la victoria de seguir con vida

La victoria de seguir con vida

Agosto de 2017. Caracas. 11:00 pm.

La luz de la luna lame el asfalto de la avenida Francisco de Miranda, en Altamira. Eduardo, Francisco, Daniel y una muchacha cruzan la calle como quien atraviesa un portal hacia la muerte: viendo a los lados, tambaleándose por la borrachera. Con las risas exageradas de veinteañeros que abusaron del ron y la vida.

Caminan hacia el carro de Francisco, quien llevará a cada uno a su casa.

Un aveo gris de 2011 se aproxima a toda velocidad. Es un carro idéntico al de Francisco: idéntico. Esto podría resultarle curioso a cualquiera de los muchachos si acaso alguno se diera cuenta de este detalle. Pero no, ninguno tiene el olfato clarividente de los que se anticipan al destino.

De los que esquivan la muerte.

El aveo gris de 2011, que acelera como gallina despavorida, viene perseguido no por un lobo sino por varias patrullas. Lo maneja un hombre y de copiloto va una prostituta. La historia prometería ser lo suficientemente sórdida como para aparecer en los periódicos, si no hubiese tanta censura ni tantas muertes de las que ocuparse.

El aveo acelera. Se le atraviesa otro carro y lo impacta. Ambos vehículos se desestabilizan: patinan sobre el pavimento. De fondo podría sonar una pieza de Bach, para hacer esto más dramático. Pero lo que suena a continuación es el aveo impactando contra cuatro cuerpos humanos.

Contra Francisco, Daniel, Eduardo y la muchacha.

Ya se sabe: la realidad puede cambiar en un segundo.

Los dedos de Wilfredo repiquetean sobre una de las mesas de la Librería Lugar Común, de Altamira. Son más de las 11 de la noche y Wil ve cómo el local se va quedando vacío. Bosteza. La música de Gorrillaz, I Feel Good inc, acaricia la soledad que comienza a sentir. Ya no tiene con quien hablar. El after party terminó, el alcohol también. Y hasta el pana al que estaban despidiendo –migrará, como tantos: huyendo de una ciudad y un país que muerden– desaparece.

Piensa que Francisco se está tardando. Se supone que iría a llevar a los muchachos a sus casas y, luego, se regresaría a buscarlo a él.

Saca su celular. Lo llama una vez. Nada. Insiste. Le contestan.

—Aló.

—Francisco, marico, ¿dónde estás? Te has tardado burda.

—Marico, nos chocaron.

—¡Mamawevo!, ¿¡de pana!?

Cuelgan.

Wil repite aló varias veces hasta que se da cuenta. Suspira. Su pie derecho golpea el piso con insistencia. Siente que su cabeza es un tambor. Quiere irse. Vuelve a llamar.

—Aló.

—¡Francisco, mamawevo, ¿dónde estás?!, ¡deja de joder!

—¡Marico, nos chocaron! ¡Nos-cho-ca-ron! Estamos en una ambulancia vía Clínica El Ávila.

Wil palidece.

—Voy para allá –responde.

En Caracas abunda el miedo. Esa bruma de color azul oscuro que se respira en cada esquina y que llena de pesadez el cuerpo cuando la noche gana espacio, cuando se oye una moto, cuando un conocido no atiende el teléfono.

Pero muchas veces no pasa de ser eso: una bruma y la correspondiente sensación de pesadez.

La violencia, como en casi todas partes del mundo, se concentra en pocos sitios y en pocas personas. Lo que pasa es que esos sitios y esas personas se han multiplicado. Lo que pasa es que reina la impunidad. Y lo que también pasa es que las noticias superan la imaginación.

Pero la vida debe continuar.

Y si no vives en un barrio, en una zona especialmente violenta o en una de las áreas high de la city –en donde el secuestro es tan común como el hurto en el Metro–, es probable que te muevas como quien baila con fantasmas. Huyendo de temores que no se concretan. Manteniendo precauciones que en otros países resultarían excesivas. Y hasta coqueteando con el placer y, cada tanto, olvidando que una moneda que caiga mal puede generar un terremoto. O hacer que los fantasmas se vuelvan de carne y hueso.

Wil atraviesa la avenida Francisco de Miranda. Varios policías pululan por la zona. Las luces rojas y azules de las patrullas aguijonean la oscuridad. Ve, entonces, un aveo gris 2011 chocado contra el poste de un semáforo. El carro de Francisco, piensa. Corre hacia él: teme que los policías se roben todas las pertenencias de sus amigos.

—Chamo, salte del carro: en ese carro tú no puedes estar –le espeta un oficial.

—No, este es el carro de un pana.

—¿Cuál pana?

—Uno de los que chocaron.

—A los cuatro se los llevaron.

El policía le explica que, uno, ese no es el carro de su amigo: es el del que los chocó. Dos, le informa que dos de los chamos –Francisco y Eduardo– quedaron bajo el aveo, que otro –Daniel– quedó desmayado al lado del mismo, y que la muchacha fue la única que pudo pararse de inmediato tras el golpe.

—Se los llevaron a la Clínica El Ávila –finaliza.

Wil se levanta. Mete las manos en sus bolsillos. Está corto de dinero. Agarra un taxi hasta la clínica. Allá le dicen que a sus amigos los remitieron a Salud Chacao. Es la medianoche de la una de las ciudades más peligrosas del mundo y Wil se regresa corriendo hasta el punto donde ocurrió el choque. Los latidos de su corazón lo ahogan.

Aborda a uno de los policías.

—Pana, me quedé sin real –dice.

La respiración agitada, los ojos suplicantes. Los gestos atropellados. Uno de los funcionarios, fastidiado, para un taxi:

—Pana, llévalo hasta Salud Chacao. Te doy la orden: hazme el favor –le pide al chofer.

¿Quién podía pensar, más allá de las prevenciones lógicas de cualquier caraqueño, que una noche de fiesta en el sitio de trabajo podía conducir a eso? ¿Quién podía pensar que, luego de tanta algarabía y nostalgia (después de todo, era una despedida) un fantasma podía atravesarse en el medio de chamos ebrios de despreocupación para materializarse como un monstruo nocturno?

En la cabeza de Wil, quien trata de comunicarse con el resto de sus compañeros de la librería pero ninguno le atiende, surge uno de los últimos relatos de violencia que ha escuchado.

No sabe por qué, pero el mismo le llena la sangre de cubos de hielo: de presentimientos nefastos.

Dos meses antes, la editorial Lugar Común publicó dos libros del poeta y profesor de la UCV, Eleazar León: un poemario y una antología de ensayos. Después de eso, la llamada de unos policías los sorprendió en la librería.

—Mira, aquí tenemos a una señora, el hijo la mató: queremos comunicarnos directamente con los familiares de los ciudadanos.

Así de directos fueron cuando el dueño de la cadena se puso al teléfono. Al parecer, los funcionarios revisaron una libreta de la mujer, esposa de Eleazar León, y encontraron el número de teléfono de la librería. De esta forma, un suceso que no saldría en prensa ni sería develado por ningún periodista se hizo visible para todos quienes trabajaban en Lugar Común. Un fantasma había cobrado cuerpo.

Wil recuerda eso y mueve su mano derecha con rapidez por delante de sus ojos, como si tratara de espantar a una mosca.

La chica tiene una lesión en el cuello, no tardarán en enviarla a su casa. Eduardo padece una fractura en el tórax: no se puede mover, no puede hablar. Por fortuna, un residente de Altamira –por donde vive él– vio el accidente desde su ventana y notó que una de las víctimas era Eduardito, así que llamó a su mamá, quien ahora lo acompaña a la espera de que los médicos digan qué hacer.

Con eso se consigue Wil cuando llega a Salud Chacao. Con eso y con la imagen de Daniel sentado sobre una camilla. Una enfermera le corta el blue jean con unas tijeras aparatosas, mientras otra le coloca algo en el pene. Wil se aproxima a saludarlo, en la sala de Emergencia. Daniel ni lo nota, solo repite una y otra vez, con gestos malandros y la frustración de quien se siente incomprendido:

Take away this shit!

Por alguna razón, luego del golpe, Daniel solo habla en inglés.

Wil detalla una cortada en la cabeza de su amigo, otra en el pómulo, y la abundante sangre que cubre toda su cara hasta sus hombros. Recuerda que los papás de su amigo están de viaje, fuera del país. Respira profundo.

Una doctora le dice que es necesario remitir a Daniel a El Llanito. Deben hacerle una tomografía y ese es el único lugar en el que podrán hacerlo: en Salud Chacao no tienen la máquina.

Wil se siente mareado, sus hombros experimentan la pesadez de fantasmas que lo aprisionan. Se decide a acompañar a su amigo. En eso, llega Francisco junto con su madre.

En el accidente, Francisco había quedado bajo el carro que lo impactó. Una vez lo sacaron de ahí, llamó a su mamá y le contó lo sucedido. Ella llegó en breve, dejó el carro cerca de donde había ocurrido el choque y se fue junto con su hijo y los muchachos en una ambulancia hacia Salud Chacao. Ahí se precisó que la “torcedura” que Francisco creía que tenía era, en realidad, otra cosa: el tobillo se le había fracturado en tres partes. También padecía una fractura en el fémur. Y de ñapa, un hombro golpeado. Lo remitieron a El Llanito y de ahí, por algún motivo, lo devolvieron a Salud Chacao.

Cuando Francisco va llegando en compañía de su madre, Wil y Daniel van saliendo.

Nadie entiende muy bien lo que está pasando ni las decisiones médicas. La bruma de urgencia que los arropa solo deja entrever dos cosas. Uno, las carencias de la institución médica obligan a rotar a los pacientes en medio de la noche. Dos, en El Llanito no atienden a todo el mundo.

—Di que él es de Petare, di eso allá, para que lo puedan atender –le dice una doctora a Wil.

—¿Pero cómo nos vamos a ir?, si acaban de devolver a uno de nosotros para acá –repite una y otra vez.

—No me interesa lo que tú digas, hay que enviarlo para allá y punto.

Cuando la ambulancia llega a El Llanito, un vigilante se ofrece a ayudar a bajar a Daniel. Wil y la enfermera se apean de la parte de atrás, mientras la doctora hace lo propio desde el asiento del copiloto.

El vigilante busca una silla de ruedas, que tiene una rueda doblada y a la que le falta el posapies. Usa un par de trenzas para amarrarle las piernas a Daniel, y procede a empujar la silla que avanza tan ladeada como los planes de los muchachos de llegar sanos y salvos a su casa.

En la sala de Emergencias, hay un montón de personas para quienes los peligrosos de la ciudad no son seres etéreos sino yunques contra los que chocaron y que acaban de cambiar su noche, su día, su semana, su mes, su año: su vida, quizá. Gente con gangrena, con los genitales hediondos, con la piel bañada en sangre, con la piel agujereada.

¿En qué momento una fiesta de despedida se transformó en un capítulo de La divina comedia?

A Daniel hay que hacerle un eco. Pero debe esperar, tiene una cola de pacientes por delante.

Wil se acerca a unos policías. Les explica que él trabaja en la Librería Lugar Común. Y, pese a que su amigo vive en El Junquito y estudia Letras en la UCAB, se ciñe a la orden que le diera la doctora: les dice que Daniel es de Petare.

—Coño, ¿y por qué habla inglés? –pregunta un policía.

—Porque es profesor en el Pedagógico –miente Wil.

El oficial se rasca la cara. Finalmente, responde:

—Déjame ver cómo hago.

A Francisco no lo atendieron en El Llanito por ser del área costosa de la ciudad. A Daniel, sin tener que seguir esperando, lo pasan de una vez para que le hagan un eco en el estómago.

