No le diga crisis, dígale GE-NO-CI-DIO

Sacerdote salesiano, teólogo, filósofo, psicólogo, doctor en Ciencias Sociales y profesor universitario. Fundador del Centro de Investigaciones Populares y uno de los más acreditados investigadores y conocedores del mundo popular venezolano, del que además forma parte -lleva casi 40 años viviendo en un barrio caraqueño, como un habitante más-, el padre Alejandro Moreno es una voz más que autorizada, que siempre debe ser escuchada. Porque sabe de lo que habla. Y lo hace con conocimiento de causa, tanto teórico como empírico. De allí que su lectura de lo que actualmente sucede en el país nos parezca, amén de esclarecedora, fundamental. Y es que para él, lo que estamos viviendo los venezolanos no es un proceso de crisis, como tantos ha habido en el mundo, sino algo mucho peor: un proceso deliberado de muerte, llevado a cabo por el Estado/Gobierno/Partido en contra de nosotros los ciudadanos. Así lo manifestó en un breve texto publicado en su cuenta de Facebook, que sirve para entender muchísimas cosas (por qué nunca se controló la delincuencia, por qué la renuencia a abrir el canal humanitario, por qué la falta de medicinas, por qué la falta de alimentos, por qué no resuelven nada, por qué no toman ninguna medida efectiva, etc), y que por su lucidez y contundencia reproducimos a continuación: “¿No es hora ya de dejar de llamar crisis a lo que es un verdadero y deliberado genocidio? Crisis se suele llamar a una situación indeseable y desgraciada a la que está sometida la sociedad, incluyendo el Estado, en contra de su voluntad. Esto no es contra la voluntad del Estado sino deliberadamente por él promovido, deseado e impulsado. El Estado venezolano, el régimen dictatorial, totalitario y abusivo es el culpable de nuestra HAMBRE, de modo que no estamos en crisis sino en en un deliberado proceso de muerte”. El que tenga ojos que vea y el que tenga oídos que oiga.

Sofía Ímber: “No hay nada mejor que el periodismo”

Por: Ángel Zambrano Cobo
Foto Natalia Brand / Asistente: Anita Carli

A eso de las once de la noche no quedaban empleados en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Ímber. Un farol de Parque Central iluminaba el nombre del museo sobre la fachada. Por la puerta principal salió alguien con un martillo en la mano. Lo hizo de noche, porque de día probablemente el personal del museo no lo hubiera permitido. A la mañana siguiente todos se dieron cuenta de que alguien había arrancado diez letras a martillazos que dejaron una sombra debajo de las seis palabras «Museo de Arte Contemporáneo de Caracas». Así, “a carajazos”, Sofía Ímber abandonó la fachada de su obra más importante.

“A carajazos… Nadie del museo se enteró cuándo quitaron mi nombre de la fachada”, Sofía Ímber no muestra rencor cuando cuenta esto, ni siquiera rabia. Ella, que dedicó veintiocho años de su vida a un museo que ya no lleva su nombre, narra este hecho como algo del pasado que dejó de tener importancia o que nunca la tuvo; dice, incluso, que esto no le sorprendió: “Ningún acto fascista me es extraño en este momento; el que me hayan botado no me dolió, porque a uno le duelen las cosas según de quien vienen, y eso fue casi un aplauso”.

Todo lo dice con esa voz ronca que va y viene; habla bajito, dice, por los años que trabajó en la televisión. Su metro y medio de estatura comienza con unos zapaticos marrón claro mínimos y termina con cabello corto, como de hombre. Las piernas, la izquierda sobre la derecha, no se descruzan nunca. Sus manos, que son una cédula de identidad, dicen que nació en el año 1924; con la diestra acaricia al perro que se queda sentado a su lado durante toda la entrevista. El otro perro, como quien ya ha escuchado suficientes entrevistas de su dueña, se retira apenas ella responde el «¿qué tal?» inicial.

“Estoy sobreviviendo, como todos los venezolanos”. Sin importar la pregunta, siempre termina por referirse al entorno nacional; su pasado periodístico la lleva siempre por el camino de la realidad. Evoca el oficio acompañándose de un suspiro y una sonrisa: “No hay nada mejor que el periodismo, es una maravilla; lo recuerdo con mucho placer”. Entonces sonríe más intensamente y esa segunda sonrisa tumba, de un golpe y sin permiso, su reputación de dura, de intransigente.

“Sé amar, no sé odiar. Aunque parezca una frase hecha, lo que digo es auténticamente cierto. Me parece horrible odiar; me gusta trabajar con la gente, respetar el trabajo del otro: darles la posibilidad de crecer a todos”. Así, un museo que al comienzo sólo era conformado por ella y los ochocientos metros cuadrados de construcción, ahora tiene veintiún mil metros cuadrados, doscientos doce empleados y una colección permanente de cuatro mil diecinueve obras. La ilusión de darles a los venezolanos el mejor museo de arte contemporáneo de América Latina se hizo realidad gracias a Sofía Imber; que la convirtió, como dice ella, en “el contemporáneo”.

También en su casa hay algo de ese ambiente; ésta tiene más de museo que lo que tiene de casa: tres esculturas aquí, cinco cuadros allá y algo de artesanía también abundan por doquier; al respecto comenta la entrevistada: “Éstas son obras que he coleccionado durante varios años”. No hay suficiente pared para todos los cuadros; detrás de Sofía hay una estantería que está –del piso al techo– repleta de libros de arte, pero, cubriendo la mayoría de los libros, hay seis cuadros que no encontraron un lugar junto a los otros: éstos cuelgan desde el tramo más alto del estante y parece imposible sacar un libro, ya que los libros son la pared de esos cuadros. “Tengo que levantar los cuadros para bajar los libros de la estantería; es un gran trabajo, pero todo cuesta trabajo”, dice con naturalidad.

