque si se dedicaran a jugar en vez de agredir, podrían dar muy buen espectáculo. Turquía se ha vuelto una experta en la tramposería, nada que ver con el simpático equipo que llegó a semifinales en el Mundial 2002.

¿Qué pinta Cuba en este deporte? Siempre ha sido un fantasma. Pero aunque muchos no lo recuerdan, hizo algo que nunca ha conseguido Venezuela: jugar un Mundial. Ha aprovechado el factor experiencia para aferrarse a sus posibilidades de supervivencia y, al menos en esta fase clasificatoria, se han desempeñado como si estuvieran jugando beisbol. Han entrado al terreno de juego con bates de aluminio, pues. En eso de aporrear y vigilar las señas de los entrenadores contrarios son expertos. No sabrán mucho de 4-4-2 o  4-3-3, pero sí de la táctica antirreglamentaria conocida como G2.

Y llegamos a los países ladillas que nunca faltan en todo Mundial. Juegan para mantener el empate 0-0. Andan haciendo turismo en esta definición que, luego de un tiempo extra de 20 años, no se resuelve desde los 11 metros debido al mutismo de la Corte Penal Internacional, organismo que, como sugiere su nombre, se encarga de supervisar que los arqueros no se muevan antes de tiempo en las tandas de penales.

Hasta selecciones que han sido campeonas del mundo, como Uruguay e Italia, se han puesto fastidiosas. Sus delegados se la pasan quejándose de las selecciones que sí salen a ganar la Copa como sea, pero en el pasado se quedaron callados cuando vieron piernas fracturadas, árbitros amañados o futbolistas mal alimentados. Sorprende el silencio ante el fraude monumental del 20 de mayo. En el caso charrúa, hay sospechas sobre la titularidad del hijo del director técnico que hacen quedar como una caimanera de futbolito en el Parque del Este aquella insistencia de Richard Páez de poner siempre a Ricardo David. Como en todo deporte de contacto, hay tiempo de rectificar.

En Italia lo echó todo a perder una agencia de management llamada Movimiento Cinco Estrellas, que buscó y buscó en el Calcio y la única estrella actual que consiguió fue el importado Cristiano Ronaldo. Finalmente se impuso en la anodina Squadra Azzurra el viejo Catenaccio, táctica conservadora que consiste en dejar encadenados a los defensores de la democracia. De la portería, quisimos decir.

Ante el tedio de los que no quieren abandonar su área, uno no debería ser neutral. El nombre del juego es la alternabilidad.

El caso de México es lamentable. Siempre está en los Mundiales, y aunque es genéticamente imposible que pase de octavos de final, suele dar un espectáculo alegre y vistoso. Esta vez llegó nueva gerencia de educada pierna zurda que pretende salir de perdedora, aunque ha desvirtuado su esencia y ha traicionado a la Tricolor. La bandera mexicana, claro.

Al igual que la final de la Copa Libertadores 2018, nadie sabe cuándo y cómo terminará este extraño torneo llamado la Copa Venezuela. Se supone que la barra de los aficionados de la Vinotinto deben arreglárselas por sí mismos para escapar al mote de perdedores, aunque en su deteriorado estadio enfrentan a un rival de Fútbol de Altísima Efectividad en el shoot y con la desventaja añadida de un balón imprevisible por hiperinflado. Las reglas de la FIFA no son muy claras en casos como estos. Lo cierto es que solo les queda repetir en las gradas el cántico que se han aprendido este 2019: cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres. No hay futuro para las divisiones menores sin un nuevo presidente en la Federación.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia

Orden directa a las Fuerzas Armadas

Es raro esto de no sentirse perseguido. Pertenezco a una generación para la que cantar, marchar, reunirse y hasta respirar es tomado como un delito. Pero hoy es 12 de febrero y la vida ocurre con una cotidianidad que me pone los pelos de punta: ¿será que tampoco hoy veré un herido, respiraré gas lacrimógeno?

Son más de las diez de la mañana y camino desde Plaza Venezuela a Chacao. Casi todo luce como luciría cualquier martes: en un calmado caos. Calles sucias, malolientes, gente hurgando la basura, locales abiertos, niños pidiendo comida, gente yendo al trabajo: lo normal. O lo que para nosotros es normal. No se siente el peligro de represión que caracterizó las manifestaciones en el 2017 y en la mayoría de las marchas convocadas contra el régimen desde el año 2000. Aquí casi todos andan en los suyo: hasta los funcionarios de la GNB, que conversan con rostros amenos, sonríen cada tanto. Las señoritas embutidas en uniformes tienen el rostro maquillado con tanta prolijidad venezolana, que parecen más listas para desfilar que para reprimir. Y aunque no caminarán por ninguna pasarela, tampoco agredirán a civiles. Al igual que la concentración del pasado dos de febrero, hoy también reinará algo que ya nos resulta extraño a los venezolanos: el derecho a expresarse libremente.

