Postales del aguante

1: Nosotros

A la calle, a la cama, al cuerpo, a la conversación: a todas partes llevamos la ruina de un país. Y duele. Duele enfrentarse a este exilio cotidiano. “El pesimista debe inventarse cada día nuevas razones de existir: es una víctima del «sentido» de la vida”, decía Cioran, y nos ponemos de frente a una verdad que encandila: vivir aquí es inventarse un país todos los días, es poner barandas de distracción a los lados para salvarse del vértigo.

2: Sostenerse

Compartimos la bitácora de una desorientación colectiva: no tenemos a dónde ir. El país que conocíamos, se lo llevaron. Uno sale a encontrarse con una ciudad entristecida, llena de caras cansadas, expectantes: aquí no pasas, ya este lugar se fue, dice el otro que nos levanta una cerca, y sentimos que todos los días nos arrebatan algo. La batalla más dura: la del país por dentro, ese último suelo que cuidamos para que no se desprenda.

3: “…y todavía”

No sabemos de dónde viene tanta noche. Queremos que amanezca. Llueve en el camino, hay derrumbes, no nos dejan mirar atrás. Hay que seguir andando, nos decimos, porque querer más no puede ser motivo de vergüenza. El país no es el monstruo que vemos allá afuera. Y la llama de la voluntad insiste y alumbra. ¿De dónde salimos tan tercos? ¿Qué es esto que todavía nos sostiene?

4: Buscar, buscar

Todo tiene un nombre, todo en apariencia existe: los lugares, los discursos, las imágenes, la historia, las instituciones, pero condenados por la derrota interior de sus significados. Todo imita la realidad de las tiendas: abiertas y en pie, pero vaciadas por dentro. La herencia de este tiempo: lo ido, lo impropio, lo extraño.

5: Antifaces no

No sabemos dónde mirar y tropezamos. Hemos perdido nuestra propiedad sobre los significados del país. El Poder burló los órdenes, la confianza, los acuerdos sobre los que podría realizarse, la aspiración democrática. Ya nada es lo que era: ni la política, ni el comercio, ni la educación, ni los medios, ni los espacios de habla pública. Nada escapa de la prisión de la pantomima y la representación. Lo que nos queda: decir sin máscaras, valerse de un lenguaje propio, honesto, desvestido.

6: ¿?

¿Irse a dónde? Podremos llevarnos fuera, quizás, pero ¿qué hacemos con el país que nos persigue? ¿Qué le decimos para dejar de forcejear por la mañana? ¿De qué me despido? ¿A quién le doy la espalda?

7: Aquí

Habría que comenzar por dejar los gritos, recoger los escombros de la memoria, encender las velas y resistir.

 

Zakarías Zafra | @zakariaszafra

#ConstruyendoPaís: Dar a conocer la literatura venezolana en EEUU

Naida Saavedra es una venezolana radicada en Estados Unidos que ha logrado abrirse paso en el campo académico, para, entre otras cosas, hablar de literatura venezolana. Pocas expresiones culturales ayudan tanto a comprender a un pueblo como sus letras, y pocas cosas significan una forma de rebeldía tan laboriosa como defenderlas y difundirlas en cualquier parte y en cualquier contexto. Más aún, teniendo en cuenta los años oscuros que han golpeado al país, en los que desde el poder han pretendido imponernos gustos y palabras. Naida demuestra que se puede construir país desde la distancia.

Cuéntame cuánto tiempo tienes en EEUU, en qué universidad estás, qué cátedra estás dictando y cómo ha sido tu actividad literaria desde que estás allá.

Gracias por querer saber un poco de mí. Llevo 17 años en EEUU, ¡ya casi soy mayor de edad! Vine cuatro meses a estudiar inglés, pero las cosas de la vida me han hecho convertirme en una inmigrante en este país. Actualmente soy profesora en Worcester State University, en Worcester, Massachusetts. Acabo de empezar mi tercer año aquí. Antes fui profesora en Darton State College (ahora Albany State University), en el sur de Georgia; y antes de eso fui profesora contratada y estudiante de posgrado en Florida State University, en el norte de Florida.

El departamento de World Languages aquí en WSU es pequeño y todos los profesores damos clases variadas de lengua (gramática, conversación, composición, etc.). Luego, cada quien se encarga de las cátedras relacionadas con su línea de investigación. Así que hay dos profes que se especializan en España y dos en Latinoamérica (una soy yo). De la parte de Latinoamérica yo me encargo del norte de Suramérica, el Caribe y los latinos en EEUU. Mi compañera se encarga del centro y del cono Sur, más o menos. Ella además se encarga de la mención de educación que tenemos. Por eso doy fijo las cátedras de Culturas de Latinoamérica, Presencia hispana en los Estados Unidos, Introducción a las culturas latinas en los Estados Unidos, etc. También clases de Literatura generales o temáticas. El año pasado, por ejemplo, di una únicamente sobre el realismo mágico en Latinoamérica. Tenemos la Maestría en Español también y en este caso obviamente cada profe es especializado en su área. Así yo doy clase cada otoño (de septiembre a diciembre) y estoy turnando: un año doy Latinoamérica, un año Estados Unidos. Este semestre voy a dar una clase de maestría titulada New Latino Boom.

Siempre quise escribir desde que era niña y lo hacía para mi mamá. Tanto me dijeron que me moriría de hambre si seguía esa profesión que no la estudié, así que estudié Publicidad y Relaciones Públicas en LUZ. Comencé a escribir formalmente estando ya en Estados Unidos cuando estaba en el Doctorado de Literatura; aunque el doctorado es de crítica y no de creación literaria, me dieron las ganas de finalmente ponerme seria. Así que puedo decir que nací como escritora aquí.

¿Hablas de literatura venezolana en los diferentes espacios que tienes allá? ¿Estás actualizada respecto a lo que se ha publicado en Venezuela durante los últimos 17 años?

Sí. Fíjate que mi tesis de doctorado fue sobre literatura venezolana. Hice mi tesis sobre narrativa desde los años 60 hasta el año 2000 más o menos. Estudié la figura del inmigrante dentro de la ficción venezolana y su relación con la forja de la identidad nacional. Hice un estudio de la presencia de españoles, italianos, portugueses y colombianos en cuentos y novelas de diferentes autores, durante diferentes años y de diferentes estilos. El tema de la inmigración no deja de interesarme y ahora estoy enfocada en los escritores inmigrantes en Estados Unidos que escriben en español. Siempre que tengo la oportunidad incluyo a algún escritor venezolano. Por ejemplo, el año pasado di una clase de maestría sobre el boom latinoamericano y una de las novelas que discutimos en clase fue País portátil, de Adriano González León. Le dediqué mi tesis de doctorado a él y a su trabajo, y era un sueño mío dar una clase donde pudiera incluirlo. Me sentí muy feliz con ello. Sigo pendiente de lo que se ha escrito este siglo en Venezuela, y como varios autores usan las redes sociales, estoy en contacto.

¿Y qué tanta receptividad has tenido cuando hablas de autores y de literatura venezolana? ¿Cómo se percibe allá a nuestros autores?

Nadie sabe que existen [suspira].Bolívar, Bello y Gallegos. De ahí para adelante no se conoce. Cuando los estudiantes y colegas se dan cuenta de todo lo que hay se emocionan, se entusiasman y quieren saber más. Un granito de arena, al menos, pongo. Sin embargo, con la diáspora venezolana de hoy en día, se está notando una presencia de literatura venezolana.

Creo que es lo único positivo de toda esta situación. El año pasado en la Miami Book Fair International, hubo una mesa solo de escritores venezolanos. Me contenté muchísimo. Además hay escritores que se han mudado acá para hacer posgrados y que siguen con la conexión allá, entonces se nota un intercambio. Yo diría que esta última década ha traído mucho movimiento, en comparación con la nula presencia de años atrás. Te puedo nombrar por ejemplo a Keila Vall de la Ville, Raquel Abend Van Dalen, Oriette D’Angelo, José Delpino, Camilo Pino. Ahorita acaba de llegar Jacqueline Goldberg al International Writing Program de la University of Iowa, donde está una de las maestrías en creación literaria en español. Fíjate que Oriette D’Angelo acaba de empezar esa maestría y le toca compartir con Jacqueline Goldberg. Cosas así. Mariza Bafile dirige una revista en New York que se llama ViceVersa Magazine y tiene mucho contenido de escritores venezolanos. La editorial del número actual habla del movimiento migratoria a pie que se está dando. También está Sudaquia Editores en New York, cuyo dueño es Asdrúbal Hernández. Allí han publicado, por ejemplo, a Héctor Torres. Son algunos ejemplos.

Entiendo que Roberto Echeto también está Iowa, y que el año pasado estuvo Enza García Arreaza.

Sí, justo te iba a nombre a Enza. Y claro, Miguel Gomes siempre es una referencia fuerte. Él es profesor en la University of Connecticut. El programa de maestría de NYU también ha tenido varios estudiantes venezolanos. Allí estudiaron Keila y Raquel, por ejemplo; y se acaba de graduar también el poeta maracucho Miguel Ángel Hernández. Raquel ahora está en Houston porque acaba de empezar el doctorado en creación literaria en español allá. Es el primer programa de doctorado de este estilo en el país y este es el segundo año.

¿A qué crees que se deba ese escaso conocimiento en EEUU sobre la literatura venezolana? ¿Ocurre también con los autores del resto de Sudamérica?

Esa es una pregunta que me he hecho por años. He manejado varias teorías. Venezuela ha estado de cierto modo en la periferia en muchos sentidos. Además, al poseer el premio Rómulo Gallegos y la casa Monte Ávila, los escritores, pienso yo, no tenían mucha necesidad de salir. Hablo de antes.  También creo que el círculo literario venezolano ha sido muy cerrado por mucho tiempo, es difícil entrar, es difícil conocer lo que escribe la gente. Como si la literatura la lee quien la escribe, ¿no? No es una crítica, es una observación. Mi mamá, por ejemplo, es una gran lectora, lee todo, es su pasatiempo preferido. Le puedes preguntar de cualquier país, de cualquier estilo, género… ella ha leído algo. Pero si le preguntas de literatura venezolana se queda muda. Ha leído conmigo porque yo le paso los textos y me pregunta: ¿cómo esto no lo conocía yo antes? Y entonces fuera de Venezuela el desconocimiento es mayor. Mi esposo, peruano, gran lector también, nunca había leído nada aparte de Gallegos hasta que se casó conmigo.

¿Cómo podríamos ayudar a que se conozca más a la literatura venezolana en el exterior?

Pues la gente que está en el mundo de la academia tiene un poco de poder, ¿no? Como yo [risas]. Es decir, los profesores pueden difundir un poco a través de los textos que distribuyan a sus estudiantes, yendo a conferencias, hablando con colegas. Y hay que salir fuera de la academia y conectarse con las revistas culturales tanto en Estados Unidos como en Venezuela. También, por ejemplo, hacer proyectos con editoriales, antologías. La antología Topos mecánicos, de Raquel Abend Van Dalen es una muestra. Acaba de salir, ¿la has visto?, de la Editorial ígneo. Ella compiló autores que hablan sobre la vida en el metro (sobre todo de New York) y hay autores de aquí de varios países y autores de allá. La editorial sale del país sin dejar de estar allá a través de ese libro. ¿Me entiendes? Me parece una selección maravillosa. Cosas como esa son las que hay que hacer. Las plataformas digitales también acortan las distancias, ya sabes.

¿Cómo ponderas el nivel actual de la literatura venezolana?

Esa pregunta es difícil de contestar en estos momentos si hablamos de forma general de todo lo que se está produciendo allá. Lo digo por el control de varias editoriales que siempre fueron grandes íconos de la literatura venezolana. Sin embargo, los autores que siguen escribiendo desde principios de siglo y que no se acomodan a exigencias políticas, siguen estando entre los que valoro profundamente. Algunos se han ido, algunos siguen allá y sé que seguirán luchando por mantener su voz. Hay muchos poetas comprometidos y eso me pone muy contenta también. También las revistas son cruciales. Son buenas. Siempre está Qué Leer y con La Vida de Nos, Ojo, El Estímulo, El Cautivo, etc, se mantiene la exposición de tantos textos de calidad que hay. No sé mucho de los problemas que puedan enfrentar en este momento las editoriales que no son adeptas al Gobierno. Con la cuestión de las divisas, la falta de papel, tinta… no sé, tantas cosas. Sin embargo, tengo fe en la Editorial Cómplice, Editorial Eclepsidra, OT Editores, entre otras. Pero en resumen, la literatura venezolana sigue siendo de mucha calidad, sigue siendo muy buena.

Hablemos de tu rol de escritora. ¿Cuántos libros has publicado?

Un cuento largo (que se publicó como novela corta), tres ebooks y un libro de cuentos. El primero salió en Venezuela con la Editorial El perro y la rana pero ahora no puedes encontrarlo. Me sacaron de catálogo. El próximo año van a salir aquí mi segundo libro de cuentos y un libro de ensayo. El libro de cuentos que saldrá el próximo año incluye el primero (cuento largo) que se publicó en Venezuela.

¿De qué van los tres ebooks?

Última inocencia y En esta tierra maldita son cuentos largos también. Ambos ambientados en Maracaibo. El primero es sobre un grupo de amigos que le juega una mala pasada a un hombre comprometido con la Revolución. El segundo habla del Miss Venezuela y el tema de ser transgénero. Hábitat es un libro de microcuentos. Son 40 cuentos corticos, de un párrafo o un par de líneas, todos de algún modo relacionados con personajes que podrían considerarse raros. Un poco tenebroso… o quizás no.

