Jardín Botánico en peligro de extinción

En 1945 comenzaron las gestiones para la creación del que es en la actualidad uno de los dos jardines botánicos –en todo el mundo– en ser declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Fundado por el Doctor Tobías Lasser en 1958, y con 70 hectáreas de extensión, el Jardín Botánico de Caracas (JBC) es considerado el segundo pulmón natural de la capital, además de ser la mayor reserva de flora tropical del país. La institución ha sido referente internacional por preservar alrededor de 2500 especies vegetales, algunas autóctonas y otras provenientes de Centroamérica, Oceanía, África y Asia.

Pero el Jardín Botánico no solo alberga árboles místicos, gruesos cactus y flores llamativas, en sus instalaciones acobija al Herbario Nacional –que posee 450 mil muestras de plantas– y a la Biblioteca Henri Pittier, en cuyos estantes reposan libros del siglo XVIII. Los tres entes están agrupados bajo la figura de Instituto Experimental Jardín Botánico Dr. Tobías Lasser, cuya tutela es de la UCV.

El museo ecológico está ubicado al lado de la entrada universitaria Tamanaco, dirección Plaza Venezuela. Su colina da al norte con las comunidades San Agustín y La Charneca, lo que ha forjado una relación bosquebarrio por décadas que, según autoridades, no ha sido del todo buena. Pero más allá de lo que puedan hacer o no estos vecinos, existen problemas mayores que, si no se atienden a tiempo, serán como aquel gusano que devora al chaguaramo lentamente hasta acabar con él y dejarlo muerto de pie… Hasta dejar un patrimonio marchito.

A un año del 2017: la fase cero

En abril del año pasado al JBC le fue removida la custodia de la Guardia Nacional Bolivariana, presuntamente para cumplir funciones de control público. Al estar el jardín completamente desprotegido fue blanco de masivos robos que ocurrieron de manera sucesiva; hurtaron desde lápices y engrapadoras, hasta computadoras, sillas, lámparas, escritorios, impresoras, scanner, vigas, aires acondicionados, piezas sanitarias, colecciones vegetales, herramientas científicas y de jardinería y hasta vehículos fueron desvalijados.

Acceso bloqueado del auditorio del edificio principal Salón adyacente al auditorio
del edificio principal.

 

Lo más grave del saqueo fue la sustracción y pérdida total del cableado eléctrico, aún no repuesto por falta de presupuesto. La directora del instituto en ese entonces, Ana Herrera, denunció –a través de distintos medios– un ataque sistemático contra el patrimonio natural.

A falta de electricidad en la actualidad, funcionarios de la Guardia del Pueblo –vigilancia restituida en diciembre pasado– se las han ingeniado con un fogón improvisado –un recipiente con gasolina y madera puesto en el suelo con una plancha oxidada encima– para cocinar por las noches, además de armar varios mechuzos para iluminar algunas áreas.

Fogón improvisado utilizado por La Guardia del Pueblo para cocinar.

El auditorio del edificio principal –con aforo de 350 asientos–  no ha sido utilizado desde los hurtos. Los baños no están aptos para el aseo humano y ya no existen las duchas para los jardineros, el orquideario fue desmantelado y la mayoría de los equipos resguardados fuera del JBC no han sido restablecidos por miedo a nuevos robos.

La Guardería Ambiental quedó en ruinas al igual que los galpones de los obreros, en cuyas paredes curtidas se lee dos veces “este galpón ya fue saqueado”, graffiteado con pintura roja.

En 18 años de experiencia profesional en el instituto botánico, Neida Avendaño, curadora principal del Herbario Nacional, declaró nunca haber vivido una situación tan crítica, con un nivel de destrucción tan grande. “Aquí no hay luz, solo se puede hacer el trabajo manual”, expresó. El horario de trabajo de todo el personal pasó de ser el habitual a tener el carácter de ‘emergencia’, ahora se labora solo en las mañanas, obligando a continuar los deberes en casa.

En 2017 se sembró ausencia de funcionarios de seguridad y se cosechó –de manera abundante– saqueos, de los que un año después el Jardín Botánico no se recupera.

Galpón de descanso para obreros y jardineros, saqueado.

Inventario de arbitrariedades  

Algunos habitantes de los barrios La Charneca y San Agustín no han encontrado la mejor manera de compartir la montaña con el Jardín Botánico de Caracas y de coexistir respetando las reglas y normas del área de conservación.

Aunque el director encargado de jardinería, Jean Tillet, no catalogó como mala la relación con estas zonas populares, reconoció que ocurren con frecuencia ciertos tipos de abusos; como la existencia de puertas en la cerca colindante para tomar atajos, o la instalación de pequeños conucos de plantas aromáticas, de aguacate o de sábila, que propician la deforestación de la superficie protegida para sembrar vegetación ajena al jardín.

“Muchísima de la basura como línea blanca desechada y escombros diarios han terminado del lado del Jardín Botánico… El cerro está tachonado de basura de décadas que no se ve porque hay un bosque encima”, confesó Tillet. Al tiempo que también admitió que no hay políticas persistentes con esas comunidades para concienciar sobre la mala práctica.

El sargento mayor en jefe de la Guardia del Pueblo, Yorfran Rodríguez, que custodia el parque agregó que han encontrado personas aseándose dentro de los tanques que se ubican en la colina y que surten con agua al Hospital Universitario.

Una realidad de anarquía que fue ratificada por el director del Instituto JBC, Mauricio Krivoy, que a su vez denunció que en el territorio del patrimonio natural hay una invasión de un par de viviendas, a pocos metros de un cuartel de la Organización Nacional Antidrogas. Lo han informado a las autoridades más de una vez: no han hecho nada.

Invernadero en total abandono.

El presupuesto no alcanza

Gladys Vergel, administradora de la institución, aclaró que el pago del sueldo de los 80 trabajadores del jardín lo hace directamente la OPSU. El Vicerrectorado Administrativo de la UCV les asigna 200 millones de bolívares anuales (40 dólares paralelos) para cubrir costos de mantenimientos, reparaciones de infraestructura, así como cualquier adquisición de nuevas herramientas, lo cual resulta tremendamente irrisorio. “En un día se nos puede ir todo el dinero en la compra de una podadora”, lamentó.

La entrada general al recinto cuesta 500 Bs. (0,0001 dólar paralelo). En efectivo, porque la excesiva burocracia impide la instalación de un punto de venta. El precio no ha sido aumentando, pues la autoridades consideran que aún no tienen un Jardín Botánico a la altura de un mayor costo.

En comparación, el presupuesto del Real Jardín Botánico de Kew, Reino Unido, el único que comparte junto con el de Caracas el título de Patrimonio de la Humanidad, tuvo un presupuesto de 65 millones de euros para el 2016, según una nota del diario ABC. De los cuales el gobierno británico aportó 25 millones, lo restante fue recolectado gracias a donaciones y al millón de turistas que lo visitó ese año.

En cambio, del este lado del mundo: “no hay dinero”. Eso es lo que dicen las autoridades para responder a las problemáticas visibles del Jardín Botánico de Caracas: como el reforzamiento con alambres de púas de la cerca fronteriza con la autopista para evitar robos, o la compra de agroquímicos y pesticidas que combatan los hongos y gusanos que están exterminando la colección de palmeras –que era una de las más grandes de Latinoamérica–.

La Dirección del instituto ha esquivado la extinción del parque al recibir la ayuda de empresas y particulares, que han donado desde guantes y bolsas de basura hasta cisternas para mantener con agua a algunas áreas. “Ya le hemos metidos 200 mil litros de agua donadas a la Laguna Venezuela gracias a la empresa privada”, comunicó Krivoy. Regularmente dos o tres sábados al mes hay voluntariado.

Palmeras taladas que obstaculizan el camino
principal del jardín. Muertas a causa de hongos y gusanos.