En Chacaíto el espíritu de manifestación entra por los oídos. Cada partido político hace le suyo: enarbola banderas, pancartas; exhibe a sus jóvenes con franelas llenas de propaganda y denuncias. Padres e hijos, viejos, cuarentones y jóvenes caminan y se detienen a ver algunos cánticos.

—¡Otra vez, otra vez, a la calle otra vez!

Mientras más me acerco a la tarima, detallo más variedad de personas. La tragedia del país no se resume en dos o tres frases: cada quien tiene un relato que forma parte de un extenso rompecabezas. Después de dos décadas, la forma más efectiva que parecemos haber encontrado para enfrentar la dictadura es unirnos a través del dolor y de la necesidad de cambio: cuando, más allá de las situaciones concretas, la tristeza y la frustración se convirtieron en lazos de empatía, quedó claro que –preferencias políticas al margen– todos queremos y merecemos una cosa:

—Cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres –dice el host del evento cuando da inicio la actividad.

Es el Día de la Juventud y alrededor de mí hay siete ancianos. Los cuento con la mirada. Aunque la apología superficial e irresponsable hacia los jóvenes seguirá apareciendo en diferente medida, me contenta la participación de tan variada gama de edades: un equipo exitoso depende por igual de sus veteranos como de sus promeses.

Si no fuera por la ilusión y la esperanza, podría decir que me encuentro tan incómodo como en un vagón del Metro. Quejas, empujones, sudor, desmayos, chistes. Pero la mayoría trata de comportarse –o soportarse– de la mejor manera. Lo que quieren casi todos es escuchar al presidente encargado. Veo hacia los edificios que están al borde de la avenida y siento ganas de vivir en uno de esos apartamentos: las personas de asoman por sus ventanas –una pareja de cuarentones hasta se montan en el tejado de una casa colindante– y disfrutan desde puestos VIP todo lo que ocurre en la tarima.

Después de los emotivos saludos –por video– de los exiliados David Smolansky y José Manuel Olivares, del coñazo que significa ver un extracto del último discurso de Juan Requesens antes de que lo secuestrara la dictadura, la actividad se torna fastidiosa. El comediante y presentador Manuel Ángel Redondo hace una intervención leída que solo genera ecos de aplausos: por estar tan pendiente del papel se pierde de la oportunidad de leer los ojos de los espectadores. Luego, suben dirigentes estudiantiles que contagian una ingenuidad discursiva que algunos atribuirían a la edad o quizá a la falta de rodaje o de formación: caen en la tentación de gritar por gritar, de hilvanar una seguidilla de lugares comunes y se repiten y redundan en sus intervenciones: no han hablado ni la mitad de los chamos que están en agenda cuando ya el público pide:

—¡Guaidó, Guaidó, Guaidó!

Pero hay dos cosas que me resultan llamativas:

Primero, cuando una dirigente estudiantil llama al escenario a “mis panas de la Resistencia”. Se refiere a esos chamos que se cubrían el rostro con franelas, para no ser identificados por los esbirros de la dictadura, y con escudos y piedras hacían frente a los represores durante las protestas de 2017. Cuando un grupo de cinco o seis muchachos suben a la tarima, me pregunto: quiénes son. Ya, se supone que los de la “Resistencia”; entonces capaz debería formular mejor mi pregunta: ¿y qué es y quiénes componen a la Resistencia? En 2017 hablé con diferentes personas de distintas partes de la Gran Caracas que actuaban bajo el manto que otorga ese sustantivo. Comunidades organizadas, asociaciones de protestantes, dirigentes estudiantiles; hasta algún militar retirado y un par que estaban fuera de servicio: todos ellos decían formar parte de la Resistencia. Es curioso como el nombre coquetea con penetrar en la cultura popular para hacer referencia, más que a alguien en concreto, a personas que en diferentes situaciones actúan bajo ese nombre.