¿Y han encontrado tus libros lectores venezolanos? ¿Cómo haces con la difusión?

¡Mi familia! [risas]. No, en serio, la gran mayoría de mis lectores están en Estados Unidos. Los lectores en Venezuela son contados. No se me considera una escritora venezolana, entiendo yo. Antes te mencioné que es difícil entrar al círculo literario venezolano; quizás porque no estudié letras allá, porque comencé a escribir estando aquí, quién sabe. Como artista, he encontrado mi casa aquí. Estoy contenta. También hay que añadir que mis libros no se consiguen en Venezuela, eso es un problema, y el Internet para muchos es un obstáculo, que si se va la luz, que si hay que comprar con tarjeta de crédito, etc. Es difícil lograr una difusión de mis textos allá.

En tu opinión, ¿cuál es la importancia de la literatura en la sociedad? ¿Por qué, por ejemplo, es importante dar a conocer a la literatura venezolana en EEUU?

La literatura es, al fin de cuentas y en muchos casos, un reflejo de la sociedad. En este momento más que nunca es necesario que se conozcan las voces venezolanas en Estados Unidos y en todo el mundo. La literatura puede revelar las historias que los medios institucionalizados no revelan.

¿Algo más que agregar? Quizá un mensaje para estos tiempos que atraviesa Venezuela.

Tantas cosas que se pueden decir… Admiro muchísimo a la gente que se queda luchando día a día y produciendo ideas en medio de tanto caos. Por eso creo firmemente que volveremos a tener un país digno. Mientras tanto y desde aquí lo que hago día a día es informar, contarles a todos las historias que de otra forma no sabrían.

 

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel 

 

No hay que ser mezquinos con Teodoro

El escritor John Manuel Silva es liberal y nunca ha simpatizado con la izquierda: ni la dictatorial ni la democrática. Pero aun así no duda en reconocer el valor de la obra de un pensador fundamental de la Venezuela del siglo XX.

Es como obvio que por Teodoro Petkoff tengo pocas simpatías políticas, pero si tuviera que decir algo suyo con lo que me identifiqué, y por lo que siempre le tuve un enorme respeto, es por lo honesto de su tránsito del socialismo soviético a una cruzada a favor del socialismo más democrático. Fue él, y no Allende, por citar un caso, quien realmente reconcilió los ideales (a mi entender errados) de la izquierda con el espíritu tolerante y abierto obligado a la diversidad que implica la democracia.

Gracias a eso, fue odiado en la U.R.S.S. desde donde se practicó una sistemática campaña de asesinato civil (character assassination) que a juzgar por algunos mensajes por ahí que insisten en la participación de Petkoff en el asalto al Tren del Encanto, entre otras mentiras descaradas, tuvo bastante éxito. El comunismo siempre actuó así, lo hizo con Víctor Raúl Haya de la Torre, con Mario Vargas Llosa, con Jorge Edwards y con cualquiera que, aun desde la izquierda, disintiera de la línea dictada por Moscú.

Me cuesta identificarme con las ideas políticas de Teodoro, tanto las que defendía cuando era comunista como su paso hacia la izquierda más democrática. Me habría gustado una rectificación general y sincera, como la de Vargas Llosa, por citar un caso conocido. Me cuesta admirar su errada teoría de las “dos” izquierdas y también su insistencia en fallidos modos de lucha contra el chavismo. Pero… no podría ser mezquino en el reconocimiento de un pensador fundamental en la Venezuela del siglo XX, responsable de haber civilizado a mucha de la izquierda más radical, voz reconocida en su denuncia de los crímenes del comunismo y, al final de sus días, creador de un periódico que enfrentó con bastante coraje al chavismo (aunque no siempre a su ideología), razón por la que murió acosado y perseguido en los últimos años de su vida, en los que hasta pretendieron despojarlo de su ciudadanía, en una criminal persecución ordenada por Diosdado Cabello.

En tal sentido, y como una vez dijo Emeterio Gómez, creo que la historia debe ser bastante justa con la obra de Teodoro Petkoff y el balance, al menos en lo referido a su persona, es el de un hombre esencialmente bueno y honesto. Eso merece mucho respeto.

 

Por John Manuel Silva |  @johnmanuelsilva

#DomingosDeFicción: El suéter

En aquellos tiempos estaba de moda regalar a amigos y novios bufandas y suéteres tejidos por nosotras mismas. Llevábamos nuestras labores a todas partes, hasta al cine, sin hablar del liceo donde tejíamos en los recreos sentadas sobre los pupitres y, durante las clases, con las manos escondidas debajo de ellos. Tejer tranquiliza la mente, dicen. Puede ser una ocupación terapéutica. También puede ser una pasión. Lo fue para mí cuando estaba trabajando en aquel suéter confeccionado con la lana más cara que había, gruesa y suave, color gris azulado matizado de verde como los ojos de aquel muchacho a quien iba a regalarlo. Se llamaba Uri.

Mi amiga Sigal, la que sabía tejer mejor que yo, y, en general, sabía más que yo de todas las cosas de la vida, no me había enseñado tan solo el punto de espiga y de arroz doble que mejoraban la textura del tejido; también me mostró cómo incorporar en él un hechizo amoroso para el destinatario de la labor. Siempre sentí algo mágico en el proceso con el que el hilo, un simple hilo de lana, sale de un ovillo y se transforma en una bufanda o un suéter: objeto que tiene forma, textura y sentido, surgido desde la nada por el mero efecto de enlace y continuidades. Pero la magia de Sigal iba más lejos. Se trataba de un punto secreto que había que anudar cada siete hileras al principio o al final de aquellas (donde quedaría oculto cerca de la costura), mientras se recitaba las palabras rituales con los ojos cerrados, invocando la imagen del amado para asegurar la eficacia del encantamiento. Un juego estupendo para las tardes de chismorreo, risas y confidencias entre dos buenas amigas.

El punto mágico se lo había enseñado a Sigal la vieja judía armenia que leía el futuro en la borra del café, en una de esas casas destartaladas que aún pervivían en la calle al borde del mar; y ambas lo practicábamos en nuestras deliciosas tardes de hacer las tareas y tejer, en parte creyendo en él y en parte pretendiendo que creíamos, para no estropear el hechizo. El resultado era infalible, aseguraba Sigal que ya lo había experimentado con sus dos empates previos al que se proponía conquistar al tejer su nuevo suéter, mientras recitaba cada siete hileras las palabras del hechizo:

bruja, soy bruja

hilo y aguja

y mi punto encantado

te mantiene amarrado

No eran exactamente ésas las palabras pero tenían la misma simpleza y la misma tonada de una copla infantil. Tal vez sea el momento para aclarar que las palabras eran en hebreo y que estábamos en Israel, en la inimaginable lejanía de los años sesenta. Pero esa precisión no es relevante ya que esa historia podría pasar en cualquier tiempo y lugar donde dos adolescentes tejen, canturrean, recitan encantamientos y se desternillan de risa. Yo le seguía el juego a Sigal. Sospechaba que la cosa le había funcionado porque nunca estuvo realmente enamorada de ninguno de esos novios y no conocía la paralizante vulnerabilidad que me causaba Uri con la sola mirada de sus ojos grises cuando se posaban en mí. La atraían los chicos guapos y superiores –seres simples lanzados hacia el éxito social como una flecha–, los que eran objeto de deseo de todas pero salían solo con aquellas que poseían los mismos atributos y, por ende, realzaban su propia popularidad. Uri no entraba en esa categoría: era más bien huraño, sin vocación de liderazgo, no formaba parte de ninguna organización juvenil y rehuía las fiestas. Hablaba poco, su mirada no transmitía seguridad en sí mismo sino una suerte de reflexiva ternura, y algunas veces lo habíamos pillado leyendo libros durante el recreo en un rincón apartado del patio. En realidad me fijé en él porque lo había pillado también mirándome como nunca nadie lo había hecho, y de pronto todas esas debilidades que lo desviaban del perfil de un novio ideal se volvieron tesoros ocultos. A mis dieciséis años, lo que sentía significaba estar enamorada aunque no sé si de verdad amaba a ese chico: me enloquecía la capacidad romántica que adivinaba en él, mi conmoción se debía al dulce veneno del reflejo. Contaba las hileras del tejido de siete en siete, cerraba los ojos y anudaba el punto encantado repitiendo bruja, soy bruja, hilo y aguja, pidiendo el único deseo de existir en los ojos y en la mente de alguien que yo presentía capaz, más que nadie en mi entorno juvenil, de sentir una verdadera pasión y saber expresarla. Enamórate de mí, Uri, susurraba, presintiendo lo maravilloso que sería eso. Y luego encontraba la mirada cómplice de Sigal y ambas nos echábamos a reír como un par de posesas.

El hechizo no falló: el día en que Uri se puso por primera vez el suéter que tejí para él me invitó al cine. No recuerdo qué película vimos, o en realidad, no vimos, ya que no dejamos de mirarnos a los ojos que brillaban en la oscuridad de la sala. A mitad de la función tomó mi mano y no la soltó más hasta que nos separamos en la entrada de mi edificio. La noche siguiente me pidió el empate y le dije que sí. Nos besamos en un banco del parque cercano y fue la primera vez cuando la boca de un chico parecía cumplir las promesas de todos los besos que se daban –generalmente al final– de las novelas y de las películas, ya que todas mis experiencias previas a esa habían sido un desastre. Solo a Sigal le había revelado mi temor a ser frígida, mi falta de respuesta y hasta el asco que me causaban esos alientos y salivas ajenas, esas lenguas-moluscos que pujaban por entrar a mi boca. Ya llegará tu príncipe encantado, me prometía, gentil, condescendiente conmigo, ella, que aún era virgen pero estaba a kilómetros delante de mí en el camino de las experiencias sexuales.

Y mi príncipe llegó. Salíamos cada día después de las clases, nos besábamos en otros bancos y en otros parques, hablábamos sin cesar de nuestras circunstancias, de los estudios, de libros y películas, de la vida, de la muerte y del amor, y todos los temas venían a encallar tarde o temprano en el milagro que era el nuestro. Fue mi primer amante –con lo que de un salto dejé atrás a Sigal con toda su cautelosa experiencia– y no tengo duda de que en esa época estaba enamorado de mí. Y, sin embargo, al recordarlo no tengo la impresión de haberlo conocido realmente; era como si su verdadero ser permaneciera a resguardo de mí y de todos. Nunca encontré nada en esas profundidades inasibles que dejaba presentir su mirada. Tal vez no había nada que buscar, pero Uri tenía la peligrosa cualidad de permanecer esquivo y dejar que lo inventaras.

Pasó el mes de enero, y luego febrero. Nos envolvían las lluvias del invierno y mi novio no se quitaba el suéter. Y mi punto encantado / te mantiene amarrado, canturreaba Sigal, mientras que yo, arropada en los brazos color gris azulado y textura arroz doble sonreía, segura de que el ridículo juego del tejido encantado nunca me había hecho falta. Uri y yo éramos tan compatibles, tan dados a enamorarnos y tan hechizados por nosotros mismos que no podía ser de otra manera.

No obstante, todo ese embrujo se deshizo como un tejido de lana cuando se separan sus hilos. Vino el asueto de Pesaj. Él era hijo de divorciados, y su madre que vivía en Estados Unidos aprovechó para enviarle un pasaje para Filadelfia. Lo retuvo a su lado durante la larga huelga de profesores y maestros de secundaria que arrancó después, dejando a los alumnos colgados en el limbo en que casi perdimos el año. A finales de mayo se reanudaron las clases pero Uri no volvió: su madre estaba enferma y tuvo que quedarse con ella. Luego vinieron las vacaciones de verano. Yo lo extrañaba de lejos, mientras las semanas se convertían en meses y sus cartas, al igual que las mías, se hacían escasas en una progresiva resignación a lo inevitable. Nuestra separación fue suave como la mirada de Uri que parecía acariciar todas las heridas en su reflexiva ternura.

Tampoco volvió al inicio del nuevo año escolar, o eso fue lo que creí. Y lo seguiría creyendo, olvidándome poco a poco de él, si en la siguiente primavera no me hubiera topado con esa chica durante una excursión al Sur en la que participaban varios liceos. Era una flamante pelirroja que estudiaba en la secundaria Aliance, y no sé si era hermosa, pero ciertamente especial: había algo en la extrema fragilidad de su silueta en contraste con el volumen de su larga cabellera ensortijada que atraía las miradas como un imán. Y algo más atrajo la mía: hacía frío al anochecer en la cuenca del Mar Muerto, y Liora –aún no sabía que se llamaba así–  llevaba un suéter color gris azulado que resaltaba el tono rojizo de sus rizos. Sus manos se perdían en las mangas, porque era un suéter demasiado grande para ella, un suéter de hombre, igual al que yo había tejido el año anterior para Uri.

No: no era un suéter igual. Era ese suéter.

