El hombre que siempre denunció el fraude electoral

No son pocos los que vinculan la historia de Alfredo Weil con la del mito de Casandra. La leyenda cuenta que la sacerdotisa de Apolo previó la caída de Troya en la guerra milenaria; sin embargo, nadie dio crédito a sus palabras, hasta que finalmente la ciudad cedió. Con el experto electoral la historia arroja su propio juicio: cuando él hablaba de fraude le acusaron de “divisionista”. Hoy, el Sistema Electoral no goza de credibilidad alguna y poco a poco aparecen los que no dudan al certificar que el tiempo le dio la razón al especialista que dejó este mundo a los 75 años de edad.

Cuando en el año 2004 se incorporaron las máquinas electrónicas de votación, con motivo del referéndum revocatorio, Alfredo Weil Reyna se opuso gallardamente. En ese momento apareció el enemigo más firme que ha tenido el nuevo entramado electoral, un sistema que ha servido para encubrir una de las facetas más oscuras de la dictadura venezolana. Este científico electoral difundió a los cuatro vientos las fallas y los engaños del sistema, pese a que la mayoría le hizo caso omiso, unos por desinformación, otros por desinterés y otros tantos por conveniencia.

Sin embargo, cuando Alfredo Weil hablaba en foros, reuniones y en otros espacios en los que se abordaba la materia, era una voz autorizada y muy respetada; por eso los demás estaban obligados a escuchar sus planteamientos. En los albores de la vilipendiada y ahora extrañada cuarta república, había desempeñado una trayectoria de militancia en la Universidad Central y en el Partido COPEI, además de ser parte por 12 años de un Consejo Supremo Electoral que gozaba de una gran reputación internacional, puesto que la transparencia no era la excepción sino la regla.

Siendo un técnico avezado y rector en tiempos en los que Rafael Caldera se imponía en el fiero juego político, Weil sorprendía con su calma en la resolución de contiendas electorales; tan diferente a la lengua viperina que puede aparecer en cada alocución de la actual Tibisay Lucena. Sin duda eran otros tiempos y otros estilos.

FOTO: Archivo familiar

Para 2004, Weil denunció el crecimiento inconsistente del padrón electoral, las auditorías que no auditaban y la irrupción de un sistema electoral que rompía con el secretismo que demanda un sufragio. Organizó a expertos en la materia bajo la plataforma de ESDATA (junto con María Mercedes Febres Cordero, Bruno Egloff, Horacio Velasco, Humberto Villalobos, Isbelia Martin, Freddy Malpica, Gustavo Delfino y Guillermo Salas), reunió material, publicó libros informativos y se dedicó a dar cientos de charlas para convencer. Se volvió incómodo para muchos, incluso para sectores de la oposición que vilipendiaron su trabajo para sostenerse en el juego político.

Hablar de fraude era un tabú y Alfredo Weil luchaba contra la corriente.  Pese a todo, hubo quienes lo escucharon con atención y le creyeron; por eso fue entrevistado en diversas oportunidades. Las opiniones allí reflejadas deben convertirse en documentos históricos, cuando en un futuro se estudien las inconsistencias de la trampa electoral. Llama particularmente la atención la entrevista que le hizo la conocida periodista Nitu Pérez Osuna, la cual en el último momento no fue emitida por el canal Globovisión, en circunstancias extrañas.

Entre quienes sí lo escucharon destacaron Diego Arria, quien en las Primarias de 2013 usó los avances de ESDATA para diseñar su propia estrategia electoral; y María Corina Machado, quien sostuvo encuentros constantes con él para llevar a cabo el “Plan Cantaclaro”, en las elecciones que permitieron el triunfo de la actual Asamblea Nacional. Dicho Plan buscaba identificar con el sistema de ESDATA centros electorales claves para defender mesas que normalmente eran escamoteadas por la dictadura, pero que en realidad eran defendibles. El éxito fue rotundo, se apoyaron 51 candidatos a diputados, en lugares que usualmente se perdían, y se ganaron 41 escaños de esta forma. Entre ellos se benefició un joven, imberbe y sin la fama de otros ex dirigentes de la generación 2007, casi desconocido en el panorama político de ese entonces: un tal Juan Guaidó, electo en el estado Vargas.

Cantaclaro fue el trabajo que más influyó en darle la mayoría en el Hemiciclo a la oposición.

FOTO: Archivo familiar. Alfredo Weil junto a dos hijas,Peña Esclusa y Aristeguieta Gramcko

Salir del chavismo era la meta de vida de Alfredo Weil. Se lo puso entre ceja y ceja cuando, en 2004, su hija Irene María, quien viajó desde México para ejercer su derecho al voto, sufrió un trágico accidente en las carreteras del interior de Venezuela. Un mazazo demasiado duro para el padre amoroso de una familia cristiana. Sin embargo, pudo superar el impacto gracias al apoyo de su esposa, Irene; de sus hijos Patricia y Luis Jorge (“el hijo que nunca tuve”); y de sus hijas Carolina y Virginia junto a sus respectivos esposos, Alan y Javier.

El trabajo continuó, dando incluso cátedra en las redes sociales. Su cuenta de Twitter estuvo siempre identificada con una foto de su querida hija, Irene María, tras salir del centro de votación. En su cuenta todavía aparece un “hilo” de fecha 17 de febrero de 2017, el cual debe ser tomado para las elecciones transparentes que promete el Gobierno de transición que lidera Juan Guaidó:

  1. Hay que realizar una REFORMA CONSTIUCIONAL DEL SISTEMA ELECTORAL, para decidir: a. Reducir período a 4 o 5 años, b. Limitar la reelección a UNA SOLA VEZ (inmediata si es de 4 años o al culminar el siguiente período, si es de 5 años, c. Elegir al Vicepresidente de la República.
  2. Antes de nombrar a nuevos Rectores (dentro de un CNE totalmente viciado), designar una calificada Comisión Técnica que se encargue de evaluar integralmente el sistema electoral, en todos sus componentes, según indico en los siguientes hilos.
  3. Como 1ra tarea la Comisión Técnica debe auditar al R.E. y al SAIME. Verificar el estado de los archivos de Actas de Nacimiento, para tomar las medidas sancionatorias y de recuperación de información. De acuerdo al resultado decidir una reinscripción y una re cedulación.
  4. Debe removerse a todo funcionario incurso en deformaciones de nuestro sistema electoral, a nivel de Directiva, de unidades operativas, Juntas Electorales, Dirección de Registro e Informática y otras, Juntas Electorales Estadales, Distritales y Municipales.
  5. Se debe evaluar la Infraestructura Electoral (Centros de Votación) para reinsertar pequeños centros, donde el régimen hacía su “ingeniería electoral”, en Centros aledaños convencionales, debidamente depurados en su registro electoral. Allí fue donde robaron a Capriles el 2013.
  6. Sustituir el voto “automatizado” por el voto manual. La automatización ha dejado demasiadas sospechas que desnaturalizan la “voluntad popular” (la gente considera que su voto no es secreto y que los resultados se manipulan). Ver http://www.ESDATA.info.
  7. Alemania sentenció contra el voto electrónico con base en este axioma: “En la utilización de aparatos electorales electrónicos, el ciudadano debe poder controlar los pasos esenciales del acto electoral y el resultado de manera fiable y sin conocimientos técnicos especiales”.
  8. El sistema manual ha demostrado ser más eficiente y transparente que el automatizados (caso Colombia o Chile), y la tecnología se usó para difundir “en vivo” los resultados, sin apelar a la “irreversibilidad” del CNE, que mantiene en ascuas al pueblo hasta el amanecer.

Weil no se escondió nunca, dijo lo que tenía que decir y fue el primero en denunciar que existía fraude en Venezuela, algo que alguna vez fue tabú y hoy en día casi nadie pone en duda, ni siquiera políticos que lo renegaron recurrentemente. Hoy son miles los que lo despiden en las redes sociales. Cuando se confirmó su deceso el 14 de marzo de 2019, María Corina Machado escribió: “Hoy ha partido un gran hombre, gran ciudadano y mi gran amigo; Alfredo Weil. Cuánto luchó por liberar a su adorada Vzla. Cuánto lo vamos a necesitar para su reconstrucción. Desde el cielo su espíritu indoblegable seguirá con nosotros. A Irene, sus hijos y amigos mi abrazo infinito”.

César Pérez Vivas también se solidarizó: “Lamento el fallecimiento de mi amigo Alfredo WEIL, un venezolano y demócrata-cristiano a carta cabal. Bastión de la lucha por la democracia y firme defensor de la trasparencia electoral. Denunció y combatió el fraude chavista en el CNE”.

FOTO: Archivo familiar Alfredo Weil, Luis Alberto Machado (Intelectual y Ministro de la inteligencia), el abogado Eduardo Rodríguez Weil y el periodista Agustín Rodríguez Weil (autor de este escrito)

Andrés Velásquez, a quien muchos reconocen su entereza a la hora de denunciar, con la documentación al día, el fraude electoral recibido, también reparó en la pérdida: “Lamentamos en la Causa R, fallecimiento del Dr. Alfredo Weil @AlfredoWeil buen amigo, con quien tuvimos permanentes reuniones destinadas al tema de la pulcritud electoral. Paz a su alma. Nuestras condolencias a familiares y amigos”.

Diego Arria lo calificó como una de las personas más “honorables, dignas y admirables” con la que compartió. Su amigo entrañable, Enrique Aristeguieta Gramcko, no fue ajeno al dolor que embargaba a los demócratas del país: “Lamento tener que informar que hoy falleció el Ing. y Abogado Alfredo Weil Reyna, un ser humano extraordinario, luchador incansable por la libertad de Vzla. Su muerte es una pérdida sensible para la causa de la liberación. Paz a su alma”.

Junto con Aristeguieta Gramcko, Alfredo Weil fundo la Gran Alianza Nacional, GANA, y desempeñaba el cargo de director de esa organización al momento de su fallecimiento. En la página web de la organización formada por numerosos expertos políticos y electorales, se da fe de sus convicciones. “Alfredo era ingeniero mecánico y abogado. Ocupó cargos importantes dentro de la empresa privada y en la administración pública. Además, era un conocido experto electoral, lo cual lo llevó a ser directivo del Consejo Supremo Electoral y fundador de ESDATA. Sin duda hubiese sido el hombre ideal para encabezar la reestructuración del sistema electoral venezolano y para llevar a cabo unos comicios libres y transparentes. Quienes lo conocieron coinciden en resaltar sus grandes virtudes, entre ellas su humildad, entrega, generosidad y prudencia. Buen esposo, buen padre, buen amigo, buen ciudadano y patriota ejemplar. Según sus propias palabras, su máximo deseo no era ser importante, sino útil; y en efecto lo fue”.

En Venezuela se debe cesar la usurpación, establecer un Gobierno de transición e ir a unas elecciones limpias y transparentes. Y en este último renglón, cuando millones ejerzan su derecho al voto en el proceso más esperado de todos los que se han hecho en el país, sobrevivirá su legado. Cada voto manual será una sonrisa para Weil, quien, desde el firmamento, con su computadora Wilson y jugando Candy Crush, mientras modifica su equipo de Fantasy Baseball, verá a su país libre y soberano. Y entonces, el tiempo le habrá dado la razón, como a Casandra.

 

Por Agustín Rodríguez Weil | @Agusrodweil

Dentro y fuera de la dictadura

Una mano emergió de la oscuridad del aeropuerto para saludarme.

—¿Lizandro? –preguntó, con una sonrisa.

Era el taxista al que habían encomendado llevarme desde El Vigía hasta La Fría, en Táchira, donde pasaría la noche. Era el jueves 21 de febrero, me esperaba una hora de viaje y estaba atravesando una de las semanas más importantes de mi vida.

Al día siguiente, cruzaría la frontera para Colombia.

El taxista comenzó a hablarme y yo sentí una ola mínima de miedo. ¿Qué tanto le había contado Juan Carlos, el productor que organizó el viaje, sobre mí? La primera recomendación que me dieron es que, desde que saliera de Caracas, no dijera en ningún lado que era periodista –cosa que no soy– o que trabajo en un medio o que escribo o que leo o que hago cualquier cosa que se le parezca o ay-qué-miedo-mejor-digo-que-soy-analfabeta.

La razón era sencilla: la dictadura chavista-madurista había iniciado una persecución contra cualquiera que ejerciera alguna forma de comunicación. El viernes siguiente, se llevaría a cabo en Cúcuta un concierto benéfico que buscaría intentar recaudar fondos para paliar la crisis humanitaria en Venezuela. El próximo sábado, camiones cargados de la ayuda humanitaria que ya habían donado otros países tratarían de ingresas al país. Así lo ordenó el presidente encargado Juan Guaidó. Pero las armas y las fuerzas de (in)seguridad del Estado(narco-régimen) estaban al servicio del usurpador Nicolás Maduro.

El taxista pronto se mostró como un hombre de confianza de Juan, por lo que, sin decir mucho de mí, me permití hacerle preguntas. El hombre vivía en Mérida, solía hacer mercado en Cúcuta (donde todo es más barato) y hasta se había comprado una antena de DirecTV colombiana que usaba en su casa. En Táchira y Mérida, todo el que puede cruza la frontera de tanto en tanto para sobrevivir.