Lo otro que me llama la atención es el uso que se da a la figura de los jóvenes asesinados por la dictadura en 2014 y 2017. Algunos se refieren a ellos como héroes, solo un hombre los tilda de mártires y demasiados pocos los muestran como lo que –en mi opinión– fueron: víctimas. Cuando un dirigente, que atropella su discurso hasta vaciarlo de sentido, dice que esos jóvenes caídos entendieron que la libertad está por encima de nuestras vidas me pregunto si tiene idea del significado de sus palabras. Y es precisamente ese tipo de excesos, a los que nos acostumbró el chavismo, de los que me gustaría que la sociedad que se está construyendo se cuidara.

Vivir bajo este régimen ha sido como extrapolar la cotidianidad histórica de los sectores populares a todo el país: tener como vecino a un pran que somete a la mayoría de ciudadanos y condiciona sus posibilidades de ejercer su libertad. Hoy toda Venezuela vive en esas condiciones. Basta pasar un tiempo en una comunidad popular para comprender que la resistencia está llena de matices y es un ejercicio cotidiano. En un país en el que la causa principal de muerte de los varones entre 15 y 25 años es el asesinato, muy pocos de los habitantes de esas zonas ven algo de heroísmo cuando un hampón mata a un chamo.

Estar vivo es la manera más contundente de protestar contra quienes nos les importa asesinarnos. Celebrar la vida es la mejor forma de luchar por la libertad.

Cuando dejan de hablar los dirigentes estudiantiles, las viejas que están cerca de mí se emocionan: creen que llegó el momento del presidente. Pero se equivocan: es hora de que tomen la palabra los diputados. Si de algo se han cuidado los dirigentes políticos en este nuevo plan de acción, es de usar muy bien los símbolos. Así como han mostrado unidad, han hecho de la Asamblea Nacional un fortín de ideas: es el rostro del Gobierno legítimo. Aunque la tendencia a buscar mesías sigue presente en buena parte de la población, los diputados –incluyendo al presidente encargado– dejan claro con sus acciones que Guaidó es el representante de un movimiento que lo trasciende a él como nombre y que muestran, además, el valor de la perseverancia y de los procesos: uno ve a estos panas hablar y no puede dejar de pensar en aquellos muchachos que supieron organizarse en el 2007 para frenar uno de los impulsos autoritarios del régimen. Esto no empezó en enero: son más de diez años de camino.

Resistir es tener paciencia y temple.

Manuela Bolívar toma la palabra en medio de gritos desaforados que piden que hable el presidente. Pero ella se erige como una de las mejores oradoras de la jornada: narra el testimonio de tres víctimas de la crisis humanitaria y captura la atención –sin gritar como loca, sin repetir lugares comunes– de la gente. Y eso, razono, no es sencillo: hablar frente a una multitud es complicado, hablar frente a una multitud que solo quiere una cosa y lleva 20 años de hartazgo y desesperación es como patear un penal en una tanda definitoria del Mundial.

Con Manuela el mensaje del día queda todavía más claro: estamos reunidos para honrar a los caídos, para mostrarle al mundo que queremos que ingrese la ayuda humanitaria y para pedirle a los militares que cumplan con su deber. Sobre todo, para pedirle a los militares que cumplan con su deber.

Habla otra diputada y la cosa se sigue extendiendo. Me duelen las piernas. A mí alrededor ocurren empujones más propios de un pogo. Alguien dice que le robaron el teléfono. Detecto más desmayos que en un concierto de Alejandro Sanz. Y el host toma el micrófono para decir que falta otra persona por intervenir. Todos comienzan a quejarse hasta que escuchan el nombre de Miguel Pizarro: entonces, lo aplauden con respeto.

Miguel engrosa la voz, camina de una lado a otro y avanza con sus palabras como quien recorre kilómetros en un maratón. La gente se queda en silencio, la mayoría lo escucha con interés. Si Manuel Bolívar fue una apología a la coherencia, Pizarro es el mejor aperitivo previo a Guaidó. Pide aplausos a la comisión de voluntarios encargados de la ayuda humanitaria, entre los que aparece Roberto Patiño, y nos garantiza que esa ayuda va a entrar sí o sí. Cuando comienza a alargarse demasiado, da la palabra al presidente de la República de Venezuela.

La multitud ruge como en un concierto de rock.

Aunque Guaidó a veces se extravía en sus alocuciones, aunque en ocasiones su entonación pareciera la de un robot, hay varias cosas que me gustan de su oralidad: es sobrio, tiene un buen lenguaje corporal, no necesita berrear como animal en celo para emocionar al público, es claro en sus mensajes. Y si hay un momento en el que todo esto se manifiesta de forma condensada es cuando engrosa la voz para decir:

—Voy a dar una orden directa a las Fuerzas Armadas.

