Pequeñas diferencias

En la década de los 60, en plena lucha armada de la izquierda aleccionada por Cuba, ocurrió un hecho muy sonado: el asesinato de Alberto Lovera por parte de la policía política de entonces, no recuerdo si era todavía la Digepol o ya le habían cambiado el nombre a Disip. Quien levantó la bandera que impulsó la investigación fue el diputado José Vicente Rangel, que luego reuniría sus escritos en un folletín panfletario llamado Expediente Negro. Tuve ese libro en mi poder, y por él pude saber lo que ocurrió. Al profesor lo mataron a golpes y luego lo lanzaron al mar desde el Morro de Lecherías, encadenado a un pico. Una caída de muchos metros, pero no tantos como los que separan el décimo piso del Sebín del pavimento. JVR tuvo una tribuna de excepción en el hemiciclo de la AN. Tuvo prensa, tuvo acceso a los expedientes, al cuerpo de Lovera. Hoy, los diputados no tienen esas facilidades. No pueden enfrentarse al poder, porque corren el riesgo de terminar igual que Fernando Albán. No pueden escribir el Expediente Rojo. Me pregunto si Rangel no habrá recordado su libro al enterarse de este caso. Supongo que no, porque la consciencia la tiene apagada cuando no se trata de un muerto de su bando.

 

Por Mirco Ferri | @mircoferri 

El registro silencioso

Hay que imaginarse el momento en que la Divina comedia existe como manuscrito inacabado, cuando aún no se ha convertido en el poema que despierta la admiración del mundo entero. Dante está escribiendo digamos el canto cuarto, y todo es posible; puede coger una pulmonía y morir antes, incluso, de haber acabado el Infierno. La visión de la totalidad, por supuesto, ya está latente en su cabeza, pero de ahí a su segura plasmación en el papel hay todavía un largo y peligroso camino; bacterias y virus -y también los enemigos políticos- no andan ociosos.

Me gusta imaginarme ese momento, y no sólo por razones de naturaleza filológica. En cierto sentido, el mundo siempre se halla en esa misma condición -en la condición de un manuscrito inacabado-, incluso aunque nos parezca que ninguna obra maestra está fraguándose en este preciso instante.

Adam Zagajewski.

 

Por lo menos desde los años setenta, sin olvidar los avatares de la lucha armada, se ha llevado un registro de la violencia en Venezuela. Hablo de un registro desde la literatura, contenido en poemas, cuentos, novelas, piezas dramáticas y, más recientemente, desde la crónica. Si nos remontamos hacia un pasado más remoto, hacia el siglo XIX por ejemplo, los ejemplos pueden ser incontables, en especial desde los testimonios en la prensa nacional, clandestina o no. Con la llegada de la paz gomecista, las cosas cambiaron: el auge y conciencia de lo social, vinculado en muchos casos con las teorías políticas de izquierda, orientaron su atención hacia los avatares del ciudadano común, y sus vínculos con elementos esenciales: el hambre, la explotación del Capital, las enfermedades; todo esto como reflejo del abandono (esa forma de violencia) de las masas por parte de los responsables de las políticas de Estado. Su temática es variada y hace énfasis desde los setenta en el crecimiento desbordado de los barrios, en la vida en las abarrotadas cárceles, en la violencia desatada por la guerra de las drogas, y el protagonismo del delincuente, quien luego mutará hacia nuevas denominaciones: capo, pran, etc.

En nuestro país hay un registro de la violencia, destacándose desde la década ya mencionada y subiendo con cada década posterior: los ochenta, los noventa. Israel Centeno y José Roberto Duque son dos nombres esenciales, en especial en las primeras etapas de sus obras (la de Centeno se crece con los años). Hay entonces, sí, un registro de la violencia pero, ¿lo hay del autoritarismo? ¿De la dictadura o lo dictatorial? Desde Pérez Jiménez no recogimos nada, a razón de los años de la democracia (llena de violencia, y de su registro, claro está). Pero es quizás con la llegada de Hugo Chávez al poder que podemos empezar a contar un testimonio de lo autoritario y con el gobierno de Nicolás Maduro, de lo dictatorial.

Tardamos años en comenzar un registro de lo autoritario. Las bravuconadas de Jaime Lusinchi son un juego de niños frente a los desplantes del fallecido Teniente Coronel. Nos permitió recopilar sus palabras gracias a todos sus programas de los domingos, hoy poco citados y olvidados (solo recordados con énfasis por los especialistas). Pero no hablamos del afán verborreico del nativo de Sabaneta: hablamos de sus acciones autoritarias y despóticas, que aplastaron a millones de venezolanos. Hablamos de esas acciones que acarrearon consecuencias para un país entero y que inauguraron diferentes categorías de ciudadanos, dependiendo de la orientación política que signara a cada uno. Dentro de estas acciones autoritarias, podemos recordar la movida de alfombra en la dirección de los Museos en el país, la Biblioteca Nacional y otras instancias culturales. La transformación (negativa, pobre, comprobamos en estos últimos años) de un aparato cultural sostenido desde el apoyo del Estado desde finales de los sesenta y que, a pesar de sus taras y vilezas, arrojó resultados positivos y dignos de emularse en otras naciones latinoamericanas (el sistema de Bibliotecas Públicas, por ejemplo; no hablemos de Biblioteca Ayacucho o Monte Ávila editores).  Como un rey Midas en verde oliva, Hugo Chávez desbarató una gerencia eficiente e instaló un aparato más burocrático e inútil que cualquiera que ha tenido presencia en nuestra historia cultural.

Vayamos más hondo. El paso del registro de la violencia a lo autoritario tardó mucho en Venezuela. Demasiado, dirían algunos. El de la violencia sigue firme, pues la misma señorea en nuestra pobre república como un antiguo dios; el del autoritarismo ha sido más lento. Y nada reclama más un ciudadano de acción a las letras que eso: la lentitud del proceso, la lentitud, la lentitud. Lo poco inmediato del registro de las cosas, del testimonio, del modelo lector. No lo olvidemos: los escritores dan las palabras necesarias para expresar lo que sentimos y que no sabemos cómo expresar del todo.

Sigamos bajando. Recordemos que hablamos de autoritarismo, algo que habíamos dejado atrás desde hace décadas y que volvió, parece, para instalarse nuevamente como forma de gobierno. Y todo autoritarismo es un gargajo consecuente en la cara. Mancha, además, el idioma, la palabra, pervirtiéndola. Es él quien le hace el camino a lo dictatorial y a lo tiránico. ¿Cómo registramos lo autoritario, desde el campo literario? ¿La respuesta de los escritores ha sido contundente y marcada a través de los años  por una visión profunda de los acontecimientos que vivimos? ¿Hay un registro de lo autoritario por la palabra desde el comienzo del chavismo? Recordemos que el orden de escritura no es siempre el de la publicación: estos registros se han desarrollado a la largo del tiempo y muestran carne dolida por esos tiempos nefastos. La poesía, más que la narrativa ficcional, ha vinculado el proceso político que significó el chavismo con aquello presente en nuestro imaginario más profundo y en nuestro inconsciente.

¿Ha hecho su labor?

La narrativa lo ha hecho con nuestra historia (Suniaga, Vegas, etc). Debemos esperar a esta década que ya avanza hacia su final para encontrar textos en donde la crítica del autoritarismo esté presente de manera enfática: autores como Gisela Kozak, por ejemplo, o Alberto Barrera Tyzska. ¿No es demasiado tarde? ¿Tenía que morir Chávez para poder hacerlo? ¿No leímos con claridad que el chavismo fue siempre un autoritarismo? ¿O simplemente olvidamos que la literatura y su proceso creativo llevan sus tiempos, su orden, su proceso particular, muy diferente del que puede observarse en otros registros de la memoria?

¿Qué es real? ¿Qué es falso de todo esto? ¿Hubo autocensura de editoriales o escritores? De los primeros, lo dudo. Ahí está la larga labor de editorial Alfa, entre otras. ¿Y de los escritores? ¿Dudaron de la simiente siniestra del chavismo? ¿Cuántos vivieron el espejismo democrático del Comandante o, peor aún, del socialismo del siglo XXI?

Lleguemos al fondo. El registro de lo autoritario nos preparó para el registro de la dictadura. Las dudas, los aciertos de las obras escritas y publicadas durante los últimos años nos dan un muestrario bastante claro de lo que somos: nostalgia de tiempos mejores (¿¡los años noventa!?), de un país desaparecido ya, de ese crepúsculo sensual y triste que antecedió la llegada de la noche; crítica despiadada del ser nacional; la vuelta perenne al campo para reconocernos nuevamente; el fracaso de la modernidad en nosotros; el Centauro permanente avanzando siempre entre haciendas calcinadas; el barrio y su exaltación o desprecio; la derrota de la clase media. La lista es larga y sin final y de cada parte de esta lista hay un poema, un cuento, una novela, una obra de teatro.

El registro de la dictadura, de lo dictatorial se está haciendo ahora y podemos leerlo en Twitter, Instagram, Facebook. Podemos, también, testimoniar el trabajo en silencio de otros autores; y también podemos registrar el triunfo mudo del terror: son muchos escritores quienes se quedaron sin palabras para testimoniar este tiempo infeliz. Un silencio llena su boca y sus manos. Pero en algún momento, escribirá. En dos, cinco, diez años. Y vendrán sus palabras para recordarnos lo acontecido.

El registro de lo dictatorial nos recuerda la subversión que significa también toda palabra. Nada más conservador que el idioma, y nada más rebelde.

Las palabras son peligrosas. Peligrosísimas. Y dan el golpe de campana de una época.

Para honrar la memoria de tantos muertos, heridos, encarcelados. Y nunca olvidar.

 

Por Ricardo Ramírez Requena  |  @maqroll30

Desorden Público en los Pepsi Music: música para pensar y bailar

Oscar Alcaino –u Oscarello El Magnífico, como se le conoce– asistió a la gala de los Pepsi Music en compañía de su hija. El percusionista de Desorden Público caminaba por el lobby con la parsimonia de un artista consagrado, mientras hacía tiempo a que llegara Danel Sarmiento. Con ambos, Revista Ojo tendría la posibilidad de conversar.

 

Oscarello, ¿cuántos premios ha ganado Desorden Público en estos 33 años?

Uff. Esa pregunta está bastante difícil. Eso es como cuando, en algunas entrevistas, te dicen: cuenta una anécdota. Uno tiene tantas, que uno al momento en que se lo preguntan no se acuerda. Pero, más reciente, ganamos tres Premios Pepsi en la entrega no televisada. Ganamos un Grammy norteamericano, que es como el Grammy planetario, por el disco que hicimos con C4Trío en enero. No ganamos, pero, caramba, ser nominados a esos Grammy ya es ganancia, ¿no? Estehm, bueno… Premios Pepsi, gracias al público que hace las votaciones, nos ha ido súper bien en las pasadas cinco ediciones. Y, bueno, pare usted de contar.

¿Qué importancia le dan ustedes –como banda, como artistas– a los premios?

¿Específicamente a los Pepsi o a cualquier premio?

A cualquier premio.

Oye, a mí me parece que nosotros como artistas… ¿cómo te digo?, súper complacidos, porque ahí están apoyando a la gente que, en nuestro caso, se esfuerza haciendo música. Y si vamos más específicamente al caso de los Pepsi Music –sobre todo en estos tiempos, en el último año–, oye, la verdad es que nos quitamos el sombrero, porque tienen eso: apoyan el talento nacional. Y, además, la gama, el abanico de música: desde música infantil hasta cualquier cosa que sea venezolana.

¿Un artista es más artista o menos artista por ganar o no un…?

¡Noooooo, no, no! Disculpa que te haya interrumpido la pregunta, pero no, no, no. Es más, hay gente que gana y de repente no es artista: es un producto comercial, que lo lanzaron, le fue muy bien, le metieron bastante dinero, muchísimos likes, mucha payola en radio y al final lo que es es un faranduleo, pues. Pero yo no considero que si no ganas, no eres artista. A mí parecer, eso no tiene nada que ver.

¿Cuáles son las búsquedas artísticas que, después de 33 años, tiene ahorita Desorden Público?

Coye, Desorden siempre estamos activos. Bueno, no sé si te has fijado en la carrera de Desorden, siempre estamos inventando algo. Sacamos cosas nuevas, nunca nos quedamos anclados al pasado; claro, tenemos, a veces, que tocar en los shows esos súper clásicos que hay que tocarlos; a veces les hacemos una pequeña variación, para divertirnos, para hacer un toquecito diferente. Pero siempre estamos en una búsqueda. Ahorita en mes y medio iremos de nuevo a México, para usarlo como base de operaciones, porque tenemos varias cosas por ahí. Iremos a Europa, a Centroamérica, tal como el año pasado. Estamos inventándonos otro sencillo navideño; creo que el año pasado hicimos uno con Gustavo Aguado, al estilo Desorden. Tenemos otra idea por ahí… Ya para el año que viene queremos grabar disco nuevo, ya estamos pensando material… O sea, siempre estamos activos. De hecho, ahorita hicimos unos shows en Venezuela, y a nivel musical cambiamos nuestra línea de metales, que tradicionalmente ha sido trompeta, trombón y saxo. Esta vez, trabajamos con dos saxos nada más. Dos saxos tenor. Siempre estamos buscándole la vuelta a todo para divertirnos y que la gente sienta que le ofrecemos algo diferente.

¿En este momento, cuál es el leitmotiv de la música que están haciendo?

¿El leitmotiv? Yo creo que siempre ha sido el mismo, música inteligente: para que pienses; y música para los pies: para que bailes. Lo que creo que se ha diferenciado es –claro, como todo en la vida– vas madurando y te vas haciendo un poco diferente. Quizá más poético, más pausado. Uno en la vida siempre va cambiando…

¿Y en estos 33 años no ha ocurrido que hayan tenido divergencias artísticas, que sientan que ya no están en lo mismo?

No, no. Por lo menos el núcleo –que somos Danel, Horacio, Caplís y mi persona– siempre nos hemos mantenido fiel a lo que es la columna vertebral del ska y de ahí sacamos nuestras canciones. Porque vivimos en Venezuela, estamos en el mar Caribe, yo pienso que no escapas a esa permeabilidad; entonces, por eso tenemos ese estilo que es ska con salsa, con merengue, con afrovenezolano… siempre haciendo buenos contactos con gente que nos gusta. Por ejemplo, C4Trío. Fíjate, ahorita que me preguntabas lo de los premios… o sea, el sentido comercial y eso: a nosotros, si no nos gusta no lo hacemos.

Me dijiste que su base de operaciones está en México.

No, no, no. Estamos un poquito desperdigados, pero sigue siendo Caracas nuestra base. Pero, el año pasado tomamos a México por unos meses como nuestra base de operaciones. De ahí salimos a España, Portugal, Centroamérica, Norteamérica, el mismo México; y este año, lo vamos a volver a hacer, pero por un mes nada más. Tenemos varios compromisos en el exterior y es más fácil llevarnos desde México que desde Venezuela.

Como artistas, ¿en qué los afecta todo el clima que estamos viviendo, la crisis del país?

Bueno, yo creo que nadie está exento de eso. En la banda, hubo tres de los más nuevos, por decirlo así, que se quedaron viviendo en México. Y cuando dimos este show que te dije anteriormente que tocamos con dos saxos, tuvimos prácticamente que armar una banda nueva.

¿Y el núcleo principal sigue residenciado en Caracas?

Sí, sí. Horacio está de viaje porque él sí tenía unos compromisos en Houston, allá está la hermana. Tenía una gira de medios por allá. Pero, por lo menos, aquí en Venezuela, de los cuatro viejitos ahorita estamos tres.

¿Hasta qué edad van a seguir dándole?

