Diario de la oscuridad

Jueves, 7 de marzo de 2019.

5:30 pm.

Salimos más temprano de la sesión de yoga debido a una falla eléctrica que apagó los ventiladores. El calor era excesivo y varias de las mujeres comenzaron a quejarse en voz alta cuando el sudor las empapó. El reproductor de música también dejó de sonar. Caminé de regreso al edificio a través de calles bulliciosas y sin semáforos. Creo que la falla es más amplia de lo que pensamos al principio: todo el pueblo se sumerge poco a poco en la oscuridad de la noche. Al menos ya bebí café. Como siempre, había dejado la cafetera eléctrica encendida y al llegar encontré el café colado y aún tibio.

8:20 pm.

Una de mis vecinas me invitó a cenar con ella. Comimos arepas con mantequilla y queso. Un pequeño lujo. Su hermana la llamó para avisarle que la falla eléctrica abarcaba ya más de veinte estados. Nos asombró imaginar a medio país en la misma oscurana que nosotros contemplábamos a través de su balcón. Antes de colgar el teléfono, la hermana de mi vecina le dijo que esperaban tener solucionada la falla para las once de la noche. Me encogí de hombros. Eso significaba que debíamos esperar más. Nos despedimos, le di las gracias por la arepa y me vine a buscar los cabos de velas que había dejado en algún lugar de la cocina. Cuántas veces me repetí que debía comprar dos velas nuevas. Bueno, ya era tarde para caer en recriminaciones. Qué carajo. Saqué agua del botellón para lavarme en la ducha. No puedo estar sin bañarme. Me siento incómodo, sucio, sudado; y así no hubiese podido meterme en la cama cuando decida acostarme. Es sólo por esta noche. Un pequeño sacrificio.

10:38 pm.

Recordé que mi vieja tenía unas velas achatadas en unos vasos pequeños de colores. Son velas decorativas, pero arrojan luz. Coloqué los vasos en las repisas de la biblioteca. Contemplé las oscilaciones de las llamas, como un baile secreto, como si el color de los vasos se disolviera, se derritiera, se tornara líquido sobre los lomos de los libros. Tengo la vista cansada. Me entretuve con la lectura de las páginas finales de la novela de Orhan Pamuk. Ojalá no me duela la cabeza. Hace tiempo que debería haber cambiado los lentes de leer, pero el costo sobrepasa mis bolsillos. Acodado en el balcón miré el cielo nocturno: qué belleza, qué cantidad de minúsculos destellos allá arriba. Recordé algunos viajes que solíamos hacer a la finca de una amiga, en el llano; la vista del cielo en las noches se asemejaba a un privilegio que sólo allí podíamos disfrutar. Alcé la vista para ver, para mirar. Todo lo demás, los contornos borrosos del pueblo, se difuminaron bajo el peso de ese extraño color que es una mezcla de negro y azul con manchas de plata.

 

Viernes, 8 de marzo de 2019.

12:12 am.

Escribo esto con la llama titilante del último cabo de vela. Supongo que así debieron de sentirse los escritores del siglo XIX. Las sombras alargadas. Qué fácil escribir relatos de terror en noches tan largas. Ya no pude leer más. Estaba forzando mucho la vista y el temor de otro dolor de cabeza me obligó a dejar el libro que recién comencé. Volví a acodarme en el balcón. Hay una brisa ligera y el cielo está muy despejado. Casi podría decir que tiene un peso particular. Un cielo pesado, denso. Estamos tan preocupados por tantas otras cosas que ni siquiera nos fijamos en lo que siempre está detrás de las lámparas y los bombillos y los postes y las luces de las calles. Todo el pueblo parece dormido. El sonido apagado de los insectos. Otra bocanada de aire fresco, aunque tenue. Sopesé la idea de dormir en el balcón, de traerme una almohada y acostarme en el piso. Total: en peores sitios he dormido durante mis aventuras adolescentes. Pero mejor me voy a la cama. De repente la electricidad volverá en medio de la madrugada.

4:45 am.

Me levanté para orinar y beber agua. Nada de electricidad. El teléfono celular agotó ya su batería y la portátil también se apagó. Menos mal que comencé a escribir en este cuaderno nuevo con un bolígrafo usado. En casos así, lo mejor es regresar a las técnicas rudimentarias que aguantan cualquier falla: papel y lápiz. De todas formas, respiré profundo y decidí que me preocuparía por eso más adelante. Puse a hervir agua en una olla, sobre la hornilla de la cocina, alumbrándome con otra de las velas achatadas. Cuando el agua hirvió, colé el café en la jarra de la cafetera eléctrica, echándole el agua encima. Todo manual y en penumbras. Pensé que así debía haber hecho la gente en el campo muchos años atrás. Y quizás todavía. Regresé al balcón con la primera taza de café humeante. Otra visión del cielo y las estrellas. Pensé que me hubiese gustado haber aprendido algo sobre astrología. Paseé la mirada con lentitud. Planetas. Galaxias. Constelaciones. Y nosotros tan diminutos, quejándonos por una falla eléctrica. Pero, no; es algo que siempre hago: intento concentrarme en el vaso medio lleno y, con otro sorbo de café caliente, me trago la idea de que en medio de la oscuridad hay muchas personas en peores circunstancias; en los hospitales, más que todo, sin los soportes vitales necesarios… Trato de no pensar en eso.

7:33 am.

Volví a acostarme. No podía leer. No podía escribir más. Decidí esperar hasta que amaneciera. Durante el día puedo entretenerme con la lectura durante muchas horas, pero en la noche quedo anulado por la oscuridad. Acodado en el balcón imaginé historias que podría escribir más adelante, sobre gente sin rostro y gritos sin bocas. Pero ya el sol salió y puedo avanzar con la novela de Ray Bradbury que comencé ayer. Oriné de nuevo. Eso sí me inquieta: no he podido bajar el agua de la poceta porque el hidroneumático está apagado, por supuesto, y es imposible bombear agua hacia los pisos superiores. Eso es lo malo de vivir en edificios: sin electricidad tampoco hay agua. Al menos, lo único que he hecho es orinar, nada de pupú por ahora. Se me ha ocurrido la idea de un relato largo que explique el colapso definitivo de Venezuela: sin energía eléctrica, sin agua, sin comida, sin teléfonos celulares; todo convertido en una inmediatez pavorosa. ¿Qué haríamos? ¿En qué nos convertiríamos? Quisiera trabajar en esa historia.

10:46 am.

Otra de mis vecinas logró contagiarme su preocupación por la comida congelada. Papá y Mercedes me regalaron un pollo, y tengo guardada una bandeja de carne molida. ¿Y si se dañan? ¿Y si los pierdo? Saqué el envase de las caraotas porque la nevera parece una despensa ya: perdió todo el frío que almacenaba. Me comeré los granos con un poco de arroz al mediodía. Y quedará para comer en la noche, con la carne mechada que tenía guardada también. La mantequilla se derritió. Ya me comí el queso blanco, el trozo que quedaba. Y el dulce de lechosa. Me hice una arepa para desayunar y traté de gastar todo lo que pude. Lo que más inquieta es la ignorancia, la desinformación, la ausencia de respuestas oficiales. ¿Qué pasó? ¿Por qué pasó? ¿Cómo lo están solucionando? La comida se puede echar a perder, eso es lo único que me preocupa ahora. Pero cabe la posibilidad de que regrese la energía en cualquier momento.

4:56 pm.

Agradezco por los libros que tengo a mi alrededor. He cerrado las ventanas porque el humo es denso y deja un mal sabor en la boca. Hay mucho humo en el ambiente. El calor es muy pegajoso. Tengo café y tengo libros. Quizás lo simplifico demasiado, lo reduzco de una manera ridícula, pero me aferro a lo que me gusta. Mi vecina se ofreció a guardar en su congelador mi carne y mi pollo, porque allí puede que duren más. Comí mucho al mediodía, pero temo perder la comida que había guardado. Se supone que ya deberían haber arreglado la falla eléctrica. Esto dura demasiado. Sin teléfono celular. Sin agua. Sin electricidad. Saqué agua del garrafón y llené una olla mediana. La llevé a la ducha y me lavé con lentitud. Las axilas. Los testículos. Entre las nalgas. Acuclillado. Qué deprimente es todo esto. A veces imagino que sucedió una hecatombe, nos alcanzó una llamarada solar, ocurrió uno de esos eventos catastróficos que algunas veces recrean en History Channel, y a partir de este punto cada quien debe valerse por sí mismo. Yo aguanto a través de mis libros pero, ¿y los demás? ¿Los enfermos? ¿Los bebés? ¿Los que están en terapia intensiva? ¿Los que necesitan diálisis? Qué precio tan grande estamos pagando por las irreflexivas decisiones electorales de unos pocos. Como siempre, seguro que Maduro y Cabello y los Rodríguez y los otros están sufriendo esta calamidad igual que nosotros…

8:46 pm.

Otra noche oscura. Otra noche sofocante. Otra noche silenciosa. Otra noche iluminada a duras penas por unas cuantas velas. Salí a caminar, a dar una vuelta por el pueblo, antes de que anocheciera. Muchas licorerías llenas de gente, pero no compraban botellas sino bolsas de hielo. Hombres y mujeres salían apresurados con las bolsas a cuestas. Los vi llevar esas bolsas hasta las maleteras de los carros. Vi los baldes llenos de piezas de pollo y de carne. Vi cómo vertían el hielo en los envases de plástico, entre las capas de pollo y carne. Vi muchas licorerías con filas de gente para comprar bolsas de hielo. Algunos negocios estaban abiertos porque tenían una planta eléctrica, pero la mayoría de las tiendas permanecían cerradas hacia el final de la tarde. San Juan se ha convertido en un pueblo lleno de sombras alargadas, gente apresurada y humo abundante. Regresé rápido al apartamento, impresionado por lo que había visto. ¿Cuánto durará el hielo? ¿Y después? Aquí, hemos decidido cocinar mañana en la mañana lo que nos queda, hervirlo y desmechar el pollo. Otra vecina sugiere hervir la carne y ponerla a secar en la azotea del edificio. Los escucho y parpadeo con fuerza, incrédulo; me cuesta digerir que todo esto sigue ocurriendo y no hay nada que podamos hacer para solucionarlo. ¿Y si la falla es más grave de lo que creemos? Ni siquiera he podido comunicarme con Papá y Mercedes, al otro lado del pueblo. Espero que estén bien.

 

Sábado, 9 de marzo de 2019.

 12:31 am.

Me quedé dormido más temprano. En la despensa encontré un viejo velón de mi madre y lo encendí para leer después de cenar. No hay nada de romántico ahora en comer a la luz de un par de velas minúsculas. El velón es viejo y tiende a consumirse más rápido alrededor de la mecha, por lo que tuve que buscar un cuchillo grande y cortar trozos de cera hasta bajarle la altura y la mecha pudiera aguantar mejor. Esto se alarga sin visos de solucionarse pronto. ¿Qué haremos mañana? ¿Qué comeremos? He decidido cocinar todo y comer cuanto pueda antes de que se dañe. Queda arroz y pasta. La mantequilla. Medio frasco de salsa de tomate. Herviré el pollo. Los desmecharé. Cocinaré la carne molida.

