RESEÑA: El olor de la guayaba – Plinio Apuleyo Mendoza

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Bajo el muy mejorable título de ‘El olor de la guayaba’, la desaparecida Oveja Negra editó en 1982 una larga entrevista de 133 páginas que le hizo Plinio Apuleyo Mendoza a Gabriel García Márquez en la que hablan de varios temas: su familia, su formación, su oficio, su obra, su manera de ver la literatura, su ideas políticas y su vida personal. Se trata de un libro bastante ‘sui géneris’, en el que Gabo, tan reacio siempre a las entrevistas y luego en ellas poco dado a la revelación interesante, se abre completamente con el que fuera uno de sus amigos más entrañables, lo que es un auténtico valor agregado. Se trata de una obra imprescindible y casi de culto para los amantes y estudiosos de García Márquez, pero que también funciona para todos aquellos que tengan algún interés en la literatura y en el proceso de creación, tema que es largamente abordado en sus páginas, llenas de revelaciones interesantes del García Márquez más locuaz y sincero. Que ‘Cien años de soledad’ se iba a llamar ‘La casa’; que lo había comenzado a escribir con ese título a los 18 años y luego, desalentado por no hallar el tono ni tener las herramientas literarias suficientes, lo interrumpió durante 15 años hasta que un día yendo en carro a Acapulco tuvo una revelación y descubrió que debía escribirlo de la misma forma en la que su abuela le contaba las historias y entonces dio una vuelta en U y se devolvió a redactarlo; que para hacerlo empeñó su carro y pasó año y medio escribiendo en un cuarto; que para él no era su mejor libro; que le fastidiaba tremendamente su fama; que no la comprendía; que en su opinión ‘El otoño del patriarca’ era infinitamente mejor; que la idea de escribirlo le vino estando en Miraflores, donde estaba como corresponsal tras la caída de Pérez Jiménez, al ver salir derrotado y rumbo al exilio a un militar que apoyaba la dictadura; que, entre otros, el libro estaba basado en la figura de Juan Vicente Gómez; y que para él no es una novela sino un largo poema en prosa sobre la soledad del poder. Esas son apenas algunas revelaciones superficiales. Las otras, las más personales y sorprendentes, quedan para quienes lean este recomendable e interesante libro.

¡Olvídense!

“Sus palabras exactas no las recuerdo pero dijo que él es un empresario, que su familia se ha esforzado mucho por levantar esta empresa y que en este momento no están dadas las condiciones para asumir una candidatura”. La declaración corresponde a una empleada de Empresas Polar que ayer confirmó a Reuters lo que ya todos sabíamos: Lorenzo Mendoza no se postulará como candidato presidencial. El ‘outsider’ soñado por la oposición y temido por el chavismo no enfrentará a Nicolás Maduro en los comicios del 22 de abril. De poco sirvieron los “¡Presidente!, ¡Presidente!” de los juegos de béisbol, las marchas espontáneas pidiendo su candidatura y los llamados explícitos por parte de algunos dirigentes políticos. Su decisión, la verdad sea dicha, ya la había expresado en el acto de incorporación a la Academia de la Historia de Luis Ugalde, ex Rector de la UCAB: “Nada, nada, nada”. Y quién pudiese recriminarle algo. Sin garantías, su candidatura significaba derrota y, seguramente, el fin de Empresas Polar. Sin su postulación, por otro lado, las esperanzas de un cambio de gobierno, de por sí mínimas, quedan en la lona. La oposición, a 16 de febrero, sigue indecisa sobre el rumbo a tomar y el líder a seguir. No parece haber, en la MUD y sus alrededores, una persona que pueda concentrar todo el descontento que hay hacia la dictadura y consolidar un movimiento de lucha en Venezuela. Las conversaciones en República Dominicana no lograron su objetivo y el tiempo se agota. Falta poco más de dos meses para que Nicolás Maduro sea nombrado Presidente por seis años más y hoy por hoy no hay plan alguno para impedir que eso suceda.

Esta podría ser la mejor foto del año…y la tomó un venezolano

Entrevistado meses después por Revista OJO, Juan Barreto todavía no podía olvidar cómo había sucedido todo. Lo calificaba, de hecho, como el momento más fuerte de una jornada de protestas que se había extendido por meses y había dado mucho en sucesos e imágenes dramáticas. Pero para él, ése, el del muchacho quemándose el 03 de mayo en Altamira, había sido el momento más duro, y así nos lo dijo. En su recuerdo de ese hecho, que vivió en primera fila ya que la moto le explotó cerca, estaba presente la preocupación que sintió por un compañero suyo de AFP que esa tarde estaba cubriendo con él la protesta y se encontraba aún más cerca de las llamas. Tan cerca estaba, de hecho, que al principio Barreto pensó que quien se quemaba era su compañero y no el manifestante. “Yo iba caminando donde estaba el fotógrafo de AFP para coordinar la cobertura, cómo íbamos a cambiarle la tónica, y en ese momento explotó la moto. Pero explotó a metros. Yo de hecho pensé que quien se quemaba era mi compañero. Lo vi tan cerca que pensé que se quemaba él”. Pero no, no se quemaba: disparaba sin cesar su cámara, al igual que Barreto –“es una cuestión de instinto: la cámara, disparar, disparar y ya”-, y sin saberlo y probablemente sin ni siquiera pensarlo, conseguía la que probablemente será la foto de su vida: esa que ayer fue seleccionada, de entre 73.000 que competían, como una de las 6 finalistas del más importante y prestigioso premio del fotoperiodismo del mundo (algo así como el Nobel en esa rama), el World Press Photo. “Tiene mucha energía, movimiento y dramatismo, pero al mismo tiempo está muy bien compuesta. Dice mucho de lo que está pasando en Venezuela”, explicó ayer la presidenta del jurado a EFE, a cuya voz de alabanza se unió, también, la del director de la World Press: “no es fácil tomar una imagen así (…) el fotógrafo estuvo allí en el momento justo y lo captó de una forma muy poderosa”. El próximo 12 de abril tendremos veredicto y sabremos si el nombre del venezolano Ronaldo Schemidt (dejemos ya de decirle el compañero) se escribirá con letras doradas en la historia de la fotografía mundial como el autor de la mejor que se tomó en el año 2017. Sentencia del jurado aparte, ya para nosotros lo está.

