Destrucción y reconstrucción de Venezuela

Gerver Torres, el hombre que en los noventa tenía un sueño para Venezuela y que buscaba responder en un libro cómo hacerlo realidad, estuvo el mes pasado en Caracas participando en un conversatorio de Venancham en el que habló sobre la crisis venezolana. Economista documentado y analista riguroso, sus palabras resultan de cardinal importancia para saber dónde estamos parados. En su opinión, los venezolanos “somos actores, protagonistas y víctimas de una de las peores catástrofes de la historia y una de las más significativas de los tiempos modernos: nuestro proceso de destrucción ha sido más prolongado que la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Civil Española y la Guerra Civil Americana. Esos fueron procesos más cortos y que atacaron aspectos específicos de sus países. La crisis venezolana, por el contrario, ha sido ya más larga y amplia, y ha ocurrido en medio de una bonanza de ingresos, la mayor del continente, y por ello ha sido silenciosa y letal”. Para Torres, he allí la clave que explica tal devastación: que la crisis, en principio, estuvo tapada por la bonanza y ello llevó a que “subestimáramos su poder destructor”. Sin embargo, ella estaba allí, sibilina y silenciosa, arrasando todo por dentro. De allí se explica por qué pasamos a estar, de un momento para otro, tan inexplicablemente mal. Según los números que maneja Torres, entre 2016 y 2017 Venezuela fue el país que experimentó la mayor caída de felicidad: “entre esos dos años se produjo la mayor caída en el índice de bienestar subjetivo de la población”. No sólo eso, somos, de América Latina, el país donde más ha aumentado el deseo de emigrar: de 12% en 2006, hemos pasado a 41% en 2017 y 60% en 2018. Y aunque para Torres la reconstrucción de Venezuela es viable, posible y será “el acontecimiento estelar del siglo XXI”, no hay que olvidar “que no se puede reconstruir en medio de la guerra” por lo que hay que esperar, primero, a que todo pase, y en ese esperar la obligación primordial es sobrevivir, porque sólo los que lo hagan, dentro o afuera, serán los que la lleven a cabo.

“El cine es como magia”

#Entrevista por: Juan Pablo Chourio | @juanpa_ch

De la Universidad Simón Bolívar a la Escuela Nacional de Cine, de la publicidad al cortometraje, de la exactitud de los números a la complejidad del arte. Así fue el tránsito de Daniel Rodríguez, quien es director de fotografía de su casa productora (Tramoyero Films) y acaba de culminar su primer cortometraje, ‘La mujer de la grieta’. Su pasión por el séptimo arte empezó con una película que le encantó tanto que sólo mencionarla le causa emoción: “Yo me enamoré completamente del cine cuando vi ‘The Matrix’. A mí se me explotó el cerebro, no podía creer lo que estaba viendo. Es una de mis películas favoritas de niño, de grande y de siempre”. Pese a que había descubierto su adicción por el cine, decidió estudiar en la USB ingeniería antes que nada: “Saliendo de bachillerato tenía que estudiar ingeniería (en producción) porque me gustaban los números. Me encantó mi carrera y la Simón, fue lo máximo, pero una vez graduado no sentí que era lo mío. Así que me acerqué al lado audiovisual para desarrollar mi carrera ahí. Uno de los mejores sitios que conseguí en Caracas que dieran clases y cursos de cine era la Escuela Nacional, en donde hice un par de cursos de dirección de fotografía para publicidad”. En ese momento, a un año de haberse graduado, Daniel intuía cuál era su pasión y se preparaba para trabajar en ella; sin embargo, faltaba un empujón para dedicarse a tiempo completo y abandonar su trabajo de entonces: “Tenía un trabajo y una vida estable, pero siempre tenía la piquiña de algo más y todavía no descubría qué era. Fue mi mejor amigo Luis Bond (cofundador de Tramoyero films) que siempre anduvo claro que lo suyo era el cine. Así que desde siempre me fue metiendo en este mundo”.