Hasta ese momento nuestra lenta ruptura, nunca confirmada oficialmente, me había dejado la melancólica felicidad de haber vivido aquel romance mezclada con residuos del dolor, siempre pospuesto por los retos de lo cotidiano, y hasta un soterrado alivio de sentirme libre para seguir experimentando, ya que –sin importar cuánto lo hubiese querido– la idea de quedarme para siempre con el primer amor no cabía en mi visión de la vida. Pero ver el suéter fue recibir una cuchillada directa al corazón que despertó a la realidad de un indecible sufrimiento. Azuzada por las dentelladas de los celos, seguí disimuladamente a la pelirroja hasta los predios donde acampaban los alumnos de Aliance. Y allí estaba mi novio –¿debería decir ex novio?– dedicado a armar una fogata. Se frotaba las manos por culpa del frío y la chica se las cubrió con las suyas dentro de las mangas de mi suéter y se las llevó a la boca para calentarlas con su aliento. Vi como él apartó el cabello rojizo de su rostro y la besó. Vi –o más bien pude imaginarme– cómo la miraba, mientras las escenas del año anterior me asaltaban como una manada de lobos.

Detenida a prudente distancia espié un rato a la pareja y seguí esa vez a Uri cuando se alejó de los demás en busca de más ramas para la fogata. Mis gestos habían adquirido la sinuosidad de una serpiente, de modo que solo reparó en mí cuando le corté el camino. Me reconoció antes de que me quitara la capucha.

—Hola, Edna.

No parecía sorprendido.

—Así que no estás en Estados Unidos –dije–. Volviste. Estás estudiando en Aliance.

—Ya lo ves.

—No sabía nada. Ni siquiera me avisaste.

 Tras un corto silencio, contestó:

—¿Qué te puedo decir?

 La respuesta universal de los cobardes cuando no queda ninguna forma de justificar lo injustificable, ninguna mentira posible. No estaba avergonzado, solo me miraba de esa manera suya y, lo que antes había para mí en esos ojos grises matizados de azul, ahora no estaba en ellos. Podía conformarme –ya me había conformado, de hecho– con la ausencia de Uri mientras medio planeta nos separara, pero tenerlo enfrente mirándome tan calmado y razonable era demasiado doloroso. Era insoportable. Las lágrimas se agolparon con gusto a sal en mi garganta y la enormidad de todo lo que podría y debería decirle me sofocó de modo tal, que solo pude pronunciar el reproche más irrelevante:

 —Le diste mi suéter a otra.

Sonrió:

—Se llama Liora. Se lo presté porque hace frío. ¿Quién esperaba que hiciera frío al borde del Mar Muerto?

 —No debiste hacerlo, Uri. No puedes dar mi suéter a nadie. Era un regalo de amor.

Me siguió mirando con esa ternura dedicada al universo entero pero ya no a mí, y callaba como lo recordaba callar, como si cavilara en decirme o no la verdad. Resolvió que sí:

 —Lo recuerdo. Era un regalo de amor, lo sé muy bien. Por eso se lo di a Liora. Ahora la amo a ella.

Giré sobre mis talones y hui. Me aniquiló la brutal franqueza de sus palabras, la total seguridad con la que afirmaba sin muestras de culpa su derecho de amar o dejar de amar a quién le diera la real gana, la falta de cualquier lealtad moral con los sentimientos vividos y profesados antes de los actuales. Pero más que nada me afectó lo que dijo del suéter, mi regalo de amor: por eso se lo di a ella. Era diabólico cómo en pocas palabras separó el amor de mi persona pero no del objeto que le regalé, como si reconociese su poder de transmitirlo.

Por eso se lo di a ella. Por eso. Por eso.

Sería largo de contar cómo busqué a Sigal y le reporté lo sucedido, cómo le pregunté si la vieja de la casa al borde del mar le había enseñado otro hechizo; sería largo de contar cómo se burló de mí pero me prestó la tijera que siempre llevaba en su bolsa de labor, porque Sigal no dejó de tejer ni siquiera durante esos tres días de excursión. No existía otro hechizo, solo tocaba deshacer el primero que me tenía atrapada aunque ya no a él: por eso ella había recuperado hacía poco uno de sus suéteres de uno de sus ex novios y lo convirtió de nuevo en ovillos de lana.

Tampoco quiero describir la noche que pasamos al borde del Mar Muerto, y cómo atravesé la extensión de sombras entre los troncos deformes de los olivos hasta el campamento de Aliance donde figuras temblorosas asaban papas, hablaban y se reían en el aire perturbado por la fogata, y me mezclé con ellos al abrigo de mi capucha, forzando los ojos en el humo hasta ubicar la llamativa cabellera de Liora apoyada sobre el hombro de Uri; ni cómo llegué a acercarme a ellos cuando del fuego ya solo quedaban las ascuas y los últimos excursionistas habían dejado de cuchichear en sus sacos de dormir. Estábamos en el sitio más bajo del planeta: el aire tenía peso, la mera oscuridad pesaba en su engañoso silencio que nunca es tal en la naturaleza, pero allí la naturaleza se reducía a la tierra seca bajo mis pies y a la terquedad torcida de los olivos. Yo sudaba aunque no hacía calor; el sudor era pura sal en mi boca y ardía en los ojos. El dolor de los celos también ardía; y también tenía peso. Sabía que él no se despertaría: conocía su sueño. Ella podía ser un problema. Dormía de espaldas, el brazo izquierdo doblado bajo la nuca, y tan solo la débil luz de las estrellas destacaba sus largas pestañas, la delicadeza de los párpados cerrados y del fino cuello echado hacia atrás. Sentí el vértigo de las sombras mientras me inclinaba sobre ella con la tijera en la mano. Pero tal es el poder de cierta belleza que mi odio se deshizo en el deseo de su fragilidad, de ser como ella, de ser ella…, en un incomprensible deseo de protegerla. No la odiaba; lo odiaba a él. Deseaba que se muriera. Necesitaba deshacer el hechizo, quitarle el poder que tenía sobre mí, sobre nosotras dos.

Mi suéter era tan grande y holgado sobre el esbelto cuerpo de Liora que no tuve problema en introducir la punta de la tijera debajo de la manga cerca de la costura, empeñada en cortar de un solo tajo (el coraje no me dio para más) el mayor número de hileras posible y dos, tres o cuatro de mis puntos encantados, para destruirlos.

Nadie despertó, nadie me vio, nadie supo lo que hice.

No recuerdo casi nada de la empinada subida del día siguiente camino a Ein Guedi, solo el pánico y los gritos al ocurrir el accidente: un alumno de Aliance cayó al barranco que tenía más de treinta metros en ese preciso lugar.

Su novia pelirroja, en un estado de shock, repetía con los labios blancos que había sido culpa suya, porque él le estaba ayudando a ella cuando resbaló… que le estaba ayudando a  desenganchar el suéter. Todavía lo llevaba amarrado alrededor de la cintura, gris azulado y roto, y arrugadas líneas de lana lo unían a la manga que colgaba, descosida por el tirón sobre los hilos sueltos que el viento había desprendido del tejido y enredado en un cactus entre las rocas, apenas un paso o dos más allá del sendero.

Y eso es lo que queda en mis pesadillas. No es ella  –ya ni siquiera él–  sino el suéter deshecho, y el pequeño árbol endeble que ciertamente no era un olivo, y esa cicatriz fresca que llora un líquido vegetal en el sitio donde había estado la rama de la que se agarró Uri para liberar unos hilos de lana, atrapados entre las espinas.

Noviembre, 2014

 

Por Krina Ber

*Este relato forma parte del libro La hora perdida (editorial Ígneo / 2014).

Tu historia se puede parecer a la mía

Tu historia se puede parecer a la mía

Nací en 1986, en la Maternidad Concepción Palacios de Caracas. Muchos años después supe dos cosas: tal parece que los que nacemos ahí somos “más caraqueños que el Ávila” y que mi mamá me vio veinticuatro horas después del parto.

Me perdí. O mejor dicho, me perdieron.

Aquí viene el paréntesis con la primera anécdota.

(Mi mamá fue a su control prenatal un miércoles 13 de noviembre. Jaime Lusinchi era el presidente de Venezuela y Bárbara Palacios llevaba la cinta de la mujer más linda del país. Una vez que el médico observó lo inevitable, le dijo que debía quedarse porque “tú pares hoy”. Sola, sin poder avisarle a mi abuela –en esa época no había celulares–, me trajo al mundo. Era mediodía. Mi mamá sufrió un exceso de sangrado que obligó a los médicos a operar de inmediato mientras me atendían. Lo lógico es que después de pasar por un parto y sintiéndote como si una aplanadora te hubiera arrollado, quieras ver a la “bendición” que provocó todo eso. Cuando ella preguntó por su bebé las enfermeras se vieron las caras y dijeron: “no sabemos dónde está”. Como nací en pleno cambio de guardia, las enfermeras no encontraron tarjetas azules para rellenar mis datos. Supongo que estaban muy apuradas. Así que tomaron una rosada y escribieron en letras grandes: NIÑO. Tal parece que una de ellas no entendió el mensaje y me puso en el pabellón de las niñas. Ahí estuve hasta que me encontraron. Bendito entre las mujeres.)

Fin del primer paréntesis.

Mi infancia fue normal. No desarrollé súper poderes, no gané ningún concurso de matemáticas y tampoco me dediqué a los deportes. Mis mayores logros fueron aprender a leer y escribir. Lo de leer se produce porque cansada de tener que leerme todas las noches el mismo cuento, mi mamá tomó la resolución de que “o aprendes a leer o no te enteras de lo que pasa en los suplementos”. Con una determinación de hierro, Condorito fue mi arma y sus palabras mi desafío. Luego de tantos cabezazos contra las páginas lo logré: leí.

Lo demás, como dirían en las películas, es historia.

No he parado desde entonces.

¿Nos estamos acercando? ¿Mi historia se parece a la tuya?

Luego, llegó el bachillerato.

Cinco años de estudiar, tratar de conocer chicas, hacer travesuras y vivir. Yo procuraba ser un modelo ejemplar: no me metía en problemas y siempre fui educado. Eso hasta que tomé la resolución de voltear la mesa y no dejarme llevar por cualquier imposición (supongo que todos pasamos por ahí). Entonces me dediqué a contradecir a los profesores, raspar materias que no me gustaban y sacarle unas cuantas canas a mi mamá. Evidencia de esto fueron las veces que me llamaron a coordinación, las notificaciones de mala conducta y alguna que otra pelea con los compañeros que trataban de hacerme bullying.

¡Ah, sí! Porque eso del bullying no es nuevo. Ya lleva sus años rondando por ahí.

Tu historia se puede parecer a la mía

Ahora, viene otro paréntesis con la segunda anécdota.

(En cuarto año de bachillerato, luego del primer lapso, la coordinadora de evaluación llamó a mi mamá al colegio. Le explicó que yo había raspado seis materias y que si no me ponía las pilas perdería el año. A mi pobre madre se le llenaron los ojos de lágrimas y cuando llegamos a casa me dijo que estaba muy decepcionada de mí. En ese momento supe que tenía la capacidad de herir a las personas que amo –todos tenemos esa triste habilidad–, y que no quería que mi mamá sufriera por mi culpa. Desde entonces, y con algunos años encima, he discutido en un par de ocasiones con ella, como dos adultos. Pero siempre con la idea firme de que es una de mis mujeres sagradas.)

Fin del segundo paréntesis.

Logré graduarme y llegó la universidad. Y el primer empleo. ¿Recuerdas cuándo te dije arriba que me esforcé por aprender a leer? Bueno, resultó lógico que buscara trabajo en una librería. Y así lo hice. Fueron dos años donde de ocho de la mañana a dos de la tarde me perdía entre olores de páginas –polvo también–, portadas y lomos. Fue muy interesante conocer un poco sobre cómo se comercializa lo que leemos y qué propósito tiene para nosotros.

Suena muy romántico. Pero quiero que sepas que cuando uno confirma las cosas que ama, siempre habrá pasión y romance de por medio.

En la universidad continúe con mis actos de rebeldía. En realidad nunca he parado. Pero ahora con más cautela y precisión. Tras un fallido intento por estudiar Letras y al sucumbir ante los clásicos comentarios de: “si estudias eso te vas a morir de hambre”, descarté por completo la idea de ser abogado y me metí de lleno al periodismo. Una carrera –y un oficio– que me ha dado los mayores altibajos de mi vida.

Es una profesión que muchas veces puede arroparte con su ego, pero también te lleva a poner los pies sobre la tierra y enseñarte lo delicada que es la vida. Una pasión que va asentándose en tus sentidos hasta que un día despiertas con la necesidad de buscar más allá de lo que todos están hablando.

Un estilo de vida que me permitió cultivar lo que quiero hacer: escribir.

Tercer paréntesis con otra anécdota. Prometo que es la última.

(En mi primer año como reportero para el periódico Últimas Noticias, allá en 2008, aprendí mucho más que en cinco años de carrera universitaria. Mi editora de ese momento me sentó un día a su lado y me explicó cómo tenía que encontrar mi voz dentro de las páginas. Me inculcó que la objetividad es la utopía primordial de todos los periodistas. Inalcanzable, porque como seres humanos somos subjetivos. Y que lo más importante de una persona es su nombre.)

Tu historia se puede parecer a la mía

Listo.

Así, entre cumplidos por el trabajo bien hecho, reproches por las metidas de pata, prevenciones ante los enemigos que uno se gana (con razón o “sin querer queriendo”), puedo decir que el periodismo ha sido mi mejor evangelización.

Para ir llegando al meollo de todas estas palabras, dejé el nido cuando conocí a una mujer que me quiere por lo que soy. Una muchacha que me ha ofrecido lo que otras señoritas no aportaron: intimidad. Esa intimidad de saberte completo y natural ante unos ojos que no te juzgan. Que te abrazan, que te regañan sin preferencias, que te aman, que te cuidan, que quieren lo mejor para ti. Para los dos. Una mujer que juega Nintendo, hace lentejas y resuelve derivadas. Además, he comprendido que la vida es un conjunto de experiencias que te van soltando pequeños destellos de felicidad en una larga carrera de obstáculos. El truco está en hacer que esos focos de luz se alarguen para que el camino nunca quede oscuro.