Una boda atípica y tópica

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

En un país donde los blackberrys son parte de la canasta básica y se arma un dramón con episodios de depresión colectiva ante la falsa ida de Zara, que a 24 parejas les dé por casarse en el Sambil un 14 de febrero es algo que no extraña pero que hay que ver.

Así que en una tarde-noche tan linda como esa estaba yo en la terraza de la feria, convertida por obra y gracia de la decoración en recinto nupcial con telas colgantes y, claro, alfombra roja, que eso no puede faltar nunca. Alrededor de ella, en sillas doradas y vinotinto, estaban los emocionados familiares, que con sus trajes largos, faldas, chaquetas, corbatas, alisados, copetes de peluquería y una que otra joya, le conferían al evento un insospechado carácter solemne.

A eso de las 7:00 PM el fondo de violines fue cortado por una Daniela Kosán que de tan acostumbrada a las audiencias virtuales de la TV cuando se vio con casi 200 personas en frente se volvió puro nervio y no supo qué hacer. Adoptó los modos de la televisión -mirada fija en un punto abstracto del horizonte, tono impersonal y frío, dicción neutra- mientras el público, un tanto desconcertado, no entendía si la cosa era con ellos o con quien. Apoyada en unas fichas, explicó que todo tenía validez legal y les dio la bienvenida a los novios.

Con la marcha nupcial de Wagner y el público de pie fueron entrando las parejas. Como en botica, hubo de todo. Desde conyugues a los que más que el Código Civil lo que les aplicaba era la LOPNA, hasta unos a los que el Código Penal ya les otorgaba el beneficio de casa por cárcel. Vestidas de blanco ¿pureza? -salvo una que fue de morado y otra de amarillo- iban las damas, mientras los caballeros alternaron entre el terno y el smoking, con algún destello folklórico en versión liqui-liqui.

El discurso de bienvenida lo dio el Alcalde de Chacao, Emilio Graterón, quien desde su soltería, no sé si cotizada, les reveló a los novios “el secreto” del matrimonio: “que cada día en la mañanita se levanten pensando qué harán para hacer feliz al otro (…) que nunca se acuesten bravos“. Y para evitar que algún impertinente le preguntara dónde estaba la esposa que validara la eficacia del método, remató la intervención con su “average de familia felices”: “he casado a más de 3000 parejas y hasta ahora ninguna se ha divorciado”.

Terminado el discurso, la registradora leyó los sempiternos derechos y deberes, y comenzó la boda. La logística ordenaba que el Alcalde llamara a las parejas, Daniela Kosan les leyera la fórmula de imposición de los anillos para que la repitieran, el Alcalde hiciera la pregunta de rigor -¿Aceptas a…?- y los declarara formalmente en matrimonio. Y así fue en la práctica, pero con algunas diferencias.

Quizás porque tenía al lado a una Miss o porque había dos reflectores iluminándolos y una cámara grabándolos, Graterón se mimetizó también en animador de TV. Con un tono alto y claro que iba a medio camino entre Winston Vallenilla y Daniel Sarcos fue como llamó a las parejas. Sin embargo, la onomástica vernácula, extravagante y esperpéntica, le fue arruinando el momento: a Doralis le dijo Dorelis, a Marleti, Merelbi; a Quereigua, Querigua; a Yulide, Yulidiet, a Edwar, Ender; a Irima, Irma. Y entre error y corrección, una risita nerviosa de la Kosan, que del susto preguntaba dos y tres veces cómo era en realidad el nombre para cuando le tocara decirlo.

Y no es que ella la tuviera fácil, ya que le tocó lidiar con ese otro toro bravo que es la desbordante efusividad y espontaneidad del venezolano, responsable de que todos los conyugues le cambiaran la fórmula que ella, paciente, neutra y asépticamente, se encargaba de repetir. Así, en lugar del nombre de la novia se escucharon: muñeca, chiquita, mi amor bello, entre otros. El anillo, para algunos, no fue símbolo de “amor y fidelidad”, sino de “mi amor y mi gratitud” o “de todas las cosas que hemos pasado”. Pero para terror de muchos y suspicacia de todos lo más profanado de la fórmula fue fidelidad. Hubo desde el que simplemente se la saltó, hasta el que la confundió con “felicidad”, pasando por el que tartamudeó -“fi..fidelidad”-, el que no pudo -“filedi, filedidad”-, el que la cambió -“fideleidad”- y el que acaso traicionado por el subconsciente se rió -“de mi jajaja fidelidad jajajaja”-.