Ya va atardeciendo y Sofía Ímber insiste en prender las luces para vencer la creciente oscuridad; se levanta con dificultad, “por la rodilla mala”. Ya menos oscuro todo, se vuelve a sentar junto al perro que todavía parece escuchar con interés, se voltea a ver los libros secuestrados por los cuadros y devuelve la mirada hacia el frente.

Cuando rememora sube los ojos, como buscando su pasado en el techo de la habitación. Por un rato guarda silencio; un silencio que nunca llega a ser incómodo, que no se apresura a romper, y que sólo es interrumpido por los pájaros, que cantan a todo dar antes de que anochezca. “No hay mejor despertar que el de los pájaros; no es como los despertadores. Cuando Carlos y yo teníamos el programa teníamos que llegar al estudio a las 4:45 de la madrugada, poníamos cinco despertadores para no quedarnos dormidos. En los treinta y tres años que tuvimos que llegar a esa hora, nunca llegamos tarde”.

Durante esos treinta y tres años, ella y su esposo Carlos Rangel despertaban al país con el programa Buenos días; “uno sigue consiguiéndose a gente que en aquella época era todavía muy joven y que te cuenta cómo su papá lo sentaba en frente de la televisión a ver el programa. En él no se llegaba a los términos de ahora, de tanta discusión y pelea. Hoy yo preguntaría en el programa cómo debe ser la educación en un país tan rico y tan pobre como Venezuela; el periodista trabaja dentro del momento político en el que vive. Yo tendría invitados que supieran explicar esto que estamos viviendo. Los programas deben ser así, deben tener un sentido, como las instituciones”.

Lo que fue bueno para Buenos días fue bueno para el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber. “Dirigí el museo como si fuera un periódico porque el museo, como los medios, tiene que estar ahí para la gente. Se pueden leer los cuadros como lees la página de un diario. El que entra en un museo es atravesado por ese museo; aunque no le guste lo que ve, lo observado crea un efecto en él”, esto lo dice con la seguridad de quien dirigió un museo durante veintiocho años. “Nuestro museo tenía la meta absoluta de estar ahí para la gente, de ser para ellos. Quisimos lograr que hubiera un intercambio constante y lo hicimos plenamente; invitamos a la gente del barrio a que viera las exposiciones, hicimos salas especiales para ciegos. El museo fue una institución viva”, aunque todo esto sea parte de su pasado, se sienten en su voz las ganas del presente.

A esa voz no le duele el pasado; pasa por él como se pasa por las páginas que ya se leyeron, que ya aportaron lo que tenían que aportar. “Recuerdo todo de Carlos; me hace mucha falta, fue mi gran compañero de vida, pero no me duele esa pérdida: no es un pérdida porque todavía lo tengo conmigo”. En la cara de Sofía Ímber perduran las sonrisas: su sonrisa; ni ella ni su dueña son dolientes del pasado, porque en todo ve futuro: un futuro que se niega a predecir, o incluso a recomendar. “Los jóvenes saben el papel que tienen que desempeñar en este país, ellos mismos encontrarán su camino sin que nadie se los muestre. Dar consejos es un poco necio, porque nadie hace caso; yo doy consejos y nadie me hace caso, a mí me han dado muchísimos que no he seguido”. De los pocos a los que les ha hecho caso, acaso el único, está uno del escritor inglés Bertrand Russell: «no hay que temer pertenecer a una pequeña minoría». Ella confiesa que esa es su frase preferida: “La uso cada día; si no lo hiciera, no hubiera podido levantar el museo ni nada en la vida. Uno no debe tener miedo de decir cosas distintas, ni de ser diferente. Nunca fui una persona conformista, por eso me han botado de tantos sitios”.

Desde la esquina de ese sofá de cuero azul todo está claro para Sofía Imber; responde todo con la seguridad de sus ochenta y tres años y sólo pronuncia un “no sé” en toda la entrevista. Lleva un reloj en la muñeca derecha y otro en la izquierda, los dos marcando la misma hora: “Eso sí no sé por qué; desde que pude comprarme el segundo, siempre tengo los dos puestos”. Ella mira a los ojos con una sonrisa, divertida ante la pregunta para la cual, por fin, no tiene una respuesta.

Se despide con la misma sonrisa que inauguró al saludar. Casi por accidente suelta algo que suena mucho a consejo y poco a necedad: “Cuando se escribe, a uno le gusta lo que escribió y se hace con honestidad no importa si no le gusta a los demás”.