Por eso, Víctor, aquí estoy en la clínica. Esperando que nazcas para darte la bienvenida a este mundo. Prometo que no te vas a perder como yo y siempre vas a contar conmigo. Como tu hermano mayor. Algún día te daré esta carta, o quizás cuando estés más grande, cuando hayas pasado tu época de rebeldía, de niñez y de enamoramientos, podamos sentarnos a tomarnos unas cervezas y comparar historias.

Ya verás que la tuya será diferente.

 

Por Jefferson Díaz (@Jefferson_Diaz) 

 

Teodoro para principiantes

En 2015 un zuliano fue premiado por decisión unánime como el ganador del Premio Ortega y Gasset a la trayectoria periodística, galardón que entrega el periódico El País de España desde 1984, pero no podía ir a Madrid para recibir el reconocimiento porque tenía una orden de prohibición de salida del país por parte del Tribunal Supremo de Justicia –además de un régimen de presentación semanal–, tras ser acusado por Diosdado Cabello por presuntos delitos contra su honor.

Sin embargo, a través de sus abogados bien podría haber solicitar a la corte un permiso especial… pero no lo hizo.

“No lo voy a hacer. No le voy a pedir permiso a Diosdado Cabello para viajar. Sería como legitimar la conculcación de mi derecho al libre tránsito que se me ha impuesto”, dijo a un medio internacional.

Ese zuliano era Teodoro Petkoff, el tipo que protagonizó el escape de dos prisiones venezolanas al mejor estilo de películas de acción, o hasta de comedia pues en una de esas ocasiones tragó un litro de sangre para fingir una hemorragia dentro de prisión y luego, desde el Hospital Militar, bajó por las ventanas desde el séptimo piso.

Y en junio de 2015 estaba dispuesto a realizar otra hazaña de rebeldía, por lo cual apareció por sorpresa en la ceremonia del Premio Ortega y Gasset a través de un video para dar unas palabras: contra todo pronóstico, hizo acto de presencia en su premiación.

Estas anécdotas dicen mucho de Petkoff, querido por muchos y odiado por otros, pero que a prácticamente nadie dejó indiferente con su trayectoria en la política venezolana.

De madre judía polaca y padre búlgaro, se graduó con honores de economista en la UCV, fue profesor universitario, candidato presidencial en dos ocasiones, ministro de planificación, fundador del Diario Tal Cual y guerrillero del Partido Comunista de Venezuela en los años 60. Sobre esto último, no se le relacionó directamente con hechos violentos, salvo el asalto al Tren del Encanto (Miranda, 1963) que dejó 15 muertos –entre ellos 8 mujeres y 2 niños–, y cuya participación él siempre negó.

También Juan Vené lo acusó de corrupto por presuntamente conducir por las calles de Caracas un BMW de Luis Sojo, que le decomisó el gobierno nacional cuando él era funcionario. El destacado periodista deportivo aseguró que la información se la dio el propio pelotero, quien posteriormente negó todo.

Aunque sin duda lo que marcó un antes y un después en su vida fue su distanciamiento de la unión soviética tras la invasión en la Primavera de Praga en 1968, escribiendo un libro llamado Checoeslovaquia: el socialismo como problema.

“Si el socialismo es liberador, ¿cómo es posible que se imponga a la fuerza?”, se preguntó. Años después se publicó un libro-entrevista sobre él llamado Sólo los estúpidos no cambian de opinión.

De allí que, pesar de seguir siendo de izquierdas, se separara del partido MAS para adversar al presidente Hugo Chávez desde su llegada al poder, a quien le dedicó decenas de editoriales donde criticaba sus decisiones políticas y económicas.

Esta posición frente a Chávez lo llevó incluso a postularse como pre-candidato presidencial en el año 2006, aunque no logró su objetivo: el representante de la oposición fue Manuel Rosales, ex gobernador del Zulia.

En abril de ese año, Petkoff pronunció un discurso sobre su deseo de ser candidato. “Un saludo cordial. Soy Teodoro Petkoff y les pido apenas un minuto. He decidido presentar mi candidatura a la presidencia. Esto no puede seguir así. No puede seguir la angustia, la división y el miedo. No se puede vivir en conflicto permanente. No se puede progresar y echar pa’lante si se discrimina a una parte del pueblo con el odio de las listas Tascón y Maisanta. ¿Con qué derecho se puede negar el trabajo y el pan por razones políticas? A pesar del dineral que gasta el Gobierno, la gente no sale de abajo, no se crean empleos y hoy nadie está seguro, ni en la calle ni en su hogar”, expresó.

“Convoco a construir un país donde podamos convivir todos, con paz, seguridad y trabajo. Donde nuestras diferencias sean resueltas sin violencia. Exijo elecciones limpias, para darnos un gobierno honrado y capaz, que nos represente a todos, incluso a sus opositores. Los convoco a construir una Venezuela sin miedo. Muchas gracias”, añadió.

El pasado 31 de octubre de 2018 murió Teodoro Petkoff, pero su nombre seguirá vivo en el debate político durante las próximas generaciones.

 

Por Braulio Polanco@BraulioJesus_

¿Cómo llegamos a esta crisis? Parte III

“Si se pensara en la economía venezolana en términos deportivos habría que referirse a una pelea de boxeo en la que no existe árbitro y las reglas han sido abolidas de facto”, dice Víctor Salmerón –periodista especializado en economía–, quien en el 2015 publicó el libro La economía del caos, con el sello Punto Cero. En el primer capítulo, desmenuza los problemas que padece la economía venezolana. Hoy día, en el 2018, ese texto ayuda a comprender cómo Venezuela llegó a la peor crisis de su historia, con personas en pobreza extrema absolutamente desatendidas por los entes oficiales, con personas de la clase media usando las tarjetas de crédito para pagar gastos diarios y con una marcada fuga de talento. En Revista Ojo, dividimos el capítulo en cuatro entregas que forman parte de una serie que hemos denominado ¿Cómo llegamos a esta crisis?

Para leer la entrega anterior, haz click aquí.

 

Los nuevos pobres

Gracias al extenso período de altos precios del petróleo la cantidad de hogares sumergidos en la pobreza disminuyó porque el Gobierno aumentó la nómina en el sector público, abrió las compuertas del gasto, instrumentó subsidios y hubo importaciones baratas que estimularon el consumo junto a los incrementos de salario. Sin embargo, tras dos años durante los cuales el oro negro detuvo el vuelo y la inflación comenzó a erosionar el ingreso, tanto las estadísticas oficiales como el reciente estudio elaborado por tres prestigiosas universidades del país reflejan que los logros se evaporan velozmente[1].

El proyecto Análisis de condiciones de vida de la población venezolana 2014, realizado por la Universidad Católica Andrés Bello, la Universidad Central de Venezuela y la Universidad Simón Bolívar, incluyó un estudio que empleó la misma metodología que aplicó la antigua Oficina Central de Estadística e Informática (OCEI), hoy Instituto Nacional de Estadística (INE), cuando en 1998 elaboró la última encuesta social realizada por el Estado.

El estudio concluye que la proporción de hogares en pobreza, de acuerdo al ingreso que reciben, es mayor que la que existía un año antes de que Hugo Chávez tomara el poder: en 1998 la encuesta social arrojó que 45 % de los hogares del país eran pobres y el estudio llevado a cabo por la academia determina que al cierre de 2014 la cifra se ubica en 48,4 %.

Para medir la cantidad de hogares en penuria, de acuerdo al ingreso, el Instituto Nacional de Estadística y el estudio llevado a cabo por las universidades contempla que las familias que no obtienen suficiente dinero a través del salario, bonos, becas, pensiones, para comprar cada mes una canasta de alimentos básicos que permita a cada integrante ingerir al menos 2.200 calorías diarias, son catalogadas como pobres extremos. Luego, las familias a las que su ingreso no les permite costear una canasta que añade a los alimentos básicos servicios esenciales como luz eléctrica y transporte son pobres.

El retroceso en materia de pobreza va de la mano del acelerado incremento de los precios y la merma en la capacidad de compra del ingreso.

Las últimas cifras publicadas por el Instituto Nacional de Estadística corresponden a 2013 y coinciden con el estudio de las universidades, en el sentido de que la cantidad de pobres está en franco crecimiento. Al comparar 2013 con 2012, un total de 1,7 millones de venezolanos ingresaron a las filas de la pobreza que, al cierre de ese año, contaban con 9,1 millones de personas, de las cuales 2,7 millones están en pobreza extrema. En términos porcentuales se trató de un aumento desde 25,4 % hasta 32,1 % de la población.

La política social no contempla planes focalizados para ayudar directamente a las familias que no pueden cubrir la canasta básica de alimentos. En teoría, los precios controlados y el subsidio que hace el Gobierno al vender alimentos a bajo costo a través de su red de supermercados y abastos conocidos como Pdval, Bicentenario y Mercal deberían evitar el salto de la pobreza, pero los resultados no son los esperados porque esta ayuda no está llegando a quienes más la necesitan.

El estudio de las universidades indica que los planes sociales que el Gobierno engloba bajo el nombre de misiones, al no ser focalizados, tienen baja efectividad: solo 20 de cada 100 personas en pobreza extrema se benefician de las ayudas.

Mientras la pobreza crece se mantiene un gigantesco subsidio al precio de la gasolina que principalmente beneficia a las clases altas y medias que poseen automóviles. Carlos Castillo, un ingeniero que llena el tanque de su Volkswagen Fox por tan solo 6 bolívares (0,9 dólares al tipo de cambio de 6,30 bolívares por dólar), me indica que «prácticamente es un regalo y puede ser injusto, el pasaje en una camioneta de transporte público cuesta el triple, pero en medio de tantas dificultades al menos puedo beneficiarme de algo».

La clase media experimenta un desmejoramiento acelerado. Mientras la inflación se desplaza a gran velocidad el salario de los profesionales avanza muy lentamente en unas empresas que producen menos. Para tratar de mantener el estatus los jefes de familia se aferran al salvavidas de la tarjeta de crédito que ahora es utilizada con regularidad para comprar medicinas, alimentos, pagar la mensualidad del colegio privado de los hijos o los útiles escolares[2].

Gracias a que las regulaciones indican que los bancos no pueden cobrar una tasa de interés superior a 29 % mientras que la inflación supera 100 %, la morosidad se mantiene baja porque el deudor le paga al banco con un dinero que vale menos que cuando recibió el préstamo. Pero el peligro de una burbuja está presente.

Boxeo salvaje

Si se pensara en la economía venezolana en términos deportivos habría que referirse a una pelea de boxeo en la que no existe árbitro y las reglas han sido abolidas de facto. Los precios aumentan a una velocidad vertiginosa, cobros de vacuna, escasez, devaluación, comisiones groseras. El entorno es sumamente hostil en las grandes empresas y también en el terreno de las pequeñas inversiones. Hay víctimas.

Jennifer Rodríguez y Carlos Meleán, una pareja de diseñadores gráficos que decidió apostarle a un negocio propio en Caracas, cuentan cómo la ilusión dio paso al viacrucis. En primer término pensaron en un establecimiento donde las personas pudieran degustar un buen café, conversar y disfrutar un excelente postre, pero luego encontraron un sitio en Los Dos Caminos, una zona de clase media, y decidieron acondicionarlo para ser una franquicia de Pastelhaus, reconocida por sus pasteles, pizzas y tortas.

Rápidamente surgieron los problemas. «El local estaba en obra gris, teníamos que terminar de construirlo. Así descubrimos que existe un sindicato que te cobra vacuna para dejar trabajar a los obreros. Nuestro local estaba en la planta baja de un edificio que en el resto de los pisos tiene apartamentos. Las tuberías de desagüe deben tener un grosor específico que no fue el que utilizó la inmobiliaria, probablemente para ahorrar costos. Entonces, cuando hacían remodelaciones en los apartamentos las aguas negras nos inundaban», dice Jennifer Rodríguez.

«No escatimamos en gastos. Compramos la mejor vajilla, un filtro gigantesco para depurar toda el agua del local, la cafetera de la mejor marca, igual con las neveras, mesas, uniformes para los trabajadores, era nuestro sueño. El día de la inauguración apareció la presidenta de la junta comunal a reclamarme delante de los clientes que cómo abría sin su permiso. Era otra vacuna. También nos ocurrió algo similar con un inspector del Ministerio de Sanidad. Necesitas no sé cuántos permisos, es una carpeta de lo más voluminosa», agrega.

«Las leyes en materia laboral también son un problema. Aunque teníamos cámaras y descubríamos a trabajadores que nos robaban no podíamos despedirlos. El personal falta y tampoco lo puedes despedir. Cuando iba al Ministerio del Trabajo me señalaban como el explotador, para nada tomaban en cuenta que estaba haciendo una inversión, creando empleo con todos los beneficios que contempla la ley. Nunca obramos mal, pero uno aquí está desamparado», dice Jennifer Rodríguez.

Carlos Meleán, su esposo, explica que por inconvenientes con Pastelhaus rompieron la relación comercial y siguieron adelante bajo el nombre de Spezia Café, enfocándose en almuerzos, ensaladas. El cambio permitió detectar que los encargados de los inventarios compraban insumos en cantidades exorbitantes para recibir comisiones de los proveedores.