Se me eriza la piel. Gritos, expectación. El presidente nombra diversos cargos militares y ordena:

—Dejen entrar la ayuda humanitaria al país.

Vítores. Aplausos.

Ante este momento, el resto del discurso –aunque contiene algunos momentos destacados– parece más bien un epílogo.

Habla de la esperanza y la sonrisa que se nos ve a todos en la cara, se toma una selfie con la multitud de fondo, remarca la importancia de que el usurpador se vaya:

—Que yo no voy a decir su nombre, porque ya todos ustedes lo conocen.

—¡Diiiiiiiiilooooooooooooooooooooo! –piden las personas.

Pausa. Silencio.

—El usurpador se llama Nicolás Maduro.

—¡Coño e’tu madre! –rugen.

Se anuncia un nuevo punto de acopio en Brasil y, otra noticia importante, asegura que el próximo 23 de febrero (a un mes de haber asumido la presidencia) deberá entrar la ayuda humanitaria al país.

Ya escucharon, militares.

 

Camino por la avenida Francisco de Miranda rumbo a Chacaíto. Las personas van animadas, se toman fotos, comentan lo dicho en la concentración. Alguien grita Maduro y todos responden coño e’ tu madre.

—Debería haber un récord Guinness a la madre más mentada del planeta –dice una señora.

Estoy cansado y todavía no me acostumbro a esta ausencia de miedo, de correr, de cuidado que vienen los guardias. Es raro ejercer los derechos constitucionales con tanta tranquilidad. Pero entonces, oigo el rumor de unas motos.

Durante las protestas de 2017, cuando la represión pasaba su momento más álgido sucedía la llamada operación arrase. Decenas de motorizados –algunas veces civiles armados; otras, funcionarios– aparecían disparando a mansalva. Pienso en eso cuando percibo lo que solo pueden ser decenas de motos acercándose. Volteo y estudio el área: puede ocultarme tras este quiosco, o meterme entre estas matas.

Ni lo uno ni lo otro es necesario.

Son varias motos, sí, una caravana que toca corneta y genera vítores tras de sí. De parrillero en una de ellas viaja Juan Guaidó, quien alza la mano para el delirio del público.

Símbolos, sonidos, imágenes y miedos: todo se está transformando en esta nueva Venezuela.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

No más apologías a la juventud

La apología a la juventud me aburre. Me parece tan lamentable como quien desecha a los ancianos por ser ancianos. Cuando en una conversación con Pep Guardiola, organizada por un banco español, David Trueba dijo que “los jóvenes están sobrevalorados”, sentí que alguien le daba forma a mis ideas. ¿Qué mérito hay en ser joven? Ninguno. En ser viejo tampoco, pero al menos está claro en que la persona en cuestión se las arregló para sobrevivir por un buen puñado de años. Esa tendencia a sentirse importante por estar saliendo de la adolescencia, para mí es un sinsentido tan grande como creer que una raza o una nacionalidad es superior a la otra.

El optimismo con el que se sentencia que “los jóvenes son el futuro” me parece chocante. Cuando la pronuncia un joven, pienso: ¿sabrá que durante 2019 años todas las generaciones dijeron exactamente lo mismo y, por lo que sé, el mundo sigue bastante enfermo? Cuando la pronuncia alguien que ya no se siente joven, pienso: ¿qué le da derecho a cargar en otros la responsabilidad que él ya no se atreve a asumir? En ambos casos, el estómago se me revuelve: que el mundo mejore es algo que depende, por igual, de todos quienes hoy estamos vivos. O eso creo.

Hace tiempo se viralizó una nota sobre el biólogo colombiano Humberto Maturana. En una conferencia, declaró: “Los niños, niñas y jóvenes se van a transformar con nosotros, con los mayores, con los que conviven, según sea esa convivencia. El futuro de la humanidad no son los niños, somos los mayores con los que se transforman en la convivencia. Nosotros hoy somos el futuro de la humanidad. Los niños se transforman con nosotros. Van a reflexionar, van a mentir, van a decir la verdad, van a estar atentos a lo que ocurre, van a ser tiernos, si nosotros los mayores, con los que conviven, decimos la verdad, no hacemos trampa, o somos tiernos”.