Una bebé se ahoga en el metro

Por Ezequiel Abdala | @eaa17

Cof, cof. Su tos es directamente proporcional a ella: chiquita. Va en brazos de su madre, en uno de los asientos azules del metro, y tose repetidamente. Hasta que se priva. Ha botado todo el aire y cuando va a tomar más no puede. Se queda, diríase, paralizada. Y entonces comienza a cambiar de color. Todo sucede en segundos: la cara se le va poniendo roja, luego morada y finalmente azul. No cabe duda: está ahogada. La madre se desespera, y con ella todo el vagón. La levanta, le da por la espalda, la sacude y la sopla. Todo parece inútil: ya está, casi, del color del asiento. Son segundos dramáticos y apremiantes en los que todo el mundo opina y aconseja algo, pero nada parece funcionar. Suspendida en el aire, mueve desesperada piernas y brazos, mientras los ojos se le desorbitan. Es estremecedor. Hasta que de repente, pasados unos segundos eternos, suelta, más bien vomita, un poco de moco. La madre le da por la espalda y poco a poco va escupiendo cantidades considerables de moco. Todo cae en el suelo del vagón, pero a nadie le importa. Esa niña se estaba muriendo y se ha salvado. Poco a poco se difumina el azul de la cara y todos, con ella, respiramos tranquilos. Viene, entonces, la segunda parte: la de indagar. Tiene seis meses explica la madre, tiene seis meses y sufre de tosferina. Estaba hospitalizada en el JM de los Ríos, pero la salida de terapia intensiva de dos niños hizo que le pidieran la cama donde ella se encontraba y le dieran de alta sin estar del todo bien. Le mandaron un antibiótico y un broncodilatador. Consiguió el primero, pero no el segundo. Por eso tiene recurrentes episodios de ahogo como el que acabamos de presenciar. En la noche del jueves -todo esto sucede el viernes en la mañana- vivió otro parecido. De allí que vaya, en metro porque no tiene para un taxi, a llevarla de vuelta al JM de los Ríos a ver si hay algo que puedan hacer por ella, esa niña que parece tener ya más pasado que futuro, por haber nacido en la patria grande de Bolívar.

RESEÑA: El olor de la guayaba – Plinio Apuleyo Mendoza

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Bajo el muy mejorable título de ‘El olor de la guayaba’, la desaparecida Oveja Negra editó en 1982 una larga entrevista de 133 páginas que le hizo Plinio Apuleyo Mendoza a Gabriel García Márquez en la que hablan de varios temas: su familia, su formación, su oficio, su obra, su manera de ver la literatura, su ideas políticas y su vida personal. Se trata de un libro bastante ‘sui géneris’, en el que Gabo, tan reacio siempre a las entrevistas y luego en ellas poco dado a la revelación interesante, se abre completamente con el que fuera uno de sus amigos más entrañables, lo que es un auténtico valor agregado. Se trata de una obra imprescindible y casi de culto para los amantes y estudiosos de García Márquez, pero que también funciona para todos aquellos que tengan algún interés en la literatura y en el proceso de creación, tema que es largamente abordado en sus páginas, llenas de revelaciones interesantes del García Márquez más locuaz y sincero. Que ‘Cien años de soledad’ se iba a llamar ‘La casa’; que lo había comenzado a escribir con ese título a los 18 años y luego, desalentado por no hallar el tono ni tener las herramientas literarias suficientes, lo interrumpió durante 15 años hasta que un día yendo en carro a Acapulco tuvo una revelación y descubrió que debía escribirlo de la misma forma en la que su abuela le contaba las historias y entonces dio una vuelta en U y se devolvió a redactarlo; que para hacerlo empeñó su carro y pasó año y medio escribiendo en un cuarto; que para él no era su mejor libro; que le fastidiaba tremendamente su fama; que no la comprendía; que en su opinión ‘El otoño del patriarca’ era infinitamente mejor; que la idea de escribirlo le vino estando en Miraflores, donde estaba como corresponsal tras la caída de Pérez Jiménez, al ver salir derrotado y rumbo al exilio a un militar que apoyaba la dictadura; que, entre otros, el libro estaba basado en la figura de Juan Vicente Gómez; y que para él no es una novela sino un largo poema en prosa sobre la soledad del poder. Esas son apenas algunas revelaciones superficiales. Las otras, las más personales y sorprendentes, quedan para quienes lean este recomendable e interesante libro.

¡Olvídense!

“Sus palabras exactas no las recuerdo pero dijo que él es un empresario, que su familia se ha esforzado mucho por levantar esta empresa y que en este momento no están dadas las condiciones para asumir una candidatura”. La declaración corresponde a una empleada de Empresas Polar que ayer confirmó a Reuters lo que ya todos sabíamos: Lorenzo Mendoza no se postulará como candidato presidencial. El ‘outsider’ soñado por la oposición y temido por el chavismo no enfrentará a Nicolás Maduro en los comicios del 22 de abril. De poco sirvieron los “¡Presidente!, ¡Presidente!” de los juegos de béisbol, las marchas espontáneas pidiendo su candidatura y los llamados explícitos por parte de algunos dirigentes políticos. Su decisión, la verdad sea dicha, ya la había expresado en el acto de incorporación a la Academia de la Historia de Luis Ugalde, ex Rector de la UCAB: “Nada, nada, nada”. Y quién pudiese recriminarle algo. Sin garantías, su candidatura significaba derrota y, seguramente, el fin de Empresas Polar. Sin su postulación, por otro lado, las esperanzas de un cambio de gobierno, de por sí mínimas, quedan en la lona. La oposición, a 16 de febrero, sigue indecisa sobre el rumbo a tomar y el líder a seguir. No parece haber, en la MUD y sus alrededores, una persona que pueda concentrar todo el descontento que hay hacia la dictadura y consolidar un movimiento de lucha en Venezuela. Las conversaciones en República Dominicana no lograron su objetivo y el tiempo se agota. Falta poco más de dos meses para que Nicolás Maduro sea nombrado Presidente por seis años más y hoy por hoy no hay plan alguno para impedir que eso suceda.