Contactos e influencias                   

El 18 de abril una comisión de la Misión Árbol encabezada por su presidente, Henryck Rangel, visitó el JBC, así se anunció a través de la cuenta oficial en twitter @fundamiarbol. Asimismo, el 23 de abril un representante de la OPSU –que se negó a dar declaraciones al no estar autorizado– también inspeccionó el patrimonio. Ambas visitas con el motivo de tomar acciones y solucionar los problemas que azotan como plaga al reservorio natural.

Estas son las dos visitas oficiales gubernamentales en más de un año que ha tenido el JBC, a pesar de que en el 2017 se solicitaran formalmente más de una veintena de veces. Krivoy confesó que ambos encuentros con el Estado se lograron gracias a movimientos realizados por “debajo de cuerdas” y el cobro de deudas acumuladas en los 18 años que estuvo al frente del Centro Médico de Caracas.

Hasta la fecha ninguno de los dos entes ha actuado significativamente en la recuperación del Jardín Botánico.

Guardería Ambiental en
pérdida total.

FUTURO

El jardín botánico ha mejorado notablemente gracias a la presencia de funcionarios de seguridad y actividades de voluntariado. Luego del ‘año cero 2017’ los trabajadores no conciben una situación peor, han salido de un hueco que casi los lleva a renunciar, afirman.

La dirección del instituto planea desarrollar una campaña de recaudación de fondos, una ciclovía, la recuperación de una segunda laguna, la construcción de una nueva Guardería Ambiental, el restablecimiento de la energía eléctrica, la sustitución de las viejas tuberías de agua y alianzas con centros internacionales para continuar con investigación vegetal… pero una cosa queda claro: sin recursos no hay paraíso.

 

 

 

Cajas selladas

Donde muchos ven cajas yo veo una oportunidad que se cierra. Un espacio que muere. Veo el flujo de la vida continuar con paso indiferente ante otra flor que se marchita: una que adornaba y enriquecía la escena cultural caraqueña.

La Librería Lugar Común abrió sus puertas por primera vez hace siete años. Desde entonces, lo que era un espacio más propio de las calles bonaerenses que de una Caracas cada vez más deprimida devino cadena. Hoy día, existen tres sedes más en Caracas (una en Plaza Venezuela y dos en Las Mercedes), además de una en Mérida y otra en Margarita. Pero ninguna –ninguna– tiene el aura de la primogénita: la de Altamira.

La misma que ahora es solo un montón de cajas selladas.

A ver si nos entendemos. En el mismo espacio opaco y desteñido que se muestra en la foto, se realizaron 1.500 eventos gratuitos, talleres y jornadas de discusión. ¿Se entiende? 1.500. Lo que equivale a pasar más de dos tercios del año haciendo mucho más que vender libros. Es decir, había más espacio para el desarrollo intelectual y artístico en ese reducido local que en muchas universidades.

En ese mismo lugar que ahora parece un depósito que exhibe su intimidad ante el mundo, pasaban día tras día centenas de personas que se sentían seducidas por una fachada que invitaba a la opinión reposada en medio de la verborrea caraqueña. En una urbe en la que el tiempo agoniza entre retrasos del Metro y colas infinitas, sentarse a tomar un café y leer un libro era posible en una esquina de Altamira que, de tan concurrida, se convirtió en un Lugar Común.

Como una pequeña Caracas, confluían ahí desde señoras que buscaban –sin mucho éxito– el último hit de Paulo Coelho hasta jóvenes que salivaban con tomos de la poesía de Walt Whitman en inglés original. Lo mismo pasaba un arquitecto a comprar un libro sobre su oficio que valía el equivalente a 25 salarios mínimos, como un bachiller que se sentaba a leer lo último de Punto Cero en el sofá durante toda la tarde: un poco porque disfrutaba estar ahí, otro poco porque ni ahorrando durante todo el año podía comprarlo.

Muchos de esos libros, que en la foto se intuye que rumian su desasosiego dentro de cajas que parecen cárceles, vieron impotentes cómo la librería –pese a sus 20 candados– fue robada dos veces. Y cómo sobrevivió a dos batallas campales: las protestas del 2014 y 2017.

Donde muchos ven cajas cerradas, yo veo el recuerdo de aquél taller de crónica que realicé en el 2014 mientras, afuera, varias barricadas trancaban las vías cercanas. Desde los vidrios que ahora exponen la tristeza, observé hileras de fuego que resguardaban a descamisados manifestantes dispuestos a tirar desde piedras hasta su propia vida a policías y guardias. Con esa imagen en mi retina, subí al segundo piso de la librería –donde estaban las aulas– para adquirir las herramientas que cuatro años después me ayudarían a convertirme en editor en jefe de Revista OJO. Por poner un ejemplo.

Quizá por todo esto, en una entrevista, Garcilaso Pumar –quien fuera el rostro visible de Lugar Común– contó que su esposa le dijo que el cierre de la sede de Altamira es lo más cerca que van a estar de participar en su propio entierro. Como, pienso yo, si un vivo orara frente a su propia tumba.

Tal vez buena parte de los caraqueños que aman los libros se sienten un poco así. No tanto porque se baje de forma definitiva una santamaría, sino porque es otra santamaría que se baja: la ciudad luce cada vez menos amigable para los amigos de la cultura.

La librería fue también ejemplo del aumento de la crisis. Si en época de vacas gordas podía vender centenas de libros durante un día, ahora que no hay vacas y muchos se debaten entre comer o leer (o se debatían: de un tiempo para acá, los libros pueden ser más costosos que la comida) no hubo cómo comprar el local que alquilaba: el que era su hogar. Sin acuerdo con los arrendadores, cerrar era la única opción. Y así, aunque la cadena se mantiene firme, acaba de perder a su eslabón más valioso. Al más icónico.

Por eso, repito, donde muchos ven cajas yo veo una oportunidad que se cierra. Un espacio que muere. Veo el flujo de la vida continuar con paso indiferente ante otra flor que se marchita: una que adornaba y enriquecía la escena cultural caraqueña.

Otra flor que se quema en medio de un incendio rojo como el fuego. Rojo como la Revolución.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

Algunas consideraciones

Quien desee comprender cómo funciona la mente de los tiranos del régimen –desde Nicolás Maduro hasta Jorge Rodríguez, pasando por Diosdado Cabello, Elías Jaua, Tareck El Aissami, Delcy Rodríguez y compañía– debe adentrarse en cualquier barriada popular venezolana famosa por sus altos índices delictivos. Ahí, debe buscar al pran, al capo, al malandro principal y observar su proceder. Debe preguntarle a los vecinos qué significa para ellos vivir cerca de un delincuente de ese nivel. Debe oler el miedo, la falta de futuro, la podredumbre: percibir esa sensación de supervivencia que se impone en un ambiente en el que, para algunos, todo se resume a matar o morir. Quien no sabe lo qué es vivir entre malandros, quien nunca se fue a dormir con el arrullo de las balas, difícilmente pueda comprender –comprender de verdad– la forma de proceder del régimen.

El caso del diputado Juan Requesens es uno más en una lista más pesada que un luchador de sumo. Las vejaciones, asesinatos, sobornos, chantajes y robos del régimen son rumores que todos conocemos, aunque no siempre se hayan probado. Y son, sobre todo, la forma de vida de quien –a falta del carisma seductor de Hugo Chávez y ante un rechazo más que evidente por parte del 80% del país– sabe que solo puede imponerse desde del miedo. Porque malandro que perdona a su enemigo no dura más de una semana en el barrio.

Me da la sensación de que para la mayoría de los políticos opositores comprender esto ha sido difícil. No es para menos: en su experiencia de vida no se encontraba conseguir casquillos de balas frente a las puertas de sus casas. Y las ideologías y la universidad son importantes, pero no enseñan lo que enseña la calle. Esa en la que muchos, lamentablemente, asumen que o jodes al otro o te jodes tú.

Y en ese plan anda el régimen dictatorial que tiene secuestrada a Venezuela.