Junto a Luis Bond y Xenia Marcinko, Daniel Rodríguez funda Tramoyero films: “La casa productora se creó con metas para hacer cine, pero como toda nuestra experticia era de publicidad, empezamos a ganar experiencia y dinero trabajando en ello”. Tras acumular rodaje en este apartado, Tramoyero films decide trabajar en su primer cortometraje, ‘La mujer de la grieta’, que será presentada en el Indie Passion Film Fest de Miami entre el 1 y 4 de noviembre. “La mujer de la grieta (grabada en Caracas) es rara porque Luis y yo que la escribimos nos gustan las historias extrañas. Indirectamente toca muchos temas que pensábamos que no iba a tocar, pero es la historia de Anabella (una chica de veintitantos) que está con su mejor amiga y el novio en una casa en un bosque para un escape de fin de semana. Estando en esa casa descubre cosas que no le gustan. Ella trata de solucionar los problemas, pero se vuelven cada vez peor. Es tratar de hacer las cosas bien, pero terminas arruinándolo”.

Pese a que Daniel entiende la coyuntura venezolana actual, dejó claro que hacer cine es cuesta arriba en todos lados: “En todos lados hacer cine es muy cuesta arriba porque necesitas muchos recursos. Estás haciendo una inversión a algo que no necesariamente tendrá una inversión de vuelta. Se necesitan que muchas cosas se adhieran para que salga bien. Hacer cine en Venezuela tiene sus pros y sus contras. A favor tiene que el equipo técnico en Venezuela es muy bueno, está bien formado. El tema de cambio de dólares a bolívares te beneficia si tienen los dólares. La parte negativa es que mucha gente calificada se ha ido. No hay muchos recursos, no puedes conseguir todo. Para las pautas necesitas guardias de seguridad cosa que no pasa en otra parte del mundo”.

Para quien disfruta con Kubrick y Tarantino, pero inició como ingeniero “el cine es como magia”. Así resume la experiencia de su primer cortometraje: “No teníamos nada y fuimos creando. El cine es crear porque creas una historia desde la nada. Nació dentro de mí y lo puedes poner afuera para que la genta lo vea, lo podrá querer u odiar, pero es una creación tuya y me parece súper mágico”.

El anti papa Calixto Ortega y su sobrino cardenal nepote

 Llamábaseles ‘cardenal nepote’ (válido de su tío, en español) por allá en la corrupta Edad Media, y el término hacía referencia a todos aquellos hombres que alcanzaban la dignidad cardenalicia no por sus méritos eclesiásticos o espirituales sino por su parentesco, generalmente de tío-sobrino, con el Papa en funciones. Bonifacio, Gregorio, Inocencio, Pío, fueron algunos de sus nombres, a cuya lista habría que agregar, siglos después de que la práctica cayera en desuso, a Calixto I. Copeyano en otros tiempos y hoy connotado chavista, puede que de esa unión de piedad y corrupción haya salido el afán restauracionista del magistrado Ortega, hoy en la práctica todo un anti papa medieval con parientes en cargos importantes: la hijastra, Nathalie Chiquinquirá Ramos Bracho, cónsul en Barcelona; el cuñado, José Gregorio Bracho, Embajador de Venezuela en Turquía; la esposa del cuñado, Sara Elena Flores Vargas de Reyes, agregada cultural de la Embajada de Venezuela en Turquía; la prima política, Tatiana Lucía Zapata Bracho, Primera Cónsul de Venezuela en Turquía. Y el sobrino favorito, ese que lleva su mismo nombre y apellido (Calixto Ortega Sánchez), ahora como presidente del Banco Central de Venezuela. Recién nombrado ayer por la (f) ANC, el ‘cardenal nepote’ del anti-papa Ortega entró al Ministerio de Relaciones Exteriores en 2008, ejerció cargos de consultoría en proyectos internacionales, fue delegado ante el Comité Administrativo y Presupuestario de la ONU, luego cónsul en Houston y en la muy disputada sede consular de Nueva York –cuyo edificio, ubicado frente a la Catedral de San Patricio y a una cuadra del Rockefeller Center, está hoy en venta–; en noviembre del año pasado, fue designado Vicepresidente de Finanzas de CITGO –con un sueldo mensual de $41.250 que alcanzaba, entre bonos y asignaciones, los $717.176 anuales, de acuerdo con documentos filtrados por la periodista Mairbor Petitt–; todo ello, tras pasar apenas dos meses en la empresa y sin tener experiencia trabajando en petrolera alguna, pero con un tío listo, listísimo, que ahora que CITGO se tambalea lo ha puesto al frente, nada menos, del Banco Central del país.

