La borra

Adolfo Franco tiene veinticinco años trabajando en el tráfico. Comenzó como avance de la línea de Corito en 1990, el mismo año de su fundación, «cuando Corito era una línea decente, con socios realmente interesados en prestar un buen servicio», dicho por él. Por su responsabilidad y compromiso, ascendió entre los avances. Fue uno de los promotores de la construcción del terminal privado de la línea, ante la negativa de la alcaldía de permitirles estacionar en el terminal del Centro Cívico. Uno de los socios decidió financiarle un vehículo y hacerlo parte de los choferes fijos. Su historia, como la de otros hombres y mujeres de Cabimas, justifica la naturaleza de la ciudad cenicienta. Y aunque la historia de su ascenso y progreso es interesante, no es lo principal en este relato. Pero no puedo obviar sus años como chofer de por puesto, pues lo relatado por Adolfo Franco tiene raíces en su ir y venir por la Intercomunal, la avenida Cabillas y el Casco Central de la ciudad.

Antes de chofer fue mecánico, ayudante de su padre en el Taller de los Franco. El taller, ahora extinto, tenía fama por los costos solidarios y la franqueza de sus trabajadores, cualidad esperada por el apellido portado. Era un negocio familiar, pero Adolfo no tenía puestas sus esperanzas allí. A decir verdad, le molestaba pasar el día hediondo a grasa mecánica y curtido; la braga azul con franjas rojas no era la clase de uniforme deseado cuando niño, y ya de 18 años lo sabía: un traje de astronauta no le serviría para mucho, porque no podría ser un astronauta. Sin embargo, le tomó diez años más abandonar la braga y convertirse en chofer.

El menor entre seis hermanos y dos hermanas. Adolfito, La borra. Así lo llamaron siempre en el negocio y en su casa; para completar, el Taller de los Franco funcionaba en el patio de la casa. La borra fue el nieto toñeco de doña Josefina Cáceres, quien murió de ciento dos años; aunque Adolfo me confesó la trampa de su abuela al aceptar el título de la mujer más anciana de la ciudad en el año 2006, el mismo año de su muerte. En realidad tenía noventa y nueve, un error en su cédula de identidad la mantuvo siempre tres años adelantada en la vida.

Como ayudante de mecánica conoció a muchos choferes de tránsito, y olvidando por completo el traje de astronauta soñó con manejar por las calles de la ciudad destinada al desarrollo y adelanto tras el reventón del Barroso. «Todavía esperamos el desarrollo y adelanto», dice Adolfo cuando recuerda la emoción de la abuela al hablar del reventón de 1922 y de las promesas del General Eleazar López Contreras en su histórica visita a Cabimas en 1937, por motivo de la huelga petrolera del treinta y seis.

El reventón originó la migración de familias falconianas, esperanzadas en encontrar fortuna en una ciudad petrolera, esa movilización dio origen al sector Corito y posibilitó el nacimiento de Adolfo entre los hijos de la ciudad cenicienta, pues con los inmigrantes llegó doña Josefina. Dos años después nació Chiquinquirá Gutiérrez Cáceres, quien dio a luz a Adolfito en 1962, a sus 38 años, siendo su padre de 41. La edad tardía de su alumbramiento, condenó a Adolfito al apodo de La borra; «mis hermanos bromeaban diciendo “papá soltó sus últimos tiros” y me comparaban con la borra del café, tú sabes, lo asentado ya descolorado y sin sabor», decía Adolfo.

«Sin el reventón del Barroso no nacería yo, no nacería Corito y por lo tanto tampoco esa línea de por puestos; aun de haber nacido, sin el reventón nunca sería chofer». Así concluyó Adolfo Franco uno de sus relatos.

Desde hace dos meses cuento con su servicio. Mi esposa sufrió dolores en plena madrugada, llamé a Taxi Sabana Grande para pedir un taxi y enviaron a Adolfo. Los ocho meses de embarazo habían sido dificultosos. Adolfo nos preguntó si era nuestro primer hijo y mi respuesta fue un seco sí. No tenía ánimo de conversar, estaba nervioso y temeroso por los dolores de Julia. El chófer del taxi alivió la tensión con un par de historias personales, cuando llegamos al hospital le pedí su número de teléfono para llamarlo al regreso.

Durante nueve años manejó un LTD blanco, con el casco de Corito sobre el techo. Conoció a Marta, su esposa, manejando el LTD. Y en 1922 se casó. «Ya ves, mi sueño de chofer me llevó al matrimonio». No perdió tiempo para enfatizar.

En 1988 se inauguró el Conjunto Residencial Gran Sabana. Un circuito de edificios con lujosos apartamentos. Su construcción se había truncado en 1983 por la bancarrota del Banco de los Trabajadores de Venezuela (BTV), luego del viernes negro. Once años después de su inauguración, se fundó Taxi Gran Sabana. «Sin la inauguración de Gran Sabana, no existiría la agencia de taxi donde trabajo, y nunca te habría prestado mi servicio». Y el conjunto residencial existe porque en 1948 algunas familias decidieron mudarse al sector bautizado como Delicias Nueva, donde cuarenta años después se construirían los edificios.

Fue uno de los socios fundadores de Taxi Gran Sabana. Vendió su LTD blanco junto con el cupo de Corito. «Ya no vale la pena trabajar en esa línea, han perdido sentido de pertenencia y no les importa ofrecer un servicio de calidad». Compró un Daewoo Cielo, color verde. De sus veinticinco años en el tráfico, lleva dieciséis como chofer de taxi de la agencia donde es socio.

Durante veintidós años, incluso ya desesperanzado, Adolfo quiso tener un hijo. De todos sus hermanos y hermanas, era el único sin descendencia. «Mis hermanos tenían razón, mi padre me engendró ya sin fuerzas, no puedo tener un hijo por ser La borra», pensaba a veces.  Y en enero, del año 2014, con 53 años de edad, recibió la noticia del embarazo de su esposa. Marta tenía 42 años. «Me sentía como Abraham, tú sabes, el de la Biblia; quien tuvo a su hijo después de los cien», me dijo riendo a carcajadas. Me pregunté constantemente cómo un hombre con tanta cultura y conocimiento es un simple chofer. Pero en dos meses lo he comprendido, no hay simpleza en ningún oficio asumido con pasión.

La alegría se disipó muy pronto. La criatura en gestación presentaba ciertas deformidades alarmantes. Aparentemente sus extremidades eran abundantes, cuatro piernas y tres manos se formaban. «Fue irónico, en 22 mis espermas no tuvieron la fuerza suficiente para engendrar, y ahora tenía un hijo con dos piernas y una mano de más».

Marzo del 2014 fue tormentoso. La doctora, con amabilidad, sugirió la interrupción del embarazo cuando aún había tiempo. Si aceptaban y lo interrumpían, no volverían a recuperar una oportunidad como esa. Si rechazaban la sugerencia y decidían tener el bebé, se enfrentaban con el dilema de traer al mundo un niño sin la posibilidad de una vida normal ni la fuerza de ellos, escapada con el advenimiento de la vejez ya a la puerta, para ayudarlo a sobrevivir.

«La doctora nos dio un par de semanas para pensarlo, nosotros decidimos mantener todo en secreto; no quisimos voces externas coaccionándonos a tomar una decisión sobre un hecho trascendental para nosotros». La voz de Adolfo se quebró mientras avanzaba el relato. Busqué en el auto algún indicio de un niño en su vida, una fotografía o juguete, para adelantarme a conocer  la decisión tomada. Pero no vi nada.

El problema nunca fue moral. A pesar de su teísmo, su costumbre de asistir a misa y sus constantes paráfrasis de versos bíblicos y versiones de relatos de la Biblia, Adolfo nunca se dejó llevar por creencias religiosas al momento de una decisión. «Dios nos ha dado el sentido común, no debemos ser rígidos con nuestras creencias», dijo Adolfo. Pero no podía evitar la influencia de sus emociones sobre su sentido común. Constantemente pensaba que su propio nacimiento también pudo ser truncado. Su madre lo había dado a luz a una edad avanzada. Alrededor de su formación en el vientre hubo mitos de deformaciones, también de retrasos, dificultades para hablar y tantas cosas más. Sin embargo, su niño no enfrentaba mitos. Se trataba de pruebas concretas, de la ciencia profetizando.

Marta sentía temor de fallar como madre y no ser capaz de criar un niño con condiciones especiales y prepararlo para la vida. Al mismo tiempo le inquietaba no ser sincera consigo misma y escudarse tras esos temores para no aceptar la responsabilidad de ser madre.

La pareja no esperó un milagro. Sus oraciones se centraron en pedir dirección para tomar la decisión correcta y tener fortaleza de asumir las consecuencias de la decisión tomada. Adolfo no dejaba de pensarlo. «Tal vez los mitos fueron ciertos, y mi alumbramiento tardío me dificultó formar una familia, una familia completa, con hijos». En el 2014 ya se habían acostumbrado a la compañía exclusiva del otro, se habían resignado a ser tíos, padrino, madrina. Los primeros días de enero, significaron un cambio violento en la concepción de sí mismos. Ahora podrían ser papá y mamá, y un día abuelo y abuela. Durante dos meses soñaron con darle la bendición al hijo o la hija. Se precipitaron a preparar el cuarto del bebé o la beba. Se atrevieron a soñar. Ahora todo se les había arrebatado.

Prolongaron la decisión, querían estar seguros. Decidieron someterse a otra ecografía y otra, y otra más. Llegó el mes de abril, mayo. Se terminó mayo, llegó junio. Julio. La agonía no disminuía, las extremidades iban creciendo y haciéndose cada vez más claras e irrefutables. «Decidimos no abortar». Para finales de julio, Marta y Adolfo, esperaban un milagro. Ninguno era capaz de confesárselo al otro, pero lo esperaban.

La segunda semana de agosto, una ecografía arrojó luz sobre el diagnóstico. Lo observado hasta el momento como un niño deforme, no era si quiera un niño. Eran dos. Detrás del niño, siempre presente en las ecografías, se escondía una niña. Las otras dos piernas eran suyas, de la niña se observaba un brazo porque el otro estaba alrededor del niño abrazándolo. El sexo del niño era notorio, pero la posición de la niña escondida no permitía deducir su existencia. «Si en vez de una niña, hubiese sido otro niño, la noticia habría sido un niño con cuatro piernas, tres manos y dos penes», me dijo Adolfo riendo a carcajadas.

A mediados de septiembre, Adolfo y Marta recibieron su niño y su niña. Y en agosto de este año, Adolfo nos llevaba a Julia y a mí al hospital, para el nacimiento de mi primer hijo.

 

Por Gusmar Carleix Sosa Crespo  | @gusmarsosa

*Esta historia fue la ganadora del concurso de crónica de Seguros Caracas, en 2015

Civismo en la plaza

Los conciertos de música popular existen, entre otras cosas, para que el público drene sus emociones. Mientras en los eventos deportivos la conmoción puede venir por cualquier lado y en cualquier momento, cuando se está frente a una tarima se pretende crear un ambiente de desorden organizado. Algo así como una pachanga en la que el hedonismo rebasa los límites cotidianos sin acercarse al crimen. Lo que, con frecuencia, es un camino tan difícil de transitar como el de un noviazgo que vive entre las posibilidades de matrimonio y las de manicomio.