Como lo que errando empieza errando termina, el remate de la faena tampoco le salió bien a Graterón, que por andar pendiente de engolarse y adornarse le preguntó a José si tomaba como esposo a Vilmari, a Kermilis si tomaba como esposa a Jorge Luís, y a Marleti -que se casaba con Tomás- si aceptaba a Richard. Y allí, en las respuestas, otro desborde de espontaneidad: “Sí. La tomo, la recibo, todo”, “Claro, por supuesto, yo acepto” y el infaltable lagrimeo, que, contrario a lo esperado, salió de los ojos de un caballero.

Finalizado el acto vino el brindis. Ríos caudalosos de dorada y burbujeante champaña fueron repartidos generosamente entre todos los invitados, al punto de que no fueron pocos los que repitieron. Lo mismo pasó con los tequeños, el roast beef, las empanaditas y los pastelitos, agarrados hasta de a cinco por los presentes, pero cuya abundancia le hizo honor, y de qué forma, al lugar común sobre la suntuosidad de las bodas organizadas por judíos. Eso por no hablar de la mesa de quesos, también bien abastecida pero literalmente saqueada con una fiereza que ya le daría envidia a Atila.

Luego de hacerse esperar unos cuantos minutos, apareció en tarima la sorpresa de la noche: Oscarcito, que vestido con chaqueta de pana y pajarita era casi el arquetipo del duende irlandés. Como toda estrella, salió al escenario con lentes de sol, pero más pudo la oscuridad del sitio -martirio de todos los fotógrafos- que su vanidad, así que rápidamente se tuvo que deshacer de ellos. De lo que nunca se deshizo fue de la pista sobre la cual cantaba, cuya voz remasterizada lo dejó más de una vez en evidencia ya que ésta iba por un lado y él por otro. Sin embargo eso no fue obstáculo para que recibiera unos cuantos aplausos adolescentes por sus tres canciones.

Con él se terminó de ir lo interesante de la noche. Después siguió una orquesta con los típicos temas de bodas. Algunos bailaron un rato, otros se quedaron sentados tratando de disimular las protuberancias que originaban las bolas de queso en los bolsillos y otros compartieron con sus familias. Todos, eso sí, legal y bien casados, en una ceremonia que aunque atípica terminó siendo entrañable y venezolanamente tópica.

RESEÑA: La Cartuja de Parma – Sthendal

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Balzac, deslumbrado tras su lectura, le dedicó un estudio de 72 páginas en el que no dudó en considerarla la novela más importante de su tiempo. André Guidé fue un paso más allá en el elogio y dijo que no sólo del suyo, sino de todos los tiempos. Y Tolstoi confesó que en lo que a guerra se refería (y vaya si sabía algo de eso el autor de ‘Guerra y paz’) todo lo había aprendido de ella, porque fue la primera novela en la que un conflicto bélico se describió “tal y como es realmente”. A ‘La Cartuja de Parma’ no le ha faltado (ni le faltará) quien la defienda, aunque tampoco lo necesita: ella misma lo hace sola. Es un novelón de más de 500 páginas en el que sucede prácticamente de todo. Ambientada en la Italia del siglo XVIII, la novela sigue los pasos de Fabricio Del Dongo, un joven burgués ávido de vivir y experimentar cosas, y de su tía-protectora, la Duquesa de Sanseverina, que, presa de un amor más o menos imposible por su sobrino, está siempre tras sus pasos en la complicada labor de procurarle una carrera eclesiástica en la corte de Parma (nada menos que de arzobispo) que le garantice una existencia cómoda, desahogada y privilegiada, pero que Fabricio, puro idealismo y sueños, pone constantemente en riesgo junto con su propia vida.

Esa es, a muy gran escala, la sinopsis de esta novela, en cuyo ínterin suceden mil y un cosas más, todas ellas acompañadas siempre por otras mil y un reflexiones y cavilaciones de los personajes, que son finalmente lo que le da categoría a ‘La Cartuja de Parma’: que sus personajes no solo viven y sienten de manera apasionada, sino que en la misma medida reflexionan. Son intensos, como se diría ahora. El mayor de todos, Fabrizio, que luego de estar en Waterloo (y no enterarse de nada) pasa páginas y páginas preguntándose si había estado o no en una verdadera batalla y reflexionando sobre lo que había vivido; quien después de cada desenamoramiento (y varios le suceden), teoriza sobre el amor y la incapacidad que tiene él de sentirlo por nadie; o que cuando está preso se examina rigurosamente para ver si no será una persona de gran carácter por estarlo y no sentirse triste. Menos reflexiva pero mucho más astuta es la Duquesa, quien a lo largo de la novela va dando cátedra de cómo se consiguen favores y se sobrevive en una corte italiana (la descripción de éstas y su ambiente, pero sobre todo la de su funcionamiento es verdaderamente excepcional) a punta de manipulaciones e intrigas. Lo mismo pasa con el Conde Mosca, amante de la duquesa: un funcionario de carrera que sabe muy bien cómo mover a conveniencia los hilos del poder en la corte (nuevamente, esto queda excepcionalmente descrito en el libro).

Con respecto a la prosa y la estructura, hay que decir que es muy de su época. El dato de que Sthendal escribió (o dictó) casi 800 páginas en 42 días (al final, a petición del editor, que se negaba a publicar en 3 tomos, tuvo que suprimir 300 páginas) da una idea exacta de cómo fue que lo hizo: como le salió. Y no le salió mal (buen escritor era), a pesar de que no se evidencia ningún tipo de interés estilístico en la prosa (abundan las frases ingeniosas, pero casi ninguna muy bonita o elaborada). Lo suyo era contar, contar y seguir contando. Una explosión de genio que tenía ocho años latente (el tiempo que pasó sin escribir), pero que, como toda explosión, a la par que avasallante, es también caótica y desordenada: el ritmo es irregular, las divisiones de capítulos son artificiales, el narrador aparece y desaparece a su antojo, y el final lo despacha en apenas cuatro páginas (puede que esto sea consecuencia de la abreviación obligada). Muy de su época, nuevamente.

