Lo absurdo nunca había sido tan en serio

Crítico social a través de un humor absurdo y disparatado, a Mario Moreno Reyes (fallecido un día como hoy hace 25 años) se le conoce a nivel mundial por interpretar a Cantinflas. Hijo de una familia numerosa, vivió la cruda realidad de crecer bajo las penurias que la clase baja mexicana padece: sin posibilidad de estudiar, tuvo que ganarse la vida como cartero, limpiabotas, taxista y boxeador antes de trabajar en un circo. A partir de allí, y gracias a todas esas vivencias, empezó a sentar las bases (de forma natural) de un personaje que tuvo un basto bagaje cultural que le permitió llegar al corazón –y a la razón– de miles de hispanohablantes con un estilo humorístico muy particular. Su debut en el séptimo arte ocurrió en 1936 cuando tenía 25 años, pero no fue hasta el siguiente (1937 con ‘Cara y Cruz’) que su personaje Cantinflas obtuvo un éxito que fue capaz de hacer reír a varias generaciones de latinoamericanos. Del ganador del Globo de Oro en 1956 se solía decir que hablaba y no decía nada, pero la realidad es que decía mucho. Y es que su extraña y enredada forma de hablar (“Los países subdesarrollados tienden a desarrollarse dentro de un desenrollamiento natural porque sino nos enrollamos”) buscaba dejar una lección en los espectadores de su obra, la cual estaba cargada de mucho valor humano y, por encima de todas las cosas, comicidad. La risa, para él, nos acercaba más a la anhelada felicidad: “La primera obligación de todo ser humano es ser feliz, la segunda, hacer feliz a los demás”. Cantinflas fue tan importante que incluso la Real Academia incluyó en el diccionario el verbo “cantinflear” en su acepción más universal –forma de hablar disparatada con la que finalmente no se dice nada–inspirada en el personaje inmortalizado por Mario Moreno Reyes que murió un 20 de abril de 1993, pero que permanece en la memoria gracias a Cantinflas: “Parece que se ha ido, pero no es cierto”, dice en su epitafio

Los nuevos desaparecidos de Reverol

Habló ayer al mediodía durante más de 15 minutos. Mostró balas, cartuchos, navajas, ‘vacíos’ de Polar Light, botellas rotas de Polar Ice, mechas, cordones, telas, ‘sreenshots’ de conversaciones de WhastApp y se excusó por no poder enseñar ningún arma de fuego, porque, admitió, no había dado con ellas. Repitió hasta la saciedad el término célula terrorista y echó el cuento de cómo habría logrado desmantelar una. Denunció estructuras de captación de personas, entrenamientos de alto nivel, locaciones clandestinas con túneles y entierros. Develó planes de atentados espectaculares para sabotear las elecciones, con voladuras de bases militares y sedes de poderes públicos. Dijo eso y más pero se olvidó de lo fundamental: ¿qué hicieron con los supuestos responsables? Ayer, en simulacro de rueda de prensa (sin preguntas, ni periodistas ni medios, apenas con una propagandista rubia de VTV que no hizo otra cosa sino escandalizarse y ponerle más drama y énfasis a lo denunciado), el Ministro Reverol fue policía, fiscal y juez de 12 personas detenidas en días recientes –una mujer y un menor de edad (16 años) entre ellos– cuyo paradero continúa siendo un misterio. Se sabe que los tiene el gobierno y de qué los acusa, pero no dónde ni quién los juzgará. No han tenido contacto con familiares ni abogados. En rigor, están desaparecidos desde el domingo. “Como si se los hubiera tragado la tierra”, a decir de los militantes del Movimiento Nacionalista, del que varios de los detenidos forman parte. Precisamente ellos filtraron las fotos de los destrozos que causó el grupo comando que se llevó al politólogo Vasco Da Costa, cuya vivienda fue literalmente echada abajo y destruida al momento de su captura. “S.O.S llegó grupo de exterminio a mi casa”, fue su último twitt. Anterior a ese, y habiendo ya conocido la desaparición de José Luis Santamaría, Da Costa escribió: “ofrezco mi vida a Dios y a la Santísima Virgen de Coromoto para la libertad de Venezuela de la tiranía comunista”. Y desde entonces, nada se sabe: sólo que los tiene Reverol y que dice que son terroristas.