—De acá mismo, de El Vigía. Vamos para… –y pronunció el nombre de un pueblito tachirense.

El guardia lo vio sin interés y le indicó que continuara el paso. Me habían advertido de la gran cantidad de alcabalas, de que debía tener cuidado. Vivir en un país como Venezuela es enfrentarse a diferentes matices del miedo: si se acerca alguien que parece un hampón, si se acerca alguien con una placa.

El taxista me comentó que su carro, como era pequeño, rara vez lo paraban. Que a los que más detenían era a los que podían transportar bidones de gasolina: la forma de contrabando más lucrativa de la frontera. Que con decir que veníamos de allí mismo e íbamos para acá cerca, todo estaría bien.

Habló como alguien acostumbrado a los juegos de palabras para despistar al poder.

Me sentí protegido.

—¿Ves esa cola de carros? –preguntó, cuando ya habíamos entrado a Táchira.

Se refería a una larga fila de vehículos (¿40?, ¿50?) estacionados al lado de una acera.

—Ajá.

—Esa es cola para echar gasolina.

Me quedé pensativo por unos segundos.

 —¿Y hasta que hora surten? –pregunté.

—Noooo. Eso es para mañana. La bomba de gasolina abre mañana temprano.

Eran las 9:00 pm.

—¡Mierda!

—Esa gente se queda ahí, pasa la noche y espera a que abran.

—Ya va, ¿y dejan los carros solos?

—Algunos se quedan dentro de sus carros. Otros le pagan a alguien para que se quede adentro.

FOTO: Ana Barrera

En la vía, aparecieron otras bombas y otras colas. Era, para mí, lo más llamativo dentro de paisajes monótonos: llenos de verde, de casuchas, de calles sin iluminación.

—¿Y es seguro pasar la noche de esa forma? –pregunté.

Él hizo un mohín con los labios. Se pasó la mano por la frente.

—Mira, chamo, la vaina aquí es así:

Me habló de los paracos. Según él, una suerte de paramilitares armados por la dictadura para tomar el control de diversos poblados.

—¿Algo así como los colectivos?

—¡Exacto!

Solo que aquí, me explicó, trabajaban de la mano con los guardias y los policías.

—A algunos ladrones hasta les han cortado las manos.

También, dijo, cobraban vacunas, perseguían a disidentes y facilitaban negocios ilegales que les convenían. Es lógico: para que el crimen organizado exista debe haber, ante todo, orden.

Dos anécdotas llamaron mi atención.

En San Antonio de Táchira, una señora acababa de cruzar el puente hacia Venezuela tras hacer mercado. Puso sus dos bolsas de tela en el suelo y se descuidó. Cuando vino a ver, le habían robado todo. Tras de ella, había una fila de chamos –de esos que pasan demasiado tiempo en la calle– que esperaban para cruzar hacia Colombia. Era obvio que había sido uno de ellos. La señora empezó a lamentarse.

—¿Qué pasó? –preguntó un paraco.

Cuando la señora terminó su cuento, el hombre exclamó:

—¡Qué vaina, vale! ¡No puede ser que le hayan robado todo a la señora! Ustedes, díganme quién fue.

Los muchachos de la cola se vieron entre sí, sin abrir la boca. El más valiente se encogió de hombros.

—Okey. Les dos 15 minutos para que aparezcan los ladrones. 15 minutos.

Los chamos comenzaron a moverse de un lado a otro. Luego de que transcurriera el tiempo señalado, los hampones seguían sin aparecer.

—Okey –dijo el paraco–, vamos a hacer esto. Señora, dígame qué fue lo que compró.

La mujer dictó uno tras otro todo lo que componía su mercado.

—Chévere –respondió el paraco–, tienen 30 minutos para, entre todos, reponerle las compras a la señora.

Y se las repusieron. O eso me contó el taxista.

En ninguna institución del país se podría observar una eficacia similar.

—Esos son la autoridad, chamo. Es mejor no contradecirlos –me dijo.

La otra anécdota resultó un poco más didáctica.

Un chico iba a cruzar hacia Colombia. Un guardia lo detuvo, le revisó lo que llevaba en la carretilla. Cuando el chico descubrió un rollo de cobre, el guardia le pidió una coima de 20 mil pesos para dejarlo pasar. El chico accedió.

—Espere –dijo el guardia, dándose cuenta de que había visto mal.

Le pidió al muchacho, esta vez, que expusiera todo el contenido de la carretilla. Entonces, quedó a la vista una cantidad de cobre muchísimo superior que la que se había mostrado en un principio.

—No, mejor deme 40 mil pesos.

En Venezuela, los alambrados de teléfono, las placas fúnebres, las estatuas: toda forma de cobre se roba y se trata de trasladar hasta Colombia, para venderla.

—¡Jódase! –gritó el muchacho.

Resultado: lo detuvieron en la sede de la Guardia Nacional Bolivariana.

No tenía ni 24 horas de haber sido encerrado, cuando una caravana de motos se estacionó afuera. Eran paracos, armados, que descargaron sus pistolas y ametralladoras contra el cielo.

—¡Tienen 20 minutos para dejarlo salir! –aullaron.

Dieron la orden de que se cerrara todo en los alrededores, rondaron el área por un rato, gritaron insultos. Los guardias permanecieron encuartelados, ni uno se asomó. Tras marcharse las motos, luego de dar el ultimátum, pasaron diez minutos antes de que se abriera la puerta del comando: el chico salió a pie, solo.

—Qué arrecho –dije–. Pero, ya va, ¿no se supone que los paracos y la guardia trabajan juntos?

—Sí, pero es cómo todo: también tienen su pique entre ellos.

Media hora antes de que llegáramos a La Fría, al hotel en el que iba a hospedarme, vimos caminar hacia una especie de estacionamiento a un puñado de adolescentes y adultos jóvenes armados. No llevaban uniformes, ni placas: eran civiles armados. Armados con ametralladoras.

 

 

Me hospedé en el mejor hotel de La Fría, un pueblo que pareciera caber en una sola calle. Pero en el restaurante se veía una que otra chiripa y había habitaciones sin control del televisor –que solo disponía de un cable operador local de 50 canales– y con el grifo de agua caliente dañado. En fin, yo esa noche solo tenía mente para lo que me deparaba el amanecer. El taxista que me trajo habló por teléfono con un militar amigo suyo y este le dijo que quizá cerrarían la frontera mañana. Yo quería cruzar a Colombia sí o sí. Por eso, junto a mi editora (con quien hablé por teléfono), traté de convencer a la taxista que me buscaría al día siguiente de que llegara lo más temprano posible. El plan era salir rumbo a San Antonio para cruzar el puente Simón Bolívar.

 

La taxista hablaba demasiado y yo tenía sueño: la noche anterior apenas pude descansar un par de horas: un poco porque no me cuesta nada tener problemas para dormir, otro poco porque cierta forma de ansiedad ganaba terreno bajo mi piel.

Solo una alcabala nos detuvo y ella le respondió al oficial que íbamos a San Antonio, que de ahí éramos.

—No, si yo he llevado a varios periodistas ya –me dijo, luego de presumir que por la ruta que llevábamos era más rápido llegar a la frontera: poco más de una hora.

—¿Qué tan difícil es cruzar el puente Simón Bolívar?

—No, como usted no lleva equipaje, sino un morral nada más, no lo deben de revisar mucho. A quienes sí revisan bastante es a quienes llevan bolsos grandes, maletas y cosas así. A usted a lo mejor le echan una revisada por encima y listo. ¿Usted lleva cámaras?

—No, nada de eso.

—Ah no, pues súper fácil, entonces. Usted sabe: discreto, bajo perfil y listo. A los que llevan cámaras, laptops y, usted me entiende, equipos electrónicos, a veces se los quedan los guardias.

Viajaba en el asiento de atrás. Traté de seguir durmiendo.

—En este hotel –me señaló uno cuando ya estábamos llegando–, se alojaron varios periodistas. Pero tuvieron que irse: ahí también se alojaba el FAES.

Hurgué en mi morral, di con mi chaqueta impermeable; la desenrollé, saqué la funda de mi smartphone y encendí el teléfono. Necesitaba avisarle a mi primo, residenciado en Cúcuta, por dónde iba. Él me iba a esperar en el comienzo del puente, del lado de Venezuela.

Dos formas de inseguridad me llevaron a tener bien oculto mi celular. La primera, el hampa común. La segunda, que en una alcabala a un guardia o policía se le antojara hacerme una revisión a fondo. Aunque cumplí con todas las recomendaciones de seguridad digital, había un par de grupos de WhatsApp susceptibles a pasar con frecuencia información que me podía meter en problemas: en problemas con la dictadura.

Bajé del taxi y caminé hasta el Movistar en el que Michael dijo que lo esperara.

 

Vivo en Caracas. Eso significa que tengo bien desarrollados mis sentidos para identificar riesgos y posibles agresores en la calle. Ser caraqueño es hacer de la paranoia un estado habitual.

Todas mis alarmas se encendieron mientras esperaba.

Grupitos de personas, de esas que te hacen acelerar el paso si las encuentras en un callejón, ofrecían pasar al otro lado a cualquiera que no tuviera papeles o cargara encima algo ilegal. Varias veces se me acercaron, como felinos rondando su presa, a ver qué necesitaba, qué hacía ahí parado como a la deriva.

—Todo bien, mi pana –dije a uno de los más insistentes.

—Todo no está bien –respondió.

Me tensé, listo para actuar.

—Si todo estuviera bien –agregó el flaco descamisado de cara sucia– no te estuvieras yendo del país, ¿no crees?

Sonreí.

—Ando de visita.

Después de 40 minutos –en los que vi un amago de pelea, un grupo de personas gritando Maduro para que otros respondieran coño e’tu madre, y mucho tráfico de gente–, juzgué que lo mejor era cruzar el puente y tratar de comunicarme con mi primo, con quien solo podía hablar por WhatsApp, desde Cúcuta.

FOTO: Carlos García Rawlings – Reuters

Atravesar el Simón Bolívar fue fácil. Me pareció rápido. Nadie me detuvo, nadie me revisó. Centenas de personas entraban a Colombia. Era evidente que muchas iban al concierto. Los controles fronterizos, de los que tanto me advirtieron, fueron más bien blandos.

Al llegar al otro lado, me di cuenta de mi error: el despelote y la gran cantidad de gente con la que me conseguí no se diferenciaba en mucho de la que me había motivado a moverme hacía rato. Vi una agencia de viajes, entré y usé cualquier cosa como excusa para sentarme, pedir la clave del wifi y sacar el teléfono.

Me fue imposible conectarme a Internet. Luego de unos 15 minutos de vueltas, espera y ansiedad, crucé de nuevo hacia Venezuela.

Esta vez sí me detuvo un GNB.

El hombre me pidió que abriera el bolso y empezó a revisar. Temí que dañara una bolsa de cazabe que llevaba, mientras trataba de verificar que, en efecto, era cazabe. Pero el micro paro cardiaco lo tuve cuando comenzó a desenrollar mi chaqueta impermeable.

—¿Un teléfono?

—Ajá.

Verificó y lo volvió a guardar.

Casi le di las gracias por no robarme.

 

Vi harinapan por primera vez en ocho meses. Era de Polar, sí, pero con precio en pesos. Curioseé las chucherías del abasto: había Pingüinitos. Pensé en mi infancia y en las tantas cosas que la dictadura nos quitó. Mi primo terminó de comprar y caminamos hacia su casa.

Di con él luego de que entrara a una tienda, en San Antonio, sacara el smartphone y me entrara una llamada suya de la calle. Para esa gracia le hubiese dado mi otro número y listo. El caso es que, al cruzar nuestros relatos, es probable que hubiésemos estado esperándonos a menos de 20 metros de distancia todo el tiempo: él viendo hacia las calles de San Antonio, creyendo que vendría de allí; yo, hacia el puente, creyendo que él aún no lo había cruzado.

Asimilé que estaba fuera de Venezuela cuando, en el centro de Cúcuta, tantas personas exhibían sus teléfonos en la calle. Mis antojos, entonces, se alborotaron.  ¿Sería posible que en alguna parte del mundo comer en McDonald’s fuera barato y rico? Después descubriría que el McFlurry colombiano era más pequeño y llevaba menos sirope que el de Venezuela. No se imaginan mi decepción.

Corrimos a buscar nuestras acreditaciones y nos dirigimos, en taxi, a Tienditas, donde ya estaba arrancando el concierto benéfico organizado por Richard Branson. Lo más resaltante de mi experiencia en el evento lo resumiría luego en Hay militares que no golpean. Acaso, me faltó resaltar una escena que compró vivienda propia dentro de mi cabeza. Alejandro Sanz, guitarra en mano, diciéndonos: “Que nadie les robe el relato de su libertad, que es suya y de nadie más”.

Que nadie nos robe el relato de nuestra libertad.