Si la discusión pasa a términos económicos, conviene recordar que estadísticamente la población más productiva tiene entre 30 y 50 años. Personas que todavía vivirán entre tres y cinco décadas más. Son ellos, en su mayoría, quienes controlan el motor económico de los países, ocupan cargos políticos y las sillas de mayor peso dentro de las empresas. En teoría –y solo en teoría– son quienes tomarán decisiones más transcendentales. El mañana, visto en perspectiva, podría depender más de ellos que de cualquier adolescente que se crea importante. O al que quieran endilgarle un peso que no le corresponde cargar.

Los prejuicios sobre la edad me fastidian. En la historia hay tantas personas exitosas de 20 años, como de 40 y 70. Así como muchos que destacaron a lo largo de toda su vida. Enaltecer cualquier etapa sobre las demás, se me antoja tan ingenuo como pretender evaluar la calidad profesional de una persona fijándose en su género, nacionalidad o raza. He conversado con chamos de 15 años que se pavonean hablando de sus cualidades y de lo que les depara el futuro. Exigen que el mundo sea más benévolo para con sus intereses, pues “el mañana depende de ellos”. También, me he topado con personas de cabello blanco, sin muchas lecturas encima, poca actividad profesional y que ningún esfuerzo han hecho por actualizarse, pero hablan como si su palabra fuera ley, “porque estas canas no han sido de gratis”.

Me parece, y cada día me parece más, que hay que tener mucho cuidado con sentirse importante o especial. Con creerse inteligente o digno de honores. Creo, y cada día lo creo más, que esas cosas hay que demostrarlas en vez de repetírselas a los otros. La calidad de las acciones es el argumento más contundente.

De resto, quizá convenga tener presente una frase de Manuel Vázquez Montalbán: “¡Joder con la nueva generación! Son como nosotros”.

 

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel

In Guaidó we trust

En una entrevista del año 2004, para el diario argentino La Nación, el filósofo esloveno Slavoj Zizek dijo: “Los Estados Unidos piensan localmente y actúan globalmente”. A pesar de ser un anagrama de la frase del movimiento ambientalista Greenpeace, “Piense globalmente y actúe localmente”, Zizek no se equivocó, con esas palabras estaba describiendo la política exterior norteamericana. Aunque paradójicamente se trata de un marxista, afirmó que Estados Unidos debía intervenir más en todo el mundo, lo que, para bien o para mal, sucedería con frecuencia en la historia de ese país.

Hoy la situación no es diferente. A las afueras de Venezuela existen tres puntos de acopio para la ayuda humanitaria: una donación de alimentos y medicinas, que busca atajar la crisis venezolana, proveniente de Estados Unidos y otros países del hemisferio occidental. Esto ha sido calificado como “injerencista” por partidarios del régimen. “No necesitamos ni estamos pidiendo limosna a nadie”, dijo Diosdado Cabello, a finales de la semana pasada. Muchos venezolanos, mientras tanto, están en ascuas y no dejan de bromear con una posible llegada del United States Marine Corps.

Los seguidores de la cuenta de Instagram de la embajada americana en Caracas exigen a diario una intervención militar estadounidense en Venezuela. “Yo apoyo una intervención militar parar liberar a Venezuela, si yo estuviese en mi país mi mensaje a los Estados Unidos sería #GringoComeHome”, comentó uno de los usuarios en una publicación del 29 de enero, donde la embajada advierte a los ciudadanos estadounidenses de no viajar a Venezuela hasta nuevo aviso.“In Guaidowe trust” y “We need the marines to freedom of Venezuela” son otros mensajes que se pueden apreciar en las publicaciones.

Pero la realidad es otra, la historia nos enseña las carencias y los excesos de las acciones, militares o no, del gobierno de los Estados Unidos. El periodista de izquierda, Mark Hertsgaard, lo señala bastante bien cuando intenta responder, con su libro La sombra del águila, por qué la nación americana suscita odios y pasiones en todo el mundo. Y es que desde el mismo instante de su fundación, cuando los primeros colonos llegaron a Nueva Inglaterra, estaba trazada la ruta de este país: John Winthrop, gobernador puritano, ya lo dejaba claro en Un modelo de caridad cristiana: “(…) seremos una Ciudad sobre la Colina, los ojos de todos los pueblos están sobre nosotros”, texto que más tarde le dio soporte al Destino Manifiesto, ideario que argumenta el expansionismo americano del siglo XIX.

Lo cierto es que la política exterior de EEUU es repudiada por muchos y alabada por otros. Con más fuerza que nunca, hoy día estas dos posturas se debaten a diario entre los venezolanos.