Desesperados por irse

No era una cola para la pensión ni para comprar productos regulados, eran casi 700 personas que se acercaron al Consulado de Chile en Caracas este lunes para aclarar dudas sobre la visa de responsabilidad democrática, documento especial que ofrecerá el gobierno chileno para facilitar la recepción de venezolanos en el país austral. Sólo en 2017, Chile registró 164.866 ingresos de ciudadanos provenientes de Venezuela, por lo cual se convirtió en el tercer país de Latinoamérica que más recibe a la diáspora. Más que un impedimento, la nueva visa permitirá obtener la residencia legal por un año con posibilidad de prórroga; sin embargo, el anunció del presidente Sebastián Piñera el pasado 9 de abril generó múltiples incógnitas debido a la falta de información, que hoy se puede conseguir en la página web del Minesterio de Relaciones Exteriores de Chile. Es por ello que la primera impresión del anuncio fue tomada con recelo. Luego del cese de operaciones de Copa Airlines –que tenía vuelos a Santiago con previa escala en Ciudad de Panáma–, la medida anunciada por Piñera parecía –más que ayudar– trabar las opciones para emigrar; sin embargo, la visa es una respuesta “a la grave crisis democrática que sufre Venezuela” y una forma de tender la mano luego de que el país recibiera a muchos chilenos durante la dictadura de Augusto Pinochet entre 1973 y 1990. Piñera comentó lo siguiente: “Tomando en consideración la grave crisis democrática que atraviesa Venezuela, país que acogió a muchos chilenos que buscaban refugio en sus fronteras, se crea una visa de responsabilidad democrática”. La cola frente al consulado sólo es un retrato de cientos que se hacen todos los días en registros principales para apostillar, terminales terrestres y fronteras. La diáspora –calculada en 4 millones de personas según un estudio de opinión de Consultores 21– sigue desesperada y en ascenso.

La AN cumplió, ¿ahora qué?

La cosa es así: Maduro al parecer le robó un realero al país con Odebrecht, la Fiscal lo pilló, le entregó las pruebas al TSJ, éste las estudió, vio que eran categóricas y se lo notificó a la AN, que ayer se reunió, dijo que sí y con quorum suficiente dio luz verde para que se le enjuicie. A diferencia de lo que sucede con un ladrón cualquiera (al que se le acusa, detiene y enjuicia), cuando el ladrón es presidente (como todo parece indicar que lo es Maduro) y la Constitución es presidencialista (como la nuestra, hecha a la medida Chávez, que no se olvide), hay que acusarlo (Fiscalía), pre-juzgarlo para ver si hay méritos suficientes (TSJ), en caso de hallarlos, informarle al legislativo (AN) y pedir su aprobación para separarlo del cargo y poder pasarlo así a tribunales para que se le juzgue. Y todo ello terminó de suceder ayer cuando la AN, con 105 votos, dio luz verde al juicio. Así que en papel ya Maduro no es presidente: es un ciudadano común, sin privilegio y protección de cargo alguno, que ha de ser procesado por un tribunal que, luego de recoger las acusaciones, estudiar la evidencia y escuchar su defensa, dictaminará su culpabilidad y la pena que, según el Código Penal, habría de pagar. De estar en democracia, eso es lo que estaría sucediendo hoy. Como no lo estamos, la historia es distinta: la Fiscal y el TSJ están en el exilio y no tienen ningún poder real para ejecutar y hacer cumplir sus decisiones; la AN, que sí está en Caracas, tampoco tiene ese poder; y por ende Maduro, que sí tiene poder, sigue en la presidencia y con la posibilidad de seguir robando impunemente. En el duelo legitimidad vs poder, sigue ganando el primero. Sin embargo, lo de ayer sienta un precedente legal importante y puede que hasta peligroso para la revolución: le da legitimidad a cualquier acción de poder. Y a buen entendedor pocas palabras. Con ese precedente, rebelión o quebrantamiento (que son delitos) podrían pasar a ser observancia o acatamiento (que son acciones legítimas). Y esa diferencia no es sólo semántica. De momento, queda el consuelo de poder empezar llamar a Maduro presidente ‘de facto’ con todas las de la ley. Y eso también es algo.

‘Comandante Teodoro’, el colectivo fantasma que aparecía en Barcelona.