3:46 am.

De nuevo me levanté para orinar. Me muevo con lentitud. Es curioso que a estas alturas aún no me acostumbre a la oscuridad. El hedor es insoportable en ese baño, pero tengo la vaga esperanza de que en cualquier instante regrese la electricidad y podré bajar el agua de la poceta. Antes de acostarme de nuevo, llamó mi atención una pequeña luz roja en la parte inferior del televisor. ¡Ah! ¡Habían restituido la electricidad! Respiré profundo. Corrí al baño y bajé el agua de la poceta. Después me fui a la cocina, encendiendo bombillos por el camino, asombrándome de la luz artificial como si fuese un hombre de las cavernas. Todavía nada de agua corriente. Puse a cargar la batería del teléfono celular y la portátil. Me llegan los mensajes de WhatsApp. Todo el país es un caos. Siento escalofríos en la espalda. Puse a colar café para escribir estas líneas. Ya no puedo dormir más.

9:15 am.

Agua. Mucha agua. Al fin. Se llenaron los tanques de las pocetas y pude lavar los platos sucios que estaban en el fregadero. Me bañé sin apresuramientos. Nada de agua tibia, sólo agua fría porque el calor es fuerte, aun tan temprano. Se siente como si despertáramos de una larga pesadilla. Electricidad. Agua. Volvemos a la normalidad entre tropiezos, parece. Logré cruzar un par de mensajes con Gianni. Se notaba tan preocupado, allá en Escocia. Creo que nuestra situación debe resultar incomprensible para los que están afuera, sean venezolanos o no. ¿Cómo es posible que todo un país quede sin electricidad durante tanto tiempo? ¿Cómo se explica eso? Encendí el acondicionador de aire del cuarto donde he estado durmiendo. Una sensación extraña, inusual. La nevera encendió sin problemas. Parece que la comida podría aguantar un poco más. Quisiera acostarme y volver a dormir, pero me siento inquieto; necesito tener las manos en movimiento. Hacer, hacer cosas…

1:24 pm.

La alegría duró poco. Otro apagón eléctrico antes del mediodía. Todo quedó a medias. Una terrible sensación de angustia, incertidumbre y frustración. La comida, sólo pienso en la comida. No pude evitarlo: me quebré. No lloraba así desde hace mucho tiempo. Lloré con una mezcla de rabia, de incomprensión, de impotencia, de tristeza acumulada. Pensé en mi madre, en su larga enfermedad, en su ausencia, y en todos los que podrían estar ahora en su misma situación, en los hospitales y en las clínicas, sin electricidad. ¿Cuántos han muerto? ¿Cuántos más morirán antes de finalizar este día? ¿Por qué? ¿Por qué nos sucede esto? ¿Por qué atravesamos este infierno? No lo entiendo. Es agotador. Es incomprensible. No sé qué hacer. Todo lo que provoca es sentarse en el piso y llorar. No sé qué hacer.

4:55 pm.

Me siento agotado, cansado. Herví el pollo, anticipándome a la decisión de mis vecinos. Hace poco nos reunimos todos en un apartamento del sexto piso y cada uno dijo lo que guardaba en sus neveras y despensas. Fue como si colocásemos todo encima de una mesa imaginaria. La idea es cocinar y luego repartírnoslo entre los pisos, para que no se pierda. Hay de todo; incluso algunas hallacas rezagadas de diciembre. Hasta carne de venado. Nunca la había probado. Yo herví mi pollo, lo desmeché, lo cociné y fui repartiéndolo entre mis vecinos. Mi vecina de piso, la señora italiana, me regaló una caja de galletas, de las que ella hace, y casi me echo a llorar de nuevo. La idea es mantenernos con la guardia en alto, pendientes unos de otros, llenando algunos bidones con agua del tanque en el estacionamiento y armarse de fuerza y paciencia para subirlos hasta los apartamentos. Parecemos personajes salidos de una historia apocalíptica. Alguien más me regaló un par de velas. Quisiera escribir sobre todo lo que se dice, lo que ocurre aquí adentro y allá afuera, pero me disperso, me enredo: es tanto lo que sucede a nuestro alrededor. Pero lo intento. Una de nuestras vecinas le puso el cascabel al gato: “Ajá”, dijo al final, “y después de que hayamos cocinado y hervido todo, ¿qué hacemos? Porque igual no tenemos donde guardar eso”. El breve silencio que siguió fue el aviso de lo que se nos venía encima.

8:05 pm.

Deambulo en ropa interior. Sigo sintiéndome como un personaje de una historia distópica. Estoy encerrado y a oscuras. Todas las ventanas cerradas. Los cerros alrededor del pueblo arden con altas llamaradas anaranjadas. Hay mucha ceniza en el aire y el mismo aire se ha vuelto pesado, caliente. Comí venado y pollo con algo de arroz. Y una arepa. Casi todo de mis vecinos. Estoy dejando mi propia comida, la que me quedó, para mañana. Después, no sé qué haremos. Lo que nos compartimos no durará más de dos días. Quise bañarme, pero no pude; apenas logré humedecerme las axilas y los testículos con un poco de agua potable. Ya no puedo leer y escribo esto a la luz de una de las velas, que se consume con rapidez.

 

Domingo, 10 de marzo de 2019.

 8:45 am.

Decidí gastar más agua del botellón que me queda. No puedo estar sin bañarme, o al menos lavarme. Medio balde para enjabonarme las axilas, las nalgas y los testículos. No puedo hacer más. Me vestí con ropa limpia, sintiéndome ligeramente fresco. Si dejo que la apatía me tumbe, habrán ganado. Una respiración profunda. Un paso y después el otro. Una taza de café. Hay que seguir con la lectura. Creo que es importante masticar bien el fragmento sobre la leyenda de Anteo y Hércules. Allí hay un mensaje. Debería poder tender hilos entre las historias. Me pareció curioso leer la descripción de la leyenda en las páginas finales del diario de Anaïs Nin y luego tropezar con esa misma leyenda, mencionada por uno de los personajes en la novela de Bradbury. La literatura es misteriosa, laberíntica.

11:22 am.

No recuerdo la última vez que vi este cielo tan azul, desnudo, limpio. Un cielo inmenso. Me gusta mucho. Es un contraste con lo que bulle puertas adentro. Una vez más, el hedor en el baño es fuerte, pero no puedo vaciar la poceta. No me atrevo. Ausencia de noticias y de mensajes. No sé, no sabemos nada. Qué fuerte la contraposición entre la belleza del cielo y el infierno que pasamos aquí abajo. Desde mi balcón observo las ventanas abiertas de una conocida familia árabe, comerciantes; esas ventanas de cristal oscuro siempre han estado cerradas y uno se imagina lo que ocurre en el interior. Pero hoy esas ventanas están abiertas y las cortinas aletean con la brisa matutina como banderas blancas que anuncian una derrota prematura, un pedido de auxilio, una claudicación impostergable. Hay una sensación de fatiga en el ambiente, de rendición; nos hemos convertido en un pueblo acosado, en guerra. Más agua hervida para el café. Pollo y arroz para el almuerzo.

7:46 pm.

El sol de la tarde cayó sobre el pueblo con el peso de un ancla, como si todos estuviésemos abandonados en el fondo de un océano seco. Acordé con mi vecina para hacer unas arepas. Papá vino. Están bien, él y Mercedes, resistiendo igual que nosotros. Mi pobre viejo tuvo que subir a pie y a oscuras por las escaleras. Me trajo algo de mortadela y queso blanco. Por eso acordé con mi vecina que si ella hacía las arepas, yo me encargaba de poner el relleno. Sonreímos con tristeza muda y ninguno quiso sacar la cuenta de los días que ya tenemos sin electricidad. ¿Para qué? No se trata de derrotismo, sino de cansancio, de agotamiento, de incertidumbre. Mañana tocará comer porciones muy reducidas de lo que nos queda. Incluso el café se está acabando. Lo único que me queda en abundancia es libros, horas muertas de lectura y reflexión; y la escritura en este cuaderno improvisado, que va paralelo a mi diario habitual. Más páginas para describir el horror de la oscuridad que nos engulle con lentitud. Lo que más temo es sucumbir a la resignación…

9:30 pm.

Casi resulta increíble. Mientras cenábamos se formó una algarabía que se alzaba desde todas partes por el pueblo. Se encendieron los postes callejeros y supimos que de nuevo teníamos electricidad. Nos miramos. Alargamos las manos por encima de la mesa y a ella se le aguaron los ojos. Sentimos ganas de llorar, como si nos liberaran después de una larga tortura. Es muy difícil de explicar. Otra vez tenemos luz eléctrica. Esperamos media hora antes de que se animaran a encender las máquinas para bombear el agua hacia los apartamentos. Hacemos todo de forma apresurada, torpe. Nos sentimos desorientados. Vacié las pocetas. Lavé los platos. Colé el café que me quedaba para celebrarlo. Qué tonto. Ni siquiera pensamos en lo que pudiera pasar mañana. Guardamos la poca comida que nos queda en las neveras que no se dañaron. En el pueblo se escucha el fragor de muchísimas cacerolas quejándose. Parece que esta noche podremos dormir sin sentirnos acalorados. Pero el problema eléctrico venezolano no se soluciona porque nos hayan restituido el servicio después de 72 horas, aproximadamente; el problema continúa y se agrava cada vez más debido a la impericia e indiferencia del régimen. Ahora, el asunto no es si esto volverá a ocurrir o no (por supuesto que sucederá de nuevo), sino cuándo. Cuándo y cuánto durará la siguiente vez. Eso es lo que me inquieta.

 

Por Luis Guillermo Franquiz

Sebin secuestra a Luis Carlos

Pueden secuestrar a cualquiera, pero jamás encerrar una neurona

Detuvieron a Luis Carlos Díaz, que hace exactamente seis meses empezaba a conducir en Caracas un evento tan amenazador para la seguridad del Estado como el ciclo de La Cátedra del Pop, con charlas sobre Game of Thrones, Star Wars, Harry Potter y El Señor de los Anillos.

Detuvieron a Luis Carlos Díaz, al que no hay que investigarle mucho, porque publicaba sus críticas a diario en un timeline de Twitter cuya coherencia y resonancia era mi envidia y la de muchos otros.

Detuvieron a Luis Carlos Díaz, periodista, profesor y activista que integra, con su esposa Naky Soto, un dúo que al verlos juntos en público te hace pensar en parejas míticas como John y Yoko en la portada de Two Virgins: ya lo que pasaba puertas adentro era asunto de ellos. Aunque, lamentablemente, el amor tampoco parecía servir para derrocar un totalitarismo. Acaso para sobrellevarlo.

