#MemoriasDeLaRevolución: Yo no pedí nacer en Revolución

¿Qué le dirá? ¿Qué historia le contará?

Son las dos preguntas que agobian su mente mientras sostiene al recién nacido en sus brazos. El remordimiento no da espacio a la felicidad, el espacio también es ocupado por la preocupación. Los ojos del niño la acusan. No es como su primer parto, hace ya veintidós años atrás. En aquel entonces todo fue planificado, ellos estuvieron listos para recibir al primogénito; y sí, ahora han tenido casi nueve meses para prepararse, pero lo que no han tenido son recursos. Como los últimos tres años, durante el embarazo apenas si pudieron mantenerse con vida.

Cada día transcurrido, su vientre fue la profecía de un juicio final; y allí está, frente al tribunal con el testigo en sus brazos, que también es la víctima, que también es el juez, que también es jurado, que también es la sentencia.

Quiere sonreír, pero es imposible. Quiere plantear su defensa. No es su culpa, ella solo quiso evitarle venir a un mundo en caos, donde el hambre reina, donde la tristeza y la desesperanza azotan.

El embarazo fue un descuido. En la patria ya no se consiguen anticonceptivos. Estuvo jugando a la ruleta rusa por un año y finalmente perdió. Cuando se enteró, intentó remediar la situación. Sin la posibilidad de adquirir pastillas para el aborto trató con métodos rudimentarios, pero la criatura no quiso renunciar a la vida. Algunos días despertó deseando sangrar, queriendo enfrentar el aborto involuntario. Envidió la suerte de las protagonistas de las historias tristes que escuchó, pero no, la mala suerte no le alcanzó; sus malas noticias diarias llegaban hasta “hoy no tenemos qué desayunar”, “hubo reducción de personal y me despidieron”, “me atracaron y se llevaron el dinero que logré conseguir”, “a tu tío lo asesinaron esta mañana”, “felicitaciones, su bebé está teniendo un desarrollo sano”.

Desea, con todas las fuerzas de su corazón, poder sonreír. Pero no puede. ¿Cómo sonreírle a un anuncio doloroso? No puede sonreírle al recordatorio de su miseria. Ella lo ha traído a la realidad de un país en ruina, donde el hambre reina, donde la delincuencia ha tomado el control, donde la educación es gratuita pero imposible, donde el nacimiento entristece.

Su esposo entra a la habitación, le acaricia el rostro y le da una sonrisa débil. Ella le entrega al niño y se pone de espalda. Él quiere sentirse feliz, pero dos preguntas lo agobian.

 

Por Gusmar Sosa | @gusmarsosa

Alerta roja: el totalitarismo de extrema izquierda no es un mito

Tengo un amigo que recién leyó 1984 el año pasado. Es venezolano y vive en Buenos Aires. Se fue para allá luego de padecer la crisis que instaló el régimen. En Venezuela fue profesor universitario y trabajó en una prestigiosa unidad de investigación. En Argentina se desempeña como repartidor, actividad para la cual tuvo que aprender algo esencial que sus años de estudio no le enseñaron: manejar bicicleta. Aunque trabaja fuera de su área, y en algo que espera que no le toque hacer mucho más tiempo, dice ser feliz: en el súper mercado siempre se consiguen sus galletas preferidas y al fin se pudo mudar solo con su novia. Esta última, por cierto, está de fiesta: ahora encuentra toallas sanitarias sin sentir que emprende la búsqueda de las ocho esferas del dragón.

Mi amigo, como dije, recién leyó 1984 en el 2018, lo cual es una especie de guiño irónico: 34 años después del futuro apocalíptico pronosticado por George Orwell, él concluyó que había vivido su propia versión de la novela en Venezuela. ¿Adivinan quién sería nuestro Gran Hermano?

Este 10 de enero, quienes han creado un Estado-mágico en el que se vive según su antojo y sus normas se autoproclamarán amos supremos del país por más tiempo, pese a que la mayoría de la población los rechaza y a que la palabra elecciones se deformó hasta leerse como fraude. Así lo entiende la mayor parte de la comunidad internacional, que manifiesta abiertamente su rechazo hacia el régimen totalitario de Venezuela y hacia sus representantes, por lo que amenaza con aumentar las sanciones que ya empezaron en el 2018.

Sabemos que 1984 aún no ha llegado porque en la población todavía existe la esperanza de cambio. Lejos de ser autómatas que siguen órdenes –aunque muchos no están lejos de llegar a ese estado de disociación–, hay una importante cantidad de venezolanos en Venezuela que hacen frente a la crisis y a sus problemas con creatividad, estoicismo y convicción. Lo que, sin duda, es una elegante forma de resistir los embates de ese gigantesco pulpo rojo que amenaza con meter sus tentáculos en cada hogar. En un territorio destruido, hay muchos que están empeñados en construir país.

Mi amigo, digámosle Luis, sintió que una flor se moría dentro de su estómago cuando llegó al final de la novela de Orwell. ¿Esa sensación es el futuro que nos espera a los venezolanos? Él quiere creer que no, pero hay dos cosas que no conviene soslayar. Uno, es innegable que ese movimiento político y social que empezó a secuestrar al país hace 20 años se inspiró en los peores regímenes totalitarios y en la narrativa apocalíptica de obras como 1984. Y dos, nada garantiza tanto una decepción como las expectativas exageradas.

Hace tiempo que renuncié a pronosticar. Venezuela me ha enseñado algo: todo es posible. Pero quien a estas alturas no sepa que el Niño Jesús son sus padres, está condenado a recibir más golpes (estos sí metafóricos) que los diputados opositores en la Asamblea.

El 10 de enero es una fecha más en el calendario. Una fecha en la que un régimen busca seguir dando pataletas de ahogado, para extender su reinado lo más posible y llevarse por delante (entiéndase matar, secuestrar o anular) a cualquiera que se oponga. Una fecha en la que alimentará una narrativa que ya se cae por el peso de la realidad. Y una fecha en la que, al fin, la mayor parte del resto del mundo terminará de rechazar oficialmente lo que representa.

Pero eso no significa que un meteorito va a caer de ipso facto y extinguirá a los dinosaurios.

La oposición venezolana necesita construir una narrativa creíble y que represente a la inmensa mayoría que rechaza al régimen pero que, al mismo tiempo, los ve con escepticismo. Necesita documentar y denunciar en todo el planeta lo que sucede en el país, y debe cohesionarse para conectarse con las personas. Todo esto si no quiere escenificar la precuela de una ficción en la que la palabra oposición ya no aparece en el diccionario.

Por estos días Jair Bolsonaro asumió la presidencia en Brasil. Sus declaraciones y su desfachatez lo hacen ver como el otro polo político de aquél presidente venezolano que llegara al poder en 1999. Por eso, y por sus simpatías con Trump, muchas agencias internacionales de noticias se refieren a él como el presidente de “extrema derecha”. Lejos de querer ir en contra de tal afirmación, solo me resulta curioso que esas mismas agencias no menten al régimen venezolano y a toda su estructura fraudulenta con los sustantivos adecuados. O que no lo hagan, al menos, con tanta insistencia.

Luis quedó destrozado al terminar el libro. Ojalá logremos que todos sepan que, si algo no cambia pronto, el 2020 venezolano puede quedar en 1984.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

#LuisVicenting: 10Escenarios (im)posibles para 2019

¿Habrá transición este 2019? ¿O todo seguirá igual, es decir, siempre un poco peor? Los economistas tipo Luis Vicente León que analizan “escenarios país” son los nuevos astrólogos: puedes hacerte rico prometiendo que cada año seremos más pobres. Adriana Azzi pronosticó para 2018 que el cáncer “recorrería los pasillos de Miraflores” y se peló: debió haberlo dicho en 2011. Proponiendo diversos escenarios, casi nunca quedas tan mal.

¿Qué pasará en este país después de la decisiva fecha del 10-E? Reduce tu incertidumbre con nuestro #LuisVicenting: te garantizamos que es prácticamente imposible que en 2019 no suceda alguno de estos 10 escenarios tan exhaustivos como una charla táctica de Pep Guardiola antes de jugar con el Liverpool (pero para que no nos pase como Adriana, mejor digamos que es casi imposible).

1. Escenario Renny Ottolina: no, no es que va a resucitar el showman de la TV que muchos siguen pensando que pudo haber cambiado la historia contemporánea de Venezuela. A lo que nos referimos es a su apodo: el Número Uno. ¿Cuál es siempre el escenario Número Uno? Que todo siga igual. Siempre es lo más fácil: todo cambio requiere vencer a la pereza, uno de los más subestimados rasgos de la humanidad. Maduro asume el 10-E y nada se lo impide. Sigue habiendo hiperinflación (taima, acuérdate de que en Nicaragua duró cinco años) y hay una nueva reconversión en junio. La comunidad internacional patalea pero se hace más o menos la loca. La gente se sigue yendo, pero nunca todo el mundo, cuando mucho un tercio de la población. Todo empeora indefinidamente menos el sol, que cada mañana sale para todos. La Constituyente sigue sin elaborar ninguna constitución y se dedica a retrasarle la pelota a los defensas centrales (a.k.a quemar tiempo). Los militares se percatan de que no toda Venezuela es igual al C.C. Los Próceres, pero ante la posibilidad de una transición, concluyen que: la pinga.

¿Muy pesimista todo? Recuerda siempre esta máxima budista: “Muchas veces la solución a los problemas más grandes está en no hacer nada”.

2. Escenario Disney: Maduro tiene un sueño el 9 de enero y recapacita. Decreta en Gaceta Oficial que todo lo que ocurrió después del 31 de marzo de 2017 –el día en que Luisa Ortega dijo que se había roto el hilo constitucional– jamás existió. La Constituyente se disuelve a sí misma y deja la vaina así, se elimina el carnet de la patria, se juramentan los diputados del Amazonas (que probablemente ya fallecieron de malaria o se convirtieron en mineros ilegales) y se le restablecen todas sus competencias a la Asamblea Nacional. Se organizan nuevas elecciones presidenciales sin ninguna restricción, pero Henrique Capriles y María Corina Machado se postulan por separado y dividen los votos de la oposición. Un mundo ideal solo existe en la película de Aladdin.

3. Escenario Pixar: escuchado hace unos días en la radio, no estamos inventando. El Gobierno venezolano se harta de ser un paria internacional. En este momento, mientras tú lees estas pendejadas, hay gente preocupada por nosotros negociando en un cuartico con unos whiskies de por medio y no nos estamos enterando. Se le pone plazo y límite a la actuación de la Constituyente. Los partidos de la oposición son habilitados, sueltan a los presos políticos y se renuevan las autoridades electorales, con un pequeño detalle: un acuerdo para que no haya presidenciales hasta 2025. Siempre hay que ceder algo a cambio, ¿qué te crees?

4. Escenario norcoreano: a pesar del discurso oficial contra las remesas ilegales, algunos concluyen que, para regímenes como el cubano o el venezolano, fomentar la diáspora es negocio. En Harvard estiman que, sin ningún cambio económico, la legión extranjera podría superar los ocho millones en 2019. ¿Pero qué pasaría si el Estado-PSUV determina que una emigración excesiva hace inviable su permanencia? Pues siempre hay que estar preparado para el peor escenario posible: nos volvemos Corea del Norte, probablemente el sistema de control social más depurado de la historia de la humanidad. Los Golden State Warriors, pues. Venezuela construye muros no para impedir que venga gente, sino que se vaya. Para emigrar debes arriesgar el pellejo. Desaparecen todos los medios privados, se restringe Internet prácticamente solo para turistas y funcionarios y se perfecciona el aparato de reeducación, sumisión y represión. ¿Quieres consuelo? 27% de la población nocoreana sigue siendo considerada “incorregible”, 45% “oscilante” y solo 28% totalmente leal al partido único, según el libro Diarios de Corea de Bruno Galindo.

5. Escenario Tormenta de la Selva: harto de tener un vecino que apesta a la palabra que más aborrece (socialismo), el nuevo presidente Jair Bolsonaro acomete una operación militar de liberación de Venezuela. Solo después recuerda lo lejos que está Caracas y que en medio está atravesada la jungla amazónica. De manera remotamente similar a lo que le pasó al ejército napoleónico en el invierno ruso, las tropas brasileñas emprenden la retirada doblegadas no por los milicianos venezolanos, sino por la plaga. En todo caso, parece más probable una invasión del ELN que de la planta insolente de un ejército extranjero.

6. Escenario Pizarra Mágica: estamos tan desesperados porque ocurra algo, que mentalmente nos aferramos a cualquier palo de ahorcado. Por ejemplo, esa colonia bacteriana fuera de control llamada Constituyente. Por ahí ha circulado la tesis de la “Megaelección” convocada por la ANC. Vamos de nuevo a las urnas para renovar todos los poderes, incluida la presidencia. Con el mismo CNE actual y los puntos rojos que te esperan en la bajadita a la salida del colegio; pero bueno, no importa, el fútbol lo juegan once contra once, la pelota es redonda para todos y siempre queda la posibilidad de que se le salga una rueda a la carreta.