 

FOTO: Michael Martínez

Desperté 30 minutos más allá de lo planificado. Sentía el dolor de una resaca y eso que lo más heavy estaba por venir. Mi primo aún dormía: le pedí a uno de sus niños que lo despertara. Intercambiamos miradas como reconociendo las lagañas de nuestras almas. Él, dijo, quería seguir la convocatoria oficial e ir a Tienditas, donde habría rueda de prensa. Yo leí en Twitter que en el puente Simón Bolívar había movimiento y sospeché que allí habría acción. Decidimos separarnos.

Lo que hasta ese entonces estaba siendo una experiencia importante evolucionaría hasta convertirse en una de las vivencias más significativas de mi vida. Cualquier cosa que diga sobre ese histórico 23 de febrero sería redundar en lo que ya escribí: Esos policías tienen ganas de llorar.

Tal como seguro le hubiese gustado a más de un funcionario, en plena confrontación me permití dejar salir las lágrimas un par de veces. Jamás me había sentido tan superado por los momentos.

Cansado, con el hedor a lacrimógena pegado al cuerpo y un sudor lleno de tristeza, me fui hasta Tienditas. Eran más de las siete de la noche y ahí daría Juan Guaidó una nueva rueda de prensa.

El espacio se fue llenando de a poco: bastante tuvimos que esperar los medios presentes. Un arsenal de cámaras de televisión, todas internacionales, apuntaban hacia el atril. Cuando se le preguntaba a los medio de afuera cómo les había ido, estos sonreían complacidos por todo el material que habían capturado. Cuando nos preguntaban a algún medio venezolano cómo nos había ido, el semblante sombrío dejaba entrever que las siluetas de los camiones de medicinas quemados por la dictadura habían dejado sus cenizas sobre nuestros corazones.

 

FOTO: Michael Martìnez

¿Todo había acabado? Era la sensación que tenía en la mañana del domingo 24: que solo quedaba escribir, enviar los trabajos y listo. Solo me preocupaba el cierre de la frontera, también por parte de Colombia, para los siguientes dos días. ¿Cómo iba a hacer para salir de Cúcuta?

La frontera colombo-venezolana es la más fácil de atravesar de forma ilegal. Abundan las trochas y los llamados trocheros, quienes viven de trasladar a personas de uno a otro lado. Incluso, cuando la frontera está abierta, ellos se lucran movilizando gente sin papeles, productos prohibidos y hasta carros. No es seguro, no es recomendable. Es como la comida chatarra: sabes que no está bien, sabes que su consumo sostenido te puede enviar a la tumba, sabes que no es una solución a largo plazo. Pero cuando hay hambre, hay hambre.

Ir hacia Bogotá y tomar un vuelo internacional hasta Maiquetía no era una opción: faltaba dinero. Y lo que más me asustaba eran los ecos que llegaban desde San Antonio. El domingo en la mañana, Iris Valera, adepta al chavismo, se paró en el puente de Tienditas, del lado venezolano, junto a colectivos. Hombres, civiles, armados. La foto era el resumen de lo que devino el chavismo: una organización criminal. Iris estaba ahí para amenazar, para amedrentar: para insinuarnos lo que podía pasar si los venezolanos decíamos volver a Venezuela a ejercer nuestros derechos constitucionales.

Para mostrarnos la diferencia de vivir en democracia y en dictadura.

Se decía que San Antonio estaba tomado por colectivos, que saquearon el pueblo y que pasaban por algunas casas para obligar a las personas a marchar a favor del usurpador. La vigilancia, decían, era férrea: como tener a un hampón observando la puerta de tu casa día y noche. Varios venezolanos con familia en Cúcuta, y que trabajaban en Colombia, prefirieron traer a sus familias a territorio democrático.

Los trocheros, en La Parada (donde inicia el puente Simón Bolívar en Colombia), parecían moscas buscando dulce. Si te bajabas de un autobús, te perseguían ofreciendo sus servicios. Yo traté de mimetizarme con el ambiente y logré conversar con trocheros más discretos, con vendedores ambulantes, con personas para las que estar ahí –para las que ir y venir– era un acto de supervivencia cotidiano.

Casi todos me trasmitían lo mismo: solo cruza el que tiene necesidad. Si no es urgente, ¿para qué?

Recordé a los colectivos que, el día en el que hasta los policías tenían ganas de llorar, estuvieron en el puente tomando fotos. Recordé sus cámaras enfocándome. Y rememoré el instante en el que me paré al lado del diputado José Manuel Olivares y diferentes televisoras del mundo también recogieron mi imagen. ¿Estaba paranoico? Sí: yo crecí con el chavismo.

La trocha más segura era la del Puerto Santander, a través de la cual se llega a Ureña. El detalle estaba en que Puerto Santander queda a hora y media de Cúcuta. Y era recomendable cruzar ese paso temprano: a las 2:00 pm, como tarde.

Es, me decían, territorio de guerrilla.

 

En Colombia me sentía seguro, sentía que podía hablar sin mirar a los lados. La idea de volver a Venezuela se configuró como un miedo denso que lograba observar a la espera de que disminuyera. La posibilidad de que me pasara algo cruzando una trocha me tensaba los hombros: jamás había sentido tanto rechazo hacia los policías, guardias y militares venezolanos. Un ratero me podía robar las pocas cosas que cargaba. Un funcionario podía destruirme la vida.

Salí del terminal de autobuses –en el que me tentó un pote de nutella a un precio ridículo, en comparación al costo en Venezuela– hacia Puerto Santander. En algún momento, el paisaje se llenó de un verde que me insufló algo de paz. Dormí. Cuando abrí los ojos, aún faltaban varios minutos.

Una vez se hubo estacionado el autobús, unos ocho trocheros se abalanzaron sobre quienes nos apeábamos. La ignorancia suele ser costosa y yo escogí uno que me cobró 20 mil pesos. Un venezolano que se ganaba la vida así.

—Del otro lado tengo la moto para llevarlo adonde le haga falta.

No sabía que, una vez cruzado el río, era necesario trasladarse tanto. Pero en fin. Mientras menos ignorante me mostrase, mejor. Solo rechacé su ayuda cuando se ofreció a cargar mis cosas.

Zigzagueamos casas, hablamos de fútbol (no sé si es que tengo un cártel en la frente, pero esas conversaciones me persiguen) y luego de 10 minutos llegamos al río. Nos subimos a una curiara. El trochero le pagó al conductor dos mil pesos: mil por él, mil por mí. Y este comenzó a remar.

En 30 segundos –30 segundos– llegamos a la otra orilla.

¿¡Para eso me cobró 20 mil pesos!?

—Aquí tengo la moto, para llevarlo –apuntó con los labios.

Y pensé: okey, es ahora cuando va a justificar mi inversión.

El río tenía menos de un metro de profundidad. Decenas de personas hacían el trayecto de uno a otro lado en las pequeñas embarcaciones: algunas con muchas maletas y paquetes. En la orilla venezolana, la mayoría comenzaban a caminar sobre la vía de tierra, rodeada de maleza de más de dos metros.

El trochero me llevó a un área delimitada con un mecate amarrado de varios árboles: un estacionamiento. Tomó una de las varias motos que estaban detenidas, le pagó al dueño-cuidador-vigilante-queséyo de esos vehículos y me invitó a subirme de parrillero.

En tres minutos llegamos al comando de la GNB, que colinda con una placita. Ahí me buscaría un taxi que ya había cuadrado todo con mi editora para llevarme a La Fría.

Eso fue todo. 20 mil pesos por 30 segundos en curiara y tres minutos en moto. O sea, bien pude haber pagado solo los mil que cobraban los barqueros.

20 mil pesos.

Hubiese comprado la nutella.

 

El alivio. El tenso alivio. Lo más riesgoso había pasado: crucé la trocha. La normalidad, entonces, volvía a mi vida: la paranoia, el miedo, el desconfiar de cualquier uniformado.

Me pareció curioso que, del otro lado del ilegal paso fronterizo, hubiese un comando de la GNB. Frente a él, y a funcionarios aburridos, pululaban taxistas y autobuseros que promocionaban destinos a La Fría, El Vigía, Mérida y hasta Caracas. Uno me ofreció movilizarme por Venezuela sin pasaporte.

—Chamo, ¿qué hay aquí para entretenerse? –pregunté al taxista cuando se estaba estacionando frente al hotel en el que pasaría la noche, el mismo de la otra vez: el de La Fría.

—¡No joda! ¡Esto es un pueeeeblo! Bueno, por ahí hay un cyber, para pasar las horas.

En la recepción, me preguntaron si ya yo me había hospedado antes ahí.

—Sí.

—Es que aquí está tu ficha –explicó la recepcionista.

Tras de ella, había un cartel en el que se informaba a todos los huéspedes que por orden de la Guardia Nacional, la Policía Nacional y el Sebin, todos debían identificarse, dar su número de cédula, decir de dónde venían y adónde iban.

—¿Profesión?

—Entrenador –respondí.

 

El vuelo desde La Fría a Maiquetía fue tranquilo. Aunque se retrasó 30 minutos. Solo hubo un instante destacado. Cuando estaba pesando por el detector de metales, un funcionario de la GNB, del comando antidrogas, pidió revisar mi bolso. Yo iba entre dos reporteros, que trasladaban sendas cámaras en sus bolsos.

—Usted también es reportero, los tres son reporteros, ¿verdad? –dijo uno de los empleados que ayudaban en el detector de metales.

—No, no. Yo ando solo, no ando con ellos –expliqué.

Minutos atrás, había desayunado cerca de muchos guardias, mientras en el televisor el canal Caracol mostraba imágenes de la represión del sábado pasado.

El tipo del comando antidrogas abrió mi bolso y, aunque no dio con los dólares que siempre trasladé de forma celosa por todo el país (como quien trata de introducir droga a una penitenciaria), sí encontró un souvenir de mi aventura: la credencial de prensa del concierto.

El hombre no se detuvo mucho en ella y me invitó a continuar.

Respiré aliviado.

Cuando –tres horas después– llegué a casa, sentí cómo se descomprimían mis hombros. Lo había logrado. Pero me asaltó una confusión: ¿cuántos venezolanos salen de un país secuestrado y luego se esfuerzan tanto para volver a él? Pensé en Rafael Cadenas: “No se puede escribir una sola cosa verdadera sin haber estado en el infierno”. Entonces, recordé los verdaderos motivos de mi aventura, de mi vida.

Me senté a escribir.

 

Por Lizandro Samuel  | @LizandroSamuel 

Diario de la oscuridad

Jueves, 7 de marzo de 2019.

5:30 pm.

Salimos más temprano de la sesión de yoga debido a una falla eléctrica que apagó los ventiladores. El calor era excesivo y varias de las mujeres comenzaron a quejarse en voz alta cuando el sudor las empapó. El reproductor de música también dejó de sonar. Caminé de regreso al edificio a través de calles bulliciosas y sin semáforos. Creo que la falla es más amplia de lo que pensamos al principio: todo el pueblo se sumerge poco a poco en la oscuridad de la noche. Al menos ya bebí café. Como siempre, había dejado la cafetera eléctrica encendida y al llegar encontré el café colado y aún tibio.

8:20 pm.

Una de mis vecinas me invitó a cenar con ella. Comimos arepas con mantequilla y queso. Un pequeño lujo. Su hermana la llamó para avisarle que la falla eléctrica abarcaba ya más de veinte estados. Nos asombró imaginar a medio país en la misma oscurana que nosotros contemplábamos a través de su balcón. Antes de colgar el teléfono, la hermana de mi vecina le dijo que esperaban tener solucionada la falla para las once de la noche. Me encogí de hombros. Eso significaba que debíamos esperar más. Nos despedimos, le di las gracias por la arepa y me vine a buscar los cabos de velas que había dejado en algún lugar de la cocina. Cuántas veces me repetí que debía comprar dos velas nuevas. Bueno, ya era tarde para caer en recriminaciones. Qué carajo. Saqué agua del botellón para lavarme en la ducha. No puedo estar sin bañarme. Me siento incómodo, sucio, sudado; y así no hubiese podido meterme en la cama cuando decida acostarme. Es sólo por esta noche. Un pequeño sacrificio.

10:38 pm.

Recordé que mi vieja tenía unas velas achatadas en unos vasos pequeños de colores. Son velas decorativas, pero arrojan luz. Coloqué los vasos en las repisas de la biblioteca. Contemplé las oscilaciones de las llamas, como un baile secreto, como si el color de los vasos se disolviera, se derritiera, se tornara líquido sobre los lomos de los libros. Tengo la vista cansada. Me entretuve con la lectura de las páginas finales de la novela de Orhan Pamuk. Ojalá no me duela la cabeza. Hace tiempo que debería haber cambiado los lentes de leer, pero el costo sobrepasa mis bolsillos. Acodado en el balcón miré el cielo nocturno: qué belleza, qué cantidad de minúsculos destellos allá arriba. Recordé algunos viajes que solíamos hacer a la finca de una amiga, en el llano; la vista del cielo en las noches se asemejaba a un privilegio que sólo allí podíamos disfrutar. Alcé la vista para ver, para mirar. Todo lo demás, los contornos borrosos del pueblo, se difuminaron bajo el peso de ese extraño color que es una mezcla de negro y azul con manchas de plata.