Oye, Desorden no tiene fecha de caducidad. Yo siempre digo, parafraseando a Mick Jagger, así nos tengan que poner rampa para subir a la tarima en silla de ruedas… ahí vamos.

Bueno…

¡Otra cosa! ¡Disculpa que te interrumpa! En diciembre, viene una película de nosotros (por eso te digo, siempre estamos haciendo cosas): una película de Carlos Malavé, cineasta venezolano. Es una especie de documental de Desorden Público, se llama Venezuela es un Desorden, para que estén pendientes. Es una película, un documental de nosotros, que es dinámica: ves fotos, ves conciertos, ves cómo somos nosotros fuera del ámbito musical.

¿Y qué periodo comprende la película?

Toda la vida.

¿Pero por cuánto tiempo han estado filmando?

Han filmado en los últimos dos años, pero siempre buscando sobre todo fotos de, oye, cuando estábamos pelados, pues.

¿Y no viene algún libro en camino?

Oye, ahorita no. Pero ya nos han hecho dos libros, creo. Uno se llama Buscando algo en el Caribe y otro que se llama ¿Dónde está el pasado?, que es Desorden antes de conformarse como Desorden Público: todas las influencias, etc. Pero dos libros tenemos.

Danel Sarmiento, Dan-Lee, llega vestido con un traje de color claro que lleva la palabra ska armada sobre el cuello con letras de plástico imantadas. El baterista se suma, entonces, a la entrevista.

Cuéntame cómo está actualmente la movida del ska en Venezuela.

La movida del ska en Venezuela está muy apagada. Sin embargo, hay bandas nuevas que están surgiendo. Hay una banda de chicas que se llama Nomásté. Se las recomiendo, para que la escuchen. Son niñas, es un grupo de puras niñas: o jóvenes, son jóvenes, de 18 a 20 años. De resto, alguna que otra banda que se mantiene sonando. Pero la verdad está un poco apagado todo lo del ska.

¿Y a qué crees que se deba?

Bueno, pocos sitios donde tocar, pocos eventos. Y todo eso va como mermando, también. Si quieres dedicarte a la música, y ves que no ganas mucho de eso, la gente tiene que dedicarse a otra cosa y dedica menos tiempo a la música.

¿Cómo han hecho ustedes para seguir estando en primera plana durante 33 años?

Bueno, porque somos unos tercos de primera. Sabemos que se puede. También hemos tenido que salir más: hemos tenido que tocar más fuera de Venezuela que en Venezuela. Si nos hubiésemos quedado aquí, te deprimes: no hay dónde tocar. Hemos tocado, pero muy poquito. El otro día estábamos sacando la cuenta: como de 70 shows, 13 nada más fueron en Venezuela. Y antes era al revés: era mucho Venezuela; fuera, lo normal. Pero ahora, hemos tenido que estar cuatro meses en México, y estando en México como base de operaciones nos ha servido para ir a Europa, para Centroamérica. Quisiéramos tocar más en Venezuela. Pero bueno, es como saber moverse dentro de la corriente.

Una de las cosas positivas de esta crisis, una de las muy pocas, es que estamos exportando nuestro arte.

Claro, pero hubiese sido bonito que se exportara sin crisis.

¿Cuál es, actualmente, el leitmotiv de la banda?

Mira, el disco más reciente se llama Bailando sobre las ruinas. Esa es como una metáfora que queremos tener en mente: sabemos que en algún momento vamos a estar bailando sobre las ruinas que ya queremos dejar atrás, pasar a un nuevo capítulo. Todo el mundo tiene que poner de sí, no esperar que vengan mesías para corregir las cosas sino corregirlas cada uno, y eso va sumando.

Ustedes se hicieron populares con canciones bastante críticas en los 90 que, lamentablemente, no pierden vigencia.

Una lástima que no pierdan vigencia. Deberían perder vigencia. De hecho, hay canciones nuevas que todavía tocan esos temas. En el disco nuevo hay varias, que básicamente reflejan lo que está pasando y, bueno, sí: le metemos ese humor negro; pero sabemos que está dura la situación.

Está tan dura que más bien hay una especie de nostalgia por los 90 y por los 80, que fueron épocas complicadas.

Aunque yo también a veces pienso ah, qué bueno época, el otro día se montó en tarima con nosotros Willy Mackey: dijo unas palabras que son bien interesantes, dijo que no nos quedemos con el pasado: pensemos hacia el futuro. Imaginemos el futuro sin tener esa nostalgia por el pasado. Y bueno, así lo siento yo también.

En ese mismo concierto, Caplís también dijo unas palabras bastante claras…

Bueno, porque la situación está álgida: te hace hablar de esa manera. Algunas personas lo tomaron como que es muy fuerte; otras personas lo tomaron como que así es que hay que hablar. Pero es que estamos en un momento álgido.

¿Y no les da miedo que haya represiones por parte de la dictadura?

Sí, pero cuando es expresión de arte no puedes callarlo. Sale pa’lante lo que sale del alma, del corazón. Salió eso. Y bueno, ahorita estamos tranquilos gracias a Dios. Esperemos que no pase nade, o que se den cuenta de que no todo el mundo está de acuerdo con lo que están haciendo.

Le pregunté a Oscar, hace rato, si sabía cuántos premios ha ganado Desorden en estos 33 años.

¿Pero de Pepsi Music solamente?

En general.

No, no llevo la cuenta. Pero son muchos. Uno de los más inesperados fue el de este año, el del Grammy: la nominación al Grammy. Estuvimos cerca de algo muy grande, que nunca habíamos soñado, que no habíamos planeado… Siendo una banda independiente, sin disquera, que la música llegue… tú dices bueno, lo estamos haciendo bien. Pero el mejor premio es el saber que la música trasciende.

¿Sientes que un artista es más, o menos artista, por ganar o no un premio?

No, para nada. Esos premiosa a veces se mueven mucho por las disqueras, hay gente que va a esos premios haciendo toda una campaña.

¿Qué importancia tienen entonces los premios?, ¿para qué sirven?

Difusión, encuentro, ayuda a que se te abra el entorno hacia otros países, hacia otros géneros musicales; el ska jamás ha sido premiado dentro de los Grammys, el reggae sí. Estar nominados ahí es como que guao, qué bien. Entonces, creo que es eso: despertarle un poco a la gente esa chispa a ver otra cosa.

¿Qué es el ska para ti, porque de todos los miembros eres el que siempre llevas la bandera más arriba del ska, vamos, ska?

No te creas, el ska lo llevamos los ocho de la banda, pero de manera arraigada: muy fuerte. De hecho, esta semana está viajando Horacio para Japón, se va a presentar para cantar una canción con Tokyo Ska Paradise Orchestra, y eso no para, no para con las ganas de difundir esa música que tanta alegría te da y que tanta energía tiene. Además que te permite decir cosas.

¿Qué ha cambiado en estos 33 años de la banda?

Nada. No ha cambiado nada. Desorden es una banda que siempre ha tenido una actitud jovial, echador de vaina, con ganas de decir cosas todo el tiempo, yo creo que eso no ha parado en todo este tiempo; ¡claro!, que ahora tenemos hijos, el tiempo pasa… y es sabroso, cuando los hijos se montan en tarima y cantan contigo, y bailan contigo: es muy bonito, muy agradable.

¿Nunca ha habido diferencias artísticas graves?

No, por eso es que llevamos 33 años juntos: porque estamos como bien alineados. Por lo menos las cuatro cabezas de este Desorden sabemos adónde queremos ir, sabemos que queremos hacer.

¿Pronto pasarán de moda Valle de balas, Políticos paralíticos?

¡Sí, sí!, ¡que pase de moda toda esa vaina!, y que vengan canciones como… hay una del disco nuevo que a mí me encanta, se llama Cementerio e’Mis Amores, donde está esa fusión de ska con muchos ritmos venezolanos. Yo creo que por ahí van los tiros, por ahí van los tiros…

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

Enamorados

Entro a mi apartamento. Marianne estira sus facciones mostrando sorpresa. La mueca, de inmediato, se torna en sonrisa. “Iba saliendo”, dice. Saludo a Cristina, mi esposa. Veo sobre la mesa una botella de ponche crema por la mitad, junto a dos vasos. Marianne se despide. Sale. Cierro la puerta. “Tremenda sesión, ¿no?”, digo a Cristina mientras organizo un poco. “No solo de trabajo vive el hombre”, responde. “¿Ah no?, ¿qué más necesita el hombre?”, me le acerco. La tomo por la cintura. “Sexo”, ronronea antes de besarme.

Marianne es brisa fresca en verano. O una hoguera en medio de la nieve. Puede usar el más minúsculo traje de baño y verse tierna, pudorosa, sin que su figura deje de significar una caricia invisible a los genitales de la persona que la aprecia. Una mirada suya es capaz de escribir un libro de poesía en el corazón de un hombre soltero. O en el de una mujer.

Aunque en su currículo siempre aclara su origen –de madre colombiana y padre argentino, nació en Mérida para ser tan venerable como el Páramo–, el mismo no importa demasiado. La genética no puede explicar los caprichos de Dios.

Fabricio, el escritor de rostro relajado que nunca olvida lo afortunado que es por estar con Cristina, siente cierta fascinación por la figura de Marianne. Le gusta que la modelo trabaje con su esposa, una artista consagrada cuya cámara posee un bisturí metafísico: hace incisiones sobre el alma. ¿Tiene Fabricio fantasías con Marianne? No. Nada que ver. Categóricamente, no. Eso repite en su cabeza. Aunque en un rincón muy profundo de su inconsciente de vez en cuando brilla un sueño erótico que decidió suprimir apenas abrió los ojos. Podía haber sido con Marianne. Quizá sí, quizá no. De lo que está seguro es que la otra chica que apareció en él era su esposa.

Cris se hizo muy amiga de su clienta. ¿Es normal esto? Relativamente. Aunque suele ir directo al grano cuando le toca trabajar, siempre está expuesta a sentir simpatía por alguien. Su corazón –un músculo fuerte y espacioso, en el que Fabricio ha logrado instalarse de forma indefinida– es propenso a sentir afecto ante la belleza que significa la bondad mezclada con talento. Eso cree ver en Marianne.

La merideña está en plan de empezar una carrera como modelo cultural, de revistas de erotismo lejanas a los estereotipos de la belleza norteamericana y los senos a reventar que se pusieron de moda en Venezuela. Las fotos que le tomó Cris sirvieron para que llegaran propuestas reales. Nada de ofertas para castings de modelaje que resultan ser concursos para participar en pornografía casera, ni proxenetas buscando resolverse la vida o directores de telenovela permutando un papel en su próxima producción por sexo.

Las solicitudes eran de una par de agencias italianas, una invitación muy lucrativa para aparecer en una revista literaria española y un perfume francés que quería hacerle una prueba para ser la imagen del producto.

Fabricio se acostumbró a ver sus diferentes fotos: juegos de luz, sentada, agachada, de pie, vestida, desnuda. Las variables abundan. El resultado es equivalente: Marianne le acelera el pulso. Venerar su atractivo no le es difícil y excitarse al verla, tampoco. Si bien belleza y sexo son estímulos diferentes, ella agrupa ambos en un golpe de placer para los ojos. Ni siquiera despierta el odio de otras féminas. Sus congéneres se echan desodorante sobre esa envidia superficial que sudan la mayoría de las mujeres, para arrodillarse ante un magnetismo que se siente como un llamado de los cielos.

Día atareado. Escribo toda la mañana luego de desayunar. Cristina sale a tomar fotos. El reloj marca la una y aún no llega. Como un snack. Hago ejercicio. Cris entra a la casa. Me ducho, almorzamos. La noto en otra parte, ida. En una relación donde el arte juega un papel tan primordial, que ella o yo visitemos la nebulosa de vez en cuando no es extraño. Siesta. Cris vuelve a salir a trabajar. Me despierto, bajo al bar a saludar a algunos amigos. Mensaje de texto de mi esposa: llegará tarde, se alargó una de sus sesiones con Marianne. Entro a nuestro apartamento después de las 11. Cris ve televisión. Me ducho. Me espera desnuda en el cuarto. Tenemos sexo. Literalmente, me saca toda la chicha. De ser la primera vez que estuviésemos juntos, pensaría que estoy entre las piernas de una profesional. Me gusta que nos reinventemos luego de siete años de feliz matrimonio. Son las cuatro de la mañana. Sigue insaciable. A las seis, nos dormimos. Me despierto a las diez. Cris aún duerme. Me ducho, salgo de casa. Por primera vez desde las primeras citas que antecedían al noviazgo, me siento inseguro.

La realidad le da un cabezazo. Las palabras de su esposa le llegan a través de un túnel gris que gira y no permite detallar las letras. Siente náuseas. No identifica algún halo de culpa en la voz de Cris. Sí de preocupación. Es la primera vez, según ella, que siente atracción sexual hacia otra mujer.

Le pregunta cómo afectará eso el matrimonio. “No sé”, suspira ella. Una nube morada se apodera de la habitación. Es invisible, pero ambos perciben su presencia hasta por las fosas nasales. Jamás habían experimentado una situación tan confusa. “¿Qué piensas?, ¿cómo te sientes?”, pregunta Cristina. Él, por un momento, imagina la bruma que los rodea. Así se siente.

Se levanta al baño. Cris, sentada sobre la cama, se abraza las rodillas. Baja la cabeza. Llora. Fabricio vomita. El estómago se le vuelve una gelatina. Se sienta sobre el excusado. Tiene diarrea.

Media hora en el baño y aún no sale. Cris camina por todo el apartamento. Transpira como si hubiese corrido el maratón de Nueva York. El pulso se le acelera cuando oye abrirse la puerta del baño. Fabricio entra en la habitación, se viste en silencio. A Cristina las lágrimas le ahogan las palabras que planeaba decir. La sal clava estacas sobre la imagen: Fabricio mudo, pálido, con el ceño fruncido, se mueve como si en realidad fuera una estatua a la que le acabaran de conceder la facultad de caminar. “Nos vemos”, dice antes de abandonar el apartamento. El reloj marca las cinco de la tarde. Cristina tiene ganas de arrancar las manecillas y hundirlas en su cuello.

Se suceden tragos de cerveza en un desfile infernal para mi hígado. Es el sábado más extraño de mi vida. Veo el celular: 11:55 pm. Cinco llamadas pérdidas. Engullo una pizza y pago un taxi.

Cristina está despierta. Leía, o fingía leer, en la sala. Hago un ademán antes de entrar a la ducha. El agua caliente me sabe salada. No sé cuándo comencé a llorar. En algún momento me encuentro sentado en el piso de la ducha pensando que mi vida es una mierda.

Salgo del baño. Después de dos horas, mi esposa sigue en la sala. Me llama a sentarme al lado suyo. Obedezco. Me acaricia la cara. Solo llevo un paño amarrado a la cintura. “Te amo”, afirma en voz baja. No contesto. No puedo. “Esto no va a cambiar nada entre nosotros”, asegura. Pienso en que es la idiota más grande del planeta. “En serio, quiero seguir contigo”, insiste. Parece captar mis emociones a través de un imaginario lente. “No soy lesbiana. No sé ni siquiera si soy bisexual. Me gusta Marianne y no sé qué pueda significar eso, pero sé que estoy enamorada de ti y en ningún momento he dudado de que quiero seguir en este matrimonio”.

Me parece una salida muy cómoda. Ya no creo que sea la idiota más grande del planeta: ahora estoy seguro.

“Quiero que tengamos un trío”, proclama. Su rostro permanece serio, no sentí atisbo alguno de dualidad en su voz. Me sacudo de sus caricias. Le sostengo la mirada. Sigue hablando: “¡Fabricio, te amo, ¿okey?! Sabes lo importante que eres para mí. Pero nunca algo me había excitado tanto como la expectativa de acostarme con Marianne. Quiero que los dos tengamos juntos esa experiencia, quiero compartir esto que siento contigo”. Hace una pausa. Siento que la niebla que nos abrumaba se disipa. Continúa: “¿A ti te atrae Marianne?”