El padre José Antonio Fortea es el exorcista más conocido de habla hispana. Experto en demonología, es un auténtico conocedor de la posesión diabólica y del milenario ritual con el que la Iglesia la combate. Y entre los factores que pueden invocarla, dice él, está la santería. Quien pone en práctica sus ritos, jura el padre, le abre la puerta al otro mundo, ese que es oscuro y está plagado de demonios, fantasmas y demás entes. Siendo así, pues, se entendería el por qué la Oficina 6A, del piso 6, del edificio número 6 de la Plaza Urquinaona de Barcelona está repleta –infestada, dicen los que saben– de fantasmas. Y es que allí, en el Consulado de Venezuela en Barcelona, estuvo de visita por un tiempo un hombre muy dado a estos ritos. Teodoro José Cortez Navarro es su nombre y tiene una trayectoria tan fantasmagórica como sus creencias. Ex Cabo Primero de la Policía Metropolitana, en 2010, según consta en el IVSS, ingresó a la nómina del Ministerio del Poder Popular para la Salud, donde trabajó como Seguridad Interna. Luego, su trayectoria se difumina, hasta octubre de 2016, cuando salta a la opinión pública por liderar la toma de la Asamblea Nacional y por participar activamente, en abril de 2017, en la agresión al diputado Juan Requesens, quien requirió 56 puntos. Es allí cuando se da a conocer como ‘Comandante Teodoro’, líder del “Colectivo Rebelión-Rebelión”, de oficio guardián del centro y agresor de opositores. Pero no siempre estuvo allí. No. Durante algún tiempo, el violento y fantasmagórico Comandante Teodoro estuvo en Barcelona. Y al parecer no por un ratico, porque hasta cambio de Registro Electoral hizo –para 2016 estaba inscrito como votante en el Consultado de Barcelona–. Ese mismo año subía a su cuenta de Facebook una propaganda de los Comandos UBCH en España y se fotografiaba en el RCDE Estadium –el popularmente llamado Corneprat– de Barcelona. Y, cómo no, visitaba el Consulado, donde lo recibían y presentaban como amigo. Que cobrara de alguna nómina paralela no nos consta. Pero que estuvo y fue bien recibido, sí. Luego de ello, no es de extrañar que se llenara de fantasmas.

Peligro en el Metro

El Metro que arrancó a las 7:30 am de este lunes de Artigas con dirección El Silencio realizó una parada repentina a escasos segundos de abandonar la estación bajo gritos aterrados de auxilio. La desesperación de los pasajeros se hizo notar cuando un señor de la tercera edad –que había sido el último en ingresar– fue brutalmente golpeado con las paredes del túnel debido a que la puerta no cerró, el operador emprendió la marcha sin percatarse y lo arrastró. En hora pico, con los vagones abarrotados y con la presión de llegar a tiempo, son muchas las personas que buscan ingresar al Metro entre empujones pese a que visualmente no se deslumbre espacio vacío para entrar. Al señor que realizó lo que cientos hacen –y seguirán haciendo– a diario, no lo acompañó el aventón final: la puerta no cerró y parte de su cuerpo quedó afuera cuando el tren continuó su ruta. El crujir de los huesos estremeció a los pasajeros, que fueron mandados a desalojar la estación tras el hecho, que no es primera vez que ocurre en el subterráneo: en febrero de 2017, Andrés Eloi Irrazabal, de 29 años, murió en un accidente similar, ocurrido también en la Línea 2 del Metro, pero en horas de la tarde y con dirección Las Adjuntas. En el caso de ayer, a pesar del fuerte golpe y de los rumores que corrieron en redes sociales, la víctima aún se encuentra con vida, según el periodista Bernardo Luzardo. El sistema de transporte más sofisticado de la Latinoamérica del siglo XX ha pasado de ser sauna (por falta de aire) a un hervidero de tragedias.