«Seguimos trabajando pero comenzó un calvario para encontrar harina de trigo, carne, queso cheddar, salsas; eran muchos los ingredientes que no conseguíamos por la escasez y no podíamos ofrecer un producto de calidad como queríamos. A esto se sumó la inflación. El salmón, por ejemplo, que era el ingrediente fundamental de una ensalada que vendíamos mucho, se disparó a un precio en el que era imposible trasladarlo a nuestros clientes; lo mismo con el queso parmesano importado para las pastas», dice Carlos Meleán.

«Paramos por una semana que nos tomamos para despejarnos. Era diciembre de 2013, había pasado un año. Cuando regresamos en enero de 2014 una de las neveras se había dañado. Nadie nos quería vender los repuestos porque como había un alza del dólar en el mercado paralelo no había quien se comprometiera sin saber el costo de reposición. Los técnicos que revisaban la nevera nos pintaban un panorama terrible, hablaban de motores inservibles. Luego descubrimos que solo querían mucho más dinero del necesario. En medio de la crisis todo el mundo estaba afilado», recuerda Carlos Meleán.

«Liquidamos al personal. Entonces vinieron las protestas en febrero de 2014, las guarimbas[3]. Por el cierre de calles era muy complicado llegar al local y llevar a mi hijo al colegio. Hablamos con una corredora de bienes raíces y pusimos el establecimiento en venta, con equipos incluidos. Nadie se interesaba. Nadie venía. Cuando las cosas se calmaron aparecían posibles compradores pero trataban de aprovecharse ofreciendo muy poco, la economía estaba muy deteriorada. Por fin, después de varios meses apareció un emprendedor, que ya tiene dos restaurantes, e hizo negocio con nosotros. La verdad es que no recuperamos ni la veinteava parte del dinero que invertimos. Al menos estamos más tranquilos», dice Carlos Meleán.

La idea de que en Venezuela cada día es más difícil el desarrollo personal, la conflictividad política, la inseguridad y la percepción de que el país camina hacia una crisis más profunda ha hecho que el tema de irse o quedarse esté presente en la mayoría de las conversaciones de quienes tienen alguna posibilidad de marcharse. Por primera vez los sociólogos hablan de «fuga de talento» y profesores universitarios explican que cuando solicitan a sus alumnos que levanten la mano quiénes desean irse, todo el salón lo hace. Aparte de las colas a las puertas de los supermercados también se hacen filas en los consulados donde emiten las visas o en el Ministerio de Relaciones Exteriores para apostillar documentos.

Un estudio elaborado por Datanálisis en agosto de 2015 registra que cuando se les pregunta a los venezolanos si tienen intenciones de emigrar y vivir en otro país, de tener posibilidades, 30 de cada 100 responden afirmativamente y en el caso de los jóvenes entre 18 y 23 años la proporción es cuatro de cada diez.

Valentina Palma y Eloy Salgado forman una pareja de excelentes músicos que desde el primero de agosto de 2015 vive en Estados Unidos, en Houston, junto a Matías, su hijo de cuatro años. Durante más de una década se desempeñaron como clarinetistas de la Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas y forman parte de los venezolanos que en los últimos meses emigraron.

«Lo primero que nos llevó a decidirnos es que se nos facilitaron las cosas en el sentido de que obtuvimos todos los documentos necesarios para trabajar legalmente en Estados Unidos», dice Valentina Palma, quien a sus 35 años es descrita por la prestigiosa firma Vandoren como una de las «clarinetistas líderes de su generación».

Ante la interrogante de qué la motivó a emigrar explica que «en primer lugar la inseguridad, esa situación de incertidumbre, de ruleta, que no sabías el día en que te podía tocar y según las estadísticas cada día era más probable que te tocara, era una angustia con la que ya no podía vivir. Más teniendo un niño de solo cuatro años. Luego están cosas como la alimentación de Matías, cada vez era más difícil conseguir productos de calidad para que su desarrollo sea óptimo, leche, proteínas; la escasez».

Añade al relato el tema de la inflación. «Mi sueldo era uno de los más atractivos en el ámbito donde me desenvolvía, trabajaba para la Sinfónica Municipal de Caracas, el Sistema de Orquestas Juveniles, la Fundación Mozarteum, pero lo que ganaba por todo lo que trabajaba no me permitía comprar lo que quería porque los precios cada vez eran más altos. El costo del colegio privado para Matías también aumentaba».

 

Por Víctor Salmerón | @vsalmeron 

 

Tapa blanda: 270 páginas

Editor: Ediciones Puntocero (20 de agosto de 2016)

Idioma: Español

ISBN-10: 9789807312363

ISBN-13: 978-9807312363

ASIN: 9807312361


[1]    Las cifras oficiales del Instituto Nacional de Estadística (INE) registran que en el primer periodo de gobierno de Hugo Chávez, entre 1998-2003, el porcentaje de personas pobres aumentó desde 50,4 % hasta 62,1 %. Entre 2004-2008, cuando ocurre el boom petrolero, la pobreza bajó hasta 32,6 %. En ausencia de un incremento constante en el precio del barril, la mejora se detuvo y al cierre de 2013 (último dato del INE) es de 32,1 %. En 2012 y gracias a un incremento muy grande del gasto público durante la campaña electoral, la pobreza descendió hasta 25,4 %.

[2]    En 2014, después de descontar el efecto de la inflación, los préstamos a través de las tarjetas de crédito crecieron 45 % de acuerdo con cifras de Datanálisis. Cifras de la Superintendencia de Bancos indican que al contrastar el segundo semestre de 2014 con el mismo lapso de 2013, el número de consumos cancelados con tarjetas de crédito en supermercados y abastos crece 41,6 %, en clínicas y farmacias 43 %, mientras que la cantidad de operaciones por avances de efectivo se dispara 252 %.

[3]    Bajo este nombre se conoce a una serie de protestas que llevaron adelante estudiantes y miembros de la oposición. En Caracas se tradujo en el cierre de calles en distintas urbanizaciones.

 

Josef Martínez: conquistar EEUU sin bates ni guantes

Si no se le daban las cosas con el balón, hubiese sido beisbolista. Eso dijo una vez. Aunque por su baja estatura es difícil imaginarlo corriendo entre bases, la verdad es que driblando le iba demasiado bien como para que se planteara vivir de otro deporte. Para alguien como Josef Martínez, que nació y creció en un barrio de Valencia, ya imaginar el futuro era una forma de rebeldía: como dice el escritor Hensli Rahn en uno de sus cuentos, lo más chimbo de la pobreza no es la falta de dinero sino de destino.

Esa sensación de naufragio con la que se crece en las barriadas populares venezolanas se ha extendido a muchos jóvenes, con el aumento de la crisis y la destrucción perpetrada por el chavismo. Ya no es una cuestión de clases sociales, sino de nacionalidad: los más dramáticos dicen que se le robó el futuro a una generación.

Son cientos de miles –ya no solo jóvenes sino de todas las edades– los que han decidido migrar en busca de muchas cosas que no encuentran o que creen que no podrán encontrar en su país. El éxodo, como era de esperar, devino problema para el resto de la región. Miles de venezolanos, con la fe como único activo, están entrando a países como Ecuador, Perú, Colombia, Brasil, Chile, Argentina: ninguno de los cuales especialmente organizado ni rico.

Como en casi todas las grandes situaciones de desplazamiento, la población migrante es susceptible a ser blanco de xenofobia. Los miles de venezolanos que están al borde de la indigencia en el extranjero, así como lo inevitable que resulta que más de un hampón también cruce las fronteras, han servido de excusa para quienes quieren despreciar a nuestro gentilicio. Los medios de comunicación existen en la práctica para crear matrices de opinión, por eso no faltan los que prefieren darle la portada de un periódico a una banda de delincuentes migrantes antes que a un solvente profesor que esté trabajando y pagando impuestos en el país en el que logró establecerse de forma legal.

Por eso es tan importante el reconocimiento que consiguen ciertas figuras públicas en el extranjero.

Si –como escribió Mario Vargas Llosa– el mundo actual vive en La civilización del espectáculo, una era en el que muchos chamos prefieren tatuarse como futbolistas antes que macerar las ideas en la soledad de las bibliotecas, los héroes del balón ocupan un rol central en la cultura popular que también puede capitalizarse de forma positiva. Que Josef Martínez se convierta en el goleador histórico de una temporada en la MLS, al mismo tiempo que se le niega la visa a centenas de compatriotas suyos, es una muestra de que los venezolanos son algo más que los nuevos pedigüeños del continente.

La esperada consolidación

Con 31 goles anotados en la temporada 2018/19 de la MLS y la respectiva Bota de oro, Josef Martínez ha inscrito su nombre en el fútbol estadounidense con letras del mismo color que usa para teñirse el cabello. Su fútbol ha crecido al ritmo de sus cambios de look.

Lo más lejos que había llegado jugador alguno en la tabla de goleadores de una temporada era a 27 tantos. Josef dejó esa marca atrás del mismo modo en que atraviesa defensas. Además, al jugar en el Atlanta United –un club con solo cuatro años de vida– se ha visto en la poco habitual posición de, en vez de perseguir el listón de otros, dejar él el suyo tan alto como pueda.

Se ha erigido como una de las figuras de una competición cuyo nivel va en ascenso, mientras destaca en un equipo que, según opinan varios analistas, bien podría competir en cualquiera de las cinco principales ligas de Europa. El conjunto dirigido por el Tata Martino –y cuyo preparador físico es Rodolfo Paladini, quien ejerciera en el Caracas con el que debutó Josef en Primera– es uno de los más potentes de las últimas dos campañas y da de que hablar no solo por sus resultados, sino por un juego asociativo que no era tan común en la MLS de hace diez o quince años: esa en la que, por ejemplo, Jorge el Zurdo Rojas hacía un recorte y lograba que medio equipo rival tambaleara.

Ahora la MLS es un torneo en el que figuras como Zlatan Ibrahimović o David Villa no marcan diferencia solo con sus nombres.

En este contexto, Josef Martínez está atravesando la mejor época de su carrera. No en balde, a sus 25 años, camina hacia la edad de oro de los futbolistas, esa en la que suelen alcanzar el tope de su rendimiento.

Por la precocidad que lo ha caracterizado, solía dar la sensación de que era un veterano que nunca terminó de explotar. Fue el goleador de la Segunda División de Venezuela con el Caracas B siendo aún menor de edad. En Primera se convirtió en uno de los delanteros más desequilibrantes del torneo sin siquiera tener 20 años. Y dio el salto a Suiza quizá demasiado pronto, con incluso unos 30 partidos menos que Alexander González, el otro venezolano del Caracas que fichó junto a él por el Young Boys, aunque con un año más de edad y el doble de experiencia en Primera.

Desde ahí, el entorno exageró sus expectativas hacia un chamo que se preparaba para el éxito. Al psicólogo Manuel Llorens le gusta recordar que, cuando trabajaba en el Caracas, solo había dos jugadores de toda la estructura profesional que asistían a las clases de inglés que ofrecía la institución: Josef y Alexander.

Luego de cuatro temporadas irregulares en Suiza pero en las que supo demostrar su talento, el ariete fue presentando por el Torino de Italia y respondió a los periodistas en italiano.

Venezuela es un país en el que la juventud tiene un valor que en ocasiones se exagera. Es a los chamos (a los estudiantes, si se quiere) a quienes se les endilga la responsabilidad de realizar protestas contra el autoritarismo. La sociedad asume esto con normalidad. En el 2007, en medio de un país sumido por los excesos de Hugo Chávez, una generación de universitarios se organizó –como no pudieron hacerlo los políticos consagrados– para manifestar su rechazo al referéndum constitucional. De ese movimiento salieron rostros que empezarían a ocupar cargos de elección popular y que liderarían las históricas protestas del 2017.

Es una dicotomía interesante. En una sociedad matricentrista en el que la adultez (con todo lo que significa) llega relativamente tarde, dado que los  chamos viven “protegidos” en el hogar materno, es precisamente a los jóvenes a quienes se les pide que vayan al frente en los momentos de conflicto.

El deporte es producto de esa realidad. Ante la falta de recursos humanos que estén a la altura de las competiciones internacionales, un fútbol en el que –debido a que todavía no termina de madurar– cada generación es más talentosa que la anterior, se ha hecho normal acelerar el proceso formativo y colocar a las promesas en escenarios exigentes demasiado pronto.

En el 2012, César Farías y la Vinotinto necesitaban una inyección de energía que les mostrara que el Mundial aún era una posibilidad. Tocó jugar en Asunción. La decisión del DT nos pareció lógica a muchos: le dio espacio a los “niños”. Josef fue una de las figuras del partido. Tenía solo 19 años.

A partir de ahí se construyó la idea de que debía ser un referente de la selección y uno de los referentes de nuestro fútbol en Europa. Poco se pensó en si ya estaba tan desarrollado como para hacer frente a esas exigencias. En el Torino tuvo sus altibajos. En la Vinotinto, también; pero logró consolidarse como un fijo en las convocatorias de Farías, Chita y –por último– Dudamel.

A los delanteros venezolanos siempre les ha costado afianzarse en la selección. Salomón Rondón apareció con un talento inédito para ser la excepción que confirma la regla: junto a él han desfilado numerosos arietes que han sido convocados más para aprovechar sus rachas puntuales que sus capacidades absolutas. Pero Josef Martínez siempre se mantuvo ahí: a la espera de ser titular, de tener unos minutos, de destacar o de macerarse en la sombra. Ahí.