Paso varios segundos absorto. Cuando algo de consciencia me brota en la mirada, Cristina, expectante, baja los ojos. El paño que me cubre empieza a elevar una montaña. La beso en la boca. Ella se deja caer sobre el mueble conmigo encima. Me suelta el paño. Trenza caricias desde mi cuero cabelludo hasta mis nalgas. Hacemos el amor.

Abrimos los ojos al mediodía, abrazados. No recuerdo la última vez que despertamos de ese modo. Sin necesidad de mediar palabra, la decisión parece clara: haremos el trío.

¿Cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde? Ninguna respuesta guarda mucho más que una suposición; después de todo, ¿está Marianne al tanto de sus planes? Lo primordial, acuerdan, es enterarla.

Cristina se encargará del asunto. Esas cosas salen mejor si las propone una mujer. O eso piensan. El punto es que entre la fotógrafa y la modelo es en donde se ha forjado la más íntima complicidad. Una complicidad que, según Cristiana, deja ver la simpatía que siente Marianne hacia Fabricio. ¿Es eso una forma de atracción? Cris le asegura que sí a su esposo. Este no sabe si eso es cierto o no, pero se deja acariciar por la idea.

Lo que sí es evidente es el deseo que brota entre ambas mujeres. Esa tensión sexual que les eriza los pezones y pone a balbucear a Cris. El plan es que esta última, al día siguiente, invite a la modelo a tomar algo a su casa, dejando entrever la ausencia de su esposo. Le haría saber que a él le habían fascinado –remarcando la palabra como si la deletreara sobre un clítoris– las últimas fotos que habían hecho. El tema saldría a colación y ahí se definiría todo.

No podemos dormir. Solo nos apaciguamos gracias al sexo. Hablamos, la penetro, y, en una especie de tácito acuerdo, fingimos que el sueño nos vence. Con la luz apagada, no es necesario que cierre los ojos. Supongo que mi esposa atraviesa el mismo insomnio que yo. Compartimos un hermoso silencio lleno de ansiedad.

Amanece. Soy el primero en abandonar la cama. Ducha, desayuno, agarrar mis cosas, despedirme con un beso, cerrar la puerta con la convicción de no aparecer ni llamar hasta la noche.

El día deviene letargo. Me siento en una café a escribir. Me reúno con mi editor. Almuerzo con un amigo. Tomo una cerveza solo. Necesito azúcar. Los tres lóbulos de un profiterol me ven con melancolía. Por venganza, los destrozo entre mis dientes sin apenas saborearlos.

Entro al apartamento. Escucho el ruido de la regadera. No encuentro rastros de Marianne. Mientras me cambio, Cristina aparece desnuda con un paño ceñido desde los pechos hasta los muslos. “¿Y bien?”, suelto si protocolo. “El viernes”, responde secundándome el juego teatral. El paño se esparce por el suelo mientras los brazos de mi esposa me rodean. Sus senos se aplastan contra mi cuerpo. Pienso en lo agradable que sería sentir junto a los de ella los de Marianne. Esa noche, acabo seis veces.

Un rayo de luz cruza la ventana. El sol golpea con sus primeros destellos. Abrazada, la pareja se embelesa con los efectos que el fulgor crea al pasar por el vidrio, al rozar la cortina. Es viernes. Cristina y Fabricio se disponen a atravesar una frontera moral.

Las cuatro de la tarde. Siguen arreglando el apartamento. La comida, las velas, la ropa –exterior e interior–, las sábanas. Todo debe estar perfecto para cuan. Se oye el timbre. El sonido los pone en stop. Cristina sujeta la perilla. Fabricio no pestañea. “Hola”, dice la figura de Marianne. Un vestido azul oscuro, ajustado, que apenas le tapa el comienzo de los muslos y regala un apetecible primer plano de sus senos. Fabricio siente que el temor se le seca en la piel: se convierte en una excitación que le crece en los pantalones. Cristina, cuyos dedos de sus manos se tocaban entre ellos a una velocidad preocupante, se sosiega al recibir un piquito de Marianne.

La modelo se separa. Le sonríe. Enfila, ahora, hacia Fabricio.

Petrificado, los medidores emocionales de su cuerpo se descontrolan. Está por hacer cortocircuito. La lengua de Marianne le ayuda a redirigir toda esa energía. La mujer le acaricia la cabeza, mientras el beso ocupa un espacio incalculable en el tiempo. La modelo separa su boca de la de Fabricio. El reloj retoma su marcha habitual. Al menos por unos segundos. La mano izquierda de la mujer atenaza la derecha del hombre. Con la que le queda libre, sujeta a Cris. La invita a unirse. La besa de modo tal que la boca de Fabricio deja caer una gota de saliva al piso. La niebla purpura reaparece de a poco, sin que ninguno de los tres se dé cuenta.

No hay almuerzo, vino, ni charlas previas. Marianne toma el control de la situación dejando claro que es quien tiene experiencia en eso. Cris y Fabricio solo son unos turistas más del full day.

El sostén de la modelo cae sobre la cama. ¿En qué momento llegaron al cuarto?, ¿cuándo se desvistieron hasta quedar en ropa íntima? El púrpura va ganando densidad. Los senos de Marianne son una broma a toda la retórica detrás de la belleza está en el interior. Quienes han repetido eso no han visto desnuda a Marianne. Mostrando ese cuerpo explosivo se dispone a terminar de quitarle la ropa a Cristina.

Fabricio divisa a su esposa entre la ya muy densa bruma. Le parece más bella que cuando la conoció, más sensual que la primera vez que se acostaron juntos, más perfecta que el día de la boda. La ve y la considera lo más importante del universo, el ingrediente esencial para que la vida sea vida y la felicidad sea felicidad. Observa un gesto de pudor de su parte, como si el efecto de una extraña droga acabase de pasar y ella no entendiera lo qué sucede, dónde está y por qué se encuentra desnuda.

El olfato sexual de Marianne capta algo irregular. Inhala, a duras penas, lo que queda de la bruma. Abandona a Cris, la deja desvalida y se dirige a Fabricio. Le pone la mano por encima del bóxer. Siente una flacidez que la desencaja. No entiende. El hombre la aparta y se mueve hacia su esposa. La abraza. Las miradas se toman de la mano antes de que ella abra la boca. “Amor, yo no…”, “Yo tampoco”, “Te amo demasiado para hacer esto”, “Te juro que no quiero acostarme ni que te acuestes con otra persona nunca”. Se acurrucan uno con el otro.

Ninguno se da cuenta cuándo Marianne sale del apartamento. Solo notan que para cuando empiezan a hacer el amor, ella ya se ha ido.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

Lo inesperado

El tiempo tiene una cualidad elástica cualquier sábado por la tarde. Y cuando uno vive solo tiende a reacomodar los minutos libres alrededor de lo que más disfruta; en mi caso: la lectura. Desde principios de la semana, me sentía bastante interesado por la trama de Bajo la red, la primera novela publicada por la inglesa Iris Murdoch en 1954. Se trata de una historia con matices filosóficos muy interesantes y los personajes me tenían atrapado. Decidí que leería hasta el final de la tarde, luego prepararía una cena ligera y me iría temprano a la cama para la noche de estrenos en el canal HBO. Sé que a muchos puede parecerles aburrido este plan de acción, pero también sucede que uno alcanza cierta edad en la que se le resta importancia a lo que opinen los demás en cuanto al uso del tiempo propio y se opta por la alternativa más estimulante. Así, pues, era sábado; tenía por delante una rica tarde de lectura y una noche de películas en la televisión. Pero el destino tenía otros planes tangenciales para mí.

Alrededor de las 5:00 pm sonó el teléfono. Era Gustavo, mi hermano, para avisarme que estaba en el pueblo, que andaba con su mejor amigo y querían verme, y preguntaba si podían venir hasta mi apartamento para tomarse unos tragos conmigo. Dije que sí, por supuesto. Los esperé en la entrada del edificio y me concentré en los colores atenuados por el sol que ya se marchaba. En el aire había una mezcla atractiva de dorados, verdes, lilas y azules, empujados por una fuerte brisa vespertina bastante inusual. Ellos llegaron a los pocos minutos, pero no venían solos. Gustavo andaba con varios de sus amigos de Caracas. Una pandilla bulliciosa y entusiasta. Los recibí en el estacionamiento y subimos al apartamento después de los saludos y las presentaciones. Traían una bolsa grande de hielo, varias botellas de ron y la mejor disposición de festejar en un sábado por la noche. Era evidente que mi tarde había cambiado al levantar el auricular del teléfono.

Lo que llamó mi atención sobre estas personas fue su inmediata capacidad de adaptación y orientación dentro de mi apartamento. Se adueñaron de la cocina, quitaron los libros de la mesa de la sala, pidieron el baño prestado y habilitaron un dispositivo electrónico en uno de los anaqueles de la biblioteca para que sonara música desde uno de sus teléfonos celulares. Se los confieso: la tensión en mis músculos se fue acrecentando con la llegada de la noche y el aumento en el volumen de la música. Una de las mujeres preguntó dónde estaban los cuchillos afilados y se entretuvo en cortar algunos vegetales sobre la tabla de madera que le facilité. La mayoría se ubicó en el balcón, mientras Gustavo abría todos los ventanales y sonreía como un niño ante la visión expandida de los morros con el crepúsculo detrás. Unas siluetas dentadas llenas de tonos naranjas y azules alrededor. La mujer en la cocina preguntó por la sal y una sartén. Hice lo que pude.

Más adelante me quedé apoyado contra las puertas acristaladas del balcón, mirando en silencio a los amigos de Gustavo sentados frente a los ventanales y, si giraba un poco el torso y veía por encima de mi hombro derecho, observaba a los demás sentados en los muebles de la sala, agitando los dedos y los verbos con exquisita facilidad. La mujer de la cocina gritaba para que alguien recordara llenar su vaso de nuevo. Pensé en cuánto había cambiado mi tarde y mis planes nocturnos en un parpadeo. Las palabras leídas se habían transformado súbitamente en un rumor de voces, risas, tintineo de hielo en los vasos y distintas canciones en portugués. El silencio habitual de mi apartamento había sido suplantado por una algarabía de bromas y brindis y carcajadas que aún estaba intentando procesar. Mientras mi incomodidad inicial parecía encogerse, la espontaneidad de ellos se ensanchaba por todo el apartamento. Una de las mujeres regresó del baño y dijo que había dejado allí un rollo de papel sanitario que trajera con ella para casos de emergencia. Parecía que estaban preparados para todas las contingencias.

Desde la pequeña corneta sonaba una canción de Cesária Évora. Gustavo seguía acodado en el balcón, entretenido con una cámara fotográfica, con la atención puesta en la figura difuminada de los morros ya casi engullidos por la penumbra. El rostro radiante y la sonrisa inmóvil en su boca. Me echó una rápida mirada cuando me senté cerca de él. Los otros estaban reunidos en torno a la mesa de la sala, donde la mujer de la cocina había dispuesto diferentes platos llenos con vegetales salteados, pedazos de pizza, bollos picantes y algunas servilletas. Gustavo tomó un par de fotos antes de dirigirme la palabra:

—¿Te sientes bien? –dijo.

Ladeé la cabeza y asentí antes de responderle con una sonrisa. Por un momento pareció que iba a tomar otra fotografía, pero se detuvo antes de hacerlo y volvió a mirarme.

—Te sacamos de tu zona de confort, ¿verdad?

Me mostró una sonrisa ancha, una mezcla sugestiva de picardía y complicidad.

Volví a asentir.

—¿Qué ibas a hacer? –dijo.

—Leer. Películas. Dormir.

Gustavo tomó una fotografía hacia la noche veloz tragándose los morros.

—¿Te molesta? –dijo–. ¿Te molestó que viniéramos?

Lo pensé un poco. No tenía razones para mentirle.

—No –dije.

Giré la cabeza por encima de mi hombro, arrojando la mirada hacia el grupo risueño en la sala de mi apartamento. Ahora sonaba una canción de Ana Moura desde la corneta. Me sentí de pronto relajado entre el sonido del fado portugués, las risas y el murmullo de las voces llenando el espacio. Volví a ver a Gustavo antes de sonreírle de nuevo.

—No –repetí–. Gracias.

Él bajó la cámara para verme con la incomprensión en sus pupilas.

—¿Por qué?

—Por esto –dije, extendiendo la mano para intentar abarcarlo todo–. Por venir hoy.

Gustavo chasqueó la lengua. Se acercó hasta una de las sillas, dejó la cámara fotográfica y extrajo un tabaco del estuche. Lo encendió con lentitud. Le dio varias caladas y se sentó a mi lado. El hielo se quejó con un sonido agudo al deshacerse por efecto de la tibieza del ron a su alrededor. Entonces Gustavo me miró.

—Te voy a confesar una vaina –dijo–: lo hice adrede.

Sostuve su mirada y alcé las cejas. Era una pregunta muda.

—¿Más o menos?

—Coño –dijo–, es que tú te encierras demasiado. Yo sé, yo sé –detuvo mi intento de hablar–: a ti te gusta estar solo, disfrutas con eso, y tú sabes que yo soy igual. Somos muy parecidos en eso; pero, coño, marico, tienes que sacar la cabeza de la burbuja de vez en cuando. Respirar profundo. Hacer un contacto con la realidad –hizo una breve pausa para chupar de su tabaco–. Es mi opinión. No sé lo que piensas tú. Pero lo hice por ti.

Tardé un poco en responderle.

—Es difícil –le dije–. Uno se acostumbra. Es un vicio. Es un vicio placentero. Mientras pueda leer, no pido más. Tú sabes cómo soy yo, Gus.

—Yo sé, marico; pero tienes que sacar la cabeza de la tierra para ver lo que te rodea. Los viejos me advirtieron que podías molestarte, pero yo les dije: “No joda, tiene doble trabajo. Es mi hermano y no me puede decir que no”. ¿Entonces? ¿Te molestaste?

—No… Me obligaste a hacer algo diferente. Sacar la cabeza de la burbuja.

Gustavo se rió.

—Y el roncito está bueno, ¿verdad? Di que no.

—Gafo.

—Además, coño, ve el lado positivo: ahora tienes material para escribir otra de esas pendejadas que publicas en Facebook… Pero no me vayas a tirar tan duro, coño… Eres filoso a veces.

—Pendejo –dije con un acento de culpabilidad–. Ya lo pensé.

—¿Ah, sí?

—De bolas. Desde que llegaron se ha estado escribiendo sola. Mañana la pulo.

Gustavo volvió a reír con una carcajada de gozo y anticipación.

—Eres un maldito. Yo sabía.

Entonces reímos los dos y juntamos los hombros.

—Bébete un ron, chico. Vamos a brindar.

Respiré profundo. Pensé que sí había muchas razones para brindar, para celebrar, porque mientras la vida pueda sorprendernos, desequilibrarnos, sacarnos de nuestra zona de confort, podremos encontrar razones para alzar el vaso y brindar por la vida. Sí, me dije, a pesar de las múltiples desilusiones y decepciones, el destino se reservaba algunas sorpresas inesperadas en la manga.

—Tienes que esperar lo inesperado –dijo él.

Volví a hacer otra profunda inspiración.

—Lo sé. Yo lo sé.