El rechazo de la comunidad internacional, del pueblo, la falta de recursos económicos y la larga lista de delitos, son una combinación demasiado pesada para estos delincuentes que todavía usan la palabra revolución. Es una combinación tan pesada, que saben que si caen van presos o mueren. Y que para no caer no pueden hacer sino lo único que mejor se les da: llevarse por delante a cualquiera que aparezca en su camino. Disparar primero y preguntar… nunca. Aplastar a cualquier gallito alzado o anular al enemigo. Todo a cualquier precio.

Cuando los ciudadanos pedimos justicia, pedimos que se hagan valer nuestros derechos, cuando exigimos respeto, ¿a quiénes nos dirigimos? ¿A la comunidad internacional o al régimen? Porque la comunidad internacional puede ejercer presión y seguirá haciéndolo. Pero el régimen, bueno, mientras más incómodo esté más violento se pondrá: mientras más le lloren en la puerta de su casa, más balas va a repartir. Porque al malandro nada le molesta más que la lloradera ajena.

Son malandros. Son capaces de hacer lo que le están haciendo a Juan Requesens y muchas otras cosas más de las que aún no nos hemos enterado. Son capaces de matar a cualquiera. Son capaces de hacer lo que jamás podríamos imaginarnos. Y, de ser necesario, lo van a hacer. Pero lo importante, del lado nuestro, es no perder el foco: malandro es fuerte y se impone, pero está fuera de la ley. Venezuela no tiene presidente: está secuestrado. Juan Requesens no fue detenido: está secuestrado. Y todo lo que ocurre en medio de un marco tan tiránico solo puede ser ilegal: malandro vestido de policía sigue siendo malandro. Solo debemos tener presente que son capaces de lo peor. Y entender a qué nos enfrentamos.

 

Por Mark Rhodes

#DomingosDeFicción: Las almohadas

En su relación, que ya tenía varios años, ellos duraban largos espacios de tiempo sin verse. El trabajo de J lo llevaba a viajar constantemente y, en muchos casos, a permanecer en un sitio alejado por varias semanas. Al inicio, él y C hacían sus viajes en pareja, pero con el tiempo, eso fue cambiando. Compraron una casa, un carro y se asentaron como familia, y eso llevó a que C quisiera quedarse en casa, en lugar de estar recorriendo el mundo cada mes o cada dos meses. J sopesó la posibilidad de cambiar de trabajo, pero le gustaba mucho lo que hacía, recibía un gran sueldo y C se había terminado por acostumbrar a ese estilo de vida. De hecho, ambos decían que así mantenían la mejor de la relaciones, siempre apasionante, casi sin discusiones, llena de un cariño fortalecido por el tiempo de distancia. También habían aprendido a ser románticos cuando no estaban juntos. Se hacían video llamadas, en las cuales salían a pasear o a comer, se tentaban enviando fotos sensuales, se prometían cosas qué hacer cuando se volviesen a ver y, cuando los viajes eran muy largos, se enviaban algunos obsequios que les hicieran recordar al otro (como la tira de un sostén perfumado o una corbata recién utilizada). Y para las horas de sueño, en las que no se hablaban, cada uno usaba una almohada que se iluminaba cuando el otro se acostaba. Cuando J se dormía, y posaba su cabeza en su almohada, entonces la de C brillaba de un amarillo muy tenue, indicándole que su pareja estaba durmiendo. Así, ambos podían acostarse y pensar que yacían juntos, como si a través de ese cojín pudiesen sentir sus mejillas, una contra otra. En más de una ocasión, J y C besaban sus almohadas, como esperando a que su gesto se desplazara a través de la luz y llegara a su pareja (incluso hubo un momento en que ambos, sin saberlo, besaron a la almohada al mismo tiempo, lo que les produjo una inexplicable sensación eléctrica en los labios).

Al principio, la luz había sido un obstáculo para conciliar el sueño, sobre todo porque a veces esta se encendía a mitad de la noche, debido a las diferencias horarias. Pero ambos habían terminado por acostumbrarse y encontrar tranquilidad en ese brillo, que los llevaba a hundirse en él y a abrazar la almohada.

Una noche, durante un viaje de J a Buenos Aires, ciudad a la cual ya había ido casi una decena de veces, C le hizo una video llamada y le sorprendió encontrarlo a medio vestir. “Sí, estoy recién llegando”, le dijo él. “¿A esta hora?, ¿no es algo tarde?”, le preguntó ella. “Un poco, pero no tanto, recuerda la diferencia horaria. Además, fue por algo del trabajo, así que no podía negarme”. Después de eso, se despidieron y a los pocos minutos, la almohada en la cama de C se iluminó.

Cuando despertó, vio que esta aún brillaba, lo cual le parecía extraño porque usualmente J se levantaba primero que ella, más porque Argentina tenía una hora de adelanto. Aún así, no le prestó demasiada atención. Fue al baño, se cepilló, se vistió, se preparó el desayuno y tras reposar, salió a trotar y a comprar algunas cosas que le hacían falta. Al regresar, cuando ya pasaban de las once de la mañana, dejó las bolsas en la cocina y entró en su habitación, en donde la almohada seguía brillando. Sacó la cuenta: en Buenos Aires ya debía ser el mediodía, y, según veía, J seguía acostado. Por más inquieta que estaba, prefirió no dejarse alterar demasiado. Se dio una breve ducha, durante la cual trató de pensar en otra cosa. Pero al salir, una vez más, se encontró con la pálida luz amarilla de la almohada.

Intentó realizar una video llamada desde su celular y luego desde su laptop, pero no tuvo respuestas. También llamó al hotel en el que se quedaba J, donde le dijeron que ya le comunicarían con la habitación, pero el teléfono sonó sin que nadie atendiera. Llamó tres veces siempre con el mismo resultado. Pensó que quizá la almohada se había descompuesto, así que la reinició. Dentro del cojín parpadeó tres veces una luz roja, indicando que se estaba apagando, y luego otros tres parpadeos blancos al encenderse. Pero tras eso, volvió a aparecer la luz amarilla. Por la mente de C pasaron escenas terribles: J muerto, ahogado o infartado, sobre la almohada, o asesinado, y la sangre corriendo por las sábanas blancas…

Su estado de angustia se extendió hasta casi una hora más, momento en el cual recibió una llamada de J. Ella le gritó, le preguntó qué le pasaba y dejó escapar algunos insultos. Él le respondió que lo lamentaba mucho, que había estado dormido todo el rato y que quizá hubiese sido por algo que comió. Luego se volvió a disculpar, haciendo bromas leves y asegurando que no volvería a pasar, lo cual fue suficiente para C, quien para el final de la llamada ya reía y bromeaba con J. Pero aún así, esa noche volvió a pasar lo mismo: el cojín se encendió a las nueve de la noche y se mantuvo brillando hasta entrada la mañana del día siguiente. Pero C no volvió a preguntar por no querer sonar paranoica, aun cuando lo cierto fue que con los días, tras casi una semana en la que se repetía la misma situación, ella terminó por acostumbrarse, aunque con cierto recelo. Lo último que dijo al respecto fue: “Bueno, con todo lo que duermes, quizá te despidan”. J ignoró el comentario y habló de otra cosa, pero C lo cortó preguntándole cuánto faltaba para que volviera. J hizo una mueca de extrañamiento, porque ella casi nunca hacía esa pregunta, al menos no de aquella forma, como una demanda o una súplica. “Aún falta un poco, sabes cómo es esto”, respondió él.

Un par de días después de esa conversación, la almohada de C, en medio de la noche, se apagó y no volvió a brillar sino hasta cuatro días después –durante los cuales J no atendió ninguna llamada–, cuando parpadeó tres veces una luz roja en su interior, indicando que la otra, la almohada gemela, había sido apagada.

C intentó contactar a J por diferentes vías, pero ninguna la llevaban a nada. Buscó en Google razones por las cuales una almohada de esas podría ser desactivada y todos los comentarios apuntaban a un rompimiento de relaciones, a “parejas que antes se querían y querían dormir juntas, pero ya no”. También leyó algo, una broma, que la hizo sentir como una idiota, pero también como si hubiese caído en un pozo oscuro. Leyó: “Si yo tuviese esa almohada, colocaría un ladrillo sobre ella y saldría toda la noche”. Ese comentario hizo que varios escribieran “jajaja” como respuesta, pero para C, aquello era una posible explicación al brillo sostenido de los días anteriores. También se preguntó si aquella vez en la que había llamado a J y lo había encontrado a medio vestir, en realidad él se preparaba para salir a algún sitio.