DOCUMENTAL: El chavismo, la peste del siglo XXI

“La peste del siglo XXI”. Ese es el título de un duro pero muy necesario documental hecho por el abogado en el exilio Gustavo Tovar Arrollo, en el que radiografía ese movimiento destructor llamado chavismo y muestra cómo acabó con Venezuela. Con el aporte de voces de la categoría de Mario Vargas Llosa, Moises Naím, Ricardo Haussman, los ex presidentes José María Aznar, Andrés Pastrana, Felipe González y Óscar Arias, el secretario general de la OEA, Luis Almagro, así como las de prominentes figuras de la oposición venezolana, entre muchas otras, el documental desenmascara, en 90 minutos, ese fraude demagógico llamado chavismo y muestra cómo fue apropiándose y destruyendo Venezuela. Toda la tragedia venezolana está resumida allí. Todo el horror del chavismo está plasmado allí. Producto de 3 años de investigación, el documental es rico en testimonios e imágenes inéditas y de archivo que dejan en evidencia el gran crimen histórico que cometió el chavismo con nuestro país. Cuenta, además, con la participación de la pianista Gabriela Montero, quien realizó una serie de composiciones especiales para la banda sonora, a cargo del maestro Jorge Aguilar. Se trata, pues, de un documento imprescindible que ningún venezolano puede dejar de ver y que todo venezolano debe ayudar a difundir. Puedes verlo completo a continuación:

 

Infierno en El Paraíso

Una calavera roja era la imagen del flyer que invitaba a la fiesta. Sobre ella, en inglés y con una cruz bizantina en lugar de T, su título: ‘The Legacy’ (el legado). Anunciada como una fiesta para mayores de edad, de tipo semáforo (esa en la que cada quien lleva un distintivo que permite conocer su estado sentimental: soltero, comprometido), con ‘ladies night’ hasta las 11 PM, “y una increíble seguridad”, había cosas que hacían dudar. Por ejemplo, la multa de 60.000 bolívares que debían pagar obligatoriamente “si son menores o no tienen cédula”; es decir: que hasta indocumentados podían entrar. De allí, pues, que cuando a eso de la 1:30 AM se armara una trifulca en el baño de hombres, todo pareciera dentro del guion. Romeo Santos sonaba de fondo y dos grupos de adolescentes se amenazaban de muerte y se medían con botellas rotas en la mano. La situación era tensa, pero nada hacía prever lo que sucedería a continuación. No fue el sonido de un cristal roto lo que se oyó, sino un zumbido, largo y continuo. E inmediatamente, humo blanco y picante. Y a los segundos, el caos. Una bomba lacrimógena trifásica (esas que se dividen en tres) había sido detonada, aparentemente, por alguno de los peleadores y en el Club Los Cotorros de El Paraíso se hizo presente el infierno. Casi 500 personas corrieron desesperadas a la única salida que había, estrecha y con escalera, que se convirtió en un embudo del que la mayoría salía disparada, rodando escalones abajo. Cual si fuera una cascada humana, caían unos sobre otros. Al menos, mientras la puerta se mantuvo abierta. Porque en un momento se cerró y aproximadamente unas cien personas quedaron atrapadas en una nube de gas lacrimógeno hasta que alguien abrió otra puerta y les permitió salir. Pero ya la tragedia no tenía vuelta atrás. Dentro del club, asfixiados, yacían unos cuantos; en las afueras, aplastados, otros más. El saldo oficial es de 21 muertos, pero familiares indican que podrían pasar de 30. ¿Cómo y por qué un adolescente tenía un arma química que es propiedad exclusiva de la Fuerza Armada? Ese caos sangriento fue y es ‘The legacy’: el legado.