 

Por Luis Guillermo Franquiz 

¿Cómo llegamos a esta crisis? Parte I

En 2015, Víctor Salmerón –periodista especializado en economía– publicó el libro La economía del caos, con el sello Punto Cero. En él, entrevista a fondo a seis expertos para analizar los escenarios en el corto y mediano plazo de una Venezuela que lucía encaminada a un periodo de mayor turbulencia. En la primera parte, Víctor desmenuza los problemas que padece la economía venezolana. Hoy día, en el 2018, ese texto introductorio llamado Los cavernarios ayuda a comprender cómo Venezuela llegó a la peor crisis de su historia, a una situación de hiperinflación y de emergencia humanitaria. En Revista OJO, con autorización de Punto Cero, dividimos el capítulo en cuatro entregas que forman parte de una serie que hemos denominado ¿Cómo llegamos a esta crisis?

 

Los cavernarios

La Revolución Bolivariana, el movimiento que de la mano de Hugo Chávez y millones de petrodólares prometió convertir a Venezuela en una potencia, salvar a la especie humana, sustituir el capitalismo y financiar planes faraónicos como el Gran Gasoducto del Sur que transportaría gas desde Puerto Ordaz hasta Argentina, ha devenido en una sociedad decadente, atrapada en una economía primitiva donde la norma es sobrevivir. Al igual que el hombre de las cavernas, los venezolanos dedican gran parte del día a cubrir necesidades básicas, como obtener alimentos.

En Caracas, la ciudad vitrina del socialismo del siglo xxi, la escasez aumenta, los precios escalan, el mercado negro gana terreno y en las filas de 250 o 300 personas que esperan durante cinco horas bajo el sol a las puertas de los comercios para comprar productos básicos hay resignación; pero de pronto, la olla de presión emite sonidos inquietantes. Miembros de la cola se preguntan hasta cuándo deberán soportar el racionamiento, otros argumentan que repetir lo sucedido en San Félix, una ciudad del interior donde hubo saqueos, no es la salida pero que tal vez haga falta para lograr un cambio y algunos explican que ni en pesadillas soñaron ver soldados armados a las puertas de los supermercados.

El plan socialista engendró una masa de hombres y mujeres mortificados por la evaporación de la capacidad de compra del dinero, el miedo a perder el empleo y la obsesión por protegerse del desabastecimiento al punto de pelear fieramente por el último litro de aceite comestible en los anaqueles. En la clase media, la mayoría de las conversaciones gira en torno a cuánto costó el último mercado y el valor que tendrá el dólar paralelo la próxima semana; en los estratos de menos poder adquisitivo, la reventa de productos escasos es la fórmula para incrementar el ingreso y los trabajadores de empresas emblemáticas como Polar, el mayor productor privado de alimentos, reclaman materia prima para que las plantas continúen operando.

Bajo el influjo de un salto sin precedentes en los precios del petróleo, Hugo Chávez, quien gobernó a Venezuela desde el 2 de febrero de 1999 hasta el día de su muerte el 5 de marzo de 2013, redujo el rol del sector privado y expandió la mano visible del Estado a prácticamente todas las áreas de la economía mediante un feroz proceso de expropiación y nacionalización de empresas. La producción de estas compañías es una incógnita porque no existen cifras oficiales, pero los venezolanos tienen una muestra palpable de que el proceso marcha mal: los productos no aparecen en los supermercados, abastos, carnicerías.

En el sector de alimentos el Gobierno obtuvo el dominio en la producción de café tras asumir la administración de empresas de referencia en el ramo como Fama de América y Café Madrid; comenzó a gestionar 11 centrales azucareros de los 17 que hay en el país; fundó compañías de helados, sardinas, atún y pasó a controlar un conjunto de fábricas con capacidad instalada para abastecer la mitad del mercado de harina de maíz precocida. Al mismo tiempo, creó un rompecabezas donde distintos organismos públicos otorgan subsidios, almacenan, distribuyen y venden, mientras que las miles de hectáreas expropiadas a los «terratenientes» deberían garantizar el crecimiento de la producción agrícola en rubros como arroz, carne y leche.

Como un presagio de lo que ocurriría con buena parte de la madeja de empresas públicas queda la anécdota de los helados. El 20 de octubre de 2012 Hugo Chávez inauguró la fábrica de helados Coppelia que, de acuerdo a lo anunciado en cadena nacional, produciría 26.000 unidades diarias. Pero dos semanas después el propio Presidente admitió la paralización de la planta por la pésima planificación.

«Yo recuerdo que hicimos el pase y comimos helado, ¡hasta Fidel [Castro] me mandó un mensaje!», expresó malhumorado el «comandante eterno», como hoy se refieren a él los altos jerarcas del chavismo, y apeló a la lógica: «Si se va a inaugurar una fábrica, ¿cómo es que nadie pensó en la materia prima? ¿Tú la vas a inaugurar para un día?».

A diferencia de las empresas privadas, donde las ineficiencias y la falta de previsión conducen a la quiebra, en las compañías públicas venezolanas es posible pastar en el presupuesto nacional y recibir dosis de dinero extra para vegetar y subsistir. La gerencia no toma en cuenta nociones como reducción de costos, competitividad, rentabilidad.

Nicolás Maduro, el hombre que desde el 19 de abril de 2013 ocupa la presidencia tras ser ungido por Hugo Chávez como su sucesor y quien obtuvo una ajustada victoria electoral con apenas 1,5 % de diferencia sobre Henrique Capriles, el candidato de la oposición, no ha cambiado en nada la estructura heredada y la ausencia de las marcas que deberían provenir de las compañías públicas es evidente. Datanálisis, una de las principales encuestadoras del país, registra que 69 de cada 100 venezolanos afirman que las empresas expropiadas producen menos y ocho de cada diez entrevistados perciben una disminución de la variedad de productos y marcas al momento de comprar[1].

Foto: La verdad

La oferta tampoco fluye desde el ala privada de la economía. La estrategia para sembrar el socialismo consistió en maniatar todo lo que no fue expropiado mediante una tupida telaraña de regulaciones que le cortó las piernas a la inversión y dejó anémica la capacidad para responderle al mercado. Empresarios explican que el Gobierno fija precios a sus productos que, en muchos casos, no permiten cubrir los costos y obtener una ganancia adecuada. También deben lidiar con el control de cambio, que confiere a unos pocos funcionarios públicos la facultad de decidir quiénes compran cuántos dólares y complica en grado sumo la adquisición de divisas para importar equipos o materia prima. Cosas que en otros países no representan problema alguno como el envío de un camión con mercancía a otra ciudad del territorio nacional, en la Venezuela socialista requiere de autorización previa y tampoco les está permitido a las empresas disminuir el número de trabajadores.

Mientras el mundo ingresa velozmente en la tercera revolución industrial a través de la inteligencia artificial, la expansión de la robótica, internet en todos los espacios y la impresión en tres dimensiones, las compañías inmersas en el socialismo del siglo xxi luchan por no desfallecer en un ambiente de negocios que hoy en día equivale a la Edad de Piedra.

A diferencia de las economías modernas donde las empresas identifican las necesidades del consumidor y compiten a través de sus productos, los venezolanos no tienen capacidad de elección: adquieren lo que reposa sobre el estante, ya no están en condiciones de evaluar la calidad o la marca. Es un mercado dominado por los vendedores, donde el comprador forzosamente tiene que adaptarse a lo que haya.

«Mi hijo se ha acostumbrado a la leche descremada, es la única que encuentro», me explica una mujer que abraza dos litros como quien se topa con un tesoro insospechado.

A través del control de cambio el Estado ha sido víctima de una rapacidad insaciable. La jerga de la corrupción define como «empresas de maletín» a compañías recién creadas que reciben millones de dólares para importaciones que nunca llegan a los puertos venezolanos. También existe la «sobrefacturación», empresas que importan productos que, por ejemplo, cuestan 100 dólares pero con facturas ficticias obtienen 200 dólares. Gracias a prácticas de este tipo la riqueza petrolera se asemeja a una gran piñata sobre la que se abalanzan grupos conectados al poder.

La norma es el silencio, se desconoce el resultado de supuestas investigaciones, pero funcionarios han deslizado cifras escandalosas. Edmée Betancourt, cuando estaba al frente del Banco Central de Venezuela, afirmó refiriéndose a 2012 que «lo que se entregó en divisas fueron cantidades muy considerables, pero también hay otra cantidad considerable de divisas que se llevó a empresas de maletín (…) se pasaron entre 15.000 y 20.000 millones de dólares».

Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional, señaló que las autoridades realizaron un cruce de datos en octubre de 2013 y detectaron empresas a las que la Comisión de Administración de Divisas (Cadivi) les asignó dólares a pesar de que no pagaban impuestos a la nación.

«La gente que se mete en negocios quiere hacerse de mucha plata en muy poco tiempo, eso es propio del sistema capitalista. Cadivi en su momento pudo haber funcionado de manera eficiente pero el capitalismo le da vuelta y vulneraron el sistema. Ya están chequeadas las empresas que reciben dólares en Cadivi y las que pagan impuestos. No declaran [impuestos]», explicó.

Luego resumió de esta manera la corrupción en el sistema: «Piden un recurso para traer alguna cosa en particular [las empresas] y nunca la traen y no hubo ese chequeo, no hubo ese control».

Rafael Ramírez detalló el 11 de octubre de 2013 en una rueda de prensa, cuando aún era vicepresidente del área económica, otra modalidad de hurto: «Agarran los dólares y en vez de traerte el alimento no te lo traen. O le ponen en Panamá un sobreprecio, tal empresa en Panamá le compra a otra empresa en Nueva York, o en China u otro destino pero la factura la hacen en Panamá con un sobreprecio de 30 % o 40 %. Entonces nos están robando».

El 20 de marzo de 2015 Jorge Giordani, el principal arquitecto de la política económica que Hugo Chávez aplicó durante sus catorce años de gobierno y quien estuvo al frente del Ministerio de Planificación hasta junio de 2014, admitió con amargura: «¡Tanta gente que anda robando por allí, en el Gobierno! ¡Y sigue robando, carajo! ¿Y entonces? ¿Hasta cuándo?».

El espejismo

Pero este entorno que en otro país hubiese desencadenado una crisis de grandes proporciones, hasta no hace mucho estuvo en segundo plano, solo en boca de economistas y empresarios. En 2012, año en que Hugo Chávez disfrutó su última victoria electoral, la fiesta parecía no tener fin. Las importaciones se dispararon al nivel más elevado desde 1997 y productos de todo tipo colmaron los anaqueles, mientras que abundantes cucharadas de gasto público incrementaron los salarios, la nómina de los ministerios y la contratación de obras, imprimiéndole vigor al consumo. Ningún pronóstico auguraba infortunios, salvo la extrema fragilidad de un modelo sostenido por un ladrillo muy poco confiable: el precio de la cesta petrolera venezolana, que se había cotizado en la cumbre de 103 dólares el barril. Cuando el oro negro detuvo el ascenso y se estabilizó en torno a 95 dólares emergieron las primeras señales de alarma. Luego, cuando a finales de 2014 el crudo inició el declive y cayó por debajo de 50 dólares en 2015, no hubo escapatoria y el país ingresó en un túnel de precariedad.

El petróleo provee 96 de cada 100 dólares que ingresan a Venezuela y la falta de suficientes ahorros para enfrentar el descenso del precio del barril desnudó a una economía en extremo dependiente de las importaciones. El declive de las compras en el exterior mostró en toda su dimensión la poca producción de las empresas estatizadas, el desmantelamiento de áreas donde el dólar artificialmente barato hizo más rentable importar que producir, el impacto de las regulaciones de precios que desestimularon la inversión y un control de cambio que despilfarró miles de millones de dólares.

A diferencia del resto de los países exportadores de petróleo, Venezuela no ahorró parte de los recursos para compensar la economía en caso de que el oro negro perdiera brillo. El Fondo de Estabilización Macroeconómica solo cuenta con tres millones de dólares. El grueso del dinero fluyó a una cantidad de bolsillos administrados con opacidad. El más emblemático es el Fondo de Desarrollo Nacional (Fonden), por donde pasaron 170.000 millones de dólares para soportar proyectos sobre los que no hay mayor rendición de cuentas[2].

La reacción de Nicolás Maduro ante el descenso de los precios del petróleo y la ausencia de ahorros fue recortar dramáticamente la asignación de dólares al sector privado, dejando a buena parte de la industria nacional sin suficiente materia prima para producir, sin la posibilidad de realizar mantenimiento a las plantas y con severos problemas para distribuir porque la flota de camiones carece de cauchos, baterías o repuestos para reparar los motores.

Polar indica en un informe de finales de julio de 2015 que por falta de materia prima redujo la producción de mayonesa, atún enlatado y aceite de maíz. En su otra línea de negocios, interrumpió la elaboración de lavaplatos por falta de empaques.

Los barcos ya no abarrotan los puertos y los departamentos legales de las multinacionales tienen a las empresas venezolanas en la lista de morosos. Compañías obtuvieron de manos del Gobierno lo que se conoce como Autorización de Adquisición de Divisas (AAD) y, con este aval, compraron materia prima e insumos a proveedores en el exterior que confiaron en clientes de larga data. Una vez la mercancía ingresó al país las autoridades tenían que venderle los dólares a la empresa venezolana para que esta cancelara, pero en un número relevante de casos no lo hizo. El resultado es una voluminosa deuda de 9.000 millones de dólares que ha derivado en el cese de los despachos a Venezuela, salvo que haya pago por adelantado.

La escasez no es solo de alimentos, los venezolanos tiemblan ante la posibilidad de tener que reparar la nevera, necesitar medicamentos para el cáncer, una cirugía cardiovascular o que el carro no encienda.

Gustavo Blanco es uno de los 200 hombres que desde las tres de la madrugada hacen una larga cola con sus automóviles, que abarca más de diez cuadras, para adquirir una batería en las empresas Duncan, prácticamente la única que aún abastece al mercado y que tiene sus instalaciones en una zona industrial que luce abandonada y sin alumbrado público.

Es una de las mejores muestras de ese grupo de venezolanos que parece dotado de una paciencia infinita. «Hay que llegar a esa hora para tomar un número. Solo reparten 200 por día. ¿Qué vas a hacer? Lo que más le preocupa a uno es la inseguridad, a esa hora está todo oscuro y sabemos la cantidad de atracos que hay en Caracas», me dice sonriendo a las dos de la tarde cuando tras once horas de espera ha llegado su turno. «Hay que entregar la batería vieja y venir con el carro, explican que lo hacen para saber que no estás comprando para revender. Menos mal que un amigo me auxilió y el carro prendió. Antes compraba baterías en estaciones de servicio, caucheras, y de distintas marcas. Pero eso se acabó».

Otros deben superar una prueba aún más ruda. En medio de la escasez, los robos de baterías se han multiplicado. Si la batería fue robada el conductor debe ir a la policía e introducir una denuncia que con toda seguridad nunca será investigada, pero que la exige Duncan.

Carmen Gutiérrez, una mujer de unos cincuenta años, me dice que va a pasar la noche a las puertas de Duncan para asegurarse de que recibirá uno de los números a ser entregados a las siete de la mañana del día siguiente.

«¿Y qué voy a hacer? Esto es pura patria socialista», dice con una expresión de fastidio, la mirada perdida, como esperando que algo en el aire cambie la situación. De pronto le advierte a la hija que la acompaña, una muchacha de unos veinte años: «No dobles ese cartón, mira que esa es la cama de esta noche».

El mercado informal es la única alternativa expedita. «¿Quiere una batería para un Mitsubishi? Se la vendo en 20.000 bolívares», me comunica por teléfono un hombre que se hace llamar Miguel y cuyo nombre me lo han dado en un taller mecánico. Miguel ha encontrado una manera fácil de hacer dinero: en Duncan la batería cuesta 6.700 bolívares, es decir, su ganancia es de 198 %.