Los días de C se sucedieron grises, y turbios, como si la hubiesen sumergido en el fondo del mar, donde no podía ver nada y sus pulmones se comprimían por la presión. También lloró con frecuencia contra la almohada, a la cual lanzaba golpes, y por el teléfono, cuando llamaba a sus amigos para pedir ayuda. Ellos la visitaron en varias ocasiones y la abrazaron con fuerza, pero con el tiempo, dejaron de ir y de prestarle tanta atención, porque aunque lamentaban todo lo que había pasado y querían ayudarla, todavía tenían sus propias vidas de las cuales ocuparse. Así que, progresivamente, C fue quedándose sola.

De todo aquello, lo que más le dolía era no haber tenido una explicación: J había desaparecido sin decirle nada y, aún después de casi mes y medio, no le atendía las llamadas. C evaluaba toda su relación y sus últimos días, buscando alguna señal de despedida o alguna explicación, pero no lograba encontrar nada: él se fue a Argentina, como había hecho tantas veces antes, y, de un día a otro, se desvaneció de su vida.

 

Al cabo de un poco más de cuatro meses, C, todavía dolida y con un espacio vacío entre su estómago y la columna, se decidió por aceptar lo que había pasado y con eso, la casa empezó a dejarle de parecer tan grande. También retomó la rutina de salir a trotar por las mañanas y de comer con sus amigos, siempre tratando de evitar a J en sus conversaciones. Sin embargo, ocasionalmente, casi siempre por las noches, cuando estaba sola, volvía a sentirse bajo una presión oceánicamente triste.

Durante una de esas noches, su almohada brilló tres veces en blanco contra su mejilla. Se incorporó y se quedó viéndola por largo rato: esta iluminaba la habitación de un amarillo opaco. C, cubriéndose el cuerpo con las sábanas, la veía como si se tratara de una fiera que amenazara con sacarle el estómago. Casi de inmediato, el teléfono empezó a sonar. Ella dejó que repicara una docena de veces antes de levantar el auricular. Al otro lado de la línea, escuchó llorar a J. Él le dijo que lo lamentaba y que se arrepentía por haberla dejado, que no debería haberlo hecho y que ahora se sentía terriblemente mal. C lo dejó hablar sin decir nada, se llevó el auricular al oído y se acostó en la almohada. “Sé que estás ahí”, le dijo J cuando ella posó su cabeza contra el cojín. “Por favor responde”. Pero C no abrió la boca. Por el contrario, con un camino húmedo que bajaba por sus mejillas, colgó la llamada sin dejar que él terminara de hablar. También apagó su almohada y desconectó el teléfono. Aunque no concilió el sueño en toda la noche, sintió que dentro de poco podría hacerlo, porque algo dentro de ella se había recompuesto y ya se había hecho a la idea de dormir con todas las luces apagadas.

 

Por Jacobo Villalobos | @JacoboV95

*Este cuento pertenece al segundo libro de Jacobo Villalobos: Intrusos.

La fama esquiva del valiente Strippoli

En el estudio de televisión confluyen varias cascadas de luces azules. El sonido de los aplausos del público se desvanece y de inmediato solo se escucha la música. La cámara hace un plano general que muestra a Francisco Strippoli: está postrado en el centro del escenario, en una plataforma circular con un par de escaleras cortas al fondo. Visto así –vestido de traje gris satinado, corbata morada, zapatos pulidos, peinado con esmero– no parece cansado, aunque lo está. Agacha la cabeza, la vuelve al frente; tiene la mirada fija, el ceño fruncido. Toma aire y en el momento preciso suelta su voz redonda.

Ya no quiero hablar, ya se dijo todo…

Francisco tenía el pálpito –más bien la convicción– de que no ganaría este concurso. Así que como un guiño escogió Va todo al ganador, un tema de Benny Andersson, para esta gala –la última, la decisiva– de la segunda temporada de Yo sí canto, que transmite Venevisión todos los sábados y comenzó en julio de 2011. Era el tercer reality show en el que se atrevía a concursar para “pegar”, acaso para encontrar la fama.

Duele aún mover, cosas del ayer

No debí soñar un amor tan puro

Qué inocente fue, ir de buena fe

Interpreta esas primeras frases con sutileza. Con cuidado. Hace apenas horas esta presentación era incierta para él, porque estaba en peligro de eliminación. Hace un rato tuvo que enfrentarse a otros dos participantes también amenazados. Solo uno de los tres tendría el pase a la final, pero después que cantaron el jurado decidió darles la oportunidad a todos. En total son cinco los que se disputan el trofeo. La grabación se extiende hasta las 4:00 de la madrugada y por eso Francisco está agotado. Por eso y por la presión: a lo largo de los nueve meses del concurso estuvo en riesgo de salir seis veces. Pero esta vez la angustia era mayor: no llegar al final significaba más que una derrota.

Va todo al ganador, a quien jugó mejor
Me toca a mí perder, qué le voy a hacer

Le da la espalda a la cámara. Camina con determinación hacia el centro del círculo y se detiene bajo los reflectores azules. Francisco convierte su voz en un río torrencial que inunda el estudio 1 de Venevisión. Escala de los graves a los agudos sin lesionar su afinación. Juega con el ritmo. Dosifica el vibrato. Nada de frases terminadas bruscamente: les agrega adornos, las estira, las matiza.

 

Los dioses por placer, eligen sin querer

Los dados al rodar, marcan nuestro azar

 

Arquea el tronco hacia atrás, cierra los ojos, camina por el escenario. Si parece que se desgarra físicamente es porque se lo juega todo en cada nota. Mira a la cámara. Mira al jurado –Manolo de Freitas, Hugo Carregal, Mirla Castellanos–. En el momento cumbre de la canción empuña las manos y suelta un grito potente sostenido por cuatro segundos:

 

Va todo al ganadoooor

Calla.

Y vuelve a tomar aire. Y en una agudísima nota, en falsete, remata. Y vuelve a la sutileza inicial. Y termina arrodillado, en el piso que no tiene garantía de volver a pisar.

Marcelina Infante también sabía que Francisco no iba a ganar. No, no porque creyera que cantara mal, sino porque, dice casi como un secreto, desde el principio la producción no había disimulado su preferencia por Henrys Silva, un moreno de la estatura promedio de un basquetbolista, de voz robusta, proveniente del oriente del país, que también está entre los finalistas.

Marcelina vio la final comiéndose las uñas. Tenía su favorito –el mismo de la producción–, pero ese día sufría porque los vio llorar a todos. A Henrys y a Gabriela Puche –una maracucha, también finalista– les había dado posada en su casa para que no pagaran hoteles en Caracas durante los meses del concurso.

No solo lo hizo con ellos, sino con otros cuatro a quienes fueron eliminando en el proceso. Cuando salían, se ponía triste. Porque para ella todos son talentosos. Marcelina –delgadísima, tez clara, de hablar pausado, cabello por debajo de los hombros, rostro afable– trabaja como productora y mánager de prensa de varios músicos. Por eso maneja algunos contactos. Antes se dedicaba al teatro, pero la música la enganchó. La música y los concursos de canto. Sabe quién ganó en cada uno de los realities, quién quedó de finalista, a quién sacaron de la competencia y en qué momento, a quién rebotaron en el casting, qué cantó cada quién en cada presentación. No los ha contado, pero tiene referencias de los once certámenes de canto televisado que se han transmitido en el país, por señal abierta, desde 2002 hasta 2012. Fueron cuatro por Venevisión, cuatro por el desaparecido Radio Caracas Televisión y siete por Televen. También evoca a Cuánto vale el show, aquel programa de competencia de voz que se mantuvo en la pantalla venezolana por 20 años, hasta 2001. Marcelina no se pierde tampoco los concursos internacionales: The voice, The X factor, American Idol, Latin American Idol, el festival de Eurovisión. Por eso compara y le altera el ánimo que para los egresados de las competencias nacionales, a su juicio talentosos por demás, el reconocimiento masivo se les termine convirtiendo casi en una utopía.