La deuda del creador

Si bien los guaraníes tienen el aval de haber jugado una actividad muy parecida al fútbol moderno hace tres siglos, son los ingleses que reglamentaron el juego tal y como lo conocemos hoy en 1863. Inglaterra no se midió ante nadie en una competición oficial sino hasta el Mundial de 1950. Y es que el gentleman inglés –según el historiador Ángel Iturriaga– sentía una superioridad futbolística respecto a otros países comparable a la de las estrellas americanas de la NBA vs. los jugadores europeos de los ochenta: los leones británicos no cazaban moscas. Así que mientras el fútbol se popularizó en todos los barrios británicos, y los inmigrantes anglosajones lo jugaban en Sudamérica, siempre se distanciaron del pueblo. Y es que en Argentina, por ejemplo, cuenta el periodista Martín Caparros, los asistentes a los primeros partidos eran hombres y mujeres de la alta sociedad, por lo que se vestían con ropa apropiada para un evento selecto. El carisma latino se adueñó del deporte refinado de los ingleses para darles lugar a pinceladas irreverentes de arte. De esta manera, nació la gambeta, aquel factor sorpresa que se le atribuye en primera instancia a los brasileros, pero que está impregnado en el estilo de juego de los mejores futbolistas sudamericanos. Es por ello que los pross decidieron plantarse ante el mundo en 1950: la historia de la decepción del creador había iniciado. En su segundo partido en una Copa del Mundo, ante Estados Unidos, los colonizadores perdieron ante la antigua colonia 1-0. Inglaterra no pudo demostrar su superioridad sino hasta 1966, cuando ganaron la Copa como organizadores del torneo. Después de aquello, el sinfín de decepciones serían renovadas –casi sin interrupción– cada cuatro años. Y es que no bastó el dominio inglés en competiciones europeas de clubes, ni tampoco contar con figuras mundiales como Steve Mcmanaman, Gary Lineker, Michael Owen, David Beckham, Steven Gerard o Wayne Rooney, el creador del fútbol nunca pudo cumplir con las expectativas desde 1966; sin embargo, hoy, sin súper estrellas y con un equipo más humilde, vuelve a aparecer como una selección que tiene mucho potencial: el creador siempre tendrá cuentas por saldar.

RESEÑA: “Mientras agonizo” – William Faulkner

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Mientras agonizo’ es el punto de equilibrio en el que el Faulkner más talentoso y experimental logra hacerse entender sin desmedro alguno de su genio. A diferencia de ‘El sonido y la furia’, obra maestra sin duda, pero difícil, intrincada y a veces incomprensible, ‘Mientras agonizo’ se entiende y disfruta más fácilmente, con todo y sus 15 narradores y un flujo de conciencia tan caudaloso como el Nilo en marzo.

La historia, en principio, es bastante simple: una familia, los Budren, sureña, rural, humilde y de palabra, como buena parte de las familias de Faulkner, debe hacer un largo viaje para cumplir con el último deseo de la madre, quien pidió ser enterrada en su condado de origen. A partir de ese argumento tan sencillo, el Nobel estadounidense escribe una señora novela tanto en la forma –técnica– como el fondo –lo narrado–.

La novela está dividida en 59 capítulos en los que 15 narradores se alternan para contarnos lo que pasa. Cada capítulo se corresponde con el monólogo interior de un personaje, cuyo nombre aparece al inicio. Por la estructura, precisamente, la novela se puede comparar a un rompecabezas en el que piezas aisladas y deformes terminan dando lugar a algo comprensible y con sentido. Es a medida que uno va leyendo –¿o sería mejor decir escuchando?– a cada personaje, que uno se va enterando quién es y quién y qué es lo que sucede. La tarea al principio resulta compleja, ya que todos hablan sin presentarse, solo con su nombre, y es a partir de lo que dicen que uno debe inferir de quién se trata y qué papel ocupa en la familia y la historia. Pero eso no es todo, ya que al tratarse de monólogos interiores, las visiones son todas subjetivas, y hay pensamientos, ideas y hasta opiniones sostenidas por los personajes, que no necesariamente se corresponden con la realidad y fácilmente pueden ser desmentidas en el capítulo siguiente por otro personaje. ¿Dónde está entonces la verdad de lo humano? Esa parece ser una de las preguntas que nos deja de regalito Faulkner.

Una vez entendido y aceptado que son esas las condiciones del juego que el autor nos propone –y ello no se lleva muchas páginas tampoco: el truco se le agarra fácil–, la lectura se disfruta enormemente, ya que poco a poco se van atando cabos, haciendo conexiones, descubriendo cosas y teniendo epifanías. Sí, es una novela ‘epifánica’, si se me permite, en la que constantemente a uno se le van revelando cosas que conectadas con otras de capítulos anteriores le van dando sentido a la historia. Una delicia de lectura.