7. Escenario Mnangagwa: léase “Manguangua”. Una mañana de Dios de noviembre de 2017, los zimbabuenses amanecieron con la noticia de que la lluvia ya no caía de arriba hacia abajo y el presidente ya no era Robert Mugabe. Días después se conoció el nombre de su sucesor: Emmerson Mnangagwa, un caimán del mismo caño con 20 años menos (tiene 76), miembro de su mismo partido y también sancionado por la comunidad internacional. ¿No querías transición? Toma tu transición. No olvides que antes Mugabe estuvo en el poder 37 años, por lo que poner fecha tentativa a una eventualidad así es jugar con las esperanzas de los venezolanos. Consuelo: Bob Marley escribió una de sus canciones más emotivas para Zimbabwe. Afortunadamente el bueno de Bob no vivió para ver cómo esta nación africana llegó a tener un billete de 100 trillones de dólares zimbabuenses.

8. Escenario Gaige Kaifang: lo que nos calamos el pasado 29 de noviembre (aumento del sueldo que se vuelve agua sin ninguna reforma económica de fondo) fue solo un bluffing preelectoral. Consigue el número oculto en la caricatura de Panchita: en 2019 veremos lo que ocurrió en China en 1979, es decir, apertura pragmática al capitalismo salvaje. Hay quienes sostienen que esto está ocurriendo ya con vaselina, vía aumento del Dicom. Claro, el PSUV mantiene el coroto político bien agarrado y es probable que solo se lucren realmente los bolichicos de siempre, pero al menos podemos comprar celulares chinos, se construyen malls en Charallave y de rebote hay más comida disponible en la basura. Luego de mandar una nave a la cara oculta de la Luna, los chinos ahora recuperan nuestra industria petrolera. Tareck El Aissami es elegido Persona del Año por Time Magazine.

9. Escenario Krakatoa: así como es probable que en 2019 todo siga más o menos igual a 2018, tampoco se descarta que empeore drásticamente. Se queda muy corto el pronóstico del FMI de una inflación de 10 millones por ciento. Rusia, China, Turquía y compañía extraen materia prima sin que les conmueva el llanto de Valentina Quintero y presenciamos dolorosas escenas al estilo del árbol arrancado de la película Avatar; por ejemplo, la implosión del Auyantepuy para extraer coltán. El resto de la comunidad internacional decide aplicarnos una ley del hielo masiva y borrarnos de los atlas de geografía. Nos regalan armas nucleares para defendernos de los gringos pero los manuales están en alfabeto cirílico y nos equivocamos al manipularlas. Básicamente nos volvemos una placa tectónica que se hundió, un hueco en el mapa, un volcán que explotó y desapareció, lo que no deja de tener su grandiosidad épica.

10. Escenario Arcángel Miguel: lo que llaman el cisne negro (o el gorila albino). Algo totalmente inesperado, aunque no sabemos exactamente qué, hace que todo lo que estaba trancado se destranque como con Diablo Rojo. Se recupera la democracia pero no como una guanábana adeco-copeyana, sino una síntesis totalmente novedosa de lo mejor de nuestro pasado. Empiezan a regresar los que se fueron, aunque la verdad es que muchos sienten flojera y prefieren quedarse donde están. Vuelve RCTV. Se elimina el Ejército. Se construye un Memorial del Holocausto Venezolano en el Ávila para que lo vean todos los que llegan por Maiquetía. El país se parece a la cuña aquella del bus. Los alemanes asustados por la extrema derecha atraviesan el océano y convierten Ciudad Caribia en la segunda Colonia Tovar. Evolucionamos como seres de luz y aceptamos pagar tarifas justas por nuestros planes de datos. Caracas es la Nueva Jerusalén. Celebramos como al final del Episodio VI de Star Wars, pero con moderación, tolerancia, tacto y buen gusto para que no sustituyamos un resentimiento por otro.

¡Feliz 2019, a pesar de todo! Cada nuevo día es siempre es una página en blanco. Atrévete al reto #LuisVicenting y lánzanos tu escenario más probable. ¿Se te ocurre un número 11?

 

Por Alexis Correia

#DomingosDeFicción: Tan frágil como un estornudo

«Allá afuera los revólveres no respetan.

Plomo revienta y nadie se alarma más de la cuenta», Valle de balas

(Desorden público)

 

Una imagen de trece efectivos de la Policía Nacional Bolivariana asesinados en la entrada de la Cota Mil en La Pastora rodaba en Twitter la mañana del martes.

Era de mala calidad, pero se distinguía la sangre seca y abundante que cubría el azul marino de los uniformes policiales. Lo mismo para los que estaban de espaldas con las siglas blancas de PNB manchadas de rojo. Parecía un cuadro de Saudek con menos vergas y más sadismo. Para las siete de la mañana la foto ya era trending topic y los reportes de tránsito en la radio sugerían evitar la Cota Mil sentido oeste.

Caracas estrena muertos todos los días y por más rutinaria que fuese la gala de violencia, tráfico y descontento, había que salir a trabajar.

Ángel sabía cuál iba a ser la pauta del día y llegó al periódico a las siete y treinta con casco en mano y la cámara en el bulto. Radio y redes se hacían eco de lo mismo: cadáveres de policías apilados. Demasiado tráfico. La instrucción fue llegar a la entrada de La Pastora y averiguar qué había pasado. Bajó al cafetín y después de dos empanadas, un jugo de naranja y un café, volvió a la moto pensando qué ruta tomar para llegar a la escena. Se puso el audífono izquierdo sintonizando la emisión del tráfico y después de bordear la Francisco de Miranda llegó hasta la entrada de la Cota Mil en La Castellana

Evitar la Cota Mil en ambos sentidos. Motorizados armados toman ambas vías.

El ruido de los motores le impidió seguir escuchando el reporte. Se quitó el audífono y miró por el retrovisor la avalancha de motos tras él. Un motorizado se puso a su lado y el copiloto le extendió un palo. ¡Vamo’a matarlos, o joda, vamo’a matarlos!, decía mientras le extendía el palo que Ángel recibió sin pronunciar palabra. ¡Vamo’a matar a estos coño e’madres!, fue lo último que escuchó antes de que la moto lo rebasara.

Distinguió palos, pistolas automáticas, revólveres y ametralladoras, alzadas con euforia, rumbo al oeste de la ciudad. Ángel puso el palo entre sus piernas y, con la destreza que da ser motorizado en Caracas, sacó el celular, marcó el número de la redacción y puso el aparato dentro del casco a la altura de su oreja. Aceleró hasta el fondo, mientras con la mano izquierda alzaba el palo en señal de protesta, mimetizándose con los demás. ¡Hay un coñazo de motorizados armados, van en ambos sentidos y hay carros devolviéndose en retroceso y en contravía!, le gritó Ángel al interlocutor, cuya voz no reconoció entre el ruido de las motos. ¡Vete de ahí, vete de ahí!, escuchó mientras veía por el retrovisor cómo la avalancha de motos no cesaba. ¡Cota Mil, Prados del Este y avenida Francisco de Miranda están tomadas! ¡Esta vaina huele a golpe! Volteó la cabeza hacia el palo que izaba en la mano izquierda y vio la hora en su reloj. Eran las ocho y cinco de la mañana y alrededor todo eran motos andando, carros inertes y hombres trepándose la isla que separaba los sentidos este-oeste, armados y coléricos.

Esta vaina no es un golpe, pensó Ángel.

Entre motores chirriantes y disparos, Ángel se dejó caer sobre su moto en la porción de grama que separaba ambos sentidos de la Cota Mil. Con la moto como escudo, logró sacar el celular del casco y volvió a llamar a la redacción. ¿Qué coño es lo que está pasando?, gritaba Ángel sin poder distinguir, otra vez, la voz de quien contestó el teléfono. Todo eran motores y balas. ¡Sal de ahí!, logró escuchar. ¡Sal de ahí que están mandando a los militares! Ángel era un bulto aplastado por su moto mientras las balas sonaban. Miró hacia abajo y vio su jean roto y manchado de tierra, los Converse fieles de tantos años y su franela de la suerte con una cita de Rafael Cadenas. Pensar que hace dos horas se había levantado para hacer lo mismo de siempre –documentar la violencia– y que esta vez, con su franela blanca de la buena suerte, el turno de vivirla le había tocado a él. No tenía arma y de tenerla no la usaría. Tampoco sabía cómo. El beso de su mamá antes de salir de la casa y el Dios te bendiga de todos los días, podía ser el último que escuchara por salir a hacer su trabajo como un día cualquiera en esa Caracas que no era la de siempre, no la que él recordaba.

¿Quién eres tú, qué haces tú ahí, le gritó un tipo negro, vestido de jean gastado y una franela negra ceñida al cuerpo que decía ARMANI en letras plateadas, quien bajándose la moto subió su franela y dejó ver el mango de un revólver.

Ángel no pudo articular.

—¿Qué quién eres tú te estoy diciendo, mamagüevo? –repitió, mientras Ángel volteaba a ver el piloto de la moto de la que el negro había descendido, quien lo increpaba con la misma mirada amenazante.

El hombre levantó la moto que hacía de escudo y la dejó caer hacia la calle. Tomó a Ángel por la franela y lo puso de pie. “Pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados, Rafael Cadenas”, leyó el tipo en la franela de Ángel.

Ah, vaina ¿y quién es Rafael Cadenas, el novio tuyo?, espetó mientras ponía a Ángel de espaldas y abría su bulto.

Poco tardó en descubrir el carnet de fotoreportero. La cámara, su cartera, la caja de Belmont y el celular yacían en la grama. Y ahí se quedarían. Ángel aún no lograba articular palabra, sólo se mareaba con la frase de Cadenas que sonaba en su cabeza, con la voz de su mamá, de Cadenas, de él mismo y del malandro que lo amenazaba: pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados.

La muerte de Juan Andrés Tabares Moncada, alias Pericu, ya era de conocimiento público. Todas las emisoras de radio del país se hacían eco de la noticia de que el criminal, oriundo del estado Guárico, había sido abatido en Caracas en un operativo de la Policía Nacional Bolivariana.

A pesar de que las versiones de vecinos aledaños a la zona del enfrentamiento alegaban que el Pericu había logrado escapar, el rumor sobre su muerte corrió por toda la zona, provocando que afectos de su banda arremetieran contra los PNB que habían llevado a cabo el operativo y se produjera la masacre que resultó en la muerte, en horas de la madrugada, de los trece efectivos policiales.

Eran las nueve y quince minutos de la mañana en Caracas y los miembros de la banda del Pericu no tenían noticias sobre el cuerpo de Tabares Moncada.

Nacido en Guárico en 1989, a sus veinticinco años era el criminal más buscado del país. La primera gran alarma para las autoridades fue en 2013, cuando dio de baja a 11 miembros de una banda rival en Altagracia de Orituco, de la que sumó a su banda a los sobrevivientes otrora rivales. Junto a ellos acumuló otros 32 homicidios. Así dio forma a una organización criminal que cruzó las fronteras de El Sombrero, en Guárico, expandiéndose hacia el estado Anzoátegui, Aragua y la capital del país.

En el ínterin del crecimiento de su banda, la prensa guarda registro de seis funcionarios policiales abatidos, personalmente, por el Pericu. Rogelio Jesús Medina, 35 años, era inspector del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (CICPC) y fue ultimado en una emboscada en El Sombrero, en julio de 2013. Medina acababa de estacionar su camioneta en un restaurante cercano al sector del Pericu, cuando fue rodeado por ambos lados por hombres armados con ametralladoras. Lo último que vio Medina fue al Pericu, quien se paró frente al vidrio frontal de la camioneta y dio el disparo de gracia que atinó en el ojo izquierdo del inspector. Acto seguido, quienes rodeaban la camioneta descargaron sus municiones sobre ella, dejando al occiso con 241 impactos de bala; Juan Carlos Ferreira, de veintitrés años, fue abatido pocos días antes de Navidad del mismo año en un enfrentamiento entre la banda del Pericu y el CICPC. Ferreira fue botín de guerra de la banda, a quien el Pericu ultimó metiéndole el cañón del revólver 38 en el ano, disparando en seis ocasiones; Luciano Paduel Peraza, 34 años y miembro activo de la Policía de Aragua, fue emboscado por la banda del Pericu mientras patrullaba en el barrio Universitario de la Región. Al verse rodeados, los efectivos alzaron las manos en señal de rendición. El Pericu entregó al copiloto al resto de la banda y a Paduel, quien manejaba la patrulla, lo esposó al volante y le dio un solo disparo en la nuca. De ese crimen surgió el mote de Pericu, después de que Tabares enviara una nota de voz por el Blackberry del occiso al director de la policía, diciéndole hice al paco hablar como un pericu… que dejen de buscarme, les dije ya.