Su fascinación por estos certámenes comenzó en 2005, cuando conoció a Josué García, quien acababa de ganar la séptima y última temporada de Camino a la fama (Televen, 2005). Ya él había recibido muchos portazos en la cara: había entendido que el curriculum –estudios de canto, un primer lugar en un concurso televisado– no era suficiente.

—Ayúdame a entrar en los medios, Marcelina, yo quiero que la gente conozca mi música— le pidió.

—Vamos a intentarlo.

No lo dudó porque su voz le resultó una caricia. Entonces se convirtió en un hada madrina. Lo empujaba a ir a cuánto casting había, y antes de cada audición le decía que sí podía. Fue así que Marcelina comenzó a ser esa columna de apoyo también para muchos otros que, además de empeñarse en vivir de la música, se desvelan por la fama. Un grammy, alfombras rojas, multitudes que griten sus canciones a todo pulmón, fotos en las primeras planas de la prensa, entrevistas a periodistas. Esos sueños. Porque insisten en que  tienen –les sobra– talento. Le quieren gritar al mundo, con sus voces melodiosas, que ellos existen. ¿Es el deseo de nunca morir, de trascender, de permanecer? Lo intentan, una y otra vez y otra vez y otra vez.

En 2008 Josué quedó entre los 20 venezolanos seleccionados para el casting de Latin American Idol en Argentina. En el aeropuerto de Maiquetía, antes de que partieran, Marcelina les dio una palmada en el hombro a todos. Y cuando volvieron, sin éxito, les dio otra. Desde entonces algunos comenzaron a llamarla “tía”. Así se fue conformando el cardumen en busca de fama que ella alienta, y que va de concurso en concurso tratando de “pegar”. Se consiguen en las colas de las audiciones y allí cuentan con el abrazo de Marcelina. Si alguno no queda, ella lo consuela. Si alguno clasifica, ella le presta su casa. Si alguno tiene una presentación, allí está Marcelina, gritando frenéticamente en el público.

Marcelina conoció a Francisco en 2009. Se lo encontró en el reality En busca del cantante plus, patrocinado por Venevisión Plus. Ella apoyaba a Rychard Núñez, quien había concursado en Fama, sudor y lágrimas –RCTV, 2005–, estuvo entre los que fue a Argentina a la audición en 2008; y ahora, como Francisco, estaba entre los cinco finalistas. El premio era llamativo: representar a Venezuela en un concurso en Miami, hospedado en una mansión con todos los gastos pagos y 500 dólares semanales. Francisco ganó. De allí Marcelina tiene referencia de su recorrido. Por eso también lo aplaude.

 —Yo sé todo lo que ha luchado ese muchacho, siempre con su mamá para arriba y para abajo –dice.

—Ya todos sabíamos que él iba a ganar –interrumpe Rychard–. Pero así funciona esto. Aunque, claro, Francisco canta genial.

—No siempre se sabe –lo corrige Marcelina– a veces uno no tiene idea. Fíjate que en la primera edición de Yo sí canto [Venevisión, 2010], donde también participó Josué García, no se sabía que Rassel, una morena espigada que venía de quedar de segundo lugar en la tercera edición de Fama, sudor y lágrimas [RCTV, 2007], iba a ganar.

—En todo caso, Francisco se ha sabido mover, lo que pasa es que el mercado es muy difícil –responde Rychard.

El mercado es muy difícil. El mercado es muy difícil.

En 2005, cuando aún era un estudiante de bachillerato, Francisco participó en un concurso menor, también en Venevisión, cuyo nombre prefiere no recordar. Esa vez el jurado casi lo insultó cuando terminó una de sus presentaciones y lo eliminó. A eso le siguió una depresión. Fue cuando lo vio así que Mary Jane, su madre, entendió que la música era importante para él. Y lo alentó a que siguiera cantando. Años más tarde, cuando ingresó a la Universidad Central de Venezuela a estudiar la licenciatura en Artes, Francisco se inscribió en la competencia de canto que organiza esa casa de estudios, y ganó. Pero, lo sabía, ese era un concurso sin mayor trascendencia.

Quería medirse en tarimas más profesionales.

Es 2009.

La idea de ser famoso le guiña el ojo a Francisco. Por eso se ha venido preparando. Estudió canto en la academia de Mayré Martínez, la venezolana que ganó el primer Latin American Idol. Tomó clases de teatro con Romano Rodríguez, hermano de la actriz Rudy Rodríguez. Ahí está su madre Mary Jane, haciendo de mánager: lo acompaña a los castings, a sus conciertos, le consigue contactos, presentaciones. Se enteró de que estaban buscando un representante de Venezuela para un concurso internacional en Miami: la idea era seleccionar, entre varios latinoamericanos, a un cantante para una agrupación que se conformaría ex menudos, la banda que se hizo famosísima en la década de los 80 y 90. Pero a Francisco, no sabe por qué, no le llamó la atención de inmediato. Ella insistió, porque está convencida de que su hijo puede ser una estrella.

 —Hay un concurso de Venevisión Plus en el que están buscando un cantante para un nuevo grupo de Menudo.

 —Mamá, no; a mí no me gusta Menudo, yo ni siquiera me sé las canciones de ellos.

 —Anda, no tienes que cantar nada de ellos, puedes ir con cualquier tema.

Francisco, por esos días, estaba ensayando para la que sería su última presentación como voz ucevista, pero ante la insistencia de su madre prefirió irse a Miami a probar suerte. Francisco no habla como canta. Su voz, cuando conversa, no resulta melodiosa y es ligeramente nasal. Se atropella, descuida la articulación de las palabras. Cuando se emociona, aumenta el volumen y entrecierra sus ojos achinados con la mirada perdida. En persona es una contradicción del artista que se monta en una tarima: no tiene la actitud de la fiera que sale a matar a su presa, sino la de un cordero que quiere pasar desapercibido. No viste las pintas estrafalarias, sino que se presenta con jeans roídos, zapatos Converse y chemise. Y luce retraído.

 Quizá por eso comentan que es tímido. O creído, echón. Arrogante. Así llega a la audición de Batalla de las Américas, el concurso de Venevisión Plus: si gana, viaja a Miami. No conversa con los demás aspirantes. Y queda. Pasa uno, dos, tres filtros ante el jurado que integran los cantantes de la banda Guaco. Llega a los cinco finalistas. Y gana.

Ante el reto de representar al país en el exterior, Mayré Martínez, quien le había dado clases en su academia, y el cantante y actor Jhon Paul Ospina, le brindan asesoramiento vocal y escénico. Porque hay que ir bien preparado, le insisten. Cuando se monta en el avión su mente está en blanco: nada de expectativas, de alegría desbordante. Tal vez un poco de ansiedad o miedo ante el desafío. La emoción le llega en Miami. Porque por primera vez se encuentra a sí mismo con la vida de famoso que ya tenía entre ceja y ceja: está en la comodidad de una mansión y comparte criterios musicales con 20 compañeros provenientes de distintos países de Latinoamérica. Puede broncearse en las playas de Miami, pasear por los centros comerciales y gastar los 500 dólares que le pagan. Se siente importante cuando, en televisión (Mega TV y Venevisión Plus), sale acompañado por las bailarinas de Pitbull. Tiene todo el día detrás a un equipo que le dice qué ropa le queda bien, qué canción le favorece.

¿Cómo, entonces, no estar seguro de que puede ser famoso?

—¡Tú estás súper preparado! –le dice su profesora de canto.