Así funciona la salud en Caracas.

Daniel no tiene ningún órgano movido. Antes de hacerle la tomografía en la cabeza y en el pecho, le quitan lo que le queda de ropa. Mientras esto sucede, las enfermeras limpian la máquina con un coleto: se encuentra tan llena de sangre como si un corazón hubiese explotado ahí dentro.

Daniel tiene todos los tendones del cuerpo contraídos, apenas puede moverse. Y se queja, una y otra vez, de lo que sucede: no sabe por qué a los demás les cuesta tanto comprender lo que dice.

—Coño, pana, ¿pero no hay una camilla donde lo puedan acostar? –pregunta Wil a un doctor, luego de que ambas tomografías se realizaran y, dado que no mostraron nada “demasiado grave”, sacaran a Daniel de Emergencias y lo pusieran en Observación, sobre una silla ya bastante incómoda para alguien sano.

—No hay camilla, lo único que queda es Emergencia y te juro que aquí va a entrar más gente peor que él.

Pasadas las dos de la mañana, llegan Eduardo y sus papás. También lo ingresan a Emergencia y le hacen la respectiva tomografía. Luego, queda junto con Daniel en Observación.

Las palabras del doctor, entonces, resultan proféticas. Los enfermeros corren por el hospital con una camilla que sostiene a un hombre herido de dos disparos. La familia y la gente que lo trajo revolotean a su alrededor. Un doctor se acerca, lo detalla y nota que ambos tiros entraron por una parte del pectoral y salieron por otra: el hombre no tiene proyectiles dentro de su cuerpo, ni órganos afectados. Busca una inyectadora con adrenalina y se la clava en el brazo. También le limpian las heridas y le ponen suero. El tipo –que estaba desmayado– abre los ojos, se levanta y sale del hospital caminando.

—Verga, este se salvó de vainita. Definitivamente, los malandros tienen siete vidas –murmura el doctor.

Wil y los papás de Eduardo ven eso. Sienten que algo se revuelve en sus estómagos. La vida, la ciudad: ¿los miedos?

—Verga, qué vaina tan loca este país –dice Wil a un policía, minutos después, mientras fuma a su lado en el estacionamiento.

—No, pana, y tú nos ha visto nada –le responde el funcionario, luego de exhalar el humo hacia el cielo–: en estos días, un chamo mató a su mamá.

—Verga. ¿Cómo fue eso?

—La golpeó en la cabeza y le clavó un cuchillo en el vientre.

—¡Mierda!

—Yo llevé al carajito a la cárcel. En lo que entró, los malandros de ahí dentro nos preguntan: ¿y este por qué viene? Mató a la mamá, les digo. Ah, bueno, ese muere hoy, me responden. Dicho y hecho, mi pana: ese día lo picaron en pedacitos.

El cigarro de Wil se consume entre sus dedos. Lleva lo poco que le queda a la boca y, bajando la voz, pregunta:

—¿Por casualidad el apellido de ese chamo no es León?

—¡Claro! ¡Ese mismo es! ¿¡Cómo sabes!?

Wil procede a contarle su parte de la historia. Una historia que jamás verá luz en los periódicos. Un drama que opaca su propia sensación de peligro al enfrentar las consecuencias de un accidente que pudo ser peor.

Al final del día, la más grande de las victorias es sentir el calor de seguir con vida.

Casi a las cuatro de la mañana, Wil vuelve a rogar. Pide a los policías que lo lleven a Salud Chacao, ahí están Francisco y su mamá solos. El destino de Daniel y de Eduardo ya está echado: permanecer en Observación hasta que les den de alta.

Antes de salir, ve llegar a una mujer a la que le cortaron el dedo. La acompaña un corro de chalequeadores, que se burlan de su desgracia y solo aumentan las chanzas cuando los médicos explican que el dedo no se puede salvar. La mujer llora. Y Wil se pregunta dónde carajos está viviendo.

Llega a Salud Chacao, ve más malandros heridos, hombres apuñaleados. Francisco está sentando gimiendo de dolor. Los calmantes que le dan no son suficientemente fuertes y él se queja como si estuviese poseído. A las ocho de la mañana llega una ambulancia y lo trasladan a la clínica Méndez Gimón.

A los cinco días de estar internado, lo operan de emergencia, aunque en ese momento tiene fiebre y taquicardia. La demora en hacer la intervención quirúrgica se debe a que no conseguían los clavos necesarios. Si esperan más, Francisco puede pasar a engrosar una estadística a la que no quiere pertenecer.

Pese a la fiebre, aguanta la operación. Daniel también se recupera, vuelve a hablar en español y nunca puede recordar lo sucedido. A Eduardo, por su parte, le dieron de alta luego de pasar parte de su jornada en Observación al lado de una mujer con gangrena y el respectivo hedor putrefacto. Como un recordatorio de lo afortunado que es.

Con el paso de los meses, los cuatros jóvenes continúan haciendo su vida y vuelven al saludable sopor del que espera más nunca volver a rozar la bruma de sus temores. Son protagonistas de una historia gigante de final improbable. En la ciudad de la muerte, ellos siguen con vida.

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel

paraguas de colores

La invasión de los paraguas de colores

Aparecieron sin previo aviso. Una sucesión de coloridos paraguas se elevó hacia el cielo caraqueño, en el Pasaje Linares entre la avenida Universidad y la Plaza El Venezolano, en pleno casco histórico de la ciudad.

Impulsada por la Alcaldía de Caracas, esta vistosa instalación emula el UmbrellaSky Project, iniciativa surgida en la ciudad portuguesa de Águeda con motivo de un festival local celebrado en 2011. Desde entonces, los “cielos de sombrillas” se han expandido hacia otras urbes como el paseo Coral Gables de Miami o la ciudad de Madrid.

Sobre los paraguas de colores en Caracas han escrito entusiastas y detractores. Hay quienes dicen que la obra no es sino un intento de “maquillar la realidad”, tapar el sol con algo brillante y bonito, que distraiga la atención y genere cientos de selfies.

En el otro lado de la acera se argumenta que “sin importar quién lo hizo”, el cielo de sombrillas “se ve arrechísimo y está de pinga”. Agregan que ese colorido paisaje ha logrado que los caraqueños se aventuren a conocer el casco histórico de la ciudad.

Ambas premisas tienen algo de cierto.

El chavismo ha impuesto sus fatídicos símbolos en cada espacio y superficie bajo su dominio, por ejemplo, el 23 de Enero y el Centro de Caracas. En ese contexto, el endógeno UmbrellaSky se presenta como un monumento más amigable, donde el ciudadano encuentra color y optimismo en una estampa muy pop digna de difundirse en las redes sociales.

Yo mismo prefiero unos paraguas de colores antes que los ojos de Chávez al estilo del Gran Hermano o la imagen donde Hugo y Nicolás aparecen en una pose calcada de Lenin y Stalin, rematada con la frase “Juntos Todo es Posible”, que al mismo tiempo dio nombre a la cuestionada campaña de la Alcaldía de Caracas para reemplazar  aceras de varias calles y avenidas. Una campaña que, vale acotar, solo dejó pérdida en el patrimonio urbano.

Un altar al socialismo en cada esquina

Pero la tregua visual que representó la exposición de una pieza aparentemente libre de connotaciones ideológicas caducó demasiado rápido, fulminada por Erika Farías (f), quien preside de facto la alcaldía Libertador. Farías aprobó una comisión especial para cambiar el escudo, la bandera y el himno de Caracas, con la intención de sustituir el emblemático león establecido como un ícono de la capital venezolana desde su fundación el 25 de julio de 1957, por los ojos del finado. Como hizo en diciembre, cuando cambió la felina estatua que custodiaba la autopista Valle Coche por la figura de la indígena Apacuana.

La intención es clara, proseguir con la deformación de nuestros conceptos estéticos e históricos, adaptándolos a sus ideales para hacer de cada esquina caraqueña un altar al socialismo del siglo XXI.

No puedo dejar de pensar que las imágenes de los paraguas que se viralizan en redes construyen la narrativa de una gestión que no existe. De esa manera los ciudadanos que buscan mostrar una cara más luminosa de la ciudad e insisten en que no se politice la obra en el fondo están siendo usados para hacer proselitismo.

Pero el quid de la cuestión, más allá de juzgar a alguien por tomarse una foto o no, es que esos paraguas de colores no implican una transformación real del espacio público, más bien construyen un espejismo. Una vez que se atraviesa el pasaje y sus coloridas sombrillas, saltan a la vista las fachadas sucias, grafiteadas y atiborradas de propaganda comunista.

No hay que ser un experto en urbanismos para darse cuenta de que la ejecución del caraqueño cielo de sombrillas se hizo a medias y sin planificación alguna. Uno de los edificios sobre los que se asienta la controvertida estructura es la viva estampa de la decadencia arquitectónica.

Foto: Luis Morillo | Crónica.Uno

Demás está decir que claro que importa quién colocó los paraguas en el Pasaje Linares y con qué dinero. La Alcaldía de Caracas es un ente público y como tal tiene el deber de informar a los ciudadanos el origen de la obra.

¿Realmente fue una donación de un artista extranjero?, como afirmaron extraoficialmente trabajadores responsables de la instalación. ¿O los recursos salieron de los fondos públicos? ¿Cuál fue el costo total del UmbrellaSky? El portal Crónica.uno estimó en  1917,6 dólares (352,5 salarios mínimos) solo el costo de las sombrillas.

Todas las anteriores son preguntas que, aunque no obtengan respuesta, deben hacerse en aras de la transparencia.

Si algo ha dejado claro el episodio de los paraguas es que los ciudadanos ansían la creación de espacios públicos que les permitan volver a disfrutar la ciudad. Pero para solventar esta necesidad se requiere de proyectos donde la transformación urbana unifique integralmente los ámbitos estético-artístico sustentable y recreativo. En otras palabras, además de una locación para admirar y tomarnos fotos, merecemos espacios donde convivir, encontrarnos y desenvolvernos. Podría empezarse por la recuperación de plazas, fuentes decorativas, esculturas, canchas deportivas, y murales concebidos desde el arte y no para la política.

Por Kevin Melean | @kevmelean

Endgame

Vivir Endgame en un Estado fallido

Una computadora guindada un viernes a las diez de la mañana en una taquilla de cine. Un par de empleadas desorientadas y desmotivadas, sobre las que no puedo dejar de preguntarme qué habrán desayunado o cómo se habrán transportado desde sus casas hasta aquí.

Un comprobante de compra por Internet en la pantalla de mi smartphone, luego de tres horas de combate de madrugada –lo mismo que durará la película– con mi conexión, la página web de Cinex y el límite de mi tarjeta de crédito, que ya no alcanza para dos empanadas, pero sí para una entrada en el Centro Lido. Luego de lucir mi mejor máscara posible de desesperación, con él me dejan pasar directo a una sala de 150 puestos en la que no hay nadie rompiendo los boletos, para una función subtitulada a las 10:20 am. a la que solo asistirán seis espectadores.

Un combo pequeño de cotufa y Pepsi equivalente a dos tercios del sueldo mínimo mensual para la fecha, y cuya cafeína no me sirve para evitar que el cansancio acumulado por tantos tigres me doblegue la vista durante un puñado de escenas en la superproducción de Hollywood más esperada del año, y quizá de todos los tiempos. Sí, soy un hazmerreír histórico.