Aunque el argumento es sencillo y todo transcurre en poco más de una semana, la fuerza de esta narración se encuentra en los personajes, sus mundos interiores y sus relaciones. Son Personajes con mayúscula. No todos fuertes, pero sí complejos. Graves en su mayoría. Familia, casi todos. Con sus secretos, culpas, heridas, rencores y demonios, que con la muerte de la madre se desatan. Todo un maestro Faulkner para retratar la condición humana con todas sus miserias, y sobre todo a ese hombre del sur tan particular.

Para quien busque literatura de verdad, para quien quiera leer una obra maestra, ‘Mientras agonizo’ es una opción infalible.

Mientras agonizo

Autor: William Faulkner

Páginas: 185

Fecha: 1930

Calificación: 10 / 10

RESEÑA: ‘The Post’

Por: Jesús Berbín | @zaneroll 

The Post es un viaje timoneado por su oralidad. Si bien el cine nos tiene acostumbrados a que la escena sea construida por factores como el escenario, la ambientación y la música –para que luego sean estos quienes condicionen directamente al dialogo–, en esta ocasión, Spielberg apuesta porque la conversación entre los personajes sea quien tome las riendas del film y que de ahí se construya todo lo demás.

Este ejercicio resulta vigorizante para el espectador. Aunque pueda parecer que el guion se refugia en ciertos arquetipos (las mujeres cuchichean de cosas que a los hombres no les interesa, los hombres hablan de política y cosas que a las mujeres no les interesa, los soldados norteamericanos van soltando frases genéricas de “matar al enemigo” y etc.) y, ciertamente, con revisar la filmografía de Spielberg nos daremos cuenta de su gusto particular por los ambientes “clásicos” de la puesta en escena; la realidad es que con el contexto norteamericano de los años 60 lo que puede parecer un uso reiterativo de ciertos gestos fílmicos clásicos, es realmente un tributo a ellos.

Por esto, secuencias tan estimulantes como el constante ajetreo en un periódico hacen que recordemos con cariño ciertos escenarios similares en películas como The Paper (1994) o incluso de Superman (1978) sin llegar a parecer un mero intento de imitación. La ejecución se siente genuina, y de más estaría decir que las actuaciones son una delicia (especialmente cuando Tom Hanks y Meryl Streep comparten escena).

Sin embargo, hay un pequeño detalle que enturbia la experiencia.

Un tema implícito dentro de la narrativa de la película es la figura de la mujer dentro de la sociedad norteamericana de los años 60, siendo personificado por el arco argumental de Kay Graham. Aunque es manejado considerablemente bien durante la mayor parte de la película, en el tercer acto parece que necesitaban obligatoriamente dar un veredicto, por lo que ciertas líneas de algunos personajes recurren a la sobreexposición, lo cual era totalmente innecesario. La sola conclusión de los hechos podía haber dicho más que todas las palabras empleadas al respecto.

Mas, la experiencia de haber podido visualizar este largometraje, en conjunto de la poderosa travesía marcada por los personajes y el intrigante desenlace a la opresión de los medios de comunicación, hacen ver este último detalle como un pequeño traspié que puede ser perdonado.

Lo que el agua se llevó

Por Juan Pablo Chourio | @juanpa_ch 

El Aro me enseñó a desconfiar de los pozos, la revolución me lo confirmó. Desde hace una semana Hidrocapital no surte agua a la residencia, por lo que la única manera de conseguir el vital líquido –antes de pagar un camión cisterna– es recogiendo la reserva del tanque subterráneo manualmente, con un tobo y una soga, que sirven como herramientas para poder llevar al hogar un poco de aquello que quedó en un tanque que se encuentra por debajo del límite, lo que no permite que el agua suba al último piso. Amarrar la soga a un tobo, lanzarlo al tanque –cual pozo– y luego subirlo es un procedimiento que pega más en la dignidad que a los brazos. La ocasión consiguió lo que ninguna reunión de condominio puede hacer: aglomerar a la mayor cantidad de vecinos en un mismo sitio; sin embargo, también demostró la solidaridad y el buen humor, pues no faltó quien ayudara a la señora que por la edad no puede levantar un botellón, y el chiste alusivo al carnaval cuando alguien mojaba a otro sin querer. Por casi dos horas vecinos trasladaban baldes hacia sus apartamentos pensando que –quizás– el racionamiento de dos a tres horas diarias no era tan malo como parecía. Según un reportaje de Prodavinci, 9.78 millones de venezolanos vivieron bajo racionamiento formal de agua corriente entre 2016 y 2017, los cuales en promedio recibieron dos días de agua a la semana. En los tiempos de racionamiento, los horarios y actividades domesticas dependían de cuándo salía agua por el grifo, pero, en tiempos de sequía, queda rescatar en el pozo cualquier rastro de civilización.