Detuvieron a Luis Carlos Díaz, que supongo que, después de que dejó de salir al aire con César Miguel Rondón, andaba con la misma incertidumbre laboral con la que andamos todos. Porque quizás César Miguel es demasiado César Miguel y Luis Carlos, un tipo más bien nerd y no precisamente la mata del carisma, no pudo sacarle mucha punta a su rol de escudero y saltar a un programa propio en un país con una radio y una televisión paralizados de miedo y de crisis.

Detuvieron a Luis Carlos, que no es mi amigo personal. Sostuve un par de contrapunteos con él en redes sociales de los que nunca salí bien parado; uno de ellos, si no me falla el disco duro, cuando defendí el caletre y la escritura a mano como métodos de aprendizaje, mientras él pontificaba con frialdad de evangelista cibernético a favor de todas las memorias externas que desalojan espacios ociosos de nuestros cerebros.

Luis Carlos, al menos en mi trato con él, nunca fue demasiado simpático, lo que es una anécdota del tamaño de un átomo frente al pensamiento de imaginarlo desperdiciando las horas bajo un bombillo que (ese sí) nunca se apaga en una celda de El Helicoide.

“El golpe es devastador. Si se llevaron a Luis Carlos, ahora sí pueden detener a cualquiera”, le escuché a alguien en la manifestación de periodistas frente a la Fiscalía un día después de que se lo llevó esposado el Sebin, al parecer cuando manejaba bicicleta por el Country Club de regreso a su casa, desde la emisora Unión Radio.

Fue una manifestación más bien triste, tengo que decirlo, bajo un sol que nos recordaba que no había agua en nuestras casas después del mega-apagón que detuvo las estaciones de bombeo y de cuya planificación acusaron, de forma ridícula, a Luis Carlos. Se sentía la ausencia de los que se han ido del país y el desamparo y la incertidumbre de los que nos hemos quedado, que ni siquiera pudimos imprimir fotos del detenido y tuvimos que conformarnos con cartones de cajas de desecho escritos a marcador.

Los equipos antimotines esperaban, a bastantes metros, que nos disolviera el cansancio del mediodía. No hubo ningún tipo de represión, aunque nos acercamos a gritar consignas hasta la puerta del edificio frente al que comenzaron los 43 muertos de las protestas de 2014 y dentro del que supuestamente estaba Tarek William Saab, fiscal ilegítimo elegido por una írrita asamblea constituyente cuyo propósito ya nadie recuerda. Peor que un perdigón: aquel edificio, al que se supone que deben ir los ciudadanos para que los defiendan, daba la impresión de estar vacío. Ni un rostro se asomaba por los cristales.

En la Venezuela de 2019 se pueden llevar detenido a una persona que se dedica a las ideas porque pronosticó en sus redes que habría un apagón informático y ocurrió un apagón eléctrico, y cualquiera puede sacar con pinzas y fuera de contexto sus palabras para amenazarlo en el programa de TV del que preside la constituyente que no elabora una constitución.

El mensaje es claro: ten miedo. Duda antes de escribir “dictadura”. Duda antes de escribir “régimen”. Duda antes de escribir “presidente encargado” (si son astutos, se fijarán que he eludido antes esos términos). Y sí: hay miedo. He pensado hoy en lo que haría si me vinieran a tumbar la puerta. No he podido evitar pensar si publiqué algo demasiado comprometedor en el semiabandono caótico de mis redes personales.

Luego de aquellos instantes mágicos alrededor de la concentración gigantesca del dos de febrero en Las Mercedes, el autoritarismo parece vivir una etapa de reagrupación. La historia humana es tan impredecible que puedes salir aparentemente más fortalecido y prepotente de uno de los apagones más grandes de que se tenga registro desde que Thomas Alva Edison inventó el corrientazo.

Se pueden llevar a cualquiera por decir o escribir cualquier cosa. Los mecanismos con los que cuenta la represión aterran por su sofisticación: está registrado todo lo que hemos comprado, vendido, hablado, chateado, publicado, quizás lo que hemos amado y pensado. En la manifestación para que liberaran a Luis Carlos no supe qué hacer y me puse a cantar las letanías que, escritas en un block, repetían las activistas que se hacen llamar piloneras. Seguiremos llenando el vacío con palabras. Seguiremos tejiendo lazos de solidaridad aunque no servían al mediodía del martes para enjuagar el rictus de dolor en la cabeza calva de Naky Soto.

Palabras, afectos, ideas, cuerpos desnudos: es lo único que tenemos para resistir. Nuestra vida se ha vuelto como la salsa de Luis Enrique que dice: yo no sé mañana. Quizás estaré sumergido en la noche más oscura e interminable de mi vida, la del apagón del siete de marzo de 2019. Quizás habré sido despojado de mis afectos, de mis certezas, de mis hábitos, de mis rutinas. Quizás estaré viendo el techo en una celda o me sentiré un afortunado temeroso por no ser demasiado famoso. Lo que puedo asegurar es que, en mi última barrera de protección, la de mis neuronas, seguiré convencido de mi profundo desacuerdo con los que llevan 20 años apoyándose en una presunta superioridad moral para aterrorizar, desnaturalizar, destruir, desmoralizar y violentar la Venezuela imperfecta pero libre en la que crecí.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia

Las voces de la desesperación

Hay que sentir mucho amor al arte para escribir solo con la luz de una vela. Mucho.

Son las 09:48 pm. en un apartamento de La Candelaria. Es sábado, nueve de marzo. Llevamos 48 horas casi ininterrumpidas sin corriente eléctrica y seguimos contando. Lo increíble es que salimos baratos si nos comparamos con otros estados del interior de Venezuela, que contabilizan fácil las 72 o 112 horas sin saber qué es la luz artificial.

Las voces de la desesperación se hacen escuchar de muchas maneras. Las que tengo más cerca son de vecinos que –mediante maldiciones y cacerolazos– entonan la melodiosa tonada del descontento generalizado. A esta hora la telenovela, la comida y el trabajo se ven truncados por una tenebrosa oscuridad que azota cada uno de los rincones del país.

Este espiral se inició a las  05:00 pm del jueves siete de marzo. De mi parte podría decirse que todo se dio con suma tranquilidad, simplemente trabajaba y la luz se fue. Es la costumbre y por lo tanto pensé “seguro en un par de horas esa vuelve. A peor pronóstico, mañana”.

Denme un chance, se me acaba de apagar la vela.

Mejor dejo que mis papás hablen de crisis, de lo caótico de ese jueves: ellos estaban en la calle y, de repente, vieron gente salir a borbotones de los cines, centros comerciales y estaciones de Metro. Se creó en Caracas una auténtica situación de caos generalizado. Las voces de la desesperación comenzaron a sentirse, por ejemplo, en el estacionamiento del CC Tolón, donde la cola para salir era increíblemente larga. Otra voz de la desesperación era la de un profesor de inglés que caminó de Altamira a Capitolio a pie, durante tres horas, por la falta de servicios.

Mis papás llegaron a la casa a las ocho de la noche. Pero el profesor del inglés del que hablo se rindió y decidió usar todo su efectivo para pagar un mototaxi: esos vehículos que atravesaban la oscuridad buscando pasajeros. Al menos, llegó a salvo a su casa.

 

Desde ese jueves, muchas de las peores pesadillas de los venezolanos fueron superadas. Ahora, la madrugada se asoma y las voces de la desesperación se sienten en una cocina, donde una familia tiene que lidiar con la falta de comida y el hambre de sus integrantes. Para colmo no saben qué es tener gas desde noviembre, por lo que ni unas arepas pueden hacer para matar el hambre.

En el hospital Juan Manuel de los Ríos, cuatro madres lloran a sus hijos. El apagón dejó sin energía a los aparatos que mantenían con vida a sus pequeños cuerpos. Los negocios no saben si esperar que regrese la luz  o si rematar –al costo o pérdida– la poca mercancía que les queda; ya que las neveras no funcionan y su comida comienza a podrirse. Curiosa analogía, el culpable de la crisis está bien maduro en su silla de Miraflores.

Algunos, al final, deciden rematar la comida. Pero la mayoría de las personas no tiene efectivo en las calles. Sin electricidad, ni Internet, las transferencias y los puntos de venta no funcionan y la poca señal hace inútil pagar por ‘pagomóvil’. Estamos en la etapa donde el dinero electrónico no cuenta para nada y el físico no alcanza, pero las tripas del estómago no dejan de retumbar.

Algunos, los más afortunados, pagan con dólares en efectivo.

FOTO: Fabrizio Cuzzola

Sin luz, ¿qué mejor ejercicio que ir a una zona lujosa de la capital? Un desierto con grandes restaurantes funcionando con plantas eléctricas y unos cinco políticos como únicos clientes. También hay una bomba de gasolina, propiedad de una petrolera extranjera, que reparte combustible para toda una ciudad prendida en crisis. ¿Saben qué?, mejor tengo preparada mi bicicleta por si hace falta cualquier cosa.

Desde una radio de baterías, noto que las voces que hablan de sabotaje y guerras energéticas ocupan casi todo el espectro radial venezolano. Qué injusto que haya tanto loco con micrófono y que los verdaderos comunicadores con talento estén rebuscándose por otras vías, por el mero capricho de un (in)maduro al que no le gusta ni el humor ni la noticia veraz. Finalmente, la voz de Alba Cecilia Mujica y Luis Olavarrieta, en Onda 107.90 F.M, le ponen calma a nuestra búsqueda de información confiable y contrastada.

Difunden la información que publicó el diputado José Manuel Olivares: en lo que va de año (menos de tres meses), han fallecido 79 personas en el país debido a la crisis energética. ¿Cuánto más habrá crecido esa cifra luego de este apagón histórico?

 

“Mañana a la calle”, dijo, el viernes, un representante del Gobierno legitimo que no acaba de asumir funciones –nuevamente, por los caprichos de un (in)maduro– mientras una señora caía por las oscuras escaleras de su edificio, que no posee luces de emergencia. Cruel reflejo de un país donde te prometen “que el servicio se restablecerá en las próximas 48 horas”, pero donde sabes que 48 horas pueden ser 48 días (si no me creen, pregúntenle a los embajadores de Alemania y USA).

El pueblo acudió al llamado a la calle la mañana siguiente, el sábado. Desde temprano, la voz de la desesperación fue la de tres camioneros que acabaron tras las rejas por hacer su trabajo y montar una tarima en la Avenida Victoria, escenario posterior de una masacre de bombas lacrimógenas y perdigones contra personas de la tercera edad.

El Paraíso no honró su nombre, estaba hecho un infierno mientras en el Centro una pareja intentaba trasladarse de Capitolio a Bellas Artes en carro y contaban: “uno, dos, tres, cuatro, cinco piquetes de la Guardia Nacional Bolivariana en una calle de 300 metros”.