El punto más flaco, no obstante, es el inexplicable (y mal) título, que poco tiene que ver con la novela (hace referencia a un lugar que apenas y aparece en la última de las más de quinientas páginas que la componen, y que no es determinante en la historia) y que probablemente habrá alejado a unos cuantos lectores de ella. No se le juzgue por allí. Júzguesele, si se quiere, por el extraordinario primer párrafo con que arranca (no debería faltar en una antología), y téngase presente que a pesar de llamarse ‘La Cartuja de Parma’, es una gran y apasionante novela, con personajes extraordinarios e inolvidables, repleta de intrigas, política de principado, aventuras y mucho ingenio, ideal para quien guste de los clásicos y quiera pasarse un buen tiempo con alguno.

La Cartuja de Parma

Autor: Sthendal

Fecha: 1835

Páginas: 436

Calificación: 8,5 /10

¡Zapatero a su Zapato!

“La carta enviada por José Luis Rodríguez Zapatero a la oposición venezolana tras el fracaso de las negociaciones con el régimen de Nicolás Maduro es impropia de un mediador. Porque una cosa es la frustración del que ha trabajado para acercar a las partes en conflicto y otra muy distinta cargar las culpas en solo uno de los negociadores. En el caso que nos ocupa esa falta de imparcialidad es especialmente escandalosa, con una oposición oprimida, perseguida y encarcelada frente a un gobierno abusivo entregado a la demolición de la democracia y la economía de Venezuela”. Así evalúan desde España el rol que ha tenido el expresidente Rodríguez Zapatero en un diálogo que, otra vez, ha fracasado. El País ha sacado un editorial este 9 de febrero titulado ‘Oxígeno para Maduro’, en el que analiza y desprecia el papel jugado por el exmandatario de la nación europea. Con su carta dirigida a la oposición venezolana, Rodríguez Zapatero se ha convertido en el argumento principal de la dictadura para legitimarse. El chavismo ha encontrado en él una ficha de ajedrez que juegue para sus intereses en un tablero en el que cada vez cuenta con menos piezas. En contra de las posturas del Grupo de Lima, del Parlamento Europeo, e incluso de la Corte Penal Internacional –que ayer abrió un examen preliminar contra Maduro por crímenes de lesa humanidad–, a José Luis Rodríguez Zapatero le sorprendió que la oposición no firmase el documento presentado por el gobierno, un texto que no contemplaba las garantías mínimas para ir a las tan ansiadas elecciones limpias y transparentes. La verdadera sorpresa, no obstante, hubiese sido que los miembros de la MUD aceptaran las condiciones de un gobierno que ha adelantado los comicios a su conveniencia, ha elegido a dedo a sus adversarios, inhabilitado a sus mayores enemigos y atropellado unos tiempos electorales con el objetivo de perpetuarse en el poder.

Ron Chávez en busca de sí mismo

Por: Juan Sanoja  | Juan Sanoja

Caminaba de un lado al otro en el escenario. Ya llevaba hablando unos cinco minutos y, como siempre, había sacado unas cuantas carcajadas a la audiencia. Su historia inspiraba, cómo no. Era la historia de todos. La de los sueños rotos. La del hombre que busca su lugar en el mundo y mientras tanto va acumulando un sinfín de fracasos. La del veinteañero que no sabe qué hacer con su vida. La de la frustración y la amargura. La de poncharse mil veces por no ver la bola. La de navegar a la deriva. La de remar contra corriente. La de resistir, persistir e insistir hasta que, con suerte, la existencia empiece a cobrar sentido:

–Si tú, con pasión, decides hacer algo, y sientes que para eso eres bueno, lo único que tienes que hacer para detectarlo es escucharte, aceptarte y tomar decisiones. ¡Muchísimas gracias!

Había culminado su presentación frente al Aula Magna de la Universidad Católica Andrés Bello y ahora estaba en medio del escenario disfrutando de su sonido favorito. Como todo un showman consagrado, Ron Chávez recibía los aplausos que daban por concluida la séptima edición de un evento que agrupaba a exitosos emprendedores venezolanos. Él, que había abandonado tres carreras universitarias; él, que vio frustrada su aspiración castrense al ser dado de baja por deficiencia académica en la Guardia Nacional Bolivariana; él, que durante una década pasó por todos los trabajos habidos y por haber tratando de calar en la sociedad, acababa de dar una clase de cómo romper el molde y triunfar en la vida.

Ron Chávez encontró su lugar en el mundo gracias a la improvisación teatral y ahora presentaba en la UCAB un proyecto iniciado meses atrás: una Escuela de Humor que pretendía dignificar el oficio del comediante y preparar profesionalmente a más bichos raros como él, personas que no habían querido (o podido) seguir el camino ortodoxo de la vida y que hallaron en la tarima el sitio donde querían pasar el resto de sus años en la Tierra.

Roberto Carlos (Ron Chávez son sus apellidos) había nacido en un hogar artístico y de niño se le notaba. Su madre tenía experiencia en el teatro, su padre en las artes plásticas y él era un pequeño extrovertido que imitaba a personajes de Radio Rochela, El Chavo y el Chapulín Colorado. Su vena artística era innegable, pero entre los trece y los catorce años le pasó lo que a cualquier adolescente. Escuchó que había que crecer y confundió madurez con seriedad. Le puso un torniquete a su torrente creativo y de ahí en adelante se dedicó a ser un tipo serio.