Esta podría ser la mejor foto del año…y la tomó un venezolano

Entrevistado meses después por Revista OJO, Juan Barreto todavía no podía olvidar cómo había sucedido todo. Lo calificaba, de hecho, como el momento más fuerte de una jornada de protestas que se había extendido por meses y había dado mucho en sucesos e imágenes dramáticas. Pero para él, ése, el del muchacho quemándose el 03 de mayo en Altamira, había sido el momento más duro, y así nos lo dijo. En su recuerdo de ese hecho, que vivió en primera fila ya que la moto le explotó cerca, estaba presente la preocupación que sintió por un compañero suyo de AFP que esa tarde estaba cubriendo con él la protesta y se encontraba aún más cerca de las llamas. Tan cerca estaba, de hecho, que al principio Barreto pensó que quien se quemaba era su compañero y no el manifestante. “Yo iba caminando donde estaba el fotógrafo de AFP para coordinar la cobertura, cómo íbamos a cambiarle la tónica, y en ese momento explotó la moto. Pero explotó a metros. Yo de hecho pensé que quien se quemaba era mi compañero. Lo vi tan cerca que pensé que se quemaba él”. Pero no, no se quemaba: disparaba sin cesar su cámara, al igual que Barreto –“es una cuestión de instinto: la cámara, disparar, disparar y ya”-, y sin saberlo y probablemente sin ni siquiera pensarlo, conseguía la que probablemente será la foto de su vida: esa que ayer fue seleccionada, de entre 73.000 que competían, como una de las 6 finalistas del más importante y prestigioso premio del fotoperiodismo del mundo (algo así como el Nobel en esa rama), el World Press Photo. “Tiene mucha energía, movimiento y dramatismo, pero al mismo tiempo está muy bien compuesta. Dice mucho de lo que está pasando en Venezuela”, explicó ayer la presidenta del jurado a EFE, a cuya voz de alabanza se unió, también, la del director de la World Press: “no es fácil tomar una imagen así (…) el fotógrafo estuvo allí en el momento justo y lo captó de una forma muy poderosa”. El próximo 12 de abril tendremos veredicto y sabremos si el nombre del venezolano Ronaldo Schemidt (dejemos ya de decirle el compañero) se escribirá con letras doradas en la historia de la fotografía mundial como el autor de la mejor que se tomó en el año 2017. Sentencia del jurado aparte, ya para nosotros lo está.

Una boda atípica y tópica

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

En un país donde los blackberrys son parte de la canasta básica y se arma un dramón con episodios de depresión colectiva ante la falsa ida de Zara, que a 24 parejas les dé por casarse en el Sambil un 14 de febrero es algo que no extraña pero que hay que ver.

Así que en una tarde-noche tan linda como esa estaba yo en la terraza de la feria, convertida por obra y gracia de la decoración en recinto nupcial con telas colgantes y, claro, alfombra roja, que eso no puede faltar nunca. Alrededor de ella, en sillas doradas y vinotinto, estaban los emocionados familiares, que con sus trajes largos, faldas, chaquetas, corbatas, alisados, copetes de peluquería y una que otra joya, le conferían al evento un insospechado carácter solemne.

A eso de las 7:00 PM el fondo de violines fue cortado por una Daniela Kosán que de tan acostumbrada a las audiencias virtuales de la TV cuando se vio con casi 200 personas en frente se volvió puro nervio y no supo qué hacer. Adoptó los modos de la televisión -mirada fija en un punto abstracto del horizonte, tono impersonal y frío, dicción neutra- mientras el público, un tanto desconcertado, no entendía si la cosa era con ellos o con quien. Apoyada en unas fichas, explicó que todo tenía validez legal y les dio la bienvenida a los novios.

Con la marcha nupcial de Wagner y el público de pie fueron entrando las parejas. Como en botica, hubo de todo. Desde conyugues a los que más que el Código Civil lo que les aplicaba era la LOPNA, hasta unos a los que el Código Penal ya les otorgaba el beneficio de casa por cárcel. Vestidas de blanco ¿pureza? -salvo una que fue de morado y otra de amarillo- iban las damas, mientras los caballeros alternaron entre el terno y el smoking, con algún destello folklórico en versión liqui-liqui.

El discurso de bienvenida lo dio el Alcalde de Chacao, Emilio Graterón, quien desde su soltería, no sé si cotizada, les reveló a los novios “el secreto” del matrimonio: “que cada día en la mañanita se levanten pensando qué harán para hacer feliz al otro (…) que nunca se acuesten bravos“. Y para evitar que algún impertinente le preguntara dónde estaba la esposa que validara la eficacia del método, remató la intervención con su “average de familia felices”: “he casado a más de 3000 parejas y hasta ahora ninguna se ha divorciado”.

Terminado el discurso, la registradora leyó los sempiternos derechos y deberes, y comenzó la boda. La logística ordenaba que el Alcalde llamara a las parejas, Daniela Kosan les leyera la fórmula de imposición de los anillos para que la repitieran, el Alcalde hiciera la pregunta de rigor -¿Aceptas a…?- y los declarara formalmente en matrimonio. Y así fue en la práctica, pero con algunas diferencias.

Quizás porque tenía al lado a una Miss o porque había dos reflectores iluminándolos y una cámara grabándolos, Graterón se mimetizó también en animador de TV. Con un tono alto y claro que iba a medio camino entre Winston Vallenilla y Daniel Sarcos fue como llamó a las parejas. Sin embargo, la onomástica vernácula, extravagante y esperpéntica, le fue arruinando el momento: a Doralis le dijo Dorelis, a Marleti, Merelbi; a Quereigua, Querigua; a Yulide, Yulidiet, a Edwar, Ender; a Irima, Irma. Y entre error y corrección, una risita nerviosa de la Kosan, que del susto preguntaba dos y tres veces cómo era en realidad el nombre para cuando le tocara decirlo.