En el 2017, salió del Torino rumbo a la MLS. Daba la sensación de que su carrera se había estancado, de que él había perdido el rumbo. Lo mentaron como una promesa que no terminó de consolidarse y se miró de reojo a los chamos de la selección sub 20, como posibles candidatos a suplirlo en la Vinotinto. Se obviaba que recién tenía 24 años, la edad en la que en las selecciones de verdad competitivas muchos empiezan si quiera a ver minutos con frecuencia.

Él ya tenía alrededor de 30 partidos y dos Eliminatorias disputadas.

Fracaso es una palabra que, dicen algunos, en realidad es un espejismo. Quizá, el fracaso no es más que objetivos mal planificados. Si con 15 años te planteas ser millonario, casarte, comprar cuatro casas, dos carros y convertirte en un magnate de las bienes raíces y no logras nada de lo anterior, el verdadero fallo es de planificación: hay que poner los pies sobre la tierra y pautar objetivos acordes a los recursos.

Pronto quedó claro que la etapa más competitiva de la historia de la MLS le sentaba bien a Josef. Empezó a tener una regularidad de la que no había gozado nunca: nadie dudaba de que debía ser el titular. Todo estaba dado para que, luego de tantas exigencias desmedidas, la madurez llegase en el momento en que debía llegar. Ahora es una de las figuras de una de las ligas de más nivel de América. Y le sugiere a los norteamericanos que en Venezuela los únicos exitosos no son los beisbolistas.

Recuperar el futuro

Orianna daba clases de español por Internet. Sus alumnos estaban en diferentes partes del mundo, pero principalmente en Estados Unidos. Uno de ellos vivía en Georgia y, cuando hubo ganado confianza, no reprimió las ganas de preguntarle a su profesora por Josef Martínez.

Orianna vivía en San Antonio de los Altos y es más venezolana que la arepa. Pero nunca se ha interesado por los deportes. Así y todo, una pizca de orgullo patrio bailó en su corazón cuando se enteró de que un futbolista venezolano que militaba en la MLS era el máximo ídolo de su alumno.

La vida tiene formas impensadas de ponernos frente a realidades que ignorábamos.

La referencia que tiene este norteamericano de pura cepa de los venezolanos es un futbolista que considera genial y una profesora con la que hizo buenas migas. Esas experiencias le llegaron antes que las decenas de mensajes negativos y campañas contra los desplazados del mismo país.

La imagen de Josef Martínez, un chamo de un sector popular, que no juega béisbol ni es actor de telenovela, amplia el espectro de posibilidades positivas que se asocian a su gentilicio en el extranjero. Y genera, asimismo, un efecto positivo en los chicos que crean que ya no tienen ninguna posibilidad de éxito en el mundo gracias a la devastación de la dictadura: los aires derrotistas que circulan por las generaciones nacidas después del 85 deben contrastarse con el soplo de esperanza que significan los logros de jóvenes como Josef.

La sensación de ansiedad de cara a que la vida es algo que debe ocurrir pronto, rápido, con frutos en metálico que lluevan antes de los 30 años, corresponde a una carrera de sufrimiento que prioriza lo cuantitativo antes que lo cualitativo y que, salvo contadas excepciones, desembocará en fracaso. Las experiencias deben madurarse hasta ser incorporadas al individuo para que este pueda transformarlas en recursos que lo acerquen a triunfos personales. Josef no podía ser una figura internacional a los 20 años, del mismo modo en que la mayoría de los jóvenes de similar edad no puede aspirar a resolver todas las necesidades materiales de su familia.

El trabajo, la preparación, la constancia y la convicción, son los motores de los que se apalanca el talento para pasar de las sensaciones de deriva a las de gloria. Y todo ese proceso debe asumirse con paciencia y disfrute.

Josef está en la cima de la MLS. Y ya abundan las voces desesperadas de hinchas que –desde la comodidad que da opinar sobre la vida de otros– preguntan cuándo regresará a Europa, “ahora que recuperó el camino”. No se dan cuenta de que nunca lo perdió: esa aspereza cotidiana forjaba su carácter como futbolista del mismo modo en que el fuego castiga al metal para convertirlo en joya. Más que estar extraviado, caminaba un sendero lógico que devino reconocimiento y estabilidad. Su carrera es un mensaje para sus compatriotas.

Muchos preguntan, repito, cuándo regresará al Viejo Continente. Y yo pienso que lo importante es que siga disfrutando, con paciencia de artesano, de algo difícil de encontrar: la prosperidad.

Foto: AVN

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel 

#DomingosDeFicción: La sentencia emitida por Diani Álvarez

Diani Álvarez me dijo «No olvidarás jamás este pueblo, volverás aquí».

Yo no le creí, mi adolescencia no me permitió entenderlo: hay un poder profético en la sentencia pronunciada por una mujer.

Lo entendí once años después, cuando Carolina, con sus ojos de fuego y el odio encendido en sus labios, me dijo «Morirás solo, sin nadie, insatisfecho». Disimulé no escuchar su sentencia, pero temblé, tragué grueso. No se me ocurrió nada para decir y propinarle el mismo daño recibido tras sus palabras.

Recordé a Diani Álvarez en ese instante; no sus palabras, no sus labios hermosos e inocentes diciéndome «Si bebes agua del Cardón, no olvidarás jamás este pueblo, volverás aquí». Recordé su mirada bonita apuntándome, mientras cenábamos en la sala de su casa con sus dos hermanas y su madre;  la recordé, todavía no sé por qué, diciendo «Es mentira, no engordas si bebes mucha agua mientras comes».

La recordé con su obsesión de engordar, haciendo todo cuanto escuchó, sin lograrlo. Me pregunté si acaso seguía siendo aquella flaca lindísima, aquella diosa bailando en el escenario de la Plaza de las Banderas del pueblo, uno de los 13 de junio de mi adolescencia.

Me pregunté si ella volvería de vez en cuando al pueblo, a nuestro pueblo. Yo no, desde mi partida decidí no regresar, no hay nada para mí aquí; aunque en ese instante, mientras Carolina decía «Morirás solo, sin nadie, insatisfecho», y yo recordaba a Diani, sentí el impulso de volver para verla danzando. El deseo se apagó de inmediato, el recuerdo de Diani se desvaneció y las palabras de Carolina permanecieron allí, sonando, como un eco legendario y eterno.

Me enteraría dos años después. También lo descubriría: la tuve cerca la noche cuando Carolina volcó su desprecio contra mí. Desde mi descubrimiento sufriría un dilema mortal: originar o no un encuentro con ella. Pero no dos años antes, porque ese tiempo lo pasaría intentando superar el desprecio de Carolina.

Muchas veces pasé frente a ese local, en el Centro Cívico de la ciudad. Nunca me detuve a mirar hacia adentro. Solo caminé la calle Bolívar cuando fue estrictamente necesario. Siempre le tuve alergia al trayecto desde el Salón de Belleza Arte Moderno, una cuadra después de la Catedral del Centro, hasta el edificio de la fábrica de Cristales Oftálmicos de Occidente, donde trabajé desde mi partida de este pueblo hasta el año cuando Carolina me echó de su lado.

Nunca lo imaginé: a dos locales después de Arte Moderno estaba ella: Diani Álvarez.

La sentencia pronunciada por una mujer

La pregunta con la cual intenté silenciar el efecto atormentador de la sentencia de Carolina fue respondida cuando por primera vez miré hacia ese local, desde el otro lado de la calle, y la vi. Ella seguía siendo aquella flaca lindísima.

La vi danzando. Todavía me pregunto si fueron mis recuerdos o alguna transfiguración de dimensiones bíblicas. Tres maniquíes vestidos con ropa elegante para damas, me dificultaron la vista. Mientras Shakira gritaba desde los altavoces de una zapatería «Ahí te dejo Madrid», yo veía a Diani moviendo sus caderas como lo hizo todos los 13 de junio dándole a la feria de San Antonio un verdadero toque glorioso.

Fue en ese momento cuando la voz de Carolina dejó de atormentarme. El eco se apagó. Me avergoncé por el miedo a comenzar de nuevo, también por esquivar,  tantas veces, las miradas de mujeres interesadas en mí.

Sentí pena por el hombre en el cual me convertí, por negarme a vivir, como si Carolina fuese lo único digno de mi determinación de vivir; también estaba Diani Álvarez, la chica de mi adolescencia. Con quien me escapé de clases tres o cuatro veces para besarnos detrás del mural donde el Padre Rufino fue retratado, desde donde mira eternamente hacia la Plaza del pueblo. Su retrato jamás nos cohibió.  El padre Rufino Pérez Valles fue el fundador del liceo, el reconciliador de los pueblos de la zona rural, el ungido enviado por Dios para redimir los pecados del pueblo; pero nosotros éramos los dueños del momento.

Shakira continuó cantando, ella dejaba Madrid porque ya no quería cobardes con rutinas de piel y con ganas de huir. Ella hablaba de quien fui antes de volver a encontrar a Diani.

A Carolina la conocí en la ciudad, tres semanas después de instalarme allí.

Abandoné el pueblo tal vez por la misma razón por la cual abandoné la universidad y he abandonado todos mis proyectos: «Eres inconstante, no sabes qué quieres en la vida», dijo Carolina aquella noche.

Mi madre diría, lo dijo una vez, «Eres un genio, por eso se te dificulta poner la atención en una sola cosa».

Mi madre, una señora con pañuelos en la cabeza, con vestidos coloridos y sonrisa eterna. Murió sonriendo, anciana, llena de días bonitos y días amargos. Mi madre, una señora fuerte. De manos benditas. Murió y yo a su lado; murió en el ambulatorio del pueblo. Su sonrisa eterna la acompañó en la muerte. Mi madre, ¿para qué iba a seguir yo en este pueblo? Además, Diani se había ido de aquí un año antes.

Le huí a la soledad, de la misma forma como mi madre le huyó al abandono. Así como la madre de mi madre le huyó a las formalidades impuestas.

A mi abuela la quisieron casar con un señor de casi cincuenta años, cuando ella tenía casi diecinueve. Decidió fugarse de su casa, huir lejos de su pueblo.

A mi madre la abandonó mi padre. Se fue con otra, nos dejó.  Recuerdo a mi madre gritándole «¡Te olvidas de tu hijo! ¡No lo verás nunca más!». Su palabra se cumplió, mi padre no me vio más después de aquella noche; seguramente, cumpliendo la sentencia emitida por mi madre, también me olvidó.

Ella decidió por mí, vendió la casa, le dio la espalda a la ciudad donde murió mi abuela y vinimos a dar aquí, donde yo conocería a Diani, donde yo vería morir a mi madre; de donde huiría para encontrar a Carolina, allá en la ciudad.

La sentencia pronunciada por una mujer

Con Carolina viví años buenos. Tiene el mismo carácter de mi madre. Fue aquella tarde cuando me di cuenta del poder de las palabras pronunciadas por una mujer. Ella dijo «Morirás solo, sin nadie, insatisfecho», como dijo mi madre «¡Te olvidas de tu hijo! ¡No lo verás nunca más!». Pensé en Diani. Sin embargo, en lo más profundo de mí, las palabras de mi madre hacían eco, no solo su sentencia a mi padre, ella también había dicho «Un día, hijo, estarás solo, no estaré para ti, debes ser fuerte», y sucedió, allí estaba yo, a tan solo minutos de quedarme solo; allí estaba yo, necesitando ser fuerte.

Diez años tardaron en cumplirse las palabras de mi madre, y me fue revelado el gran secreto: hay poder profético en la sentencia pronunciada por una mujer, y ni siquiera la sonrisa bonita de Diani Álvarez diciéndome «Es mentira, no engordas si bebes mucha agua mientas comes», pudo distraerme del miedo, porque yo no quería morir solo, sin nadie, insatisfecho.

Los años con Carolina, antes de su sentencia, fueron buenos. Intenté aferrarme a ellos las primeras semanas después del fin de nuestra relación. Ella se arrepentiría de sus palabras, se daría cuenta de su error. Me extrañaría, como yo a ella y su amor por el orden; me extrañaría, como yo a ella y su amor por las rutinas, eso pensé.

Llegaron los meses de constantes lamentos, cayó sobre mí la culpa, la frustración. Mi inseguridad se acentuó, terminé de abrazar la soledad, me refugié en proyectos destinados al abandono. Carolina nunca dejó de sonar en mi mente, pero aprendí a vivir con su voz airada, con su mirada de furia. Protegí su fantasma, ninguna mujer me quitaría el recuerdo, ninguna mujer amenazaría lo construido por ella y por mí, lo destruido por los dos. Durante dos años me mantuve fiel al recuerdo de Carolina. Ninguna mujer fue capaz de amenazar su recuerdo; ninguna mujer, excepto Diani Álvarez y sus caderas danzando al ritmo de Shakira.

No entré al local esa tarde.

No quería interrumpir el baile, aunque todavía no sé si realmente ocurrió. Diani Álvarez no cambió nada, era la misma adolescente. El paso de dos o tres vehículos hizo el efecto visual de una película avanzando a cortes violentos. Diani bailaba en el centro del local, de repente lo hacía junto al mostrador; luego desapareció, justo cuando Shakira apagaba su voz como si agonizase después de un orgasmo. Al rato se asomó de nuevo, apareciendo desde atrás de una puerta.