 

Viernes, 8 de marzo de 2019.

12:12 am.

Escribo esto con la llama titilante del último cabo de vela. Supongo que así debieron de sentirse los escritores del siglo XIX. Las sombras alargadas. Qué fácil escribir relatos de terror en noches tan largas. Ya no pude leer más. Estaba forzando mucho la vista y el temor de otro dolor de cabeza me obligó a dejar el libro que recién comencé. Volví a acodarme en el balcón. Hay una brisa ligera y el cielo está muy despejado. Casi podría decir que tiene un peso particular. Un cielo pesado, denso. Estamos tan preocupados por tantas otras cosas que ni siquiera nos fijamos en lo que siempre está detrás de las lámparas y los bombillos y los postes y las luces de las calles. Todo el pueblo parece dormido. El sonido apagado de los insectos. Otra bocanada de aire fresco, aunque tenue. Sopesé la idea de dormir en el balcón, de traerme una almohada y acostarme en el piso. Total: en peores sitios he dormido durante mis aventuras adolescentes. Pero mejor me voy a la cama. De repente la electricidad volverá en medio de la madrugada.

4:45 am.

Me levanté para orinar y beber agua. Nada de electricidad. El teléfono celular agotó ya su batería y la portátil también se apagó. Menos mal que comencé a escribir en este cuaderno nuevo con un bolígrafo usado. En casos así, lo mejor es regresar a las técnicas rudimentarias que aguantan cualquier falla: papel y lápiz. De todas formas, respiré profundo y decidí que me preocuparía por eso más adelante. Puse a hervir agua en una olla, sobre la hornilla de la cocina, alumbrándome con otra de las velas achatadas. Cuando el agua hirvió, colé el café en la jarra de la cafetera eléctrica, echándole el agua encima. Todo manual y en penumbras. Pensé que así debía haber hecho la gente en el campo muchos años atrás. Y quizás todavía. Regresé al balcón con la primera taza de café humeante. Otra visión del cielo y las estrellas. Pensé que me hubiese gustado haber aprendido algo sobre astrología. Paseé la mirada con lentitud. Planetas. Galaxias. Constelaciones. Y nosotros tan diminutos, quejándonos por una falla eléctrica. Pero, no; es algo que siempre hago: intento concentrarme en el vaso medio lleno y, con otro sorbo de café caliente, me trago la idea de que en medio de la oscuridad hay muchas personas en peores circunstancias; en los hospitales, más que todo, sin los soportes vitales necesarios… Trato de no pensar en eso.

7:33 am.

Volví a acostarme. No podía leer. No podía escribir más. Decidí esperar hasta que amaneciera. Durante el día puedo entretenerme con la lectura durante muchas horas, pero en la noche quedo anulado por la oscuridad. Acodado en el balcón imaginé historias que podría escribir más adelante, sobre gente sin rostro y gritos sin bocas. Pero ya el sol salió y puedo avanzar con la novela de Ray Bradbury que comencé ayer. Oriné de nuevo. Eso sí me inquieta: no he podido bajar el agua de la poceta porque el hidroneumático está apagado, por supuesto, y es imposible bombear agua hacia los pisos superiores. Eso es lo malo de vivir en edificios: sin electricidad tampoco hay agua. Al menos, lo único que he hecho es orinar, nada de pupú por ahora. Se me ha ocurrido la idea de un relato largo que explique el colapso definitivo de Venezuela: sin energía eléctrica, sin agua, sin comida, sin teléfonos celulares; todo convertido en una inmediatez pavorosa. ¿Qué haríamos? ¿En qué nos convertiríamos? Quisiera trabajar en esa historia.

10:46 am.

Otra de mis vecinas logró contagiarme su preocupación por la comida congelada. Papá y Mercedes me regalaron un pollo, y tengo guardada una bandeja de carne molida. ¿Y si se dañan? ¿Y si los pierdo? Saqué el envase de las caraotas porque la nevera parece una despensa ya: perdió todo el frío que almacenaba. Me comeré los granos con un poco de arroz al mediodía. Y quedará para comer en la noche, con la carne mechada que tenía guardada también. La mantequilla se derritió. Ya me comí el queso blanco, el trozo que quedaba. Y el dulce de lechosa. Me hice una arepa para desayunar y traté de gastar todo lo que pude. Lo que más inquieta es la ignorancia, la desinformación, la ausencia de respuestas oficiales. ¿Qué pasó? ¿Por qué pasó? ¿Cómo lo están solucionando? La comida se puede echar a perder, eso es lo único que me preocupa ahora. Pero cabe la posibilidad de que regrese la energía en cualquier momento.

4:56 pm.

Agradezco por los libros que tengo a mi alrededor. He cerrado las ventanas porque el humo es denso y deja un mal sabor en la boca. Hay mucho humo en el ambiente. El calor es muy pegajoso. Tengo café y tengo libros. Quizás lo simplifico demasiado, lo reduzco de una manera ridícula, pero me aferro a lo que me gusta. Mi vecina se ofreció a guardar en su congelador mi carne y mi pollo, porque allí puede que duren más. Comí mucho al mediodía, pero temo perder la comida que había guardado. Se supone que ya deberían haber arreglado la falla eléctrica. Esto dura demasiado. Sin teléfono celular. Sin agua. Sin electricidad. Saqué agua del garrafón y llené una olla mediana. La llevé a la ducha y me lavé con lentitud. Las axilas. Los testículos. Entre las nalgas. Acuclillado. Qué deprimente es todo esto. A veces imagino que sucedió una hecatombe, nos alcanzó una llamarada solar, ocurrió uno de esos eventos catastróficos que algunas veces recrean en History Channel, y a partir de este punto cada quien debe valerse por sí mismo. Yo aguanto a través de mis libros pero, ¿y los demás? ¿Los enfermos? ¿Los bebés? ¿Los que están en terapia intensiva? ¿Los que necesitan diálisis? Qué precio tan grande estamos pagando por las irreflexivas decisiones electorales de unos pocos. Como siempre, seguro que Maduro y Cabello y los Rodríguez y los otros están sufriendo esta calamidad igual que nosotros…

8:46 pm.

Otra noche oscura. Otra noche sofocante. Otra noche silenciosa. Otra noche iluminada a duras penas por unas cuantas velas. Salí a caminar, a dar una vuelta por el pueblo, antes de que anocheciera. Muchas licorerías llenas de gente, pero no compraban botellas sino bolsas de hielo. Hombres y mujeres salían apresurados con las bolsas a cuestas. Los vi llevar esas bolsas hasta las maleteras de los carros. Vi los baldes llenos de piezas de pollo y de carne. Vi cómo vertían el hielo en los envases de plástico, entre las capas de pollo y carne. Vi muchas licorerías con filas de gente para comprar bolsas de hielo. Algunos negocios estaban abiertos porque tenían una planta eléctrica, pero la mayoría de las tiendas permanecían cerradas hacia el final de la tarde. San Juan se ha convertido en un pueblo lleno de sombras alargadas, gente apresurada y humo abundante. Regresé rápido al apartamento, impresionado por lo que había visto. ¿Cuánto durará el hielo? ¿Y después? Aquí, hemos decidido cocinar mañana en la mañana lo que nos queda, hervirlo y desmechar el pollo. Otra vecina sugiere hervir la carne y ponerla a secar en la azotea del edificio. Los escucho y parpadeo con fuerza, incrédulo; me cuesta digerir que todo esto sigue ocurriendo y no hay nada que podamos hacer para solucionarlo. ¿Y si la falla es más grave de lo que creemos? Ni siquiera he podido comunicarme con Papá y Mercedes, al otro lado del pueblo. Espero que estén bien.

 

Sábado, 9 de marzo de 2019.

 12:31 am.

Me quedé dormido más temprano. En la despensa encontré un viejo velón de mi madre y lo encendí para leer después de cenar. No hay nada de romántico ahora en comer a la luz de un par de velas minúsculas. El velón es viejo y tiende a consumirse más rápido alrededor de la mecha, por lo que tuve que buscar un cuchillo grande y cortar trozos de cera hasta bajarle la altura y la mecha pudiera aguantar mejor. Esto se alarga sin visos de solucionarse pronto. ¿Qué haremos mañana? ¿Qué comeremos? He decidido cocinar todo y comer cuanto pueda antes de que se dañe. Queda arroz y pasta. La mantequilla. Medio frasco de salsa de tomate. Herviré el pollo. Los desmecharé. Cocinaré la carne molida.

3:46 am.

De nuevo me levanté para orinar. Me muevo con lentitud. Es curioso que a estas alturas aún no me acostumbre a la oscuridad. El hedor es insoportable en ese baño, pero tengo la vaga esperanza de que en cualquier instante regrese la electricidad y podré bajar el agua de la poceta. Antes de acostarme de nuevo, llamó mi atención una pequeña luz roja en la parte inferior del televisor. ¡Ah! ¡Habían restituido la electricidad! Respiré profundo. Corrí al baño y bajé el agua de la poceta. Después me fui a la cocina, encendiendo bombillos por el camino, asombrándome de la luz artificial como si fuese un hombre de las cavernas. Todavía nada de agua corriente. Puse a cargar la batería del teléfono celular y la portátil. Me llegan los mensajes de WhatsApp. Todo el país es un caos. Siento escalofríos en la espalda. Puse a colar café para escribir estas líneas. Ya no puedo dormir más.

9:15 am.

Agua. Mucha agua. Al fin. Se llenaron los tanques de las pocetas y pude lavar los platos sucios que estaban en el fregadero. Me bañé sin apresuramientos. Nada de agua tibia, sólo agua fría porque el calor es fuerte, aun tan temprano. Se siente como si despertáramos de una larga pesadilla. Electricidad. Agua. Volvemos a la normalidad entre tropiezos, parece. Logré cruzar un par de mensajes con Gianni. Se notaba tan preocupado, allá en Escocia. Creo que nuestra situación debe resultar incomprensible para los que están afuera, sean venezolanos o no. ¿Cómo es posible que todo un país quede sin electricidad durante tanto tiempo? ¿Cómo se explica eso? Encendí el acondicionador de aire del cuarto donde he estado durmiendo. Una sensación extraña, inusual. La nevera encendió sin problemas. Parece que la comida podría aguantar un poco más. Quisiera acostarme y volver a dormir, pero me siento inquieto; necesito tener las manos en movimiento. Hacer, hacer cosas…

1:24 pm.

La alegría duró poco. Otro apagón eléctrico antes del mediodía. Todo quedó a medias. Una terrible sensación de angustia, incertidumbre y frustración. La comida, sólo pienso en la comida. No pude evitarlo: me quebré. No lloraba así desde hace mucho tiempo. Lloré con una mezcla de rabia, de incomprensión, de impotencia, de tristeza acumulada. Pensé en mi madre, en su larga enfermedad, en su ausencia, y en todos los que podrían estar ahora en su misma situación, en los hospitales y en las clínicas, sin electricidad. ¿Cuántos han muerto? ¿Cuántos más morirán antes de finalizar este día? ¿Por qué? ¿Por qué nos sucede esto? ¿Por qué atravesamos este infierno? No lo entiendo. Es agotador. Es incomprensible. No sé qué hacer. Todo lo que provoca es sentarse en el piso y llorar. No sé qué hacer.

4:55 pm.

Me siento agotado, cansado. Herví el pollo, anticipándome a la decisión de mis vecinos. Hace poco nos reunimos todos en un apartamento del sexto piso y cada uno dijo lo que guardaba en sus neveras y despensas. Fue como si colocásemos todo encima de una mesa imaginaria. La idea es cocinar y luego repartírnoslo entre los pisos, para que no se pierda. Hay de todo; incluso algunas hallacas rezagadas de diciembre. Hasta carne de venado. Nunca la había probado. Yo herví mi pollo, lo desmeché, lo cociné y fui repartiéndolo entre mis vecinos. Mi vecina de piso, la señora italiana, me regaló una caja de galletas, de las que ella hace, y casi me echo a llorar de nuevo. La idea es mantenernos con la guardia en alto, pendientes unos de otros, llenando algunos bidones con agua del tanque en el estacionamiento y armarse de fuerza y paciencia para subirlos hasta los apartamentos. Parecemos personajes salidos de una historia apocalíptica. Alguien más me regaló un par de velas. Quisiera escribir sobre todo lo que se dice, lo que ocurre aquí adentro y allá afuera, pero me disperso, me enredo: es tanto lo que sucede a nuestro alrededor. Pero lo intento. Una de nuestras vecinas le puso el cascabel al gato: “Ajá”, dijo al final, “y después de que hayamos cocinado y hervido todo, ¿qué hacemos? Porque igual no tenemos donde guardar eso”. El breve silencio que siguió fue el aviso de lo que se nos venía encima.

8:05 pm.

Deambulo en ropa interior. Sigo sintiéndome como un personaje de una historia distópica. Estoy encerrado y a oscuras. Todas las ventanas cerradas. Los cerros alrededor del pueblo arden con altas llamaradas anaranjadas. Hay mucha ceniza en el aire y el mismo aire se ha vuelto pesado, caliente. Comí venado y pollo con algo de arroz. Y una arepa. Casi todo de mis vecinos. Estoy dejando mi propia comida, la que me quedó, para mañana. Después, no sé qué haremos. Lo que nos compartimos no durará más de dos días. Quise bañarme, pero no pude; apenas logré humedecerme las axilas y los testículos con un poco de agua potable. Ya no puedo leer y escribo esto a la luz de una de las velas, que se consume con rapidez.