Pero el atraso en la entrega de divisas puede significar la muerte. Ante la sequía de dólares las compañías encargadas de traer al país equipos médicos recortaron las importaciones y las cirugías cardiovasculares escasean tanto o más que las baterías para automóviles. El 24 de septiembre de 2015 el cirujano Gastón Silva, del Hospital Universitario de Caracas, uno de los centros de salud públicos a donde acude la población de escasos recursos, explicó que «en este momento todavía no se están realizando en la forma que quisiéramos [las cirugías] aunque se opera una de cuando en vez, no con los materiales necesarísimos sino en forma un poco desordenada»[3].

Aún en caso de contar con el dinero para acudir a una clínica privada los enfermos no tienen la garantía de que serán operados a tiempo. Gastón Silva detalló la situación calamitosa de dos relevantes centros de salud privados: «En la Metropolitana solamente nos quedan tres equipos para realizar cirugías cardíacas, ya no existen válvulas en todos sus tipos para los reemplazos valvulares, ya he descartado aproximadamente doce pacientes para cirugía. Se han descartado 40 pacientes en el Médico Docente la Trinidad por falta de insumos».

Alexis Bello, cirujano cardiovascular del Hospital de Clínicas Caracas, centro de salud privado que es referencia por la modernidad de sus equipos y la excelencia de sus médicos, también pintó un escenario angustiante: «Es algo sumamente triste para quienes nos hemos dedicado a esto toda una vida, más de 40 años, a tratar de rehabilitar pacientes para la vida, llegar a un punto en el que tengamos que suspender, como efectivamente lo hicimos, las intervenciones de cirugía cardíaca. Tengo en lista de espera en este momento alrededor de 20 pacientes, muchos de ellos sumamente graves. Recuerdo a dos pacientes muy concretos, uno de 18 años y otro de 23 años del interior de la república que están a punto de fallecer. (…) Uno de ellos me llamó ayer y tuve que decirle “tome las cosas con calma porque lamentablemente en estos momentos no podemos hacer nada”»[4].

 

Por Víctor Salmerón@vsalmeron 

 

Tapa blanda: 270 páginas

Editor: Ediciones Puntocero (20 de agosto de 2016)

Idioma: Español

ISBN-10: 9789807312363

ISBN-13: 978-9807312363

ASIN: 9807312361

 

 


 

[1]    La encuesta corresponde a mayo de 2015. En la ciudad de Caracas, 60,7 % de los productos esenciales presentaban escasez. Entre los casos relevantes destacaba que en 95,5 de cada 100 establecimientos no había aceite de maíz y en 83,6 faltaban el café molido, la harina de maíz precocida y la leche en polvo en sobre.

 

[2]    De acuerdo con la Memoria y Cuenta del Ministerio de Finanzas, al cierre de 2014 el Fonden había desembolsado 103.000 millones de dólares para financiar 419 proyectos. A esta cifra se añaden 67.319 millones de dólares que ya estaban aprobados, mas no desembolsados del todo, para cubrir los gastos de 348 proyectos que se encuentran en ejecución.

 

[3]    La declaración fue hecha en el programa del periodista César Miguel Rondón en el Circuito Éxitos el 24 de septiembre de 2015.

 

[4]    La declaración fue hecha en el programa del periodista César Miguel Rondón en el Circuito Éxitos el 24 de septiembre de 2015.

 

El cáncer también es una historia de princesas

Yerlin Rincón tenía diez años cuando le diagnosticaron cáncer. Todo comenzó por un dolor en la pierna derecha. Al principio su familia pensó que era una excusa para no ir al colegio, pero las quejas de Yerlin aumentaban así que, finalmente, terminaron por consultar a un traumatólogo. Dieron inicio, como es habitual, los interminables exámenes médicos. Sin embargo, el osteosarcoma que se había alojado en su rodilla pasaría un par de meses más sin ser descubierto.

El 25 de agosto de 2016 es un día que la familia de Yerlin no olvidará nunca: fue cuando la internaron por primera vez en el Hospital de Guanare, una zona rural de Venezuela ubicada en el estado Portuguesa. “Eso fue en la mañana”, dice Jennifer Rincón, hermana de Yerlin, “estábamos jugando, se sentó en la cama y oímos un sonido que venía de su rodilla”. Después del “crack” llegaron los gritos, el llanto y el ingreso a urgencias.

Así comenzó Yerlin su larga travesía en busca de un diagnóstico. Después de que una tomografía evidenciara la presencia de una lesión ocupante de espacio (LOE), el siguiente paso era realizar una biopsia. Para ello, llevar a cabo una intervención quirúrgica era inevitable. Como a casi cualquier niño, a Yerlin no le gustaban los hospitales: “Ella le temía a todo lo que tuviera que ver con quirófanos o inyecciones”, asegura Jennifer, por eso su mamá y sus dos hermanas se las ingeniaron para que nunca estuviera sola. “De esta vamos a salir”, se repetían unas a otras.

Tras un mes de espera, los primeros resultados: “Biopsia no concluyente”. No hay diagnóstico. Era necesario repetir la prueba y tomar una nueva muestra, someter a Yerlin otra vez a una intervención. Pero lo peor de todo era perder más tiempo. Cuando el diagnóstico por fin llegó, en noviembre, más de dos meses después de aquel 25 de agosto, las células cancerosas ya se habían expandido por el cuerpo de Yerlin: los osteosarcomas son altamente metastásicos.

Desde que su familia puede recordar, el sueño de Yerlin era ser Miss Venezuela. A los seis años notó que su estatura sobrepasaba por mucho a la media: sus piernas largas prometían servir como un trampolín a las pasarelas. Por eso, cuando los doctores asomaron la posibilidad de una amputación, el golpe fue brutal, la vida parecía estarles jugando una broma cruel. Sin embargo, todos los que conocieron a Yerlin dicen lo mismo: siempre se mantuvo hermosa. Hasta el día de su muerte, e incluso después, Yerlin sería conocida en el Hospital de Guanare como Miss Portuguesa 2024.

Yerlin Rincón antes de su enfermedad. Portuguesa, Venezuela. Foto: Archivo familiar

“Ese era el año en el que hubiera podido participar en el concurso”, explica Claret De Gouveia, Miss Amazonas 2016, “en el 2024 Yerlin habría tenido 18 años y, claro, habría representado a Portuguesa, su estado natal”.

Claret, sin embargo, participó en el concurso cuando tenía 24 años. Las condiciones estaban dadas: estaba en la edad, había terminado su carrera, “¿por qué no?”, pensó, y entonces lo hizo. Su participación fue especial, no dejó a nadie indiferente: recién graduada de médico cirujano, sería conocida como “la Miss Doctora”.

“Mientras estuvo hospitalizada, Yerlin se entretenía viendo programas de mises, le encantaban, se emocionaba mucho”, cuenta Jennifer. Ese año vio el paso de Claret por el concurso sin imaginar que pocas semanas después se volverían inseparables.

Sucedió cuando Yerlin fue trasladada a Caracas. En el Hospital de Guanare los recursos eran limitados, además no había una unidad de oncología pediátrica. No podían atender un caso como el suyo y por eso la enviaron a casa. Su familia, que se resistía a la idea de quedarse con los brazos cruzados, buscó la manera de hacer un traslado a la capital. Gracias a una tía consiguieron una cama en el Hospital Militar, uno de los pocos centros de salud abastecidos en Venezuela. Una vez allí, Yerlin recibió la mejor atención, aunque sólo se tratara de cuidados paliativos. Su pediatra, el doctor Gustavo Yánez, lo asegura: “Yerlin tuvo una muerte tranquila, no le faltó nada, cumplió todos los sueños que te puedas imaginar”.

Él personalmente se encargaría de que así fuera.

“Era de mi tierra natal, era una niña preciosa, tenía porte de Miss, ¡y quería ser Miss, de paso!”, recuerda el doctor Yánez. Para él fue inevitable involucrarse con su historia. Cuando en el Hospital Militar descubrieron la pasión de Yerlin por el Miss Venezuela, le presentaron al doctor Gustavo. Él, con suficientes contactos para regalarle a la niña el mejor día de su vida, le aseguró a la familia que pronto tendría una sorpresa para Yerlin, así que intercambiaron números de teléfono y quedaron en contacto.

El Doctor Gustavo había conocido a Miss Amazonas, Claret de Gouveia, hace algunos meses. Fue un encuentro casual en un centro comercial. Sin embargo, el contacto se mantuvo ya que, entre otras cosas, él y Claret compartían la misma profesión. Cuando la llamó para contarle la historia de Yerlin, ella no dudó en involucrarse, y con ella también otras de las mises que ese año hacían vida en el concurso.

Especialmente se involucraría, junto con Claret, Melanie Gerber, que para la fecha era Miss Anzoategui. Cuando le contaron el caso se sumó a la causa y hoy, casi un año después de su primer encuentro con Yerlin, confiesa que conocerla fue lo mejor que le pudo haber pasado: “Gracias a ella hoy soy una persona totalmente diferente, obviamente para mejor”. Para describir la relación que las unió, le basta una palabra: “Mágico, fue algo mágico”, dice.

Las hadas madrinas existen

Poco tiempo después, llegó la sorpresa: “El doctor Gustavo llamó a mi mamá y le dijo que arreglara a Yerlin porque iban a ir unas mises a visitarla”, cuenta Jennifer. Después de un rato, comenzaron a llegar.

Con Anyela Galante, Miss Venezuela Mundo, Yessica Duarte, Miss internacional Venezuela, y Andrea Rosales, Miss Tierra Venezuela. Foto: Archivo familiar.

Jennifer recuerda la reacción de su hermana: “Cuando las vio, muy altas, bonitas… Se emocionó muchísimo. Le llevaron una banda que decía ‘Miss Portuguesa’, le llevaron regalos, almorzaron juntas… Ese día fue grandioso para ella, nos dijo que había sido uno de los más felices de su vida”.

Yerlin junto a Claret, Melanie y el Dr. Yánez Foto: Archivo familiar.

“¡El hospital se llenó de reinas de belleza!”, recuerda el doctor Yánez, “traían coronas y bandas originales, ropa, maquillaje… ¡Esa niña no lo podía creer! Me decía ‘¡Doctor, me duele el corazón!’. Antes de esto, Yerlin era una niña que anímicamente estaba muerta, estaba en una progresión de la enfermedad total, muy desanimada, y ese gesto, cumplir su sueño de sentirse como una Miss, la devolvió a la vida”.

Aunque ese día Yerlin disfrutó con todas las mises, hubo dos con las que tuvo una relación especial. Claret y Melanie llegaron a la vida de Yerlin para quedarse. Ambas, a partir de ese momento, se convertirían en sus hadas madrinas, como ella las llamaba.

“Estuvimos conociendo su caso: Yerlin era de una familia de bajos recursos. Dependían de la salud pública y, claro, en medio de una crisis sanitaria, era muy complicado para su mamá costearle los tratamientos, acceder a quimioterapias, además de haber tropezado con muchas trabas diagnósticas”, explica la doctora Claret.

Por eso decidió canalizar el uso de sus redes sociales en pro del caso de Yerlin.

Claret siempre quiso ser médico y su motivación fue la misma desde que tiene memoria: “Ayudar a las personas”. Cuando terminó la carrera decidió tachar el Miss Venezuela de su checklist. Al principio, lo hizo por hobby, pero una vez dentro del concurso se dio cuenta del alcance comunicacional que tenían las mises en su país. A partir de ese momento comenzó a utilizarlo como un brazo más de su profesión.

“Durante el Miss Venezuela, y después, tuve la posibilidad de apoyar a muchos pacientes. Me di cuenta de que podía involucrarme y apoyar buenas causas y eso para mí es muy reconfortante”, asegura Claret. Sin embargo, hace énfasis en que “tampoco podemos olvidar que el Miss Venezuela es un concurso de belleza, no de almas caritativas, entonces en algún punto yo no pude trascender tanto como hubiese querido, aunque me doy por bien servida”, explica.

Y así fueron mezclando la salud con la belleza para ayudar a Yerlin: no sólo conseguían proveer todo aquello que necesitaba para su tratamiento, como agujas, medicinas, o exámenes específicos, Melanie y Claret iban también a jugar, a divertirla y, especialmente, a recordarle que era bella a pesar de todas las inseguridades que pudiera sentir por los cambios que había generado en ella su condición.

“Queríamos conseguir dos cosas: procurar que no le faltase nada médico y conseguir que viviera esa fantasía de cualquier niña de diez años que en lo que debe pensar es en sus muñecas, en jugar, en sus cosas, y no en un diagnóstico tan duro como el que tuvo”, afirma Claret. Por eso en sus últimos meses de vida Yerlin tuvo más abundancia de la que jamás se imaginó: muñecas, vestidos, maquillaje… y muchos amigos.

Pero posiblemente el momento favorito de todos los que vivieron esta historia fue la celebración del cumpleaños número once de Yerlin. Ella, que nunca había celebrado un cumpleaños con piñata, no sólo tuvo una gigante esta vez, además la agasajaron con cinco tortas diferentes, con muchísimos regalos, con visitas especiales de personas a las que siempre había soñado conocer, con música y, por supuesto, con la presencia de sus seres queridos y de todos los niños del servicio de oncología.

Yerlin Rincón junto con el doctor Gustavo Yánez, Claret De Gouveia, Melanie Gerber y Keysi Sayago, actual Miss Venezuela. Foto: Archivo familiar.

Fue un diez de febrero. Claret y Melanie se encargaron de organizar la fiesta de Yerlin. “El día de su cumpleaños ella estaba muy feliz. Su fiesta fue de Frozen, que le encantaba, la disfrazaron de Elsa. Además, estaba con nosotros, con su familia. Yerlin estaba feliz. Esa noche, antes de dormir, nos dijo que había sido uno de sus mejores cumpleaños”, recuerda con nostalgia su hermana Jennifer.

Para ese momento Yerlin ya no tenía cabello. También había perdido su pierna derecha, un mes antes, tras afrontar la amputación a la que tanto temía. Pero, su último cumpleaños fue muy feliz. Después de todo, para eso son las hadas madrinas.

El luto

“Usualmente pensamos que el luto hace referencia a la muerte de alguien, pero, en realidad, el luto se genera cuando tú pierdes algo”, explica la doctora De Gouveia, “cuando tú pierdes la cotidianidad, elaboras un luto; cuando pierdes tu cabello, elaboras un luto; cuando pierdes la posibilidad de sentirte bonita, atraviesas por un luto también”.

Mientras su familia se enfrentaba al luto que suponía perder a la integrante más pequeña y hermosa de la casa, Yerlin batallaba con uno distinto: su propio reflejo que se había convertido en un extraño. Ella era otra, se sentía otra en esa cama de hospital: notaba los cambios que generaba en su cuerpo una agresiva quimioterapia, la pérdida de peso, de movilidad, los mechones de cabello que se caían en la ducha y, además, la posibilidad de perder una de sus largas piernas de modelo amenazaba con destruir sus sueños.

“Cuando se enteró de que iba a perder su cabello comenzó a llorar. Fue una noticia muy dura para ella”, cuenta Jennifer, “le ofrecimos cortárnoslo todas, le explicamos que le iba a volver a crecer, le dijimos que se iba a ver igual de hermosa, que iba a parecer una de sus muñecas… Le dijimos muchas cosas hasta que fue perdiendo el miedo”.

Después de un tiempo, sería la misma Yerlin quien tomaría la decisión de cortar su larga cabellera. “Hermana, córtame el cabello porque me molesta muchísimo. Córtamelo por los hombros”, le pidió a Jennifer, y su hermana así lo hizo. Poco tiempo después, Jennifer, o Pepe, como le decía Yerlin, recibió una solicitud que jamás hubiera podido imaginar: “pásame la máquina, Pepe. Me molesta mucho el cabello y además me da calor”.