A las tantas nostalgias que hierven en Venezuela se le puede sumar la de los grandes toques/conciertos/festivales de música. El problema no es solo lo que cierra y lo que se va, sino lo que ya no viene. El país dejó de ser una de las paradas de las bandas y cantautores internacionales, mientras que las organizaciones privadas ven cada vez más difícil organizar eventos con el talento local. Quienes vivimos en Caracas a veces sentimos un silencio que resulta demoledor: recuerda lo que ya no pasa.

Por eso la primera edición del Paix Fest resultó una noticia tan agradable en el tercer trimestre de 2018: nos recordó que en Venezuela pueden sonar otras cosas aparte de las balas y las quejas.

Tres días: viernes, sábado y domingo. Un lugar: la Plaza Alfredo Sadel, de Las Mercedes. Muchos puestos de comida que fungían de muros para crear un universo cerrado, un mundo en el que uno entraba para sentirse dentro de un burbuja que se asentaba en medio del incendio. Por primera vez en mucho tiempo, cientos de habitantes del Valle de balas sacábamos nuestros teléfonos, mostrábamos efectivo y caminábamos sin ver para los lados. Como si los amplificadores sirvieran para espantar la sensación de inseguridad.

El viernes, el Paix Fest abrió con una banda tan novel que el público estaba compuesto por las novias, hermanas, mamás, papás y amigos de los integrantes. Se me ocurrió que había algo de magia en eso. Los rostros adolescentes de muchachos que aprendían a soltarse en tarima ante el brillo incomparable de una madre orgullosa. El éxito más que un punto de llegada es un proceso: la vida es emocionante mientras vemos a otros crecer. Si algún día esos chicos logran llenar el Poliedro de Caracas, jamás olvidaré que la primera vez que los vi en escena el bajista apenas podía mover algo que no fueran sus dedos, no sé muy bien si por estar en trance o por estar nervioso.

Foto: Goe

Situaciones parecidas vivirían varias bandas. Aunque casi todas tendrían espectadores que las reconocían y las celebraban, salvo Desorden Público y Aditus –platos fuertes del sábado y domingo, respectivamente– ninguna tocaría con la actitud del que sabe que tiene autógrafos que firmar.

En el mundo actual, la contemplación como fin en sí mismo perdió protagonismo. Sentarse a observar las montañas solo por placer no parece tener sentido si no es mediante un smartphone y para tomar una foto que luego se compartirá en redes y medirá su éxito según la cantidad de interacciones que genere. Se busca hacer de todo un fast food que haga salivar y que facilite comer y excretar casi al mismo tiempo. La sociedad resulta cada vez más incapaz de apreciar la belleza o emociones que despiertan los artistas: necesita consumirlos, devorarlos. Muchos pagan entradas no para ver a un genio entrar en estado de trance mientras supera sus limitaciones humanas a través de la música: las pagan para pedirle un autógrafo.

El Paix Fest fue la antítesis de esto. Los músicos que se bajaban de tarima pronto se incorporaban al público que hacía unos minutos los ovacionaba, para disfrutar de las interpretaciones de otros colegas. O al revés: antes de subirse a tarima, uno los veía hartarse de cervezas, bailar o engullir alitas de pollo como si solo fueran un espectador más.

Que en un país al que se le achacan tantos vicios se viera tal muestra de civismo desafía el lugar común de los extremistas, sobre todo el de los que afirman que Venezuela es el reino del faranduleo. Supongo que quienes asistimos al Paix Fest lo hicimos para romper la rutina, para disfrutar de la música o para divertirnos en armonía. Conceptos todos que se pelean con la necesidad social de crear ídolos para luego devorarlos. Todos éramos tan de carne y hueso que, desde la tarima, el vocalista de Aditus reclamó a un borracho alegre que estaba en primera fila el que no cantara su canción.

Cuando  comenté esta idea con algunos conocidos, me respondieron con sorna que esperase a ver si los integrantes de Desorden Público también podrían caminar entre la gente como un espectador más. Los secundé en su escepticismo, hasta que el plato fuerte del festival hizo su aparición. En cosa de segundos, el sábado, la plaza pasó de bailar salsa (y digo, literalmente, bailar) como en la mejor discoteca, a convertirse en una lata que apenas permitía el movimiento. Cuando el baterista Dan-lee apareció en tarima para preguntar “¿A quién le gustaaaa Desordeeeeeen?”, sentí que o todos nos habíamos reproducido repentinamente por mitosis o que habían encogido la plaza. Todo se puso a reventar, menos la cordura. Varias horas después me enteré de cómo Dan-lee y algún otro miembro de la banda caminó por la Alfredo Sadel sin mayor contratiempo que tomarse una foto con una fan.

¿Quién dijo que en Venezuela todo está perdido?

 

Desorden Público celebrando su cumpleaños número 33 fue el clímax del desorden organizado. En la misma ciudad en la que ocurren tiroteos dentro del Metro, se armó un pogo cerca de una mujer que, en primera fila, cargaba a un bebé. No hubo más drama que el de un par de personas solicitándole a los espectadores que repartían golpes entre sí que, por favor, tuvieran cuidado. Y estos obedecieron. Todo fue tan maravilloso que hasta uno de los que gozaba de esa forma de baile le indicó a otro de los que también repartía empujones que lo hiciese con los puños hacia abajo para no lastimar tanto. El par de varones acabó abrazado entre sí al ritmo de “Eéa, Desorden’ta en la calle”.

Foto: El Pitazo

No había terminado de enternecerme cuando, en el medio del pogo, vi a un muchacho con el cabello más nutrido que su cuerpo darle golpes y patadas a quienes bailaban junto a él. Su cara de maníaco alegre iba en consonancia con una fuerza y energía que nada tenía que ver con su aspecto de modista, justo entonces dije en mi mente: “¿¡Pero este no es tecladista de la banda que se montó hace horas!?”.

Desorden Público tiene 30 años cantando las mismas canciones. El país se lo puso demasiado fácil. El espíritu crítico de sus letras, que calzaban con la Venezuela de los 80 y los 90, no solo sigue pareciendo oportuno en el 2018, sino que a veces da la sensación de que la realidad supera sus metáforas. Si Caracas era un Valle de balas en 1997, ¿ahora qué es?

Horacio Blanco, el vocalista, aprovechó para decir que Políticos paralíticos hoy tiene más sentido que antes; entonces, el bajista Caplís hilvanó una serie de insultos contra el régimen y desató una furia de aplausos solo similar al orgasmo: el desahogo estaba casi completo. Acaso faltaba el cigarrillo después del coito: Horacio Blanco instándonos a enarbolar nuestro dedo medio lo más alto que pudiéramos, como un mensaje claro al tirano.

La victoria de los que queremos construir un mejor país fue que el desahogo no devino violencia. Todo se sublimó en las pasiones musicales. Entonces recordé para qué sirve el arte.

El domingo, había más gente que el viernes pero menos que el sábado. E igual se veía a los músicos que se presentaron los días anteriores gozando entre el público. Era el caso de Jhoabeat y Giselle Brito –quienes presentaron una de las propuestas musicales más llamativas del Paix Fest, en la que todo giró alrededor del beatbox– que tomados de la mano bailaban salsa como si estuvieses en un festival del colegio, esto una hora antes de que A lo Flamenko pusiera en trance al público, como aperitivo al retorno de Aditus a Caracas.

Si que Desorden Público cumpliera 33 años era digno de resaltar, los 43 años de Aditus lucían como una proeza. ¿Cuántas Venezuelas distintas ha vivido esta banda? El arte es capaz de trascender el tiempo, pero los humanos no. El rostros envejecido de algunos integrantes quitó el velo que cubría la nostalgia de esas señoras de piel arrugada que llevaban años diciendo que hay algo eléctrico entre tú y yo. Pero lo más llamativo fue la emoción con la que un grupo de adolescentes pedían, clamaban –fastidiaban– para que les tocaran Victoria. Y justo eso cantaron cuando sonó su canción favorita, como una muestra de que la buena música es atemporal.

Por un fin de semana, todo giró en mi vida en torno al festival. Lejos de sentirme culpable por lo que para algunos podría ser considerado una evasión, festejé respirar tanta alegría y civismo. Aditus se despidió cantando que “no podrán apagarnos, Venezuela”. Y yo pensé que algo deben de saber sobre la perseverancia y mantener las velas encendidas, aún en las peores ventiscas, unos tipos que llevan 43 años cantando sus hits.

 

Por Lizandro Samuel |  @LizandroSamuel 

Cuando la sociedad civil se impuso al poder

A principios de agosto de 2018, los caraqueños observaron detrás del obelisco de la Plaza Francia de Altamira, en el extremo que está en dirección a la avenida San Juan Bosco, unas estructuras metálicas y un anuncio blanco con rojo en el que se leía: “Páramo Café. Próximamente”. Todo ocurrió tan rápido que la asociación de vecinos más cercana a la plaza, Arpan, manifestó que no sabía nada. Se le había informado días atrás de un proyecto pero sin ofrecerle detalles: sin fechas específicas, nada. A los pocos días visualizaron que había un local en construcción en la plaza.

El Instituto de Patrimonio Cultural de Venezuela (IPC) declaró la Plaza Francia de Altamira, ubicada en el municipio Chacao, como patrimonio cultural en el 2005. Esto conlleva a que, para la realización de cualquier evento en el espacio o levantamiento de un local, se debe respetar las ordenanzas municipales de uso de parques y espacios públicos, y las ordenanzas que invitan a la conservación del patrimonio cultural. Es decir, se necesita el aval de los vecinos, del concejo municipal y del IPC. Nada de esto se tuvo en cuenta al momento del montaje del kiosco de Páramo Café.

“Nosotros nos enteramos cuando ya era público. Cuando el comercio ya estaba ahí. Nunca vimos el proyecto completo. Le pregunté a las asociaciones de vecinos y ellos tampoco estaban en conocimiento”, dice el presidente del concejo municipal de Chacao, Daniel Godoy.

Como autoridad legislativa del municipio, explica que todo tipo de proyecto debe ser presentado ante el concejo con una planificación clara y específica. “Tenemos que saber bajo qué requisitos se realizan las alianzas, realmente hasta dónde la empresa va a ayudar con el mantenimiento de la plaza, por cuánto tiempo. Se debe justificar desde lo más mínimo; por ejemplo, se va a cambiar la bandera en un mes, se van a conseguir nuevos bombillos, se van a sembrar unas flores. Todo”, agrega.

El alcalde del municipio Chacao, Gustavo Duque, declaró por sus cuentas de redes sociales que la alianza con Páramo Café consistía, principalmente, en que la empresa se encargaría del mantenimiento de la plaza. Luego, anunció la rescisión del acuerdo debido a que el comercio quería evitar polémicas mediáticas e invitó a la reflexión al “pequeño grupo de vecinos que se manifestó de manera agresiva”. Se refería con esto, al parecer, a los chacaoenses que escribieron en sus redes sociales que estaban indignados por la construcción e invitaron a protestar pacíficamente frente al tarantín.