CICPC

Enver Astroberto Méndez, 30 años de edad, oficial agregado de la Policía de Aragua, dio la voz de alto a un vehículo que, sin saberlo, conducía el Pericu. Al bajar la ventana sólo vio el cañón de la nueve milímetros cuyo impacto le dio en la cara, dejando el cuerpo tendido en el sector El Loro, de la carretera San Casimiro-Cúa, estado Aragua; Óscar Avendaño, agente del CICPC, fue ultimado llegando a su casa. El móvil del crimen, al parecer, había sido su participación en el allanamiento de la propiedad de una de las novias del Pericu; Humberto Estrada, también oficial del CICPC, asesinado durante un operativo de búsqueda al Pericu, fue encontrado dentro de un barril, incinerado, piernas y brazos fracturados y un balazo en la cabeza.

En medio de dos dolientes de Pericu, estaba Ángel a bordo de una moto. A pesar de ser motorizado hace más de ocho años, nunca había visto tal destreza en un piloto: tres pasajeros a más de 80 kilómetros por hora, sentido este, esquivando carros vacíos y otros con la gente adentro cubriéndose de las balas. Cauchos, ramas y piedras trancaban la vía y a medida que iba dejando otros destrozos, miedo y gritos tras de sí, el coro de los dolientes que clamaba ¡Pericu, Pericu, Pericu! Hasta que a la altura del distribuidor El Marqués, logró divisar una tanqueta del Ejército trancando el paso y apuntando a los revoltosos. ¡Sigue derecho, huevón, dale pa’Terrazas! ¡Estás loco, pajúo, ahí no hay por dónde salir!  ¡Entonces dale pa’La Urbina! Y Ángel en medio, sin intervenir ni opinar sobre el destino de esas tres vidas.

Sobre la autopista a la altura de La Urbina sentido oeste, el escenario no era muy distinto. Desde el otro lado de la calle, los perdigones, gases lacrimógenos y disparos no cesaban. Una detonación retumbó en los oídos de Ángel. Cerró los ojos y sintió cómo la moto perdía control y los tres cuerpos rodaban en el asfalto, entre más motos, más manifestantes y una espesa nube de gas.

El ingreso del cuerpo de Juan Andrés Tabares Moncada a la morgue de Bello Monte fue a las seis de la mañana y se trató como secreto sumarial, mientras las autoridades preparaban un plan de contingencia ante una posible retaliación, informaron en Twitter usuarios y medios contrapuestos como Últimas Noticias y el Diario Tal Cual. Información de la que hicieron eco El Nacional, Contrapunto, La Patilla y Noticias Venezuela. A las diez de la mañana, colectivos armados y simpatizantes del Pericu irrumpieron en la morgue en motos y un carro fúnebre custodiado por ellos. El cadáver del Pericu fue retirado de las instalaciones de la morgue y puesto en un ataúd donde inició la procesión que, decían, acabaría frente al Palacio de Gobierno, con la venia o no, de las autoridades.

El tipo de jean gastado y camisa negra Armani yacía boca abajo con un disparo en la cabeza y los ojos bien abiertos. Vivo y golpeado, Ángel logró incorporarse. Su franela blanca con la cita de Cadenas sucia y manchada de sangre propia y ajena. Cojeaba y tenía el brazo izquierdo raspado.

Con cada nueva detonación la cabeza le retumbaba. Había varios cuerpos y motos en el suelo. Incorporó una Yahama negra y elaboró un mapa mental que lo llevaría hasta su casa o al periódico. ¡Auxilio, auxilio!, gritaba una mujer negra, de leggins rosado y blusa blanca con un niño en brazos que no dejaba de llorar. Ángel prendió la moto que no era suya, dándole al pedal le pidió a la mujer que se acercara. Entre la multitud, madre e hijo subieron a la moto con Ángel. Los tres cruzaron el distribuidor de La Urbina, llegaron al Mc’Donalds que está entre Petare y la parte alta de El Marqués, para de ahí tomar rumbo hacia el hotel El Marqués, donde Ángel detuvo la moto.

—Señora, ¿qué fue lo que pasó? –preguntó Ángel, poniendo el seguro de la moto contra el piso para permitir que la mujer y su hijo bajaran de ella.

—Parece que mataron al Pericu, el malandro ese que sale en las noticias, y la gente está arrecha –respondió la mujer entre sollozos–.Yo iba a llevar a mi hijo al teleférico cuando empezaron a llegar los colectivos armados.

El niño ya no lloraba, pero tenía lágrimas en los ojos. Ángel le pasó una mano por la cabeza y al sentir el sonido de más motos yendo en dirección La Urbina-El Marqués cubrió a la mujer y a su hijo haciéndolos entrar al hotel. Trabajadores de las inmediaciones se habían recluido allí y vieron con temor en los ojos la entrada del trío. La televisión y la radio daban parte del robo del cadáver del Pericu y la idea de llevar su cuerpo hasta Miraflores para hacer que el Gobierno respondiera por su muerte.

—¿Se van a Miraflores? Esta vaina tiene que ser jodiendo… sólo en este país los malandros van a hacerle al Gobierno rendir cuentas por uno de sus muertos –soltó el recepcionista, de marcado acento español, cabellera blanca y uniforme vinotinto con hombreras negras de rayas amarillas–. ¡Este país no era así, joder! ¡No era así!

Las luces de la recepción estaban apagadas y alrededor había desde hombres de traje y corbata, mujeres con pintas de secretarias, niños con uniforme de bachillerato y hasta dos personajes que, a toda vista, eran perrocalenteros. Sin importar trabajo, grado de instrucción o tendencia política, la incertidumbre era la misma y el rumor de golpe seguía creciendo.

—…entonces yo lo iba a llevar al teleférico, señor, mire, hasta una cámara estaba llevando para tomarle una foto a Franklin montado en el funicular.

Ángel salió de sus pensamientos y volvió hacia la mujer que minutos antes había rescatado entre la multitud.

—Señora, necesito su cámara y su celular.

Con la franela como tapabocas y la cita de Cadenas hecha mugre y sangre seca, Ángel llegó a las inmediaciones de Miraflores a bordo de la Yamaha, única cosa que había robado en su vida. Sin camisa, con las costillas magulladas por la caída, el brazo con la sangre seca, raspones en la cara y varios chichones en la cabeza, logró divorciarse de cuidados y formalismos en el camino hacia la noticia mientras repetía como un mantra: pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados.

No supo cuántos espejos retrovisores se llevó por delante, en cuántas aceras se montó y cuántas calles tomó en sentido contrario. Lo único que tenía en mente era la imagen de los dolientes del Pericu haciéndole rendir cuentas al Gobierno a sangre y fuego.

Logró colarse a 500 metros de Miraflores. Abriéndose paso entre la multitud de protestantes, militares y policías, llegó a tocar el ataúd que albergaba al Pericu. La cámara era digital, pequeña y de buena resolución. ¡El pueblo no olvida, el pueblo no olvida una traición, Gobierno de mierda!, gritaba Ángel logrando la empatía del hampa dolida. ¡El pueblo no olvida, Gobierno de mierda!, repetían. Sabiéndose mimetizado, soltó el ataúd y corrió de espaldas a la urna, alejándose del cuadro para sacar la foto deseada. Disparó el clic insistentemente mientras rezaba en su cabeza por lograr alguna foto que reflejara lo que estaba viendo: civiles con armas de guerra alzando al mártir malandro. Cayó al piso. Sacó otras fotos desde abajo, hasta que uno de los manifestantes lo levantó. Pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados.

—¿Estás bien, el mío?

—Fino. Todo fino. Quiero dejar evidencia de esto, para que nunca se nos olvide quién fue y cómo cayó el Pericu –contestó Ángel.

—Así mismo es, huevón. Así mismo es. ¡Que paguen estos coño e’madres!

En la procesión hasta Miraflores, entre detonaciones y gases, Ángel sintió que vivía su propia Rebelión en la granja, con los animales devenidos en malandros y el Gobierno como dueño de la granja, respondiendo a la brava. Aquella era la imagen perfecta del caos, la postal de la Caracas violenta, esa ciudad amor a muerte que lo motivó a hacerse camaleón entre la multitud malandra que pretendía reclamarle al Gobierno la traición a su fidelidad, después de que sus padres y ellos mismos habían arriesgado el pellejo en 2002, 2007 y 2014 por defender la revolución. Allí entendió cuán lejos estaba del conflicto, que a pesar de conocerlo y documentarlo, nunca había estado dentro de él, dentro de la manada furibunda que se creyó la monserga del pueblo pacífico, pero armado; pueblo tomador de decisiones; pueblo defensor de ideales en decadencia. Tener la posibilidad de documentar aquello con la cámara que le dio la señora en La Urbina lo envalentonó. Su cuerpo y sus imágenes hablarían por él, por el país. Pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados.

—¿Cómo se murió el Pericu? ¿Quién lo mató? –preguntó Ángel al tipo que lo había recogido del piso.

—Coño, men… es absurdo que un carajo como él se haya muerto y más cómo se murió. Yo estaba con él.

La primera ráfaga de ametralladora del Ejército impactó en el piso y el ataúd del Pericu cayó cuan largo era. Intentaron levantarlo, hasta que la segunda ráfaga, acompañada de gases lacrimógenos, dispersó a la multitud. El tipo que había rescatado a Ángel le tendió un arma que el fotorreportero recibió por el mango. ¡Coño, marico, nos quitaron al Pericu, nos quitaron al Pericu, corre, coño, corre!, gritaba el hombre con la voz quebrada y a punto de llanto mientras corría con Ángel hacia la avenida Fuerzas Armadas. Cómo se murió el Pericu, chamo. Dime cómo se murió, preguntó Ángel quedándose sin aliento, corriendo entre la multitud. Al fondo, los valientes abrían fuego contra la milicia, que dispersó la manifestación con dos granadas.

Las explosiones pusieron fin a la revuelta y el miércoles Caracas amaneció como una postal del estrago: carros quemados; motos caídas e inservibles; negocios saqueados, el asfalto lleno de vidrios, sangre y cuerpos caraqueños que quedaron al lado del camino, decoraban la ciudad amarga y vencida, que hizo del luto por la muerte de un delincuente una rebelión histórica.

La imagen capturada por Ángel ocupó la primera plana del periódico. Acto seguido, los demás medios impresos y digitales se hicieron eco de ella. Ángel Marcano, el fotógrafo raso que mataba tigres tomando fotos de alimentos para una revista gastronómica, el favorito de bautizos, matrimonios y primeras comuniones de sus amigos, estaba en la cima de su carrera por capturar la imagen del ataúd del Pericu frente al Palacio de Miraflores.

Ángel fue la fuente de primera mano para aclarar la verdadera razón de la muerte de Juan Andrés Tabares Moncada, cuyo cuerpo, recuperado por las autoridades y mostrado a los medios de comunicación nacionales e internacionales, no tenía ni un solo balazo.

Todo el caos generado por la muerte del Pericu fue en vano. Los titulares eran mórbidos y poco informativos. Desde la imagen de los 13 policías abatidos, cubiertos de sangre, a la primicia del cuerpo del Pericu, cuya autopsia reveló como causa de muerte fractura de cráneo por impacto letal y el sistema respiratorio lleno de mucosidad, daba un giro importante a la historia estrella de la fuente de sucesos del periodismo venezolano. En la nómina del periódico Ángel no figuraba como reportero de sucesos. Y qué importa, si en este país a los coñazos todos nos volvemos periodistas de sucesos, dijo Omar, el jefe de redacción del periódico. Vas a tener que hablar con los medios. Nosotros, por supuesto, tenemos la primicia, que eres tú, Ángel. Esta vez él no era parte de la noticia, sino la noticia en sí misma. La fuente de primera mano para esclarecer la muerte del Pericu.

Según contó Ángel al periódico, y en una emisión especial del programa de César Miguel Rondín, el Pericu había estado presente en un enfrentamiento con efectivos de la PNB del que había logrado escapar alrededor de las dos, casi tres, de la mañana. Estaba reposando la gripe que desde hacía varios días lo tenía fuera de circulación, hasta que el operativo policial lo obligó a enfrentarse con las autoridades. Al llegar a la entrada de la Cota Mil, perdió el control de la moto producto de un estornudo. El Pericu y su acompañante, detenido por las autoridades y compañero de Ángel durante su infiltración entre los dolientes de la banda que cargaba el ataúd, cayeron cuan largos eran en la entrada de la Cota Mil a la altura de La Pastora. El copiloto sobrevivió el impacto y, después de darse a la fuga, informó al resto de los integrantes sobre la muerte del Pericu, lo que desató la furia del martes negro en Caracas.