Las versiones coinciden: a pesar de perder todo su cabello, Yerlin continuaba hermosa. Su rostro se resistía a perder el encanto. A veces, cuando se miraba en el espejo, incluso ella lo notaba. Otros días, más difíciles, más opacos, necesitaba un empujón para mantener el ánimo. La presencia de Melanie y de Claret era vital en esas ocasiones.

Yerlin Rincón junto con su hermana, Jennifer Rincón, y Melanie Gerber. Foto: Archivo familiar.

En sus visitas, además de jugar, conversar y tomarse muchas fotos, enseñaban a Yerlin a maquillarse, aunque siempre le insistían en que a ella no le hacía falta. Las sesiones de maquillaje, de manicura o pedicura, conseguían que Yerlin se reconciliara con su imagen, hacían más llevadera la situación.

Un día, Claret y Melanie aparecieron en el hospital con un regalo muy especial para Yerlin: “Hablamos con Ivo Contreras para donarle una peluca, él es quien hace las pelucas para el Miss Venezuela. Le hicimos una lo más parecida posible a su cabello original. La cara de felicidad de esa niña cuando se la dimos… ¡No te la puedes imaginar!”, recuerda Melanie.

“El cabello en Venezuela se cotiza a un precio muy elevado. Las extensiones o las pelucas pueden llegar a costar 800 o 900 USD, un monto muy alto para un venezolano común”, afirma Claret, “pero para estos pacientes tener acceso a estas herramientas representa la posibilidad de mantenerse dentro de una cierta normalidad, aferrarse a lo familiar que han tenido toda la vida, porque desde que nacemos tenemos cabello. En medio de tantos cambios, poder aferrarnos a algo es imprescindible”, asegura la doctora y, en ese sentido, gracias a todos los apoyos que recibía, Yerlin logró conservar, por lo menos hasta cierto punto, la normalidad en su vida.

Pero después llegó la amputación, un golpe fatal. “Mi otra hermana ya había comenzado a asomarle que existía la posibilidad de que perdiera su piernita. Le decía que tenía un animalito ahí que le estaba haciendo daño y que tenían que sacárselo para que estuviera más tiempo con nosotras”, recuerda Jennifer.

Claret, por su parte, afirma que la posibilidad de perder la pierna era quizás lo que más le preocupaba a Yerlin: “Yo creo que ella, gracias a Dios, no alcanzaba a tener plena consciencia de su enfermedad. No concientizaba morir, su miedo era perder la pierna y la posibilidad de ir al concurso. Para Yerlin el Miss Venezuela era un sueño: era la posibilidad de conocer Caracas, era la posibilidad de tener mejores ingresos para su familia, porque asumía que era súper rentable; el Miss Venezuela para ella era sentirse famosa, era ese sueño de la grandeza. Y por eso, finalmente, su preocupación de cara a la enfermedad no era tanto morir: era no poder participar en el concurso”.

Yerlin Rincón con la peluca donada por Ivo Contreras. Foto: Archivo familiar.

“Yerlin me preguntaba: ‘pero ¿yo de verdad voy a poder modelar como ustedes con una pierna así?”, recuerda Melanie, y luego, cuando trata de explicar la belleza de Yerlin, no consigue las palabras. “Yo le insistía siempre en que era una niña hermosa, en que tenía una sonrisa preciosa, en que no le hacía falta maquillaje para verse como una princesa… Y Yerlin era nuestra princesa”, dice al final.

Entre su familia, sus hadas madrinas y el doctor Gustavo, emprendieron entonces una labor larga pero que daría buenos resultados. Buscaron fotos de modelos diferentes, modelos amputadas, modelos con vitíligo, modelos de diferentes tallas, modelos con rasgos físicos inusuales, y así comenzaron a mostrarle a Yerlin que la belleza era mucho más que el patrón que ella conocía. “Si ellas se sienten bellas es porque lo son, no simplemente porque alguien les diga que sí o que no”, le explicaba Claret, “¡si se sienten así, lo son y punto!”.

“Comenzamos a buscar historias para motivarla y también comenzamos a mostrarle prótesis”, dice su hermana. El problema de los fondos, que en Venezuela suponen una importante complicación, sería solventado con ayuda de Melanie y Claret. Lo importante era permitir que Yerlin tuviera opciones, o que por lo menos lo sintiera así.

“Si te arrebatan algo de tu cuerpo, tú quieres restaurarlo de una u otra manera”, puntualiza el doctor Gustavo Yánez. “Muchos dicen que esto es solamente una fachada de la persona, y puede ser, pero esa persona valora el hecho de sentir que sigue siendo quien siempre ha sido”, explica Yánez.

“La gente tiende a percibir la belleza o la imagen como algo superfluo, como algo banal, pero no se dan cuenta del impacto que puede tener. Aunque la belleza es subjetiva, sentirse bien con uno mismo empieza por reconocer lo que ves en el espejo. Cuando a ti te gusta lo que ves frente al espejo, eso cambia tu vida”, reflexiona, también, Claret, la “Miss Doctora”. “El maquillaje, la peluca o la posibilidad de tener acceso a una prótesis, eran distractores para que Yerlin mantuviera su ánimo y su energía”, asegura De Gouveia.

Al final, Yerlin terminó por aceptar también la amputación. “Si es por estar más tiempo con ustedes”, decía… Y así lo hizo.

Su cirugía fue programada para enero. Todo estaba listo y parecía estar bajo control. Sin embargo, sus exámenes preoperatorios deparaban un nuevo trago amargo para Yerlin y su familia: “Cuando revisamos sus exámenes de sangre, resulta que la niña presentaba un VIH positivo contraído por una trasfusión sanguínea”, recuerda el doctor Yánez, “eso complicaba mucho más las cosas, claro, porque suponía tratar con antirretrovirales a una paciente con la condición de Yerlin, que recibía quimioterapia”.

Una de las primeras trasfusiones de sangre que recibió Yerlin en el hospital de Guanare estaba infectada. “No pudieron saberlo porque no había reactivos”, explica Jennifer, que también denuncia que este centro de salud se encuentra en condiciones críticas. “Para mi mamá fue muy duro porque ya se sumaba el cáncer más el VIH. Nuestras esperanzas disminuían, era muy fuerte”, recuerda Jennifer.

A Yerlin, por su parte, nunca se lo dijeron. Cuando llegaron los resultados le aseguraron que todo estaba bien. “Eran demasiadas malas noticias para una niña”, dice su hermana.

Morir como Yerlin

Ella ya lo sabía, cuenta su hermana Jennifer, “algunos días antes dejó escrito en notas que le dolía mucho y que sabía que se iba a ir al cielo con Dios”. Su madre, la señora Rosa, también tenía ese semblante triste de quien siente que la vida de un ser amado se le escapa de las manos. “Me dijo que sentía que su angelito se le estaba yendo”, recuerda Melanie Gerber.

Y tenía razón.

Yerlin, sus hermanas y su madre se encomendaron a Dios. Sus hadas madrinas también. Después de tantos meses atravesando esa dura enfermedad, todos aquellos que la querían estaban dispuestos a aceptar que había llegado el final del camino. Se consolaban, como de alguna u otra forma lo hacen todos, con la idea de que “ahí”, adonde quiera que Yerlin fuera después, ya no habría dolor, no habría cansancio.

La historia clínica de Yerlin bien podría ser una oda a la injusticia: su osteosarcoma, que al final se alojó en ambas rodillas, hizo metástasis en pulmón. Posteriormente afectaría también a otros órganos. Tendría que enfrentar una amputación de la pierna derecha. A su condición de base se sumaría un VIH positivo contraído a través de una trasfusión sanguínea contaminada. Sufriría también un ACV. Finalmente, tras una semana de deterioro, Yerlin moriría de un paro cardiorrespiratorio el 3 de junio del 2017.

Sin embargo, es posible que nadie que lea estas líneas pudiera atravesar ese largo camino como lo hizo Yerlin: esa niña guapa y de once años que jamás dejó de sonreír. Por eso la muerte de Yerlin tuvo, y mantiene hoy, un aura de dignidad. Porque frente a la injusticia, que le arrebató incluso su último aliento, Yerlin fue feliz.

Yerlin mantuvo la fe en la vida, en la vida como una luz más allá de ella y sus circunstancias. A pesar de su enfermedad, de las dificultades, del dolor o del miedo, Yerlin Rincón venció el cáncer: “Nosotros le ganamos al cáncer, indistintamente de que Yerlin falleciera, porque la hicimos la niña más feliz del mundo”, reflexiona Melanie.

Como siempre pasa, la vida continuó después de la muerte de Yerlin, y aunque nada sigue igual, todo parece lo mismo. A pesar de que su muerte fue dura, todos los involucrados en esta historia han aprendido que en el recuerdo también hay vida.

Así, Yerlin ha encontrado la manera de seguir viviendo. Y lo hace a través de un legado: de las donaciones que aún recibe el doctor Yánez, por ejemplo, o de la fundación Somos Vida, gestionada también por Yánez y que se encarga de apoyar a pacientes oncológicos infantiles. Yerlin sigue viviendo en Melanie y en Claret, en la idea de la belleza con propósito. Yerlin sigue viviendo en la unión de su familia.

Hace un mes, la peluca que tantas alegrías le brindó a Yerlin fue donada. La recibió una chica de 15 años con alopecia idiopática. “Era como ver a Yerlin otra vez”, recuerda el doctor Gustavo, y quien escribe, entonces, no puede evitar pensar en una frase: “donde hay esperanza hay vida”. Sí, y donde hay amor, también.

Epílogo: las niñas son mises y los niños son peloteros

“En Venezuela, las mises son percibidas como las mujeres intocables”, afirma Melanie Gerber, Miss Anzoátegui 2016, y puede que esta sea la razón de que el sueño de convertirse en reina de belleza sea tan cotizado entre muchas niñas. “Sobre todo en las poblaciones rurales, si eres niña, tu familia quiere que seas Miss, y si eres niño, quieren que seas pelotero”, explica Claret de Gouveia, Miss Amazonas 2016.

Sin embargo, y más allá de la belleza, Claret y Melanie se quedan con la misma sensación tras su paso por el certamen: el alcance y el poder comunicacional que tienen las mises, herramientas que, lamentablemente, se diluyen en aguas de vanidad.

En un contexto como el venezolano, que atraviesa conflictos políticos y sociales importantes, Melanie Gerber considera que una Miss debería tener el tacto de querer conectar con la gente y ayudarla, transmitir mensajes más profundos que simplemente la belleza.

“Si te soy sincera, yo, al final, no quería ser Miss Venezuela porque sabía que no me iba a permitir llegar tanto a las personas como lo hago ahora”, dice Melanie, que actualmente continúa apoyando pacientes y tiene planes de crear una fundación en conjunto con Claret.

“Yo durante el concurso sufrí un accidente y quedé con una cicatriz en mi pierna derecha”, cuenta Claret, “la maquillé y no se notó nunca. Nadie se enteró, pero termina el Miss Venezuela y a mí lo que me queda es la cicatriz”, afirma. Sin embargo, después de compartir con Yerlin Rincón se olvidó de sus complejos: “Ella tenía un problema mucho más importante en su pierna derecha, y era que la iba a perder”.

Claret asegura que su encuentro con Yerlin fue providencial. Además de ser un “cable a tierra”, sembró en ella algo más: la importancia de la belleza con propósito, la importancia de la belleza por mucho más que la belleza en sí misma.

Yerlin y otro paciente oncológico en compañía del Dr. Yánez, Claret, Melanie y una enfermera del servicio. Foto: Archivo familiar.

Por Gabbi Consuegra | @gabbiconsu

#DomingosDeFicción Mi padre el veterano

La primera golpiza me la dio mi padre. Yo era un renacuajo de diez años y pocos kilos. De niño era tímido, me gustaba estar en la casa y lo mío era tocar la mandolina y ver El Pájaro Loco a las cuatro. Pero con sus propias manos mi padre me hizo sustituir la música y la tele por el cuadrilátero.

—Presta atención –me dijo mientras yo me sobaba los moretones–. Si no quieres que te jodan en la vida, aprende a usar los puños.

Mi madre sufría. No quería que yo fuese la fotocopia de mi padre. Decía que el boxeo era deporte de hombres desesperados. Pero simplemente no pudo hacer nada. Por un lado, en el colegio me sometían y me ponían sobrenombres de lo enclenque que era. Por el otro, mi padre se estaba ensañando conmigo. Así que me dediqué a sacar músculos y aprendí a lanzar coñazos.

También troté. Como un desgraciado, troté todas las mañanas del resto de mis días. Subía y bajaba el José Félix Ribas completico. La verdad es que a mí no me gustaba madrugar. Para eso estaba mi padre. Me vaciaba un tobo de agua fría encima cuando yo estaba a mitad de un sueño.

—A trotar –decía sin adornos, su única manera de decir buenos días.

Aún no salía el sol y yo ya estaba dándole vueltas al barrio. En esos momentos solamente pensaba en el box. Mi padre había sido peso gallo amateur en su juventud. Encontré el álbum en el fondo de una gaveta un día que buscaba papel para forrar un cuaderno. Mi padre saltando la cuerda, mi padre golpeando el saco, mi padre rematando una pera con un gancho de zurda, mi padre en guardia, mi padre con una toalla alrededor del cuello y media sonrisa, mi padre haciendo una pose para la cámara, mi padre levantando los brazos en señal de victoria.

Lo otro fue la alimentación. El gran secreto de cocina de mi madre era ahogar todo en dos dedos de aceite hirviendo.

—Así no come un atleta –decía mi padre–. Desde hoy, cero porquerías.

Me obligó a desayunar huevos crudos, a beber litros de agua destilada, a tomar caldo de molleja, a tragar ollas de atole de arroz, a comer hígado encebollado, a evitar el cochino, el pan, el azúcar y el tomate.

Luego me hizo entrenar en el Atlas. Así se llamaba el gimnasio de Macario “El Tifón” Itriago, un expúgil que se había quedado ciego de un ojo. Quedaba detrás de un taller mecánico que también era de Macario. Algún chistoso espontáneo había escrito en la entrada “Es mejor dar que recibir”. Casi todo estaba hecho con repuestos. El saco era una tripa de caucho rellena con estopa. Las pesas eran tubos de escape con rines pegados en los extremos. Las banquetas eran asientos desmantelados de un Caprice o un Mustang. Cosas así.

Mi padre me presentó como todo un prospecto. Macario echó un ojo, chiste aparte, a mi contextura. Me palpó los brazos, me midió los hombros, me agarró por el cuello y movió mi cabeza de un lado a otro. Conservaba el gesto de un boxeador profesional y curtido. En cualquier caso, una expresión difícil de explicar.

—En el boxeo todos tienen un plan –fue lo primero que me dijo Macario–. Hasta que los noquean.

Su ojo ciego era una perla de nata, blancuzco como el de un pez muerto. Se dio cuenta de que me fijaba.

—Yo tenía un plan –dijo picándome el ojo bueno.

Mi padre estaba ahí viéndolo todo.

—A tu padre lo llamaban El Veterano –dijo Macario–. ¿Sabes por qué?

Negué con la cabeza.

—Pues nadie sabe –dijo.

El primer día Macario me hizo trabajar los pies. El equilibrio y la coordinación van antes que los golpes. Por dentro sentía un montón de rabia y lo que quería era desfigurar rostros, moler huesos, hacer salpicar sangre, pero Macario me enseñó que para eso tenía que aprender a pararme. Pasé los primeros cinco meses haciendo dos cosas. Saltando la cuerda y desplazándome por todo el ring con los tobillos amarrados. Un día llegué a casa quejándome de aquella estupidez. Estaba francamente amotinado y lancé los guantes en la mesa de la cocina. Mi madre estaba picando remolachas sobre una tabla de madera. No supo cómo hacerme callar a tiempo. Mi padre estaba viendo el noticiero en la sala y escuchó todo. Entró en la cocina. Llevaba chancletas y la camisa abierta. Me conectó un par directo al hígado que me hicieron caer de la silla.