 

Domingo, 10 de marzo de 2019.

 8:45 am.

Decidí gastar más agua del botellón que me queda. No puedo estar sin bañarme, o al menos lavarme. Medio balde para enjabonarme las axilas, las nalgas y los testículos. No puedo hacer más. Me vestí con ropa limpia, sintiéndome ligeramente fresco. Si dejo que la apatía me tumbe, habrán ganado. Una respiración profunda. Un paso y después el otro. Una taza de café. Hay que seguir con la lectura. Creo que es importante masticar bien el fragmento sobre la leyenda de Anteo y Hércules. Allí hay un mensaje. Debería poder tender hilos entre las historias. Me pareció curioso leer la descripción de la leyenda en las páginas finales del diario de Anaïs Nin y luego tropezar con esa misma leyenda, mencionada por uno de los personajes en la novela de Bradbury. La literatura es misteriosa, laberíntica.

11:22 am.

No recuerdo la última vez que vi este cielo tan azul, desnudo, limpio. Un cielo inmenso. Me gusta mucho. Es un contraste con lo que bulle puertas adentro. Una vez más, el hedor en el baño es fuerte, pero no puedo vaciar la poceta. No me atrevo. Ausencia de noticias y de mensajes. No sé, no sabemos nada. Qué fuerte la contraposición entre la belleza del cielo y el infierno que pasamos aquí abajo. Desde mi balcón observo las ventanas abiertas de una conocida familia árabe, comerciantes; esas ventanas de cristal oscuro siempre han estado cerradas y uno se imagina lo que ocurre en el interior. Pero hoy esas ventanas están abiertas y las cortinas aletean con la brisa matutina como banderas blancas que anuncian una derrota prematura, un pedido de auxilio, una claudicación impostergable. Hay una sensación de fatiga en el ambiente, de rendición; nos hemos convertido en un pueblo acosado, en guerra. Más agua hervida para el café. Pollo y arroz para el almuerzo.

7:46 pm.

El sol de la tarde cayó sobre el pueblo con el peso de un ancla, como si todos estuviésemos abandonados en el fondo de un océano seco. Acordé con mi vecina para hacer unas arepas. Papá vino. Están bien, él y Mercedes, resistiendo igual que nosotros. Mi pobre viejo tuvo que subir a pie y a oscuras por las escaleras. Me trajo algo de mortadela y queso blanco. Por eso acordé con mi vecina que si ella hacía las arepas, yo me encargaba de poner el relleno. Sonreímos con tristeza muda y ninguno quiso sacar la cuenta de los días que ya tenemos sin electricidad. ¿Para qué? No se trata de derrotismo, sino de cansancio, de agotamiento, de incertidumbre. Mañana tocará comer porciones muy reducidas de lo que nos queda. Incluso el café se está acabando. Lo único que me queda en abundancia es libros, horas muertas de lectura y reflexión; y la escritura en este cuaderno improvisado, que va paralelo a mi diario habitual. Más páginas para describir el horror de la oscuridad que nos engulle con lentitud. Lo que más temo es sucumbir a la resignación…

9:30 pm.

Casi resulta increíble. Mientras cenábamos se formó una algarabía que se alzaba desde todas partes por el pueblo. Se encendieron los postes callejeros y supimos que de nuevo teníamos electricidad. Nos miramos. Alargamos las manos por encima de la mesa y a ella se le aguaron los ojos. Sentimos ganas de llorar, como si nos liberaran después de una larga tortura. Es muy difícil de explicar. Otra vez tenemos luz eléctrica. Esperamos media hora antes de que se animaran a encender las máquinas para bombear el agua hacia los apartamentos. Hacemos todo de forma apresurada, torpe. Nos sentimos desorientados. Vacié las pocetas. Lavé los platos. Colé el café que me quedaba para celebrarlo. Qué tonto. Ni siquiera pensamos en lo que pudiera pasar mañana. Guardamos la poca comida que nos queda en las neveras que no se dañaron. En el pueblo se escucha el fragor de muchísimas cacerolas quejándose. Parece que esta noche podremos dormir sin sentirnos acalorados. Pero el problema eléctrico venezolano no se soluciona porque nos hayan restituido el servicio después de 72 horas, aproximadamente; el problema continúa y se agrava cada vez más debido a la impericia e indiferencia del régimen. Ahora, el asunto no es si esto volverá a ocurrir o no (por supuesto que sucederá de nuevo), sino cuándo. Cuándo y cuánto durará la siguiente vez. Eso es lo que me inquieta.

 

Por Luis Guillermo Franquiz

Sebin secuestra a Luis Carlos

Pueden secuestrar a cualquiera, pero jamás encerrar una neurona

Detuvieron a Luis Carlos Díaz, que hace exactamente seis meses empezaba a conducir en Caracas un evento tan amenazador para la seguridad del Estado como el ciclo de La Cátedra del Pop, con charlas sobre Game of Thrones, Star Wars, Harry Potter y El Señor de los Anillos.

Detuvieron a Luis Carlos Díaz, al que no hay que investigarle mucho, porque publicaba sus críticas a diario en un timeline de Twitter cuya coherencia y resonancia era mi envidia y la de muchos otros.

Detuvieron a Luis Carlos Díaz, periodista, profesor y activista que integra, con su esposa Naky Soto, un dúo que al verlos juntos en público te hace pensar en parejas míticas como John y Yoko en la portada de Two Virgins: ya lo que pasaba puertas adentro era asunto de ellos. Aunque, lamentablemente, el amor tampoco parecía servir para derrocar un totalitarismo. Acaso para sobrellevarlo.

Detuvieron a Luis Carlos Díaz, que supongo que, después de que dejó de salir al aire con César Miguel Rondón, andaba con la misma incertidumbre laboral con la que andamos todos. Porque quizás César Miguel es demasiado César Miguel y Luis Carlos, un tipo más bien nerd y no precisamente la mata del carisma, no pudo sacarle mucha punta a su rol de escudero y saltar a un programa propio en un país con una radio y una televisión paralizados de miedo y de crisis.

Detuvieron a Luis Carlos, que no es mi amigo personal. Sostuve un par de contrapunteos con él en redes sociales de los que nunca salí bien parado; uno de ellos, si no me falla el disco duro, cuando defendí el caletre y la escritura a mano como métodos de aprendizaje, mientras él pontificaba con frialdad de evangelista cibernético a favor de todas las memorias externas que desalojan espacios ociosos de nuestros cerebros.

Luis Carlos, al menos en mi trato con él, nunca fue demasiado simpático, lo que es una anécdota del tamaño de un átomo frente al pensamiento de imaginarlo desperdiciando las horas bajo un bombillo que (ese sí) nunca se apaga en una celda de El Helicoide.

“El golpe es devastador. Si se llevaron a Luis Carlos, ahora sí pueden detener a cualquiera”, le escuché a alguien en la manifestación de periodistas frente a la Fiscalía un día después de que se lo llevó esposado el Sebin, al parecer cuando manejaba bicicleta por el Country Club de regreso a su casa, desde la emisora Unión Radio.

Fue una manifestación más bien triste, tengo que decirlo, bajo un sol que nos recordaba que no había agua en nuestras casas después del mega-apagón que detuvo las estaciones de bombeo y de cuya planificación acusaron, de forma ridícula, a Luis Carlos. Se sentía la ausencia de los que se han ido del país y el desamparo y la incertidumbre de los que nos hemos quedado, que ni siquiera pudimos imprimir fotos del detenido y tuvimos que conformarnos con cartones de cajas de desecho escritos a marcador.

Los equipos antimotines esperaban, a bastantes metros, que nos disolviera el cansancio del mediodía. No hubo ningún tipo de represión, aunque nos acercamos a gritar consignas hasta la puerta del edificio frente al que comenzaron los 43 muertos de las protestas de 2014 y dentro del que supuestamente estaba Tarek William Saab, fiscal ilegítimo elegido por una írrita asamblea constituyente cuyo propósito ya nadie recuerda. Peor que un perdigón: aquel edificio, al que se supone que deben ir los ciudadanos para que los defiendan, daba la impresión de estar vacío. Ni un rostro se asomaba por los cristales.

En la Venezuela de 2019 se pueden llevar detenido a una persona que se dedica a las ideas porque pronosticó en sus redes que habría un apagón informático y ocurrió un apagón eléctrico, y cualquiera puede sacar con pinzas y fuera de contexto sus palabras para amenazarlo en el programa de TV del que preside la constituyente que no elabora una constitución.

El mensaje es claro: ten miedo. Duda antes de escribir “dictadura”. Duda antes de escribir “régimen”. Duda antes de escribir “presidente encargado” (si son astutos, se fijarán que he eludido antes esos términos). Y sí: hay miedo. He pensado hoy en lo que haría si me vinieran a tumbar la puerta. No he podido evitar pensar si publiqué algo demasiado comprometedor en el semiabandono caótico de mis redes personales.

Luego de aquellos instantes mágicos alrededor de la concentración gigantesca del dos de febrero en Las Mercedes, el autoritarismo parece vivir una etapa de reagrupación. La historia humana es tan impredecible que puedes salir aparentemente más fortalecido y prepotente de uno de los apagones más grandes de que se tenga registro desde que Thomas Alva Edison inventó el corrientazo.

Se pueden llevar a cualquiera por decir o escribir cualquier cosa. Los mecanismos con los que cuenta la represión aterran por su sofisticación: está registrado todo lo que hemos comprado, vendido, hablado, chateado, publicado, quizás lo que hemos amado y pensado. En la manifestación para que liberaran a Luis Carlos no supe qué hacer y me puse a cantar las letanías que, escritas en un block, repetían las activistas que se hacen llamar piloneras. Seguiremos llenando el vacío con palabras. Seguiremos tejiendo lazos de solidaridad aunque no servían al mediodía del martes para enjuagar el rictus de dolor en la cabeza calva de Naky Soto.

Palabras, afectos, ideas, cuerpos desnudos: es lo único que tenemos para resistir. Nuestra vida se ha vuelto como la salsa de Luis Enrique que dice: yo no sé mañana. Quizás estaré sumergido en la noche más oscura e interminable de mi vida, la del apagón del siete de marzo de 2019. Quizás habré sido despojado de mis afectos, de mis certezas, de mis hábitos, de mis rutinas. Quizás estaré viendo el techo en una celda o me sentiré un afortunado temeroso por no ser demasiado famoso. Lo que puedo asegurar es que, en mi última barrera de protección, la de mis neuronas, seguiré convencido de mi profundo desacuerdo con los que llevan 20 años apoyándose en una presunta superioridad moral para aterrorizar, desnaturalizar, destruir, desmoralizar y violentar la Venezuela imperfecta pero libre en la que crecí.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia

Las voces de la desesperación

Hay que sentir mucho amor al arte para escribir solo con la luz de una vela. Mucho.

Son las 09:48 pm. en un apartamento de La Candelaria. Es sábado, nueve de marzo. Llevamos 48 horas casi ininterrumpidas sin corriente eléctrica y seguimos contando. Lo increíble es que salimos baratos si nos comparamos con otros estados del interior de Venezuela, que contabilizan fácil las 72 o 112 horas sin saber qué es la luz artificial.

Las voces de la desesperación se hacen escuchar de muchas maneras. Las que tengo más cerca son de vecinos que –mediante maldiciones y cacerolazos– entonan la melodiosa tonada del descontento generalizado. A esta hora la telenovela, la comida y el trabajo se ven truncados por una tenebrosa oscuridad que azota cada uno de los rincones del país.

Este espiral se inició a las  05:00 pm del jueves siete de marzo. De mi parte podría decirse que todo se dio con suma tranquilidad, simplemente trabajaba y la luz se fue. Es la costumbre y por lo tanto pensé “seguro en un par de horas esa vuelve. A peor pronóstico, mañana”.

Denme un chance, se me acaba de apagar la vela.

Mejor dejo que mis papás hablen de crisis, de lo caótico de ese jueves: ellos estaban en la calle y, de repente, vieron gente salir a borbotones de los cines, centros comerciales y estaciones de Metro. Se creó en Caracas una auténtica situación de caos generalizado. Las voces de la desesperación comenzaron a sentirse, por ejemplo, en el estacionamiento del CC Tolón, donde la cola para salir era increíblemente larga. Otra voz de la desesperación era la de un profesor de inglés que caminó de Altamira a Capitolio a pie, durante tres horas, por la falta de servicios.

Mis papás llegaron a la casa a las ocho de la noche. Pero el profesor del inglés del que hablo se rindió y decidió usar todo su efectivo para pagar un mototaxi: esos vehículos que atravesaban la oscuridad buscando pasajeros. Al menos, llegó a salvo a su casa.