Y no es que ella la tuviera fácil, ya que le tocó lidiar con ese otro toro bravo que es la desbordante efusividad y espontaneidad del venezolano, responsable de que todos los conyugues le cambiaran la fórmula que ella, paciente, neutra y asépticamente, se encargaba de repetir. Así, en lugar del nombre de la novia se escucharon: muñeca, chiquita, mi amor bello, entre otros. El anillo, para algunos, no fue símbolo de “amor y fidelidad”, sino de “mi amor y mi gratitud” o “de todas las cosas que hemos pasado”. Pero para terror de muchos y suspicacia de todos lo más profanado de la fórmula fue fidelidad. Hubo desde el que simplemente se la saltó, hasta el que la confundió con “felicidad”, pasando por el que tartamudeó -“fi..fidelidad”-, el que no pudo -“filedi, filedidad”-, el que la cambió -“fideleidad”- y el que acaso traicionado por el subconsciente se rió -“de mi jajaja fidelidad jajajaja”-.

Como lo que errando empieza errando termina, el remate de la faena tampoco le salió bien a Graterón, que por andar pendiente de engolarse y adornarse le preguntó a José si tomaba como esposo a Vilmari, a Kermilis si tomaba como esposa a Jorge Luís, y a Marleti -que se casaba con Tomás- si aceptaba a Richard. Y allí, en las respuestas, otro desborde de espontaneidad: “Sí. La tomo, la recibo, todo”, “Claro, por supuesto, yo acepto” y el infaltable lagrimeo, que, contrario a lo esperado, salió de los ojos de un caballero.

Finalizado el acto vino el brindis. Ríos caudalosos de dorada y burbujeante champaña fueron repartidos generosamente entre todos los invitados, al punto de que no fueron pocos los que repitieron. Lo mismo pasó con los tequeños, el roast beef, las empanaditas y los pastelitos, agarrados hasta de a cinco por los presentes, pero cuya abundancia le hizo honor, y de qué forma, al lugar común sobre la suntuosidad de las bodas organizadas por judíos. Eso por no hablar de la mesa de quesos, también bien abastecida pero literalmente saqueada con una fiereza que ya le daría envidia a Atila.

Luego de hacerse esperar unos cuantos minutos, apareció en tarima la sorpresa de la noche: Oscarcito, que vestido con chaqueta de pana y pajarita era casi el arquetipo del duende irlandés. Como toda estrella, salió al escenario con lentes de sol, pero más pudo la oscuridad del sitio -martirio de todos los fotógrafos- que su vanidad, así que rápidamente se tuvo que deshacer de ellos. De lo que nunca se deshizo fue de la pista sobre la cual cantaba, cuya voz remasterizada lo dejó más de una vez en evidencia ya que ésta iba por un lado y él por otro. Sin embargo eso no fue obstáculo para que recibiera unos cuantos aplausos adolescentes por sus tres canciones.

Con él se terminó de ir lo interesante de la noche. Después siguió una orquesta con los típicos temas de bodas. Algunos bailaron un rato, otros se quedaron sentados tratando de disimular las protuberancias que originaban las bolas de queso en los bolsillos y otros compartieron con sus familias. Todos, eso sí, legal y bien casados, en una ceremonia que aunque atípica terminó siendo entrañable y venezolanamente tópica.

RESEÑA: La Cartuja de Parma – Sthendal

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Balzac, deslumbrado tras su lectura, le dedicó un estudio de 72 páginas en el que no dudó en considerarla la novela más importante de su tiempo. André Guidé fue un paso más allá en el elogio y dijo que no sólo del suyo, sino de todos los tiempos. Y Tolstoi confesó que en lo que a guerra se refería (y vaya si sabía algo de eso el autor de ‘Guerra y paz’) todo lo había aprendido de ella, porque fue la primera novela en la que un conflicto bélico se describió “tal y como es realmente”. A ‘La Cartuja de Parma’ no le ha faltado (ni le faltará) quien la defienda, aunque tampoco lo necesita: ella misma lo hace sola. Es un novelón de más de 500 páginas en el que sucede prácticamente de todo. Ambientada en la Italia del siglo XVIII, la novela sigue los pasos de Fabricio Del Dongo, un joven burgués ávido de vivir y experimentar cosas, y de su tía-protectora, la Duquesa de Sanseverina, que, presa de un amor más o menos imposible por su sobrino, está siempre tras sus pasos en la complicada labor de procurarle una carrera eclesiástica en la corte de Parma (nada menos que de arzobispo) que le garantice una existencia cómoda, desahogada y privilegiada, pero que Fabricio, puro idealismo y sueños, pone constantemente en riesgo junto con su propia vida.

Esa es, a muy gran escala, la sinopsis de esta novela, en cuyo ínterin suceden mil y un cosas más, todas ellas acompañadas siempre por otras mil y un reflexiones y cavilaciones de los personajes, que son finalmente lo que le da categoría a ‘La Cartuja de Parma’: que sus personajes no solo viven y sienten de manera apasionada, sino que en la misma medida reflexionan. Son intensos, como se diría ahora. El mayor de todos, Fabrizio, que luego de estar en Waterloo (y no enterarse de nada) pasa páginas y páginas preguntándose si había estado o no en una verdadera batalla y reflexionando sobre lo que había vivido; quien después de cada desenamoramiento (y varios le suceden), teoriza sobre el amor y la incapacidad que tiene él de sentirlo por nadie; o que cuando está preso se examina rigurosamente para ver si no será una persona de gran carácter por estarlo y no sentirse triste. Menos reflexiva pero mucho más astuta es la Duquesa, quien a lo largo de la novela va dando cátedra de cómo se consiguen favores y se sobrevive en una corte italiana (la descripción de éstas y su ambiente, pero sobre todo la de su funcionamiento es verdaderamente excepcional) a punta de manipulaciones e intrigas. Lo mismo pasa con el Conde Mosca, amante de la duquesa: un funcionario de carrera que sabe muy bien cómo mover a conveniencia los hilos del poder en la corte (nuevamente, esto queda excepcionalmente descrito en el libro).