No todo el mundo vivió igual el estreno más taquillero de los anales del cine en Caracas, la capital de un Estado fallido que, a pesar de la hiperinflación, la crisis de electricidad y servicios públicos, la emergencia humanitaria compleja y la curiosidad de tener un presidente de facto y otro legítimo –cuatro días después, el segundo de ellos llamó a la población a unirse a una sublevación militar casi sin militares–, también se plegó el pasado viernes 26 de abril a la fiebre global para ver Endgame, la cuarta entrega –y el cierre de la saga de superhéroes– de Avengers.  

“No pudimos comprar las entradas ni en preventa, ni para el día siguiente del estreno. Las páginas estuvieron colapsadas toda la semana”, me cuenta Yimmi Eduardo Castillo, padre de familia y uno de los community managers más reputados de la ciudad. “Sí conseguimos para el día domingo [28 de abril] en Cinex El Recreo. Llegamos medio en la raya y pasó lo que más temíamos: una cola larga para imprimir las entradas compradas por Internet. No nos dio tiempo ni para las cotufas. Al entrar, ya la función había comenzado. Una de las cosas que más me impresionó fue la disposición del público a interactuar con la película: todos gritaban, reían, lloraban, le decían cosas a la pantalla en voz alta. Parecía, en lugar de una sala de cine, la sala de una casa con toda una gran familia. El momento cómico fue cuando mi hija de cuatro años de edad, en una de las escenas de la batalla final, gritó: ‘Thanos es peor que Maduro’. Media sala resonó con la carcajada colectiva”, agrega.

El 26 de abril hubo proyecciones de Endgame en Caracas incluso a las 7:00 am. “Toda la feria del centro comercial El Recreo estaba llena, como tenía años sin verla”, relata uno de mis mejores amigos. En 1994, el Cinex Lido se estrenó con el par de salas de cine con mejor sistema de sonido de Venezuela. Asistí a su primera función, una película sobre Beethoven (Amada inmortal), y mandé a callar a dos doñas en la fila de atrás porque cometieron el sacrilegio de no parar de hablar paja ni siquiera durante la sonata para piano número 14. Hoy, el Lido es un bodrio semidesierto: tanto el cine como el centro comercial. Supongo que los fans serios hicieron cola o apartaron entradas para ver a los Avengers en malls un poco menos decadentes como el Líder, el San Ignacio, el Tolón o el Millennium.

Los que participamos aquel fin de semana en esa enajenación colectiva nos sentimos un poco como los que vemos a Messi y Cristiano Ronaldo jugando fútbol en una misma época: fuimos testigos de algo que quizá solo ocurrirá una vez en nuestro tiempo de vida. Endgame rompió el récord del estreno global más taquillero de la historia, sacándole casi el doble al anterior: precisamente Infinity War (2018), la tercera entrega de Avengers, sin la que es imposible entender el barbarazo que pasó por un país que parece necesitar a Hulk, Thor, Iron-Man y sobre todo al Capitán América para resolver 20 años de dictadura y pérdida progresiva de casi todas las libertades y los bienestares.     

La velocidad era crucial: había que meterse el puñal de tres horas de vengadores antes de que algún malparido difundiera el desenlace en alguna plataforma digital. Lo que llaman en inglés spoilers. Por supuesto, todos sabíamos que los buenos al final ganarían. Lo que nadie quería perderse era el cómo demonios ocurriría. ¿Es éticamente perdonable el furor por Endgame en un país en el que, según Naciones Unidas, un tercio de la población necesita ayuda humanitaria urgente?, se preguntaron algunos Catones Censores en redes sociales. Solo encuentro una explicación para la existencia de esas almas desorientadas: no vieron ese ejercicio de crueldad infinita que representó el final de Infinity War.

Thanos. Imagen cortesía de Antena 3.

Un gigante morado, supuestamente el villano más poderoso que ha conocido universo, desaparecía a la mitad de los seres vivos con un chasquido de dedos como el de Eladio Lárez en Quién Quiere Ser Millonario. Las escenas más perturbadoras del tal Thanos son aquellas en las que sujeta con sus enormes pero muy bien cuidadas manos las cabezas de alguno de los vengadores. En teoría, podría aplastarlas y matar de una vez la culebra, pero uno de los códigos del cine de superhéroes que nunca comprende la gente excesivamente madura es que el villano, de forma absurda, siempre deja vivo al superhéroe. Han ocurrido cosas parecidas en la política venezolana contemporánea.

“Somos nueve amigos, todos del colegio El Ángel, más el hermano de una amiga”, relata Cristian Quintero, liceísta de 16 años. “Desde el día que empezaron a vender la entradas, el 22 de abril, intentamos comprarlas. Ese día salimos temprano, a las 10:00 am., debido a un consejo de profesores, y fuimos a Galería Los Naranjos y al Líder, pero las entradas se habían agotado. Al día siguiente, a las 9:30 am. del 23 de abril, estábamos en clase de Soberanía y desde varios celulares intentábamos comprar las entradas. Estábamos muy estresados pero decidimos intentarlo por enésima vez. A las 11:30 am. nos apareció el código QR junto con la confirmación de la compra: en clase de Historia, gritamos de alegría y nos abrazamos debido a que íbamos a ver la película el día del estreno”.

“Conseguimos entradas para la función de las 12:35 m. del 26 de abril en el Sambil, con el detalle de que ese día salíamos al mediodía”, agrega el liceísta de cuarto año. “Tuvimos que hablar con la profesora guía y decirle la verdad. Al principio, ella se negó, pero le explicamos lo importante que era para nosotros y que ya habíamos pagado por esas entradas. Después de 45 minutos, tras hablar con el director, nos dijo que sí. Comienza la película y no podíamos creer que estábamos ahí. Todos reímos, gritamos, lloramos, fue una experiencia inolvidable. Estoy seguro de que hablaremos de esto en unos 30 o 40 años”.

No me considero un fan 100% serio de lo que se conoce como el “Universo Cinemático Marvel”: solo he visto 16 de las 22 películas (73%) de la franquicia cinematográfica, que arrancó en 2008 con la primera Iron-Man. Soy un adulto bastante manganzón que podría pasar por el papá de Cristian. No debería creer ya en posibilidad alguna de que Hulk venga a Venezuela y batuquee una tanqueta de la Guardia Nacional. Pero esas 16 experiencias forman una parte importante de mi patrimonio cultural y emocional. Sí, llámame infantiloide: el universo Marvel me ha servido de refugio en los años del chavismo.

Hubo un momento de 2017 en que estaba prácticamente desempleado y, por algún prodigio de la Capitana Marvel la diosa laica y malencarada del panteón de Stan Lee, que podría simbolizar el colapso de los monoteísmos patriarcales llegaron a mis manos diez pases de cortesía de Cinex. Los empleé todos en ver diez veces Spider-Man: Homecoming (2017), quizá mi película favorita del Universo Marvel. La escena del ascensor en el obelisco de Washington materializa las fantasías machistas de “jevo-rescata-jeva” que todos los hombres hemos tenido.

El Hombre Araña representa el superpoder no tanto de la fuerza, sino de la flexibilidad, y por eso es un héroe para todos los que hemos intentado hacer yoga. No obstante, si me piden un vengador favorito escojo a Thor, porque tiene el cabello largo, o al menos lo tuvo en algún momento, y yo crecí en la época del hair metal. El sentido del humor del actor Chris Hemsworth me recuerda al de uno de mis mejores amigos y es quizás el personaje del Universo Marvel que ha sufrido más transformaciones físicas, pérdidas materiales y duelos afectivos, a pesar de que es el dios nórdico del trueno y, por tanto, teóricamente imposible de matar.

Soy un venezolano que antes veía muchas películas (hasta diez DVD en un fin de semana, e incluso tuve un intento fracasado de convertirme en empresario de quemaítos) y ahora debe trabajar siete días para alimentar una familia de tres. Me convertí en alguien que últimamente se ha desplazado a un cine casi solamente para ver los estrenos del Universo Marvel, como muchos de los espectadores actuales. Como egresado de una universidad, sé más o menos de historia del séptimo arte, y jamás diré que alguna de esas 22 películas está entre las mejores de todos los tiempos desde un punto de vista artístico. Esto se trata de otra cosa: de generar fidelidad a través de una camaradería de viejos conocidos que viven aventuras nuevas. Un acontecimiento social por entregas, como Betty La Fea. Confieso que caí redondito en la trampa de marketing: es impecable. Por eso, en general, prefiero al capitalismo que al socialismo: te engaña de frente.

El 26 de abril hubo proyecciones de Endgame en Caracas incluso a las 7:00 am. Foto: Efecto Cocuyo

Robert Downey Jr. es uno de los actores más famosos de nuestra generación y además tiene una historia de redención personal irrepetible. Cuando lo veías haciendo un más bien blandengue Charles Chaplin en 1992 (entonces tenía 27 años y todavía no había sido arrestado varias veces por posesión de drogas), tendrías que haber esnifado coca para imaginártelo como estrella del género de superhéroes. Cultura general para ti, millennial y centennial: en las telenovelas venezolanas también tuvimos nuestro Iron-Man, y nada menos que en VTV.

“Vi la película el lunes popular después del estreno, cansada de haber hecho cola en un Mercal toda la mañana bajo una pepa de sol, para encontrarme una sala full de gente y sin aire acondicionado”, cuenta Andreína Gutiérrez, una madre de familia. “Pero yo amé la película. Siento que casi me cambió la vida. Yo quiero hacer lo mismo que hizo el Capitán América”.

¿Y qué hizo Capitán América? ¿Provocar el esperado quiebre dentro de las Fuerzas Armadas? No te lo puedo contar. Si te sobran unos churupos para darte un gusto, te diría que te acerques a ver la última entrega (por ahora) de Avengers. Incluso si no te gusta el cine de superhéroes –y aunque Infinity War me haya parecido bastante más memorable–, te sentirás parte de una cultura global, de algo único, como Lionel Messi metiéndole su gol 600 de tiro libre al Liverpool. Incluso aunque estés atrapado en la Venezuela de 2019, sin posibilidad de emigrar a través de uno de los portales espacio-temporales del Doctor Strange o de viajar al pasado en una escala cuántica como el Hombre Hormiga para hacer que Diosdado cause un poco menos de daño como guachimán de escuela en Monagas.

 

Por Alexis Correia@alexiscorreia

¿De verdad quieres que te diga?

#DomingosDeFicción: ¿De verdad quieres que te diga?

a Víctor Valera Mora y Ángel Gustavo Infante

 

La pequeña pantalla iluminó, al fin, las letras PB. Antes de abrirse las puertas, se escuchaba una pegajosa cancioncita de moda. Cuando se abrieron, de la cabina emergió el galán del piso 12. En cuanto vio a la chica que esperaba afuera, detuvo su concierto en seco.

¡Mi niña, buenísimos días!, paladeó, más que hablar. Te pasas de bella, chica. Pero, ¡mi cielo! Dime un solo defecto tuyo, flaca linda… Líbrame de esta esclavitud de verte perfecta, anda.

Ella esperó, con su mejor mirada de indiferencia, a que él saliera del ascensor. En la relativa seguridad de la cabina, se dio vuelta y, viéndolo a la cara, no pudo reprimir una sonrisa. Él la interpretó como un tímido pero seguro avance hacia el glorioso objetivo de ver sus pantaletas deslizándose por esas piernas morenas.

Animado por el amistoso gesto, permaneció inmóvil frente a ella, como esperando una respuesta, palpándola de arriba a abajo con la vista. Ella, manteniendo su sonrisa divertida, dijo algo que él no alcanzó a escuchar, distraído como estaba en comerle las piernas. Cuando intentó atrapar sus palabras, las puertas del ascensor se llevaron la imagen que lo acompañaría el resto de la mañana.