En la posterior avenida Urdaneta, un ciclista desesperado intentó escapar de un escenario realmente aterrador. Llovían bombas lacrimógenas y la gente corría. Él quería llegar a su casa en Galerías Ávila, pero se vio atrapado: de un lado lo rodeó el piquete de la Guardia Nacional y del otro, la gente que huía despavorida. Le costaba respirar y no quería atropellar a nadie. Los organismos de “seguridad” del Estado se han vuelto parte del hampa común, que lleva años atormentando a un país desesperado por un poquito de paz. Ellos creían que estaban controlando la situación, pero no podían estar más lejos de la realidad: dos calles más abajo, toda la nevera de charcutería de un negocio fue echada a la basura luego de que su contenido emanara olor a putrefacción.

Pero las prioridades de esos funcionarios armados parecía ser nada más que reprimir a los ciudadanos que salieron a ejercer sus derechos.

 

Gente de todas las edades sigue falleciendo en los hospitales, las frutas se llenan de gusanos y quien escribe espera cinco minutos de electricidad para poder trabajar y recolectar un poco más de ese –ya inservible- dinero electrónico.

Total, vivimos en un país donde todo está muy normal, como la canción de Desorden Público. La estadística de fallecidos crece descomunalmente y los usurpadores hablan de una guerra. Es verdad: las cifras respaldan que el país sufre una guerra. Pero no de potencias extranjeras, como ellos dicen. Están en guerra los más ineptos, los usurpadores que tienen secuestrada a Venezuela, contra todo el país.

Mientras tanto seguimos siendo la voz de la desesperación. Y por momentos, de la desesperanza. Quizás algún día no tengamos que gritar tanto, porque tendremos algo más útil que hacer con nuestra boca.

 

Por Fabrizio Cuzzola  |  @FabriCuzzo22 

El tipo que hizo lo que tenía que hacer

Una de las mejores escenas del Joker de Christopher Nolan, interpretado por Heath Ledger, se presenta en la comisaría de Gotham City, cuando el terrorista es detenido y, para liberarse, provoca a uno de los oficiales diciéndole que había torturado a sus amigos antes de asesinarlos y que, cuando una persona está a punto de morir de manera cruel y despiadada, muestra lo que realmente es.

“Así que básicamente yo conocí a tus amigos mejor que tú”, expresa el villano en tono burlesco.

Quizás eso fue lo que pasó aquel lunes 15 de enero de 2018: Venezuela conoció al verdadero Óscar Alberto Pérez. Sin helicópteros, ni cámaras, ni banderas, ni constituciones, ni asaltos al estilo del Capitán América. Sólo su desesperación y un teléfono a través del cual pedía piedad y exigía su legítimo derecho de ser juzgado por fiscales de la nación, mientras recibía plomo por parte de los matones de la dictadura.

Esa fue la segunda vez que vi algo humano en aquel apuesto sujeto de ojos verdes que enviaba mensajes desde la clandestinidad y que sólo mostraba fortaleza. La primera fue en un artículo publicado por Daniel Lara Farías en La Cabilla, donde este columnista afirmaba que fue profesor de Pérez, a quienes todos le apodaban el “gato”.

“Uno normalmente recuerda a los buenos alumnos y a los malos alumnos. De Óscar Pérez me acuerdo, sin duda. Era uno de esos alumnos que intervenía y preguntaba y discutía. Ni más ni menos que eso. Una o dos veces más supe de él en sus andanzas de ‘comando’ y todo aquello. Ni una opinión política, ni una genialidad sobre el país. No. Un hijo de papá que llegó a policía igual que papá y que le pagaron el curso de piloto con dinero del Estado. Solo eso”, escribió Lara Farías.

“Hago esta incómoda y fatua introducción para poder explicar mi incredulidad, agnosticismo y escepticismo a propósito de las acciones de Óscar Pérez desde el día que salió montado en un helicóptero lanzando explosivos sobre ciertos puntos de Caracas. Me pareció, desde todo punto de vista, una acción desesperada, ridícula y fuera de lugar que una persona con un recurso tan valioso como una aeronave hiciera una ridiculez y no una acción policial real, porque se supone que el señor es policía. Sencillamente, me decepcionó su accionar (…). La pantallería posterior confirma mis sospechas: pura paja. El tipo quiere ser youtuber o instagramer o quién sabe qué. Pero allí no hay sustancia, ni proyecto de país”, agregó.

Yo no sé si el “gato” quería ser youtuber o instagramer. Lo que sí pude confirmar es lo que quería ese lunes: entregarse con la esperanza de volver a ver a Sebastián, Santiago y Dereck, sus hijos. Pero lo acribillaron.

“Sebastián, Santiago, Dereck, saben que hemos hecho esto es por ustedes, por todos los niños de Venezuela. Espero verlos muy pronto, los amo hijos, los amo”, decía en uno de los desgarradores videos.

El asesinato cruel y cobarde de Pérez y su equipo se produjo en medio de publicaciones en redes sociales de una gran cantidad de personas que llamaban show a su masacre, e incluso se burlaban porque se le había acabado “la novela”. Ni siquiera el video de su madre exigiendo que se le respetaran sus derechos los conmovió.

En esos mensajes pude observar a ciudadanos completamente dañados, igual que sus gobernantes. Pero también vi a esos paranoicos que exigen constantemente a sus oficiales que se rebelen contra la dictadura o se quejan de que sean su sostén, pero en cuanto sale algún grupo rebelde optan por la opción más fácil: “es un pote de humo”. Porque no fue sólo Pérez, también otros como Caguaripano, el general Vivas o los de Cotiza.

Cuando Donald Trump habló de este ex inspector, y le dio un micrófono a su mamá para que se expresara durante un discurso en Miami el pasado 18 de febrero, sentí pena por los dirigentes opositores que no hicieron lo mismo en su momento y recordé las veces que mis amigos, no interesados en política, me preguntaban qué coño tenía que pasar para que saliéramos de la pesadilla chavista y mi respuesta siempre fue la misma: cuando todos hagan lo que tienen que hacer.

Porque al final eso fue Óscar Pérez: un venezolano que desde su posición cumplió con su deber al desconocer a Maduro, tomar las armas, llamar a la rebelión y defender la Constitución; esto no es algo que le pides a un civil, a un periodista, a un artista o a un sacerdote. Es algo que le pides a un policía o militar, porque posee entrenamiento pagado por el Estado y juró defender a su gente. Y él estuvo a la altura del compromiso.

Afortunadamente, por estos días muchos hacen su trabajo: Juan Guaidó le planta cara a la pandilla de Maduro y recorre las calles de Caracas con valentía y el traje de un civil que asumió legítimamente ser presidente encargado de Venezuela; la comunidad internacional lo blinda frente al régimen; los ciudadanos, orgullosos de ser llamados así y no “pueblo”, toman las calles; la Conferencia Episcopal de Venezuela, en un gesto de dignidad que aún muchos esperamos de Francisco, desconocen al usurpador y condenan sus violaciones de derechos humanos; algunas universidades hacen lo propio.

Pero, ¿y la FANB para cuándo?

Con suerte el discurso de Trump, la ley de amnistía y el espíritu de Óscar empujará a muchos para que se pongan del lado correcto de la historia.

 

Por Braulio Polanco | @BraulioJesus_ 

Tener paciencia cuando se padece una dictadura

Salir de un gobierno autocrático, dictatorial, no es cosa de un día para otro. Requiere de muchos pasos pequeños, de muchas idas y venidas, de muchos movimientos estratégicos que pueden parecer desviarse del objetivo inicial. En otras palabras, liberar a un país de sus secuestradores requiere de mucho tiempo. Sin embargo, pareciera que a buena parte de los venezolanos les cuesta entender (o aceptar) lo que eso implica.

La verdad es que no puedo juzgar a nadie. Es difícil pedirle paciencia a quien ha padecido veinte años de la máxima crueldad imaginable. No es fácil pedirle calma y sosiego a quien vive en carne propia la agresiva lentitud de todos los procesos burocráticos a los que está expuesto día a día. Parece casi una locura pedirle más aguante a quienes notan cómo el deterioro carcome lentamente la infraestructura de un país que supo brillar en su región y más allá. Es muy complejo pedirle calma a quien no puede soportar un día más en que la miseria llama a su puerta y reclama las vidas de sus familiares, amigos y conocidos.

No es fácil tampoco defender la consigna de “esta es una lucha que requiere de mucho tiempo”. La digo y de inmediato se encienden las alarmas, porque suena peligrosamente similar a esas afirmaciones de “estamos apenas en la etapa inicial de la Revolución”, con la que, por años, los voceros del poder han intentado justificar sus fallos y desatenciones. Es lógico preguntarse por qué se empieza ahora, qué se estuvo haciendo durante dos décadas, qué tan crudo estaba el plan para deshacerse del régimen. Entiendo por qué se generan esas suspicacias (unas mejor fundadas que otras) acerca de la posible complicidad de actores de la oposición venezolana (hoy gobierno transicional) con las facciones del movimiento chavista. Y la suspicacia pareciera ser combatible solo con hechos contundentes, continuos, irrebatibles, palpables.

¿Los tenemos? Mejor aún, ¿sabemos identificarlos y apreciarlos?

Pienso en dos condiciones de nuestra sociedad que nos llevan a la impaciencia respecto a la velocidad del proceso de restauración de la democracia en Venezuela. Primero, el cliché: somos una sociedad inmediatista. Basta con revisar un poco la forma en que nos referimos al posible fin del régimen de Nicolás Maduro: “caída”, “tumbar”, “derrocar”. Incluso hablamos de soluciones que, de la forma en que nos las imaginamos, rayan en lo fantástico, en lo épico: “intervención”, “invasión”, “levantamiento”. Es de esperarse que una característica que ha sido tan constante en la radiografía de la sociedad venezolana esté atravesada por el contexto y la historia contemporánea. Como comentaba unas líneas atrás, estamos condicionados por el desgaste, el hartazgo, la impaciencia. Resulta incluso sano querer que la pesadilla termine de una vez; nos habla de que, a pesar del “modo automático” en el que se desenvuelven muchos venezolanos, hay consciencia de que la realidad es lo suficientemente nefasta como para desear su final inminente.

El problema es que, mientras van pasando los días y ninguno de esos escenarios se cumple, la ansiedad va en aumento exponencial y se hace difícil mantener la compostura. La gente espera contundentes golpes a la mesa todos los días, a toda hora. Sienten que un día en el que no se hace un anuncio de gran envergadura, un día en el que no se llenan las calles gritando consignas en contra del dictador, un día en el que alguna instancia internacional no se pronuncia, es un día perdido. A pesar de los esfuerzos, muchos sienten que el reloj de arena que corre en su contra sigue ahogándolos sin clemencia y que la cuerda de rescate para salir de ese atolladero no es lo suficientemente larga como para ayudarlos a escapar.