Con respecto a la prosa y la estructura, hay que decir que es muy de su época. El dato de que Sthendal escribió (o dictó) casi 800 páginas en 42 días (al final, a petición del editor, que se negaba a publicar en 3 tomos, tuvo que suprimir 300 páginas) da una idea exacta de cómo fue que lo hizo: como le salió. Y no le salió mal (buen escritor era), a pesar de que no se evidencia ningún tipo de interés estilístico en la prosa (abundan las frases ingeniosas, pero casi ninguna muy bonita o elaborada). Lo suyo era contar, contar y seguir contando. Una explosión de genio que tenía ocho años latente (el tiempo que pasó sin escribir), pero que, como toda explosión, a la par que avasallante, es también caótica y desordenada: el ritmo es irregular, las divisiones de capítulos son artificiales, el narrador aparece y desaparece a su antojo, y el final lo despacha en apenas cuatro páginas (puede que esto sea consecuencia de la abreviación obligada). Muy de su época, nuevamente.

El punto más flaco, no obstante, es el inexplicable (y mal) título, que poco tiene que ver con la novela (hace referencia a un lugar que apenas y aparece en la última de las más de quinientas páginas que la componen, y que no es determinante en la historia) y que probablemente habrá alejado a unos cuantos lectores de ella. No se le juzgue por allí. Júzguesele, si se quiere, por el extraordinario primer párrafo con que arranca (no debería faltar en una antología), y téngase presente que a pesar de llamarse ‘La Cartuja de Parma’, es una gran y apasionante novela, con personajes extraordinarios e inolvidables, repleta de intrigas, política de principado, aventuras y mucho ingenio, ideal para quien guste de los clásicos y quiera pasarse un buen tiempo con alguno.

La Cartuja de Parma

Autor: Sthendal

Fecha: 1835

Páginas: 436

Calificación: 8,5 /10

¡Zapatero a su Zapato!

“La carta enviada por José Luis Rodríguez Zapatero a la oposición venezolana tras el fracaso de las negociaciones con el régimen de Nicolás Maduro es impropia de un mediador. Porque una cosa es la frustración del que ha trabajado para acercar a las partes en conflicto y otra muy distinta cargar las culpas en solo uno de los negociadores. En el caso que nos ocupa esa falta de imparcialidad es especialmente escandalosa, con una oposición oprimida, perseguida y encarcelada frente a un gobierno abusivo entregado a la demolición de la democracia y la economía de Venezuela”. Así evalúan desde España el rol que ha tenido el expresidente Rodríguez Zapatero en un diálogo que, otra vez, ha fracasado. El País ha sacado un editorial este 9 de febrero titulado ‘Oxígeno para Maduro’, en el que analiza y desprecia el papel jugado por el exmandatario de la nación europea. Con su carta dirigida a la oposición venezolana, Rodríguez Zapatero se ha convertido en el argumento principal de la dictadura para legitimarse. El chavismo ha encontrado en él una ficha de ajedrez que juegue para sus intereses en un tablero en el que cada vez cuenta con menos piezas. En contra de las posturas del Grupo de Lima, del Parlamento Europeo, e incluso de la Corte Penal Internacional –que ayer abrió un examen preliminar contra Maduro por crímenes de lesa humanidad–, a José Luis Rodríguez Zapatero le sorprendió que la oposición no firmase el documento presentado por el gobierno, un texto que no contemplaba las garantías mínimas para ir a las tan ansiadas elecciones limpias y transparentes. La verdadera sorpresa, no obstante, hubiese sido que los miembros de la MUD aceptaran las condiciones de un gobierno que ha adelantado los comicios a su conveniencia, ha elegido a dedo a sus adversarios, inhabilitado a sus mayores enemigos y atropellado unos tiempos electorales con el objetivo de perpetuarse en el poder.

Ron Chávez en busca de sí mismo

Por: Juan Sanoja  | Juan Sanoja

Caminaba de un lado al otro en el escenario. Ya llevaba hablando unos cinco minutos y, como siempre, había sacado unas cuantas carcajadas a la audiencia. Su historia inspiraba, cómo no. Era la historia de todos. La de los sueños rotos. La del hombre que busca su lugar en el mundo y mientras tanto va acumulando un sinfín de fracasos. La del veinteañero que no sabe qué hacer con su vida. La de la frustración y la amargura. La de poncharse mil veces por no ver la bola. La de navegar a la deriva. La de remar contra corriente. La de resistir, persistir e insistir hasta que, con suerte, la existencia empiece a cobrar sentido:

–Si tú, con pasión, decides hacer algo, y sientes que para eso eres bueno, lo único que tienes que hacer para detectarlo es escucharte, aceptarte y tomar decisiones. ¡Muchísimas gracias!