Había participado en los actos culturales de su colegio, en montajes de teatro e incluso en un capítulo de Las Dos Dianas, la recordada novela del 92 protagonizada por Carlos Mata y Nohely Arteaga. Pero cuando llegó el momento, su decisión estaba clara: Ron quería ingresar a la escuela militar. Así que, con sólo dieciséis años, empezó a formarse en la institución castrense.

Estaba en el lugar equivocado –me dice un Mayor de la Guardia Nacional, que fue compañero de promoción de Ron–. Tarde o temprano iba a darse cuenta de que no estaba en lo suyo. Recuerdo que le propuse: ‘Ron, tú tienes que ser comediante’. Tenía una facilidad para expresarse que no era de militar. Siempre llegaba con una cara, con una morisqueta.

Ron había sido uno de los 1000 cadetes que ingresaron a la Fuerza Armada en 1998. Formó parte del grupo de 250 que entraron a la Escuela de Formación de Oficiales de las Fuerzas Armadas de Cooperación (EFOFAC) al año siguiente, pero su nombre no pudo estar entre los ciento y pico que se graduaron como Guardias Nacionales tiempo después: al tercer año reprobó estadística y tuvo que abandonar la milicia.

Esa sería la primera de las cuatro veces que dejaría los estudios: no aprobó el curso propedéutico de la Escuela Nacional de Administración y Hacienda Pública, se retiró de la UCAB porque no podía pagar la matrícula y abandonó la carrera de Administración en Recursos Humanos que estaba cursando en la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez, para dedicarse al teatro.

En el ínterin, Roberto Carlos había sacado una maestría en varios oficios. Estuvo seis meses en Estados Unidos para conocer el idioma y lo menos que hizo fue aprender inglés. Lavó carros, cuidó niños, cortó grama, bañó perros y hasta impermeabilizó techos. Las fortalezas físicas y mentales adquiridas de la doctrina militar –me dice Ron en la actualidad– lo habían curtido y preparado para cualquier tarea. Pagar plantones (estar de pie y firme por largas horas) no era precisamente algo a lo que todo el mundo estuviese acostumbrado y él ya lo había vivido en su época de cadete. Por eso, no se sentía incómodo ganándose la vida bajo el sol inclemente mientras acomodaba las azoteas de los hogares gringos.

En Venezuela volvió a trabajar la paciencia mientras se ganaba el quince y último contando bolígrafos en una fábrica, desarrolló la empatía trabajando como cajero en un centro de copiado, fue cultivando el don de gente atendiendo al público en Cantv y Telcel y se gradúo de todero en una ferretería.

“¡¡¡Ron Chávez!!!”, grita, micrófono en mano, Willy McKey, el encargado de moderar el evento de emprendedores en la UCAB. A Roberto Carlos lo siguen aplaudiendo y yo pienso en Søren Kierkegaard, el filósofo que citó alguna vez Villoro: la vida se vive hacia adelante, pero sólo puede ser comprendida hacia atrás.

Eran las diez de la noche del primero de enero del 2011 y Ron Chávez estaba en una habitación de hotel en Los Andes, Chile, tomándose una cerveza, preguntándose qué carajo hacía allí y llorando como un niño que extraña a su madre. Tenía ya año y medio desde que había comenzado en el mundo de la improvisación teatral y ése era su primer viaje en busca de conocimientos.

Unos meses atrás había conocido por Facebook a una mujer chilena que estaba metida en la movida artística y que se había puesto a la orden por si algún día Ron necesitaba techo y comida en una eventual expedición sudamericana. Por eso, cuando en Internet encontró unos talleres de improvisación en la tierra de Pinochet y Allende, no dudó en escribirle a su amiga virtual. Ella, muy cordial, reiteró la oferta que le había hecho no mucho tiempo atrás y Ron compró pasaje, empacó su maleta y tomó un avión el primer día del año 2011. El problema fue que, al llegar, y tras ser recibido con un almuerzo, la mujer le informó que no podía quedarse allí, pues su marido le había dicho que cómo era posible que un hombre durmiera en una casa donde vivían dos niñas de 15 años.

Tuvo que agarrar su equipaje y quedarse en un hotel de 30 dólares la noche. Eso era el 10% del presupuesto que tenía para pasar un mes completo en Chile. La decisión de la mujer le había trastocado todos los planes y ahora estaba en Santiago sin tener idea de qué era lo que iba a hacer. Se le ocurrió llamar a Jorge Parra, su mentor argentino que había creado en Venezuela el show de improvisación del que se había enamorado, y éste le recomendó que llamara a fulanito, un fabricante de utensilios de circo.

Al día siguiente, cuando conoció al amigo de Parra, se dio cuenta de que su nuevo hotel, donde se quedaría los próximos treinta días, sería un galpón inmenso donde decenas de personas practicaban mañana tras mañana malabares, acrobacias, contorciones y demás espectáculos circenses. Allí se percató de que lo más parecido a una academia militar era la disciplina con la que esos hombres se paraban todas los días a entrenar religiosamente. Fue en ese momento cuando dejó atrás, para siempre, todos los prejuicios que durante años le habían hecho pensar que quienes hacían teatro eran locos, drogadictos y malvivientes.