Monroe: vigencia y obsolescencia

Hablar de intervención es hablar de la Doctrina Monroe, un documento que, pese a ser interpretado como el principio de injerencia americano, no fue escrito precisamente con ese propósito; de hecho, su verdadero autor ni siquiera fue James Monroe, sino John Quincy Adams, quien llegó a la presidencia tiempo después. En 1823, año en el que es leído el discurso ante el Congreso, Estados Unidos no es ni la cuarta parte de lo que se convertiría un siglo más tarde. La aclaratoria es una alerta ante el peligro que representaban las monarquías europeas frente al nacimiento de las repúblicas independientes de la región.

La primera lectura que se le hace al documento con carácter injerencista es durante la segunda intervención francesa en México en 1862, pero fue el corolario del presidente Theodore Roosevelt (es decir, su alteración o “enmienda” a la doctrina) lo que terminó haciendo de este texto algo relevante, tras ser utilizado en dos escenarios importantes: en la guerra hispano-cubana-norteamericana, que consiguió la independencia de Cuba en 1898; y durante el bloqueo a las costas de Venezuelaentre 1902 y 1903, que evitó una posible ocupación europea. Hoy, México, Cuba y Venezuela no dudan en menospreciar a la nación del norte, a pesar de que fueron sus acciones diplomáticas las que evitaron que volvieran a ser (o siguieran siendo, en el caso cubano) el patio trasero de verdaderos imperios coloniales.

Dicho de forma más sencilla: las acciones de Estados Unidos fueron decisivas para liberar a México, Cuba y Venezuela del imperialismo europeo.

En 1917, la Doctrina Monroe perdió vigencia, pues uno de sus apartados dice que los Estados Unidos no se involucrarían en conflictos fuera del hemisferio, pues su sistema político, y el de la región, es diametralmente opuesto al de las monarquías de Europa. De esta forma, al entrar en la Primera Guerra Mundial, el enunciado se hizo obsoleto, aunque la izquierda y el antinorteamericanismo todavía lo empleen para criticar la política exterior de la Casa Blanca. Lo curioso es que si revisamos la contribución americana en defensa de los derechos fundamentales tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, es innegable que se le debe a ella la alardeada “autodeterminación de los pueblos”: o sea, la idea de que todo país tiene la soberanía permanente sobre sus recursos naturales, desde la perspectiva de los derechos humanos.

El fin del aislacionismo

Durante el siglo XX, Estados Unidos tuvo más presencia en el escenario internacional que antes. Después de la victoria obtenida en la Primera Guerra Mundial, comenzó su carrera definitiva por convertirse en una nación respetada y consolidada en el exterior, hazaña que fue logrando simultáneamente con la Rusia revolucionaria de Vladimir Lenin que, al salirse de la guerra por considerarla un conflicto entre imperios, evitó los costos que padecieron las naciones de la Triple Alianza (Italia, Prusia y Austria-Hungría) y el mismo bando vencedor: la Entente (Inglaterra y Francia). Así, Estados Unidos promovía el militarismo en Latinoamérica, mientras que Rusia contagiaba de propaganda comunista a los emigrantes europeos que estaban huyendo de la contienda.

Su influencia en el mundo quedó en evidencia en otoño de 1929, cuando el crac de la bolsa de Nueva York colapsó la economía global y dio comienzo a la gran depresión de los años treinta. Más tarde, Franklin Delano Roosevelt asumió la política de buena vecindad y no intervencionismo hacia los asuntos extranjeros en América Latina, a pesar de que fue él quien pronunció el famoso discurso de las cuatro libertades, bandera con la que ingresaron a la Segunda Guerra en la cruzada contra el nazismo y el fascismo italiano. En este sentido, la presencia se hizo más predominante: eran la cuna de la libertad.

Rusia y Estados Unidos fueron los grandes ganadores de las dos guerras mundiales, en detrimento del poder europeo como epicentro del mundo moderno. Sus zonas de influencia quedaron marcadas con el inicio de la Guerra Fría en 1948, cuando ya de manera irreversible empezaron a jugar un papel más activo en el acontecer mundial. Latinoamérica no sería ajena a los intereses de ambas potencias. Por eso, el siglo XX fue la época de apertura y del fin del aislacionismo americano, cosa que implicó mayor presencia en las naciones de su hemisferio:pensar localmente pero actuar globalmente.