Luego de verla desaparecer dentro del ascensor, salió del edificio y se enrumbó hacia la parada del Metrobús, examinando las razones por las cuales podía sentirse optimista. La más obvia aunque, a su juicio, no la única, además de esa sonrisa que le acababa de regalar, era que no le conocía hombre. Nadie, excepto los familiares más cercanos, la visita nunca, razonó para animarse. Los padres, cada cierto tiempo; el hermano, cada dos o tres semanas; una que otra amiga… enumeraba satisfecho, caminando por la acera todavía húmeda por la lluvia de la noche anterior, recordando las piernas en esa faldita diminuta con la que nunca antes la había visto.

No quería pensar en nada más para no perderla de vista. En los cinco años que llevaba viviendo allí, esa había sido la mejor postal que le había regalado Santa Mónica. Caminó cerca de tres cuadras con una única imagen y una única certeza: las piernas de la chica del 6-D y esa sonrisa que, estaba convencido, significaba algo. Concluyó que al fin se estaba ablandando, y se relamía con la inminencia de la felicidad por venir.

Eso no pasa de tres semanas, sentenció, y apuró el paso porque el Metrobús se asomaba ya a la avenida.

 

Se estaba quedando dormida en el desorden de unas imágenes lejanas cuando escuchó el chorro de la regadera. Se despertó y tardó un instante en ubicar las circunstancias y en intuir la hora. Al recordar las últimas escenas de la vigilia, se incorporó y recuperó de inmediato el casi imperceptible vaivén que timoneaba sus caderas luego de la larga noche. Estirándose como una gata se preguntó con qué fuerza de voluntad podría alguien levantarse de la cama, luego de ese momento. En eso escuchó sus pasos descalzos y alzó la vista.

Ese caminar apurado y de pies en V lo reconocería hasta en Pekín, se dijo.

¿Tienes que irte ya?, le preguntó, desperezándose en la cama.

Si te digo que ya debería estar en el aeropuerto, ¿qué me dirías?

Ella sonrió y lo haló por un brazo.

Que te quedes acostadito, y así te evitas el embarque.

Eduardo la complació y se acostó a su lado, disfrutando de la tibieza de su cuerpo en contraste con el suyo, que estaba helado. Permanecieron abrazados en silencio, hasta que él, luego de escoger las palabras, le preguntó si de verdad nunca se lo había reprochado.

De los dos, él siempre fue más temeroso, más cauto. La temeridad de ella, en cambio, era el equilibrio perfecto al comedimiento de Eduardo. Así lo veía ella. Él, menos optimista, solía resumir su “equilibrio” en dejar que ella se saliera con la suya.

Valentina apeló al recurso de volverse atrevida, disfrutando de verlo indefenso ante sus arremetidas. Ignorando los pensamientos que rondan los insomnios, el eco de los atardeceres en soledad, las palabras coladas en medio de las películas repetidas de los domingos, le respondió con afectado aire infantil, mientras jugueteaba con un dedo por el pecho de él y su mirada se perdía tras la ventana:

¿Por qué, pues? Tú me quieres… yo te quiero… Te vuelves loco cuando me ves desnuda… Eres de lo más sabroso en la cama…

Pero no imagino la cara que pondrían…

¿Y por qué vienes cuando no están?, le interrumpió, retirándole la mano de su pecho. ¿Por qué llamas antes? Porque nadie imagina la cara que pondrían, papito. Pero esa no es razón suficiente para que no sigas viniendo. De hecho… mírate aquí.

Esto último lo dijo sonriendo, arqueando las cejas y moviendo los hombros, como dando a entender que, por cotidiano, ya era algo natural.

¿No te gusto?, le preguntó al rato, sonriendo por dentro de ver cómo la resolución de él se derretía como un helado a pleno sol.

Quedó acorralado y debía admitirlo. O al menos, guardar silencio. Como siempre, ella se había salido con la suya. De hecho, permanecieron callados un momento. “Mucho”, respondió él, mirando al techo. Ella reinició los mimos, acariciándole alevosamente la pierna con su pie. Él advirtió que volvía a erectarse. Ella se percató y sonrió con malicia. Él trató de defenderse del estado en que ella lo ponía. “¿Sabes que desde que eres carajita he pensado que estás loca?”, quiso decirle, pero recordó que ya se lo había dicho antes.

Y muchas veces.

Eduardo ya se había vestido y Valentina permanecía desnuda sobre la cama, boca abajo, la quijada apoyada sobre sus manos cruzadas, confiada en que esa visión sería irresistible. Cuando él se despidió, ella, sin cambiar la posición, le preguntó:

¿Cuándo vuelves a sorprenderme con tu visita?

Si logro salir siquiera, te llamo en cuanto llegue, respondió, evitando detener la vista en su espalda delgada, en sus piernas morenas, en sus nalgas firmes.

Deja que me ponga algo para bajar a acompañarte, dijo ella, y volvió a estirarse, siempre de espaldas, con alevosa calma.

Le iba a decir que no se molestara, pero sabía que contrariar a Valentina era como pelear con el clima. Ella se terminó de incorporar y, después de buscar durante un buen rato en el clóset, descubrió que tenía toda la ropa sucia.

Se me hace tarde, dijo él viendo el reloj y asomándose a la ventana.

Ya va, chico, dijo ella, y tropezó con una gastada faldita que usaba para estar en casa. Le incomodaba la idea de bajar hasta planta baja “casi desnuda”, pero no tuvo más remedio que ponérsela. Se buscó brevemente en el espejo, se acomodó un mechón rebelde que caía sobre la frente, alisó la falda con las manos y asintió con resignación antes de ir por las llaves.

Abajo se dieron sólo un fraternal abrazo. Ella volvió a sentirse incómoda en ese atuendo tan privado. Saludando a una vecina que pasaba (y que le devolvió una mirada de arriba a abajo), le pidió a Eduardo que la llamara en cuanto le fuese posible.

Trata de divertirte, fue la respuesta de él.

Me llamas, insistió ella, arreglándole el cuello de la camisa.

Él le tomó con delicadeza las manos y les dio un beso rápido a manera de despedida. Ella se quedó observando brevemente su andar nervioso.

 

Al perdérsele de vista, decidió que no saldría esa mañana. Algo triste que no terminaba de desgajarsele bajaba por el pecho. Y aunque no era la primera vez, nunca se acostumbraba a esas despedidas. Subiría y se tumbaría de nuevo en la cama. Quizá retomaría la lectura con la cual lo esperó, luego de su inesperada llamada. Dormir siempre es la solución para lo que no tiene solución, se dijo. Al despertarse estaría de mejor humor para buscar qué comer, afirmó apurando el paso, porque la incomodidad de estar en planta baja tan ligera de ropa la asaltó de nuevo.

Presionó el botón del ascensor y observó que la pantalla se mantenía impasible iluminando el piso doce. Alborotados sus pudores, la sola idea de que alguien llegara le acrecentaba la inquietud. Como si pudiese echar a andar el aparato con ese gesto inútil, presionó el botón nuevamente, esta vez con más fuerza. Echó una mirada hacia la entrada del edificio y pensó en la incómoda ambigüedad que suponía la planta baja, que no era la casa ni la calle.

Y el ascensor seguía inerte iluminando el doce.

Valentina alternaba su mirada entre la entrada del edificio y la pantalla del ascensor, hasta que vio iniciar la cuenta regresiva en la pantalla. Ahora sólo deseaba que llegase vacío. No estaba de ánimo para saludar a nadie.

Al ver que ya marcaba el ocho, se distrajo pensando en las sábanas revueltas que la esperaban, en el cuarto con las cortinas corridas, en los olores escondidos que saltan de los rincones de esas sábanas que ya estaban frías, en hacer un breve inventario mental de la nevera. Lo primero que haría sería desnudarse para disfrutar, en la cama, de la melancólica compañía de su ausencia.

La imagen de las manos de Eduardo acariciándola le hizo sentir un cosquilleo en el vientre. Nunca dejaría de asombrarle ese rito de buscar a alguien con quien morderse y lamerse con desespero, ni por qué nunca se agotan las ganas, ni qué mecanismos privan en la selección de ese alguien. Concluyó que el sexo es sólo una herramienta inocente y amoral para obtener afecto. Eso siempre lo justifica, concluyó en el momento en que el ruido del ascensor, precedido por una voz desafinando una cancioncita de Luis Miguel que ella odiaba, la sacó de sus pensamientos.

Cuando se abrió la puerta, apareció el latoso del 12 (el indiscutible número uno en la lista de antipatías personales de Valentina). Precisamente él. Y precisamente cuando se había permitido bajar con esa falda tan diminuta. ¿Tenía que ser él? ¿Y con esta faldita?, se preguntó contrariada, aunque reprimió cualquier gesto. Estaba convencida de que, ante tipos como ese, demostrarles cuánto la ponían de mal humor era darles poder.

Por supuesto, al galán se le iluminó el rostro. Por supuesto, le miraba las piernas como un perro callejero ve la vitrina de la carnicería. Por supuesto, le salió con una de las que ya la tenía acostumbrada: que cuál era su defecto, que él la veía perfecta y otras frases manidas que él suponía originales.

Ella no supo si fue porque de repente sonrió que él se quedó esperando una respuesta, pero sí sabía que no le iba a decir lo que le pasó por la mente. Era tan disparatado que no pudo reprimir la sonrisa. Se limitó, entonces, a preguntarle con picardía, con repentino ánimo de pasar a la ofensiva, de neutralizarlo definitivamente:

¿Un defecto? ¿De verdad quieres que te diga?

Y aunque no imaginó qué iba a hacer si el galán insistía o intentaba entrar con ella al ascensor, no tuvo necesidad de más nada porque la puerta se cerró, dejando tras de sí al tipo con su pose, esperando alguna clave que, él suponía, ella iba a suministrarle para llegar hasta su cuarto.

Iba en el ascensor preguntándose por qué cuando una mujer vive sola los vecinos se ponen su cama como obsesiva meta, pero pronto olvidó el asunto porque no estaba para disquisiciones de esa naturaleza. No en este momento ni con este ánimo, afirmó sacando la llave.

Cuando llegó al apartamento, se fue quitando la ropa camino al cuarto, dejándola regada a su paso. Se tiró desnuda a retozar en la cama, aspirando, con los ojos cerrados, una franela de Eduardo que recogió del piso.

Y, aunque ya no estaba pensando en eso, de pronto le cruzó por la mente la cara del galán del 12, “anda chica, dime un solo defectico tuyo…”.

¿Qué tan amplio será el tipito? ¿Qué tanto soportará?, se preguntó con la franela tapándole el rostro. Y luego, dirigiéndose a él imaginariamente: ¿Ser amante de mi hermano califica como defecto? Tú no eres moralista, ¿o sí?

Sonrió sin abrir los ojos, y escuchó claramente de la voz de Eduardo:

¿Sabes que desde que eras carajita he pensado que estás loca?

Pero tú me quieres así, le respondió a la soledad de la habitación.

Y quitándose la franela de la cara, agarró nuevamente el libro que estaba leyendo la noche anterior, luego de la llamada de Eduardo. Sonriendo ante las líneas abiertas al azar, recitó para sí:

“Bello cuerpo de mujer / que no fue dócil ni amable ni sabio…”

Por Héctor Torres@hectorres

credibilidad

La credibilidad de los reyes

Las concentraciones que adversan al régimen tienen varios termómetros. Al menos en Caracas. El primero es el Metro: uno puede medir el nivel de riesgo que guarda la convocatoria dependiendo de si los usurpadores mandan o no a cerrar el sistema de transporte. El segundo, el despliegue de fuerzas del Estado que están controladas por la dictadura: colocar guardias y policías nacionales en cada esquina es una forma de fanfarronería. Y el tercero es el tráfico: si la convocatoria es en la plaza Alfredo Sadel, desde Chacaíto se ven hileras de personas.