—Cero lloriqueos. Si te agarran mal parado prepárate para conocer la lona –dijo.

Conocí la lona unas semanas después. Macario me dijo que estaba listo para ver de qué se trataba aquello. Con aquello se refería a boxear. Me vendó las manos y me calzó los guantes. Llamó a otro un poco más alto que yo y que ya había visto entrenando en el gimnasio. Le decían Tumor y tenía una zurda endemoniada. No le atiné ni un mísero rasguño y me noqueó sin esfuerzo. Me agarró mal parado. Mis pies no estaban alineados con mis hombros. Para eso los tuve amarrados todo ese maldito tiempo. Después de recibir el golpe, sentí un chispazo. Las rodillas me abandonaron, mis ojos hicieron lo que les dio la gana y en la mente se me formó una nube gris. Desperté boca arriba en el piso. Las caras sonrientes de todos, formando un círculo, viéndome resucitar. Así conocí la lona.

—Que te sirva de lección –dijo Macario.

Entrené más y a los dieciséis comencé a foguearme con los del gimnasio. Los fui jodiendo de a poquito. Casi todos eran mayores que yo, pero no eran competencia. Los dejaba en ridículo, desperdigados por el suelo. Era como si de la noche a la mañana me hubieran engrasado la cintura. Tenía talento, estilo y un par de martillos de acero en las manos. Desarrollé velocidad, potencia y malicia. Sobre todo malicia. Aquello no tenía nada que ver con pensar.

—No pienses –me decía Macario–. Deja que el otro lo haga. Mientras esté en eso, tú pégale.

Mi padre a veces pasaba por ahí y se sentaba a leer el periódico. A mí me daba la corazonada de que me estaba viendo, pero nunca lo vi levantar la vista de la sección de deportes. Cuando no me daba cuenta, ya se había ido. Se puede decir que en la casa lo veía un poco más. Nos gritaba a mi madre y a mí por cualquier cosa. Vivía amargado y rabioso, lo que no está mal salvo cuando le daba por pagarla con nosotros. Era normal que partiera platos o vasos o lo que fuera. Los peores días eran los que se afincaba especialmente en mí. Me detallaba la gran desilusión que resulté ser o cómo arruiné su vida. Yo trataba de dejar los problemas en casa y no llevarlos al gimnasio. Terminé llevándolos a otro sitio: en el liceo le partí la cara a un par de compañeros que osaron burlarse de mí. Quería imponer respeto en el ring y en la vida. Se me fue de las manos y me expulsaron. Cuando mi padre se enteró, me zarandeó en el patio para bajarme los humos. Los vecinos vieron todo, pero ninguno dijo nada. A la mañana siguiente salí a trotar sin necesidad de que él me despertara. Mientras toda la ciudad dormía, yo estaba trotando cuesta abajo con una sensación que no puedo describir. En el fondo, pensaba que aquello fortalecía mi espíritu. Era como un peregrino. La adolescencia ya había hecho estragos. No crecí mucho, pero subí un poco de peso. Las venas y los músculos se me empezaron a notar. El abdomen se me puso duro y rayado como una batea.

Más o menos por esa época Macario me inscribió en un torneo relámpago para jóvenes amateurs. El campeón ganaba equipos nuevos para su gimnasio. Los combates se disputaban a tres rounds de dos minutos. En la final me tocó bailar con la más fea, un quinceañero de La Vega que parecía un matón. El último round estuvo reñido y dos jueces me dieron la victoria a mí. Después fui a otros torneos. En todos gané medallas, trofeos, cinturones. Cosas de niño. Los apilé en la repisa del cuarto y mi madre los limpiaba todos los fines de semana, contando cuántos había ganado por knock out. Macario también sacó sus cuentas.

—Me vas a hacer rico –me dijo el día que cumplí dieciocho.

Yo llevaba horas golpeando la pera como demente y supuraba adrenalina. Tenía la cara llena de espinillas y mi sudor olía cada vez peor. Macario había apostado por mí en el Polideportivo de Cúa.

Esa vez recibí mi segunda golpiza. Fue cortesía de un negro caleño que se llamaba Nehomar Cerdeño. Le decían El Gallito Pambelé y parecía esculpido en piedra de obsidiana. Tenía un queloide con forma de equis en el cráneo y le faltaban todos los dientes delanteros. Yo creía que tipos así solo podían salir de la cárcel. Tiempo después comprendería que tipos así solo pueden salir del boxeo. Su derecha era mortífera. Las pocas veces que logré esquivarla consideré la existencia de un dios misericordioso. El resto de las veces los huesos me tronaron. En el primer round socialicé con la lona dos veces. En el segundo hice lo que estaba a mi alcance. Solté algunos jabs inútiles para medir distancia y bailé de esquina a esquina para agotarlo, pero el muy maldito tenía los pulmones grandes o un tanque de oxígeno en vez de cerebro. Antes de que sonara la campana, me abracé a él, pero me quitó de encima como si nada y rodé por el suelo. El tercer round fue un desastre. Pensé que había sido su derecha, pero me agarró con la zurda.

—Bajaste la guardia –me dijo la figura borrosa de Macario levantándome y poniéndome hielo en el pómulo.

Pasé semanas pensando en la humillación de la derrota, sintiéndome mal conmigo mismo. Macario se fue con los bolsillos vacíos y yo gané un montón de miseria interna. No estaba seguro, pero había escuchado decir a mi padre que el alimento del boxeador es la frustración. Primero se convierte en miedo, luego en odio y luego no se siente nada. Cuando eso pasa, estás listo para pelear.

Yo me sentía listo.

Estaba agarrando aire el día que conocí a Mayilse. Era una rama de canela, esbelta y morena. Llevaba una bolsa de mercado en cada mano. Le ofrecí ayuda y me dijo algo indignada que ella sola podía. Tenía el cabello mojado y usaba una camiseta blanca apretada. Debajo se notaban unos pezoncitos duros y negros como ciruelas.

—Hola, soy boxeador –no encontré nada mejor que decir.

Tenía el labio partido, la nariz hinchada y en cada ojo un delta rojo de bazos reventados.

—¿Boxeador?

—Sí –dije lanzando una zurda al aire.

Se rio. Nunca antes había hecho reír a nadie. Menos a una criatura como aquella.

—Con razón.

—Y eso que no viste cómo quedó el otro.

Volvió a reír.

Me costó sacarle el nombre. Siempre había odiado perseguir a los demás y buscar la pelea. Con ella era distinto. Yo intentaba boxear, pero ella podía noquearme facilito.

—Mayilse es con s, boxeador. No con c –dijo finalmente.

Por supuesto, mi padre no vio con buenos ojos que me empepara con Mayilse.

—Una mujer no te va –me aconsejó–. Tarde o temprano te va a hacer colgar los guantes.

Pero, como buen boxeador, fui testarudo.

Nos casamos en enero, el mes más frío. También fue cuando se le empezó a notar la barriga. En mayo nació Edwin, mi único hijo. Le puse así por el Inca Valero, quien años después mataría a su mujer y se ahorcaría en su celda. Nunca le conté la historia. Supongo que para que no sintiera el peso de llevar el nombre de un tipo tan atormentado que para colmo era boxeador. La fiesta la hicimos en casa de una tía de Mayilse. La vieja tenía una lora que se llamaba Comala a la que le gustaba cantar el coro de un bolero. Mi padre se entregó al ron desde temprano y se puso insoportable. Se había empeñado en narrarle a todo el mundo mi gran derrota. Luego le dio por hablar de su pasado glorioso que se vio interrumpido por mi nacimiento. Cuando ya nadie quiso escucharlo, se sentó junto a la jaula de Comala y se puso a darle de comer pedacitos de pan mojados en ron. La lora alcanzó a comerse doce antes de caer patas arriba entonando el bolero por última vez. A veces las fiestas terminan así de mal. Los berridos de la tía por la muerte de su lora y las barbaridades que salían de la boca de mi padre despoblaron la casa. Cuando oficialmente acabó la fiesta, me encargué de él. Traté de sacarlo por las buenas pero no quería que lo tocara. Entonces algo pasó. Algo en mí que no logro justificar. Supongo que me cansé de escuchar que mamá y yo teníamos la culpa de todo. El caso es que me encabroné tanto que no había en el mundo otra cosa por hacer sino la que hice. Le di justo en la sien con el puño muy cerrado. Mi padre se desplomó de inmediato. Mayilse se metió y no dejó que lo levantara. Entre Macario y ella lo llevaron fuera. Se despertó a medio camino, maldiciéndome y prometiendo ponerme en mi lugar.

Mi madre luego me dijo que esa misma noche mi padre pasó por la casa, sacó algunas cosas del clóset y se fue sin despedirse.

Yo no sabía qué sentir.

No creo que tenga que ver con eso, pero desde entonces empecé a acumular victorias. Me hice profesional haciendo peleas de exhibición y entrenándome hasta la muerte. El resultado fue que no dejé a nadie de pie y entré en una racha de triunfos por la vía rápida. Depuré mi estilo y dejé que mis combates duraran más tiempo. Me convertí en un pugilista de fondo. Mi madre y yo alquilamos un apartamento en Coche y nos mudamos con Mayilse y Edwin. Macario se dedicó única y exclusivamente a ser mi mánager. Nos iba bien, aunque nos podía ir mejor. Mi nombre aparecía como favorito en las apuestas. El boxeo es el único deporte en el que todos se pudren en billete menos el boxeador.

El boxeo es extraño.

El primero que me eché al pico como profesional fue a un catire apestoso de un país impronunciable. Kakakistán no sé cuánto. Hice que me persiguiera durante los dos primeros rounds. En el tercero lo trabajé con jabs y clinchs. En el cuarto, cuando quería fajarse conmigo, lo hice polvo con un upper de zurda. Cuando cayó al suelo, como un edificio dinamitado, seguía lanzando golpes al aire. Aquella victoria impresionó a los de la federación y empezaron a lloverme compromisos. Acribillé a cuanto pelele me pusieron en frente. Al colombiano Jairo “Parce” Delgado lo noqueé en el octavo. Al guanaco Giovanni Antonio “Cangrejo” Tirado lo noqueé en el séptimo. Al salvadoreño Fernando “El Petardo” Montiel lo noqueé en el noveno. Al chicano Cisco “Kid” Morales, el hijo de perra más tramposo con el que luché, lo vencí por puntos y con la nariz rota. El japonés Jumpei “Batousai” Takeshi me aburrió y lo tumbé en el segundo. Al hondureño Rigoberto “Niño Lindo” Mejía Mejía en el onceavo. Al senegalés Pap “Vaca Loca” Diouf en el sexto. Al cubano Vladimir “Rabo de Nube” Godoy en el décimo. La prensa comenzó a llamarme El Torero de Petare porque me gustaba huir de los oponentes en los primeros rounds y luego finiquitarlos con dos o tres toques. Desde las gradas, mientras yo hacía que me persiguieran por el cuadrilátero, la gente empezó a gritar ole.

Viajé a todas partes, pero el ring es igual donde sea que uno vaya.

Conseguí el cinturón ante el chileno Álvaro “Bam Bam” Henríquez en el Luna Park de Buenos Aires. Lo fui matando durante ocho rounds hasta que lo arrojé contra las cuerdas a mitad del noveno y perdió el conocimiento.

Como era de esperarse, me salieron retadores. El primero no llevó vida. Era un tal Wilmer Nuño, un muchacho de Apure que se hacía llamar El Nuevo Terror del Llano. La leyenda decía que había aprendido a pelear golpeando reses muertas en el matadero de su tío. Yo no creía en cuentos y quería dejar las cosas claras. No pasó del quinto asalto.

El segundo me costó menos. Se llamaba Camilo Ernesto “La Faca” Fuentes, la ilusión boliviana. Era un indio mudo con supuesto toque y garra. Una vez mi padre me dijo que campeón es aquel que se levanta cuando en realidad no puede. La Faca no lo era. Peleamos en La Paz, con todos esos metros sobre el nivel del mar a cuestas. Pan comido. En la tercera vuelta lo resolví con un crochet caza bobos. No se quiso levantar y se dejó hacer la cuenta completa.

Un año después perdí el cinturón.

Mi verdugo fue Yiyun “El Tigre de Fuego” Li, un malayo que venía de ser peso pluma y que había medio asesinado a todos sus oponentes. Macario tenía sus dudas, pero yo estaba dispuesto a aceptar el reto. La federación pautó la pelea para marzo en el Coliseo Máximo Viloria de Barquisimeto. El Tigre vino a Venezuela meses antes para entrenar y aclimatarse. Salía reseñado en los periódicos como una amenaza para el pugilismo venezolano. Algunos hablaban de mi carrera como un cúmulo de favorables casualidades y derrotas fáciles. Hablaban de mi condición, del desgaste, de lo poco vistosas que habían sido mis últimas peleas. Pero de lo que más hablaban era de mi edad. En febrero había cumplido los treinta pero parecía de cuarenta y nueve. Eso es lo que hace el boxeo.

Me contaron que Li subió al ring embutido en una bata con cola y orejas de tigre, seguido por un séquito de chinos gordos y rapados como en las películas de acción. Por los parlantes hicieron sonar “Salsa caliente del Japón” de la Orquesta de la Luz a falta de un mejor fondo musical. Yo subí despacio, dándome bomba.

Me quité la bata, roja y amarilla como la había pedido especialmente para la ocasión. El réferi nos presentó. Nos convocó en el centro del ring y gritó las reglas mientras El Tigre y yo nos veíamos con todo el odio posible entre dos desconocidos.

Ese chino de mierda era una bestia. Me reventó a palos en el primer round. Su técnica parecía más muay thai que boxeo. Lo de bailarlo y torearlo no dio resultado. Era veloz y tenía alcance. Lanzaba sin problemas con las dos manos y cambiaba su guardia a cada rato para confundirme. Su técnica era impecable y sus golpes devastadores. Sabía lo que hacía. Se notaba que había estudiado mis puntos débiles. No dejó que yo hiciera la pelea. La hizo él como quiso. Me acorraló en una esquina neutral y me dio lo que se llama una clínica de guasasa. No pasé de la mitad del segundo. Todavía escuchaba a algunos gritar por mí cuando caí al piso. Fue como en cámara lenta. Mi cabeza se sacudió en un espasmo. Entorné los ojos hacia arriba y por un instante todo se paralizó. Vi la luz de los reflectores dividida en cuatro haces idénticos como una cruz en llamas. Vi que el techo se movía y aparecía un trozo de grada repleta de gente que se agitaba. Luego vi las cuerdas del ring. Luego vi que se acercaba el piso. Comprendí que quien se movía era yo y no el resto de las cosas. Sentí que mi cuerpo rebotaba sobre la lona y cerré los ojos.

Los abrí de camino a los vestidores. Macario y Mayilse lloraban desconsolados. Un médico chasqueaba los dedos, me abría los párpados y me alumbraba con una linternita.