Me pareció verla mirándome, yo estaba del otro lado de la calle. Levanté mi mano en señal de un saludo, no fui correspondido. Quizás solo miraba hacia el vacío, mientras pensaba quién sabe en qué. Yo sí pensaba en ella. Por un instante pensé en cómo me veía saludando desde lejos a nadie, tal vez como un tonto. No quise mirar a los lados, no quise descubrir si alguien me veía como un tipo ridículo agitando la mano en señal de un hola no respondido. Como alguien no visto, ignorado, irreconocible ante los ojos de una Diani cuya adolescencia jamás se fue. La mía sí. Se fue con ella aquella tarde de julio.

La sentencia pronunciada por una mujer

Diani me esperó detrás del mural del Padre Rufino. Como todas las tardes, el Padre tenía sus lentes puestos y su sotana negra, o más bien pálida; se la pintarían unos meses después, y yo lloraría frente a él y su sotana recién pintada. «Todo ha sido lindo, Miguel», me dijo Diani. Con el pasar de los años, me avergonzaría del adjetivo con el cual ella definió nuestra relación, y querría olvidarla. No por resentimiento, simplemente por vergüenza. Pero no podría, porque  Diani Alvarez es inolvidable. No podría olvidar su sonrisa bonita y pícara, su mirada inocente, como si cargase el origen dentro de su alma; no podría olvidar su voz, cuyo sonido despertaba algo en mí, como un río descubriéndose de repente contenido en algún cause, y negándose a quedarse entre los límites.

«Todo ha sido lindo, Miguel», dijo Diani y yo no sospeché cómo acabaría aquella frase.

Los padres de Diani se divorciaban. Decidieron vender la casa del pueblo. La señora se quedaría con las hijas y se mudaría a la ciudad. La escuché contarme, «Pero todavía no te vas…», dije y ella me interrumpió, «…Es mejor dejarlo ya, ¿para qué posponer lo inevitable?».

Inevitable es recordarte, Diani Álvarez. Inevitable es recordar la tarde cuando llegué al pueblo malhumorado porque yo no quería vivir allí, pero mi madre insistió en huir. Fuiste la primera niña a quien vi en el pueblo. Inevitable es recordar tus ojos curiosos viendo el camión de mudanzas pasar frente a tu casa. Yo me quedé mirándote, tú seguiste el camión con tu mirada, el camión giró a la izquierda y ya no estabas. Inevitable es recordar la noche cuando te reconocí danzando en el escenario de la Plaza de las Banderas, donde te vería danzar cada 13 de junio. Inevitable es recordar aquella noche cuando, dos años después de la tarde de mi llegada al pueblo, me atreví a acercarme y tú disimulaste. No me reconociste, eso me hiciste creer, para confesarme, semanas después, «…Yo me quedé mirando el camión donde llegaste al pueblo».

«Algo podemos hacer…», dije y me interrumpió para repetir «Todo ha sido lindo, Miguel». Se negó a cualquier posibilidad, no perdía a su padre, quien se iba de su casa para vivir con otra mujer, perdía la fe en todo; y allí, frente al mural del Padre Rufino, un hombre de fe, Diani Álvarez mató mi fe.

Llegué a la ciudad con mi mirada cansada.

En el pueblo intenté encontrar a mi madre en cada rincón, con su pañuelo en la cabeza, con sus manos benditas arrugadas, con su sonrisa; antes de su muerte no noté su sonrisa.

Después de su muerte no pude encontrarla. La busqué, su sonrisa sonaba en mi mente, como deben sonar los fantasmas cuando aparecen, pero ella nunca apareció. Y dolía su sonrisa. Porque su ausencia se rellenó con los recuerdos de las noches cuando me asomaba a su habitación, antes de llegar a este pueblo, y la encontraba llorando. No me atreví a acercarme a ella esas noches, lo lamenté cuando no pude encontrarla más.

Con la muerte de mi madre, el pueblo se hizo denso. Quería encontrarla y no podía; deseaba al menos encontrar a Diani Álvarez para decirle cuánto me dolía mi madre y su sonrisa,  cuánto me arrepentía por la falta de coraje durante mi niñez, por no atreverme a cruzar la puerta de la habitación y abrazarla. Y la busqué a ella también, a Diani, detrás del mural. Recostando mi espalda sobre el retrato del Padre Rufino, la esperé algunos jueves a las dos de la tarde.

Un trece de junio me quedé mirando el escenario de la Plaza de las Banderas, deseé ver su cuerpo danzando, su mirada pícara, su sonrisa bonita, su cabello esparciéndose a todas direcciones con ritmo propio. Ella no apareció.

Lo supe esa tarde: debía huir, debía huir o moriría, debía huir para morir.

Mi mirada, cansada. Mi voluntad, derrotada. El sabor de la vida, amargo. La oscuridad, apropiada. El amanecer, inoportuno. Los sueños, indiferentes.

La ciudad me estorbaba tanto como el pueblo. Los recuerdos de Diani comenzaron a avergonzarme, los de mi madre me dolían. A Diani pude enterrarla, a mi madre jamás.

Y conocí a Carolina. En su sonrisa encontré a mi madre. Dejó de doler mi madre.

Ella le dio reposo a mi mirada, restauró mi voluntad; encontré otra vez el sabor dulce de la vida, el mismo sabor de los cepillados con los cuales mi madre y yo disimulamos haber olvidado a mi padre. La oscuridad continuó siendo apropiada, para disfrutarla con Carolina. Sus caricias me redimieron de las noches muy oscuras transcurridas en llantos y lamentos. El amanecer se volvió oportuno, para comenzar con ella un nuevo día, para reencontrarnos, redescubrirnos. Los sueños comenzaron a importar, apuntaron hacia el futuro; un futuro compartido, bonito, digno de cada amanecer.

La ciudad se hizo escenario de una gran historia, mi historia y la de Carolina, la chica de mi juventud, la chica de mi edad adulta, la chica de la víspera de mis treinta. Pero no la de mis treinta, porque ella creyó descubrir un mejor futuro sin mí, porque qué carajo iba a hacer con un hombre incapaz de culminar un solo proyecto en su vida, sí, «Dime, Miguel, qué carajo voy a hacer con un hombre incapaz de culminar un solo proyecto en su vida, qué carajo, Miguel…». Descubrió atormentador mi silencio, sí, «No me dices nada Miguel, no hablas conmigo». Descubrió la desventaja de tener a su lado a alguien cuyo carácter explota repentinamente, sí, «No entiendo tu carácter, Miguel, no entiendo tus cambios de humor, esos cambios inesperados, eres como diez hombres distintos, Miguel, eso pienso a veces». Y yo solo la miraba, la miraba sin ningún pensamiento al cual aferrarme, la miraba en silencio y entonces pronunció la sentencia, sí, « Morirás solo, sin nadie, insatisfecho». Y apareció Diani en mi memoria.

Fue mi rutina durante un año.

Al menos tres veces a la semana iba al Centro Cívico, caminaba por la calle Bolívar, me detenía unos minutos frente al local, del otro lado de la calle, y me quedaba observando a Diani Álvarez. Siempre en distintos horarios.

Ella llegaba a las siete de la mañana, entraba al local, se sentaba detrás del mostrador con su celular en las manos. A veces la veía reír, como si hubiese alguien junto a ella con quien compartía su risa. Luego se levantaba, le echaba un vistazo a los maniquís, les cambiaba alguna prenda y encendía el neón de Abierto.

Durante el mediodía no cerraba la tienda, el neón se mantenía encendido; Diani comía allí, atenta a la llegada de los clientes. Tomaba agua constantemente mientras comía, como queriendo todavía engordar. A veces sacaba el almuerzo del microondas, otras veces llegaba un Daewoo Cielo color verde, con aviso de Taxi, de donde bajaba un muchacho moreno de unos veinticinco años y le entregaba una pizza, o una hamburguesa de McDonald’s y un refresco, esto ocurría solo una o dos veces al mes.

Los lunes, miércoles y viernes, Diani se vestía deportiva, cerraba a las cinco de la tarde, una hora antes de lo anunciado en el horario grabado en el vidrio de la puerta, y se iba al gimnasio, a cien metros del local.

Nunca vi señales de un novio u esposo, de hijos o de sobrinos. Sus hermanas no aparecieron durante ese año, tampoco su madre o su padre. Parecía una chica solitaria, aunque feliz.

Durante ese año despertaron todos mis recuerdos. Alicia, la amiga con quien eventualmente me encontraba en el pueblo para dejar escapar mis lamentos después de la partida de Diani, y antes de la muerte de mi madre, me había dicho «Ella fue tu primer amor, incluso cuando aparentemente logres olvidarla, recordarás el primer beso, el primer obsequio, la primera discusión…». Sentencia cumplida.

Me quedaba parado frente al local, como si estuviese esperando a alguien; miraba el reloj eventualmente, como quien está desesperado y cansado de esperar.

Del otro lado de la calle recordé el primer beso, el primer obsequio, la primera discusión.

Después de reconocerla danzando en el escenario de la Plaza de las Banderas, la veía a cada instante en los pasillos del liceo. La perseguí con la mirada, la seguí otras veces. Finalmente, una mañana de julio, ella se detuvo y volteó hacia mí, me quedé paralizado, me sentí descubierto. Ella solo me sonrió, volvió a mirar hacia el frente y continuó caminando. Dos días después estábamos hablando solos en el salón durante el recreo. Fue ella quien me besó por primera vez.

Sus labios dulces. Su respiración quieta. Sus ojos cerrados. La pasión de una chica amante de la danza y el escenario. Sus manos tomando las mías y llevándolas a su cintura. Su sonrisa bonita después del beso, de los besos. Su voz, susurrándome al oído «Vamos a escaparnos hoy de Matemáticas» y yo afirmando con mi voz ahogada y mi respiración agitada.

«La feria de San Antonio también fue una idea del Padre Rufino», me dijo una tarde después de besarnos de espaldas al retrato del Padre, por primera vez me hice consciente del retrato y sentí vergüenza.

La sentencia pronunciada por una mujer

«Me gusta bailar salsa», me dijo otro día en el patio de su casa mientras sonaba Una fan enamorada, desde el equipo de su sala. Se levantó de la silla y comenzó a bailar, «Sueño con ir a un concierto de Servando y Florentino», dijo bailando. Ese día supe cuál sería mi primer obsequio para ella. Un mes después llegué al liceo con un cassette de Muchacho Solitario, el segundo álbum de estudio de los hermanos Primera.

La mañana cuando le entregué el cassette envuelto en papel de regalo, me quedé mirándola mientras lo destapaba. Su rostro se iluminó, miró hacia los lados y me abrazó. Quise vaciar su mirada en una botella y llevármela conmigo para siempre, envolver su sonrisa con los restos del papel rasgado por sus manos y conservarla. El obsequio me hizo merecedor de un abrazo y una sesión de besos; por supuesto, el Padre Rufino fue testigo.

Una semana después ocurrió nuestra primera discusión, llegué a su casa y me recibió con un abrazo, sentí temor porque su madre podría observarnos. Ella leyó el temor en mi cuerpo, «No seas tonto, mamá no está en casa». Unos minutos después estábamos en el patio, debajo de los naranjales, ella encendió su equipo de sonido y Florentino Primera comenzó a cantar, me extendió su mano, quería bailar conmigo, pero yo no sabía bailar, todavía no lo sé. No quise admitirlo, tan solo dije «No quiero bailar», ella se molestó, discutimos, me fui. Durante tres días no nos hablamos, me salvó un examen de Geografía, Diani me pasó su hoja de examen tan pronto la profesora Débora se descuidó y respondí sus preguntas.

Un año transcurrió y entonces me di cuenta, debía atravesar la puerta y pararme frente a ella, me reconocería, me abrazaría, reiríamos recordando.

Esperé hasta el 13 de junio.

Quería provocar nuestro encuentro de la manera más perfecta posible. De haber podido, habría puesto a sonar a Servando y Florentino en el local del otro lado de la calle. Así, cuando estuviese entrando, el canto de los hermanos Primera hubiera anunciado mi entrada. Tampoco pude esperar hasta las ocho de la noche, la hora acostumbrada para los números de danza el día de San Antonio en la feria del pueblo. El 13 de junio ella cerraría a las cinco de la tarde para ir al gimnasio.

Ese día me levanté temprano. Revisé las redes sociales. Llevaba un año siguiendo a Diani Álvarez en sus redes sociales. Busqué en YouTube las canciones de Fan enamorada y Muchacho solitario. Las hice sonar una y otra vez durante al menos tres horas, mientras revisaba el Facebook e Instagram.

Diani despertó a las cinco de la mañana producto de una pesadilla. Eso decía la leyenda de una fotografía capturando una extraña sombra producida por la luz de su mesita de noche. La foto la publicó en el Instagram, desde donde la compartió al Facebook. Vi la foto a las siete de la mañana, cuando ya tenía treinta y seis likes en Instagram y doce en Facebook. A las ocho publicó otra fotografía, “Estoy lista para la jornada, hoy trabajo y Gym”. Me pregunté si ella recordaría la feria de San Antonio. Sus redes sociales no daban señales de ello.