Es sábado 11 de mayo y estoy yendo a la concentración que convocó el presidente Juan Guaidó como respuesta a la cacería de diputados que emprendió la dictadura.

El Metro está abierto. No veo casi policías ni guardias. Y tanto Chacaíto como el inicio de Las Mercedes denotan la rutina de cualquier sábado.

Cuando llego a la Alfredo Sadel, apenas hay un puñado de personas. El venezolano, quien ha hecho de la impuntualidad un arte de disciplina prusiana, a las convocatorias del presi llegaba a tiempo. Hoy la cosa, según, iba a arrancar a las diez de la mañana. Son las 11:30 y sobre el punto más elevado de la plaza (el cual funge de tarima) hay un hombre vestido de morado, con una congregación alrededor, orando de una forma que no termino de comprender.

—Hermanos, repitan después de mí –dice.

Me dirán que se llama Ulises Santamaría y que es un místico que trata de crear un movimiento religioso a su alrededor. Presencio el momento más desconcertante (¿patético?) de toda la lucha democrática del 2019: es imposible no pensar en los aguafiestas que repiten que ni un milagro nos saca de esto.

He asistido a casi todas las concentraciones de lo que va de año. Esta ha sido la menos concurrida. Una semana atrás comenzó la llamada Operación Libertad y las fantasías épicas de las personas se alborotaron. El más comedido seguro que soñó con el avión del usurpador aterrizando en Rusia. La gente salió a la calle como si el mañana –el día después de la dictadura– hubiese empezado ya. Una semana después, la consigna es concentrarse en Las Mercedes: hace poco apresaron al vicepresidente de la Asamblea e inició una cacería de diputados.

A estas alturas uno está para ponerse quisquilloso con las ayudas: ¿y si Los Vengadores o La Liga de la Justicia vienen al país?

Saludo a un par de amigos. Me acomodo entre el público cuando veo que están sacando el atril. Nunca un pedazo de plástico con el escudo de Venezuela generó tanta ilusión como este año. Su presencia solo significa una cosa: el presidente va a hablar.

Foto: cortesía @asambleave

Las redes sociales y la realidad caminan en direcciones distintas. Aunque, desafiando la lógica, a veces se enredan como garabatos mal dibujados. En redes, el pesimismo de los que están afuera hace tanto ruido como los bots de la dictadura. Parecen las dos caras de una misma moneda. A veces, hasta me sorprendo leyendo quejas que dicen que todo empeora y la gente como si nada: ¿qué información han consumido durante los últimos dos años quienes hacen comentarios por el estilo? En el país con la penetración de Internet más baja de la región, el único termómetro más o menos eficaz es la calle.

Guaidó sigue contando con el beneplácito de la gente allá donde pisa. Debe ser el actor político con mayor aprobación. Ni los usurpadores ni sus compañeros de lucha pueden decir lo mismo. Todos tienen su público, pero Guaidó tiene a (casi) todo un país.

Aunque hoy menos gente de lo habitual lo escuche en vivo.

No solo es un líder, sino un milenial hijo de la cultura pop. Se para a un lado de la tarima y saluda como un prócer del civismo. Luego hace lo propio al otro lado. La postal es una oda a la ciudadanía. Más que un padre que quiere guiar a la victoria, se parece a cualquier vecino educado. En Troya, Aquileo y Héctor se hicieron famosos blandiendo espadas. La guerra, no obstante, la ganó el ingenio de Odiseo.

Desde el día anterior circulan en redes imágenes de casas de diferentes dirigentes políticos grafiteadas con amenazas. Guaidó llama a esto por su nombre: terrorismo de Estado. El póker, la política y el rap se parecen: en pocos ámbitos el blufeo es tan importante. La dictadura tiene algo más que spray para amedrentar: son varios los presos políticos, los diputados que están huyendo y los refugiados en embajadas. Pero cada vez luce más debilitado: el monstruo que asesina sin pudor ahora raya paredes. La respuesta del presidente es la que más ha dado en las últimas semanas.

—No descansaremos hasta lograr el cese de la usurpación.

Y comienza a hablar de la importancia de que la calle se mantenga encendida. No por él ni por los políticos que los rodean: por el país. Hace rato que a un líder mediático no le ceñía tan bien el traje de servidor público.

—¡Estados Unidos espera tu orden! –aúlla un hombre.

El comentario sobrepasa al presidente: una risa se le atraviesa y se interrumpe para decir:

—Dios te bendiga.

“Si no vuelvo, es porque me fui con Venezuela”, dice Guaidó que se oye en una canción alusiva a los jóvenes asesinados en las protestas. Tirándole un caño a la apología a los mártires que se tejió en 2017, se dirige a los estudiantes, a La Resistencia y a los chamos que manifiesten:

—Ustedes no se tienen que ir con Venezuela, ¡ustedes tienen que vivir en Venezuela!

Luego de los eslóganes bélicos del régimen y de que sus adversarios les copiaran el juego, la transición política lleva el rostro de un hombre que más que guerra y venganza persigue la vida, el reencuentro y la libertad. Repito: una oda a la ciudadanía.

—Hace poco un amigo me decía que conspirar es co-inspirar. Bueno, co-inspiremos.

El discurso está bien, tiene momentos emocionantes, pero el público esta vez no solo lo quiere escuchar: pide que se solicite apoyo militar extranjero. Guaidó insiste con que los militares venezolanos se pongan del lado de la Constitución. El tema me hace pensar en una parábola sobre las relaciones públicas:

Un joven le pide a un rey la mano de su hija. El rey le dice que de ningún modo, que su hija se casará con un hombre rico o prestigioso. El joven le responde que ya pertenece a esa categoría: acaba de asociarse con el mayor comerciante del mundo. “Si ese es el caso, tienen usted y mi hija mi bendición”, sentencia el rey. El joven luego busca al mayor comerciante del mundo y le pide que se asocien. Este le responde que de ningún modo. “Pero yo soy el prometido de la hija de rey”, explica el joven. “Así sí, trabajemos juntos”, finaliza el otro.

Foto: cortesía NTN24

Tengo la sensación de que Guaidó juega un poco a eso con las personas y los militares. El contrato con la calle lo tiene. ¿Y el apoyo de las Fuerzas Armadas?

—A la comunidad internacional le diré que la mejor solución para los venezolanos, es la más rápida.

Cuando termina su alocución, alguien me comenta:

—¿No crees que, viéndolo así, rodeado de puros civiles, parece muy fácil agredirlo, hacerle algo?

En este tablero de ajedrez hay dos reyes. Uno usurpador y sin apoyo popular. El otro legítimo y con el reconocimiento de casi todo el mundo. El primero, ya no se muestra en público, graba sus discursos para después transmitirlos y siempre está rodeado de hombres armados. El segundo, se sigue dejando ver en la calle sin guardaespaldas.

Cuando camino hacia Chacaíto, me consigo en una esquina al diputado Miguel Pizarro. Una decena de personas lo saludan, le piden fotos.

—Vamos, vamos –dice, sonriendo, quitándole el teléfono a unas señoras para agilizar la selfi–, que tengo 15 minutos tratando de cruzar la calle y no me han dejado.

Uno de los diputados más mediáticos salió de la concentración caminando por Las Mercedes. Logra cruzar y enfila por una avenida.

¿Cuántos de sus adversarios se animarían a hacer lo mismo?

 

Por Lizandro Samuel | @lizandrosamuel

siempre el regreso | madrid

Siempre el regreso

La primera pregunta que me hace la gente cuando se entera de que estudié la carrera en España es la misma que me hacían mis amigos españoles cuando les decía que al terminar me devolvería a Venezuela. “Pero,  ¿por qué si ya vives aquí te quieres regresar allí? Eso es como vivir en Beverly Hills y querer volver a las calles”, me dijo un compañero con acento madrileño, sin la mala intención que aparentemente iba implícita. A todos les doy la misma respuesta: “Porque es mi casa”. En el 2006 me fui a estudiar periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. Tenía 17 años y me tocó irme recién graduada justo después de toda la euforia de las caravanas, misas, fiestas y viajes de graduación. Aunque todavía nos prometíamos una amistad eterna, ya todos empezábamos a asumir que la vida universitaria le pondría algunas trabas a esa promesa, sobre todo por la distancia: como yo, unos cuantos nos preparábamos para dejar el país.

“Juan, no me quiero ir”, recuerdo que le dije a un amigo a la orilla de alguna playa de Punta Cana, en plena noche y embriaguez, cuando nos dirigíamos con otros a la discoteca del resort en el que pasamos nuestro viaje de graduación. “Bueno, Andrea, es tu decisión, además siempre puedes regresar y…”, “¡No, Juan! No me quiero ir, en serio”, le interrumpí tirando con fuerza las sandalias en la arena, llorando ante un amigo que no hallaba qué decir para consolarme y un grupo de graduandos de otro colegio que, al verme llorar, y a él mudo, nos gritaban desde lejos: “Dile que sí”, “¡Bésala!”, y alguna otra cosa que logró hacerme reír y me empujó a seguir con mi camino hacia la discoteca.

Nunca me quise marchar. Mi mamá tenía que irse unos años por trabajo y entre que era mi deber de hija única de padres divorciados no dejarla sola y la lluvia de “estudiar en Europa es lo mejor que puedes hacer”, “te va a abrir a otros mundos” y los “ay, qué fino, chama, yo me iría mañana”, me fui, y dejé mi sueño de estudiar en la Universidad Central de Venezuela, cambiándolo por la oportunidad de estudiar en una casa con 500 años de historia.

Ciertamente tenían razón en muchas cosas. Europa sí abre la mente a nuevas realidades que son intangibles en Venezuela. El estilo de vida es otro, las preocupaciones son distintas, más ligeras: la primera vez que salí en Madrid, huí asustada durante tres cuadras de “alguien” que me perseguía, en mi mente un violador que a las 4 am. me había visto como la presa perfecta. Fue en la cuarta cuadra cuando volteé a encararlo que me di cuenta de que era un tipo, quizá padre de mi familia, paseando a un perro. “En este país la gente pasea perros en la madrugada”, pensé.

Madrid como ciudad y Europa como continente ofrecen infinidad de posibilidades capaces de volarle la cabeza a cualquiera. A mí me la dinamitó.

Personas interesantes de todos los rincones del mundo, calles seguras que pude recorrer descalza a cualquier hora, gente inteligente que creía en su palabra, pensadores de élite que habían vivido y muerto en esa ciudad, artistas que lograban vivir de ello, cultura activa, subversiva y contra; una universidad excelente que explica cómo debe ser la educación superior; una ciudad viva en invierno, otoño, primavera y verano; un transporte público que funcionaba siempre y bien, la oportunidad de recorrer el Viejo Continente. Amistades e historias de amor increíbles con la ciudad y sus habitantes, siempre viviendo todo con la suficiente intensidad como para acallar la terrible sensación de nostalgia que nunca dejó de acompañarme a lo largo de mis cinco años en España.

Jamás me quise quedar.

Después de un rato, el brillo de la llegada se desvanece y deja ver la realidad como es: una nueva vida alejada de todo lo que uno conoce y quiere. El Ávila me dolía, las voces de mis familiares me llegaban lejanas en el teléfono, vi impotente cómo mi país se caía y cómo mis amigos emprendían sin mí una lucha que también era mía. Vi cómo no iba a ser parte en ningún cambio en lo que más me importaba, comprobé que la pantalla del celular no acerca tanto como uno quisiera, que la comida y la sazón raspan el paladar cuando no se tienen: entendí que cuando uno extraña una arepa es que extraña de verdad, porque no hay nada más pendejo que llorar por una arepa.