El genio que habló sin palabras

Genio versátil del cine, primera estrella “todera” de la gran pantalla, Charles Spencer Chaplin (nacido un día como hoy, pero hace 129 años en Londres), en cuanto al séptimo arte se refiere, lo hacía todo y todo bien bien: director, guionista, actor, escritor, humorista y productor. Sus películas son referencias de cualquier estudiante de cine. Empezó su vida artística con apenas cinco años y no paró hasta ser reconocido mundialmente como símbolo tanto del cine mudo como del humor. Su infancia estuvo marcada por el infortunio: de padre alcohólico que partió de casa al poco tiempo de su nacimiento, y madre que terminó en un manicomio, a Charles las dificultades le abrirían los ojos para transmitir desde su obra mensajes a favor del valor humano y en contra de la miseria. Maestro del lenguaje corporal, fue un mimo experto en comunicarse sin emitir palabra alguna. Los espectadores lograron a hacer tanto feeling con los personajes interpretados por él que sentirían una cercanía más que familiar. Cuando el audio arribó a las filmografías, Chaplin se resistió debido a que sentía que todas las expresiones de sus personajes –hasta entonces– se podían dar a entender sin palabras. Cansado de trabajar para los demás, e incomprendido porque no entendían el perfeccionismo que quería alcanzar, el londinense trabajó duro hasta tener la independencia económica y creativa que buscaba para tener su propia productora: United Artists. Fue con ella con quien rodó sus masterpieces imperdibles: ‘La quimera del oro’ (1925), ‘Luces de la ciudad’ (1931), ‘Tiempos modernos’ (1936) y ‘El gran dictador’. Más allá de premios y reconocimientos (Óscar honorífico, caballero de la Orden del Imperio Británico, candidato al premio Nobel de la paz, estrella en el paseo de la fama de Hollywod), Chaplin dejó un legado irremplazable en la historia del cine mundial.

“Venezuela es una dictadura”

Sospechoso de todo menos de reaccionario. Ex ministro de Allende. Preso y exiliado de Pinochet. Admirador irredento de Chávez. Y embajador del gobierno izquierdista de Bachelet. Pedro Felipe Ramírez es el arquetipo del socialista latinoamericano. Y está horrorizado con lo que pasa en Venezuela. Tanto, que se quiebra cuando recuerda el espeluznante estado en que se encuentra el país que alguna vez lo acogió cuando escapó del suyo. Tras cuatro años en Caracas como embajador de Chile, Ramírez volvió a su país y concedió una reveladora entrevista al diario ‘La Tercera’ en la que narra su desencanto con el devenir de la revolución. Para él ya no hay duda: “Venezuela hoy es una dictadura”. Diferente a la que tuvo Chile –“[no tiene] la crueldad ni la fuerza de la que tuvimos acá”–, pero dictadura, con presos políticos –“hay cientos”– y ladrones –“la corrupción del gobierno de Maduro está desatada y es a todo nivel”–. Para Ramírez, el punto de inflexión fue “cuando se desconoció la Asamblea Nacional. Y cuando se impuso la Constituyente, se le puso la lápida [a la democracia]”. Sin embargo, lo que más lo espantó fue la crisis humanitaria: “Tal vez es peor [de lo que informan los medios extranjeros]. Como yo la vi, la sentí, tengo una percepción que me afecta mucho en mi interior (…) hay niños que mueren por desnutrición o están afectados de manera irreversible en su desarrollo, y no sólo ellos, sino también los hijos y nietos de ellos, porque ese déficit lo van a traspasar a las generaciones. Son niños que parece que han salido de un campo de concentración nazi. Un enfermo crónico me decía ‘estamos trasplantados de riñón y sabemos que en seis meses más estamos muertos, porque no tenemos los remedios’”. De hecho, su peor recuerdo de Venezuela lo fija en ello: “Fui a una farmacia a buscar un medicamento y había mucha gente. De repente sale el químico y dice ‘señores, para ahorrar problemas, quiero decirles que antibiótico para niños no hay nada’. Y sale una mujer gritando y dice ‘¡qué voy a hacer! ¡Se me muere mi hijo!’. Yo lloré… (llora unos segundos), fue muy duro”. La entrevista completa aquí:

http://www.latercera.com/reportajes/noticia/la-conversion-del-ex-embajador-bachelet-pedro-felipe-ramirez-vision-cambio-venezuela-hoy-una-dictadura/132564/#

RESEÑA: ‘Al este del Edén’ – John Steinbeck

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

De ella dijo el mismo John Steinbeck que era la mejor de sus novelas y que toda su producción anterior –entre las que estaba una ganadora del Púlitzer como ‘Las uvas de la ira’– había sido apenas un mero ensayo, un “entrenamiento”, para llegar, por fin, ‘Al este del Edén’, una novela total, larga y voluminosa (casi 800 páginas) en la que por medio de la historia de tres generaciones de dos familias americanas se invita al lector a reflexionar sobre temas universales como el bien, el mal y el libre albedrío, teniendo como fondo la historia de Caín y Abel. Proyecto ambicioso, típico de novelista consumado que quiere echar el resto escribiendo algo grande, inmortal, que pase a la historia como un clásico, pero que, para infortunio de Steinbeck, quedó en mero proyecto ya que el resultado final no llega –es más: ni se le acerca– a la ‘opus magnan’ que él pretendió. Nada grave tampoco teniendo él firmada ‘Las uvas de la ira’, esa sí una señora novela y un clásico imprescindible de las letras americanas.