Golpes militares, golpes democráticos

Durante la Segunda Guerra Mundial, Venezuela proveyó a los Aliados el petróleo. Una vez terminada la contienda, el presidente de los Estados Unidos, Harry Truman, marcó el carácter ideológico de la Guerra Fría: mediante acciones injerencistas en los países no alineados, llevó al poder a determinados grupos políticos que garantizaron su apoyo en la disputa ante su nuevo enemigo: el comunismo. Para esto se valió del respaldo militar en la región y del colchón que fue la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Un extenso debate historiográfico existe al respecto. El 18 de octubre de 1945, Isaías Medina Angarita abandona la presidencia y Estados Unidos reconoce a la junta de gobierno que se instala al siguiente día. Pero los avances democráticos ponen en peligro las relaciones entre Venezuela y ese país, porque existe una importante influencia roja dentro del partido de gobierno. En 1948, un golpe militar saca de la presidencia a Rómulo Gallegos y en su lugar se instaura otra junta, que no tarda en ser avalada por la Casa Blanca. Una nueva dictadura se instala en Venezuela y evita la avanzada del comunismo. La injerencia es discutida, pero la historiadora Margarita López Maya concluye que no existen pruebas suficientes que involucren la actuación estadounidense en el hecho. América Latina vive situaciones similares: numerosos autoritarismos ascienden al poder.

Diez años más tarde, en 1958, la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez llegaba a su ocaso, al igual que el posicionamiento militar en Latinoamérica, apoyado por el gobierno federal. La ola comenzó en la Argentina de Juan Domingo Perón (1955) y siguió por el resto del continente, llegando al Perú de Manuel Arturo Odría (1956), a la Colombia de Gustavo Rojas Pinilla y a la Guatemala dominada por Carlos Castillo Armas (1957); en Cuba, Fulgencio Batista fue derrocado por la revolución de 1959 y, finalmente, Rafael Leónidas Trujillo cayó en República Dominicana en el año de 1961. A pesar del respaldo estadounidense a estos mandones, algunas salidas del poder se debieron a un cambio de parecer dentro del Departamento de Estado, principal secretaría del Ejecutivo norteamericano.

En Venezuela, por ejemplo, Estados Unidos comenzó a alejarse de Pérez Jiménez tras la discrepancia en la Conferencia de Presidentes de Panamá, en la que el dictador se negó a instalar una base militar norteamericana en la península de Paraguaná. Los excesos también pudieron evidenciarse en la intervención a República Dominicana entre 1916 y 1924, cuya consecuencia a largo plazo permitió la llegada de Rafael Leonidas Trujillo y su cruenta dictadura, caracterizada por la tortura y el nepotismo. Otro caso no tan distante fue la intromisión en Panamá, cuando el gobierno de George Bush depuso a Manuel Antonio Noriega, acusado de narcotráfico. Ninguno de los tres gobiernos mencionados eran de izquierda, caso contrario al del comunista chileno Salvador Allende, cuya crisis le abrió las puertas a Augusto Pinochet, quien llegó al poder amparado en cierta medida por la presencia del gobierno de los Estados Unidos.

Gringo, come home!

Estados Unidos supo aprovechar esta fractura en la región para darle validez a sus principios liberales y democráticos. En ese entonces, la sociedad estadounidense afrontaba situaciones complejas, como la lucha por los derechos civiles de la comunidad negra, que ponían en tela de juicio su sistema liberal, argumento que era usado por la URSS de forma propagandística en su contra. Por lo tanto, el advenimiento de la democracia en América Latina, y su reconocimiento por parte de la Casa Blanca, sirvió como reafirmación de sus principios. Los vaivenes de la Guerra Fría exigían un comportamiento diferente.

El fin de la pugna entre el comunismo y el mundo libre se acercaba y la implosión se dio finalmente en 1989, con la caída del Muro de Berlín que más tarde desintegró a la URSS. Estados Unidos ocupó, entonces, la primera posición entre las potencias del mundo, aunque no salió ileso de la contienda. Ante el nuevo escenario mundial, un nuevo adversario estaba por surgir: el terrorismo, su principal preocupación tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.

Pese a que las intervenciones estadounidenses fueron cesando por el nuevo orden mundial, hoy parecen más perentorias que nunca ante la necesidad de salirde gobiernos totalitarios, que atentan contra la libertad individual. En opinión de muchos, no se puede ser indiferente ante la crueldad.