—Seguimos al aire con Ángel Marcano, fotorreportero del diario Hoy, quien después de escapar del primer embate de motorizados afectos al Pericu, logró infiltrarse en la procesión del cabecilla de la banda del mismo nombre y rescatar el testimonio de uno de sus lugartenientes –dijo César Miguel, poniendo al día a quienes apenas sintonizaban el programa–. Esta versión, Ángel, avala la versión oficial del Gobierno, que mostró el cuerpo de Tabares sin un solo impacto de bala y cuya autopsia revela, como causa de muerte, fractura de cráneo por impacto. ¿Piensas que toda esta violencia fue injustificada?

—Pienso que, después de cierto punto, la violencia no es injustificada. Si bien su muerte no se dio a manos de efectivos de la PNB, sí le dieron cacería y eso es lo que sus dolientes reclamaban: por qué darle cacería a uno de los suyos.

—Siguen siendo versiones extraoficiales el que el Pericu y su banda tuviesen alianzas con sectores del Gobierno.

—Extraoficiales o no, son versiones preocupantes. El caos que se vivió ayer en la ciudad, las armas de guerra y los muertos, no son extraoficiales. Están ahí. Ayer se manifestó el descontento de la delincuencia hacia el Gobierno en este país dividido que tenemos, César. Haya muerto como haya muerto, la muerte del Pericu pasó a ser una infame efeméride más del trágico momento histórico que vive el país.

—Y curioso cómo murió, ¿no crees? Siendo cierta la versión del estornudo, fue este el detonante de un conflicto social bárbaro que ha dejado más de 100 muertos y 300 detenidos.

—Cuando la violencia es pan de cada día, y siendo tan frágil la seguridad del venezolano, todo es posible, hasta morirse de un estornudo.

—Claro. Y sobre eso, tenemos nuevas informaciones de ex funcionarios del Ministerio de Salud sobre la escasez de medicamentos en el país. Pero antes, me informan que tenemos una llamada. Lautaro Lancaster, quien se comunica desde Sábana Grande, dice tener una pregunta. Adelante, Lautaro.

—Buenos días.

—Buenos días, Lautaro, ¿cuál es tu pregunta?

—Buenos días, César; buenos días Ángel. Mi pregunta es la siguiente: en la fotografía que tomaste y que todo el país ha visto y difundido, ¿alguno se percató de que el hombre a la izquierda del ataúd del Pericu carga en su otra mano una ametralladora Thompson?

 

Por Rubén Machaen | @remachaen

Carta a un padre que ya no está

Se hacía llamar Antonini, aunque no tenía nada que ver con aquel famoso maletín. Era el tercer hijo de los diez que tuvieron  Quino y Berta. Decidió dejar la escuela antes de terminar sexto grado. Lo que no le resultó difícil: no le gustaba leer, solo tocar cuatro y cantar. Desde muy joven demostró interés por la música venezolana: guaracha, joropo, merengue, tonadas o vals. Tocaba de oído todas las canciones que le pedían las muchachas bonitas del pueblo.

Su padre Quino lo metió a trabajar en la hacienda, pero Antonini estaba claro que lo de él no eran las plantas. Se adelantó tres años en la cédula para que lo dejaran trabajar en la construcción de las vías de oriente. De Monagas pasó a Sucre y allí conoció a mi madre. Luego de unos años decidieron casarse y mudarse cerca de sus padres en Puerto la Cruz, donde nacería Francisco Antonio.

En la década de los 60 la situación se encrudeció y lo que ganaba Antonini como chófer no alcanzaba, además venía en camino Lidia, así que la familia decidió irse a Guayana a probar suerte en las obras de Macagua.

Antonini era tan osado que fue el único que se presentó para transportar la dinamita. Fueron muchos los viajes que hizo en ese camión cargado de explosivos.

Luego, nació Migdalis y decidió trabajar más porque la familia crecía muy rápido, al igual que la construcción del segundo complejo hidroeléctrico más grande de Latinoamérica, ubicado en el cañón de Necuima.

Fui la tercera de las niñas y dos años después nació José; sin embargo, Antonini y Carmen decidieron que mi hermano menor sería el último miembro de la familia: cerraron la fábrica de niños porque ya éramos cinco.

Un día caluroso de junio, mi papá cayó con su camión cargado de dinamita en una laguna que se había formado por las lluvias en aquella húmeda región de Guayana. Era lógico temer lo peor. Pero él rápidamente salió del percance con una sonrisa, diciendo: “Estoy bien, ¿pero quién me ayuda a sacar las cajas para ponerlas a secar?”. Así era papá.

Mis hermanos y yo crecimos en un hogar donde la abundancia no estaba presente, pero, aunque vivíamos modestamente, nunca nos faltó nada: siempre teníamos vacaciones recorriendo el oriente venezolano,  hasta que crecimos y cada uno empezó a dejar el nido para hacer su vida e incorporarse en las universidades de Maturín y de Caracas. Puedo decir con orgullo que en mi casa había amor y los valores estaban presentes. Mi padre fue un hombre bueno, honrado y muy trabajador, con un espíritu libre y alegre que siempre tenía una sonrisa en sus labios. Yo creo que nunca lo vi bravo o molesto porque hasta para regañarte te hacía reír.

En el 2004, a Antonini le diagnosticaron cáncer. Él decidió someterse al terrible proceso de las quimio: fueron nueve y aunque en algún momento pensábamos que ya todo estaba bien y la enfermedad se había dormido, en el 2014 hizo metástasis.

Antonini ya sabía lo que venía, ya lo habíamos vivido con el abuelo.

Nunca se quejó y tuvo tiempo de prepararnos.

El paso de Antonini por este mundo fue muy sencillo, disfrutó la vida cómo pudo y nos dejó grandes enseñanzas. Aunque nunca escribió un libro sí puedo asegurar que plantó muchos árboles.

En sus últimos días nos regaló una lección de vida. Aguantó el dolor y jamás se quejó, era un guerrero. “A mal tiempo buena cara”, decía.

Con picardía relataba cómo podía alguna anécdota o travesura de su vida para hacernos reír. Se fue tranquilo porque sabía que nuestro paso por este mundo es corto. Una vez le pregunté qué podía hacer por él y me respondió que nada, que estaba en manos de Dios. La última vez que lo vi con vida, con los ojos humedecidos me echaba la bendición y me transmitía fuerzas para seguir. Jamás olvidaré esa mirada de agradecimiento y de confidencias. A un año de su partida puedo decir con certeza que tengo un ángel en el cielo que me guía.

 Te extraño, papá.

 

Por Marleny Buttó 

 

Mis 18 años en El Nacional: soy parte de una muerte envuelta en papel periódico

Llegué con 20 años a la antigua sede del diario El Nacional, en uno de los rincones más sórdidos de la urbanización caraqueña El Silencio, para mi primera entrevista laboral en marzo de 1996. Debajo del brazo llevaba mi único currículum: los cuadernos manuscritos que había elaborado desde niño, en los que anotaba las alineaciones de los partidos de fútbol y dibujaba las formaciones tácticas de los equipos, junto con esquemas de ambos uniformes coloreados con lápices Berol Prismacolor.

La artimaña funcionó: Cristóbal Guerra, al que probablemente has escuchado en los Mundiales como comentarista lírico de Venevisión –y quien todavía es mi principal maestro de periodismo–, me dio trabajo como pasante en la redacción de Deportes.

En El Nacional permanecí casi 20 años, con algunas interrupciones, bajo casi todas las figuras contractuales concebibles. Quisiera contar a los chamos que hoy están estudiando Comunicación Social en universidades venezolanas algo que probablemente jamás vivirán: cómo era la redacción de un diario impreso clásico, en su momento el de mayor prestigio intelectual del país y el que en diciembre de 2018 publicó sus últimos periódicos en papel, previo desdibujamiento de su fortaleza de marca en el ecosistema de medios digitales.

Yo formé parte marginal de algo parecido a un All Star del periodismo criollo.

Fumar no es la única mala maña

La vieja sede de El Nacional quedaba a escasos metros del último exponente caraqueño de un modelo de negocios conocido como cine porno: el Teatro Urdaneta. Cuando entré al diario en 1996, en toda la redacción sólo había una computadora con Internet: la gente hacía colita para buscar una entrada en Yahoo! o abrir una cuenta de correo en Hotmail. Posteriormente los jefes de secciones empezaron a contar con conexión a la web. Presencié cómo, en sus horas muertas a la espera de textos que aún se estaban escribiendo, algunos de esos jefes empezaban a descargar porno en sus PC, en un ciclo de hábitos sexuales que aceleraría la agonía de espacios con olor a semen, orina y sudor rancios como el Teatro Urdaneta.

En su era dorada (yo llegué a vivir solo los peores tiempos de los tiempos mejores), El Nacional era un modelo de especialización extrema en una estructura física enorme, difícil de imaginar para los que trabajan en la oficina de un portal web actual. Cada una de las grandes secciones (Política y Sucesos, Economía, Deportes, Cultura, Espectáculos, Internacionales, Ciudad, etc) contaba con una planta de alrededor de diez periodistas, más dos o tres pasantes y un par de jefes de sección con su respectiva secretaria. Por decir un caso: en Deportes había un especialista para escribir exclusivamente de baloncesto y, aunque hoy parezca insólito, una periodista solo para voleibol.

No vengo de una familia de intelectuales. El periódico que se leía en mi casa era Últimas Noticias, y quizás El Universal los domingos, por aquello del crucigrama de la revista Estampas.

El Nacional, incluso en los años de pre-decadencia que a mí me tocó vivir, era la reserva forestal de las mejores plumas de Venezuela. Allí se vivían cosas como que una o dos veces al mes estos intelectuales revoloteaban alrededor de la feria en miniatura que montaba sobre un armario de lockers el librero Esteban Brassesco: ese al que llamaban “el librero de los periodistas”, pues iba quincenalmente a la redacción a ofrecer y recomendar joyas editoriales a muy buen precio.

Repasar nombres es ocioso y siempre injusto. Me bastaría con decir que Vanessa Davies, a la que hoy debes conocer como una periodista –algo rayada– del chavismo crítico, tenía un otro yo como la autora de algunas de las entradas de textos más exquisitas que puedo recomendar a aprendices de escritura creativa. Y eso sin hablar de que había un segundo piso solo para fotógrafos y diseñadores, y hasta una flota propia de choferes, con los que un chamo de 20 años lleno de inseguridades y carencias afectivas se involucraba en una compleja red de complicidades humanas.

Porque una redacción de periódico era también un depósito de patologías y manías, lo que puede explicarse en una jaula ratonera sin ventanas en la que profesionales permanecían encerrados más de un tercio de sus vidas peleando con sus teclados, sus obsesiones y sus egos. Como pasante de El Nacional (entré haciendo jornadas de diez o más horas diarias y guardias de fin de semana de manera 100% voluntaria, lo que violaba las normas sindicales) presencié el suicidio de un compañero, además de una pelea que por poco terminó con periodistas dándose unas manos, vidrios rotos a puñetazos y episodios varios de acoso sexual laboral y adicción al alcohol y otras sustancias.

Yo mismo –a pesar de que sentía desprecio por máximas tipo “el periodismo es café y cigarros” (una de las favoritas de Cristóbal Guerra) y por el mundillo de comederos de mala muerte, bares y prostíbulos que servía de entorno a la vieja sede de El Nacional– no pude evitar incurrir en deformaciones del manual sexista: concebir la redacción de un periódico como un dispensador infinito de pasantes femeninas muy jóvenes y atractivas, a las que aplicaba tácticas de depredador inofensivo pero muy desagradable. O engañarme a mí mismo pretendiendo que podía ser amigo íntimo de actrices de TV o modelos de pasarela, en los años en que trabajé en la sección de Espectáculos y Farándula. Por decir algo: llegué a enviarle bombones a Venevisión a la ex miss y chica del tiempo Patricia Fuenmayor, de quien todo el mundo me advertía que tenía sonrisa de tonta, pero por cuyos casi dos metros de estatura experimenté una especie de infatuación fatal, como me ha solido pasar con otras maracuchas de piel de porcelana.

En la redacción de El Nacional me enamoré cuatro veces, una de las cuales fue de la periodista de voleibol (también una de mis jefas, pifia profesional que te recomiendo evitar en lo posible). Me consta que se enamoraron de mí al menos dos veces. En ninguno de los casos hubo correspondencia. Dañé un microondas con unas cotufas calcinadas, me convertí en obeso mórbido y adquirí gastritis crónica y patologías de columna vertebral que probablemente me acompañarán el resto de mis días. Esto de pasar horas tecleando frente a una computadora no es un hábito natural en la evolución humana.