Foto: Globovisión

“Chacao era el municipio per cápita más rico de Venezuela y la crisis pues nos ha afectado bastante. Pero eso no significa que dejaremos de cumplir con los procesos legales y las ordenanzas que guían la conducta de los comerciantes y vecinos que hacemos vida en este municipio.  Chacao es un municipio liberal que siempre ha creído en las alianzas con las empresas privadas, pero la justificación para otorgar la permisología (sic) de un negocio va más allá de que nos digan ‘vamos a regar la grama’. Hay razones por las que a uno se les dice que sí y a otros que no. Entonces, por qué permitir esta instalación si no se habían cumplido los requisitos”, cuestiona Godoy.

Así no lo observa Duque, quien expresó, para Revista Ojo, que este tipo de permisos para “kioscos móviles” se otorga directamente desde el despacho del alcalde en conjunto con la ingeniería municipal y algunos vecinos, ya que lo que se necesita es un “permiso provisional” y, por ende, no se requiere la aprobación de la cámara municipal.

Por su parte, las asociaciones de vecinos Arpan y Aruaca manifestaron que no habían aprobado el proyecto. Así mismo, comentaron que en 24 horas recolectaron las firmas de más de 500 vecinos en desacuerdo con la instalación del local y que el aspecto del kiosco no parecía móvil como puede serlo el de, por ejemplo, un perro calentero.

Luego de la evaluación de cuatro empresas cafetaleras, Duque asevera que Páramo Café era la única con capacidad monetaria para pagar los cuatro años consecutivos de mantenimiento de la plaza. Explicó que el país cada día está más dolarizado y solo un bombillo de la Plaza Francia puede costar entre 25 y 30 dólares. Igualmente, recordó que luego de las protestas opositoras de 2017, el espacio quedó deteriorado y dicha recuperación se ubicó en más de 40 mil dólares.

El problema no es Páramo Café

Se ha especulado con que Páramo Café podría tener algunos vínculos con el Gobierno, debido a los lugares que selecciona la empresa para la instalación de sus locales, ya que los mismos son pertenecientes al Estado: el teleférico de Mérida, en donde es el único comercio abierto; en el hotel Humboldt; en el aeropuerto Maiquetía. No obstante, también tiene sus locales en centros comerciales como el Tolón, ubicado en Las Mercedes; y en la avenida Francisco de Miranda, en el municipio Chacao. Más allá de esto, los vecinos no se atreven a caer en especulaciones. Son otras las razones, dicen, por las que expresaron su disgusto y exigieron procedimientos transparentes.

“A nosotros no nos incumbe la procedencia del dinero de los negocios que se instalen en Chacao. Eso no nos corresponde a nosotros, le corresponde a la alcaldía. La realidad es que la alteración de los vecinos no fue porque era Páramo Café, ya que preferimos mantenernos en el terreno de la certeza, y no guiarnos de la opinión pública. Es la alcaldía la que se debe cuidar y estar atenta a que las inversiones provengan de gente con buena reputación”, dice Gustavo Torres, vecino del lugar y miembro del consejo comunal Norce.

Para Melin Nava, profesora de Facultad de Arquitectura y Urbanismo, en el área de gestión y rehabilitación del patrimonio cultural, y, además, vecina del municipio desde hace casi 20 años, las irregularidades se han presentado a lo largo de los últimos meses. Según ella, son varios los grupos de accionistas de “procedencia dudosa” que están invirtiendo en el municipio Chacao. Resalta, entre ellos, al Grupo Wolf, que recientemente compró el edificio Atlantic e hizo unas construcciones prohibidas en su último piso.

Foto: Construido en Caracas

“Hay varios elementos dudosos. Primero, esta empresa compra uno de los edificios más relevantes del municipio. Luego, se le otorga un permiso sin consultar a los de Páramo Café, que además son conocidos del Grupo Wolf. Yo creo que se debe hacer una investigación minuciosa. La realidad es que el alcalde no le pasó el convenio a nadie y a nosotros no nos interesa si es Páramo Café o Movistar o McDonalds. Nos interesa la transparencia. Además, Chacao siempre ha sido incluyente con sus propios comerciantes. Por qué no se buscaron otros métodos, un concurso abierto. En fin, son tantas cosas. Y, en lo particular, sí me hace dudar. Porque para cualquier negociante es muy difícil costear un espacio en el Humboldt o en el teleférico de Mérida, y esta cadena en tan poco tiempo ha logrado tanto. Repito, nosotros simplemente queremos transparencia”, asevera.

Claudio Gamboa es ingeniero. Entre sus labores se encuentra el asesoramiento en temas de ingeniería y arquitectura al Grupo Wolf y al grupo que lleva la marca de Páramo Café, del que no quiso facilitar un contacto, ni revelar los nombres de los dueños; solo comentó que son alrededor de veinte socios que representan varias marcas.

“El grupo está obstinado. Dicen que los ciudadanos en vez de aportar, solo critican. Ellos querían atender la necesidad de los usuarios que utilizan ese espacio de la plaza. Capaz detrás del obelisco no era el lugar adecuado; pero no por ello es que es incorrecto que se instale un comercio de café”, opinó.

Apunta que Páramo Café es una marca que comenzó hace cinco años y sigue en desarrollo mediante un “trabajo de hormiguita”. Además, dice que son muy pocos los empresarios que están haciendo nuevos proyectos y Páramo Café está aprovechado oportunidades que otros no.

“Si los analizas, Páramo Café es una marca que está posicionando el café venezolano. Como un Starbucks en Estados Unidos. Ellos invirtieron en una hacienda cafetalera que estaba expropiada y a partir de allí comenzaron con el negocio. Hay varias marcas que han surgido por la crisis. En todo tipo de negocios. Desde productos de limpieza hasta comercios como Balú, que trae ropa de Zara y Bershka. Antes estaban presentes muchas más cadenas de comercios internacionales, ahora observamos marcas nacionales. Es muy poca la importación y eso ha beneficiado a algunos en la producción nacional”, agrega.

Municipio protegido

La profesora Nava explica que la instalación, más que una solución, se convertiría en un problema, ya que el local se estaba construyendo dentro de las jardineras originales de la plaza, deteriorando los brocales de piedra. “Eso es un abuso de uso del espacio. Además, entorpece la condición integral de la plaza como patrimonio”, asevera.

Foto: Jesús Medina Ezaine

Tanto Navas, como Godoy y Torres rechazan las acusaciones del alcalde en las que los tildó de vecinos agresivos. Todos manifiestan que lo que más les interesa es la preservación de sus espacios y la transparencia en el municipio. No comprenden el trato despectivo hacia ellos.

Cada vecino de Chacao identifica la Plaza Altamira con alguna época o costumbre específica. Ya sea una celebración de fin de año, alguna marcha opositora, un concierto o feria del libro. Por ende, defienden su territorio. Todos coinciden en que Caracas es una ciudad maltratada, mientras que Altamira busca la modernidad y el auge bajo los principios correspondientes.

“La Plaza Francia es un espacio simbólicamente muy significativo. ¿Cuál es el mensaje desde el punto de vista simbólico? ¿Quieren colonizar? El vecino de Chacao es muy sensibilizado a proteger sus iconos, su patrimonio cultural. Estamos cansados de las situaciones de atropello que desean eliminar nuestros recuerdos. Nuestra memoria. Este mensaje deben comprenderlo tanto funcionarios públicos como empresarios ambiciosos que buscan ganar dinero a costilla de deteriorar nuestra calidad de vida”, opina Nava.

La aspiración de ella, como muchos de su junta vecinal, es la activación de un plan de desarrollo urbano local que reduzca los niveles de discrecionalidades por parte de las autoridades locales al momento de tomar decisiones.

“Hubiésemos reaccionado así sea cual sea el local. Nos quieren despojar de nuestra memoria cultural agrediendo el patrimonio material y como vecinos no lo permitiremos”, sostuvo Navas.

 

Por Claudia Smolansky@clausmolansky 

#DomingosDeFiccón: El país de las luciérnagas

—El país de las luciérnagas –digo.

Extiendo la mirada ante la imagen silenciosa que tenemos al frente: las luces nocturnas de Caracas. Estamos sentados en el jardín de su casa, sobre un césped verde que desciende hasta un borde invisible y se pierde en uno de los precipicios traseros de algunas casas de la zona de Alto Prado. Imagino la sonrisa leve de Simón al escucharme, pero él se mantiene mudo. Luego miro por encima de mi hombro izquierdo, hacia la casa también callada detrás de nosotros. Amelia había dicho que quería ir al baño y, como si hubiesen estado de común acuerdo, el barman se levantó para acompañarla después de que Simón les ofreciera algunas indicaciones. Poco después, José Gregorio quiso saber dónde podía enchufar un cable para recargar la batería de su teléfono móvil, y Wilfredo mencionó un acoplador que había visto en la cocina, cuando buscaba más hielo. Los dos se alejaron hacia la casa con voces amortiguadas por las risas. Yo también sonrío sin decir nada y devuelvo la mirada hacia una ciudad adormecida.

—¿Te provoca otro trago? –dice Simón.

Lo veo. Me resulta un tanto increíble que esté allí con él. Hay una historia enrevesada que desconoce. Simón y yo habíamos estudiado en el mismo liceo hacía casi diez años. Lo que él ignora es que en esa época me sentí muy atraído por él, por su aspecto físico, porque se asemejaba bastante al muchacho con el que yo comenzara a salir durante mi adolescencia, mi primer amor juvenil. El parecido entre ellos era sorprendente. No se trataba de que parecieran gemelos, sino de algo elusivo en la actitud rebelde que desplegaban, los rasgos faciales, sus gustos musicales, la forma del cabello, el tono de sus voces. Eso lo recupero al escucharlo ofreciéndome otro trago. Me siento dubitativo.

—No lo sé –digo–. Creo que ya bebí suficiente.

Escucho la inspiración profunda que hace Simón. Luego dice:

—Otro trago y ya. Yo voy a servirme más vodka.

No puedo evitar una sonrisa. Su voz me hace sentir relajado.

—Está bien.

Agradezco en silencio que Simón se muestre tan comprensivo con las escapadas de mis amigos. Nos conocíamos de antes, por supuesto, pero que prestara su casa para la concreción de sus aventuras superaba mis expectativas. Amelia había estado flirteando con el barman durante gran parte de la noche, en la discoteca donde tropezáramos con José Gregorio y sus compañeros de la universidad. Y poco antes de que cerraran el local, ella logró salirse con la suya al invitar al barman a beber algo más en otra parte. Allí mismo, más temprano, José Gregorio había triunfado en convencer a uno de los muchachos que estudiaban con él para alargar la madrugada en otro lado. Por supuesto, mi amigo sospechaba de la oculta homosexualidad de su compañero de estudios y todo indicaba que no se había equivocado al respecto. Simón me entrega un vaso que se siente frío entre mis dedos. Mi pensamiento sigue concentrado en Amelia.

—Es el barman quien debería ocuparse de estos tragos –digo.

Simón ríe.

—¿Cómo se llama el barman?

Lo miro y alzo las cejas.

—Pues… –digo–. ¿Puedes creer que no lo sé? El barman, será.

Esta vez reímos los dos.

—Me da mucha pena contigo –digo–. No sé qué estarás pensando de mis amigos, pero no suelen ser siempre así. Gracias por ser tan comprensivo. De verdad.