Recuperarme no fue fácil. Tuve una jaqueca infernal que no me abandonó en una semana. Estuve a punto de perder el sentido del olfato. Pero meses después, un día que Mayilse hizo un hervido de gallina y lo pude oler, encontré algo de consuelo en el fondo del pantano. Por lo demás, me sentía como un montón de basura bajo el sol. La prensa me había aplastado. Fui la gran vergüenza propia y ajena. Me deprimí tanto que no quise salir del apartamento. Me abandoné y perdí condiciones. Me sentía obsoleto. La verdad es que mi vida fuera del ring no era ningún carrusel. Las batallas más duras las libré en casa. Tenía cuentas por pagar apiladas en una gaveta. Tenía problemas en los riñones. Tenía pesadillas en las que subía a un cuadrilátero y cuando sonaba la campana me daba cuenta de que no tenía brazos. Tenía un hijo que estaba creciendo y al que no sabía cómo tratar. Yo no pretendía seguir la ruta de mi padre y ponerme bruto, así que cuando me sacaba de quicio, me encerraba en el cuarto a ver tele. Mayilse sufría. No quería que desarrollara temor por mi propio hijo. Tampoco quería que me convirtiera en un parásito. Y a pesar de que no estaba particularmente contenta por vivir con un hombre que en el mejor de los casos podía parar en loco gracias a lo que hacía, me hizo despabilar. Nadie me había dado tanta pelea. Si no hubiera sido por ellos, por su confianza en mí, quizás no me habría levantado para terminar mi último combate. Telefoneé a Macario y le dije que quería recuperar el cinturón.

Volví al José Félix Ribas y al Atlas. Entrené como en los viejos tiempos. Retomé las desquiciadas jornadas de trote. Era aún muy temprano cuando me posaba en lo más alto del cerro, con las manos vendadas y un suéter con capucha. El sol seguía enconchado detrás de las nubes cuando me quedaba viendo todo allá abajo, tan pequeño que parecía un hormiguero en el fondo de un valle. En esos momentos, desde la cima de mi mundo, me enfrentaba mentalmente contra un Yiyun Li imaginario. En mi cabeza ocurría un duelo eterno que a veces ganaba y a veces perdía. Si no estaba en eso, estaba frente a una pared, en combate contra mi propia sombra. Macario decía que era lo mejor. Nada como pelearse contra uno mismo. El peor adversario eres tú, y por eso, también el mejor para entrenar. Me gustaba proyectar lo más oscuro de mi propio yo, concentrar todas mis frustraciones en una sombra más grande que yo. Me gustaba tenerle pánico y hacerle frente. Me gustaba lanzarle combinaciones y exhalar como un maniático. Me gustaba imaginar que el rostro de mi padre era el de mi sombra en la pared.

Un año después tuve la oportunidad de retar a Li en una revancha por el título. Irónicamente, la Federación pautó el asunto en el mismo escenario de mi tragedia. Los venezolanos tendrían una segunda oportunidad para verme caer abatido ante un extranjero en el Máximo Viloria de Barquisimeto. Muchos habían dejado de creer en mí, pero eso no justificaba que la prensa me enterrara antes de muerto. En un periódico habían sacado una caricatura de un tigre con la panza llena y a su lado un esqueleto amontonado con un sombrerito de torero en el tope.

El boxeo es un deporte duro y solitario. Nunca me he sentido tan solo como en el cuadrilátero. Lo peor son los segundos previos a la pelea. Todo se resume a cómo manejas el miedo. Por lo regular me funciona plantar los pies, subir la guardia, morder fuerte el protector bucal y decirme cosas como que no te tiemble el pulso, campeón. El mundo no es sitio seguro cuando te pones los guantes. Eres el mejor, simplemente el mejor.

Li subió al cuadrilátero usando el cinturón. Era su manera de restregármelo en las narices. Cada boxeador hace su campaña de mortificación. El boxeo tiene más ciencia que repartir puños. Hay que saber intimidar. Hay que saber sacar de sus casillas al tipo que te quiere dar golpes hasta matarte. Cuando yo subí, alguien gritó date por muerto, Torero. Pero soy demasiado listo como para reparar en palabras.

El réferi hizo las presentaciones.

Hubo un momento de silencio. Una pausa muy breve y cristalina como cuando alguien toma aire antes de sumergirse bajo el agua.

Sonó la campana.

Aguanté como pude. En el primero y en el segundo bailamos por todo el ring sin golpear demasiado. Había prudencia por ambas partes. Nos dimos tiempo y distancia para estudiarnos. El público se impacientaba. Todos querían una masacre. En el tercero quiso mostrarme su superioridad, pero yo estaba atento y lo toreé a mi mejor estilo. En el cuarto, encajé un par de derechazos cruzados sin mucha efectividad. El Tigre era duro como un buda de bronce.

En el quinto ya me estaba moliendo.

El clima se puso más tenso. Tenía el tabique resentido y veía borroso por el ojo izquierdo. En el sexto esquivé su derecha por milímetros y corrí para salvarme. En el remate del séptimo puse una rodilla en el suelo y me agarré de las cuerdas con el antebrazo. El conteo llegó a seis y me salvó la campana.

Fui a mi esquina completamente aturdido respirando con la boca abierta. Yiyun Li se veía fresquito. Lucía como si solo hubiera salido a recoger el periódico un domingo en la mañana. Macario quería detener aquella carnicería. Me pidió que no me levantara. Me dijo que iba a hablar con el réferi. Me pidió que pensara en mi familia. Que si ya que no pensaba en mí, que al menos pensara en ellos.

—Yo tuve suerte –dijo–. Sólo perdí este ojo.

Pero yo ya no quería escucharlo. Le rogué que no arrojara la toalla, pasara lo que pasara.

En el octavo volví a comer piso. Fue un golpe ilegal con el codo, pero ya el daño estaba hecho. Me dieron un minuto de piedad para atenderme el párpado y penalizaron a Li con dos puntos que ni falta le hacían.

En el noveno recibí castigo. En el décimo también. Li no quería complicar más las cosas y buscaba enviarme a casa de una vez por todas.

Pero yo era más difícil de lo que esperaba.

No sé cómo llegué al onceavo. Estaba desorientado y los brazos me pesaban. El Tigre me había estado trabajando el dorso para sacarme el aire, pero uno se entrena para este tipo de cosas. Estaba dispuesto a quedarme en el pellejo. Lo que hice fue cubrirme durante los tres minutos de aquel lamentable episodio.

El doceavo fue apoteósico.

Fue como en Rocky. Fue más o menos así. Cuando sonó la campana del último capítulo del resto de mi vida, todos me daban por vencido. Me levanté del banco lentamente. Tenía dolores por todas partes. Sentía el costillar como si me lo hubieran taladrado. Me ardían los ojos, la nariz y la boca. El oído izquierdo me pitaba. La cabeza me estaba matando. Pero era el asalto final y yo ya no tenía nada que perder. Intercambiamos algunos golpes suaves. Él se sabía ganador y estaba esperando que terminara de correr el tiempo. Creía que yo me había quedado sin combustible. Tan equivocado no estaba, pero igual lo fui preparando de a poquito, moviéndome de un lado a otro. Los dos estábamos muertos de cansancio, aunque yo tenía más voluntad y más experiencia. Adelanté dos pasos imprimiendo velocidad a mi juego de pies y lo arrinconé en su propia esquina. Amagué con la derecha y me abrazó afincándome todo el peso de su cuerpo. El réferi me lo quitó de encima y reanudamos el combate. Estaba justo donde lo quería. Saqué fuerzas de algún músculo secreto que algunos  llaman corazón. Lo bombardeé sin contemplaciones. Se cubrió con las dos manos como si cinco tipos más me estuvieran ayudando a lincharlo. Mis golpes fueron encontrando espacio. Se abrió un hueco en su guardia. Asomó un costado de la cara. Conecté con la derecha. Un golpe neto, hermoso. Lo sentí en los nudillos. La mandíbula le hizo crac. Su cuello se torció. Escupió el protector bucal mientras caía. No se movió nunca jamás. Escuché a Macario gritar desde la esquina. Luego el clamor del público. El réferi ni siquiera terminó el conteo. Dio todo por terminado agitando los brazos. El malayo estaba en Orión, boqueando con la cara aplastada sobre la lona. Los paramédicos corrieron a atenderlo. Se dispararon los flashes de las cámaras. Los abucheos no tardaron en mezclarse con los aplausos. No me quedaba casi aire en los pulmones, pero me sentía bien. El dulce sabor de la victoria. La miel del león, como decía mi padre.

Macario subió al cuadrilátero y me cargó en sus hombros. Algunos periodistas se apiñaron para hacerme preguntas y tomarme fotos. Todos me felicitaban. Me decían campeón esto, campeón lo otro. Lo que yo más quería en ese momento era colgarme el cinturón, meterme en una bañera de agua helada, comerme un bistec con papas horneadas, beberme una malta y dormir durante días. Imaginaba eso cuando vi a mi padre entre el público de las últimas filas. Estaba sentado con las piernas cruzadas y el periódico en las manos. Su expresión era serena. Estaba tan viejo que me hizo pensar en el futuro que me esperaba. Eventualmente todo pasa, nada queda, como él mismo solía decir. Por ahora había vencido, pero no tardaría en comenzar a recolectar derrotas. Luego me pasaría lo que nos pasa a todos. Uno más joven y en mejores condiciones te arrebata todo por lo que trabajaste como un burro. En el boxeo la edad siempre se impone. Será difícil cederle el paso a otro, pensé. Hay que pelear hasta el hueso. Morir en la arena. Para alguien como yo es mejor quemarse que consumirse lentamente. Eso también lo decía mi padre, quien desde la última fila se levantaba y me decía adiós con la mano.

Esa fue la última vez que lo vi. Cuando se perdió entre la multitud que salía, sentí que mi vida empezaba otra vez. Quería resetear mi memoria. Quería dejar de pensar en todo lo que mi padre nunca me enseñó. No ocurrió exactamente de esa forma, pero me gusta creer que sí. Que borré las cosas malas de mi mente. Que compartí la alegría de quienes me rodeaban. Que ni dentro ni fuera de de mí había dolor y que recordé a mi padre como quien recuerda a un hombre bueno y cariñoso que había muerto hace mucho tiempo. Lo que quería era poder decirle gracias. Gracias por desaparecer, padre. Gracias por decirme adiós con la mano y borrarte del mapa para siempre. Muchas, muchas gracias.

Entonces, aunque no tenía verdaderas ganas de hacerlo, alcé los brazos en señal de victoria.

 

Por Miguel Hidalgo Prince 

 

Sentimiento nazional

Llego temprano a la parada y están los mismos de siempre. Veo al loco en bóxers lleno de cal hasta las piernas. Veo al cajero con su lonchera tibia y el anillo de recién graduado. Veo a la enfermera con su mosaico de bacterias en el uniforme. Los veo a todos. Veo a esa señora.

Desde hace semanas he asumido la espera como una cátedra de antropología popular. Busco cazar alguna de esas conversaciones que chocan en el aire, que se meten en los oídos y en las tapas de las barrigas. Descubro que no hay mejor forma de conocer a un compatriota que guardando un puesto: las colas son los laboratorios del pensamiento venezolano contemporáneo.

La señora (una catira de gesto fuerte, arrugada hasta el lóbulo de la oreja) me dice esto, sin preparación y de la nada, mientras llega el autobús:

—Aquí en Venezuela nosotros tenemos mucha raza mala, mucha sangre de gente floja y coño de madre. Yo siempre he dicho que Hitrel (sic) tenía razón: la raza de un país tiene que ser pura.

Yo volteo buscándole una esvástica tatuada en las uñas o una SS de hojalata colgándole del cuello. Me cuenta que es atea, luego que le dicen nazi por ser disciplinada (por alguna extraña razón, los venezolanos asociamos orden y limpieza no con los alemanes, sino con el nazismo). Ahí es cuando alcanza la cumbre:

—Aquí hay tanta mierda, amigo, que la única solución es una limpieza de sangre.

Partimos. Eva Braun a bordo. La propaganda del Gobierno se encarga de taladrar las bondades del país en una pantalla. Aunque le he fabricado dos o tres frases vacías como respuesta, la vieja sigue proponiéndome su “solución final” nacional. Me habla del mito del bochinche y la mierda, de la aniquilación necesaria del mestizaje. Mientras la escucho, reparo en el abismo que nos circunda, en nuestro exilio portátil, en la derrota íntima del venezolano. Personas (monstruos) como ella, sin ir más lejos, visibilizan eso otro que somos: una comunidad de verdugos distraídos, un país de chivos expiatorios sueltos.

Hail Hitrel. El camino se hace más pesado por el descaro del tráfico. Se suben niños, adolescentes, embarazadas, todos los discapacitados por la ley de la calle. Traen las caras tristes, manchadas, como si el humo se les hubiese paralizado en el sudor. La vieja los mira con odio, los acusa con la lengua. A todos los ahoga con su nube imaginaria de ceniza. Ahí es cuando me reincorpora, dándome un jalón en el brazo:

—A estos hijos de puta hay que quitarles el país.

El chofer del autobús lee uno de esos periódicos vespertinos que se consumen en la periferia de la ciudad. En la contraportada, debajo de los triples ganadores de la lotería, está la foto gigantesca de un adolescente abatido con cinco tiros en la cabeza. El colector, suspendido por el morbo, le arrebata las hojas y procede a cobrar los pasajes con violencia.

Son las 8.25 a.m. Yo me guardo un dolor: el día parece una suma de holocaustos individuales.

 

Por Zakarías Zafra | @zakariaszafra

 

Nosotros los de adentro

Venezuela ya no es un paisaje.

Todos los días un pedazo de pared se derrumba, un vecino se aleja, pasa un carro a llevarse los afectos, cierra la bodega de la cuadra, se acaban temprano los periódicos. La noche se inaugura con más alardes y menos bombillos. Promete ser más toque de queda, ofrece meternos más miedo. Y estamos nosotros, los de adentro, mirando.

Amanece sin darnos cuenta –las ventanas tienen que estar cerradas–, el despertador anuncia el mismo ritual, el cuerpo sigue sus normas, sus horarios. Pocas cosas allá afuera nos muestran algo distinto, algo que respire. Comemos, hablamos lo de siempre, el televisor nos escupe los desagrados del día, los celulares nos sitúan a pocos segundos de la desesperanza. Y nada ocurre. Seguimos nosotros, los de adentro, esperando.

Salimos. La calle está dura y caliente, como esperábamos. Todo el mundo grita, todo se desplaza con arrebato, hoy el caos tampoco cambió sus métodos. Arrechera, distracción y aceleramiento. Voces, grafitis, arengas en esténcil, proclamas bañadas de orine, hashtags y letanías con megáfono. Liberen a Leopoldo, Enmienda Ya, Aquí no se rinde nadie, El pueblo resteado con Maduro, y nosotros, todavía adentro, sordos.

De pronto un choque, un insulto perdido, un asalto rutinario. Los conos rojos, la matraca, los refugiados de Farmatodo, la guerra del fin del mundo en las puertas del Central Madeirense. Los guardias en las bombas de gasolina, los cigarros revendidos, la carne con sobreprecio y el tráfico de cabillas. Queremos descansar, pero el oasis se quedó sin luz. Queremos cumplir nuestro deber, pero se cayó el sistema. Y nosotros, que nunca salimos, paralizados.

El día se nos acabó muy rápido. Nos acompañan el monóxido suicida de los autobuses, la ropa remojada por la proliferación de axilas, el sentir que no cabemos entre tantos uniformes, el aceptar que regresamos más vacíos, que lo que trajimos ni siquiera alcanzó para invitarle a alguien un café con leche. Lo sabemos: el telecajero nos tiene otra burla preparada mañana. Un montón de papeles sin valor nos llenarán otra vez los bolsillos para martillarnos esta absurda abundancia. Y aquellos, que se parecen tanto a nosotros, mintiendo.

No. Venezuela ya no es un paisaje. Nosotros tampoco.

Lo que nos pasa como país es idéntico a lo que nos pasa como personas: no sabemos quiénes somos, olvidamos cómo llegamos aquí, vivimos de acontecimientos sin conquistar jamás el triunfo de una historia particular. Para salvarnos de la compulsión, la desgana y la falsa fiesta no hace falta correr, sino reconocernos.

Esa imperiosa necesidad de amarnos. El desafío de merecer.

 

 

Por Zakarías Zafra | @zakariaszafra