El lugar donde vi a Chávez

En la sede de El Nacional vi en persona por única vez a Hugo Chávez, cuando acababa de ser elegido presidente y visitó la redacción para un foro dominical (no llegué a darle la mano, calma pueblo), un gesto normal en democracia que hoy se me hace irreal. Seguramente habrás leído en redes que la política editorial de El Nacional fue responsable de que Chávez llegara al poder. Estuve ahí adentro esos años. Desde mi punto de vista ingenuo, lo único que puedo agregar es que siempre me pareció un medio plural, donde convivía gente de todas las tendencias de pensamiento. De hecho, vi como uno de mis mejores amigos se transformó en chavista, como reacción a lo que consideraba una jefatura de línea opositora radical.

En El Nacional me quedé atrapado una noche en 2001 durante el primer episodio grave de acoso a un medio de comunicación, cuando un grupo de manifestantes chavistas encabezados por Lina Ron amenazó con quemar el edificio con nosotros dentro. Desde las únicas ventanas externas del piso 1 (en la sección de Internacionales y Diplomacia), presencié cómo la gente huía de las balas en los alrededores de Miraflores el jueves 11 de abril de 2002. Vi a algunos compañeros indignados el viernes 12, por lo que llamaban un “golpe de Estado de derecha” de Carmona Estanga. Huí de la redacción en plena guardia del sábado 13 (violación grave de los códigos no escritos del periodismo), para refugiarme muerto de pavor en una pensión de mala muerte de los alrededores, después de que leí en un cable de agencias internacionales que un general de apellido Baduel encabezaba una revuelta en Maracay para restituir a Chávez en el poder. Recuerdo que mi asignación de aquel día era llenar media página de periódico con una nota del aniversario de Bugs Bunny, o algo por el estilo.

Como no entregué tesis en la escuela de Comunicación Social en la UCAB (léase: les escribe un pirata no graduado), nunca formé parte de algo que suena a rareza exótica en estos tiempos de predominio de la libre asociación: el sindicato de periodistas de El Nacional. Con frecuencia me aplicaron malas caras y leyes de hielo por firmar un contrato no avalado por el gremio. Fui testigo de pancartazos y asambleas interminables por derechos laborales y reivindicaciones salariales, cuyo objetivo era retrasar la elaboración del periódico mediante operaciones morrocoy. Una de las medidas de protesta más extremas que observé fue la publicación de una edición en la que nadie puso su firma en ningún texto. Sí, puede parecer poca cosa, pero la firma es el único patrimonio del que disponemos los que nos dedicamos a teclear.

Una sede con menos burdel

El Nacional se mudó a una sede más grande, moderna, aséptica, cómoda y presuntamente segura en 2006: una antigua planta industrial de margarina y mayonesa en Los Cortijos de Lourdes, en el municipio Sucre. El nuevo y enorme estacionamiento permitía posibilidades como la celebración de espectáculos: allí se organizó un Festival Nuevas Bandas, por ejemplo.

En Los Cortijos me vieron perder casi la mitad de mi peso: mis compañeras en la sección de Espectáculos se calaban mi perfume corporal después de regresar de dos horas de gimnasio, casi siempre sin ducharme. También inicié allí un plan de ahorro franciscano después de que, con la llegada al poder de Nicolás Maduro, se precipitó una recesión que ha derivado en tobogán interminable al infierno: recuerdo que llevé a la redacción una olla eléctrica arrocera-vaporera para preparar mi frugal almuerzo cerca del rincón de los fotógrafos, que me miraban con una mezcla de asombro y compasión.

Y no, no estaba allí cuando se anunció en cadena televisión la presunta muerte de Chávez el cinco de marzo de 2013: mi horario de salida a las 4:00 pm (gozaba entonces del raro estatus de ser un periodista con hora de salida) y ya regresaba a casa en el Metro.

Nada fue igual. Comenzó también un período de desplome de una marca que solo en parte tiene que ver con la escasez de papel periódico en Venezuela, y con el ocaso en general de los diarios impresos en todo el planeta. En dos platos: lo que vemos hoy en www.el-nacional.com no es demasiado representativo de la experiencia de lectura que ofreció El Nacional en papel con sus 75 años de tradición encima. Su web, en general, luce rezagada con respecto a lo que hacen hoy en Internet o en redes otras marcas con menos tiempo en el mercado de contenidos editoriales como El Pitazo, Crónica Uno, Prodavinci, Runrunes, Tal Cual y, sí, también esta relativamente modesta y novata Revista Ojo.

¿Escasa capacidad de la gerencia encabezada en el exilio por Miguel Henrique Otero (hijo del legendario Miguel Otero Silva, un punto de comparación eternamente ingrato) para anticipar lo que venía, conseguir vías de financiamiento alternas a la publicidad en papel y escapar del rol de cordero de sacrificio de un régimen autoritario que, en boca de uno de sus principales verdugos, ha expresado claramente la voluntad de destruir o apoderarse de la marca? ¿Gente que se llevó unos reales? ¿Sueldos poco competitivos? ¿Un éxodo masivo de cerebros que fue vaciando la redacción? ¿Un “entorno país” (sorry por la expresión) imposible de eludir? ¿Mala leche y ya? No soy quien para pararme a dar lecciones de marketing. Después de todo, aunque lo cualitativo se cuestione, tengo entendido que las evaluaciones cuantitativas de clics en el punto.com siguen siendo sólidas. E igual sigo soñando con la recuperación del medio que fue mi escuela, mi casa, mi despecho, mi fuente y mi paño de lágrimas.

Renuncié a El Nacional en marzo de 2014, poco después de atestiguar en sus alrededores una guerra civil en pequeña escala. En ese medio de comunicación registré mis pocos logros profesionales. Y comenzaron todos los patrones de fracaso que sigo arrastrando hoy, y que forman parte inseparable de mí. Quizás las empresas y las personas nos parecemos: como Wolverine, nunca duraremos para toda la eternidad, pero quizás nos quede siempre al menos una oportunidad de sacar las garras y regenerarnos.

Por Alexis Correia

Cinco motivos por los que El Futuro Promete

Era la una de la tarde del primero de diciembre en Caracas, caminaba por Chacaíto hacia El Rosal después de mi último almuerzo de 2018 en un restaurante vegetariano que ya no podía pagar y, aparentemente, no tenía razón alguna para pensar que el futuro me prometía algo alentador. Este mismo día, en México, el aprendiz de Fidel –dispuesto a demostrar que es más Fidel que el mismo Fidel– tuiteó una foto discotequera, con el hashtag #SomosContinuidad, en la que lo único que no me causó un miedo terrible fue el traje formal boliviano de Evo, siempre objeto de envidia para los que consideramos las prendas del cuello como lo más detestable de la masculinidad.

Unas 40 horas antes, Nicolás Maduro le echó más gasolina al incendio de la inflación más descontrolada del mundo con un nuevo aumento de sueldo sin ningún respaldo fiscal. El lunes siguiente se reuniría en Caracas con Erdogan y esa misma noche viajaría a Moscú para pedirle real a Putin. El jonrón Pepsi de los autócratas.

Llegué a la 1:30 de la tarde al Centro Cultural Chacao y todavía no habían dado puerta, aunque en el flyer publicado en redes social se anunciaba el comienzo del evento para la 1:40 pm. Como suelo hacer, me senté sobre el suelo sucio en algún rincón donde pudiera apoyar mi espalda contrahecha contra algo firme.

No me enteraría hasta el lunes siguiente, pero estaba asistiendo a una de mis primeras asignaciones en Revista OJO, una publicación que intenta recuperarme como redactor y que ese día organizaba El Futuro Promete: un ejercicio multidisciplinario con el que OJO cerraba el 2018.

Quizá el futuro sí guardaba algo alentador.

Llegó Valentina Oropeza, que sería panelista en representación de Prodavinci en una de las mesas de conversación del evento. Valentina no está 100% consciente de ello, no tiene tiempo para estarlo, pero, además de una de las periodistas de investigación más arrechas de este país, es una de las personas más importantes de mi vida. Me arrancó del suelo y del sopor y ya éramos dos para esperar bajo una de las cosas más espectaculares que no le han arrebatado todavía a Caracas: un cielo azul de diciembre.

Y sí, El Futuro Promete no comenzó a la hora, como tantas cosas –como casi todo– en este país: un lugar en el que los planes cambian a cada minuto. Y sí, invité a Valentina y otras dos periodistas a tomar un café y comer brownies en el cafetín del Teatro Chacao, con lo que se me fue como el 10% de mi quincena. Y sí, cuando el comediante-bardo Ricardo Del Búfalo se colgó su guitarra y abrió el evento, el auditorio todavía estaba adivinando a qué jugábamos y su presentación no resultó tan emotiva como la que realizara en el Aula Magna de la UCV. Pero recién estábamos empezando la jornada, cómo negarlo, ya empezaba a prometer.

Y es que, aunque debo decir que probablemente mi punto de vista no es demasiado imparcial, estas son cinco razones por las que creo que El Futuro Promete fue algo más que una flexión naïf del adormecido músculo del optimismo: fue un encuentro que nos pintó un panorama posible y realista sobre el presente y el futuro. Un encuentro que de pana deseo que se convierta en institución en los años que vendrán.

Ricardo del Búfalo
Foto: Gabriela Escalante

  1. Porque mostró cómo los medios de comunicación podemos reinventarnos

El portal La vida de nos se aleja intencionadamente de la noticia, mientras que El Bus TV lo hace de la tecnología. Armando.Info ha terminado con prácticamente toda su plana mayor de periodistas en el exilio, por sus denuncias de corrupción. Y Prodavinci extrae cifras del subsuelo de un desierto de data oficial. De todos estos emprendimientos aprendimos lecciones para la propia reinvención que le toca a Revista Ojo en 2019. Y sentimos cómo el aire infló nuestros pulmones: en el periodo más duro de la historia del país, son muchos los que en vez de desfallecer se han reinventado.

Sí se puede.

“Estamos un poco cansados del tópico de que la gente ya no lee. ¡Oye, hay de todo allá afuera! Muchos están dispuestos a leerte, dependiendo de cómo los seduzcas”, aseguró Albor Rodríguez, que en La vida de nos se propuso construir un “tapiz de vidas individuales que, juntas, muestran el espíritu de la Venezuela de hoy”.

Esto se escuchó en la charla Reinventarse para seguir comunicando, moderada por Juan Pablo Chourio.

En El Bus TV, se dijo, no aguardan por la audiencia: salen a buscarla con un encuadre de cartón, remedo de los antiguos noticieros de la televisión abierta ahora autocensurados. Antes se montaban a combatir la desinformación en camionetas por puesto; ahora, en plena debacle del transporte público, abren ventanas de conciencia a los que esperan en paradas de buses o colas de panaderías. “Una mezcla de rigor periodístico y puesta en escena”, lo resumió Claudia Lizardo, uno de los personajes camaleónicos de El Futuro Promete.

“En Prodavinci elaboramos contenidos que quizás jamás llegarán a las personas afectadas: contamos de un pueblo de Falcón que lleva 17 años sin agua de tubería, pero donde tampoco hay Internet. La gente nos pregunta: ¿y ese reportaje de qué nos va a servir? Y contestamos que lo que les pasa a ellos lo sufrimos nosotros también. Dejamos registro y generamos empatía”, reflexionó Oropeza.

Patricia Marcano, de Armando.Info, reveló que la censura ha debilitado la noción de competencia entre medios digitales: se observan ahora como aliados, más que como rivales.

Quizá, en el fondo, así tendremos que observarnos todos los venezolanos para hacer del futuro algo más prometedor.

De izquierda a derecha: Claudia Lizardo (El Bus TV), Patricia Marcano (ArmandoInfo), Albor Rodríguez (La vida de Nos), Valentina Oropeza (Prodavinci)
Foto: Gabriela Escalante

  1. Porque enfatizó la importancia de narrarnos en medio de la atomización del tejido social

“Tenemos necesidad de contar historias porque nos preparan para la vida”, lo puso en dos platos la sabiduría de Héctor Torres, editor de La vida de nos, en la conversación ¿Cómo se narra a Venezuela?, conducida por Lizandro Samuel.

“La angustia tiene un lado bueno: nos ayuda a encontrar soluciones. La desesperación te lleva a intentar lo que jamás hubieras ensayado en condiciones normales”, explicó el narrador y diseñador gráfico Lucas García París, que agregó: “Todos somos una historia en desarrollo, y si no estás consciente de ello, te vuelves la historia de otro”.