Me agrada la sonrisa de Simón. Hay un vestigio difuso de nuestra época juvenil entre sus labios. Pero él siempre ha sido un tipo comprensivo. Inteligente y comprensivo. Muy mujeriego mientras estuvimos en el liceo, con varias novias al mismo tiempo. Una sonrisa siempre ante cada conflicto. Nunca un comentario desagradable para juzgar a los demás. Parece ser el mismo Simón de antes. Pienso que resultó agradable encontrarnos con él en la arepera donde nos habíamos parado para comprar cigarrillos al salir de la discoteca. Nos saludamos con afecto y casi de inmediato nos invitó a seguir la fiesta en su casa. Confieso que dudé ante lo que parecía una imposición, pero Amelia me lanzó una mirada penetrante para que aceptara sin quejarme. Y allí estábamos, en el jardín posterior de su casa, con una botella de vodka menos, media caja de cigarrillos fumados y mis amigos perdidos en la penumbra de la casa. Me fijo en las luces nocturnas de Caracas que titilan como un telón de fondo.

—Gracias –digo.

Simón me mira y sonríe de nuevo.

—¿Por qué?

—Porque sí –digo antes de bajar la vista hasta el vaso lleno–. Por ser tan comprensivo.

—No, vale; no tienes nada que agradecerme. Tus amigos se ven buena nota, y parecía que estaban pasando un momento bien de pinga. ¿Quién soy yo para interrumpirlos? Era más que evidente que ya estaban emparejados y querían seguir la rumba. Además, no quería que te sintieras incómodo con ellos. Al final, ibas a terminar de lamparita. Y no tenía sueño.

—¿Y ahora sí?

—No, tampoco; prefiero estar aquí, hablando contigo. Es raro encontrarse con un pana del liceo estando tan lejos. Qué nota, ¿no?

—Sí. Te confieso que lo último que podía esperar era encontrarme contigo en la arepera.

—Y ya ves: las sorpresas del destino.

Bebo un sorbo de vodka.

—Bueno, en todo caso: gracias, Simón.

Hay una pausa que se alarga entre nosotros, pero no me inquieta. Las luces a lo lejos, el ruido de los insectos nocturnos, el sabor del vodka frío, los viejos sillones de mimbre, el recuerdo de nuestra época estudiantil, el eco de un primer amor ya adormecido por la distancia y el tiempo. Todo es casi perfecto. Uno de esos momentos que uno querría que durara para siempre. Intento asirlo con una respiración profunda, porque intuyo que en cualquier momento pueden reaparecer mis amigos con sus sonrisas torcidas y satisfechas y el olor agrio de un sexo apresurado. Simón me interrumpe:

—¿Te puedo hacer una pregunta personal?

—Sí, claro.

Él bebe un sorbo de su vodka antes de seguir. Mira las luces más allá del jardín.

—Cuando los invité a venir para acá… ¿Tú pensaste que tal vez…? Digo, nosotros… Que tú y yo, de repente también…

—No te entiendo –digo, pero es una mentira que suelto sin pensar.

—Bueno… No sé… Que si pensaste que nosotros también estaríamos juntos.

—Ah, no… –vuelvo a mentir–. No lo pensé. Yo te respeto mucho para pensar en eso, Simón. Nosotros somos amigos. Además, yo sé que a ti no te gustan los hombres. Estoy claro con eso. Si acepté fue por ellos —hice un gesto con la barbilla hacia la casa—, por ser solidario… o pendejo, como te parezca mejor.

Me llevo el vaso a los labios porque necesito una dosis fuerte de vodka. Simón sigue con la vista fija en el país de las luciérnagas.

—Además –sigo–, me siento demasiado bien aquí afuera. Lo disfruto mejor, ¿sabes? La noche, el silencio, las luces, el sabor del vodka, tu compañía; pero no tengo segundas intenciones contigo.

Bebo otro trago de vodka porque me siento envalentonado.

—No me creas tan básico, Simón –digo–. Pensé que me conocías mejor. Sé bien tu debilidad por las vaginas…

Pero me quedo callado debido al peso de su mirada. La ciudad queda muy lejos.

—Yo también pensé –dice en voz baja– que me conocías mejor. A mí no me importaría, ¿sabes? Es algo que igual quedaría entre nosotros. Me siento bien contigo. De verdad, no tendría problema en hacerlo si tú quieres.

Los hielos tintinean cuando inclino el vaso para beber lo que queda de vodka. Paso la lengua por mis labios y aparto los ojos de su ofrecimiento. La visión periférica me permite ver su mano extendida. Respiro profundo. Ya no queda más vodka en el vaso. Giro la cabeza hacia él y bajo la mirada hacia sus dedos. Con un gesto tímido coloco mi mano sobre la suya. Simón aprieta los dedos.

—Me voy a copiar de ti –dice–. Yo tampoco soy tan básico, ¿sabes?

Me gusta la textura de su mano.

—El sexo –sigue– es mucho más que los genitales. Yo creo que tiene que ver con la piel, con la carne, con los aromas, el sabor de una respuesta. Hay mucho más que no sabemos.

En ese momento hubiese querido tener el vaso medio lleno. Beber algo.

—Yo nunca he estado con otro hombre. Tú sabes cómo soy con las mujeres. Pero tú eres diferente. No eres como los demás. Tienes algo distinto. Eres espectacular, ¿sabes? Eres un tipo muy atractivo. De verdad que no me importaría probarlo contigo, si quieres. Dicen que siempre hay una primera vez.

Me mantengo callado. Agradezco mucho su ofrecimiento, su permeabilidad, su disposición, la torpe oferta que me brinda; pero, no. Aunque por un breve instante sopeso lo que tengo al alcance de la mano, prefiero declinar la ventaja que me regala con los ojos abiertos. Significa tal vez complicar nuestra amistad, lo bien que nos hemos llevado desde que nos conocemos. Pero creo que ambos intuíamos la curiosidad, las ganas de explorar, de experimentar con otro cuerpo, el deseo de abrir una puerta cerrada hasta entonces; no obstante, por extraño que suene, me mantengo sensato. Escojo las mejores y más diplomáticas palabras para hacérselo saber; tampoco quiero herir su orgullo varonil. Simón se ha permitido mostrarse vulnerable conmigo, asequible. Otro en mi lugar quizás habría aprovechado la oportunidad, pero como bien lo ha expresado ya: no soy como los otros. Lo curioso es que al decirle que no, de una forma particular, me parece que termino ganándome parte de su respeto por ello.

—No –dice–, no te preocupes. Estamos bien. Sólo quería comentártelo. Que lo supieras.

Es la primera vez que levanto la vista hacia él desde que dejara de hablar. Dice:

—¿Sabes otra cosa? Ahora creo que te admiro más.

Aprieta mis dedos antes de soltarme la mano.

—Creo que ahora sí me provoca otro trago –digo.

—A mí también.

Ambos sonreímos e intercambiamos una mirada antes de que escuchemos la voz de Amelia, desde la casa:

—Chicos, ¿ustedes tienen hielo allá?

 

Por Luis Guillermo Franquiz

Señora Burundanga

La muchacha se llama Marlene y va al banco a abrir una cuenta para su papá. Son seis mil bolívares y poca malicia. Se acerca una señora. Era morena, de unos 50 años, con un hueco entre los dos dientes de arriba. Tenía ojeras y el pelo oxigenado (lo recuerdo todo y no sé nada. ¿Por qué lo recuerdo todo y no sé nada?). Me toca en el brazo y me pregunta por las planillas de depósito. Cinco minutos, avanzan los números y me siento en una de las sillas. La misma señora: ¿puedo sentarme aquí?, y ahora yo converso con ella.

Los modus operandi del delito han mejorado mucho desde los encapuchados primitivos, desde los paquetes chilenos, desde el tírese todo el mundo al piso. Ya no nos dicen “esto es un atraco”. Ya no nos anuncian. Todo accionar es delincuencia. Todo acercamiento parece agresión.

Tú debes tener unos 20 años, más o menos. Yo conozco a tu mamá, tan bella, ella se llama Rosa, ¿verdad? No, señora, se llama Gloria. Ay claro, ella es profesora. Yo trabajé con ella muchos años. Ella me ayudó mucho cuando yo estaba necesitada. Gloria… ¿Y cómo es que se llamaba usted, señora? […] Pero la mujer me responde que quisiera ver a mi mamá otra vez, que le dé el teléfono y la dirección para visitarla y yo se los doy porque Marlene ya no es Marlene, sino una clienta obediente. Una víctima muy discreta que no se niega.

La hora avanza y el efecto tiene su tiempo preciso.

Suena un ringtone de Ana Gabriel. Es la tercera vez en diez minutos que la señora interrumpe la conversación para hablar por teléfono. Dice sí, aquí está, aquí la tengo en voz baja. Marlene la escucha, la mira, pero solo sabe decir sí y estarse quieta. En los bancos no se permiten celulares ni gorras ni lentes oscuros, pero ante el hacinamiento no hay armas ni voluntad. Mucho dinero sí, y peligro y carteras abiertas y buenas señoras.

Mira, ¿no te gustaría trabajar?, le pregunta la mujer al colgar la llamada. Quiero ayudarte. Tienes cara de ser una muchacha muy responsable y quiero devolverle los favores a tu mamá. Es un trabajo de secretaria en el consultorio del Dr. González, en la Clínica R., medio día y sueldo mínimo con cesta tickets, ¿te interesa? Yo asiento, yo acepto. Pero hay que estar antes de las tres para que te hagan la entrevista. ¿Te parece? Bueno vámonos. Vámonos rápido.

La Clínica R. queda en el centro de la ciudad. Será un camino largo, 45 minutos exactos. Los números avanzan, el tiempo corre y el torrente sanguíneo es implacable. Vamos a montarnos en el autobús: ven, yo te ayudo.

Mientras tanto hablábamos de cualquier cosa. Estaba muerta de sed. Me daba de beber de un termito de agua. El teléfono volvió a sonar: sí, aquí la llevo, ya vamos para allá, que voy con ella, dame 15 minutos, chico, que sí, coño. A ratos me sobaba el antebrazo, me ponía la mano en la pierna, me sacaba sonrisas, datos, cuentos, nombres, cuentas.

La burundanga es un mito urbano. Los testimonios no existen. Las mujeres ultrajadas dicen mentiras y el contagio por vía dérmica es una elucubración de los periódicos. Una amiga amanece eyaculada por cinco hombres en una piscina. El amigo de un amigo aparece vomitado en la Zona Industrial I sin pantalón y sin zapatos. La burundanga es un cuento, ¿es que no entiendes?

Llegamos finalmente a la clínica. Siéntate aquí que voy a anunciarte. Dame tu cartera para anotarte en la recepción. Rapidito, niña, que no hay tiempo. Pasaron 10 minutos o media hora o 45 minutos exactos. La señora no volvía. Empecé a toser desaforadamente. Me levanté. Sentí ganas de vomitar y un mareo negro. Un ardor me quemó la garganta. Caí de boca en el suelo.

¡Muchacha, bebe agua, estás como muerta!… Marlene despierta en la sala de espera de un consultorio entre los brazos de dos secretarias y una señora de limpieza que le echa aire. ¿Este es el consultorio del Dr. González?, no aquí no hay ningún Dr. González, tranquilízate, y dónde está mi cartera y la señora que venía conmigo, cuál señora, ¿no la vieron? Tú viniste sola. Y una secretaria que le dice a la otra: chama, esta mañana le pasó lo mismo a una muchacha aquí. Esto está feo.