Por otro lado, hay una mezcla muy particular entre la desconfianza creciente, que también nos ha definido como venezolanos por décadas, y una necesidad (para nada exclusiva en nuestro país, sino una tendencia global) a estar siempre informados sobre los eventos que nos interesan. Ante la falta de ese anuncio importante, de esa noticia que “rompa la Internet”, que nos haga detenernos para compartirla en un grupo de WhatsApp o en nuestro timeline de Twitter, las suspicacias se alimentan, toman fuerzas y se posesionan de nosotros. “Se enfrió el movimiento”, comenzamos a escuchar. Se propaga una sensación angustiante, el desasosiego que produce pensar que, una vez más, nos quedaremos a las puertas (o tal vez más lejos) de lograr el cambio tan anhelado para nuestro país. Estar expuestos a tanta información en tiempo real termina mancillando nuestra capacidad de postergar la gratificación, de esperar un poco más para recibir una noticia más sustanciosa.

Los tiempos de la política son muy distintos a los tiempos de la vida cotidiana; se trata de algo complejo de asimilar y digerir cuando el deterioro que nos rodea se lleva lo mejor de nosotros a una velocidad trepidante. A esto se le suma que la costumbre de leer en formato de tweet, de esperar ese comentario en 280 caracteres, nos entorpece la capacidad de leer las narrativas completas, de encontrar en el todo de la noticia esas pequeñas victorias estratégicas que se encuentran un poco escondidas detrás de los movimientos de uno y otro bando. Parece más fácil despertar con el tweet que anuncia la caída del régimen que esperar con paciencia el desarrollo del proceso de cese de usurpación y gobierno de transición que nos lleve a las ansiadas elecciones libres.

Grandes movilizaciones seguidas de días de aparente silencio. Anuncios impactantes seguidos de días de incertidumbre, de pocas noticias. ¿Significa eso que dejan de pasar cosas? ¿Tenemos que enterarnos de todo? El 24 de enero escribía en Twitter que necesitaba una transmisión en vivo de una cámara instalada en el pecho de Juan Guaidó. Necesitaba seguir en tiempo real todo lo que sucedía alrededor de la figura del presidente encargado para poder calmar mis ansias y constatar que, efectivamente, estaba pasando algo. ¿Nos sentimos todos así? ¿Hay alguna solución?

La idea inicial de este texto era plantear un “cómo manejar la angustia” con respecto a lo que pasa o deja de pasar en Venezuela en estos días que corren. Siento que fallé. Fallé porque, como venezolano, también soy propenso a caer en la desesperación de tanto en tanto. Porque me da miedo esa “tensa calma” que me reportan muchas de las personas con quienes me comunico en Caracas. Es como ser espectador de una partida de ajedrez sin saber mucho del juego: sabemos que habrá un ganador, que eventualmente el encuentro terminará, que un rey será puesto en jaque mate, pero no tenemos idea de por dónde o cuándo vendrá la jugada decisiva, porque solo vemos los movimientos pero no la estrategia que tiene cada jugador en su cabeza.

Mientras tanto, lo único sensato que se me ocurre recomendar es protegerse de noticias insidiosas y/o falsas. Seguir a comunicadores serios que se dan a la tarea de confirmar fuentes (de entrada se me ocurren las cuentas de Twitter de Luis Carlos Díaz, Naky Soto, Arepita, Revista OJO, por ejemplo). Aunque parezca contradictorio, una solución puede ser buscar los resúmenes que dan estos actores al final de cada jornada noticiosa. Algunos dan los bullets necesarios para tener el panorama general. Otros se extienden un poco más y aventuran algunos análisis que nos pueden dar más luces con respecto a lo que pasa (Prodavinci, Caracas Chronicles, como dos ejemplos a los que puedo hacer referencia de memoria). Puede que el remedio contra el exceso de información basura sea informarse de forma consciente, saludable, responsable.

Todo esto puede irse al caño fácilmente cuando vemos las declaraciones de Nicolás Maduro y sus secuaces, dando a entender que el día de una negociación de su salida del poder está lejos. Parece entonces que los movimientos de los peones que están de nuestro lado son espurios, apenas relevantes. Pero de nuevo, hay que hacer el ejercicio de tener paciencia, de entender que es un trabajo que requiere de tiempo y estrategia para que tenga los resultados deseados.

Yo sé que puede parecer fácil pedir paciencia desde la distancia, pero es lo único sensato que puedo aconsejar.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis 

Guaidó

Alguien no cumplió la orden

Son las 11 de la mañana, del cuatro de marzo, en la Plaza Alfredo Sadel y siento que hay muchos que saben algo que yo no sé. Llegué puntual a la cita y me parece que hay pocas personas, pero con el paso de los minutos la asistencia se triplicará. No me queda claro si es que tantos llegan tarde o si, más bien, la mayoría sabe o intuye que hoy la cosa va para largo. El caso es que estoy cerca de la tarima y me siento como en un ring: el sol está a punto de noquearme. El año lleva tres meses y yo hoy amanecí como con siglos de cansancio. Lo peor es que pronto cumpliré años y no sé si voy a tener fuerza para celebrar. La actualidad del país está ocupando cada vez más espacio en mi agenda.

¿Cuántos años caben en tres meses?

Me siento en el piso, me pongo a leer. Luego de la prueba de sonido, el host nos pregunta que cuánto tiempo estamos dispuestos a esperar. La respuesta es tan obvia que me duele: el tiempo que sea necesario. Suena high de Rawayana y se me ocurre que esta vez hay menos detalles cuidados o es que el asunto está tan crudo que se dan el lujo de poner una canción festiva. El caso es que sobre la tarima no veo a ningún actor político. Me pongo de pie y camino hacia atrás, donde está el área de prensa.

No soy amigo de ubicarme en el espacio delimitado para los medios, siento que hacerlo es como meterme en una jaula que me condenará a ver lo que otros quieren que vea y a vivir todo desde cierto ángulo impuesto. También hay códigos y actitudes gremiales de las personas que suelen ponerse en estos sitios que siempre se me escapan. Pero hoy no aguanto el calor, no sé nada del presidente encargado y el cuerpo empieza a dar señales de que si no me pongo las pilas voy a terminar escribiendo sobre la experiencia de ser atendido por paramédicos en una manifestación. Conclusión: me siento, e incluso acuesto, un rato bajo la tarima de prensa.

Suena una saxofonista, ponen música, sigo leyendo, saludo a un pana. Cuando me espabilo, la plaza ahora sí está colmada: desde cualquier punto, el horizonte se ve repleto de personas. Se suben, entonces, diferentes diputados a la tarima.

Si minutos atrás, cuando el host –que es el mismo de todas las manifestaciones– reprodujo un audio del presidente la gente gritó de emoción, cuando el diputado Mejía dice que Guaidó ya está en el aeropuerto de Maiquetía, que acaba de pasar Migración sin problemas, se oyen gritos que aceleran el pulso. La actividad continúa, habla Gilbert Caro, habla el gobernador del estado Bolívar, habla el diputado Américo de Grazia y llega el turno de un representante indígena que dice algo que despierta a las personas: “Al asesino Nicolás Maduro habrá que juzgarlo también en un tribunal indígena para que responda por sus crímenes”.

Luego, llega el turno de Delza Solorzano y, justo en medio de su intervención, un corrientazo comienza a extenderse por toda la plaza: Juan Guaidó parece haber llegado.

Las personas se ponen de puntillas y estiran sus brazos y manos a todo dar. Ubican, al final de los mismos, teléfonos con los que esperan capturar otro de los momentos históricos que nos está regalando esta novela que supera cualquier pretensión literaria. Es como si hubiesen quebrado varias pilas sobre nosotros y un manto de energía nos pusiera eléctricos. Cuando Guaidó sube a la tarima, y lo secuestran decenas de abrazos, siento que el corazón me late con un tumbao que no sé descifrar. Tampoco me propongo a hacerlo. A mí lado está el camarógrafo de un canal árabe y ve, con genuino interés, cómo un par de lágrimas se asoman por mis ojos.

Esta historia me tiene cada día más sentimental.

Ya no salgo a ver y escribir sobre el país: salgo a ver y escribir sobre cómo los sucesos del país me van transformando. Pasará un buen tiempo antes de que pueda hacer un balance.

Guaidó lleva poco más de un mes como presidente encargado de la República, y cada día lo veo con el pelo más canoso. La vida a veces nos pone pruebas que hay que saber superar en tiempo récord. El hombre, eso sí, está dando la talla. Con su sonrisa habitual y un discurso más sólido, pletórico y lúcido que de costumbre, saluda a quienes lo esperábamos.

No sé si la gran cantidad de desmayados que empiezan a aparecer se deben a los jabs del clima o al efecto Guaidó.

—Después de tantas amenazas, que nos iban a detener, que nos iban a secuestrar, que nos iban a matar, aquí estamos. Alguien no cumplió la orden.

Su gesto seguro, su rostro limpio, sus manos a la vista: las palabras junto con su lenguaje corporal hacen galopar el corazón en medio de sonrisas cómplices.

El  80% de las Fuerzas Armadas, dice, rechaza al usurpador. Y su entrada y salida del país es la muestra. Exhorta, entonces, a los militares a cumplir con su deber: “ya basta de por ahora, es ahora”, deben apresar a los colectivos armados que atacaron a los venezolanos el pasado 23 de febrero.

¿Y saben por qué da la orden?

—Porque el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas deriva del voto popular. Y quien usurpa funciones, por más que se quiera disfrazar con una banda porque estamos en carnavales, no es el presidente. Aquí está el presidente encargado de la República de Venezuela.

Es imposible no pensar en el meme de turn down for what.

Guaidó habla con claridad, sin gritar, sin alzar la voz más de lo necesario. Lo hace ante un mapa de gente que ocupa todos los alrededores. Hace días, alguien a quien respeto mucho me dijo que quizá no era momento de convocar a manifestaciones y marchas. Pero estoy frente a esto y se me ocurre que quizá Guiadó no podría haber llegado si en el país tantas personas no se hubiesen concentrado, se me ocurre también que es necesario que el mundo siga viendo el respaldo popular con el que cuenta el Gobierno legitimo. Pero, sobre todo, cuando me siento mareado, fatigado y con ganas de tomar una siesta, pienso en que él y tantos otros están haciendo un esfuerzo tan grande, jugando un partido que de entrada parecía amañado y en el que están logrando hacer pulso, que lo menos que podemos hacer algunos es colaborar con unas horas de calle cuando hagan falta.

Cantamos el himno. Guaidó se sube al andamio de la tarina y, cual pop star, saluda desde lo alto.

Yo entiendo que puede ser difícil para muchos decir “vamos bien”, pero en días así es complicado no sentir que, como dice el presi, “la esperanza nació para no morir”.