El cuento me lo está echando el propio Ron Chávez. Son casi las cinco de la tarde de un martes de diciembre y ya llevo una hora escuchando las anécdotas que ha acumulado desde que en 2009 su madre, con tono de preocupación, le preguntase que qué iba a pasar con los estudios, que si era verdad que quería dedicarse al mundo de la actuación.

La conversación tiene lugar en el piso dos de la Torre A del Centro Perú, uno de los tantos edificios que copan la interminable avenida Francisco de Miranda y el lugar donde se inauguró, hace escasos meses, la primera sede de la Escuela de Humor. Ron Chávez está a punto de dictar la última sesión del taller ‘ABC de la Impro’ y debemos interrumpir la conversación ante la llegada de sus alumnos.

De vibra ligera, cola de caballo y barba semipoblada, no hay nada en Ron que haga recordar su pasado militar. Nada, salvo la disciplina que impone en clase. “Bueno, los celulares, muchachos. ¡Vamos a aprovechar la clase!”, dice enérgicamente para poner orden y dar inicio al cronograma de actividades. Su cara de éxtasis lo dice todo: ha llegado el mejor momento del día.

En la mano derecha tiene una campana y en la izquierda un cuadernito. Con lo primero llama la atención y en lo segundo anota para luego corregir. Durante la clase, Ron toma más apuntes que Mourinho, aplaude como un espectador más, tiene la sonrisa de un niño y cuenta con más adrenalina que un ladrón en problemas. La pasión de la que hablan sus familiares, amigos, alumnos y colegas está ahí, en el piso dos de la Torre A del Centro Perú, un martes de diciembre, a las 5:30 de la tarde.

–El greñúo ese es uno de los duros, el que empezó con todo esto. Es un fenómeno.

Un señor pelón, de camisa negra y acaso 40 años, le explica a su amigo de qué va el show llamado Improvisto. Aunque no domina con precisión los datos históricos, el sujeto que tengo detrás en la cola hace bien en detallar los fundamentos del espectáculo que hoy hemos venido a ver: una obra que está dividida en cinco historias independientes, cada una de las cuales surge de la improvisación.

El greñúo al que hace referencia el señor es Ron Chávez, quien desde hace ya unos años comenzó a cambiar el look de cadete que había llevado con orgullo cuando le tocaba marchar con las botas puestas y el fusil en la mano. Ya no se pasa la máquina uno, ni tampoco se afeita la cara. La metamorfosis artística lo ha convertido en una suerte de Jesucristo criollo con el pelo a media espalda.

Todo empezó una década atrás. A Ron lo invitaron a ver un show en el CELARG de Altamira y él, cuenta, salió con los tapones volados. No podía creer lo que había visto: una obra de teatro donde absolutamente todo era improvisado. La cuestión le pareció tan increíble que incluso pensó en que él podía dedicarse a ello, pero no pasaron ni cinco minutos cuando el cerebro le mandó un cable a tierra: ‘Si eres ridículo, qué vas a estar tú haciendo eso. Ni de vaina. Tú estás a punto de finalizar una carrera en la Universidad Simón Rodríguez como Licenciado en Administración de Recursos Humanos. Ni se te ocurra pensar en una cosa como esa, muchacho loco’.

Las endorfinas y una mujer, no obstante, le hicieron cambiar de parecer. La chica de la que estaba perdidamente enamorado le dijo que iba a tomar un taller de improvisación dirigido por la gente de Improvisto y él no dudo ni un segundo: era su oportunidad para conquistarla. La chama no pasó de la segunda clase, pero poco importó: él había encontrado la profesión con la que quería casarse por el resto de su vida.

Dirían los psicólogos que a partir de ese momento Ron pasó del «soy lo que voy probando para elegir» al «somos los que amamos». Roberto Carlos empezó a hacer cuanto taller y curso se le pasara por enfrente, se convirtió en un autodidacta empedernido y todo lo demás fue dándose en consecuencia. Escaló posiciones y llegó a dirigir el show que en 2009 le había volado los tapones.

Al pelón le ha tocado al lado mío. Le sigue contando a su amigo lo bueno que es el show que está a punto de comenzar. El teatro queda a oscuras. Una melodía rockera empieza a sonar y unas luces multicolores de discoteca apuntan desde el techo a todas direcciones. El público anima con aplausos y el maestro da luz de sala. Por la puerta de atrás van entrando los actores. Vestido de amarillo, Ron Chávez comanda al equipo con una sonrisa de oreja a oreja. Pienso en Villoro: Søren Kierkegaard tenía razón.

Hoy recordamos a Charles Dickens

En tiempos de diásporas, exilios y familias divididas, viene Charles Dickens en nuestro auxilio con una frase que invita, finalmente, a no perder eso que le da fuerza a la vida: la esperanza. Si separarse es doloroso, nos dice el británico, reencontrarse es mejor y lo compensa con creces. Nacido en Inglaterra tal día como hoy en 1812, Charles Dickens es, sencillamente, uno de los más grandes escritores de todos los tiempos. Autodidacta nato y lector voraz, sus primeros pasos los dio en el periodismo como cronista político y editor de varias publicaciones, muchas de ellas literarias. Sin embargo, pronto se pasó a la ficción, donde comenzó a cosechar éxitos. En una época en la que los folletines y las novelas por entrega eran la moda, Dickens logró que media Inglaterra (o Inglaterra y media), y con ella parte importante del mundo (se publicó a nivel internacional) esperara ansiosa las entregas de sus novelas, al punto de que se cuenta que en puertos como el de Nueva York, al llegar un barco, preguntaban era por el desenlace de alguna trama (“¿Está la pequeña Nell muerta?”) antes que por la carga. Haber manejado ese formato lo volvió un autor masivo y popular, ya que los periódicos y revistas eran más baratos y accesibles que los libros. Maestro de la narrativa, en sus novelas destacó por su gran sensibilidad social (fue siempre muy crítico con la explotación que se produjo a partir de la revolución industrial), así como por su humor e ironía. ‘Cuento de navidad’, ‘Oliver Twist’, ‘David Copperfield’, ‘Historia de dos ciudades’ o ‘Tiempos difíciles’ fueron algunos de sus títulos más populares. Puedes leer la reseña de este último AQUÍ.