Lo recuerdo todo pero no sé nada. El torrente sanguíneo es implacable. El efecto tiene su ritmo preciso. La muchacha de la mañana no soy yo. Marlene no es Marlene. Es una víctima obediente. Es la victima de la tarde.  Esto no es un retrato hablado, es la verdad.

Por ahí anda la señora colega de una profesora, amiga de tu mamá, que le devuelve favores a Rosa y te ofrece visita. Así va transcurriendo el lunes a viernes de las víctimas, la de la mañana y la de la tarde, el consultorio del Dr. González, las dos horas del efecto, la clínica por si les da un ataque, la coartada perfecta.

Y detrás la ciudad que nos engaña. La creatividad para agredir al otro, la invención de mejores crímenes, las jornadas laborales de la delincuencia, el delito que va mejorando sus métodos.

Esto no es un invento, parece una alerta.

 

Por Zakarías Zafra@zakariaszafra

Cuando el Chuky móvil desapareció

“Buenas tardes. A nuestro amigo y miembro de nuestra comunidad cinematográfica Alejandro Rodríguez, Chuky, le acaban de robar su bus carroceria andina plateada y roja. Agradecemos cualquier información y corran la voz, por favor”.

Así escriben en el grupo de WhatsApp ZonaCineCcs, el sábado 18 de agosto de 2018, a las tres de la tarde. El chofer de los artistas –quien es más famoso para las celebridades, que las celebridades para él– ha perdido su Ford Andina del 83. Esa misma que trasladó al equipo técnico y actores de los largometrajes de Diego Rísquez y que en los noventa llevó a Carlos Oteyza hasta la Gran Sabana para filmar Roraima.

“Qué cagada”, “Nooooo, qué mala noticia”, “Coño, el Chuky móvil. Qué ladilla. ¿Hasta cuando las ratas apoderadas del país?”, responden varios por WhatsApp.

Así como a Chuky se le dificulta recordar a Oteyza o a “ese que se murió hace poco”, se le olvidó, también, cerrar el carro y guardar las llaves en su bolsillo.

O no, no es que se le olvidan las cosas, solo que no percibe el peligro en la segunda capital más violenta del mundo, así como tampoco le interesa si trabaja con un director de cine, un barrendero o  un mesonero. Los apellidos no son importantes para él. Cualquier trabajo es respetable. A todos los trata por igual.

O todo le da igual, que no es lo mismo aunque parezca.

Mientras conversaba con un grupo de mesoneros –los de oficio, no la banda musical–  en La Campiña, las llaves reposaban sobre el volante de su camioneta. Debe haber pocas cosas tan raras en Caracas como esa escena: un vehículo, solo –sin el dueño–, con las llaves perfectamente colocadas sobre el volante, como diciendo: róbame.

Chuky salió de la agencia de festejo y lo que hubiese resultado obvio para cualquier caraqueño, para él devino “sorpresa”: el carro no estaba.

“Ya la policía de tránsito está al tanto con el comisionado Mujica, jefe de operaciones. Necesitamos fotos de la camioneta. Llamé a Laura, la chica que está viviendo en su casa pero no me respondió. ¿Carlitos está en Venezuela?”, pregunta un integrante de ZonaCineCCS.

“Yo no estoy en Venezuela, estoy en la luna tratando de entender lo del bolívar soberano”, dice no un Carlitos lunático, sino un Carlitos venezolano. “Yo tengo muchas imágenes. Fotos del casting. Ya las envío”, comenta una joven del grupo.

No basta con el comisionado Mujica. Los cineastas venezolanos quieren participar en la misión del rescate del Chuky móvil, no solo porque lo utilizan para las escenas de sus películas, sino por el aprecio que le tienen a Chuky. A ellos no les da igual.

Vestuaristas, sonidistas, scripts asumen un rol detectivesco en esta película que no es de ficción. Intentan indagar en detalles para tratar de ejercer la justicia que, lo más probable, ni la policía ni Chuky van a alcanzar. Concluyen que el hurto ocurrió a las 12:00 pm, en las afueras de Pdvsa, La Campiña; y la placa del vehículo es 01AB4BS.

Llego a Los Chorros el 27 de agosto de 2018 para también averiguar sobre el robo del Chuky móvil. El Centro de Arte Los Galpones está rodeado de cámaras, luces, maquillaje, sudor y comida. Allí me encuentro con Chuky.

“Tanto tiempo sin que nadie me entrevistara. ¿A ti te gusta tu trabajo?”, inicia Chuky el interrogatorio, o monólogo. Mientras saborea un café, y sin dejarme hablar, dice que a él su labor no le disgusta. Más que nada por el café y la comida del catering. También nombra a sus panas del equipo técnico: Carlos Merchán, Wllka –de quien no recuerda su apellido–  y un tal Cristóbal.

Cuando termina de comer y beber, me comenta que debíamos realizar la entrevista en otro lugar. En un espacio en el que realmente se sintiera cómodo y pudiera conversar tranquilo  –aunque no pareciera estresado mientras me lo plantea–, ya que pronto le va a pegar la hora del burro y puede que eche una “siestica”.

Aunque, por lo general, le es difícil dormir en los rodajes. En los minutos que estoy a su lado aparece cualquier persona a lanzarle preguntas: “Chuky, ¿me resolviste lo del taxi?”, “Chuky, ¿qué tal esa papa? ¿Estaba buena, no?”. Responde a todos que sí. No agrega más. No habla mucho, pero todos disfrutan conversar con él. Capaz por eso mismo: aunque saben que no es su psicólogo, en él encuentran a alguien que los va a escuchar.

Nos dirigimos a la calle, a las afueras de Los Galpones. Y entonces, para hablar cómodos y tranquilos, Chuky y yo nos sentamos en los asientos de su Ford Andina del 83. Esa que hace una semana los ladrones manejaron quién sabe hacia dónde. Esa misma que se aprecia en uno de los planos de La Familia, en donde Chuky aparece haciendo lo que hace todos los días de su vida: manejando su carro. Solo que a veces, lo actúa.

“¿Qué quieres que te diga? Para mí fue un autorobo”, expresa recostado del asiento del copiloto.

Pienso: “¿Autorobo?”.

Le pregunto a Chuky y me explica, trata de que yo entienda, que fue su culpa, su responsabilidad. Y por eso, como quien expía su culpa, está dispuesto a terminar de pagar el rescate. Aunque ya tenga su camioneta y nadie lo esté presionando para que pague.

Ya va: ¿ah?

La cosa es así: el rescate de la camioneta fue cotizado por el hampa en 300 dólares –monto que a Chuky no le parece “tan” descabellado, considerando que las cosas en Venezuela están muy caras– y él pudo pagar solo la mitad.

“¿Chuky, pero tú tienes ese dinero?”.

A Chuky, el dinero, como casi todo, no le parece relevante. Le molesta que por culpa de la inflación en el país ya no puede tomarse sus cervecitas todos los días. Cuando trabaja en las películas, no fija presupuesto, solo pregunta a producción: “¿Cuánto tienen? ¿Cuánto me podrían pagar, pues?”.

Aunque, por lanzarme cualquier cifra, aproxima que un día de transporte para 24 personas en su camioneta tiene un costo de 30 millones de los viejos, 300 de los soberanos; es decir, ni un dólar. Está considerando incrementar esa tarifa. No sabe a cuánto. Pero los cálculos no le dan al momento de mantener su carro. Y eso que él mismo se ocupa del cuidado: no cree en los mecánicos y mucho menos en talleres. Nadie conoce ese carro tan bien como él. Ni el equipo técnico o actores de Rctv que viajaron por más de 20 años en el Chuky móvil y quién sabe cuántas intimidades pudieron descubrir en esos asientos.

“Queridos compañeros: como muchos saben, ya Chuky recuperó su bus. Tuvo que pagar 300 verdes que aún debe. Les escribo para el que pueda y desee colaborar con el resto del rescate. Falta la mitad. Me dijo que en una semana y dos días debe volver a pagar.  Así sea muy poquito lo que colaboremos, para él será inmenso. Solo por esta iniciativa ya se encuentra súper agradecido. Ojalá podamos ayudarlo. A continuación pongo los datos de su cuenta”, reaparece el caso del Chuky móvil en el grupo de ZonaCineCcs.

Es primera vez, en 35 años, que Chuky debe mediar con delincuentes. Aunque realmente no fue él quien lo hizo. No supo qué hacer cuando volteó su cabeza y observó que su camioneta no estaba. Al fin y al cabo ese es el único soporte económico para su casa y para su esposa de hace más de 40 años, Doris de Rodríguez.

Le dejó la responsabilidad de negociar a su yerno, quien visualizó la camioneta por los Valles del Tuy y logró contactar a los ladrones. Le entregó el dinero y a las pocas horas recuperó su camioneta. Se sorprendió cuando observó que lo único que le habían robado era la batería del carro. Los cauchos estaban intactos, al igual que los cachivaches que guarda en la maleta. Hasta aceite y refrigerante tenía. El motor, como nuevo. Como si nada hubiese pasado. Chuky estaba dispuesto a encenderlo y regresar a su rutina de trabajo.

“Yo creo que esto fue como un alquiler. Capaz ellos necesitaban el carro. Bueno, capaz eso cuesta 300 dólares. Yo solo sé que no quiero correr el riesgo”, declara Chuky mientras acaricia los asientos del vehículo.

Cuentas claras conservan amistades. Pero, en Venezuela, cuentas claras pueden conservarte la vida. Nunca conoció a los ladrones. Tampoco los encontraron los del Cicpc.

“No sé, pero yo creo que fue el mismo yerno el que se choreó ese carro”, se escucha detrás de cámaras mientras graban la película en la que Chuky está trabajando actualmente, y de la que, para variar, no recuerda el nombre. Cree que se llama Los Infieles. Lo que no cree es que su yerno le haya sido infiel. O capaz sí. Total, fue una especie de alquiler.

“Cédula: 9.131.963. Banco Caribe. Cuenta de Ahorro. 01140184891841029280. De antemano, muchas gracias. Este gesto y preocupación por nuestro compañero y amigo se les retornará con creces. ¡Seguro será así!”, dice una mujer en el grupo de WhatsApp.

“¿Pero qué es eso? ¿Rescate?  No se debe caer en ese tipo de chantaje”, replica otro.

“¿Usted conoce a Chuky?”, agrega uno más y culmina la conversación.

 

Por Claudia Smolansky | @clausmolansky 

¿Y si vuelve el tracaleo?

Suelo recordar aquél largo viaje que hice a Puerto Ordaz, por tierra, para ver a la Vinotinto. Al llegar al terminal, una palabra a la que estamos acostumbrados los venezolanos se impuso: colapso. No había pasaje de avión para Caracas hasta dentro de varias semanas. Los pasajes por tierra solo se vendían el mismo día y la ciudad acababa de recibir a varios miles de aficionados.

En medio del bululú, un tipo con los bíceps tan hinchados como la vena de su frente gritó: “¡Coño de la madre!, ¡todos te piden algo!, ¡todos quieren algo! ¡Que si dame tanto y te consigo esto! ¡Todos quieren plata, uno tiene que viajar con una maleta llena de dinero!”.