“Este mundo es maravilloso y quiero estar aquí siempre”, piensa. A tres meses de su llegada, en la semifinal, en Puerto Rico, a Francisco lo eliminan junto a otros cinco compañeros. Aunque se le acababa la vida de príncipe en un castillo, no deja de reír. No le importa si, como le comentan en chismes de pasillos, le hicieron trampa. O si fue que la producción se gastó el presupuesto antes de tiempo y se vieron obligados a sacar a tantos a la vez, como también escuchó. En el fondo hasta se alegra de su salida porque, supone, al llegar a Caracas tendrá abiertas las puertas de la fama de par en par. Se imagina firmando autógrafos y sonríe. “En este momento, mi carrera va a despegar”, piensa otra vez. Pero lo que encuentra es el silencio del anonimato. Que acaso es como un golpe al caerse desde muy alto.

Entonces se dispone a continuar a la caza de la fama.

 —Yo soy Francisco Strippoli.

—Francisco Strippoli… Strippoli… Strippoli… ¿Por qué tu nombre me suena?… ¿tú has estado haciendo algo en el medio artístico? –le pregunta Manolo de Freitas, miembro del jurado de la segunda edición del concurso Yo sí canto, de Venevisión (2010).

Francisco despliega una sonrisa nerviosa en la que deja ver su dentadura derecha. Sabe que no solo lo recuerda del concurso Batallas de las Américas. Cuando llegó de Miami invirtió el dinero ahorrado en la producción de un tema para lanzarlo en las redes sociales y darse a conocer. Grabó la canción Amar de Nuevo, del compositor Fernando Domínguez, quien además hizo la producción de la canción. Francisco no quedó satisfecho con el resultado; pero Domínguez pensó que sí podía sacarle provecho. Se enteró de que en Venevisión estaban haciendo un casting para la banda sonora de una de las parejas amorosas de la novela La viuda joven, que estaban por estrenar. Y envió el material. Luego los llamaron a una audición: el escritor del dramático, Martin Hans, repitió con los actores varias veces la misma escena con diferentes canciones. Y se quedó con la de Francisco.

—Hace dos años participé en un concurso internacional de Venevisión Plus. Y actualmente tengo una canción en la telenovela de Venevisión –le responde a de Freitas.

—¿Y qué buscas en Yo sí canto? –le dice con desgano De Freitas.

—Mi mánager, que es mi mamá, y yo, hemos tocado muchas puertas. No todas se han abierto, pese a tener un tema en la novela.

Lo había intentado, sin éxito, por ejemplo, en Sábado Sensacional, y nada. Para él, la búsqueda de la fama era ahora como tratar de encontrar un trébol de cuatro hojas –esa florecita verde conocida como señal de suerte–, en medio de la maleza. ¿Acaso alguien sabía que la canción de la novela era suya?

—Cantas muy bien, pero… a ver… hay muchachos que no han dado pasos que tú sí…

—No es tener ventaja. Creo que mi experiencia previa solo es preparación –le replica.

Entonces da su demostración en escasos 10 segundos. Tenía las condiciones, no podían decirle que no. Y queda. Por la experiencia de Miami, Francisco está confiado. “Esto es pan comido”, piensa. Pero en la primera gala de Yo sí canto, después de una presentación en la que trastabilló, lo amenazan. Y comienza a sentir una presión que lo acompaña durante todo el concurso. La agenda copada: todos los días, ensayos en el canal desde las 8:00 de la mañana hasta cualquier hora de la noche. Las grabaciones inician en la mañana y terminan de madrugada. Encuentra malicia, riñas entre grupos, favoritismo descarado. Entiende que ya no es la vida de fama en Miami. En las noches de insomnio piensa: “Después de mi experiencia afuera, y con la canción en la novela, ¿me van a sacar? Yo sé que no voy a ganar, pero me tengo que meter en la final”. Así que decide ser calculador: evalúa la actitud de los otros competidores, lo que le interesa a la producción, al jurado. Y saca sus cartas con astucia. Si el jurado le dice que no adorne los finales de las frases, le hace caso aunque no esté de acuerdo. Si a un concursante le va bien con una canción de José José, busca para él una parecida, pese a que no le guste. Un productor, que conoce su trayecto e imagina cómo se siente, siempre lo ve callado, retraído, pensativo. A veces se le acerca, le da una palmada y le dice: “El valiente Strippoli… pa’lante”. Así siempre le repite. “Porque nadie se va a meter en un concurso como este teniendo un tema en una novela y después de un concurso afuera. Hay que tener bolas”, le insiste.

 Al cantar en la gala final, el jurado le reconoce su perseverancia y aplauden su talento. Igual no le dan la nota máxima.

Y llegó el momento de los resultados.

—…Y el cuarto lugar es para… Francisco Strippoli…  –anuncia el animador.

Francisco pasa al centro. Recibe la placa. Sí, siente que lo estafaron. Cuestiona el resultado. Piensa una pregunta retórica: “¿Era para un cuarto lugar?”. Quizá nunca se está del todo preparado para la derrota. Pero ya sabe que es parte del show. No se aflige. No tiene el semblante de un perdedor. Hasta se ríe. Cree que fue cuestión del destino. Entonces piensa en la calle, en los portazos y sabe que ganar un concurso no es garantía de fama. Sabe que salir en televisión es lo de menos porque no hay disqueras en el país que vean a estos muchachos como un producto. Y no todos cuentan con la suerte de, por ejemplo, Hany Kauam, egresado de Fama, sudor y lágrimas (RCTV, 2006), a quien un productor contrató e invirtió en su carrera hasta posicionarlo. El talento se le queda corto a Francisco, porque tiene para vivir pero no para invertir en la grabación de un tema, en conciertos, sesiones de fotos, en giras de medios. Hay que pagar payola para sonar en la radio y si tuviera los recursos no lo dudaría. Porque no es suficiente posarse bajo las luces, cantar con un gañote afinado para que alguien le pida una foto, un autógrafo.

 

Por Erick Lezama Aranguren | @ericklezama1

*Esta crónica fue publicado en el libro Desvelos y Devociones (Cigarrera Bigott, 2015), editado por Albor Rodríguez y Alfredo Meza.

RESEÑA – Mad Men

La publicidad es considerada, por algunos, como una profesión engañosa. La contemplan como una venta descarada de productos, que puede llegar a arruinar al consumidor, pero… ¿qué si lo es? Es decir, más allá de un sistema, la publicidad se concentra en algo mucho más complejo: la persuasión y la identificación, busca emular emociones para lograr vender, para calar en el imaginario y en las vivencias de la gente.

Mad Men es una serie que apareció en 2007. Reconocida una y otra vez por las academias, es considerada como una de las mejores de la historia, pero… ¿está sobrevalorada?

Comprender la serie depende de tres pilares fundamentales: la profesión, los personajes y el entorno. En primer lugar, aquí la publicidad es tratada como una ciencia, como un ensayo y error para explicar cómo darle importancia a un producto.

Un ejecutivo de ventas siempre se considera una especie de vendedor evangélico que va de puerta en puerta ofreciendo lo mejor de la compañía y persuadiendo a los posibles clientes, pero en Mad Men el enfoque está puesto sobre las relaciones públicas, con el manejo de intereses.

Los redactores son aquellos que sostienen el sistema: crean las ideas, estrategia y fundamentan todas las propuestas. Le dan una voz a la marca, pero se enfrentan con la dura realidad del capricho de quienes lo contratan, quienes creen saber cómo hacer el trabajo de la agencia. Así, los redactores realizan innumerables propuestas, todo para llegar a un simple bosquejo: a una presentación y a un producto tangible.

Mad Men nos muestra, con creatividad y desde un enfoque innovador, todo este proceso.

Personajes de carne y hueso

La verosimilitud de una historia reside en cómo el autor refleja las emociones y comportamientos de sus personajes, en dotarlos de una voz propia cuando están en pantalla o en un párrafo de un libro. Aquí, cada personaje tiene un objetivo, pero sobre todo un trayecto, una historia propia que choca con los hechos de la época.