 

Desde ese jueves, muchas de las peores pesadillas de los venezolanos fueron superadas. Ahora, la madrugada se asoma y las voces de la desesperación se sienten en una cocina, donde una familia tiene que lidiar con la falta de comida y el hambre de sus integrantes. Para colmo no saben qué es tener gas desde noviembre, por lo que ni unas arepas pueden hacer para matar el hambre.

En el hospital Juan Manuel de los Ríos, cuatro madres lloran a sus hijos. El apagón dejó sin energía a los aparatos que mantenían con vida a sus pequeños cuerpos. Los negocios no saben si esperar que regrese la luz  o si rematar –al costo o pérdida– la poca mercancía que les queda; ya que las neveras no funcionan y su comida comienza a podrirse. Curiosa analogía, el culpable de la crisis está bien maduro en su silla de Miraflores.

Algunos, al final, deciden rematar la comida. Pero la mayoría de las personas no tiene efectivo en las calles. Sin electricidad, ni Internet, las transferencias y los puntos de venta no funcionan y la poca señal hace inútil pagar por ‘pagomóvil’. Estamos en la etapa donde el dinero electrónico no cuenta para nada y el físico no alcanza, pero las tripas del estómago no dejan de retumbar.

Algunos, los más afortunados, pagan con dólares en efectivo.

FOTO: Fabrizio Cuzzola

Sin luz, ¿qué mejor ejercicio que ir a una zona lujosa de la capital? Un desierto con grandes restaurantes funcionando con plantas eléctricas y unos cinco políticos como únicos clientes. También hay una bomba de gasolina, propiedad de una petrolera extranjera, que reparte combustible para toda una ciudad prendida en crisis. ¿Saben qué?, mejor tengo preparada mi bicicleta por si hace falta cualquier cosa.

Desde una radio de baterías, noto que las voces que hablan de sabotaje y guerras energéticas ocupan casi todo el espectro radial venezolano. Qué injusto que haya tanto loco con micrófono y que los verdaderos comunicadores con talento estén rebuscándose por otras vías, por el mero capricho de un (in)maduro al que no le gusta ni el humor ni la noticia veraz. Finalmente, la voz de Alba Cecilia Mujica y Luis Olavarrieta, en Onda 107.90 F.M, le ponen calma a nuestra búsqueda de información confiable y contrastada.

Difunden la información que publicó el diputado José Manuel Olivares: en lo que va de año (menos de tres meses), han fallecido 79 personas en el país debido a la crisis energética. ¿Cuánto más habrá crecido esa cifra luego de este apagón histórico?

 

“Mañana a la calle”, dijo, el viernes, un representante del Gobierno legitimo que no acaba de asumir funciones –nuevamente, por los caprichos de un (in)maduro– mientras una señora caía por las oscuras escaleras de su edificio, que no posee luces de emergencia. Cruel reflejo de un país donde te prometen “que el servicio se restablecerá en las próximas 48 horas”, pero donde sabes que 48 horas pueden ser 48 días (si no me creen, pregúntenle a los embajadores de Alemania y USA).

El pueblo acudió al llamado a la calle la mañana siguiente, el sábado. Desde temprano, la voz de la desesperación fue la de tres camioneros que acabaron tras las rejas por hacer su trabajo y montar una tarima en la Avenida Victoria, escenario posterior de una masacre de bombas lacrimógenas y perdigones contra personas de la tercera edad.

El Paraíso no honró su nombre, estaba hecho un infierno mientras en el Centro una pareja intentaba trasladarse de Capitolio a Bellas Artes en carro y contaban: “uno, dos, tres, cuatro, cinco piquetes de la Guardia Nacional Bolivariana en una calle de 300 metros”.

En la posterior avenida Urdaneta, un ciclista desesperado intentó escapar de un escenario realmente aterrador. Llovían bombas lacrimógenas y la gente corría. Él quería llegar a su casa en Galerías Ávila, pero se vio atrapado: de un lado lo rodeó el piquete de la Guardia Nacional y del otro, la gente que huía despavorida. Le costaba respirar y no quería atropellar a nadie. Los organismos de “seguridad” del Estado se han vuelto parte del hampa común, que lleva años atormentando a un país desesperado por un poquito de paz. Ellos creían que estaban controlando la situación, pero no podían estar más lejos de la realidad: dos calles más abajo, toda la nevera de charcutería de un negocio fue echada a la basura luego de que su contenido emanara olor a putrefacción.

Pero las prioridades de esos funcionarios armados parecía ser nada más que reprimir a los ciudadanos que salieron a ejercer sus derechos.

 

Gente de todas las edades sigue falleciendo en los hospitales, las frutas se llenan de gusanos y quien escribe espera cinco minutos de electricidad para poder trabajar y recolectar un poco más de ese –ya inservible- dinero electrónico.

Total, vivimos en un país donde todo está muy normal, como la canción de Desorden Público. La estadística de fallecidos crece descomunalmente y los usurpadores hablan de una guerra. Es verdad: las cifras respaldan que el país sufre una guerra. Pero no de potencias extranjeras, como ellos dicen. Están en guerra los más ineptos, los usurpadores que tienen secuestrada a Venezuela, contra todo el país.

Mientras tanto seguimos siendo la voz de la desesperación. Y por momentos, de la desesperanza. Quizás algún día no tengamos que gritar tanto, porque tendremos algo más útil que hacer con nuestra boca.

 

Por Fabrizio Cuzzola  |  @FabriCuzzo22 

El tipo que hizo lo que tenía que hacer

Una de las mejores escenas del Joker de Christopher Nolan, interpretado por Heath Ledger, se presenta en la comisaría de Gotham City, cuando el terrorista es detenido y, para liberarse, provoca a uno de los oficiales diciéndole que había torturado a sus amigos antes de asesinarlos y que, cuando una persona está a punto de morir de manera cruel y despiadada, muestra lo que realmente es.

“Así que básicamente yo conocí a tus amigos mejor que tú”, expresa el villano en tono burlesco.

Quizás eso fue lo que pasó aquel lunes 15 de enero de 2018: Venezuela conoció al verdadero Óscar Alberto Pérez. Sin helicópteros, ni cámaras, ni banderas, ni constituciones, ni asaltos al estilo del Capitán América. Sólo su desesperación y un teléfono a través del cual pedía piedad y exigía su legítimo derecho de ser juzgado por fiscales de la nación, mientras recibía plomo por parte de los matones de la dictadura.

Esa fue la segunda vez que vi algo humano en aquel apuesto sujeto de ojos verdes que enviaba mensajes desde la clandestinidad y que sólo mostraba fortaleza. La primera fue en un artículo publicado por Daniel Lara Farías en La Cabilla, donde este columnista afirmaba que fue profesor de Pérez, a quienes todos le apodaban el “gato”.

“Uno normalmente recuerda a los buenos alumnos y a los malos alumnos. De Óscar Pérez me acuerdo, sin duda. Era uno de esos alumnos que intervenía y preguntaba y discutía. Ni más ni menos que eso. Una o dos veces más supe de él en sus andanzas de ‘comando’ y todo aquello. Ni una opinión política, ni una genialidad sobre el país. No. Un hijo de papá que llegó a policía igual que papá y que le pagaron el curso de piloto con dinero del Estado. Solo eso”, escribió Lara Farías.

“Hago esta incómoda y fatua introducción para poder explicar mi incredulidad, agnosticismo y escepticismo a propósito de las acciones de Óscar Pérez desde el día que salió montado en un helicóptero lanzando explosivos sobre ciertos puntos de Caracas. Me pareció, desde todo punto de vista, una acción desesperada, ridícula y fuera de lugar que una persona con un recurso tan valioso como una aeronave hiciera una ridiculez y no una acción policial real, porque se supone que el señor es policía. Sencillamente, me decepcionó su accionar (…). La pantallería posterior confirma mis sospechas: pura paja. El tipo quiere ser youtuber o instagramer o quién sabe qué. Pero allí no hay sustancia, ni proyecto de país”, agregó.

Yo no sé si el “gato” quería ser youtuber o instagramer. Lo que sí pude confirmar es lo que quería ese lunes: entregarse con la esperanza de volver a ver a Sebastián, Santiago y Dereck, sus hijos. Pero lo acribillaron.

“Sebastián, Santiago, Dereck, saben que hemos hecho esto es por ustedes, por todos los niños de Venezuela. Espero verlos muy pronto, los amo hijos, los amo”, decía en uno de los desgarradores videos.

El asesinato cruel y cobarde de Pérez y su equipo se produjo en medio de publicaciones en redes sociales de una gran cantidad de personas que llamaban show a su masacre, e incluso se burlaban porque se le había acabado “la novela”. Ni siquiera el video de su madre exigiendo que se le respetaran sus derechos los conmovió.

En esos mensajes pude observar a ciudadanos completamente dañados, igual que sus gobernantes. Pero también vi a esos paranoicos que exigen constantemente a sus oficiales que se rebelen contra la dictadura o se quejan de que sean su sostén, pero en cuanto sale algún grupo rebelde optan por la opción más fácil: “es un pote de humo”. Porque no fue sólo Pérez, también otros como Caguaripano, el general Vivas o los de Cotiza.

Cuando Donald Trump habló de este ex inspector, y le dio un micrófono a su mamá para que se expresara durante un discurso en Miami el pasado 18 de febrero, sentí pena por los dirigentes opositores que no hicieron lo mismo en su momento y recordé las veces que mis amigos, no interesados en política, me preguntaban qué coño tenía que pasar para que saliéramos de la pesadilla chavista y mi respuesta siempre fue la misma: cuando todos hagan lo que tienen que hacer.

Porque al final eso fue Óscar Pérez: un venezolano que desde su posición cumplió con su deber al desconocer a Maduro, tomar las armas, llamar a la rebelión y defender la Constitución; esto no es algo que le pides a un civil, a un periodista, a un artista o a un sacerdote. Es algo que le pides a un policía o militar, porque posee entrenamiento pagado por el Estado y juró defender a su gente. Y él estuvo a la altura del compromiso.

Afortunadamente, por estos días muchos hacen su trabajo: Juan Guaidó le planta cara a la pandilla de Maduro y recorre las calles de Caracas con valentía y el traje de un civil que asumió legítimamente ser presidente encargado de Venezuela; la comunidad internacional lo blinda frente al régimen; los ciudadanos, orgullosos de ser llamados así y no “pueblo”, toman las calles; la Conferencia Episcopal de Venezuela, en un gesto de dignidad que aún muchos esperamos de Francisco, desconocen al usurpador y condenan sus violaciones de derechos humanos; algunas universidades hacen lo propio.

Pero, ¿y la FANB para cuándo?

Con suerte el discurso de Trump, la ley de amnistía y el espíritu de Óscar empujará a muchos para que se pongan del lado correcto de la historia.

 

Por Braulio Polanco | @BraulioJesus_ 

Tener paciencia cuando se padece una dictadura

Salir de un gobierno autocrático, dictatorial, no es cosa de un día para otro. Requiere de muchos pasos pequeños, de muchas idas y venidas, de muchos movimientos estratégicos que pueden parecer desviarse del objetivo inicial. En otras palabras, liberar a un país de sus secuestradores requiere de mucho tiempo. Sin embargo, pareciera que a buena parte de los venezolanos les cuesta entender (o aceptar) lo que eso implica.

La verdad es que no puedo juzgar a nadie. Es difícil pedirle paciencia a quien ha padecido veinte años de la máxima crueldad imaginable. No es fácil pedirle calma y sosiego a quien vive en carne propia la agresiva lentitud de todos los procesos burocráticos a los que está expuesto día a día. Parece casi una locura pedirle más aguante a quienes notan cómo el deterioro carcome lentamente la infraestructura de un país que supo brillar en su región y más allá. Es muy complejo pedirle calma a quien no puede soportar un día más en que la miseria llama a su puerta y reclama las vidas de sus familiares, amigos y conocidos.

No es fácil tampoco defender la consigna de “esta es una lucha que requiere de mucho tiempo”. La digo y de inmediato se encienden las alarmas, porque suena peligrosamente similar a esas afirmaciones de “estamos apenas en la etapa inicial de la Revolución”, con la que, por años, los voceros del poder han intentado justificar sus fallos y desatenciones. Es lógico preguntarse por qué se empieza ahora, qué se estuvo haciendo durante dos décadas, qué tan crudo estaba el plan para deshacerse del régimen. Entiendo por qué se generan esas suspicacias (unas mejor fundadas que otras) acerca de la posible complicidad de actores de la oposición venezolana (hoy gobierno transicional) con las facciones del movimiento chavista. Y la suspicacia pareciera ser combatible solo con hechos contundentes, continuos, irrebatibles, palpables.

¿Los tenemos? Mejor aún, ¿sabemos identificarlos y apreciarlos?