Los lentes negros del hombre acabaron en el piso, mientras sus brazos hacían gestos de niño harto que no se correspondían con su franela negra ajustada de mira qué bueno estoy. En el terminal no había pasajes, pero alguien –con supuestas influencias– ofrecía conseguirte un puesto en equis línea por tantos bolívares.

Me preguntan en Revista OJO si con el nuevo cono monetario, con el retorno del efectivo a las calles, se reactivará esa vieja costumbre criolla del tracaleo. Del no hay, no se puede, pero si me da algo para el cafecito yo le resuelvo. En un país en el que el trabajo más que una fuente de dignidad era considerado un trámite para el placer, martillar simplificaba el asunto y enaltecía la mentada viveza venezolana, esa que permite hacer de un negocio casi cualquier actividad. Si en las crisis hay unos que lloran y otros que venden pañuelos; en Venezuela, cuando hay efectivo hay unos que martillan, y cuando no hay aparecen otros que lo venden.

La escasez de billetes que nos ha golpeado en todo el 2018 generó una actividad que cuesta explicar a los panas extranjeros: la compra de efectivo. Así, un billete se vendía hasta un 300% más costoso que el monto que representaba. Y en un país en el que hay talleres mecánicos sin puntos de venta, en el que el precio de los alimentos varía según la forma de pago y los autobuseros no conocen las cuentas bancarias, tener ocupado el bolsillo con algo más que las tarjetas débito y de crédito es importante.

De esta forma, cierto alivio inundó a más de uno cuando los bancos empezaron a repartir el nuevo cono monetario. Aunque, ya se sabe, aquí las noticias duran minutos: dos semanas después, el monto de retiro diario permitido por cada entidad bancaria va en descenso. En cosa de días, son muchos los que necesitan más billetes que los que el banco les ofrece.

Por eso, cuando me preguntan en Revista OJO si va a volver el tracaleo, el dame tanto y te resuelvo, el billete como motor de calles en las que pulula la desidia, yo más bien me pregunto cuánto tiempo durará la fluida circulación de efectivo. Y, en un país con hiperinflación, por cuantas semanas (¿días?, ¿horas?) esos billetes tendrán algún valor significativo.

Sobre eso reflexionaba mientras iba en un taxi. El chofer me contaba que hace poco lo había detenido una patrulla por cometer una infracción que ni siquiera tenía muy claro cuál había sido. El taxista escuchó paciente al oficial y le dijo que okey, que le pusiera la multa.

—Bueno, ciudadano, pero si usted me colabora con algo entonces yo me olvido de la infracción.

—¿Con algo? No tengo nada, oficial. Por favor, póngame mi multa.

—¿Sabe qué pasa? Que me quedé sin hojas. Entonces no se la puedo poner.

—…

—¿Será que me llevo el carro detenido?

—¿Detenido? Usted no puede hacer eso.

—Por lo mismo. ¿Entonces por qué no me ayuda?

—Aquí tiene mi cartera oficial: yo ni efectivo tengo. Revise.

—Ah, por eso no se preocupe. Yo me monto aquí con usted, mi compañero se sube a la patrulla, y entre los dos lo guiamos a un abasto de unos amigos. Ellos nos prestan el punto: usted pasa la tarjeta y listo, ese dinero lo reclamamos nosotros después, ¿me entiende?

 

Por Mark Rhodes

Las imágenes y la masa: Los peligros del analfabetismo visual

Si hay algo que caracteriza al ser humano es su tendencia de innovar su estilo de vida, de una década a otra las costumbres cambian considerablemente. El individuo del siglo XX salía a la calle y se veía rodeado  de anuncios publicitarios, se sentaba a ver la tv a diario, y veía algunas fotografías al leer el periódico. Ocasionalmente iba al cine o a un museo. Y  antes, el contacto con lo visual era más limitado aun. En cambio, hoy en día el sujeto está expuesto a un conjunto de imágenes muchísimo más grande, unas en el espacio virtual, y otras en el físico. Vivimos inmersos en una época multimedia.

Desde los tiempos de las cavernas, el hombre ha tenido contacto con la creación visual, pero su relación con ella ha cambiado drásticamente con el pasar del tiempo, en especial en las últimas dos décadas. En el orden natural del mundo globalizado, las imágenes se han hecho omnipotentes, están en todos los lugares y a toda hora del día. Es el método postmoderno de relacionarse con el mundo. No es posible un cortejo sin mandar un emoticón con un beso a través de WhatsApp. Nadie imagina un negocio sin un buen trabajo de diseño gráfico que le sirva de publicidad. Es inconcebible un acontecimiento público sin una lluvia de memes que lo parodien.  Hoy, más que ser parte de nuestra vida diaria, se han convertido en  nuestra vida diaria.

Cuesta creerlo, pero el mundo en el que hoy vivimos parecía una fantasía hace un par de décadas. El internet ha hecho íntima la relación de las nuevas generaciones con el infinito de imágenes. Pero es una realidad mucho más compleja. Entender el fenómeno de la cultura visual de nuestros tiempos no implica únicamente  tener conciencia de su saturación, implica también preguntarse por el origen de estas, por las mentes detrás de ellas. Como ocurre con todos los períodos de cambios, nos toca ser críticos con la situación.

 Millones de imágenes, millones de creadores

El infinito de  imágenes que habita  el mundo digital se mantiene con vida gracias al consumo visual que realiza sociedad la global. Se hacen, se comparten, se masifican. El colectivo es tanto creador como consumidor. Internet es un medio democrático, cualquiera puede hacer una ilustración y subirla a la red. En la mayoría de las plataformas, no hay demasiadas reglas para eso.

Internet es una biblioteca infinita, un espacio donde lo maravilloso y lo nefasto tienen el mismo derecho de existencia, lo cual trae consigo tanto ventajas como  desventajas. En medio de ese fenómeno hay una realidad que no podemos ignorar: no todos poseen una cultura visual desarrollada, y una gigantesca parte del contenido de las plataformas de hoy en día lo demuestra.

Siendo un hombre un animal visual, que guía su  vida según el sentido de la vista, quizás para algunos suene incoherente hablar de una cultura visual. Pero no, los ojos pueden entrenarse. Es posible tener más conciencia sobre lo que perciben, de cómo lo perciben, además de mejorar su capacidad de interpretación. Adquirir esas destrezas requiere de una preparación, hecho del cual muchos no son conscientes. La lectura es vital en ese proceso.

Cada imagen tiene un conjunto de elementos que ordenados de una determinada manera expresan un significado. Hay temas que ameritan una base teórico para entenderlos en su totalidad. Composición, teoría cromática, iconografía, son aéreas necesarias para la comprensión del universo visual.  Quien dude de estas palabras debería responder las siguientes preguntas: ¿Qué significa el color amarillo? ¿Qué es un punto de fuga? ¿Por qué tantas representaciones utilizan la rosa?

Evidentemente, para poseer cierto  entendimiento del mundo visual no es necesario ser un erudito en semiótica o  historia del arte, pero hace falta un mínimo de preparación (evidentemente, mientras más se sepa, mejor). Hoy en día, cualquier usuario de internet goza de una libertad absoluta para subir imágenes, pese al analfabetismo visual imperante en estos tiempos. Pocos saben interpretarlas, pero todos las tienen presentes en sus vidas.

En el universo online conviven fotografías de la máxima calidad, como las que publica National Geographic, junto a algunas tragedias que pueden encontrarse en cualquier red social. Hoy, con una intensidad mucho mayor a otras épocas, volvemos a enfrentarnos al problema de las masas y las élites, como lo definió José Ortega y Gasset en su libro La Rebelión de las Masas.

La Rebelión de las Masas es un libro de título engañoso. Parece aludir a la idea de una insurrección popular contra una minoría opresora, pero no hay nada más lejos de la realidad. El conjunto de artículos del filósofo español refiere a una realidad que tomó lugar en el siglo XX gracias a los avances de la técnica y del pensamiento político. Tras el exponencial aumento de la población que vivieron las sociedades occidentales, la llegada de la democracia y de otras ideas surgidas tras la Ilustración –como por ejemplo, la de los derechos naturales-, por primera vez en toda la historia de la humanidad las mayorías empezaron a tomar las decisiones que antaño solo le correspondían a las minorías instruidas, generando una ola de caos.

Ortega y Gasset no se opone a los derechos individuales, ni promueve al sometiendo de las poblaciones por parte de pequeños grupos, se opone al estado degenerativo del sistema en el que las masas toman el control desenfrenado de todos los aspectos de la vida pública, generando la destrucción de las naciones. Ese fenómeno es lo que él denomina hiperdemocracia.

Según Ortega y Gasset, las élites no son pequeños grupos de personas adineradas, como podría pensarse, sino conjuntos de personas que se han exigido más a sí mismos para llegar a poseer una preparación superior a la media. No es un asunto de clases, estas se encuentran en todos y cada uno de los estratos de la sociedad. En cambio, las masas son esas mayorías que no tienden a formar un pensamiento propio, carentes de curiosidad, y que por lo general, tienden a refugiarse en los conjuntos para establecer una posición en el mundo. Muy a menudo, omiten opiniones sin conocer el tema, y fundamentan sus discursos basándose en falacias como “Todo el mundo dice eso, ¿cómo tú vas a negarlo?”.

La hiperdemocracia es un peligro total, les da a los idiotas la oportunidad de dirigir naciones, y muchas veces condena al silencio a las personas más preparadas, sobre todo cuando estas tienen opiniones impopulares. Los regímenes totalitarios del siglo XX –la Alemania nazi, la Unión Soviética, la Italia fascista, etc- impusieron sus tiranías mediante la manipulación de las mayorías, usando a los ciudadanos de sus naciones como borregos. Irónicamente, esa situación termina destruyendo la democracia.

La hiperdemocracia es enemiga del mérito. Por ejemplo, hace posible que personas que nunca han tocado la nieve se sientan con derecho a participar en unas Olimpiadas de Invierno y avergonzar a su país ante el resto del mundo. Muchas personalidades del mundo de la política, el espectáculo, del deporte, y de todos los demás ámbitos,  paden el síndrome del hombre-masa. Comentarios como “Ja, yo en mi vida no he leído ni un solo libro, y aun así pase bachiderato” se hacen comunes.  Reduce la calidad de todas las cosas de las que se apodera, incluyendo el mundo de las imágenes.

El analfabetismo visual

Todo el mundo sabe que el analfabetismo es un problema grave dentro de la sociedad, que condena a muchos a una vida de dificultades y limitaciones, y que es necesario buscar su erradicación. Pero casi nadie habla de otra situación que ha de ser superada cuanto antes: la falta de formación visual que se encuentra presente en una porción sumamente amplia de la población.

La falta de cultura visual degrada la sensibilidad. Ante una saturación de imágenes, la falta de criterio para distinguir la calidad de la mediocridad puede nublar el reconocimiento de cualidades en una determinada obra, dificultando el entendimiento de todas aquellas piezas que requieran de una mirada lúcida.

Muchos no lo saben, pero la hipermocracia hace que  personas que no poseen ningún conocimiento de fotografía se sientan profesionales por poseer una cámara réflex o semi-reflex, o inclusive, un teléfono que haga buenas tomas. En un mismo mercado, algunos individuos que hayan logrado hacer algunas capturas en modo automático tienen el mismo derecho de competir  con los que sí han hecho el esfuerzo por instruirse en esa disciplina. Malo para las imágenes, malo para muchos bolsillos.