Tuve amigos venezolanos en Madrid pero me alejé de ellos. No me gustaron porque me pareció que hacían una de dos cosas: o se reunían en grupos cerrados de puros coterráneos para añorar a Venezuela y detestar a los españoles, o se radicalizaban y eran más ibéricos que Franco comiendo jamón serrano: odiaban al país de origen y se bañaban en el acento recién adquirido para distanciarse aún más del objeto odiado: ellos mismos. Para el momento en que mi mamá había terminado su trabajo y se fue, a mí aún me quedaban dos años de carrera y –grandes, enormes, bellos– amigos españoles que fueron mi familia en el extranjero.

Cuando llegué aquí, aún llorando por lo que había dejado allá, me cuestioné si había hecho bien en volver, sobre todo porque Caracas me echaba en cara una realidad muy ruda. Aprendí que comer una barquilla de mantecado en shorts, mientras se camina por la Río de Janeiro, era un lujo del que iba a tener que prescindir si quería conservar mi integridad física y moral; que aquí en el que no corre vuela; y que el humor negro es la regla para mirar de frente la sonrisa de colmillos que regala la ciudad; pero sobre todo recordé por qué siempre me quise regresar: se habla mi acento, se canta mi himno, se sufren mis penas.

Estoy en mi casa.

Europa me enseñó que toda mala época se supera siempre y cuando haya gente dispuesta a dejarse la piel para sacar adelante lo que otros dan por perdido. Al final, es una cuestión de elegir por qué problemas se prefiere luchar. Irse o quedarse es una elección tan libre e incuestionable como personal. La mía fue volver porque no importa cuántas veces pueda caminar descalza por Madrid, prefiero ver dos parejas de loritos atravesando El Ávila a las cinco de la tarde.

 

Por Andrea Atilano | @andreabasienka

virginidad

Los hombres esperan que haya sangre

Well, girls see more blood than boys

Ygritte — Game of Thrones.

 

Tal vez empezar este artículo con una afirmación no sea lo más acertado. Puede que fuera más correcto lanzar una pregunta al aire, digamos: “¿Los hombres [aún] esperan que haya sangre?”. La duda aumenta si dirigimos la interrogante hacia el otro género —el nuestro—: ¿Las mujeresesperan que haya sangre?

Hablo de sexo, por supuesto.

En concreto, de esa idea abstracta que es “la virginidad” y que parece haberse reforzado en el inconsciente colectivo con símbolos como las tres rosas —la famosa prueba del pañuelo en la boda gitana—; el imaginario de las novelas románticas o la creencia “ciega” en la prueba de la virginidad, que todavía se aplica en al menos 20 países y que determina si una mujer puede o no ser repudiada luego de no sangrar durante la noche de bodas, entre otras cosas —algunas víctimas de violación, por ejemplo, también son sometidas a este examen ginecológico para comprobar si el acto “realmente” ocurrió.

De manera que nuestro cuestionamiento inicial requiere ir a un escalón previo: “¿Qué es la virginidad?”.

Cuando Leonardo Pérez, miembro de la Asociación Civil de Planificación Familiar (Plafam), hizo esta pregunta frente a los asistentes del taller de educación integral en sexualidad, se produjo un silencio general en el salón. Nadie quería apuntar lo “obvio”.

—Se le dice virgen a quien nunca ha tenido una experiencia sexual —aventuró alguien.

—¿Y cuántos tipos de relaciones sexuales existen? ¿los niños nunca han tenido una experiencia sexual? ¿por qué es importante la virginidad? —insistió Leonardo.

La virginidad es importante porque asegura —en algunas culturas— que una mujer se case.

La virginidad está ligada a la honra de la familia.

La virginidad determina la “pureza” de un cuerpo femenino.

Queridos niños y niñas, nos mintieron a todos.

La Organización de las Naciones Unidas tiene su propia respuesta: “El término virginidad no es ni médico ni científico. El concepto de virginidad es una construcción social, cultural y religiosa, que en realidad refleja una discriminación contra mujeres y niñas”.

Son dos chamos. La chemise azul advierte que van entre segundo y tercer año de bachillerato. Conversan a viva voz por la avenida Urdaneta del centro de Caracas, con el ánimo de quien quiere hacerse eco en la multitud.

—… yo me asusté, loco, porque la carajita sangró cuando se lo metí. Entonces es que sí era ¿verdad?

—¡Claro, menor! Mira, yo una vez estuve con una loca que sangró que jode. De pana te lo digo: esa no era virgo, era virguísimo.

Es martes, al mediodía.

Resulta curioso: escuchar la palabra menstruación es, para muchos, como intervenir la 5ta Sinfonía de Beethoven con una pedorreta. Una herejía. La menstruación es un desecho del coño del que es mejor no hablar. Pero el coño, solo solito, “llama como un animal marino. Llama al hombre. Llama al macho íngrimo e íntimo e íntegro, despertándolo de su sueño”, escribió Milagros Mata Gil.

Si se trata de la conquista del coño, todo el mundo tiene un comentario, una anécdota, una recomendación.

Y lo más importante de todo es: no hay conquista sin sangre.

Entonces, hay que tumbar la barrera, quebrarla, penetrarla, romperla, hay que abatir al coño y para ello solo es necesario un paso pequeñísimo: deshacerse del himen.

El santo himen que, como buen dios, no sangra. Entre otras cosas, porque es una membrana delgadita y frágil como la fantasía de quienes creen en los orgasmos fingidos.

Nunca falta una excusa: usaste tampones, hiciste ejercicios muy fuertes, te metiste los dedos en ese huequito que tu mamá te dijo que jamás debías tocar. Empiezas a buscar en internet los tipos de himen que existen. Complaciente, anular, labiado, semilunar… alguno de esos debe explicar por qué no sucedió nada, por qué el coño no lanzó ninguna señal que compense la expresión dudosa de tu pareja.

“Pero sí, soy virgen, lo juro”.

Te sientes mal. ¿Qué palabra debes usar para reclamar esta traición? ¿Por qué tu coño, totona, concha, cochofla, papo, cocoya y tantos “ona”, no sangró?

Porque lubricaste, mi amor.

Porque lo pasaste bien.

Porque la penetración no fue tan brusca como para lastimarte el cérvix.

Porque no muchas mujeres sangran en su primera vez y esto puede estar relacionado con tensión y rudeza al momento del coito, o con otros factores de salud, como infecciones, inflamación o enfermedades.

Porque esa sangre que buscas no es para ti, sino para reparar el orgullo de lo que entra duro y sale flácido de esa cuevita indomable que tienes entre las piernas.

 

Por Natasha Rangel | @coyoteDventanas

Patria de Tronos: Venezuela y el juego del poder

Por más paradójico que suene, la maldad nos seduce aunque vivamos sumergidos en ella. Solo hace falta echarle un vistazo a las noticias del acontecer nacional para horrorizarnos con todo lo que sucede: violencia, inestabilidad, escasez y desasosiego. Curiosamente, a pesar del caos, los domingos se paraliza el país —todavía más— cuando muchos venezolanos quedan obnubilados frente a sus pantallas para ver Game of Thrones. Una serie que más allá de ser un fenómeno de la cultura pop, parece un reflejo de nuestro país.

A pesar del hype que ha desatado alrededor del mundo, Game of Thrones ha calado en nuestro colectivo por razones muy diferentes al de otras latitudes. Luego de más de dos décadas de polémicas alrededor del poder, la política y sus conspiraciones comenzaron a estar a la orden del día de todos los ciudadanos. Por esto no es de extrañaros que las tramoyas que se arman en la serie de HBO nos recuerden a episodios o personajes de nuestra vida pública (verbigracia, la lluvia de memes y comentarios después de cada episodio estableciendo comparaciones con la situación del país, ejercicio que también reconocemos en diálogos dispersos al salir a la calle).

Al ver la facilidad con la que establecemos conexiones entre la serie y Venezuela, lo primero que salta a nuestra mente es pensar en una suerte de efecto de catarsis: vemos en ella a los monstruos que nos hacen padecer, fantaseamos escenarios sangrientos donde los malos sufren y los buenos ganan. El problema es cómo este juego de espejos y proyecciones nos impide ver quiénes son los verdaderos monstruos y dónde habitan. John Carpenter, el mítico director de cine de horror, creador de clásicos como The Thing, Halloween y They Live, suele definir su trabajo de una forma muy interesante: “Existen dos tipos de películas de terror: las que nos cuentan dónde se localiza el mal externo y las que sugieren que el mal lo llevamos en nuestro interior (…); el mal, en realidad, está aquí, reside en los corazones humanos”… una definición que encaja muy bien dentro de la narrativa del colectivo venezolano y, por supuesto, Game of Thrones.

John Carpenter, director de cine de horror

Utilizando como punto de partida la psicología analítica profunda (escuela creada por Carl Gustav Jung), hablaremos de un tema fascinante y complejo que nos puede ayudar a arrojar algo de luz sobre la conexión del fenómeno de Game of Thrones y nuestro país: la sombra.

James Hillman, famoso analista de la escuela de Jung, define la sombra en su libro ReImaginar la psicología como “la suma de contenidos inconsciente reprimidos y no admitidos. La asimilación –parcial, en el mejor de los casos– de estos plantea un problema a la personalidad consciente, que prefiere experimentarla a través del mecanismo de proyección (el malo siempre es el vecino)”. Cuando comparamos la maldad, inteligencia y sangre fría de un personaje como Cersei Lannister con Diosdado Cabello o el populismo y sed de poder de Daenerys Targaryen con el difunto Hugo Chávez lo que hacemos es un ejercicio de proyección básica. Ambas duplas están relacionadas con el poder absoluto y comparten motivaciones parecidas: doblegar el colectivo a sus deseos y un terrible resentimiento capaz de destruir a cualquiera que les lleve la contraria. Características que tenemos en sombra y que nos cuesta asumir, por eso vivimos proyectándolas en la serie y los políticos… no es casualidad que ambas duplas mueven una horda de fanáticos que las adoran como si fuesen mesías. Ellas encarnan todo lo que quisiéramos tener: poder para ejercerlo como nos plazca, estratagemas para vencer siempre, cinismo para salirnos con la nuestra y una determinación férrea en lograr objetivos. Razones por las cuales muchos fantasean con poseer un par de dragones o fuego valyrio para acabar con un bando u otro de la política venezolana. A pesar de esto, nadie está dispuesto a reconocer estos elementos dentro de sí, los malos siempre son los otros, lo que dificulta una posible transformación. Como escribió Magaly Villalobos en su libro Hebras Arquetipales: “Es imposible progresar o crecer hasta tanto la sombra no haya sido confrontada, y confrontarla significa algo más que conocer su existencia (…), solo al vernos como realmente somos y no como deseamos asumir que somos es que podemos dar pasos hacia la individuación”.