Héctor Torres, por su parte, dijo no sentirse preocupado de que todavía no palpemos algo así como el Por quién doblan las campanas de los 20 años de revolución: “La literatura urgente no es necesariamente la mejor, estoy seguro de que estos tiempos van a generar narrativas maravillosas”. El futuro promete y así dijo creerlo también uno de los mejores narradores del periodismo vernáculo, Óscar Medina: “Hay respuesta a la censura y al ahogo, esta se irá consolidando y multiplicando. No solo promete el futuro de la narrativa venezolana: ya lo estamos viendo”, sentenció el director de UB Magazine, sobre la multiplicación de formatos de resistencia.

Una época dura está dejando como resultado a notables narradores de ficción y no ficción, que se reinventan para contar historias.

De izquierda a derecha: Lucas García Paris, Héctor Torres, Lizandro Samuel, Óscar Medina
Foto: Gabriela Escalante

3 Porque abrió una rendija para conectarnos

Liana Malva tiene razones para sentirse tan azul de la tristeza como la nación Na’vi de la película Avatar cuando le derriban su Árbol de las Almas. Cantautora, se crió en la Gran Sabana. Hoy se desgarra viendo cómo, bajo la tracción destructora del Arco Minero, los ríos en que se bañó y los hábitats con los que conversó son contaminados y arrasados. Pese a esto, dijo: “Es cuestión de tiempo para que logremos invertir el polo negativo en Venezuela”.

Liana era una de las voces de la Mesa país, que ya caída la noche juntó a cinco experiencias aparentemente distintas: un trío de rectas de humo en el nuevo panorama digital de medios, compuesto por un narrador y dos periodistas (Lizandro Samuel, Víctor Amaya, Erick Lezama), un emprendedor de la recarga de las exprimidas baterías de los celulares venezolanos (Omar Viña), y una cantautora.

Quizás ocurre que, contrario a lo que solemos pensar, para la naturaleza humana rendirse sea lo verdaderamente cuesta arriba, en vez de persistir. En todo caso, estos panelistas mostraron tener en común la alergia al discurso derrotista.

“Como dice el preparador físico Lorenzo Buenaventura, jugar se trata de competir bien cuando no estás bien (…). No puedo sacar a todos los niños venezolanos de la pobreza, pero sí puedo ser mejor ciudadano, hombre, narrador”, estableció así una metáfora deportiva Samuel, que también es entrenador de fútbol.

“Con o sin crisis, con o sin dictadura, las oportunidades estarán: lo importante es ver bien el panorama y tomar decisiones lo más inteligentes posibles”, recomendó Amaya, director de Tal Cual Digital y Revista Clímax, que no cuestionó a los que eligen emigrar.

“No me veo en otro país, no haciendo periodismo. Nos hemos creado espacios que nos habían arrebatado”, contestó Lezama, que participó en un proyecto de La vida de nos en el que se retrató a chamos con cáncer del hospital JM de los Ríos, quienes muestran más entereza que casi cualquier adulto.

“Ser emprendedor no tiene nada de mágico: es una golpiza constante. Pero si aquí le echas pichón, eres la persona que quieres ser”, concluyó Viña.

 

  1. Porque sonó a futuro

Así sea tocando con ollas vacías y material de desecho (que no es el caso), la música seguirá sonando en Venezuela: esta también es una forma de narrarnos. En El Futuro Promete, entre conversación y conversación, tocaron algunas de las bandas que darán de qué hablar dentro o fuera de Venezuela en los próximos años.

¿O quizás es que hubo conversaciones entre concierto y concierto?

Confieso que no conocía a Nomásté, un septeto integrado exclusivamente por chicas caraqueñas que hace un repaso soberbio por el ska, el jazz y varios géneros tropicales: me despertaron de mi letargo permanente y terminaron de electrizar lo que todavía estaba apagado. Días después cerrarían 2018 como teloneras de Desorden Público.

De un estrato socioeconómico totalmente distinto (son egresados del colegio Claret), Anakena sirvió guayabas y sanguchitos de Diablito y Cheez Whiz en pachanga de plácida digestión para cerrar el evento, mostrando por qué fue la ganadora del recientemente reactivado Festival Nuevas Bandas.

Claudia Lizardo, la hija del legendario rockero sanantoñero PTT Lizardo, quien sólo se atrevió a salir del clóset con una voz propia en la música luego de que su padre sufrió un ACV, se desdobló después de ser panelista por El Bus TV y conmovió con su sensibilidad única. Caso similar fue el de Liana Malva, la fuerza emergida de la naturaleza de El Paují.

La selección musical demostró que la música surge en cualquier rincón del país.

  1. Porque fue un acontecimiento indefinible

Porque El Futuro Promete no fue ni una conferencia, ni un concierto, ni una feria de arte, sino que fue todo al mismo tiempo.

Porque la podías pasar bien aunque llegaras al Centro Cultural Chacao con o sin nada de bolívares soberanos en la cuenta bancaria.

Porque había buena vibra aunque fueras un dinosaurio, en plena crisis de edad madura, entre un montón de centennials sin pelos faciales ni estreñimientos de sentimientos.

Porque además de reflexiones tan densas que las podías cortar con un cuchillo y propuestas musicales que sonaban a novedad y a embotellamiento destrancado, podías toparte con instalaciones artísticas como las de Dayana Maldonado y Abraham Rosales, que han encontrado musas en el papel moneda desechable de la hiperinflación y las montañas de sobrantes textiles de las fábricas de ropa, respectivamente.

Porque podías estar un rato o quedarte durante todo el cuarto de día que duró el evento y siempre te ibas a llevar algo puesto.

Porque me gustaría asociar El Futuro Promete al desafío de Prometeo: arrebatarle el fuego vital a las macabras deidades de la Pax Totalitaria.

 

 

 

Por Alexis Correia

 

#DomingosDeFicción: Las babas del estudiante

(En memoria de los caídos del 2017)

Estoy muerto. Lo sé. ¿Cómo podría saberlo sin conciencia? Puedo sentir que estoy muerto. Nadie puede decirme lo contrario. La enfermera que susurra con voz tierna que sigo vivo, me miente. Sé que no tendría que escucharla, pero sé que es una trampa. Esta habitación de luz débil, que se dibuja en blanco y negro frente a mí, no existe ya. Se está desvaneciendo. La enfermera se aleja a pesar de su insistencia de quedarse a mi lado. Vaya a atender a otro que no esté muerto, enfermera. Vaya a curar a los muchachos que ingresaron hace dos minutos, heridos con balas de goma. Vaya a calmarle el dolor al señor que ingresó con un ojo colgándole en el rostro. O si lo prefiere lárguese al comedor, al pasillo, a su casa, no pierda el tiempo con un muerto. Y si lo que quiere es hacer algo que valga la pena, entonces ármese de valor, salga del hospital, cruce la calle, doble la esquina hacia la derecha y grite con todas sus fuerzas: ¡Abajo las cadenas de este régimen maldito! Y si en vida me atreví a maldecir, ahora que estoy muerto, con más coraje maldigo. ¡Maldita la escasez! ¡Maldita la persecución! ¡Maldita la represión! ¡Maldita la corrupción! ¡Maldito régimen! ¡Maldita la violencia con la que arremeten! ¡Maldita la corrupción que nos empobrece! Aunque ya no me empobrecerán más a mí, ese es mi derecho por estar muerto. Tengo el derecho de expresar mi frustración, derecho a maldecir, a injuriar, a no guardar silencio, a desear algo mejor así no sea para mí.

Tengo derecho a no sufrir por la muerte de los que quedan vivos. Tengo derecho a descansar en paz. Pero no descansaré en paz, no ahora mismo, porque en este momento mientras la enfermera insiste en perder el tiempo con un muerto, allá en la calle otros agonizan. Hace rato yo agonizaba y sentía miedo, me preguntaba qué pasará con mis padres –porque tengo padres–, qué pasará con ellos cuando yo no esté para ayudarlos.

Hace rato quería tener unos minutos más, tener fuerza para levantarme de la camilla, correr, correr y correr, llegar hasta mi casa, abrazar a mamá, decirle vieja, viejita querida, vieja que tanto amo, madre que me pariste con tanto dolor, yo solo quería que no sufrieras más, yo solo quería un país mejor, que te tratara con la dignidad que mereces, mi vieja querida. Después mirar a la cara a papá y abrazarlo, decirle padre, viejo, papá, yo sé que me dijiste no vayas a la marcha, pero papá yo tenía que hacerlo, lamento mucho que estoy muriendo, sé que dijiste que no es justo que un padre vea morir a su hijo, papá, mereces más que un hijo muerto, no quería ser otra causa de sufrimiento para ti, sé que no la tuviste fácil, papá, ojalá y pudiera cambiar tu pasado. Pero no cambiaría mi decisión, definitivamente no dejaría de ir a la marcha de hoy ni aun sabiendo que voy a morir. Moriría mil veces más, diez mil, moriría cada siglo, porque al menos lo intenté, porque sé que valdrá la pena estar ausente, otros continuarán en mi nombre y en nombre de la muerte de otros más.

Me incrustaré en la historia y no es un consuelo, porque ya estoy muerto y el consuelo es innecesario. No, no es un consuelo para los muertos, es un estímulo para los vivos, una advertencia. Un llamado a no repetir los mismos errores. Mañana dirán que murieron estudiantes, jóvenes que apenas comenzaban a vivir, por un error, por no estar atentos y dejarse engañar por discursos y promesas.

Sé que estoy muerto. Yo lo sé. La enfermera insiste en tomarme el pulso. Yo no siento mi corazón latir, no siento aire viajando por mis fosas nasales, mis pulmones no respiran. La sangre se ha detenido dentro de mí. Escucho a la enfermera gritando, llamando al doctor. No pierda el tiempo enfermera. Deje que el doctor atienda a los vivos. Ya igual estaba muerto, enfermera, si no tenía libertad para exigir mis derechos, si no podía conocer si quiera los destinos turísticos de mi país, si no tenía posibilidad de ejercer mi profesión apenas culminase mis estudios, yo ya estaba muerto. No sienta pena por mí, no intente un imposible, no agote los recursos que no tiene.

Vaya a atender a la chica que ingresó con una pierna rota, a quien un cobarde defensor del régimen atacó sin misericordia, como si fuera un delito protestar por seguridad, por mejores políticas económicas, como si fuera un crimen decir que ya no queremos más escasez, que estamos cansados de la inflación, que queremos que los recursos naturales de nuestro país se usen para el beneficio de todos y no para el enriquecimiento de los políticos. No sé a quién le hablo, no sé quién puede y quiere escuchar a un muerto, pero dígame usted si acaso es un crimen querer morir de viejito, desear oportunidades de trabajo, dígame si es un crimen querer una familia, hijos, nietos, sin el miedo por no saber si podré verlos crecer o si podré al menos proveerles una vida digna.

Estoy muerto, pero veo el televisor encendido frente a mis ojos muertos. El presidente ha decidido hacer una transmisión en cadena nacional. Lo escucho desde la muerte. Tengo derecho a que se respete mi muerte, ya que en vida no fui respetado. Esperé que se pronunciara respecto a la violencia que ocurre en las calles en contra de las manifestaciones, esperé que dijera que es lamentable ver el país derrumbándose. Que mostrara su rostro afligido. Ha decidido ignorarlo todo. Se muestra sonriente. Aquí no pasa nada, dice el presidente, aquí todo está tranquilo. Exhorta al mundo a no creer lo que reportan las redes sociales, es un invento de la oposición, es un intento fallido de derrocar al Gobierno que trae esperanza, y dice que sí, que esto es un régimen, pero un régimen de alegría, de progreso, un régimen de dignidad. Exclama que el país no se está cayendo como quieren hacer creer los fascistas, que no hay muertos, que no hay violencia, que no pasa nada en las calles. ¿Y entonces, señor presidente, qué soy yo si no un muerto? ¿Cómo es que me golpearon en la calle por manifestar? ¿Qué hago en un hospital si todo está bien? El presidente no me responde, por supuesto que no si ya estoy muerto. Si no escucha a los vivos, menos escuchará a los muertos. El presidente se ha levantado de la silla, hace señas, la primera dama entra en escena. Escucho una salsa sonando, él dice que no pasa nada, que todo está bien, el presidente me dice que si aquí hubiesen muertos él no estaría tan tranquilo, dice que lo mire, que observe cómo baila. Y mientras él baila, mi voz se apaga.

 

Por Gusmar Sosa@gusmarsosa

Amor a dos ruedas

Mira, Kate, ¿cómo es eso que tú y que andas de noviecita con Joseíto?, le increpó su mamá cuando la vio salir de su cuarto aquel domingo. Con un susto atravesándole el pecho y con el rostro preparado para la bofetada que sabía llegaría, contestó: Sí, mamá, José y yo somos novios desde hace unos meses.