Pienso en dos condiciones de nuestra sociedad que nos llevan a la impaciencia respecto a la velocidad del proceso de restauración de la democracia en Venezuela. Primero, el cliché: somos una sociedad inmediatista. Basta con revisar un poco la forma en que nos referimos al posible fin del régimen de Nicolás Maduro: “caída”, “tumbar”, “derrocar”. Incluso hablamos de soluciones que, de la forma en que nos las imaginamos, rayan en lo fantástico, en lo épico: “intervención”, “invasión”, “levantamiento”. Es de esperarse que una característica que ha sido tan constante en la radiografía de la sociedad venezolana esté atravesada por el contexto y la historia contemporánea. Como comentaba unas líneas atrás, estamos condicionados por el desgaste, el hartazgo, la impaciencia. Resulta incluso sano querer que la pesadilla termine de una vez; nos habla de que, a pesar del “modo automático” en el que se desenvuelven muchos venezolanos, hay consciencia de que la realidad es lo suficientemente nefasta como para desear su final inminente.

El problema es que, mientras van pasando los días y ninguno de esos escenarios se cumple, la ansiedad va en aumento exponencial y se hace difícil mantener la compostura. La gente espera contundentes golpes a la mesa todos los días, a toda hora. Sienten que un día en el que no se hace un anuncio de gran envergadura, un día en el que no se llenan las calles gritando consignas en contra del dictador, un día en el que alguna instancia internacional no se pronuncia, es un día perdido. A pesar de los esfuerzos, muchos sienten que el reloj de arena que corre en su contra sigue ahogándolos sin clemencia y que la cuerda de rescate para salir de ese atolladero no es lo suficientemente larga como para ayudarlos a escapar.

Por otro lado, hay una mezcla muy particular entre la desconfianza creciente, que también nos ha definido como venezolanos por décadas, y una necesidad (para nada exclusiva en nuestro país, sino una tendencia global) a estar siempre informados sobre los eventos que nos interesan. Ante la falta de ese anuncio importante, de esa noticia que “rompa la Internet”, que nos haga detenernos para compartirla en un grupo de WhatsApp o en nuestro timeline de Twitter, las suspicacias se alimentan, toman fuerzas y se posesionan de nosotros. “Se enfrió el movimiento”, comenzamos a escuchar. Se propaga una sensación angustiante, el desasosiego que produce pensar que, una vez más, nos quedaremos a las puertas (o tal vez más lejos) de lograr el cambio tan anhelado para nuestro país. Estar expuestos a tanta información en tiempo real termina mancillando nuestra capacidad de postergar la gratificación, de esperar un poco más para recibir una noticia más sustanciosa.

Los tiempos de la política son muy distintos a los tiempos de la vida cotidiana; se trata de algo complejo de asimilar y digerir cuando el deterioro que nos rodea se lleva lo mejor de nosotros a una velocidad trepidante. A esto se le suma que la costumbre de leer en formato de tweet, de esperar ese comentario en 280 caracteres, nos entorpece la capacidad de leer las narrativas completas, de encontrar en el todo de la noticia esas pequeñas victorias estratégicas que se encuentran un poco escondidas detrás de los movimientos de uno y otro bando. Parece más fácil despertar con el tweet que anuncia la caída del régimen que esperar con paciencia el desarrollo del proceso de cese de usurpación y gobierno de transición que nos lleve a las ansiadas elecciones libres.

Grandes movilizaciones seguidas de días de aparente silencio. Anuncios impactantes seguidos de días de incertidumbre, de pocas noticias. ¿Significa eso que dejan de pasar cosas? ¿Tenemos que enterarnos de todo? El 24 de enero escribía en Twitter que necesitaba una transmisión en vivo de una cámara instalada en el pecho de Juan Guaidó. Necesitaba seguir en tiempo real todo lo que sucedía alrededor de la figura del presidente encargado para poder calmar mis ansias y constatar que, efectivamente, estaba pasando algo. ¿Nos sentimos todos así? ¿Hay alguna solución?

La idea inicial de este texto era plantear un “cómo manejar la angustia” con respecto a lo que pasa o deja de pasar en Venezuela en estos días que corren. Siento que fallé. Fallé porque, como venezolano, también soy propenso a caer en la desesperación de tanto en tanto. Porque me da miedo esa “tensa calma” que me reportan muchas de las personas con quienes me comunico en Caracas. Es como ser espectador de una partida de ajedrez sin saber mucho del juego: sabemos que habrá un ganador, que eventualmente el encuentro terminará, que un rey será puesto en jaque mate, pero no tenemos idea de por dónde o cuándo vendrá la jugada decisiva, porque solo vemos los movimientos pero no la estrategia que tiene cada jugador en su cabeza.

Mientras tanto, lo único sensato que se me ocurre recomendar es protegerse de noticias insidiosas y/o falsas. Seguir a comunicadores serios que se dan a la tarea de confirmar fuentes (de entrada se me ocurren las cuentas de Twitter de Luis Carlos Díaz, Naky Soto, Arepita, Revista OJO, por ejemplo). Aunque parezca contradictorio, una solución puede ser buscar los resúmenes que dan estos actores al final de cada jornada noticiosa. Algunos dan los bullets necesarios para tener el panorama general. Otros se extienden un poco más y aventuran algunos análisis que nos pueden dar más luces con respecto a lo que pasa (Prodavinci, Caracas Chronicles, como dos ejemplos a los que puedo hacer referencia de memoria). Puede que el remedio contra el exceso de información basura sea informarse de forma consciente, saludable, responsable.

Todo esto puede irse al caño fácilmente cuando vemos las declaraciones de Nicolás Maduro y sus secuaces, dando a entender que el día de una negociación de su salida del poder está lejos. Parece entonces que los movimientos de los peones que están de nuestro lado son espurios, apenas relevantes. Pero de nuevo, hay que hacer el ejercicio de tener paciencia, de entender que es un trabajo que requiere de tiempo y estrategia para que tenga los resultados deseados.

Yo sé que puede parecer fácil pedir paciencia desde la distancia, pero es lo único sensato que puedo aconsejar.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis 

Guaidó

Alguien no cumplió la orden

Son las 11 de la mañana, del cuatro de marzo, en la Plaza Alfredo Sadel y siento que hay muchos que saben algo que yo no sé. Llegué puntual a la cita y me parece que hay pocas personas, pero con el paso de los minutos la asistencia se triplicará. No me queda claro si es que tantos llegan tarde o si, más bien, la mayoría sabe o intuye que hoy la cosa va para largo. El caso es que estoy cerca de la tarima y me siento como en un ring: el sol está a punto de noquearme. El año lleva tres meses y yo hoy amanecí como con siglos de cansancio. Lo peor es que pronto cumpliré años y no sé si voy a tener fuerza para celebrar. La actualidad del país está ocupando cada vez más espacio en mi agenda.

¿Cuántos años caben en tres meses?

Me siento en el piso, me pongo a leer. Luego de la prueba de sonido, el host nos pregunta que cuánto tiempo estamos dispuestos a esperar. La respuesta es tan obvia que me duele: el tiempo que sea necesario. Suena high de Rawayana y se me ocurre que esta vez hay menos detalles cuidados o es que el asunto está tan crudo que se dan el lujo de poner una canción festiva. El caso es que sobre la tarima no veo a ningún actor político. Me pongo de pie y camino hacia atrás, donde está el área de prensa.

No soy amigo de ubicarme en el espacio delimitado para los medios, siento que hacerlo es como meterme en una jaula que me condenará a ver lo que otros quieren que vea y a vivir todo desde cierto ángulo impuesto. También hay códigos y actitudes gremiales de las personas que suelen ponerse en estos sitios que siempre se me escapan. Pero hoy no aguanto el calor, no sé nada del presidente encargado y el cuerpo empieza a dar señales de que si no me pongo las pilas voy a terminar escribiendo sobre la experiencia de ser atendido por paramédicos en una manifestación. Conclusión: me siento, e incluso acuesto, un rato bajo la tarima de prensa.

Suena una saxofonista, ponen música, sigo leyendo, saludo a un pana. Cuando me espabilo, la plaza ahora sí está colmada: desde cualquier punto, el horizonte se ve repleto de personas. Se suben, entonces, diferentes diputados a la tarima.

Si minutos atrás, cuando el host –que es el mismo de todas las manifestaciones– reprodujo un audio del presidente la gente gritó de emoción, cuando el diputado Mejía dice que Guaidó ya está en el aeropuerto de Maiquetía, que acaba de pasar Migración sin problemas, se oyen gritos que aceleran el pulso. La actividad continúa, habla Gilbert Caro, habla el gobernador del estado Bolívar, habla el diputado Américo de Grazia y llega el turno de un representante indígena que dice algo que despierta a las personas: “Al asesino Nicolás Maduro habrá que juzgarlo también en un tribunal indígena para que responda por sus crímenes”.

Luego, llega el turno de Delza Solorzano y, justo en medio de su intervención, un corrientazo comienza a extenderse por toda la plaza: Juan Guaidó parece haber llegado.

Las personas se ponen de puntillas y estiran sus brazos y manos a todo dar. Ubican, al final de los mismos, teléfonos con los que esperan capturar otro de los momentos históricos que nos está regalando esta novela que supera cualquier pretensión literaria. Es como si hubiesen quebrado varias pilas sobre nosotros y un manto de energía nos pusiera eléctricos. Cuando Guaidó sube a la tarima, y lo secuestran decenas de abrazos, siento que el corazón me late con un tumbao que no sé descifrar. Tampoco me propongo a hacerlo. A mí lado está el camarógrafo de un canal árabe y ve, con genuino interés, cómo un par de lágrimas se asoman por mis ojos.

Esta historia me tiene cada día más sentimental.

Ya no salgo a ver y escribir sobre el país: salgo a ver y escribir sobre cómo los sucesos del país me van transformando. Pasará un buen tiempo antes de que pueda hacer un balance.

Guaidó lleva poco más de un mes como presidente encargado de la República, y cada día lo veo con el pelo más canoso. La vida a veces nos pone pruebas que hay que saber superar en tiempo récord. El hombre, eso sí, está dando la talla. Con su sonrisa habitual y un discurso más sólido, pletórico y lúcido que de costumbre, saluda a quienes lo esperábamos.

No sé si la gran cantidad de desmayados que empiezan a aparecer se deben a los jabs del clima o al efecto Guaidó.

—Después de tantas amenazas, que nos iban a detener, que nos iban a secuestrar, que nos iban a matar, aquí estamos. Alguien no cumplió la orden.

Su gesto seguro, su rostro limpio, sus manos a la vista: las palabras junto con su lenguaje corporal hacen galopar el corazón en medio de sonrisas cómplices.

El  80% de las Fuerzas Armadas, dice, rechaza al usurpador. Y su entrada y salida del país es la muestra. Exhorta, entonces, a los militares a cumplir con su deber: “ya basta de por ahora, es ahora”, deben apresar a los colectivos armados que atacaron a los venezolanos el pasado 23 de febrero.

¿Y saben por qué da la orden?

—Porque el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas deriva del voto popular. Y quien usurpa funciones, por más que se quiera disfrazar con una banda porque estamos en carnavales, no es el presidente. Aquí está el presidente encargado de la República de Venezuela.

Es imposible no pensar en el meme de turn down for what.

Guaidó habla con claridad, sin gritar, sin alzar la voz más de lo necesario. Lo hace ante un mapa de gente que ocupa todos los alrededores. Hace días, alguien a quien respeto mucho me dijo que quizá no era momento de convocar a manifestaciones y marchas. Pero estoy frente a esto y se me ocurre que quizá Guiadó no podría haber llegado si en el país tantas personas no se hubiesen concentrado, se me ocurre también que es necesario que el mundo siga viendo el respaldo popular con el que cuenta el Gobierno legitimo. Pero, sobre todo, cuando me siento mareado, fatigado y con ganas de tomar una siesta, pienso en que él y tantos otros están haciendo un esfuerzo tan grande, jugando un partido que de entrada parecía amañado y en el que están logrando hacer pulso, que lo menos que podemos hacer algunos es colaborar con unas horas de calle cuando hagan falta.

Cantamos el himno. Guaidó se sube al andamio de la tarina y, cual pop star, saluda desde lo alto.

Yo entiendo que puede ser difícil para muchos decir “vamos bien”, pero en días así es complicado no sentir que, como dice el presi, “la esperanza nació para no morir”.

 

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel

#DomingosDeFicción: Siete días

Salgo del metro por una de sus bocas más cariadas. Alrededor hay un circo de fieras despachurradas. Un vendedor de tostones me incinera el pescuezo con el aliento de su fogón cuando paso entre su brazo extendido, la servilleta y un vendedor de toallas de a mil. Salto un charco nauseabundo que siempre ha estado allí, insondable, grisáceo como la mucosa ventral de un elefante. Debo ejercer de atleta para no mancharme y dejar caer parte de la autoestima. Los autobuses se abalanzan sobre la piara de gente que evade la acera. Un deforme se me acerca con su ojo bueno enfocándome; el otro se le cierra tras una grapa amarillenta. Nada de esto me importa. Avanzo como una columna romana hacia mi cometido. Gano la acera de enfrente y una pequeñuela precoz me asalta con su papelito de Internet, curso de inglés u oferta de celulares en combo. Lo desecho.