El templo del 23

Por Mariana Souquett | @nanasouquett 

3:00 pm. El Metrobús que minutos antes había llegado a la estación El Silencio del Metro de Caracas, frente al Liceo Fermín Toro, arranca con solo siete pasajeros en dirección La Planicie, parroquia 23 de Enero, en el oeste de la capital. Su ruta, habilitada en marzo de 2015 para «llevar al pueblo» a visitar los restos de Hugo Chávez, es gratuita y hace una sola parada: El Cuartel de la Montaña.

«Santo Hugo Chávez del 23», un pequeño altar en honor al difunto presidente Hugo Chávez, es lo primero que se ve al bajar del autobús. Solo una persona de las que iban a bordo de la unidad cruzó la calle y subió hasta la entrada del fortín pintado de beige y rojo que terminó de construirse en 1906. Desde el 15 de marzo de 2013 —diez días después del fallecimiento de Chávez— la estructura diseñada por los arquitectos Alejandro Chataing y Jesús Rosales Bosque se convirtió en un mausoleo.

4F se ve en la cima de una colina del barrio. Un militar y un vecino hablan sobre el aumento de la inseguridad en la zona. Más adelante, está Chávez adolescente, Chávez golpista y Chávez adulto. La cara de quien fuera el presidente de Venezuela entre 1999 e inicios de 2013 se repite una y otra vez en los muros que conducen a la edificación que durante el siglo XX fungió como sede de la Academia Militar de Venezuela (1910-1950), del Ministerio de la Defensa (1950-1981) y como Museo Histórico Militar.

3:20 pm. Solo un hombre aguarda para entrar al Cuartel. Lleva una camisa de la Universidad Bolivariana y la Misión Sucre. Dice que está esperando a otros compañeros para entrar y cumplir con un trabajo de la Escuela de Comunicación Social. «Cuando le di la mano a Chávez en el 2008 se me salieron las lágrimas», recuerda el estudiante, quien se identifica como José Urbina, de 54 años. A pesar de que vive en el 23 de Enero, no había ido a visitar al mandatario después de su muerte.

«Aquí está nuestro comandante, nuestro libertador, y todos los que lo cuidan con amor», dice la miliciana Velásquez, una de las guías del Cuartel, al grupo de nueve personas al que acompaña en el tour. Insiste en que diariamente asisten alrededor de 400 personas de todo el mundo, aunque en la hoja del registro de ese día las firmas no llegan al final de la primera página. Más que visitantes, los vecinos del 23 cruzan el Cuartel para ir a comprar a un Pdval (Productora y Distribuidora Venezolana de Alimentos). Hay brisa, calma, un tenso silencio y poco sol.

33 banderas ondean en «El Bosque de las Banderas», un pasillo ceremonial ubicado después de la «Placita del eterno retorno», un semicírculo con banquitos, antes de la entrada al Cuartel. La frase contentiva del famoso «por ahora» pronunciado por Chávez al fracasar el golpe de Estado contra Carlos Andrés Pérez el 4 de febrero de 1992 está escrita en una placa de granito justo en la entrada, a la izquierda. Al frente, en una placa similar, están sus últimas palabras públicas.

Calas rojas adornan el pie del sarcófago de granito que está situado sobre «La Flor de los cuatro elementos», monumento construido en seis días específicamente para albergar los restos del aquí venerado líder. Cuatro soldados de la guardia de honor, vestidos de rojo cuales patriotas de la independencia —con sombreros negros, guantes blancos y sables—, lo custodian. Uno de los cuatro guardias de honor tiene cara de hastío. El lugar huele, quizás por las flores, a cementerio.

En el fondo, a la izquierda, hay un cuadro de Chávez sonriente. En el centro, donde antes —según consta en fotos— había una estatua de Simón Bolívar, está el retrato de El Libertador reconstruido digitalmente. A la derecha, un Chávez pensante. El lugar da la sensación de un eterno velorio, pero sin mucha gente. Aunque al frente y desde hace cuatro años hay una pequeña capilla para orar, todo el Cuartel de la Montaña se asemeja a una iglesia, un templo para rendir culto al oriundo de Sabaneta.

3:45 pm. «¡Pase lo que pase… tenemos patria… patria perpetua… patria para siempre!», grita una voz chillona en el acto de cambio de guardia, hecho que la miliciana define como un homenaje en agradecimiento al «Comandante Supremo de la Revolución Bolivariana».

En el Cuartel de la Montaña no se puede estar solo. «Van a pasar por donde yo pase, van a pisar por donde yo pise», expresa la miliciana. Cada tres minutos hace un recordatorio que, más que una advertencia, suena a amenaza: «Pueden tomar todas las fotos que quieran, pero no grabar videos ni hacer fotos con flash. Todo lo que hagan, como estar grabando, se ve en las cámaras».