Lastimosamente, estamos tomados por la sombra como colectivo, sumergidos en la psicopatía y con pocos espacios para la reflexión. Nos sorprendió la frialdad con la que Cersei Lannister, en la Temporada 7 de Game of Thrones, ignoró la amenaza de los White Walkers, apoyada en la certeza de no verse afectada por ellos, pero nos parece imposible ver cómo la mayoría de nosotros pasa por alto a las personas que comen de la basura, las cifras rojas del fin de semana, los presos políticos o los caídos en las protestas. De forma inconsciente, replicamos la actitud de Cersei: siempre y cuando no nos afecten los hechos directamente, no pasa nada, al final del día otros pelearán. El peligro radica en que, al igual que la amenaza del Rey de la Noche, las posibilidades de perderlo todo son altas, pero todavía muchos creen que por estar bien posicionados en el mapa de poder son inmunes a cualquier tragedia. Una actitud cómoda y racional, pero que pocos se atreven a asumir abiertamente porque nadie quiere admitir su cuota de oscuridad. Una postura colectiva que confirma una de las máximas lapidarias de Carl Gustav Jung en Arquetipos e inconsciente colectivo: “Desafortunadamente no puede haber ninguna duda de que el hombre es, en general, menos bueno de lo que se imagina a sí mismo o quiere ser. Todo el mundo tiene una sombra y, cuanto más oculta está de la vida consciente del individuo, más negra y densa es. En todo caso, es uno de nuestros peores obstáculos puesto que frustra nuestras mejores intenciones”.

Cersei Lannister, personaje de Game of Thrones

Por supuesto, las conexiones que establecemos con Game of Thrones van más allá de los dos personajes que se disputan el poder. A su alrededor, hay una larga red de mentiras y traiciones orquestadas por otros que también le hablan a nuestro inconsciente. Por ejemplo, es curioso que la gente en la calle tilde a Jon Snow de tonto (por ser bastante apolíneo, valorar el honor, querer hacer lo correcto y cumplir su palabra), pero que no vean lo naive de un Leopoldo López que se entregó en 2014 creyendo que su prisión haría una diferencia en la política o un Guaidó que, en la actualidad, todavía confía en vías legales o en la conciencia de algunos personajes oscuros para poder cambiar el rumbo de la nación. El resultado es un país que asiste todos los años a la Boda roja de la democracia en cada elección fraudulenta en la que participa, mientras que otros se quedan paralizados como Bran Stark viendo este loop temporal de hechos que se repiten y parecen no tener fin. Todavía más irónico es la imposibilidad que muchos tienen de establecer la conexión entre Little Finger y Ramos Allup o muchos otros “líderes” que no poseen ningún tipo de lealtad y que, parafraseando a Lord Baelish, solo desean usar el caos como una escalera para acercarse más y más al poder. Mientras tanto, ignoramos los consejos sabios de los Tyrion Lannister que, desde el primer día, nos han dicho que este proceso es largo y doloroso, decantándonos por soñar con salidas fáciles o escenarios de violencia extrema, como si una Batalla de los bastardos fuese a solucionar en pocas horas dos décadas de desmanes políticos y sociales.

¿Qué más ignoramos en este juego de sombras y proyecciones?, algo más complejo de abordar y que, todavía hoy, sigue siendo un tema que está en pañales para la psicología moderna: el titanismo. Rafael López Pedraza, arquetipalista y profesor de mitología de la UCV, le dio forma a este concepto en su libro Ansiedad cultural, específicamente en un ensayo titulado Conciencia de fracaso. Para López Pedraza “el titanismo es un aspecto primordial de la naturaleza humana y, aunque tiene gran relevancia en la psicología y debería ser considerado como un asunto apremiante en nuestros tiempos, apenas ha sido explorado”. Tal vez la palabra titán no suene tan lejana a nosotros luego de las últimas dos películas de Avengers (Infinity War y End Game), donde Thanos, conocido como el titán loco, desea eliminar la mitad de la humanidad sin importarle nada; en resumen, un psicópata, alguien incapaz de sentir empatía y que está completamente obsesionado con sus objetivos. El mitólogo Karl Kerényi nos acerca a esta definición en Los Dioses de los Griegos escribiendo: “Una mentalidad que debe ser calificada, incuestionablemente, como titánica implica toda clase de estratagemas, desde la mentira hasta la ideación de las más geniales invenciones, aun cuando estas siempre denotan una carencia en el modo de vida del embaucador”, un concepto que fácilmente podemos asociar con varios personajes de la palestra política venezolana.

Viéndolo en perspectiva, el titán nos debería parecer alguien aterrador y del que deberíamos huir. Pero, lastimosamente, nos genera una fascinación que no podemos controlar. Para muestra un botón, tenemos en un pedestal a todos los titanes de Game of Thrones (Little Finger, Cersei, Daenerys, Ramsay) y le damos nuestra simpatía a cualquier personaje que cultive sus características. Este fenómeno se debe a la conexión que establecen con nuestra zona de inferioridad psicopática, un concepto que Magaly Villalobos resume en Hilaturas como “una zona de resistencia mínima, de particular inestabilidad, que existe independientemente de todas las otras cualidades. Es un sector oscuro y desconocido de la personalidad en el que el alma no funciona a pesar de las muchas otras virtudes y cualidades positivas que puedan tener las personas o colectividades, una especie de vacío o falta que produce un estado de posesión cuando entramos bajo su influjo”. Complementando esta definición, debo anexar una que hace el analista junguiano Axel Capriles en Poder e inferioridad psicopática (refiriéndose al influjo del titán en el colectivo): “Produce un estado de idealización en el que nos sentimos seguros y colmados. Los autócratas y dictadores existen porque ‘otros’ lo han permitido. Porque se le da entrada y cabida, pues la conexión con esa inferioridad hace que los “otros” sean dependientes e ingenuos y con una especie de vacío anímico donde la intuición y los instintos básicos no funcionan”. Es por eso que quedamos hechizados al ver a Cersei sonriendo en el trono y sufrimos el mismo efecto al ver a ciertos políticos dando un mitin: su presencia nos seduce, su verbo nos envuelve y su poder parece encarnar la solución a todos nuestros problemas. Tan aterrador es este encantamiento que, todavía hoy, muchos sueñan con un Pérez Jiménez, un Bolívar o un caudillo que ponga orden en las cosas, un titán omnipotente que arregle el país, arrasando con todo lo malo como fuego valyrio y que le pase factura como Ramsay Bolton a todos los políticos (de bando y bando) que nos han engañado.

Venezuela

Marcos Pérez Jiménez

Game of Thrones terminará, luego de ocho Temporadas, el 19 de mayo de 2019. En paralelo, Venezuela, sumida en un juego de titanes y sombras, parece condenada a perderse en la Larga Noche. Nuestro reto es entender que no podemos saltar de una antípoda a otra: la solución no está en ser un Ned Stark carente de malicia o un Joffrey sin escrúpulos. La clave está en la transformación, en la capacidad de unir opuestos sin perder el alma, como lo ha hecho Sansa Stark (que, luego de sufrir tantas vejaciones por parte de los monstruos, ha sabido aprender de ellos sin ceder a la psicopatía). Este personaje tan criticado en las primeras temporadas, ha aprendido mejor que nadie en la serie a conectar con su intuición y reflexionar sobre cada una de las pruebas dolorosas de su viaje, dando como resultado una gobernante consciente de su responsabilidad y los males a los que se enfrenta, buscando las respuestas que tanto necesita dentro de sí. Por otro lado, en nuestra pequeña Winterfell del tercer mundo, asediados por la amenaza de los White Walkers, nos volcamos a los timeline de Twitter, los audios y cadenas de WhatsApp, los rumores de pasillo y las noticias de dudosa procedencia intentando conseguir la panacea que nos traiga algo de luz y esperanza, soñando con una Arya Stark que salte de la nada y dé la estocada final que mágicamente arregle todo. La respuesta, por más difícil que sea digerirla, no está en los líderes, la intervención o las elecciones, lo que tanto buscamos está dentro de nosotros y hasta que no podamos de forma individual salir del embrujo del titán y confrontar nuestra sombra jamás podremos cambiar el país. Un proceso que es doloroso, largo, pero necesario. Bien lo decía Jung: “No es posible despertar a la conciencia sin dolor. La gente es capaz de hacer cualquier cosa, por absurda que parezca, para evitar enfrentarse a su propia alma. No nos iluminamos imaginando figuras de luz sino haciendo consciente nuestra oscuridad”.

 

Por Luis Bond | @luisbond009

Si no van ayudar no estorben

En el orbe mundo trivializan la tragedia venezolana porque no comprenden su profundidad. Creo que el grado de perversión de quienes la perpetran está fuera del registro de la perversidad conocida. La historia está llena de atrocidades que un pueblo invasor lleva a cabo contra otro mientras lo somete, lo conquista y lo coloniza. También está llena de tiranos arrasadores capaces de borrar sin el menor recato a sus adversarios y opositores, amén de a todo aquél que funcione como chivo expiatorio. El catálogo del odio y de las atrocidades es enorme y es fácil creer que está completo. Pero no. Faltaba la contribución venezolana.

En Venezuela hay un tipo de horror inédito que mezcla elementos propios del caudillismo y de las dictaduras militares latinoamericanas con la ética y la estética narco, así como con los modales sanguinarios de gobernantes de países como Sierra Leona, Haití y Uganda, aparte, claro, de Cuba, el gran modelo de la tiranía venezolana.

Observen estos ejemplos:

En la cárcel de Tocorón, en el estado Aragua, hay una discoteca a la que asisten estrellas de la música internacional. Los anuncios de esas presentaciones se hacen con total normalidad a través de las redes sociales.

Los tiranos inventaron unos operativos de seguridad pública llamados OLP (Operativos para la Liberación del Pueblo) en los que los efectivos armados portan máscaras de carnaval con la forma de una calavera. Repito: máscaras de carnaval, no máscaras antigases o pasamontañas de uso profesional.

Durante la segunda semana de 2019 fallecieron cuatro pacientes en el Hospital Universitario de Caracas porque se fue la luz en todo el edificio. Una semana después, los periódicos reseñaban la presencia de una bailarina exótica en la oficina del director de la institución, quien celebraba su cumpleaños junto a colegas y amigos.

En Venezuela, los servicios públicos no funcionan. Hay agua corriente tres días a la semana. Hay ciudades enteras sin luz durante horas varios días a la semana. Hay apagones constantes siempre adjudicados a maniobras de sabotaje o a accidentes producidos por animales. Hay problemas de suministro de gas doméstico. Hay zonas de Venezuela donde la red telefónica dejó de funcionar y no hay quién la repare.

No hay material para tramitar pasaportes. Si eres venezolano, se te venció o se te perdió, no hay manera de tramitar otro porque no hay material. Si se te pierde o se te vence estando en otro país, no hay nada que hacer porque en las oficinas consulares tampoco hay cómo reponerlo. Sin un documento de identidad una persona no existe.

Las instituciones educativas venezolanas de todos los niveles tienen que adaptar sus horarios a las exigencias de los racionamientos de agua y luz.

Las «soluciones» que proponen los tiranos llevan implícita una burla a sus víctimas. Ante la falta de medicinas, los tiranos recomiendan «sembrar acetaminofén». Ante los apagones, los tiranos decretan «días no laborables». Ante la falta de agua corriente, los tiranos proponen «bañarse rápido y con conciencia».

La política económica de los tiranos ha desencadenado un proceso de hiperinflación que erosiona todos los rincones de la vida venezolana. Los precios de cada producto aumentan de una semana para otra y, en algunos casos, de un día para otro. No hay dinero en efectivo y la distorsión económica es tal bajo el gobierno más nacionalista y más preocupado por los pobres, que los venezolanos han terminado por usar dólares en abastos, panaderías, farmacias y supermercados… Hoy hay cientos de miles de personas pasando hambre porque no hallan cómo adquirir los alimentos.

Podría continuar hablando de la escasez de medicinas, del cierre de miles de empresas, del desempleo y del éxodo de miríadas de venezolanos, pero mejor dejémoslo hasta aquí.

Creo que la ruina es ostensible y no hace falta explicar por qué Venezuela tiene que quitarse de encima esta tiranía.