Voy a su encuentro. Espero con impaciencia el ingreso de dos personas torpes en el ascensor, me escabullo tras ellas. Son mujeres, una frisa los setenta, la otra es pretenciosa, se le va una mirada fugaz hacia mí y luego finge fijarse en la pantalla de los pisos. Está regular, algo moderna con sus lentes de pasta, cruzando hacia coqueta. Muy soft para mi gusto. Hoy solo tengo ojos para otra. Olvido rápido a la veinteañera del ascensor. Me bajo y no digo nada en absoluto. Muy pronto la veré. Me abre la puerta tras el atorrante timbre. Sus ojos brillan, su cabello reluce y hoy lo tiene recogido en cola de caballo. Sus labios se abren tenuemente, muy sutil su lengua se columpia entre sus dientes parejos. Me conduce al cuarto de atrás. Veo sus redondeces ceñidas por el pantalón atravesar la galería; nos separan unos centímetros. Ella es solo mía en aquel momento en que la pasión espera su turno agazapada. Sus curvas traseras son mesuradas, pero no le falta nada; cada movimiento tensa la línea entre sus nalgas y la parte donde comienzan sus piernas, ese divino pliegue que no sé cómo se llama. Jadeo imperceptiblemente.

Me acuesta en su cama con motivos rosados, me hace sentir cómodo, conversamos casi entre susurros y, de vez en cuando, su risa vibra rápida como un móvil de cerámica. Luego me hace mover para ponerse más cómoda. Su atracción por los aparatos, por los preámbulos me hace sentir un bebé de meses. Siento más que eso, que estoy en sus manos gráciles pero decididas, meticulosas, sabias. Me mima, está pendiente del más mínimo detalle. Acaricia mis labios, untándome algún aceite para el placer. Parece que fuera mayor, pero es una niña de veintisiete. Luego, su predilección más ingrata me hace temblar, algunos instrumentos de tortura que parecen nazis me invitan a pensar en las concesiones del amor, mientras me obligan a verle la cara positiva al maltrato físico. Todo lo bueno de la vida exige sacrificios, o compromiso. ¿Cómo decía aquel refrán montado en esmalte sobre una baldosita, en alguna tasca? Esto no lo pensé ni lo recordé esa tarde, eso fue después. Aunque estar allí encerrado con ella, de espaldas a la tragedia del mundo, me lleva con frecuencia a ciertas ensoñaciones, a parpadeos que tomo como bocanadas para recuperar un vigor que se va agotando en el quieto del tiempo de un cuarto.

Ella recuesta sus senos en mi coronilla, le gusta hacerlo y a mí me lleva a un infinito sin planetas. Siento su presión de gamuza, sería imposible para un ingeniero fabricante de cojines reproducir esa textura; el que la haya sentido lo sabe, no habría que explicárselo. Solo sonreiría, como yo al recordar. Entonces, su perfume delicado pero acentuado, una tintura de sexo, termina de penetrar mis enloquecidas hormonas, me infiltra como un comatoso y ya estoy fuera de mí. Tengo cada parte de su cuerpo muy cerca, me transmite así sus emociones, sus arterias me golpean al latir. Sus ojos ven dentro de mí y su boca se aprieta, se abre, emite un sonido en idioma de sirena. Cómo negarlo, estoy encantado por esta mujer.

Es una intensa jornada, dulce, fuerte, desigual, una montaña rusa o balancín de parque de diversiones en lo que concierne al límite entre las emociones y el aguante físico. Nos sometemos a una prueba peligrosa, al borde del fracaso y, sobre todo yo me siento vulnerable, aunque a veces me anoto un tanto y ella deja ver más allá en sus expectativas, cuando entre líneas hace notar su interés en mí, preguntándome algo innecesario que la delata. Allí retomo el control de la situación y me siento poderoso, lo que es necesario para el hombre y el equilibrio del combate. En la posdata introducimos la charla casual, el comentario alegre que se mantiene lejos de lo chocante. Intimidad, si saben de qué hablo. Es la celebración por el encuentro que culmina y al mismo tiempo el presagio de una pausa dolorosa. El inútil antídoto para la angustia de los minutos vacíos que nos esperan, armados hasta los dientes de vulgaridad. Pero cuán a menudo recurrimos y recurriremos a la dichosa artimaña. La valentía está peleada con las cosas del corazón y la anestesia.

Vuelve a tratarme como un niño, endulzándome los oídos con recomendaciones y usando una hermosa condescendencia para mis nerviosos chistes. Retoma el poder a punta de mohínes, vuelve la mujer a hacer masa de maíz con mis gritos silenciosos de desesperado. Fingimos algo, un tanto de indiferencia cuando me conduce a la puerta, caminando lánguida por la tensión liberada en la larga sesión. La detallo en un reojo condensado. Luego, una pregunta inesperada, un adiós con los ojos que tiene algo de eternidad en él. Me siento como dopado. Solo puedo pensar en la escena de la próxima semana, cuando la veré de nuevo. ¿Será igual?, ¿mejor?, ¿se hará la indiferente para herirme?, ¿me aterrorizará con algo de recato? Antes de saber eso seré un guiñapo contando horas. Aunque mis dientes estarán bien, mejor que nunca; ella es la mejor dentista que conozco. Y mi alma estará tan paralizada como si le hubieran disparado un dardo de cloroformo, igual que en los documentales sobre leones.

 

Por Luis Laya 

Cada vez quedan menos

El teléfono repicó justo cuando terminaba de servirme la penúltima taza de café. El reloj de la cocina señalaba 9:49 pm. Fruncí el ceño mientras caminaba hasta el aparato, preguntándome quién podía estar llamando a esa hora tan silenciosa. Levanté el auricular con impaciencia:

—¿Aló? –dije–. Aló.

—Estoy agotada –dijo ella–; pero al menos ya resolví lo de las flores. Ahora voy contigo.

Sonreí. Era Vanessa, mi amiga de la universidad. Lo curioso es que había estado pensando en ella más temprano, justo después de cenar, indeciso sobre llamarla o no. Y aquí estaba.

—Te atraje con el pensamiento –dije–. Tenía ganas de llamarte, pero no lo hice.

—No, no lo hiciste –dijo ella con un falso acento de molestia–; siempre te olvidas de mí.

—No inventes. Sabes que no.

—Sabes que sí; por eso sé que no vas a decir que no a lo que voy a pedirte.

—Ay, Dios…

—¡Nada! Di que sí.

—Depende.

—Ay, di que sí y ya –insistió ella, ahora con voz quejumbrosa–. Sabes que el viernes es mi cumpleaños.

—Er… Ah… Sí, claro.

—Eres el peor. Ni siquiera te acordabas.

Sorry, querida; he estado full con algunas correcciones y no tengo cabeza para más nada.

—Yo sé –dijo ella–. Andamos igual. Cuando no es una vaina es otra. Típico, pues.

—Bueno, al menos todavía podemos hablar… ¿Tuviste buen día?

—Ni me hables de eso. Estoy agotadísima. Tuve que ocuparme de las flores y encargar las mesas y las sillas. Lo bueno es que mi amiga Cecilia, ¿la chef?, va a ocuparse de la comida. Me dijo que sería mi regalo de cumpleaños. Y hablando de regalos, quiero que vengas a mi fiesta. Es lo único que quiero: que puedas venirte el viernes y asistas a mi fiesta. ¿Sí? No quiero regalos, no quiero más nada; sólo que vengas a la fiesta. Si quieres te paso buscando por La Encrucijada.

—Pues… ¿El viernes?

—Yo sé que te estoy avisando con muy poco tiempo, pero apenas me decidí hoy. Tú sabes que no iba a hacer nada, ya para qué; pero desde ayer se me metió la idea de hacer algo pequeño, algo íntimo, sólo veinte personas, una comida y tragos. ¡Es mi cumpleaños, coño!

cumpleaños

Solté la risa.

—Créeme –dije–: eso no te lo discuto. Sólo que la idea de no hacer nada era tuya.

—Yo sé, yo sé; pero cambié de idea hoy. Estoy sobresaturada con los problemas del país, las medicinas para mi abuela, el rollo de la comida, la inseguridad, el trabajo de Rodrigo, mi mamá que insiste en ser parte del problema y no de la solución; y encima, para rematar, Melissa no podrá venir porque tiene cita para entregar sus papeles allá. Entonces, ni modo que pierda la oportunidad. Ayer hablamos y le dije que no se preocupara.

—Pero, ¿estaba bien?

Imaginé a Vanessa asintiendo con énfasis.

—Sí, sí, sí… ¿Quién coño va a estar mal en París? Jodidos estamos nosotros…

Mi amiga bromeaba, ambos lo sabíamos; pero al mismo tiempo, casi imperceptible, debajo de la sonrisa, había un acento camuflado de amargura. ¿O podía ser cansancio? Me pregunté si sería prudente averiguarlo en ese momento o esperar hasta que nos viéramos durante el fin de semana.

—Por favooooor –dijo ella–, dime que vas a venir… Por favooooor….

Suspiré.

—Sí, supongo que sí. ¿Invitaste a Sergio y a Carola?

—¡Claro! Es un grupo pequeño, ya te lo dije.

—Ajá, pero, ¿tendrías la amabilidad de pensar en los demás? Yo sé que es tu cumpleaños, y todo eso, pero invitar a más gente gay a tu reunión la haría mucho más atrayente. Eso de invitar puras parejas heterosexuales atenta contra la extensión de mi celibato. ¡No me ayudas!

Los dos reímos.

—Créeme, yo estoy en la misma. Mejor no hablemos de eso.

—Sí, marica, pero al menos tú tienes esperanza de encontrarte con Rodrigo a finales del mes y recuperar el tiempo perdido. Jodido estoy yo… Por cierto, ¿cómo va eso?

Escuché que Vanessa hacía una inspiración profunda y prolongada.

—Ahí –dijo–. Ya queda poco.

—¿Todavía trabajando?

—Claro. En vista de que no nos veríamos en enero, como lo teníamos planeado, acordamos que agarraría el trabajo en Marsella para reunir más dinero, porque el apartamento comerá mucha plata, y tú sabes cómo son los precios allá.

—Bueno, pendeja, pero es una perspectiva bonita. Créeme que me alegro por ti. No todo va a salir mal. De vez en cuando el destino nos regala una sonrisa. Y ese carajo parece un buen hombre.

La voz de mi amiga se dulcificó:

—Nunca me habían hecho sentir tan especial.

Me reí.

—Bueno, marica, ya a tu edad… Estabas a punto de que te dejara el último autobús.

—Estúpido… Entonces, ¿sí vienes?

Dejé que transcurrieran un par de segundos antes de responderle.

—Sí, yo creo que sí. 90% que sí.

—¿Te vienes temprano?

—Lo más probable. Llamaré a Sergio o a Carola para pedirles que me pasen buscando por Lomas del Este y llego con ellos. ¿O me necesitas antes?

—No, no, tranquilo. Ya adelanté casi todo hoy. Para el viernes sólo quedan pendientes una que otra pendejada… ¿Sabes algo?

—¿Qué?

—Me da nota que puedas venir. Yo sé que estás full, y el tema país no ayuda con el rollo del efectivo y la escasez y toda esa vaina; pero me hace falta verte, hablar paja un rato, abrazarnos.

—Yo sé –dije–. Yo lo sé.

—No pido mucho –soltó otro suspiro–. Quiero regalarme una noche con mis amigos, beber un poco, comer bien, reírnos un rato, tomarnos fotos, sentir que estamos juntos…

—Querrás decir con los pocos que quedamos…

—¡Es que no te lo dije! Tú eres el único amigo gay que me queda. Ya todos los demás se han ido. ¿Te dije que Andrés consiguió trabajo en Houston? Y tú sabes que Ricardo y Miguel se quedaron en Nueva York. Ya las niñas comenzaron en la escuela. Están bellísimas.

—¿Podemos no hablar de tus amigos gais aburguesados? Me siento ofendido.

Vanessa se rió con confianza.

—A ti lo único que te ofende, marico, es que ya vas quedando de último.

 —¡No! Si te pones a ver, tus fiestas de cumpleaños se parecen ahora a cualquiera de las novelas de Agatha Christie: cada vez quedan menos y menos personajes en la trama.

Nos reímos juntos.

—¡De pana, marico! Si me pongo a ver las fotos que tomamos siempre a la medianoche, donde aparecemos todos, es como si en cada foto han ido desapareciendo dos o tres por año. No había pensado en eso.

Y de pronto dejamos de reírnos. No sé qué cruzó por su cabeza, pero yo asimilé la idea de que podría ser la última fiesta donde estuviésemos todos juntos; los que quedamos, al menos. En un par de meses, cuando los papeles estén firmados y sellados, nada la retendrá aquí. Me pregunté dónde podríamos estar el año próximo, en marzo del año próximo. Cuántos de nosotros, del viejo grupo universitario, quedaríamos aún en Venezuela. Le dije a Vanessa que al paso que íbamos, el año entrante tendríamos que organizar una fiesta de cumpleaños a través de Skype o algo similar, para que todos pudiésemos asistir. Los dos volvimos a reír, pero sólo porque la alternativa del silencio resultaba un tanto incómoda. Vanessa respiró profundo.

 —En fin –dijo–. ¿Sí vendrás?

—Claro, querida. Cuenta conmigo.

—¿A las 9:30 pm?

—A las 9:30 pm.

 

Por Luis Guillermo Franquiz | @lgfranquiz