El silencio posterior duró el par de segundos necesarios para asimilar la confirmación, y antecedió a una larga cantaleta sobre conveniencias, de esas en que las mamás son especialistas. La bofetada no llegó. No fue necesaria. El absoluto silencio de su papá fue el más fuerte de los golpes. Había decepcionado a sus padres y aunque eso fue doloroso, también fue liberador.

Kate y José se conocen desde que ambos eran unos muchachitos que jugaban a las escondidas en la cuadra en donde crecieron y, dado que tienen un par de primos en común, es mucho lo que han compartido desde entonces. Sus amores comenzaron cuando las correderas en la calle cedieron el paso a los ‘achantes’ para beber, hablar y bailar entre los amigos; y a las salidas al cine a ver películas rosas de vampiros. Fue precisamente en una sala de cine de Galerías Paraíso donde Kate, dándose cuenta de las intenciones de las que José no terminaba de hablarle, le interpeló: ¿Entonces, tú y yo vamos a ser novios o no? Embestido por la sinceridad de Kate, José le dijo que sí, que él quería ser su novio, pero que sabía que sus papás no le iban a dar permiso para cortejarla y él quería hacer las cosas legales, como ella merecía. Sin embargo, ella ya había decidido por los dos: serían novios, aunque tuvieran que mantenerlo oculto.

Pero como tarde o temprano todo sale a la luz, su intento de privacidad se acabó esa mañana del domingo junto con la paciencia de Kate.

Becky Plaza

Habían pasado seis meses desde aquella conversación entre tráileres de películas por venir, cuando a Kate se le agotaron las ganas de tener un noviazgo bajo perfil. Su familia, salsera de corazón, amaba hacer fiestas improvisadas sin más razón que las ganas de bailar hasta la mañana siguiente. Fue una de aquellas fiestas la ocasión que Kate aprovechó para dejar en claro cuál era su relación con José. Quizás fueron los tragos que se le subieron a la cabeza, o el cansancio por los chismes que sus tías solían llevarle a su mamá sobre sus largas conversaciones con José, o tal vez la silente necesidad de ser libre –de vivir su romance– lo que impulsó a Kate a plantarle un apasionado beso a José delante de buena parte de los invitados a la fiesta. Fue un beso de despedida antes de irse a dormir. Un roce definitivo que no dejó lugar a ningún otro chisme. Una puerta que abrió de par en par dejando en claro que ella y José no eran sólo amigos.

La preocupación de los padres de Kate era justificada. Se habían esforzado por darle todas las herramientas de las que disponían para ayudarla a encontrar un mejor futuro, y en ningún momento habían contado con que se fijara en un muchacho de la cuadra. Ella era una jovencita brillante en sus estudios, deportista y asidua lectora, mientras que el objeto de sus amores brillaba por su presunción, su relación con personas indeseables, y su lenguaje soez. En la cuadra todos tenían sus reservas con respecto al futuro del muchacho, porque la altivez con la que andaba por la vida no le auguraba éxito en el camino.

La mamá de José tampoco consentía el romance. Aunque albergaba cierta esperanza en que la amistad con la niñita fresa de la cuadra influyera positivamente en su hijo y lo impulsara a tomar buenas decisiones, no lo imaginaba de amores con ella. Además, su negativa al posible romance aumentó al saber que su único hijo era objeto del prejuicio de sus suegros. Pero una cosa es lo que los padres quieren para nosotros, y otra la que decidimos hacer impulsados por nuestras emociones.

El silencio inculpador y los sermones de sus padres no sirvieron de mucho. Al abrir la llave que mantenía apresado su romance, se entregaron a la libertad de vivir como Dios manda. José pasó de inventarse formas para verla lejos de su casa a visitarla cada noche en su puerta. Kate, oyendo los consejos de su mamá sobre resguardar su reputación, decidió que lo más conveniente para evitar los comentarios y los chismes era recibirlo dentro de la casa y no en los alrededores. A fuerza de tenacidad y rebeldía oficializaron su relación.

Abrirle las puertas a José fue una decisión sabia. Al principio no fue fácil para nadie verlo sentado en la sala hablando con ella, pero con el tiempo se hizo natural su presencia: poco a poco se fue ganando el cariño de los padres de Kate y del resto de su numerosa familia, quienes lograron ver en él las virtudes que habían enamorado a ella. Por su parte, José mejoró su dicción y comenzó a alejarse del medio en que se desenvolvía, demostrando que era un mejor muchacho de lo que muchos pensaban. Aunque nadie entendía qué los conectaba, porque sus personalidades parecían antagónicas, su relación crecía ante los ojos impávidos de todos en la cuadra, quienes aprendieron a respetar lo que pasaba entre ellos.

Pero los tabús de la cuadra no serían los únicos que José tendría que afrontar.

Kate cursaba el primer año de Odontología de la Universidad Central de Venezuela cuando comenzó su romance con José. Sus méritos como estudiante y la pasión con la que asumió sus estudios superiores le granjearon el respeto de sus compañeros, pero el prejuicio les ganó en lo que respectaba a su novio. La presencia de este causaba ruido en la más clasista de las facultades de la UCV, en donde lo veían llegar a buscarla en su moto, con la cara manchada del hollín de las calles de Caracas, sus zapatos deportivos y sus camisas alusivas a marcas de motocicletas.

Becky Plaza

Entre los compañeros de Kate se generaban preguntas y expresiones tales como: ¿Tu novio es mototaxista? ¡Llegó el Cosculluela! ¿Será choro? ¡Bulda’e malandrito, menol! Aunque a Kate le irritaban las insinuaciones, no se dejaba intimidar por ellas. Ninguno de sus compañeros sabía la clase de persona que era él.

José trabajaba como vendedor en una tienda de moto periquitos en horario completo, y por las noches cursaba su TSU en Administración de empresas en un instituto privado. Su alto rendimiento como vendedor le permitió obtener su primera moto, un escúter con el que llevaba todas las mañanas a su novia a la universidad, porque no quería que ella viajara en transporte público con sus costosos equipos odontológicos.  Fue ese vehículo el que le permitió llegar a su rescate cuando ella olvidaba parte de las herramientas necesarias para sus prácticas, cuando se extendían las clases y necesitaba que alguien le llevara el almuerzo o la buscara en la desolada facultad, y cuando las protestas la dejaban encerrada en la ciudad universitaria a merced del gas lacrimógeno y los perdigones.

Ante todas las eventualidades, José prendía los 12 caballos de fuerza de su moto y se lanzaba al rescate de su princesa. Fue esa la época en dónde Kate descubrió que más que un noviecito juvenil, José era su bastión y un excelente compañero de vida.

Él estuvo presente en todos los años de carrera de Kate. La acompañó en sus fiestas, en sus viajes, en sus trasnochos estudiando, en su bajada de escaleras, y en su larga espera para el grado. Sus amigos de la facultad poco a poco vencieron el prejuicio y terminaron queriendo a José tanto como querían a Kate, no solo porque se daban cuenta del amor y cuidado que le prodigaba, sino porque habían descubierto que, detrás de las manchas negras de su cara, había un hombre honrado que no se cansaba de trabajar por sus metas.

Tras graduarse como TSU en Administración de empresas, José se convirtió en el encargado de la tienda de moto periquitos donde comenzó como vendedor. Ahora no solo gestionaba todas las áreas de la tienda de lunes a viernes, sino que la posicionó en la web, subiendo las ganancias de la misma unos escalones más arriba. Ese ascenso, que le mejoró sus ingresos, le permitió cambiar su moto por un carro, e invertir sus ahorros en importar ropa, calzados y accesorios de damas, para venderlos entre las amigas de Kate. Las ganancias no se hicieron esperar y aunque bailó y viajó con parte de ellas, decidió pensar en su futuro a mediano plazo: invirtió en una vivienda.

Becky Plaza

El apartamento que obtuvo aún no es completamente propio, en Caracas es imposible obtener uno si eres joven y asalariado. Pero la venta del carro, el apoyo de su mamá, su padrastro, y la ganancia canjeada a moneda dura dieron lo justo para la compra. Es un hobbiton a la altura de sus necesidades, que fue adaptando poco a poco hasta hacerlo habitable. A sus 25 años José había demostrado que era mucho más de lo que todos habían visualizado en su adolescencia. Se había convertido en un caballero a carta cabal, digno de cualquier jovencita que se preciara de princesa, incluyendo a Kate. Sus suegros, que ya habían aprendido a quererlo, aprendieron también a respetarlo y a valorar sus esfuerzos por convertirse en un hombre de bien. Pero las sorpresas que José tenía guardadas no se habían terminado.

Era su quinto aniversario y quería llevarse a Kate a celebrarlo en su natal Isla de Margarita. El plan era crear un fin de semana romántico que incluyera días de playa, bailes en locales costeños y cenas en restaurantes de renombre. Para ahorrarse los gastos de alojamiento, llegarían al anexo de la casa de su papá, quien vive en la isla. Todo estaba muy bien organizado, pero cometió el error de no comentarle a su papá de sus planes, y este aprovechó la visita de su hijo para hacer algunas reparaciones en la casa. Kate, que había viajado con la ilusión de liberarse del estrés de las evaluaciones atropelladas en un año de marchas y protestas que retrasaba su graduación, pasó la mayor parte del tiempo haciendo tareas domésticas, y viendo televisión por cable con su pequeño cuñado.

Los novios salieron a comer la noche del sábado, porque la reserva para la cena de aniversario estaba hecha en uno de los restaurantes más exclusivos de la isla, y José no la quería perder por nada del mundo.

Kate estaba molesta y se lo hizo saber. Había perdido un fin de semana, que pudo invertir en sus estudios, encerrada en una casa que ni siquiera era la suya. Él contuvo su propia frustración para no terminar de destruir el viaje. Su plan romántico se habría arruinado por completo de no haber tenido la valentía de decirle, en aquella mesa con vista al mar, cuan agradecido estaba por tenerla a su lado en el viaje a la adultez. Coronó sus palabras sacando de su bolsillo un pequeño anillo con el que le pidió que le acompañara por el resto de sus días.

A Kate se le acabaron las molestias y los reproches, dando paso a las lágrimas, la comprensión y al más importante que había dado en su vida hasta ese momento.

El viaje como copiloto de José apenas comenzaba…

Becky Plaza

Para las familias fue una noticia intempestiva. Eran muy jóvenes para pensar en matrimonio. Algunos creían que ella estaba embarazada y quería disimular su “metida de pata”, otros que era bueno esperar la graduación de ella antes de que “se amarraran para siempre”. Pero la única verdad era que se habían demostrado en tantas ocasiones que contaban el uno con el otro sin reservas, que su relación había alcanzado la madurez suficiente para llevarla al siguiente nivel. Rebeldes y tenaces como son, pautaron su boda para cuatro meses más tarde.

Se presentaron ante el juez del municipio Chacao el día pautado. Ella llevaba un vestido que le cosió una amiga recién graduada de diseño de moda, sencillo pero digno de una novia. Él reutilizó por primera vez el traje de su graduación, y fue la segunda vez que todos lo veían con corbata. Ambas madres estaban preocupadas por lo que pasaba frente a sus ojos. Los felices novios se sentaron frente al juez, quien al verles la cara de niños les habló durante cuarenta minutos sobre el amor que debían tenerse para sacar adelante su relación. Firmaron el acta, dijeron sus votos e intercambiaron sus anillos delante, legalizando así el destino que habían enlazado en una sala de cine cinco años antes.

La celebración no fue la de una princesa. Kate era muy consciente de todos los gastos que José había hecho para obtener el hobbiton y adecuarlo, como para hacer la fiesta a todo dar que a ella le habría gustado. Realizaron una pequeña reunión familiar en la platabanda de su casa, más por petición de sus padres que por decisión de ellos. Comida, bebidas y decoración, corrieron por parte los familiares que reconocían que ese par de muchachitos tercos de amor merecían una boda bonita a pesar de la crisis económica de la que todos eran víctimas.

Ya han pasado casi dos años desde su boda y su mudanza, pero es común verlos llegar en moto a la cuadra. Vienen a visitar a los papás de Kate que aún viven en la zona. Ella casi siempre anda con su uniforme de la faena odontológica, y él con la chemise de la tienda de moto periquitos en donde aún trabaja: ambos con la cara manchada de hollín. A sus espaldas tienen aquel enorme barrio que sigue siendo igual al de su niñez: las mismas carencias, los mismos vecinos, los mismos problemas. Solo ellos ya no son los mismos. Su época de chiquillos rebeldes quedó atrás, dando paso a la madurez de la convivencia y la creación de un hogar forjado a fuerza de trabajo y dedicación. Lo único que permanece de aquella época de rebeldía es su amor, que continúa andando a dos ruedas.