3:50 pm. El grupo entra al «Callejón de nuestro comandante», un salón oscuro con fotos de paisajes de Venezuela acompañadas por frases del «comandante». También quedan algunas armas, charreteras y banderas de la Guerra Federal, reliquias de la época en la que el Cuartel fue solo un Museo. Mientras, la miliciana, una viejita que se ufana de ser abogada penalista, insiste: Chávez sacó a la gente de los barrios, les dio casa y «multiplicó» a los niños y a los abuelos; la Cuarta República no le dejó nada a la gente; Venezuela no quiere guerra, pero sí la paz. Todo el recorrido es una especie de evangelización, de adoctrinamiento en el que las mismas frases son repetidas con constancia.

Una voz la interrumpe. «Me perdonan. No porque dé esta opinión dejaré de ser chavista, porque seguiré chavista hasta que me muera. Pero lo que yo quiero es que no hagan más apartamentos en la ciudad. Háganlos para los pueblos para que la gente busque sembrar. Aquí hay un poco ‘e malandros que metieron de los cerros que no quieren trabajar», afirma una de las participantes del grupo.

El tono de la sargento Velásquez cambia. La premisa «Aquí no se habla mal de Chávez», posicionada por el Gobierno y visible en toda Caracas, no está escrita en el Cuartel, pero sí está implícita, sobreentendida. La miliciana replica desafiante pero acepta la crítica, e insta a la mujer a escribirle por Twitter al presidente Nicolás Maduro, «el hijo de Chávez».

4:12 pm. Alrededor del «Callejón» hay otros salones que cuentan e ilustran la vida de Chávez. «La sala de ese niño gigante» contiene recreaciones de situaciones de su vida. Del otro lado, un salón contiene fotos de él en cualquier escenario. «Chávez vivirá siempre. ¿Verdad que todos somos Chávez?», pregunta la sargento mientras todos, menos una joven, responden que sí. «Mira, princesa, ¿tú eres Chávez?», le repregunta directamente. La joven tarda unos segundos en responder, pero dice que no y continúa tomando fotos.

«Crean en Dios y crean en Chávez», contesta tajante la miliciana.

4:20 pm. «Yo voy pasando la manito y ustedes también, no pueden tirar fotos», indica la guía. En fila india y siguiendo los pasos de la sargento, los nueve turistas tocan el féretro. «Me dieron ganas de llorar. Me aguanté las lágrimas», dice José Urbina.

Pasan cinco minutos. Suenan cuatro campanadas y media. Un soldado enciende el cañón donde todos los días a la misma hora —la de la muerte de Chávez— se dispara una bala de salva. «¡Fuego!», exclama otro miliciano. Hay un fuerte sonido y el ambiente se llena de pólvora. Algunos asistentes aplauden y gritan emocionados.

Comienza a llover. La intensidad arrecia y los turistas no se pueden ir. «¿Están viendo esta bendición de Chávez? Esta lluvia es un regalo de nuestro Comandante», expresa la sargento Velásquez. Al ver que se hace tarde, decide cruzar dos palitos de madera y comienza a elevarle oraciones a Hugo Chávez para que así deje de llover y las personas puedan irse. Eventualmente escampa, y los asistentes comienzan a retirarse. Y la miliciana les hace una última petición: «Recuerden vivo al Comandante y apoyen siempre al presidente Nicolás Maduro».

¡No volverás!

“Los políticos que ansiaban eternizarse no volverán nunca más”, tuiteó la noche de ayer el presidente Lenín Moreno. La daga tenía un claro objetivo: apuntaba a su otro amigo y exmandatario del país, Rafael Correa. Ayer, en una consulta popular, Ecuador dejó claras muchas cosas. La más importante de ellas es que no quiere ver más nunca en el poder a quien gobernase ininterrumpidamente desde el 15 de enero de 2007 hasta el 24 de mayo de 2017. Rafael Correa no podrá postularse nuevamente a la Presidencia de Ecuador y ve así desplomado su plan de volver al cargo en el 2021. El resultado de la votación es el punto y final de una estrategia en la que el tiro salió por la culata. La historia es la siguiente: Correa, a través de la Asamblea Nacional, había reformado la Constitución en 2015 para que ésta permitiese la reelección indefinida. No obstante, cuando la opinión pública empezó a atacarlo con el argumento de que él buscaba eternizarse en el poder, optó por dejar en el trono a su mano derecha, siempre con la intención de volver a gobernar más adelante. Pero Lenín Moreno no fue lo que él esperaba y el plan se vino abajo. A menos de un año de las últimas presidenciales, las diferencias entre los dos líderes son cada vez más irreconciliables. Ironías de la vida, a Rafael no lo ha pulverizado la derecha ‘yanqui y vendepatria’, sino su propio partido. La consulta de ayer, que contenía siete preguntas, estaba considerada por politólogos y analistas como un pulso de fuerzas y el exmandatario ha salido muy mal parado. Su opción, el ‘No’, fracasó en cada uno de los ítems y no pudo obtener en ninguno de ellos un porcentaje mayor al 38%. Además de la prohibición a la reelección indefinida (64,12%), ayer Ecuador dijo ‘Sí’ a inhabilitar de por vida a los condenados por corrupción (73,7%) y a restructurar el Consejo de Participación Ciudadana (62,95%) –órgano que elige cargos importantes y que estaba en manos de partidarios de Correa–. El exmandatario había regresado de su año sabático en Bélgica para hacer campaña, pero sus esfuerzos fueron en vano. En Ecuador no creen en democracias de presidentes vitalicios.