Don Dreaper es un creativo que ha llegado bastante lejos en el mundo de las publicidades, crea de un instante a otro una realidad simulada: sabe persuadir a los clientes y a todo aquel quien lo escucha. Sin embargo, huye de quién es realmente, de un marco preestablecido en el sueño americano. Lo tiene todo, pero nunca es suficiente. La ansiedad lo carcome como si fuera un trastorno que lo empuja a retar al sistema, a no quedar aferrado a ninguna posición; pero también se debate entre su ambición y la percepción de intentar aprender a ser más humano, a ser padre y a convivir con su entorno.

Peggy Olson es una secretaria que llega bastante lejos. Su ambición nubla su juicio pero sirve como principal catalizador de sus razones de lucha. El reflejo de sus iguales en una oficina le deja claro qué no quiere para su vida. Contrasta con Dreaper, aunque también arriesga su humanidad.

Olson sacrifica su vida personal para construir eslóganes, para ganar una posición y sobre todo para no darse por vencida ante el sistema. Siente la presión de un mundo corrupto pero depende del mismo, se aprovecha de formar parte del rompecabezas tras entender cómo funciona.

Joanne Harris es la mujer que comanda el equipo de secretarias, quien conoce cómo funciona la oficina y el negocio pero no se involucra, sólo se mantiene al margen. Ella y Peggy representan la ficha disonante del show, personajes que nadan en contra de la corriente y que intentan buscar su propio camino en medio de una sociedad que pretende limitarlas a contestar el teléfono.

Pete Campbell es un personaje que cree tenerlo todo. Adinerado, y con un futuro prometedor, es uno de los personajes que tendrá que luchar por encontrar su lugar. Sobre todo al comprobar que no es suficiente con los contactos, sino que también es necesario tener la habilidad y talento para hacer negocios.

Finalmente, Roger Starling es el personaje que más podría hacerle ruido a la audiencia, porque es el millonario que lo tiene todo, que supervisa a todos desde la distancia pero hace estupideces. Es el reflejo a futuro de Don, su tutor y un spoiler de lo que podría ocurrirle a futuro.

Contexto y trama circunstancial 

Mad Men no tiene una drama definida, lo que para muchos puede es su talón de Aquiles. Aquí el factor de reflejar la vida de los protagonistas es lo más importante: contrastar sus reacciones en medio de hechos importantes en la época también tiene un peso tremendo.

Los personajes más pequeños del show tienen un porqué y permiten enseñarle al espectador qué tanto se va desarrollando la trama. La construcción de Lucky Strike, Hersheys y hasta del presunto Mcdonalds, permite entender cómo funcionaba la industria.

Al principio cuesta asimilar el ritmo pausado y muerto que podría tener la serie, pero posterior a ello se convierte en una conversación constante entre espectador y personajes, con vivencias, desgracias y sarcasmo puro en ciertas escenas.

Mad Men, al menos de mi parte, es una producción más que recomendada.

 

Por Daniel Klíe | @Chdnk

Sálvese el warao que pueda

Volcán es una comunidad grande, ubicada a orillas del caño Manamo en Tucupita. Ahí se encuentra La Playita, un sector que ofrece un vivo contraste entre lo que era y lo que es ahora. Si antes solo se veía la polvoreada de la arena y varias hectáreas de caña silvestre, hoy día –luego de la invasión de waraos en el año 2000– hay muchas otras cosas que ver y padecer. Muchas más.

Para llegar a La Playita, tuve que hacer cola durante una hora en el centro de Tucupita, desde donde salen los autobuses que cubren la ruta hasta Volcán. Una región que no escapa de los problemas de transporte que sufre toda Venezuela. A mitad de mañana, la cola crecía y no se veía ninguna unidad de transporte. Tuve que resignarme a subir a una perrera.

El viaje duró poco más de 30 minutos. El camión me llevó a mí y a unas 15 personas más. Cuando se acercaba a su destino, frenó con el usual rechinar de un vehículo desgastado. Le pagué 100 mil bolívares al chofer y este lo recibió mientras se secaba el sudor de la cara con un pañuelo. Cuando lo vi recordé la edad de mi abuelo a su muerte.

Bajé por la rampa que da a La Playita, es una improvisada comunidad donde la mayoría de sus habitantes son  indígenas waraos que migraron a este sitio desde la selva deltaica. Antes era un pueblo. Ahora es una ciudad de hojalatas que se asemeja a cualquiera de los barrios que conforma Petare, en Caracas.

Me dirigí a la casa del señor Regino Reinosa, quien sería mi guía por el lugar y quien había dispuesto un chinchorro para que me sentara. Él ha visto todas las anormalidades de aquella selva de arena y zinc; no obstante, no quiso contarme mucho: prefirió que yo viviera mi propia experiencia.

En la comunidad Volcán del municipio Tucupita, se ha levantado una  economía ilegal, donde las gestiones de compra y venta se rigen por el valor del dólar paralelo. Al mismo tiempo, es el único lugar de Delta Amacuro donde se mueve mucho dinero en efectivo, debido a su condición de puerto.

Tres incendios dentro de almacenes clandestinos de carburante obligaron a las autoridades a suspender el servicio del surtidor de gasolina y diesel hace seis meses; sin embargo, hasta ahora en varias casas de zinc pueden verse bidones de combustible.

En las mañanas puede verse a una veintena de vendedores –de empanadas, pan,  ropas y jugos– caminar sobre la arena que sostiene la comunidad. Los gritos suenan al unísono, mientras un indígena desde su chinchorro llama a un comerciante ambulante solo con un gesto, revisa el producto, y, si le convence, saca de su bolsillo, allí mismo en su hamaca, un fajo de billetes de cien mil Bs.

“Lo bueno de vender aquí es que los waraos te lo compran caro porque tienen plata”, me explicó una chica que vendía jugo de mango.

Ya bajo el sol del mediodía que calentó más  la arena, otro grupo de  buhoneros grita: “¡Teta, teta!”. Mientras que por otro lado se escucha: “¡Najoro, najoro, najoro!”, que significa comida en el idioma warao.

Pero no solo los waraos son los clientes de los comerciantes, los no indígenas –los mal llamados “criollos”– viajan desde Tucupita hasta ese sector para concretar negocios y a la vez aprovechar todas las ofertas.

Durante el día, se vende medicinas, combustible, ropa, comidas, ¿cuerpos? Todo esto publica y notoriamente. En las noches, el comercio informal se diversifica más.

Los lugareños, que en su mayoría son indígenas, viven en condiciones poco humanas. Los protegen débiles palos y láminas de zinc. No cuentan con los servicios básicos. Sin embargo,  su entorno les da para que sonrían cuando miran la televisión, cómodos desde sus chinchorros. Al menos aquí tienen para comer y las medicinas que necesiten les llegan a casa a través de revendedores, dice el señor Regino Reinosa, quien, por otro lado, explica que han tenido que lidiar con personas que se dedican a delinquir. Solo a él le han robado cuatro motores fuera de borda, los cuales no podrá recuperar jamás, ni aunque se dedique a vender gasolina, actividad a la que ha recurrido ocasionalmente cuando no encuentra cómo paliar el hambre de su familia.

Cerca de los hogares que conforman el poblado, perros y gatos hurgan entre los desperdicios que los mismos indígenas lanzan al suelo, mientras que a cada rato se ven llegar y salir curiaras.

Cuando el sol comienza a ocultarse, la arena al fin se enfría y se ve llegar a un nuevo grupo de vendedores. Estos manejan reglas distintas a los que trabajan en la mañana: los pactos comerciales –aseguran– son de “más seriedad”  y peligrosos. Lujosas camionetas se estacionan por todo el lugar, mientras que varias chicas –jóvenes waraos y no indígenas– se acercan a los carros con timidez. Se sientan cerca, como esperando ser llamadas: elegidas.

Cuatro muchachos, del mismo Volcán, con cuerpos atléticos y pieles oscuras, sin camisa y con pantalones jean, se muestran interesados. La misma sensación transmite un grupo de jóvenes que mira todo desde otro sitio, vistiendo ropas que gustan a los raperos y fumando. A uno de ellos se le escucha decir: “Vamos a pegar al de la camioneta blanca”.