A las dos, un nudo se apretó en mi estómago. Mis piernas se paralizaron y me dificultaron dar los pasos proyectados por mi mente. Desde aquella tarde, cuando vi a Diani por primera vez, no pude cruzar la calle y caminar por el lado donde se encuentra su local. Me armé de valentía, miré el reloj y levanté mi mirada de nuevo. Diani Álvarez tomó el celular y apuntó a su rostro sonriente, disparó una selfie. Detuve la intención de cruzar la calle y saqué mi celular para mirar en sus redes sociales. “Hoy es un gran día, lo mejor siempre está por llegar”, decía la leyenda de la fotografía mostrando su rostro hermoso, su mirada bonita. La fotografía me retrasó una hora. Decidí caminar hacia La fuente, la heladería en el Centro Cívico. Me comí un helado. Me levanté decidido. Caminé por el lado donde está el local, y cuando me hice consciente mi mano izquierda abría la puerta y mi pie derecho entraba en el local.

Lo juro por Dios, escuché la voz de Servando gritando desde el otro lado de la calle, «…Imaginé que me amabas, más allá del mismo amor».

La puerta se cerró tras mis pasos. El sonido llamó la atención de una señora, una cliente, quien miró hacia atrás y me sonrió. El rostro de Diani Álvarez se asomó a un lado de la señora. Ese era mi momento, nuestro momento. Justo allí Diani abriría sus ojos sorprendida, como si encontrase el cassette de los hermanos Primera al rasgar el papel de regalo; correría hacia mí, me abrazaría, me daría un beso. La señora se quedaría asombrada, pero disfrutaría ser testigo del encuentro, incapaz de interrumpirnos se iría y más tarde le estaría contando lo sucedido a su esposo.

«Un segundo por favor, ya le atiendo», eso fue lo dicho por Diani.

Su voz, doce años después, todavía despertaba en mí como un río descubriéndose de repente contenido en algún cause, negándose a quedarse entre los límites. Ella seguía siendo aquella flaca lindísima, su rostro conservaba la adolescencia con la cual me enamoró. Y yo, yo no. Vi mi rostro reflejado en el espejo detrás del mostrador, no quedaban ni rastros de mi adolescencia.

Le di la espalda al mostrador, abrí la puerta de nuevo y salí del local.

No fue en ese instante cuando recordé la sentencia de Diani Álvarez.

Por un momento pensé en Carolina. No pensé en su sonrisa, donde encontré una vez más a mi madre. No pensé en los años buenos, pensé en aquella noche cuando, con sus ojos de fuego y el odio encendido en sus labios, me dijo «Morirás solo, sin nadie, insatisfecho». Mi mano izquierda abría la puerta para salir. Hay un poder profético en la sentencia pronunciada por una mujer. Diani Álvarez no me salvaría de la sentencia de Carolina.

Regresé a casa derrotado.

Mi mente inquieta. Quería olvidarla de nuevo. La noche se asomó y con ella las palabras de Diani Álvarez, su sentencia, «Si bebes agua del Cardón, no olvidarás jamás este pueblo, volverás aquí».

No tenía escapatoria, debía volver al pueblo por mi cuenta o su sentencia me traería. Cinco meses han pasado. Aquí estoy. Frente a este arroyo. Frente al Cardón. No debí tomar de estas aguas ese día.

 

Por Gusmar Carleix Sosa Crespo | @gusmarsosa

*Este relato recibió mención honorífica en la XII edición del Premio de Cuentos Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores (2017).

#MemoriasDeLaRevolución: Otro paseo andino

Recuerdo a la profesora Milly en el bachillerato explicándonos, o eso intentaba, la distinción entre civilización y barbarie a propósito de la ciudad y el campo en Doña Bárbara; también recuerdo, un par de años más tarde en la universidad, al profesor Vilanova en una cátedra magistral de Literatura Grecolatina hablando de la ciudad de Troya en la Ilíada como el lugar de la acción. De ese par de recuerdos puedo decir que en Venezuela los griegos no dejan de actualizarse. El lugar de la acción se reconoce como un espacio de múltiples posibilidades y cancela el ingenuo maniqueísmo donde, en oposición al campo, la ciudad se presenta como modelo de la cultura y lo racional. Son curiosos los momentos y los modos en que algunos recuerdos escogen para emerger, pienso, sentada en el velorio de mi abuela.

Reconozco la gente confiable por su respiración. Los hombres de inhalación profunda me descomponen, mi abuela lo sabía, Bruno aún no. Catar el aire fue una habilidad que desarrollé en una infancia rica en desplazamientos. Mis padres y yo llegamos a Venezuela a finales del siglo XX, como buenos inmigrantes pasando de un siglo al otro. Un momento de aire no menos pesado al de ahora en la frontera venezolana de San Antonio del Táchira con las fragancias aceitosas de los guardias. El recorrido finalizó en Mérida el veintitrés de marzo de 1991, llegamos al barrio La Milagrosa. Nos instalamos en casa de mi abuela materna, una gocha de sesenta años que supo trabajar con comida y borrachos entre el porche y la sala hasta que mi padre compró su propio apartamento en la avenida Las Américas, el largo corazón de la ciudad cuyos latidos parecen reclamar aquel ferrocarril que debió pasar en 1890. De esos vestigios me hablaba mi abuela lanzando el humo del cigarrillo por la ventana, lejos de la urna.

Amaneció, llegó la hora de continuar un orden para seguir pareciendo civilizados: deshacernos del cadáver.

Aunque no me dejaba fumar, mi abuela siempre fue mi compañera de ventanas en el carro, en el autobús, en el avión y que ahora esté detrás de mí en el mismo automóvil dentro de una caja de lata que simula ser madera, no es extraño, es triste. La carroza fúnebre Ford año ochentaiocho recorre la ciudad en acción que observo sola desde la ventanilla de copiloto. Siempre imaginé este momento bañada en lágrimas convulsivas, pero desde mi tensa calma no sé si cuando quiero llorar no lloro o simplemente aún no preciso el motivo para hacerlo.

Mi madre escogió la ruta del paseo fúnebre cumpliendo con la petición de mi abuela de recorrer la ciudad a no menos de 50km/h evadiendo el peligro, eso que mi madre entendía por las zonas color “carne” o lo que poéticamente los sociólogos llaman “cinturones de pobreza”. Comienza el recorrido y la carroza funeraria se apaga en el viaducto Campo Elías. Es la una y media de la tarde y el clima, propio de los Andes tropicales, se hace sentir en un carro sin aire acondicionado. A esta hora el frío merideño solo es una visión lejana en la cima de los picos.

Otro paseo andino

Mientras mi padre y algunos vecinos empujan el carro una de las señoras estimada por la difunta se acerca a mi ventanilla para disculparse, pues se ha dado cuenta por las bolsas de los peatones en el viaducto que están vendiendo jabón donde los chinos de la calle veinticinco. No se preocupe, entiendo, mi abuela también lo haría, le dije mientras otras ocho señoras se bajan del bus de los servicios funerarios para acompañarla. Finalmente, el carro encendió y comenzamos a bajar por la avenida cuatro, lugar de tránsito constante de Tila, así llamábamos a mi abuela, quien caminaba estas aceras huyéndole a los chamos tatuados y a los Testigos de Jehová; primero creyó en el infierno después en Dios y nunca pudo invertir esos lugares, según ella nada personal, solo respetaba el orden de llegada. Muchos de estos paseos en pantalones de algodón, converse, gorra y sombrilla, decía que no trataba de evitar las arrugas, sino cuidar las que ya tenía.

Se hacen las tres de la tarde y creo que percibo el olor a hielo seco de Tila, el carro se detiene nuevamente, esta vez para dar paso a una caravana de motorizados que toman la calle treinta y dos para que puedan desplazarse sin la dificultad del tráfico que a todos nos corresponde en esta ciudad de tres esquinas. Nos detenemos para que exhiban: ¿sus cervezas, sus pañoletas rojas sosteniéndoles la cabeza o sus carencias? No me quiero morir en este Gobierno, se lamentaba mi abuela todos los días, y ahora comprendo con más claridad por qué lo decía: la muerte aquí no es extrañamiento, es la rutina de un olvido que se repite, un cadáver que puede esperar por el dolor y el llanto mientras el otro se desocupa de la cola en el supermercado. Comida y jabón. Comer y lavar. Saciar el hambre y acicalar una conciencia que nos permita recordar, de vez en cuando, que alguien ya no está más. Hashtag: Arepa y trapos limpios.

Uno de los motorizados se cae haciendo maniobras mordiendo el vaso plástico de cerveza. Bruno, que no puede evitar ser médico y noble, se baja de su carro que viene justo detrás de nosotros e intenta ayudar, pero recibe de otros tipos, más ebrios que el caído, empujones para que se aleje. Algunas veces la ingenuidad de Bruno me corta la nota, me saca a pasear el deseo, me avergüenza. El manubrio de la moto Bera 150 se partió igual que la pierna izquierda de su dueño.

Después de varios intentos de diálogo nos permiten pasar con el cadáver de Tila. Nos desviamos para bajar por la avenida Don Tulio y un grupo de estudiantes con batas blancas organiza pancartas en la acera para lo que, evidentemente, será una protesta contra el Gobierno.

“¡No nos van a callar!”, leo que usan el futuro próximo y no el simple en una de las láminas de papel, inmediatamente imagino, como en un diálogo platónico, la posible respuesta del Gobierno, también en futuro próximo: “Pero los vamos a matar”.

En ese momento sentí que podía morir aplastada por una lágrima, pero la única humedad en mi rostro era producto del calor. A medida que bajamos por la ruta hacia el cementerio, veo subir del otro lado las patrullas con la policía antimotín, funcionarios completamente protegidos porque siempre es posible hacerse daño mientras se lo hacen a otros.

Cruzamos hacia la plaza Glorias Patrias y mi madre sentada entre el chofer y yo le pide que se detenga un momento frente a la farmacia del Estado, sale del carro. Son las cuatro de la tarde, es viernes, siento un ligero mareo, me preocupa que los sepultureros decidan no esperar. Al regresar de la farmacia mi madre trae una caja de Losartán, llegó esta mañana, una sola caja que hace cuatro días pudo salvar a Tila, dice con la voz quebrada mientras se monta nuevamente en el carro. Con Tila muerta, comprar el medicamento parecía un acto de soberbia distanciado de su intención de donarlo.

Llegamos al semáforo en rojo rumbo, nuevamente, a Las Américas por el viaducto Miranda; un chamo muy rubio, o muy teñido, con bufanda morada en el carril de al lado baja el volumen de Chino y Nacho en su Spark azul y logro escucharle “I’m sorry”, le doy una sonrisa de gratitud y la luz verde se enciende para darnos paso al otro tramo de la ciudad.

Ya son las cuatro y media de la tarde y estoy cansada de que Tila siga muerta. El mareo se fusiona con la rabia que me sube desde los pies hasta el estómago, se materializa el híbrido, le pido al chofer que se detenga, cruza el viaducto, la primera acera que corresponde después del cruce está frente al CICPC, del otro lado el Palacio de Justicia, abro la puerta y mi estómago, más emocional que mis ojos, descarga cualquier cantidad de pedazos de pan, papas, berenjenas ni un rastro de carne. Aquello parecía simbólico, pero le ganaba la literalidad: vómito entre dos instituciones del Estado, ¿o del Gobierno?

Bruno se acerca para tomarme la tensión y puedo asegurar que su perfume me devolvió el aliento y/o el deseo. Es un golpe de calor, le dice a mi madre.

Aún no pasábamos por la avenida Los Próceres y ya casi eran las cinco de la tarde, nuevamente le hablo al chofer para que, por favor, acelere un poco más y este aprovecha para quejarse de la ruta que, según él,  mi madre había diseñado con el fin de no perderse ningún embotellamiento. Esta vez, el silencio sepulcral no solo era más genuino, sino que se transfiguraba en una especie de disculpa ofrecida por mi madre, por mí y por Tila.

05:45 p.m. Llegamos al cementerio Parque la Inmaculada.

07:15 p.m. Salimos del cementerio Parque la Inmaculada.

El lento oficio de enterrar cuerpos con un solo sepulturero agotado y molesto porque su compañero ese mismo día se había caído manejando su moto.

Las señoras que temprano habían optado por la cola donde los chinos lograron llegar sonrientes en las últimas paladas de tierra, pues, además de jabón pudieron comprar champú, se disculparon nuevamente y una de ellas, incluso, me ofreció un poco de lo que había comprado. No se preocupe, le dije, y con más bostezos que lágrimas todos se fueron despidiendo. Yo me quedé unos minutos más frente a la tumba esperando que la tierra se abriera para que la mano de Tila reclamara la mía.

Mi madre se fue con sus amigas. Busqué un taxi y, como en Tuyo es mi corazón de Alfred Hitchcock, mis emociones se hacían cada vez más densas, pero legibles. Hasta allá son novecientos, me dice el chamo en el volante notando que sigo la letra de la canción a la que le sube volumen, no tienes pinta de que te guste el HipHop, dice. Tampoco tengo pinta de querer estar aquí, pienso. Levanto los hombros como respuesta a los ojos claros que me miran por el retrovisor con la calcomanía de José Gregorio Hernández y sigo cantando Hace falta soñar de Canserbero. Es de noche y la ciudad se trasviste, pasa de la dilatación a la contracción térmica, no deja de estar en acción, los indigentes acurrucados lo saben y mis manos en los bolsillos también. Disfruto la lágrima que se derrama en mi mejilla, huelo la ventanilla, el reloj me dice que son las ocho y veinticinco de la noche, cierro los ojos para condensar el deseo por las dos cervezas en la nevera. Ojalá haya más.

 

Por Xenia Guerra  

*Esta historia recibió mención honorífica en el concurso de crónica Que la ciudad eche su cuento (2015).