 

Por Roberto Echeto

De polo a polo

La primera vez que marché con el chavismo fue el primero de mayo de 2012. En octubre se celebrarían las elecciones presidenciales a las que, por tercera vez consecutiva, Chávez sería candidato.

No recuerdo por qué ese día en específico resolví salir, pero sí recuerdo una cosa: mi indecisión a la hora de elegir qué ropa usar. Me debatía entre una franela cómoda y la única camisa roja de mi clóset. Ganó la segunda opción: mi deseo de no desencajar en el rebaño era grande. Más tarde, una chama –chavista “desde siempre”– no dejaría pasar por alto la oportunidad de señalar lo forzado de mi elección.

Salí de casa sin dar muchas explicaciones, tampoco me las pidieron. Un suéter inmenso (que estorbó el resto del día, por supuesto) cubría y al mismo tiempo revelaba mis intenciones. Desde hacía meses mi inclinación política, contraria a la de mi madre y abuela, nos había distanciado. Me estorbaba, también, ser señalada por mis vecinos. Yo era una niña fresa, insegura hasta la médula, que temía ser tildada de chavista por los opositores y de adeca por sus nuevos camaradas.

Llegué sola al punto de concentración, en El Silencio. Los conocidos de la universidad me habían avisado por sms que estaban apostados del lado izquierdo de la tarima. El sonido de las cornetas era ensordecedor: no me costó demasiado encontrarlos.

Aquello era un espectáculo a toda mecha: había un dj, había un host, había cerveza. Viandas vaciadas de comida se esparcían por toda la acera y por el medio de la calle, como cuando en carnavales el bulevar de Sabana Grande se llena de papelillos. Solo que esta vez se trataba de anime y aluminio, cartón y servilletas. Plástico.

Desde la tarima, el animador me incomodaba con sus chistes homofóbicos en contra de Capriles Radonski, el contendiente del “Comandante Invicto”. Pero yo quería (¿necesitaba?) encajar, así que miré para otro lado. No podría decir cuánto tiempo estuve ahí, pero nunca me sentí amenazada. Todo aquello parecía una inmensa reunión familiar. Los ánimos de campaña preelectoral eran la verdadera razón para estar reunidos un primero de mayo, Día del trabajador.

Me gustaría mucho decir que mi chavismo duró poco, pero la verdad es que duró lo suficiente para llegar a votar por Maduro. Sí, me hizo ruido el aire monárquico con que Chávez señaló a su sucesor. No, no consideré seriamente abstenerme, o votar por Capriles. Sencillamente eso se salía de mi rango de pensamiento.

Haber apoyado la dictadura es algo que me llena de culpa y autodesprecio. De alguna manera me consuelo a mí misma recordándome que al menos no me he ido, que decidí quedarme aquí para asumir las consecuencias de mis antiguas convicciones. Luego me entra pánico y pienso que eventualmente no me quedará otra opción más que migrar, porque debo velar por la seguridad económica de mis viejas.

Muchísimas personas insisten en decirme que otros, más inteligentes y preparados, también cayeron en el dogmatismo chavista, seducidos por el discurso, por las ideas. Otros han sido más realistas y me han espetado que por culpa de gente como yo estamos donde estamos. Supongo que ambos argumentos llevan algo o mucho de razón. He aprendido a no defenderme contra los señalamientos, a aguantar lo que me toca, y seguir.

Asumí que ahora pertenezco al otro lado de la historia. Y que lo mínimo que puedo hacer –hacer y no solo decir o pensar– es salir a la calle cuando hay que hacerlo, en lugar de quedarme sentada en casa guarecida.

Soy lo bastante torpe (y fresa, ya lo dije) como para suponer que haría algo útil exponiéndome en primera fila, durante las manifestaciones a favor de la democracia. No sería capaz de patear una bomba lacrimógena, y quizá me tropezaría con una trenza de mis propios zapatos intentando correr. No me estoy excusando: es mi momento sincero. Yo lo que hago es ir, y estar. Asistir a la convocatoria, permanecer en la calle.

El primero de mayo de 2019 comenzó, en realidad, el 30 de abril. Serían eso de las 6:30 de la mañana cuando empecé a escuchar cacerolas y pitos. Entendí que algo estaba pasando. Aquello, en la acomodadita zona donde vivo, no es normal. Mi roommate, que creció en un piso 20 de un edificio en Los Teques y que vivió un tiempo en El Cementerio, ni se inmutó.

Encendimos los smartphones. Empezaron los sonidos de las notificaciones, uno tras otro. Una amiga, que además es mi tocaya y vive en Holanda, me llamó para instarme a no salir ese día. Mi roommate y yo nos montamos de una en el protocolo de abastecimiento, de manera apresurada, porque había alistarse y salir.

Esta vez no me detuve a dudar qué ropa debía usar: eran los zapatos de caminar qué jode, pantalones para tirarse al piso si hace falta, y sobre todo una pañoleta discreta pero práctica para cubrirse de los gases lacrimógenos. ¿Accesorios?: un aspersor con una solución concentrada de bicarbonato, porque, aunque sabes que no vas a estar en la primera fila contra las tanquetas, estarás expuesta a las bombas.

En Altamira estaba Guaidó. También Leopoldo López, nada menos que en su primera acción de calle después de su detención en el 2014. Si mi yo actual pudiese interceptarme en el 2012 para contarme aquello, me hubiese sorprendido más saber que alguna vez estaría a menos de diez metros de Leopoldo, que de verme viajar en el tiempo. Luego me reí para mis adentros: pensé que de ser un personaje de Avengers, sin duda sería Nébula.

Estaban montados sobre una camioneta, hablaban y sus voces apenas se expandían por unos megáfonos. Me quejé de no poder escucharlos y me ofusqué porque no tenían el sonido adecuado. “Qué clase de improvisación es esta”, me quejé en voz alta. Un chamo me escuchó y, con calma, me explicó que, desde hacía unos meses, funcionarios habían apresado a trabajadores de estas empresas que montan sonido y tarimas, y que se habían llevado (“robado”) cornetas: por eso ahora era tan complicado todo el tema logístico.

La gente comenzó a arengar a la masa para bajar a la autopista, donde estaban reprimiendo. Ninguno de los presentes estábamos enterados de algo, todos estábamos asumiendo. Me indigné cuando vi que la caravana de los líderes políticos emprendía esa dirección. Seguían improvisando, me dije. Luego entendí los motivos, y eran válidos. En ese momento lo que me ardía era pensar en las razones por las cuales no era inteligente tomar la autopista, donde no hay vías de escape, y la única opción ante una amenaza inminente es correr en sentido contrario.

Le comento a mi mate: “Date cuenta cómo a la oposición de base le falta pensamiento estratégico. No piensan la ciudad como un territorio. Y en eso el chavismo de base les lleva una morena”.

“Claro”, respondió. “Ellos [los chavistas] son militantes. Nosotros somos civiles y más nada. Al chavista lo adoctrinan… uno no quiere eso. Hay que hacer las cosas distinto si se quiere un país diferente. Sería caer en lo mismo, pensar que la solución es creernos soldados”.

“Toma eso, Mariana”, pensé.

“Coño, tienes razón”, alcancé decir. Y yo que creía que ya me había extirpado de todo aquello. No solo es el lastre de la culpa el que se carga encima. Después de eso, le bajé dos. Tocaba callarse un poco.

Nos quedamos buena parte del día en la calle, entre Chacao y Altamira. Suficiente para observar cuánto tiempo lograron los manifestantes soportar los embates de los represores abajo en la Fajardo, para ver cómo una tanqueta obligaba a la marcha de la Francisco de Miranda a retroceder.

Aquello, definitivamente, no era una fiesta. Había esperanza, sí. Pero nadie estaba refrescándose del sol del mediodía a punta de cerveza, al menos no de manera abierta y descarada. Aunque, hay que decirlo: también se gritaban improperios contra Maduro. Solo que nadie se reía de eso. El coro de la mentada de madre les venía desde la más pura rabia. Tal vez un poco desde la impotencia del que se alivia insultando el aire, queriendo hacerlo contra una cara.

 

Al día siguiente seguía siendo primero de mayo. Funcionaba el Metro esta vez, lo que de alguna manera nos desanimó un poco. Pero cuando salimos a la Plaza Francia, la multitud –al menos cinco veces más gente que el día anterior– nos hizo sonreír. Una señora, con las mejillas sonrosadas, nos dijo que venía desde La California. Que ahí había estado Guaidó, quien estuvo al menos una hora hablándoles.

Otro amigo tenía noticias menos alentadoras: a la altura de la Universidad Bolivariana, un piquete de la Guardia había impedido que la marcha que venía desde Los Chaguaramos, Santa Mónica y la Av. Victoria avanzara. Era una verdadera lástima: para la marcha del 23 de enero –en la que Guaidó se juramentó como presidente encargado–, la cantidad de personas que lograron llegar desde esa dirección era impactante. Recuerdo que tuve la suerte de verlos acercarse desde la autopista, subiendo por la Av. Principal de El Rosal.

Toda decisión política deja saldos positivos y negativos. El elemento sorpresa supuso que el día anterior fuéramos menos, pero aguantáramos más. Este miércoles primero de mayo, éramos muchos, pero la facción prodictadura estaba advertida ya de las movilizaciones: arremetió con todo. Y “todo” en este caso significa plomo, motorizados con parrilleros vestidos de civiles que andan armados. La gente suele referirse a este tipo de sujetos, inmediatamente, como “los colectivos”. Pueden ser cualquier cosa, da lo mismo. Sencillamente es la palabra que usas cuando quieres ser enfático y sintetizar: corre que vienen disparando y no creen en nadie.

Quienes traían el mensaje de alerta eran los chamos que suelen (ex)ponerse al frente, cara a cara contra los funcionarios. Me acerqué a uno que no tendría más de 19 años. “¿Vienes de la Fajardo?”, pregunté. El chamo se encontró con mi mirada fija y atenta. Explicó: “Ya no queda nadie allá abajo. Nos replegaron, a todos. Nos dispararon”. “¿Balines?”, pregunté con ingenuidad y ahí perdí su atención. Peló los ojos: “¡Nooo! Balas, plomo”.

La camioneta de los paramédicos de la Cruz Verde pasó, tocando corneta. La mujer que venía de copiloto hizo señales para que subiéramos. Nos urgía a que nos resguardáramos. Con rabia, escupiendo al piso la frustración, obedecí. Miraba hacia atrás cada tanto. La imagen de la plaza comenzó a perderse entre los árboles de La Castellana. Emprendimos el camino de regreso.

Cuando llegamos a la boca de la Av. Los Mangos con Av. Libertador, nos topamos de frente con un cerco de Guardias que cargaban antimotines, máscaras y estaban armados. En ese escenario, cruzar la calle o irte por otro lado es más idiota que seguir caminando como si nada. Atravesamos el cerco. Sus miradas se posaron alternativamente en los bolsos, en mi pañoleta. Nosotros nos limitamos a comentar en voz alta y con naturalidad qué bonita sería una final de Champions Ajax vs. Barcelona. Respiramos aliviados y permanecimos en silencio una vez que la Libertador nos abrió paso.

 

Es curioso: el chavismo me presentó ese espectro que es la paranoia de la amenaza permanente, pero nunca sentí tan real la existencia de un enemigo dispuesto a aniquilar como el 30 de abril y el primero de mayo.

Siete años me separan de aquel primer momento, de aquella primera marcha con el chavismo. Se siente como una vida entera. No creo que se trate de un paralelismo, como si fuera un comienzo que se repite desde un lugar y un momento distinto. Me gusta pensar que es más como la vuelta de un bucle que se acerca a sí mismo, sin tocarse. Solamente para avanzar.

 

Por Mariana Mercedes