 

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel

#DomingosDeFicción: Siete días

Salgo del metro por una de sus bocas más cariadas. Alrededor hay un circo de fieras despachurradas. Un vendedor de tostones me incinera el pescuezo con el aliento de su fogón cuando paso entre su brazo extendido, la servilleta y un vendedor de toallas de a mil. Salto un charco nauseabundo que siempre ha estado allí, insondable, grisáceo como la mucosa ventral de un elefante. Debo ejercer de atleta para no mancharme y dejar caer parte de la autoestima. Los autobuses se abalanzan sobre la piara de gente que evade la acera. Un deforme se me acerca con su ojo bueno enfocándome; el otro se le cierra tras una grapa amarillenta. Nada de esto me importa. Avanzo como una columna romana hacia mi cometido. Gano la acera de enfrente y una pequeñuela precoz me asalta con su papelito de Internet, curso de inglés u oferta de celulares en combo. Lo desecho.

Voy a su encuentro. Espero con impaciencia el ingreso de dos personas torpes en el ascensor, me escabullo tras ellas. Son mujeres, una frisa los setenta, la otra es pretenciosa, se le va una mirada fugaz hacia mí y luego finge fijarse en la pantalla de los pisos. Está regular, algo moderna con sus lentes de pasta, cruzando hacia coqueta. Muy soft para mi gusto. Hoy solo tengo ojos para otra. Olvido rápido a la veinteañera del ascensor. Me bajo y no digo nada en absoluto. Muy pronto la veré. Me abre la puerta tras el atorrante timbre. Sus ojos brillan, su cabello reluce y hoy lo tiene recogido en cola de caballo. Sus labios se abren tenuemente, muy sutil su lengua se columpia entre sus dientes parejos. Me conduce al cuarto de atrás. Veo sus redondeces ceñidas por el pantalón atravesar la galería; nos separan unos centímetros. Ella es solo mía en aquel momento en que la pasión espera su turno agazapada. Sus curvas traseras son mesuradas, pero no le falta nada; cada movimiento tensa la línea entre sus nalgas y la parte donde comienzan sus piernas, ese divino pliegue que no sé cómo se llama. Jadeo imperceptiblemente.

Me acuesta en su cama con motivos rosados, me hace sentir cómodo, conversamos casi entre susurros y, de vez en cuando, su risa vibra rápida como un móvil de cerámica. Luego me hace mover para ponerse más cómoda. Su atracción por los aparatos, por los preámbulos me hace sentir un bebé de meses. Siento más que eso, que estoy en sus manos gráciles pero decididas, meticulosas, sabias. Me mima, está pendiente del más mínimo detalle. Acaricia mis labios, untándome algún aceite para el placer. Parece que fuera mayor, pero es una niña de veintisiete. Luego, su predilección más ingrata me hace temblar, algunos instrumentos de tortura que parecen nazis me invitan a pensar en las concesiones del amor, mientras me obligan a verle la cara positiva al maltrato físico. Todo lo bueno de la vida exige sacrificios, o compromiso. ¿Cómo decía aquel refrán montado en esmalte sobre una baldosita, en alguna tasca? Esto no lo pensé ni lo recordé esa tarde, eso fue después. Aunque estar allí encerrado con ella, de espaldas a la tragedia del mundo, me lleva con frecuencia a ciertas ensoñaciones, a parpadeos que tomo como bocanadas para recuperar un vigor que se va agotando en el quieto del tiempo de un cuarto.

Ella recuesta sus senos en mi coronilla, le gusta hacerlo y a mí me lleva a un infinito sin planetas. Siento su presión de gamuza, sería imposible para un ingeniero fabricante de cojines reproducir esa textura; el que la haya sentido lo sabe, no habría que explicárselo. Solo sonreiría, como yo al recordar. Entonces, su perfume delicado pero acentuado, una tintura de sexo, termina de penetrar mis enloquecidas hormonas, me infiltra como un comatoso y ya estoy fuera de mí. Tengo cada parte de su cuerpo muy cerca, me transmite así sus emociones, sus arterias me golpean al latir. Sus ojos ven dentro de mí y su boca se aprieta, se abre, emite un sonido en idioma de sirena. Cómo negarlo, estoy encantado por esta mujer.

Es una intensa jornada, dulce, fuerte, desigual, una montaña rusa o balancín de parque de diversiones en lo que concierne al límite entre las emociones y el aguante físico. Nos sometemos a una prueba peligrosa, al borde del fracaso y, sobre todo yo me siento vulnerable, aunque a veces me anoto un tanto y ella deja ver más allá en sus expectativas, cuando entre líneas hace notar su interés en mí, preguntándome algo innecesario que la delata. Allí retomo el control de la situación y me siento poderoso, lo que es necesario para el hombre y el equilibrio del combate. En la posdata introducimos la charla casual, el comentario alegre que se mantiene lejos de lo chocante. Intimidad, si saben de qué hablo. Es la celebración por el encuentro que culmina y al mismo tiempo el presagio de una pausa dolorosa. El inútil antídoto para la angustia de los minutos vacíos que nos esperan, armados hasta los dientes de vulgaridad. Pero cuán a menudo recurrimos y recurriremos a la dichosa artimaña. La valentía está peleada con las cosas del corazón y la anestesia.

Vuelve a tratarme como un niño, endulzándome los oídos con recomendaciones y usando una hermosa condescendencia para mis nerviosos chistes. Retoma el poder a punta de mohínes, vuelve la mujer a hacer masa de maíz con mis gritos silenciosos de desesperado. Fingimos algo, un tanto de indiferencia cuando me conduce a la puerta, caminando lánguida por la tensión liberada en la larga sesión. La detallo en un reojo condensado. Luego, una pregunta inesperada, un adiós con los ojos que tiene algo de eternidad en él. Me siento como dopado. Solo puedo pensar en la escena de la próxima semana, cuando la veré de nuevo. ¿Será igual?, ¿mejor?, ¿se hará la indiferente para herirme?, ¿me aterrorizará con algo de recato? Antes de saber eso seré un guiñapo contando horas. Aunque mis dientes estarán bien, mejor que nunca; ella es la mejor dentista que conozco. Y mi alma estará tan paralizada como si le hubieran disparado un dardo de cloroformo, igual que en los documentales sobre leones.

 

Por Luis Laya 

Cada vez quedan menos

El teléfono repicó justo cuando terminaba de servirme la penúltima taza de café. El reloj de la cocina señalaba 9:49 pm. Fruncí el ceño mientras caminaba hasta el aparato, preguntándome quién podía estar llamando a esa hora tan silenciosa. Levanté el auricular con impaciencia:

—¿Aló? –dije–. Aló.

—Estoy agotada –dijo ella–; pero al menos ya resolví lo de las flores. Ahora voy contigo.

Sonreí. Era Vanessa, mi amiga de la universidad. Lo curioso es que había estado pensando en ella más temprano, justo después de cenar, indeciso sobre llamarla o no. Y aquí estaba.

—Te atraje con el pensamiento –dije–. Tenía ganas de llamarte, pero no lo hice.

—No, no lo hiciste –dijo ella con un falso acento de molestia–; siempre te olvidas de mí.

—No inventes. Sabes que no.

—Sabes que sí; por eso sé que no vas a decir que no a lo que voy a pedirte.

—Ay, Dios…

—¡Nada! Di que sí.

—Depende.

—Ay, di que sí y ya –insistió ella, ahora con voz quejumbrosa–. Sabes que el viernes es mi cumpleaños.

—Er… Ah… Sí, claro.

—Eres el peor. Ni siquiera te acordabas.

Sorry, querida; he estado full con algunas correcciones y no tengo cabeza para más nada.

—Yo sé –dijo ella–. Andamos igual. Cuando no es una vaina es otra. Típico, pues.

—Bueno, al menos todavía podemos hablar… ¿Tuviste buen día?

—Ni me hables de eso. Estoy agotadísima. Tuve que ocuparme de las flores y encargar las mesas y las sillas. Lo bueno es que mi amiga Cecilia, ¿la chef?, va a ocuparse de la comida. Me dijo que sería mi regalo de cumpleaños. Y hablando de regalos, quiero que vengas a mi fiesta. Es lo único que quiero: que puedas venirte el viernes y asistas a mi fiesta. ¿Sí? No quiero regalos, no quiero más nada; sólo que vengas a la fiesta. Si quieres te paso buscando por La Encrucijada.

—Pues… ¿El viernes?

—Yo sé que te estoy avisando con muy poco tiempo, pero apenas me decidí hoy. Tú sabes que no iba a hacer nada, ya para qué; pero desde ayer se me metió la idea de hacer algo pequeño, algo íntimo, sólo veinte personas, una comida y tragos. ¡Es mi cumpleaños, coño!

cumpleaños

Solté la risa.

—Créeme –dije–: eso no te lo discuto. Sólo que la idea de no hacer nada era tuya.

—Yo sé, yo sé; pero cambié de idea hoy. Estoy sobresaturada con los problemas del país, las medicinas para mi abuela, el rollo de la comida, la inseguridad, el trabajo de Rodrigo, mi mamá que insiste en ser parte del problema y no de la solución; y encima, para rematar, Melissa no podrá venir porque tiene cita para entregar sus papeles allá. Entonces, ni modo que pierda la oportunidad. Ayer hablamos y le dije que no se preocupara.

—Pero, ¿estaba bien?

Imaginé a Vanessa asintiendo con énfasis.

—Sí, sí, sí… ¿Quién coño va a estar mal en París? Jodidos estamos nosotros…

Mi amiga bromeaba, ambos lo sabíamos; pero al mismo tiempo, casi imperceptible, debajo de la sonrisa, había un acento camuflado de amargura. ¿O podía ser cansancio? Me pregunté si sería prudente averiguarlo en ese momento o esperar hasta que nos viéramos durante el fin de semana.

—Por favooooor –dijo ella–, dime que vas a venir… Por favooooor….

Suspiré.

—Sí, supongo que sí. ¿Invitaste a Sergio y a Carola?

—¡Claro! Es un grupo pequeño, ya te lo dije.

—Ajá, pero, ¿tendrías la amabilidad de pensar en los demás? Yo sé que es tu cumpleaños, y todo eso, pero invitar a más gente gay a tu reunión la haría mucho más atrayente. Eso de invitar puras parejas heterosexuales atenta contra la extensión de mi celibato. ¡No me ayudas!

Los dos reímos.

—Créeme, yo estoy en la misma. Mejor no hablemos de eso.

—Sí, marica, pero al menos tú tienes esperanza de encontrarte con Rodrigo a finales del mes y recuperar el tiempo perdido. Jodido estoy yo… Por cierto, ¿cómo va eso?

Escuché que Vanessa hacía una inspiración profunda y prolongada.

—Ahí –dijo–. Ya queda poco.

—¿Todavía trabajando?

—Claro. En vista de que no nos veríamos en enero, como lo teníamos planeado, acordamos que agarraría el trabajo en Marsella para reunir más dinero, porque el apartamento comerá mucha plata, y tú sabes cómo son los precios allá.

—Bueno, pendeja, pero es una perspectiva bonita. Créeme que me alegro por ti. No todo va a salir mal. De vez en cuando el destino nos regala una sonrisa. Y ese carajo parece un buen hombre.

La voz de mi amiga se dulcificó:

—Nunca me habían hecho sentir tan especial.