Escritores, letras y fútbol

La situación es hipotética, pero todas las frases son reales, se corresponden a las opiniones que, ya en libros, ya en crónicas, ya en ensayos o entrevistas, vertieron sus autores, todos escritores de prestigio, con respecto al fútbol, y que para exponerlas de modo más ameno hemos convertido en ficticia –pero veraz– tertulia.

Es víspera de algún mundial de fútbol futuro, jugado en alguna sede seguramente impropia –mala costumbre desde Qatar-, se reúnen varios escritores de antes, de ahora y de siempre. Sus opiniones con respecto al juego son diversas, y eso es lo interesante: que a unos les gusta y a otros les disgusta, pero ninguno se queda callado y cada uno expone sus posturas con toda la gracia de su genio. A fin de cuentas son maestros de la palabra y saben usarla bastante bien.

Jaime Bayly, uno de los más jóvenes, es quizás el más emocionado. “El Mundial es el Mundial, uno vive para llegar vivo al próximo Mundial, la vida se compone de los mundiales que pudiste ver y de los que ya no podrás ver. Todos los esfuerzos que hago por mantenerme vivo están animados por esa ilusión absurda: la de ver por televisión el Mundial de Fútbol”, dice. Ve algunos gestos de desaprobación, y se explaya, provocador: “El Mundial es una fiesta para los individuos pusilánimes que nos negamos a crecer, un viaje al pasado, un reencuentro con el niño que fuimos y que se despierta cuando miramos a unos atletas espléndidos persiguiendo una pelota”, agrega. Kipling, el desprecio marcado en el rostro, los califica en voz intencionadamente alta: “almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan”. Eduardo Galeano, el antiimperialismo siempre por delante, acusa recibo del golpe del británico y enseña las venas abiertas de su orgullo: “La mayoría de los escritores de América Latina somos futbolistas frustrados”, responde, y Bayly, que se siente comprendido y apoyado, exclama: “¡es que hubiéramos dado todo por ser uno de ellos. Cuando juegan, nosotros jugamos también, ellos son los que nosotros no pudimos ser, por eso los acompañamos en sus briosas acometidas”. Entonces, Fernando Savater espeta contundente: “jugar al fútbol es un ejercicio grotesco y plebeyo”.

Bayly y Galeano dirigen la mirada a Cortázar, que es argentino y por eso, piensan, los apoyará. Julio, que sabe que tiene que decir algo, habla con campechana sinceridad: “Detesto el fútbol así como me gusta el boxeo”,  e inmediatamente hace un matiz dada la decepción de sus dos colegas: “Bueno, no es que deteste el fútbol, pero me es totalmente indiferente, tan indiferente como el rugby o el béisbol”, profundiza. No mejora el enfermo y por eso se justifica: “Me gustan los deportes donde se enfrentan dos individuos, como sucede en el tenis o en el boxeo”. Entonces salta Sartre, que no puede escuchar la palabra individuo –mucho menos individualismo- porque inmediatamente tiene que decir algo en contra, y diserta en voz alta: “En el fútbol todo se complica por la presencia del adversario…el fútbol es una metáfora de la vida”. Y Umberto Eco, que detesta que se mezcle la filosofía con cualquier cosa, es ferozmente contundente: “Desde siempre, el fútbol ha estado asociado para mí a la ausencia de fines y a la vanidad del todo, al hecho de que el Ser no puede ser (o no ser) más que un agujero. Quizás por eso (creo que único entre los vivientes) he asociado siempre al juego de fútbol con filosofías negativas”.