¿Qué le falló al buen John, premio Nobel de Literatura 1962, en ‘Al este del Edén’? En primer lugar, el narrador: que en un momento es omnisciente, en otro testigo, en otro protagonista y en otro no se sabe qué. Y no puede decirse que se trate de algo deliberado, de uno de esos juegos ‘faulknerianos’ de perspectivas. No. Nada que ver. Aquí simplemente el narrador arranca en tercera, se pasa a primera sin ser exactamente un personaje de peso dentro de la novela, de repente vuelve a la tercera, entra, sale, opina, reflexiona, se calla y así. La segunda falla es la de los personajes: invariables. No mudan. Los buenos lo son siempre y los malos también. Los buenos rozan, casi, la santidad y los malos el infierno. Y con esas dos cosas es imposible hacer una obra maestra.

“Una novela pésimamente construida que, sin embargo, se lee con avidez”, escribió de ella Vargas Llosa, que le dedica un capítulo en ‘La verdad de las mentiras’. Y habría que hacer un matiz en lo de la avidez: si se lee con tanto interés es por la truculencia de la historia, llena de episodios dramáticos e improbables, muchos de ellos inverosímiles, casi todos extremos, hiperbólicos, con los que Steinbeck sorprende (y espanta) al descreído lector, que no puede dejarse de preguntar qué pasará con este o aquel personaje, y qué giro rocambolesco habrá en la siguiente página. Pero sólo por eso.

¿Y qué tiene de bueno entonces ‘Al este del Edén’ para que, empezando por su propio autor, haya sido tan elogiada y leída a lo largo del tiempo? El análisis psicológico de los personajes, interesante y profundo; y, sobre todo, las reflexiones, en su mayoría de corte existencial – filosófico – teológico, y casi todas en boca de dos grandes personajes: Samuel Hamilton (un campesino irlandés lleno de la sabiduría llana que dan el amanecer, el trabajo y la tierra) y Lee (un criado chino, enigmático, que tiene todas las respuestas del mundo). A través de ellos, Steinbeck –que se pasó buena parte de su vida preocupado por el hombre y su destino– hace al lector detenerse a reflexionar sobre temas que nos son inherentes a todos –la naturaleza del mal, la condición humana, la capacidad de hacer el bien, la voluntad, el destino, la envidia, los celos, los afectos– y que por ello tienen interés.

¿Bastan para hacer una buena novela?

No. Basta apenas para salvarla de la categoría de folletín –que es, en rigor, la que por los personajes y situaciones le correspondería–, pero no para elevarla a esa cima a la que Steinbeck pretendió llevar esa ambiciosa idea que tuvo y no supo concretar.

‘Al este del Edén’

Autor: John Steinbeck

Año: 1952

Páginas: 770

Calificación: 5/10

RESEÑA: ‘Shutter Island’

Shutter Island es una película que tiene la capacidad de hacer que el espectador se cuestione, una y otra vez, hacia dónde se dirige, y cuál es la trama realmente. Protagonizada por Leonardo Di Caprio y Mark Ruffalo, pero con actuaciones sensacionales del resto del elenco (Ben Kingsley y Michelle Williams, por ejemplo), el film de Martin Scorsese proyecta un profundo juego psicológico que tiene como idea principal poner en duda la verdadera razón de ser de su protagonista, quien para salvarse a sí mismo –y darle sentido a su vida– se inventará, y le inventarán, una realidad que pretende ayudarlo. El film de suspenso del director italoamericano empieza con el arribo de los agentes federales de los EE.UU., Teddy Daniels (Di Caprio) y Chuck Aule (Ruffalo), a una isla en donde se recluyen pacientes con enfermedades mentales y antecedentes criminales. El sanatorio –ubicado en una isla siniestra, como se titula la película en español– será un hervidero de preguntas que mantendrá en suspenso por 2h 18m al público. Lo que empieza como un común film policiaco (en donde las pistas y testigos no sólo serán tangibles, sino que también habrá revelaciones en sueños y memorias) termina siendo una genialidad de Scorsese para que empiecen los juegos mentales: la migraña que experimenta el protagonista, Teddy Daniels, también será experimentada por todos los espectadores. Vendida como una película de terror, con escenas en las que parece necesario taparse los ojos con las manos, Scorsese invita a todos a concentrarse y dar el veredicto final: quién está cuerdo.