Había culminado su presentación frente al Aula Magna de la Universidad Católica Andrés Bello y ahora estaba en medio del escenario disfrutando de su sonido favorito. Como todo un showman consagrado, Ron Chávez recibía los aplausos que daban por concluida la séptima edición de un evento que agrupaba a exitosos emprendedores venezolanos. Él, que había abandonado tres carreras universitarias; él, que vio frustrada su aspiración castrense al ser dado de baja por deficiencia académica en la Guardia Nacional Bolivariana; él, que durante una década pasó por todos los trabajos habidos y por haber tratando de calar en la sociedad, acababa de dar una clase de cómo romper el molde y triunfar en la vida.

Ron Chávez encontró su lugar en el mundo gracias a la improvisación teatral y ahora presentaba en la UCAB un proyecto iniciado meses atrás: una Escuela de Humor que pretendía dignificar el oficio del comediante y preparar profesionalmente a más bichos raros como él, personas que no habían querido (o podido) seguir el camino ortodoxo de la vida y que hallaron en la tarima el sitio donde querían pasar el resto de sus años en la Tierra.

Roberto Carlos (Ron Chávez son sus apellidos) había nacido en un hogar artístico y de niño se le notaba. Su madre tenía experiencia en el teatro, su padre en las artes plásticas y él era un pequeño extrovertido que imitaba a personajes de Radio Rochela, El Chavo y el Chapulín Colorado. Su vena artística era innegable, pero entre los trece y los catorce años le pasó lo que a cualquier adolescente. Escuchó que había que crecer y confundió madurez con seriedad. Le puso un torniquete a su torrente creativo y de ahí en adelante se dedicó a ser un tipo serio.

Había participado en los actos culturales de su colegio, en montajes de teatro e incluso en un capítulo de Las Dos Dianas, la recordada novela del 92 protagonizada por Carlos Mata y Nohely Arteaga. Pero cuando llegó el momento, su decisión estaba clara: Ron quería ingresar a la escuela militar. Así que, con sólo dieciséis años, empezó a formarse en la institución castrense.

Estaba en el lugar equivocado –me dice un Mayor de la Guardia Nacional, que fue compañero de promoción de Ron–. Tarde o temprano iba a darse cuenta de que no estaba en lo suyo. Recuerdo que le propuse: ‘Ron, tú tienes que ser comediante’. Tenía una facilidad para expresarse que no era de militar. Siempre llegaba con una cara, con una morisqueta.

Ron había sido uno de los 1000 cadetes que ingresaron a la Fuerza Armada en 1998. Formó parte del grupo de 250 que entraron a la Escuela de Formación de Oficiales de las Fuerzas Armadas de Cooperación (EFOFAC) al año siguiente, pero su nombre no pudo estar entre los ciento y pico que se graduaron como Guardias Nacionales tiempo después: al tercer año reprobó estadística y tuvo que abandonar la milicia.

Esa sería la primera de las cuatro veces que dejaría los estudios: no aprobó el curso propedéutico de la Escuela Nacional de Administración y Hacienda Pública, se retiró de la UCAB porque no podía pagar la matrícula y abandonó la carrera de Administración en Recursos Humanos que estaba cursando en la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez, para dedicarse al teatro.

En el ínterin, Roberto Carlos había sacado una maestría en varios oficios. Estuvo seis meses en Estados Unidos para conocer el idioma y lo menos que hizo fue aprender inglés. Lavó carros, cuidó niños, cortó grama, bañó perros y hasta impermeabilizó techos. Las fortalezas físicas y mentales adquiridas de la doctrina militar –me dice Ron en la actualidad– lo habían curtido y preparado para cualquier tarea. Pagar plantones (estar de pie y firme por largas horas) no era precisamente algo a lo que todo el mundo estuviese acostumbrado y él ya lo había vivido en su época de cadete. Por eso, no se sentía incómodo ganándose la vida bajo el sol inclemente mientras acomodaba las azoteas de los hogares gringos.

En Venezuela volvió a trabajar la paciencia mientras se ganaba el quince y último contando bolígrafos en una fábrica, desarrolló la empatía trabajando como cajero en un centro de copiado, fue cultivando el don de gente atendiendo al público en Cantv y Telcel y se gradúo de todero en una ferretería.

“¡¡¡Ron Chávez!!!”, grita, micrófono en mano, Willy McKey, el encargado de moderar el evento de emprendedores en la UCAB. A Roberto Carlos lo siguen aplaudiendo y yo pienso en Søren Kierkegaard, el filósofo que citó alguna vez Villoro: la vida se vive hacia adelante, pero sólo puede ser comprendida hacia atrás.

Eran las diez de la noche del primero de enero del 2011 y Ron Chávez estaba en una habitación de hotel en Los Andes, Chile, tomándose una cerveza, preguntándose qué carajo hacía allí y llorando como un niño que extraña a su madre. Tenía ya año y medio desde que había comenzado en el mundo de la improvisación teatral y ése era su primer viaje en busca de conocimientos.

Unos meses atrás había conocido por Facebook a una mujer chilena que estaba metida en la movida artística y que se había puesto a la orden por si algún día Ron necesitaba techo y comida en una eventual expedición sudamericana. Por eso, cuando en Internet encontró unos talleres de improvisación en la tierra de Pinochet y Allende, no dudó en escribirle a su amiga virtual. Ella, muy cordial, reiteró la oferta que le había hecho no mucho tiempo atrás y Ron compró pasaje, empacó su maleta y tomó un avión el primer día del año 2011. El problema fue que, al llegar, y tras ser recibido con un almuerzo, la mujer le informó que no podía quedarse allí, pues su marido le había dicho que cómo era posible que un hombre durmiera en una casa donde vivían dos niñas de 15 años.