Algo sumamente común, algo que hace que diseñadores y fotógrafos sientan ganas de asesinar, es escuchar el comentario “Lo siento, encontré a alguien que lo hace más barato”. Entonces, muchas personas que después de haber realizado un largo trayecto en el cual invirtieron sus ahorros en formación y equipo se enfrenten al dilema de si deben rebajar sus precios o no. Como se dijo antes, la hiperdemocracia está en contra del mérito. A diario se ven trabajos visuales de muy mala calidad ganar fama injustamente.  En su libro, José Ortega y Gasset dio una explicación muy pertinente para entender el fenómeno:

No se trata de que el hombre-masa sea tonto (…) tiene más capacidad intelectual que el de ninguna otra época. Pero esa capacidad no le sirve de nada; en rigor, la vaga sensación de poseerla le sirve solo para cerrarse más en sí y no usarla. De una vez para siempre consagra el sentido de los tópicos, prejuicios, cabos de ideas o, simplemente, vocablos huertos que el azar ha amontonado en su interior y, con una audacia que solo por la ingenuidad se explica, los impondrá donde quiera. Esto es lo que (…) enunciaba yo como característico de nuestra época: no que el vulgar crea que es sobresaliente y no vulgar, sino  proclame e imponga el derecho de la vulgaridad, o la vulgaridad como derecho” (Por qué las masas intervienen en todo y por qué solo intervienen  violentamente, Capítulo VIII)

Ser incapaz de interpretar el mundo visual pone en peligro muchos aspectos de la vida. Por un lado, el dinero de varias personas, pero hay muchas más consecuencias (más de los que se pueden mencionar aquí). Anteriormente, se llegó a mencionar que las hiperdemocracias degeneraron en los sistemas totalitarios que asolaron al mundo en el siglo XX. Hay que recalcar que esos gobiernos usaron la propaganda como soporte para manipular a las masas. Las imágenes acosadoras son innatas a esa clase de regímenes, que a falta de criterio de muchas personas, pueden ser usadas para realizar engaños a escalas nacionales.

Una buena publicidad puede vender un mal producto. Un diseñador malo puede venderse como uno bueno. Un gobierno dictatorial puede venderse como una democracia. Las imágenes pueden ser utilizadas para propagar mentiras. La saturación de ellas,  acompañada de un analfabetismo visual masivo, son dos asuntos a considerar altamente peligrosos para las sociedades de hoy en día.

Consecuencias hay muchas, y la solución empieza, nos guste o no, en la exigencia de calidad. No se trata de convertirse en un profesional que únicamente suba en las redes materiales extraordinariamente bien hechos, pero sí, de saber entrenar el ojo para ser capaz de interpretar el infinito de mensajes al que nos exponemos día a día. Saber qué cosas dicen, porqué nos las dicen, y porqué están ahí. Hay que acostumbrarse a distinguir entre el montón, y entender que todo tiene su lugar, su razón y su momento. Un dibujo mal ubicado en una cuenta personal no perjudica a nadie, pero en una cuenta profesional, sí. Una imagen bien hecha requiere de una inversión por parte de quien la realiza. Y por supuesto, saber reconocer quienes fueron las que las hicieron, y para qué, porqué quieren que nosotros las veamos.

Es utópico pensar que la mayoría de los individuos que integran esta sociedad globalizada aprenderá a desarrollar una cultura visual más analítica, la humanidad siempre estará dividida entre la masa y la élite. Sin embargo, tú si puedes hacerlo. En una época en la cual la vulgaridad se apodera de nuestras vidas, es necesario que cada vez más personas aprendan la importancia de entrenar los ojos.

 

Por Diego Alejandro Torres | @sr_mowgli

Gustavo Cerati un minuto antes del colapso

Una navegación a través del entorno humano y emocional que circundó el trágico episodio del colapso de Gustavo Cerati en Caracas permite extraer una conclusión: el astro argentino no sólo llegó a tener plena conciencia de la gravedad de su problema, sino que vio aproximarse con claridad las puertas del vacío en el cual quedó suspendido.

El día decisivo para comprender el desenlace de este trance no fue el sábado 15 de mayo, día de la crisis, sino el domingo 16, fecha del ingreso. Es a partir de entonces que el planteamiento inicial de su dolencia conoció, en cosa de horas, una siniestra –pero más o menos habitual en estos casos– metamorfosis. El rostro definitivo de sus consecuencias iba a ser apreciado el lunes. Su ingreso al Centro Médico Docente La Trinidad se produjo en medio de una comprensible ansiedad adobada con sorpresa, pero ninguno de los protagonistas de este episodio pudo figurarse ni remotamente que las consecuencias iban a ser tan devastadoras.

Parece cierta la hipótesis de que aquel día el músico despertó relativamente estabilizado, incluso de buen humor, con ánimos suficientes para bañarse, comerse las arepas que ha reseñado la prensa y caminar con ayuda por el entorno de la habitación.

De la tarde a la noche del lunes, sin embargo, tuvo lugar un evento inesperado y aún desconocido para el público grueso. Luego de un interregno en el cual pudo dormir, Gustavo Cerati comprobó que no podía escribir y que tenía completamente inutilizada su pierna izquierda. Las insinuaciones mecánicas que se le habían asomado a partir de la noche del sábado ya habían conocido un desenlace inapelable. Le sobrevino a continuación una terrible crisis emocional: tuvo que ser contenido en masa por los músicos de la banda y sus amigos para que no saliera de la cama.

El desajuste puede haber constituido el pórtico del agravamiento de su situación: bordeando la hora de la cena, una rubia médico de guardia constató con alarma que sus signos vitales estaban bordeando la subsistencia. Cerati fue trasladado de emergencia, espacio que pasó a convertirse en una residencia fija: la sala de terapia intensiva.

I


“El mejor concierto de toda la gira Fuerza Natural” le declaró Richard Coleman, uno de los miembros del séquito, al rotativo argentino Clarín. Una velada húmeda y relativamente fresca en la Universidad Simón Bolívar, en la cual la audiencia se encontró a un Gustavo Cerati especialmente simpático y elocuente, lo suficientemente animado para ofrecerle al público, por ejemplo, una versión de A merced nunca antes tocada en vivo.

Había arribado Cerati a Caracas el viernes 14 procedente de Bogotá. Un largo tour de vuelos continuos, mucho trabajo y excesos en fiestas que habían sido desaconsejados por sus médicos personales: fumador irremediable de cigarrillos en cadena, Cerati ya había sufrido cuatro años atrás de una trombosis en la vena de una de sus piernas que le dejó unas cuantas semanas sin caminar. La recuperación llegó rápido, había dejado de fumar, pero quedó el susto: un “cagazo tremendo”, como le había confesado a un periodista austral.

Algunas versiones de prensa –que incluyen reportajes hechos en el Cono Sur– han reseñado que, llegado a Caracas, Cerati había visitado algunos lugares nocturnos hasta altísimas horas de la noche, y atribuyen lo acaecido en estas juergas como el paso previo a la crisis.

Se ha hablado en particular de Moulin Rouge, en Sabana Grande –uno de los espacios que más tarde cierra en Caracas– como el escenario en el cual él y sus músicos calentaron motores como paso previo al concierto. Marcos Santos, uno de los propietarios del local, desmiente por completo lo que considera un mal entendido. “Ese día estuvimos hasta bien tarde en local y nadie supo nade de Cerati”, explica. “Ese chisme se extendió porque en una página web se hizo un montaje con su foto en unos de los sillones del local. La verdad es que todo formó parte de una broma”.

Confirma la información Víctor Méndez, dj que amenizó la velada del “after party” en el camerino durante en el concierto de 2006, en el Sambil, y que iba a hacer lo mismo en la Universidad Simón Bolívar. “Si salió a rumbear el viernes nadie supo nada”, afirma. “Yo no sé si hizo algo privado, tan privado que ni nosotros lo supimos, o se reunió con su gente en la suite que ocupaba en el hotel. Estoy totalmente seguro de que el viernes él no salió a ninguna parte”.

II

Sin embargo, el aspecto de Cerati al día siguiente era el de, como mínimo, un evidente trasnocho. Independientemente de que sea cierto que no salió a la calle de juerga. Se presentó, como estaba pautado, pasada la hora del almuerzo a la USB, en la zona del concierto. Tenía pendiente concluir el “meet and greet”: encuentro organizado por Evenpro con el artista junto a los ganadores de un concurso de Twitter a partir del cual se tomarían fotos y se repartirían autógrafos. Luego efectuarían la correspondiente prueba de sonido.

La periodista Herminia Fernández fue una de las afortunadas participantes del “meet and greet”. Ella recuerda que Cerati se presentó con el desaliño propio de un pop star: franela gris y jeans deslavados; lentes oscuros y unos zapatos de goma que ni siquiera tenían las trenzas amarradas. “Fue muy simpático desde el principio”, recuerda. “Nos invitó a cordializar a todos. ‘rompamos el hieló’ fue lo que dijo”. El músico cumplió pacientemente con el trámite: fotos con los ganadores y obsequios; firmas autografiadas, conversaciones algo torpes con fanáticos que no conocía y hasta un poema, con llanto incluido, de una de las participantes.

Pudo Fernández quedarse a contemplar la prueba de sonido, un auténtico privilegio que hizo imborrable aquella experiencia. Andrea Benavides, de Evenpro, rememora: “Lucía muy relajado. Tocó casi todo el repertorio de Fuerza Natural mientras bromeaba con la audiencia. Varias veces, porque no le llegaba, pidió que le acercaran una cerveza Polar. ‘¿Es que no hay una Polar en este país?’, se preguntaba”.

La prueba concluyó sobre las cinco de la tarde. Volverían al hotel para arreglarse. Todo estaba listo para ofrecerle a la audiencia de Caracas aquel memorable último concierto. “En la firma de autógrafos, Cerati nos comentó que no se sentía bien”, dice Fernández. “Con eso se disculpó para terminar la conversación. Dijo que estaba resfriado”.

III



“Esta noche tenemos fiesta y será con Leandro Fresco”, prometía Cerati en medio de una ovación cuando se aproximaba el fin del recital. El tecladista de la banda, organizador de otros after party memorables durante el paso de los argentinos por Caracas, tenía arreglado con su amigo, el locutor y dj venezolano David Rondón, una fiesta de despedida que tendría lugar en Atlantique. Aquel fue, en rigor, el único encuentro nocturno pensado en Caracas para el tour Fuerza Natural.

“El día del concierto y la fiesta, voy al hotel Meliá a verme con Leandro, saludar, llevarle las invitaciones y buscar los pases de backstage”, recuerda Rondón. ”Estuvimos un rato hablando y quedamos en vernos en allá para irnos todos a la fiesta”. Prosigue: “cuando llegamos a backstage después del concierto los chicos estaban cenando. Como tenía que irme a la fiesta le dije a Leandro que me avisaran al llegar para el acceso de la banda. Justo después, Leandro me escribió que había pasado algo terrible y que se iban a la clínica. Nos fuimos a la fiesta muy tristes, con el ‘secreto’ en las manos. A la hora todo el mundo escribiéndome y haciendo especulaciones. Horrible. Leandro, tan buen amigo que es, horas después fue todo preocupado a la fiesta, queriendo cumplir con su trabajo, pero desbastado por lo de Gustavo”.