Justo en ese momento logro tomar un taxi que me regrese hasta Tucupita. Tras de mí, va desapareciendo La Playita de Volcán, una comunidad que refleja la resistencia moderna del  warao tradicional: ahí todos buscan sobrevivir.

 

Por Amador Medina | @Amadormedina

El caballo viejo que sigue galopando

Cuando Bettsimar Díaz tenía 14 años, decidió guardar bajo la cama una copia de cada nuevo álbum que sacara su padre o, en general, de cualquier manifestación –por cotidiana que fuera– de la genialidad de este. Bajo la cama de la adolescente, en vez de monstruos, fueron a parar desde recortes de prensa hasta caricaturas de la autoría de su padre, incluyendo cualquier frase dicha al vuelo que Bettsimar no dudaba en copiar en algún papelito. Transcurría el año 1979. Tres años antes, Simón Díaz había lanzado su disco Tonadas 2, el cual significó un punto de quiebre en su carrera: el momento en el que pasó de ser una talentosa celebridad a iniciar su conversión en uno de los músicos más importantes de la historia de Latinoamérica. Lo suyo ya no era solo vender discos, sino fraguar una obra trascendente. Por la casa de los Díaz desfilaban figuras que encontrarían una notoriedad similar: Cantinflas se sentó en el sofá de la sala, Juan Gabriel fue un muchachito delicado que no quiso meterse en una piscina que juzgó muy fría, Pedro León Zapata se cansó de repartir abrazos y Adriano González León conversó sin parar. Las mentes brillantes, dicen, se reconocen entre sí. Pero cabría preguntarse si Simón sospechaba el peso que tendría su obra. En un país empeñado en que todo gire alrededor de las novedades de Caracas, este canta autor usó su experiencia en los llanos (digna del realismo mágico de Gabriel García Márquez) para explorar temas universales que lo llevaron a un reconocimiento mundial. Joan Manuel Serrat, Caetano Veloso, Plácido Domingo, Celia Cruz, Julio Iglesias, Gilberto Santa Rosa y Rubén Blades, fueron solo algunos de los muchos artistas que cantaron junto a Simón o bien versionaron alguna de sus canciones. De su obra más conocida, Caballo viejo, se conocen más de 300 versiones. Mismo número que da nombre a una famosa película sobre espartanos. Y es que con actitud de guerrero mitológico, Tío Simón emprendió la tarea de dar a conocer a Venezuela a través de tonadas que protagonizaban personajes llaneros. Su éxito fue tan notorio que hoy día pocos, muy pocos, recuerdan que alguna vez fue un humorista que cantaba a dueto con Horacio Blanco para, primero, parodiar cuñas de televisión; y luego, para explorar otras formas de humor, algunas de las cuales despertaron sensibilidades. Aunque en esa etapa de su vida, la que antecedió a su creativa época como compositor, se relamió en las mieles del éxito, lo mejor, como ya sabemos, vino después. Venezuela es un país que debería presumir, quizá hasta el hartazgo, del único caballo de nuestra identidad que no tiene nada que ver con guerras, militares o figuras bélicas. Al único caballo civil, pues. Ese que, cuatro años luego de la muerte del artista que lo concibiera, sigue galopando con el ímpetu de un potro. Y eso que es un Caballo viejo. Sucede, ya se sabe, que las grandes obras superan a los artistas para llegar adonde estos no pueden: a la inmortalidad.

 

Por Mark Rhodes

Un país que se hunde

Empeñados en desbaratar casi cualquier cosa que funcione, el Gobierno ordenó la expropiación y ocupación de la compañía Conferry en 2011 debido a que, según el argumento oficial, prestaba un servicio ineficiente, irregular, discontinuo y ofrecía a los usuarios precios muy elevados. Es así como el Robin Hood rojo –que roba a los emprendedores para darles champagne a sus amigos holgazanes en nombre de los pobres– adquirió las embarcaciones que emprendían el viaje ida y vuelta hacia la isla de Margarita. Siete años después, de 11 ferris que se encontraban operativos sólo uno está disponible para viajar. El último en decir adiós, El Tallin Express, simboliza a un país que se hunde gracias a un sistema político-económico cuestionado incluso por sectores del chavismo. Que se hunde como la credibilidad del eslogan “Venezuela potencia”. Que se hunde como una empresa petrolera que importa gasolina porque no puede satisfacer el mercado interno. El ferry que se hundió forma parte de la política ¡Eficiencia o nada! del legado del presidente Chávez. Y como vieron que eran tan eficientes como quien cocina una res con un fósforo, prefirieron no hacer nada que ayudara al país. Nada por la economía, nada por la inseguridad, nada por los buques que necesitan mantenimiento. Es así como uno de los símbolos de las vacaciones en Margarita nunca fue prioridad para un régimen que viaja en aviones privados y yates de lujo: un país se hunde ante los ojos de un Gobierno que disfruta que sus habitantes se ahoguen.

 

Por Edgar Moores.

Todo pasa: el retiro de Robert Redford

Suelo sentarme a pensar sobre lo efímero que es todo. Y, entonces, me pregunto de qué vale el estrés y la ambición. Las ansias de logros, de trofeos, de reconocimiento. En un viaje que hizo a Islandia, el periodista Axel Torres recabó información para escribir un libro en el que destaca la siguiente frase: “La isla se revelaba como un ecosistema perfecto para que en él habitara individuos más preocupados por ser que por trascender”. Axel, profesional serio y responsable, cuenta en una entrevista que el choque cultural lo llevó a cuestionarse la forma en la que había organizado su vida.

Robert Redford anunció su retiro de la actuación. Explicó que desde los 21 años andaba en ese oficio y que ya iba a cumplir 82: nada es para siempre. Redford es una leyenda de Hollywood, no solo por su talento sino por su aspecto: fue el ícono sexual de varias generaciones, algo así como el Brad Pitt de antaño: el hombre que hacía que millones de mujeres se sintieran insatisfechas con sus maridos.

Mentiría si dijera que he seguido en profundidad la carrera de Robert. Recuerdo que la primera película que vi en la que él participaba fue Una proposición indecente. Ahí, el papel que interpretaba era el de un millonario y guapo seductor. O sea, Robert Redford hacía de Robert Redford.

La película la vi cuando era muy joven, y, aparte de resultarme escandalosamente morboso el argumento, pasé dos noches enteras soñando con Demi Moore. La actriz nunca me volvió a parecer tan guapa como aquella vez. Nunca volví a pensar demasiado en ella: no de esa forma.

La piel se arruga, el dinero se acaba, la fama antecede al olvido, el brillo se opaca. ¿Para eso ambicionamos tanto, para que al final todo pase y solo sobreviva la nostalgia? ¿No sería mejor vivir entonces con la parsimonia con la que encaran la vida, según el libro de Axel, los islandeses? ¿La sociedad de este lado del mundo estará construida sobre los pilares incorrectos?

Cuando me siento muy abrumado, cuando creo que el tiempo se me agota, cuando el trabajo me sobrepasa, me siento a pensar en cuantas celebridades brillaron para apagarse. Porque todo lo relacionado con los humanos tiene fecha de caducidad: lo único con verdadero poder de trascendencia es el arte. No un nombre ni un hombre, una obra: un legado, que muchas veces da sus mejores frutos cuando quien lo construyó ya no está en el plano terrenal.

Robert Redford anunció que dejaba la actuación. Y la noticia no va acompañada de tanto revolú. Hoy día las mujeres suspiran por otros galanes, las películas de moda tienen otro sabor y él seguramente pasará los años que le queden en ese cómodo sillón que le dejó el éxito incuestionable. Si de él nos acordaremos o no en 50 años, es algo que está por verse. Mientras tanto, me dispongo a salir de casa invirtiendo menos energía en arreglarme. Si hasta la piel de Robert Redford se arrugó, qué quedará para uno.

 

Por Mark Rhodes