A pesar de los dimes y diretes entre representantes de la política exterior de Venezuela y el Pentágono, la mesa está servida para una intervención, más allá del carácter disuasivo que pudieran tener las declaraciones y de cómo todo se va pareciendo, según la opinión de muchos entendidos, a una guerra fría. En un escenario donde miles de venezolanos huyen despavoridos por las fronteras o mueren a manos del hampa o por falta de recursos económicos, el discurso de Donald Trump caló en la población venezolana y tal parece que ahora somos la joya de la corona que el republicano quiere para su reelección en el año 2020. Al fin y al cabo, no sería la primera vez que Estados Unidos interviniera: en 1895, Grover Cleveland impidió que Venezuela perdiera territorio; y entre 1902 y 1903, Roosevelt le dijo a Alemania, Italia e Inglaterra que se retiraran de las costas venezolanas. Esperemos, entonces, que nuestros dirigentes sepan actuar con calma, cordura y pragmatismo. In Guaidó we trust.

 

Por Jesús Piñero | @jesus_pinero

 

El tío de mi pana y el G2 cubano

Parecía otra cadena directamente llegada de algún laboratorio del G2 cubano, pero la compartía uno de mis mejores amigos en un íntimo grupo de WhatsApp. Y no era cadena, sino un dato importantísimo: su tío, un general retirado de la aviación, acababa de llamar a su papá para pedirle que ni él ni su familia salieran de casa, pues unos compañeros de él en Caracas “tomarán acciones”.

Era la noche del pasado domingo tres de febrero y en el ambiente se respiraba que la pesadilla chavista podía terminar en cualquier momento: el presidente de Colombia decía que sólo era cuestión de horas; un periodista venezolano, con larga trayectoria, publicó un mensaje en Twitter en el que, en forma de clave, parecía atreverse incluso a ser más preciso: de 24 a 72 horas; en las redes sociales de Carla Angola había un video de Fernando del Rincón afirmando que, basado en la seguridad con que hablaban algunos mandatarios y funcionarios internacionales –como el vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence–, algo estaba a punto de pasar; mientras tanto, en el TimeLine de mi Twitter, una chama prometía publicar foto-tetas si el chavismo caía en la fecha en que nació: cuatro de febrero.

La locura y la ansiedad eran palpables.

“No quiero compartirlo para no quedar como las cadenas que envían las viejas y que nunca se cumplen. Pero hablo claro: estoy hasta cagao”, escribía mi pana. “Tío en 20 años nunca envió un rumor o nos vendió humo. Siempre fue muy serio con eso”.

Y yo le creía. En todo caso, quien mentía era su tío, no él.

Antes de que acabara la noche, mi hermano nos llamó para pedirnos que no vayamos a trabajar al día siguiente; que estaban diciendo muchas cosas y que, con la miseria que ganamos, no valía la pena que nos arriesgáramos. Mi madre,  adormitada, apenas entendió lo que le dijo, y le respondió con un: “Ok, hijo”.

A la mañana siguiente, mi mamá, maestra, se dio cuenta de que tenía decenas de mensajes en su teléfono de representantes que informaban que no enviarían a sus hijos al colegio, por lo que ella decidió tampoco ir. Además, se unió al llamado de mi hermano y me pidió que no fuera. Yo la chantajeé con un simple: “Y si se prende el peo… ¿Cómo se entera la gente?”

¿Ya dije que soy periodista?

En la oficina recibí y reporté buenas noticias: más de 15 países europeos habían reconocido a Juan Guaidó como presidente interino de Venezuela. Pero nada de alzamientos, sino todo lo contrario: Maduro se exhibía con militares y pronunciaba un discurso lleno de amenazas, aunque acompañado de una evidente desesperación.

Según él, el maldito cuatro de febrero de 1992 nació la “dignidad” del pueblo venezolano.

En mi grupo de WhatsApp, mi pana respondía a los ataques contra su tío por vendernos humo: “No sé, marico. A papi le dio hasta el nombre del general que encabezaría las acciones y hoy compró comida por bulto para varias semanas, como si estuviese claro de que algo va a pasar”, respondió.

Entonces pensé que tal vez fue víctima de alguna estrategia del G2 cubano. Luego, con más frialdad, le di el beneficio de la duda y recordé la sublevación de Cotiza, los supuestos contactos con oficiales de alto rango de los que alardean Julio Borges y Marco Rubio, y en los cientos de militares presos por estar en contra del dictador. Y reflexioné, tratando de convencerme de que sí, de que en cualquier momento puede ocurrir lo que muchos añoramos: que la Guardia Nacional por fin se ponga del lado de la Constitución y de los ciudadanos, para dejar de defender a obesos y corruptos políticos que tanto daño nos han hecho a todos, incluyéndolos a ellos.

Tal vez ese día llegue pronto, pero no aún. Al menos no ese lunes cuatro de febrero de 2019.

 

Por Braulio Polanco | @BraulioJesus_