Me reí.

—Bueno, marica, ya a tu edad… Estabas a punto de que te dejara el último autobús.

—Estúpido… Entonces, ¿sí vienes?

Dejé que transcurrieran un par de segundos antes de responderle.

—Sí, yo creo que sí. 90% que sí.

—¿Te vienes temprano?

—Lo más probable. Llamaré a Sergio o a Carola para pedirles que me pasen buscando por Lomas del Este y llego con ellos. ¿O me necesitas antes?

—No, no, tranquilo. Ya adelanté casi todo hoy. Para el viernes sólo quedan pendientes una que otra pendejada… ¿Sabes algo?

—¿Qué?

—Me da nota que puedas venir. Yo sé que estás full, y el tema país no ayuda con el rollo del efectivo y la escasez y toda esa vaina; pero me hace falta verte, hablar paja un rato, abrazarnos.

—Yo sé –dije–. Yo lo sé.

—No pido mucho –soltó otro suspiro–. Quiero regalarme una noche con mis amigos, beber un poco, comer bien, reírnos un rato, tomarnos fotos, sentir que estamos juntos…

—Querrás decir con los pocos que quedamos…

—¡Es que no te lo dije! Tú eres el único amigo gay que me queda. Ya todos los demás se han ido. ¿Te dije que Andrés consiguió trabajo en Houston? Y tú sabes que Ricardo y Miguel se quedaron en Nueva York. Ya las niñas comenzaron en la escuela. Están bellísimas.

—¿Podemos no hablar de tus amigos gais aburguesados? Me siento ofendido.

Vanessa se rió con confianza.

—A ti lo único que te ofende, marico, es que ya vas quedando de último.

 —¡No! Si te pones a ver, tus fiestas de cumpleaños se parecen ahora a cualquiera de las novelas de Agatha Christie: cada vez quedan menos y menos personajes en la trama.

Nos reímos juntos.

—¡De pana, marico! Si me pongo a ver las fotos que tomamos siempre a la medianoche, donde aparecemos todos, es como si en cada foto han ido desapareciendo dos o tres por año. No había pensado en eso.

Y de pronto dejamos de reírnos. No sé qué cruzó por su cabeza, pero yo asimilé la idea de que podría ser la última fiesta donde estuviésemos todos juntos; los que quedamos, al menos. En un par de meses, cuando los papeles estén firmados y sellados, nada la retendrá aquí. Me pregunté dónde podríamos estar el año próximo, en marzo del año próximo. Cuántos de nosotros, del viejo grupo universitario, quedaríamos aún en Venezuela. Le dije a Vanessa que al paso que íbamos, el año entrante tendríamos que organizar una fiesta de cumpleaños a través de Skype o algo similar, para que todos pudiésemos asistir. Los dos volvimos a reír, pero sólo porque la alternativa del silencio resultaba un tanto incómoda. Vanessa respiró profundo.

 —En fin –dijo–. ¿Sí vendrás?

—Claro, querida. Cuenta conmigo.

—¿A las 9:30 pm?

—A las 9:30 pm.

 

Por Luis Guillermo Franquiz | @lgfranquiz

 

Y líbranos del militar, amén

La noche que me pegaron el tiro en la nuca yo estaba saliendo de mi oficina, y escuché un griterío proveniente de los pisos de abajo. Iba por un guayoyo cuando me invadió como un escalofrío por detrás de las orejas. ¡Yo solo quería un guayoyo!, ¿pueden creerlo? Yo solo iba a buscar mi taza, a beberme mi café, a terminar la cobertura y después salir; e irme a mi casa a ver a mi mujer, a mi chamo, y después dormir, dormir para después irme al trabajo y tomar más café y reportar más noticia y así hasta jubilarme, hasta envejecer, con mi chamo ya grande, mi mujer ya vieja. Pero no. El escalofrío me atajó a mitad del pasillo, de espaldas a aquel sujeto de botas, pantalones camuflados y boina. Hubo un eco ensordecedor. Hubo presión en mi frente. Escuché a mi chamo llorar al fondo, a mi mujer pidiéndome que por favor me levantase del suelo, que el guayoyo se me iba a enfriar. Yo solo estaba cumpliendo con mi trabajo de informar, pero mi mujer, mi chamo, mi carrera, mi puta vida, se esfumaron en la disminución del sonido, en mi capacidad de entender lo que estaba sucediendo, ¿pueden creerlo?

Mi nombre fue Edgar González y, para 1992, era padre de un bebé de cinco meses, esposo recién casado y periodista de Venezolana de Televisión. Esa noche de 1992, la noche que me asesinaron, quedé allí tendido, a mitad de pasillo, con la cabeza apuntando hacia la puerta del cuarto de grabación. A través de las pantallas del canal, vi al jefe del alzamiento declarando su supremacía castrense al costo de la sangre de quienes, como la democracia, presenciábamos nuestro miserable desfallecimiento.

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Desde la vez que Alfonso sintonizó a Chávez en un desfile militar por cadena de radio y televisión, quiso enlistarse en los cuarteles. A pesar de las opiniones de su mamá, decidió abandonar la carrera y presentarse en Fuerte Tiuna, inscribirse en la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y defender la patria de Bolívar. Su mamá, sentada en una de las sillas del comedor, se tapa el rostro con las dos manos. Entre los mocos y la saliva, ella insiste en encerrarlo para no dejarlo ir. Pero Alfonso está convencido. Le atrapa la idea quijotesca del combate a quemarropa, el repique del tránsito marcial sobre las aceras de concreto. Reclutarse para la República contribuiría al bienestar social, al éxito de la Revolución, y para él, la Revolución es la voz indiscutible del pueblo. A Alfonso lo vendrá a buscar un taxi. Le pide a su “vieja” que por favor le crea, que los militares no son matones como ella dice, que le explique, que no se le atraviese. Que él ya no es un chamo. Ella se resiste, y él sale sin habérsele echado la bendición. Sin habérsele servido el café que tanto le gusta.

Así que así: Alfonso sale, sale a su encuentro con el país, con el presidente y sus libertadores, productos todos de esa herencia histórica que sucumbe ante la prestancia militarista de años de polvorazos retóricos, de acciones pretorianas mal infundadas. Alfonso está con Chávez porque Chávez es la Revolución, y para él, Alfonso, la Revolución es la voz indiscutible del pueblo.

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Para principios de la década de los noventa, en Venezuela las discrepancias entre el sector castrence y la dirigencia política de la época se evidenciaron en las intentonas golpistas del 4 de febrero y 27 de noviembre de 1992. Esto, como resultado del descontento, por parte de las fuerzas armadas, con respecto al protagonismo arbitrario de los partidos tradicionales: Acción Democrática (AD), el social-cristiano (COPEI), y el Movimiento al Socialismo (MAS). Específicamente, después de los disturbios procurados en Caracas en 1989, incrementó la preocupación por el desarrollo material del país, y con ello el rescate del caudillo como única forma de control social capaz de resolver las deficiencias estructurales del Estado. Los militares, apoyados por el beneplácito de las masas populares, se reafirmaron en el compromiso de “poner control” sobre las discordancias manifiestas entre las élites civiles, acarreando la pérdida del respaldo hacia la “democracia representativa” y labrando nuevas vías para el ejercicio del poder –en aras del siglo XXI–.

El depósito absoluto de la confianza en los cuarteles y el descrédito de las autoridades civiles pertenecientes a la “Cuarta República” propició, ya con Hugo Chávez en el gobierno, el cope de los uniformados en diversos ámbitos del desenvolvimiento público, que no necesariamente obedecía a las funciones originarias del quehacer miliciar: operativos de alimentación como Mercal, PDVAL; gerencia de cargos en la administración de PDVSA; organización y custodia de actos culturales como ferias del libro, conciertos; monitoreo de jornadas de salud como la fundadora misión Barrio Adentro, jornadas de vacunación, etc. Sin duda que este piloteo de las labores del Estado en sus distintas ramas benefició la consolidación de un chavismo de insignia, donde los funcionarios del denominado Alto Mando respondían al Ejecutivo no solo por concepto de devoción ideológica, sino también por resguardo de sus intereses como clase empresarial consolidada. El resto de las fuerzas armadas, es decir, el soldado promedio, entraba en el reparto de dádivas que obtenía, asimismo, la clase media venezolana: dólares CADIVI, préstamos para vivienda y vehículo, equipamiento de hogares y demás trapos de agua caliente que preservaron la ecuación política del país durante los primeros catorce años de Revolución.

Una ecuación que duró hasta la desaparición física de Hugo Chávez en 2013, por supuesto. A partir de allí, el declive de la economía, aunado a la usencia del comandante –en su sentido estricto, es decir, del personaje que comandaba por legitimidad de la fuerza–, ha desencadenado el deterioro progresivo de las estructuras de orden cívico-militar anteriormente aceptada (o por lo menos respetada) por la mayoría de la población. De ese modo arribamos al panorama actual que nos compete, en días donde se percibe un resquebrajamiento en el interior de los cuerpos militares a consecuencia de una crisis que, sin dudas, impacta los bolsillos de todos los estratos de la sociedad. Observamos, con igual importancia, una “crisis de lealtad”. A pesar del respaldo de ciertos uniformados claves, Maduro no posee la honra del ejercito entero, ya que, aparte de no ser militar de profesión, no llegó al poder por vía del combate. La filosofía castrence es un arma de doble filo: instaura y des-instaura a través de las pasiones.

Entonces, la luz de este túnel de religiosidades cuartelarias sería la devolución, a los civiles, de las riendas del país. Aspiración potencialmente posible, cabe destacar, gracias a la sorpresiva ratificación del civilismo en Venezuela con Juan Guaidó en el contexto nacional e internacional del año en curso. Un joven de corbata y flux azul marino, de discurso fresco y sin adornos, ganándose las voluntades del pueblo en dimensiones casi olvidadas. No obstante, el hecho de seguir dejándole la estocada final a los militares para derrocar a Maduro nos coloca en servicio de los vicios históricos ya descritos; para que la transición hacia una democracia sea efectiva, el rol de las fuerzas armadas deberá ser como articulador de las clases civiles disidentes y no como pieza de desenlace en el juego político al que se está apostando. Ello se refiere a las fuerzas armadas al servicio de la dirigencia, no como factor dirigente. Dicho lo cual, de continuar esta yuxtaposición de intereses, es decir, la protagonización de los uniformados por sobre los destinos del país, el quiebre del orden actual deberá ser externo; una presión –bélica o no– que no dependa del mecanismo de uso interno del poder nacional.

En todo caso, el matiz de la crisis venezolana es un factor que “beneficia” la jugada política de Guaidó y sus civiles disidentes, por cuanto el soldado común es también gente, y padece de estragos y penurias. A la muestra están las deserciones que hemos presenciado en la frontera colombo venezolana desde los acontecimientos ligados al fracaso de la ayuda humanitaria.