 

Por Becky Plaza@BeckyPlaza

Libros que me acompañaron en el 2018

Escribí una lista con mis lecturas de 2018 y un amigo me comentó, parafraseando lo que suele decirse en el mundo de la aviación y los aterrizajes: “Cualquier año del que salgas caminando con tus dos pies fue un buen año”. Yo lo trasladé a mis lecturas y decidí que cualquier año del que uno saliera con un par de buenas lecturas, sería un buen año. Pero más allá de eso, llamó mi atención la forma en que esas lecturas podían convertirse en un hilo conductor para repasar ese año que ya casi termina. Según la lista que elaboré, el mes de enero comenzó con Una librería en Berlín, de Françoise Frenkel, y mi mente divagó hasta una tarde lejana, mientras caminaba con mi amiga Roxana por una calle en Valencia, y entrábamos a una librería porque yo estaba buscando algo para comprarme por Navidad. Vimos los anaqueles casi vacíos, hablamos en voz baja sobre los pocos libros que exhibían, los precios altos, y la rareza de que aún quedaran esos espacios literarios en una economía tan agujereada. Roxana, mucho más práctica que yo, se decidió por el título más cercano, lo llevó hasta el mostrador y pidió que lo facturaran. “Es tu regalo de Navidad”, me dijo, entregándome el libro.

Volví a pensar en ello más adelante, cuando comencé a leer la novela de Frenkel, y me dejé arrastrar por una historia interesante sobre una mujer francesa que se empecinaba en abrir una librería en Berlín repleta de literatura francesa. Todo esto sucedía al principio de los años 30, al inicio del ascenso de los nazis al poder, y describe las vicisitudes que la mujer tuvo que pasar luego en defensa de su sueño y para escapar de un régimen autocrático que masticaba lo que hubiese de bueno en los anaqueles de cualquier negocio o tienda comercial. Pero lo más interesante fue descubrir que el rastro de la autora se ha mantenido en el misterio después de publicar la novela con una editorial suiza en 1945. La reimpresión actual está prologada por Patrick Modiano en 2017.

Pero hay otros fragmentos de mi rompecabezas literario. A través de Mercado Libre pude conseguir mi siguiente lectura: Invisible, de Paul Auster; y si bien las páginas finales me dejaron con un sabor agridulce, es indudable que se trata de un excelente Auster, con una trama intrigante en la que hice muy pocas pausas. Avancé con el volumen de relatos de Raymond Carver: ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? Simplicidad aparente. Prosa limpia. Historias cortas que muestran una superficie engañosa porque dejan entrever una profundidad bien disimulada a través de rápidos diálogos y descripciones concisas. Mi admiración por Carver se amplió con este libro; y en contraposición a su brevedad, preferí seguir con Evelyn Waugh y su Retorno a Brideshead. Una belleza. Una prosa bien cuidada que deja suponer una atención al texto que pocos autores modernos suelen conceder a sus obras. El catolicismo de una aristocrática familia inglesa en decadencia. El final de la Segunda Guerra Mundial. La enrevesada historia de los Flyte y sus decisiones y consecuencias. Allí subrayé muchas líneas a las que he vuelto con frecuencia. Y ayudó el hecho de haber visto, algunos años atrás, una miniserie inglesa basada en ese libro. El resultado fílmico y literario, juntos en mi cabeza de una vez por todas, representó una sonrisa mayúscula. Porque sucede que existe un riesgo en esas adaptaciones y no siempre el resultado es memorable. No me sucedía esto desde que, luego de quedar muy impresionado por la película Las horas, me empecinara como un loco en conseguir la novela de Michael Cunningham.

Y ya que estamos en ello, deslizándonos en esa transición de la página a la pantalla, debo decir aquí que disfruté de otra coincidencia favorable. Había visto ya la versión que Luca Guadagnino había hecho de la novela de André Aciman, Llámame por tu nombre, y quedé tan impresionado que de inmediato quise ponerle las manos al libro. ¿Por qué una coincidencia favorable? Porque mi hermana me escribió para avisarme que pasaría un par de semanas en Madrid, con su esposo, y me pasó el enlace a una librería especializada en literatura gay, agregando que podía escoger uno o dos títulos para regalármelos. Sí, fue una coincidencia muy favorable, porque de inmediato busqué y confirmé que la novela de Aciman estaba en el catálogo de esa librería y, no contento con ello, me animé a sumar una novela corta de Mircea Cartarescu, Lulu, donde el escritor rumano (al que ya le tenía ganas) desarrolla una interesante trama llena de matices ambiguos sobre la sexualidad del protagonista y el peso y la densidad que pueden tener ciertos recuerdos de la adolescencia. Mi hermana disfrutó mucho de su viaje a Madrid, por supuesto, pero creo que al final yo salí ganando más con ese viaje inesperado que hicieron a mediados del año.

Lo que no recuerdo con exactitud es el momento cuando decidí volver a las novelas de Agatha Christie, a la serie de historias que escribió con la señorita Marple de protagonista. La autora inglesa está entre mis relecturas de cada año porque disfruto mucho con sus enigmas, sus misterios elaborados con una precisión asombrosa, y hago este comentario desde mi posición como lector y escritor, al hacer una lectura simultánea. Agatha Christie solía escribir y publicar una o dos novelas por año, y lo hizo durante varias décadas, sin bajar el ritmo, ni siquiera durante los bombardeos aéreos sobre Londres. La impresión que tengo de ella es la de una mujer disciplinada, aplicada a su trabajo narrativo, imaginativa, laboriosa. Otros me han comentado que les parece literatura menor, novelas de segunda categoría, porque casi siempre sobrevuela las mismas situaciones: la presentación de los sospechosos, el crimen, la investigación, y al final, con mucho orgullo, sus protagonistas lanzan un discurso ampuloso para demostrar quién lo ha hecho, cómo lo hizo y por qué fue cometido el asesinato.

En alguna parte he leído que a la señora Christie se le considera esnobista y arrogante porque solía situar el escenario de sus misterios entre las clases altas inglesas, pero se olvida que eso era lo que ella conocía, era su ambiente, a lo que estaba habituada, y permitiéndome aquí un paralelismo con Hemingway, Agatha Christie aprovechó ese conocimiento y lo utilizó a su favor para darle color a sus historias. Ella escribió sobre lo que conocía y, desde mi punto de vista, supo hacerlo bastante bien. Esta vez quise concentrarme en las 12 novelas en las que aparece Jane Marple como investigadora casual de los asesinatos ocurridos a su alrededor. 12 novelas en las que la charla aparentemente intrascendente suele representar un peligro para el homicida porque baja las defensas y se traiciona a sí mismo mediante sus respuestas y observaciones. Cada una de esas historias revela la sagacidad y la destreza que tenía Agatha Christie para escribir sobre crímenes, venenos, sospechas y algunos escenarios exóticos.

Pero confieso que soy un lector arbitrario y disperso. Ya casi cerca del final de la serie de las novelas de Agatha Christie, comencé a leer El cuarto de Jacob, de Virginia Woolf, atraído por el ejercicio de modernismo que comienza a perfilarse en esta novela, la tercera que escribió, sobre la vida de un joven inglés, aunque todo lo que llegamos a saber sobre él es a través de las impresiones y experiencias de la gente que lo rodeaba, permitiendo que el protagonismo de Jacob se diluya entre los personajes a su alrededor. Hice un salto hasta el realismo de Henry Miller en Trópico de Cáncer, dispersándome en ese París bohemio, sucio, tangible, vital y palpitante que Miller describe con tanta soltura. Y bajé la velocidad con Piedra de mar, la novela de Francisco Massiani que ya había leído varios años atrás pero a la que necesitaba volver para familiarizarme de nuevo con el dibujo palpable de una juventud venezolana que ni siquiera avizoraba el desastre político que se nos vendría encima varias décadas después.

Sergio Pitol fue un descubrimiento luminoso. Después de leer narrativa durante algunos meses, quise detenerme en los ensayos del autor mexicano. En El arte de la fuga hay textos maravillosos. El libro está dividido en tres partes: “Memoria”, “Escritura” y “Lecturas”, y me permitió un acercamiento gradual a una prosa adictiva a la que me he prometido volver más adelante, tranquilo porque tengo dos volúmenes más de ensayos de Pitol aguardándome en mi biblioteca. Aquí dejé que Sergio Pitol me llevara de la mano para mostrarme sus opiniones sobre otros autores (Tabucchi, Mann, Monsiváis, Faulkner), sobre algunas visitas a ciertos museos, obras de arte, viajes, relecturas, reminiscencias, pequeñas crónicas, fragmentos de su diario, formando con todo ello una densa amalgama rica en apreciaciones que se enlazan unas con otras sin dejar que el lector se entretenga con los espacios en blanco, como un trapecista que siempre se mantiene en el aire.

Hice otra pausa con Iris Murdoch, una autora a la que le debía una lectura: Bajo la red, su primera novela. Ya me había paseado por El mar, el mar, Amigos y amantes, La negra noche y El príncipe negro; pero el acercamiento a la semilla que dio origen a todo lo demás era una tentación muy grande. Quería leer a esa Murdoch primigenia, planteando sus primeras interrogantes filosóficas, y no salí defraudado de esta sátira londinense de principios de los 60. Allí encontré el esbozo de la ironía que permea toda su obra, permitiendo una sutil sonrisa aquí y allá que suele aparecer entre los lectores familiarizados con su prosa. Luego, en un raro viraje del timón, me deslicé hacia la poesía. La biografía sobre Leonora Carrington, escrita por Elena Poniatowska no me gustó mucho, pero se convirtió en la puerta que me dejó avanzar hacia Memorias de abajo, un conjunto de recuerdos surrealistas que me dejó un mejor sabor en la boca. Leonora Carrington como un faro, una hoguera, un vórtice, una llama que devoraba todo a su paso. Una mujer como pocas. Una mente febril y enloquecida con un apetito enorme por la vida. Una mujer de las que ya no existen en el presente.

La poesía atrajo más poesía, y sucedió entonces la llegada de una invitación para participar en un proyecto hermoso: Voz de otra voz, donde tuve la oportunidad de grabar una serie de poemas de la admirada Esdras Parra y sumarlos a esa grandiosa colección que ha manejado Daniela Jaimes-Borges con tanta paciencia y delicadeza. Debido a eso me sumergí en las imágenes, en los susurros, en las cadencias, en las pausas que encontré en las diferentes lecturas que hice de Antigüedad del frío y Aún no, ambos de Esdras Parra. Reconozco que fue un encuentro inesperado y revelador que me ha permitido guardar el eco de esas imágenes y volver a ellas, de vez en cuando, una que otra noche, antes de acostarme a dormir. Pero el gusanillo de la narrativa comenzó a revolverse y decidí concentrarme en una novela corta de una de las autoras que más admiro: Marguerite Duras y Los caballitos de Tarquinia. Es Duras en una época de transición. Todavía no ha alcanzado las cimas de, por ejemplo, El arrebato de Lol V. Stein, pero ya ha dejado atrás la linealidad de Un dique contra el Pacífico o La impudicia. Es Duras porque encuentro aquí la belleza y la importancia de lo que no está dicho, de lo que no está escrito en la página, el juego con las inferencias, las insinuaciones, los espacios en blanco que deja entre las páginas para que sus lectores participen de manera activa, se integren, se sumerjan en una historia aparentemente lenta que se revela sólo a través de sus partes superpuestas y sus silencios.

Elizabeth y su jardín alemán vino después; y luego Zuckerman encadenado, de Philip Roth; y seguí con Tú y yo, de Niccolò Ammaniti, un autor italiano que me habían recomendado mucho y del que lamento no haber conseguido más títulos a mi alcance. ¿Qué podría decir del Bukowski expuesto con tanta crudeza en La senda del perdedor? ¿O de la volubilidad vertida en las cartas de Hunter S. Thompson en El escritor gonzo? ¿Y la ingeniosa trama elaborada en El viaje vertical de Enrique Vila-Matas? Sí, ya en este punto puedo regresar a las frases iniciales de mi nota y repetir que 2018 representó un año de excelentes lecturas y relecturas, con autores a los que me acerqué por primera vez, dejándome sorprender por ellos, y volviendo a otros, leídos con anterioridad, porque simbolizaban un paseo seguro a través de las sombras desconocidas de lo que está por venir. Quedan muchos autores pendientes de mi lista, debo decir; Elena Ferrante, por ejemplo, o Margaret Atwood, pero mi tendencia natural es ver el vaso medio lleno, y en este punto puedo asegurar que sí hubo muchos descubrimientos literarios en 2018, a pesar de la crisis, a pesar del cierre de más librerías, a pesar de la oferta menguada en los anaqueles; y, de todas formas, todavía hay margen para otras sorpresas en 2019. Quiero creer en ello. Entonces respiro profundo y cruzo los dedos antes de abrir el siguiente libro.

 

Por Luis Guillermo Franquíz