Recapitulemos: completada la despedida y el bis, Cerati y los miembros de su banda entraron felices y satisfechos al camerino. Luego de la cena tendría lugar una pequeña velada para celebrar el último concierto de la gira. La banda se tomaría una última foto. Luego, los que desearan partirían a la rumba de Atlantique.

Parece cierta la hipótesis de que a Cerati le irritó la entrada descontrolada e inconsulta de público que, con una pulsera a manera de pase, entró al camerino para conocer al astro para tomarse fotos. El dj Victor Méndez dice: “Normalmente entra publico escogido al camerino. Pero es gente selecta, que se sabrá dar su puesto y podrá comportarse como corresponde ante un astro como Cerati. Si un montón de gente te invade y te aborda sin que te pregunten nada, claro que te tienes que molestar”.

En unas declaraciones muy recientes a Clarín, el argentino Richard Coleman lo recuerda así. “Habíamos tenido un show excelente. Después, nos fuimos a camerinos, nos cambiamos, cenamos y recibimos visitas. Todo en el transcurso de una hora y media. Como era el último show de esa etapa de la gira, nos sacamos una foto con el equipo. Gustavo estaba con cara de cansado. Después, él volvió al camerino y se quedó solo. Al rato, tuvo una isquemia. Perdió el control sobre la mano y el brazo, y fue socorrido por alguien del equipo (…). En los pasillos, encontré un movimiento muy raro. Adrián Taverna me miró con una cara de que algo malo había pasado. Llegaron los paramédicos y le controlaron la presión… La camilla se lo llevó consciente, y crucé miradas con él”. Tomo un tiempo disolver por completo la atmósfera de celebración que aún imperaba. “Me siento mal. Me quiero ir a la mierda”, había dicho Cerati luego de la foto de familia.

El Centro Médico Docente la Trinidad era la unidad médica con prestigio más cercana. Víctor Méndez recuerda que no hubo que esperar nada entre la crisis y la salida: la ambulancia estaba ahí. Su presencia es obligante en el caso de un astro de su talla, aún si no estuviera pasando nada. También él lo vio pasar justo a su lado en una camilla.

IV

El ex Dermis Tatú y actual Bacalao Man, Sebastián Araujo, había escuchado en diagonal que Cerati estaba en una clínica en Caracas. Como muchos por entonces, pensó que se trataría de alguna indisposición pasajera: la “fuerte subida de presión” a la que hacían referencia los partes oficiales.

Aunque es amigo personal de varios de los miembros del entorno musical de Cerati, muy especialmente del baterista, Fernando Samalea, había permanecido, por esta vez, alejado de los pormenores del show. Es Héctor Castillo, su compañero en Dermis Tatú, hoy aquilatado productor musical internacional muy cercano a Cerati, quién lo llama para confirmarle la gravedad de la situación.

“Yo me activo a partir del miércoles 19. Todos los miembros de la banda se quedaron varados en Caracas. Me ocupé de orientarlos y atenderlos. Héctor me pidió que atendiera sobre todo a Anita Alvarez de Toledo, la corista, por la que Cerati sentía un especial afecto”.

Toda la banda estaba en la clínica aquel martes: a la crisis le siguió la famosa operación de emergencia que puso a sus fans en vilo y colocó al astro en el suspenso actual. Devastados, ninguno quiso declararle a la prensa. Goteados entre esa semana y la siguiente, comenzaron a abandonar el país.

El martes 18 llegan a Caracas la madre de Cerati y su hermana. Araujo cuidó de Anita Alvarez, a quien tuvo en su casa en Los Palos Grandes casi un mes completo –el tiempo en el cual estuvo Cerati hospitalizado acá– y el resto de los músicos. Atendió personalmente a la madre y la hermana de Cerati, quienes, ya en la ciudad, asumieron el control de las decisiones del paciente.

Fueron horas de largas conversaciones, recuerdos, incertidumbre y drenajes de angustia. Araujo recuerda que la hermana y la madre de Cerati estaban atormentadas con el tráfico y la distancia que mediaba entre el hotel y la clínica. “Fueron muy amables, educadas y agradecidas. Anita estaba destruida, pero disfrutó mucho más la ciudad. Salimos bastante y conversamos muchísimo. Se fue con ganas de regresar”.

Una aeroambulancia cruzó un mes después el cielo de Caracas a Buenos Aires y se los llevó a todos con su nuevo tormento. El centro Fleni fue, desde entonces, una residencia. El drama de Gustavo Cerati ya le pertenecía a todo el hemisferio.

 

Por Alonso Moleiro@amoleiro

¿Conoces el New Latino Boom?

En agosto de 2017 publiqué en El BeiSMan un ensayo fundacional sobre lo que hoy llamo New Latino Boom. Ese fue el primer artículo que redacté luego de haberle dado un nombre al movimiento literario que he estado observando y documentando desde principios de esta década. Comencé a notar cierta tendencia hacia la apertura de editoriales independientes dedicadas a publicar textos escritos en español dentro de Estados Unidos. Los autores, en su mayoría inmigrantes, prefieren el español como lengua principal para escribir. Se empezó a crear un nicho. El público comenzó a responder. La presencia en los medios se inició. Y el uso de las redes sociales para difundir las obras y para acercarse a los lectores se intensificó.

Después de varios años de observación, de algunas conferencias y un ensayo en donde comenzaba a discutir este fenómeno, le di un nombre. En junio de 2017 lo hice públicamente a través de mi cuenta de Twitter y creé la etiqueta #NewLatinoBoom. Lo hice de esta forma porque las redes sociales, las etiquetas, los selfies grupales, los videos live, son cruciales para los autores, las editoriales y demás agentes que intervienen en el New Latino Boom. El hashtag es intrínseco al nombre y al concepto. Sin la difusión de la producción literaria en español en las diferentes redes sociales, no habría New Latino Boom, o quizás sería otro movimiento. Los comentarios hechos en las redes sociales y hasta los tuits pueden convertirse en manifiestos.

Pero a todas estas, ¿qué es el New Latino Boom?

Es el movimiento, tendencia, explosión de literatura escrita y publicada en español en Estados Unidos durante las dos primeras décadas del siglo XXI. Sin embargo, por como veo las cosas, este boom seguirá en la tercera. El punto es que el New Latino Boom no solo involucra escritores y editoriales. Este fenómeno no solo se está dando por la acción de un grupo de autores que escriben y por la acción de algunas editoriales que los publican. El New Latino Boom se define y se edifica porque cada entidad, cada actor, está promoviendo la literatura en español en Estados Unidos a todo nivel. Las editoriales no están trabajando aisladamente. A propósito o no, diría yo de forma orgánica, se está dando una conexión entre las editoriales y escritores con librerías, centros culturales y universidades. Por ello podemos ver diversas antologías, encuentros, lecturas y charlas, talleres literarios, y más recientemente conferencias y artículos o ensayos. Se involucra la prensa y se hace uso de redes sociales. Todo eso, en conjunto, hace posible el New Latino Boom.

Las ciudades que resaltan por la cantidad de escritores, editoriales y eventos que incluyen son Miami, Nueva York y Chicago. No obstante, en los últimos años se destaca además una especie de comunicación o colaboración entre ellas. Para que tengan una visión de dicha colaboración les presento algunos ejemplos: en Miami está Suburbano Ediciones. Bajo este sello, Pedro Medina León y Hernán Vera Álvarez han editado una gran cantidad de ebooks y más recientemente obras en papel incluyendo dos antologías que contribuyen a la definición de lo que significa la ciudad de Miami. Medina León por su parte ha publicado dos novelas (Varsovia, 2017 y Marginal, 2018) con Sudaquia Editores, sello que se encuentra en Nueva York y que es dirigido por Asdrúbal Hernández. La presentación de su última novela, Marginal, se dio el pasado mes de marzo en Nueva York en la librería McNally Jackson, cuyos eventos en español son organizados por Javier Molea. Justo antes de este evento, se encontraba Keila Vall de la Ville dirigiendo su Jamming Poético que trasladó de Caracas a la Gran Manzana. En este Jamming Poético participó Raquel Abend van Dalen quien junto a Keila fue antologada por Fernando Olszanski en la colección Ni Bárbaras Ni Malinches (2018), en la cual yo misma soy una autora. Olszanski vive en Chicago y desde allí dirige la editorial ArsCommunis, la cual tiene en su haber varias antologías, novelas y libros de cuentos. En las últimas semanas, Olszanski fue a Nueva York para presentar Ni Bárbaras Ni Malinches y entre el público estaba Mariza Bafile, directora de la revista ViceVersa, cuyo libro Memorias de la inconformidad (2017) fue publicado por Sudaquia Editores. Asimismo, Suburbano también apoyó la presentación de Ni Bárbaras Ni Malinches ofreciendo una velada dirigida por Vera en la librería Altamira Libros ubicada en Coral Gables. Muchos eventos de este tipo son apoyados por la Miami Book Fair International además del Miami DadeCollege. A su vez desde el barrio Pilsen en Chicago trabaja Franky Piña, en compañía de Raúl Dorantes y Carolina Herrera con El BeiSMan, revista y editorial especializada en la voz en español local. En Chicago también está Contratiempo, revista y agente cultural de larga trayectoria. Chatos Inhumanos y Los Bárbaros están en Nueva York, La pereza y Nagari en Miami, además de otros actores que se encuentran fuera de estas tres ciudades pero que están en contacto permanente produciendo, editando, escribiendo. Por ejemplo, encontramos a Melanie Márquez Adams en las montañas de Tennessee (y pronto en Iowa), José Castro Urioste en Indiana, yo misma en Massachusetts, el Festival del Libro Hispano en Virginia en el que participaron, entre muchos otros escritores, Carolina Herrera y Fernando Olszanski, y demás actores que trabajan de la mano para seguir dándole una plataforma a este movimiento. Esta nota no sería una nota si nombro a todos los escritores que son parte del New Latino Boom. Son muchos los nombres que puedo incluir. Son muchos los eventos que puedo mencionar. Indiscutiblemente son muchos los libros que puedo reseñar.

En este momento, dentro del ambiente político en el que se encuentra Estados Unidos y por el ataque frontal dirigido a todo aquello que no sea mayoritario, ratifico la trascendencia que supone documentar la magnitud y envergadura del uso del idioma español como emblema de un movimiento literario único y propio de los Estados Unidos. Al encontrarnos en un momento histórico en el que las expresiones no mayoritarias son vistas como una amenaza, resulta imperioso hacer un registro de este fenómeno cultural tomando en cuenta el idioma español y su presencia como forma de resistencia.

El #NewLatinoBoom está pasando ante nuestros ojos en este momento y tenemos la dicha de seguirlo, luchar a través de este y disfrutar además de una producción artística de calidad, diversa y dinámica. Los invito a seguir el movimiento, a usar la etiqueta, a contactar a los autores, editores, compiladores y libreros que participan y que no descansan. ¡El #NewLatinoBoom no para!

 

 

Por Naida Saavedra | @naidasaavedra

*Texto publicado originalmente en Suburbano, en mayo 2018.