Tuvo que agarrar su equipaje y quedarse en un hotel de 30 dólares la noche. Eso era el 10% del presupuesto que tenía para pasar un mes completo en Chile. La decisión de la mujer le había trastocado todos los planes y ahora estaba en Santiago sin tener idea de qué era lo que iba a hacer. Se le ocurrió llamar a Jorge Parra, su mentor argentino que había creado en Venezuela el show de improvisación del que se había enamorado, y éste le recomendó que llamara a fulanito, un fabricante de utensilios de circo.

Al día siguiente, cuando conoció al amigo de Parra, se dio cuenta de que su nuevo hotel, donde se quedaría los próximos treinta días, sería un galpón inmenso donde decenas de personas practicaban mañana tras mañana malabares, acrobacias, contorciones y demás espectáculos circenses. Allí se percató de que lo más parecido a una academia militar era la disciplina con la que esos hombres se paraban todas los días a entrenar religiosamente. Fue en ese momento cuando dejó atrás, para siempre, todos los prejuicios que durante años le habían hecho pensar que quienes hacían teatro eran locos, drogadictos y malvivientes.

El cuento me lo está echando el propio Ron Chávez. Son casi las cinco de la tarde de un martes de diciembre y ya llevo una hora escuchando las anécdotas que ha acumulado desde que en 2009 su madre, con tono de preocupación, le preguntase que qué iba a pasar con los estudios, que si era verdad que quería dedicarse al mundo de la actuación.

La conversación tiene lugar en el piso dos de la Torre A del Centro Perú, uno de los tantos edificios que copan la interminable avenida Francisco de Miranda y el lugar donde se inauguró, hace escasos meses, la primera sede de la Escuela de Humor. Ron Chávez está a punto de dictar la última sesión del taller ‘ABC de la Impro’ y debemos interrumpir la conversación ante la llegada de sus alumnos.

De vibra ligera, cola de caballo y barba semipoblada, no hay nada en Ron que haga recordar su pasado militar. Nada, salvo la disciplina que impone en clase. “Bueno, los celulares, muchachos. ¡Vamos a aprovechar la clase!”, dice enérgicamente para poner orden y dar inicio al cronograma de actividades. Su cara de éxtasis lo dice todo: ha llegado el mejor momento del día.

En la mano derecha tiene una campana y en la izquierda un cuadernito. Con lo primero llama la atención y en lo segundo anota para luego corregir. Durante la clase, Ron toma más apuntes que Mourinho, aplaude como un espectador más, tiene la sonrisa de un niño y cuenta con más adrenalina que un ladrón en problemas. La pasión de la que hablan sus familiares, amigos, alumnos y colegas está ahí, en el piso dos de la Torre A del Centro Perú, un martes de diciembre, a las 5:30 de la tarde.

–El greñúo ese es uno de los duros, el que empezó con todo esto. Es un fenómeno.

Un señor pelón, de camisa negra y acaso 40 años, le explica a su amigo de qué va el show llamado Improvisto. Aunque no domina con precisión los datos históricos, el sujeto que tengo detrás en la cola hace bien en detallar los fundamentos del espectáculo que hoy hemos venido a ver: una obra que está dividida en cinco historias independientes, cada una de las cuales surge de la improvisación.

El greñúo al que hace referencia el señor es Ron Chávez, quien desde hace ya unos años comenzó a cambiar el look de cadete que había llevado con orgullo cuando le tocaba marchar con las botas puestas y el fusil en la mano. Ya no se pasa la máquina uno, ni tampoco se afeita la cara. La metamorfosis artística lo ha convertido en una suerte de Jesucristo criollo con el pelo a media espalda.

Todo empezó una década atrás. A Ron lo invitaron a ver un show en el CELARG de Altamira y él, cuenta, salió con los tapones volados. No podía creer lo que había visto: una obra de teatro donde absolutamente todo era improvisado. La cuestión le pareció tan increíble que incluso pensó en que él podía dedicarse a ello, pero no pasaron ni cinco minutos cuando el cerebro le mandó un cable a tierra: ‘Si eres ridículo, qué vas a estar tú haciendo eso. Ni de vaina. Tú estás a punto de finalizar una carrera en la Universidad Simón Rodríguez como Licenciado en Administración de Recursos Humanos. Ni se te ocurra pensar en una cosa como esa, muchacho loco’.

Las endorfinas y una mujer, no obstante, le hicieron cambiar de parecer. La chica de la que estaba perdidamente enamorado le dijo que iba a tomar un taller de improvisación dirigido por la gente de Improvisto y él no dudo ni un segundo: era su oportunidad para conquistarla. La chama no pasó de la segunda clase, pero poco importó: él había encontrado la profesión con la que quería casarse por el resto de su vida.

Dirían los psicólogos que a partir de ese momento Ron pasó del «soy lo que voy probando para elegir» al «somos los que amamos». Roberto Carlos empezó a hacer cuanto taller y curso se le pasara por enfrente, se convirtió en un autodidacta empedernido y todo lo demás fue dándose en consecuencia. Escaló posiciones y llegó a dirigir el show que en 2009 le había volado los tapones.

Al pelón le ha tocado al lado mío. Le sigue contando a su amigo lo bueno que es el show que está a punto de comenzar. El teatro queda a oscuras. Una melodía rockera empieza a sonar y unas luces multicolores de discoteca apuntan desde el techo a todas direcciones. El público anima con aplausos y el maestro da luz de sala. Por la puerta de atrás van entrando los actores. Vestido de amarillo, Ron Chávez comanda al equipo con una sonrisa de oreja a oreja. Pienso en Villoro: Søren Kierkegaard tenía razón.