Después de tal alegato, Albert Camus decide sorprender a todos poniéndose a la lado de Sartre y lo secunda contando las lecciones que recibió en la portería cuando era arquero de Argelia: “aprendí que la pelota nunca viene por donde uno quiere que venga, eso me ayudó mucho en la vida”, dice, y como ve cierta incredulidad en el rostro de algunos, se afinca: “luego de muchos años, lo que finalmente sé con más seguridad sobre la moral y las obligaciones de los hombres, es al deporte a lo que se lo debo”. Le pasa el testigo al lolito Nabokov, también portero en sus años mozos. Ruso a fin de cuentas, más que filosofar sobre su experiencia se pone a narrarla, nostálgico: “Yo fui un portero excéntrico, pero bastante espectacular, en mis tiempos en la Universidad de Cambridge”, arranca, “tuve mis días brillantes, de grandes estímulos. El agradable olor del pasto, el famoso delantero de la liga universitaria que, driblando, se acercaba cada vez más a mí, la nueva pelota leonada sobre sus dedos centelleantes, luego, el disparo quemante, el afortunado salvamento, el estremecimiento prolongado que producía. Pero hubo otros días más memorables, más esotéricos, bajo cielos deprimentes, con el área de gol convertida en una masa de lodo negro, la pelota tan grasosa como un budín de ciruelas”.

Para evitar que se encadene, Galeano rompe la adornada atmósfera con un chiste: “¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes, y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales”. Algunos se ríen con ganas, otros por compromiso, pero todos agradecidos de que alguien haya cortado a Nabokov. Sin embargo, Alejandro Jorodowsky, que por andar haciendo mil cosas siempre se confunde, entiende el chiste como una pregunta y se apresta a responderla: “Creo poder explicarlo: el ser humano, al mismo tiempo que es atraído por impulsos cavernarios, también es objeto de una fascinación por lo sagrado. Y el fútbol reúne estos dos aspectos. Fue creado por una sociedad esotérica inglesa, aplicando en su esquema principios de la alta magia. Se juega sobre un rectángulo verde, siendo el verde el color que simboliza la eternidad. El doble cuadrado es un signo iniciático donde se inscribe la sección aurea o divina, tan usada por pintores como Leonardo da Vinci. Las cartas del Tarot de Marsella son rectángulos. Los lenguajes sagrados, como el hebreo o el sánscrito tienen 22 letras principales. Los jugadores de un partido de fútbol son 22, tantos como los 22 arcanos mayores del Tarot o los 22 polígonos regulares. En el centro de la cancha hay un círculo con un punto en el medio: símbolo del oro, en la alquimia, o del sol o del Dios esotérico…”

Vargas Llosa, que es realista y se fastidia horrores con lo esotérico -y además no soporta que alguien pontifique delante de él-, lo interrumpe con desdén y se pone a conferenciar sobre fútbol y sociedad: “los grandes partidos sirven sobre todo, como los circos romanos, de pretexto y desahogo de lo irracional, de regresión del individuo a la condición de parte de la tribu, de pieza gregaria, en la que, amparado en el anonimato cálido e impersonal de la tribuna, da rienda suelta a sus instintos agresivos de rechazo del otro, de conquista y aniquilación simbólica (y a veces real) del adversario. Las famosas ‘barras bravas’ de ciertos clubes y los estragos que han provocado con sus entreveros homicidas, incendios de tribunas y decenas de víctimas muestra cómo en muchos casos no es la práctica de un deporte lo que imanta a tantos hinchas –casi siempre varones aunque cada vez haya más mujeres que frecuenten los estadios– a las canchas, sino un espectáculo que desencadena en el individuo instintos y pulsiones irracionales que le permiten renunciar a su condición civilizada y conducirse, a lo largo de un partido, como miembro de la horda primitiva”. “Se comportan –lo apoya Umberto Eco, con la bilis concentrada contra los fanáticos- exactamente como cuadrillas de maníacos sexuales que fueran, no una vez en la vida sino todos los domingos, a Ámsterdam para ver cómo una pareja hace, o finge hacer, el amor”. Y Savater les da la estocada: “son una piara de lunáticos maleducados…chacales con estandarte”.

Carlos Monsivais es más indulgente, y recuerda aquel juego de México 86 al que fue. Mira al horizonte, como en trance, y recita las mismas palabras con las que en esa oportunidad describió a el ambiente de la grada: “Fundidos en una sola voluntad, los fanáticos (que, por serlo, resultan patriotas) apoyan al equipo con trofeos de la garganta, ademanes nerviosos, monólogos de intensidad variable, chifilidos, olas, porras, órdenes fulminantes (“¡Mete gol, pendejo!”). Cada espectador –que, por serlo, es un experto- prodiga y niega reconocimiento, se queja del nivel del juego y lo juzga maravilloso, levanta en señal de triunfo el pulgar y le mienta la madre al infinito. En los segundos muertos adoctrina partidistamente a su vecino, a su compadre, a su mujer, a sus hijos, a la multitud: “¡Te lo dije! ¡Vamos ganando! ¡Ya la hicimos!”. Todo en plural, la Selección Nacional es México y nosotros somos la Selección, y México –por intermedio de un equipo- vuelve a ser nuestro”.