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El 27 de noviembre de 1992, el “Movimiento Bolivariano Revolucionario 200”, encabezado por el teniente-coronel Hugo Rafael Chávez Frías desde la cárcel, intentó derrocar al presidente Carlos Andrés Pérez para constituir una junta pretoriana que enrumbase los destinos de Venezuela. Los rebeldes, ya con el fracaso de un primer golpe a cuestas, secuestraron varios medios de comunicación nacionales con la finalidad de transmitir el mensaje del jefe de la comitiva. La planta más afectada, la de Venezolana de Televisión, hoy es recordada como “la masacre del canal 8”, al haberse asesinado a trabajadores inocentes: maquilladores, camarógrafos, reporteros, escenógrafos. Nucas que se ajusticiaron en pro de la usurpación del orden constitucional, guayoyos que quedarán allí servidos, enfriándose para siempre.

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Lo peor es que yo, Edgar, Edgar González, periodista, fui el primero en salir a apoyar a los uniformados de febrero, a festejar que el ejército rindiese honor a su juramento: acabar la corrupción, la charlatanería. La gente apostaba por lo mismo, por el triunfo de los rebeldes; mis vecinos, el taxista, mis compañeros del canal, el adeco, el copeyano. Mi mujer. Para el carnaval de 1992, mi mujer disfrazó a nuestro bebé de soldadito. Y no fuimos los únicos, ¿pueden creer esa vaina? Chacao estaba repleto de pequeños payasitos combatientes. Reíamos, y había papelillos, y bombas, y música, y mi chamo que lo llamábamos “Huguito”. Celebrábamos las caravanas del cambio sin saber que estábamos sacrificando nuestras propias garantías. Nadie nunca reparó en las falacias del líder; nos dejamos apuntar el fusile a expensas del futuro.

Ahora se me entumecen las palabras porque es que los muertos no hablan, no hacen reclamos, no se levantan del suelo. No alertan a los vivos. Ojalá y los muertos pudiésemos confesar aquello que presenciamos antes de cerrar los ojos. Ojalá, ojalá.

Ojalá y los muertos pudiésemos aconsejar a nuestros chamos ya grandes.

Ojalá y pudiésemos pedirles que se bajen del taxi.

 

Por Gianni Mastrangioli | @MastranGianni 

 

El doloroso nacimiento de la nueva Venezuela

¡Hola! Si eres un lector de menos de 25 años, quiero contarte que vengo de la década de los 80. Nací en 1975, específicamente, y la verdad es que no recuerdo haber pasado ninguna necesidad grave en mi infancia, más allá de que el Niño Jesús nunca me trajera el osito más caro que yo elegía en los folletos de las jugueterías que venían encartados en los periódicos del domingo, sino un peluche más tapa amarilla. Uno de mis recuerdos más nítidos de esa época es que, en el camino a mi colegio de primaria en San José del Ávila (Caracas), alguien escribió en un muro un grafiti en modo Caps Lock: ¡VIVA 1986!

Me cuesta imaginar a alguien pintando hoy en Venezuela un ¡VIVA 2019!, la verdad.

Lo más parecido a una polarización que vi en mi niñez fue la guerra de las Malvinas: recuerdo que una mañana de 1982, en un descampado en el que se nos torturaba a los gorditos que no podíamos hacer la vuelta canela durante las clases de Educación Física, formé parte de una batalla campal entre argentinos y británicos. Me pregunto si, en un rincón de Buenos Aires, hoy hay compañeritos de salón jugando a la invasión estadounidense de Venezuela.

Crecí en un cuadro relativamente feliz de “familia modélica de padres inmigrantes de origen europeo, que le echaron pichón y pudieron comprar apartamento propio”. Incluso llegamos a tener un terreno con una casa en Higuerote, provisto de una piscina que hizo mi papá con sus propias manos, y que luego debimos vender porque era desvalijada sistemáticamente cada semana por los propios barloventeños que contratábamos para cuidarla. En ese contexto, lo más extraño de mi niñez fue que, a pesar de lo anterior, en mi casa se escuchaba regularmente a Alí Primera.

Convengamos: por si no conoces su obra y te has dejado lavar el cerebro a la inversa por el rechazo que hoy genera todo lo relacionado con el chavismo y por la pavosidad congénita de sus hijos Servando y Florentino, Alí Primera fue un cantautor extraordinario –quizás el más polifacético de la historia de la música latinoamericana de protesta– que, entre la rabia y la ternura, paseaba su vozarrón con soltura por casi todos los géneros populares venezolanos. Te podías aprender sus discos de pe a pa como las canciones de la misa y sus cassettes eran la banda sonora de nuestro viaje de dos horas de los sábados a Higuerote.

Eso sí: en lo ideológico, Alí era un ñángara de mensajes abiertamente insurreccionales. No dejo de sentir escalofríos al pensar que versos como los de Canción bolivariana, que yo escuchaba mientras hacía bolitas de vainilla con la crema de las galletas Oreo en asiento trasero del Fiat de mi papá, eran los mismos que en ese instante inspiraban en los cuarteles a Hugo Chávez con su contradictorio caldo de nacionalismo decimonónico y marxismo trasnochado: “La burguesía es hija de la Colonia y viceversa; la opresión está reunida en masa bajo un solo estandarte; si la lucha por la libertad se dispersa no habrá victoria en el combate”.

Sí, “combate” se refería explícitamente a oposición armada a gobernantes democráticamente elegidos, contra los que una logia semi religiosa se alzó en armas en dos madrugadas de febrero y noviembre de 1992, esta última con los únicos bombardeos desde aviones que hasta ahora he presenciado en mi vida. Aunque entonces fui un chamo de 17 años que formaba parte de una franca minoría (los que pensábamos que las medidas de apertura de la economía señalaban hacia el camino indicado y que era mejor que Carlos Andrés Pérez completara su período presidencial), no dejo de pensar que el hecho de que Alí Primera se escuchara libremente en mi sala de estar –sin que nadie me alertara sobre la importancia de separar música y letra– era un síntoma de que algo no andaba bien. Que no se nos había enseñado lo suficiente ni en la casa ni en la escuela a valorar el frágil experimento de civilidad, siempre bajo la sombra del militarismo que comenzó en 1958.

Y sí: si me preguntas, nunca en el chavismo he visto cacerolazos tan estruendosos como los que le dedicaron a CAP.

La síntesis que vendrá

Toda esta interminable introducción es para decirte algo que, si conoces lo que publicamos y has llegado hasta aquí, probablemente ya sabes: que toda pretensión de revivir lo que tuvimos en Venezuela hasta la mamarrachada de juramento en la toma de posesión de 1999 –los símbolos y los formalismos son más importantes de lo que sueles pensar, amante de la acción– no solo es técnicamente imposible, sino poco deseable. Porque, y disculpa que me apoye en la dialéctica marxista de inspiración hegeliana, solo nos queda esperar la síntesis que traerá el choque de tesis y antítesis.

Lo que vendrá después de estas dos décadas de irresponsabilidad histérica –si es que viene algo después, que jamás lo podremos asegurar con total certeza– será forzosamente diferente a los 40 años que tuvimos antes de ellas.

Permíteme citarte la placa del monumento de las Tres Culturas de México DF, mi argumento favorito contra los tirapiedras que idealizan en idioma castellano un presunto edén prehispánico, como los que derribaron la estatua de Cristóbal Colón de Plaza Venezuela el 12 de octubre de 2004: “El 13 de agosto de 1521, heroicamente defendido por Cuauhtémoc, cayó Tlatelolco en poder de Hernán Cortés. No fue triunfo ni derrota. Fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy”.

Disculpa las citas un poco de liceo, pero voy con otro de mis gallos: “La existencia humana ha sido en toda época y momento un juego peligroso, y eso vale para las primeras tribus que se agruparon junto al fuego hace millares de años y para quienes hoy tenemos que cruzar la calle cuando vamos a comprar el periódico”, recuerda Fernando Savater en Ética para Amador, aunque en Venezuela ya no tengamos prácticamente hoy periódico que comprar.

Nuestra naturaleza está marcada por la insatisfacción permanente y el conflicto. Hoy algunos de nosotros aplaudimos que cualquier medio es válido con tal de quitarle al chavismo sus herramientas de destrucción. Quizás dentro de 20 años veremos llegar al parlamento a políticos de izquierda cuya campaña se basará en denunciar que “lo ocurrido en 2019 estuvo viciado en su génesis por la bendición del imperialismo estadounidense”. No lo sabemos, jamás se inventará la máquina del tiempo. El chavismo quizás podrá ser derrotado por completo, no así la insatisfacción que le alimentó.

Cuando fui niño nunca dejé de tener un vaso de leche y un pedazo de pan con mantequilla, pero siempre fui un privilegiado: pásate algún día por los periódicos de 1988, para que veas cómo, durante el Gobierno del adeco Jaime Lusinchi, los controles de la economía y la escasez de productos básicos (menos duros que lo que vivimos hoy día, por supuesto) derivaron en el segundo de los cuatro grandes shocks de la psicología del Estado de Bienestar venezolano: el Viernes Negro de 1983, el Caracazo de 1989, la intentona militar de 1992 y la crisis bancaria de 1994, la que terminó de torcer para mal el destino de una familia: la mía, que hasta entonces podía pagarse unas vacaciones en ferry para Margarita cada par de años, de las que regresábamos no solo con ropa nueva comprada en la zona franca sino con un par de tomos nuevos de mis enciclopedias de zoología.

“Aunque las autoridades reconocen que son justas las demandas de los médicos, cuyo ingreso no alcanza ni para comprar la cesta de alimentos, también alegan que no tienen presupuesto para satisfacer el aumento exigido”. Esa cita, seguro te debes haber dado cuenta, no puede ser de 2019, sino de la huelga de médicos de los hospitales públicos de diciembre de 1996, en la que se inspira parcialmente la película La Hora Cero (2010). Por supuesto, 1996 ya no era el esplendor de la Cuarta República, sino su decadencia. Pero el recordatorio es válido, en medio de la aberración económica de dimensión planetaria de la administración Maduro, para recordarnos que casi nunca la mayoría de la gente ha estado satisfecha con lo que tiene en la cuenta bancaria. Aunque salta a la vista que, al menos en 1996, no teníamos en Miraflores a fanáticos que negaban sistemáticamente la realidad de los problemas ni sus limitaciones para resolverlas.

La Venezuela que vendrá de esta pesadilla, si es que terminamos de salir de ella –o alcanzamos algún punto de equilibrio de normalización de lo horrible–, será forzosamente el parto doloroso de algo que no se parecerá a nada de lo que tuvimos antes. Probablemente nos hará mejores a los que hemos vivido este eclipse de la racionalidad occidental, pero los que vendrán después tendrán que experimentar sus propios aprendizajes. Nos corresponderá dejarles la enseñanza de proteger a esa bebé siempre amenazada de hambre que se llama libertad.

FOTO: Jon Cárdenas

 

Por Alexis Correia |  @alexiscorreia