Borges se ríe entonces pensando en que alguna vez Monsivais tuvo que pisar un estadio. Viene a su memoria aquel 2 de junio de 1978, cuando el Mundial se realizaba en Argentina y él, Jorge, en supremo gesto de desprecio, decidió dar una conferencia sobre la inmortalidad a la misma hora en la que la albiceleste debutaba. Mira a Kippling, y suelta uno de sus clásicos misiles: “Qué raro que nunca se le haya echado en cara a Inglaterra haber llenado el mundo de juegos estúpidos, deportes puramente físicos como el fútbol. El fútbol es uno de los mayores crímenes de Inglaterra”. Todos le ríen la frase, incluso los más futboleros, a fin de cuentas Borges es Borges.

Una mariposa atraviesa la estancia. Milan Kundera la sigue hipnotizado y habla: “Tal vez los jugadores tengan la hermosura y la tragedia de las mariposas, que vuelan tan alto y tan bello que jamás pueden apreciar y admirarse en la belleza de su vuelo”, dice con insoportable levedad.  “El fútbol es un pensamiento que se juega, y más con la cabeza que con los pies”, prosigue. Cabrera Infante, que se fastidió con el cuento de la mariposa, lo corta sin pensarlo: “Ese juego nefasto incita a la violencia porque es violento en sí mismo: se juega con los pies, y pocos movimientos hay tan feroces como el que supone dar una patada”, dice. Oscar Wilde hace una salvedad: “El fútbol es un juego de caballeros jugado por bárbaros”. Y Roberto Fontarrosa, ceño fruncido, inconforme con ambos, aclara: “Creo que si no se entiende que esto es una pasión, y las pasiones son bastantes inexplicables, no se entiende nada de lo que pasa en el fútbol”.

Antonio Lobo Antunes, que estaba fumando y escuchando todo en silencio, dice que sí, que es una pasión, pero que él ya la perdió: “Creo que ha dejado de gustarme el fútbol porque ya no hay jugadores que me hagan feliz. Ahora, como dicen los entrenadores, todo es cuestión de profesionalismo, trabajo y paciencia, se acabaron la improvisación, la fantasía, lo inesperado, se acabó mi equipo…El fútbol ha perdido el humor, la poesía el placer”, argumenta. “El sentido común, en el deporte, me interesa un pimiento: solo me interesa que me dejen con la boca abierta, que me apasionen, que deliren”, continúa en franco monólogo. “Pero, ¿cómo, si ahora el héroe es un técnico? Pero ¿cómo, si las virtudes son el trabajo y la paciencia?…¿Y los términos? ‘Líneas de pase’, ‘presión alta’, ‘armas equipo’. La improvisación truncada, las jugadas de laboratorio. Voy a un estadio a perder la cabeza, no a mirar por el microscopio. Y, por tanto, ha dejado de gustarme el fútbol: no me hace feliz”, finaliza, contundente, su soliloquio, y vuelve nuevamente a recluirse en su exilio de nicotina.

El televisor se enciende. La ceremonia inaugural aparece en pantalla con la fastuosidad, ostentación e imponencia que la caracterizan. “Lloremos por nuestros hijos, nacidos bajo la sombra de los estadios, prostíbulos de la gloria”, se lamenta Álvaro Mutis. Una toma impresionante de la multitud que atesta el gigantesco estadio sobrecoge a todos, y lo comentan en voz alta. Borges escucha, no se deja deslumbrar y suelta con altivez: “El fútbol es popular porque la estupidez es popular”. Luego se para y se va. Le siguen los que detestan el fútbol. “El mundo se divide entre los que no tienen interés en el Mundial y los que no estamos dispuestos a perdernos ningún partido”, le dice Bayly a Galeano. “Si hay alguna forma de vida después de la muerte, espero que sea posible seguir viendo los mundiales por televisión, de otro modo será el infierno”, cierra.