De la mano de Faríñez y del VAR

De la mano de Faríñez y del VAR (Venezuela 0-0 Perú)

1. Venezuela repitió el once que utilizó en el último amistoso, en el que se impusiera a Estados Unidos. Lo hizo con una presión moderada en su propia mitad de la cancha y dejando que Perú saliera de la suya con relativa calma. El partido comenzó con el letargo de dos personas que hacen pulso sin terminar de dirimir, de forma definitiva, quién es más fuerte. Ambos combinados se jugaban, a priori, las posibilidades de ser segundos de grupo.

2. Desde el 4-1-4-1 propuesto por Dudamel y el modelo de juego, las opciones para atacar de la Vinotinto eran pocas y bien definidas. Uno, los trazos largos desde los centrales hasta Rondón, para que este bajara la pelota a los interiores (Tomás y Yangel) o bien la peinara para una diagonal de los volantes externos (Murillo y Savarino). Dos, trazos largos desde los centrales hasta Yangel, Savarino o Murillo, que hacían cada tanto desmarques de ruptura (o sea, hacia el área rival). Tres, alguna recuperación de balón en campo peruano, precedida de asociaciones rápidas. O cuatro, el drible de Murillo. Más allá de eso, era poco lo que podía ofrecer. Perú no tardó en entenderlo. 

3. La selección dirigida por el Tigre Gareca lució como un versión disminuida de la Perú que ha deslumbrado al mundo en los últimos años. El tiempo, también hay que decirlo, no pasa en vano: varias de sus figuras tienen cada vez más edad y no hay (Paolo) Guerrero que sea eterno. No obstante, las pocas veces que conseguía hilvanar pases lograba mostrarse peligrosa. De entrada, dejó que Venezuela saliera de su campo con calma y, de algún modo, permitió que su contrincante creciera. En casi todo el primer tiempo, Venezuela fue un poquito más. En casi todo, repito.

4. La Vinotinto tuvo un rendimiento muy homogéneo. Destaco, por ejemplo, las intercepciones de Chancellor: muy afinado dentro del bloque defensivo. La actitud de Salomón Rondón, de cerrar espacios cada vez que su equipo perdía la pelota o de ir a defender hasta cerca de su área pese a ser el centro delantero, resume muy bien la actitud del equipo: bloque compacto, ordenado, que busca armar un cerrojo en su área para, a partir de ahí, ver cada oportunidad ofensiva como una bonita oportunidad. Hay que juzgar a Venezuela como lo que es, y no como lo que nos gustaría que fuera.

5. Puntos bajos de la Vinotinto: el primer tiempo de Wuilker Faríñez y sus errores al salir del área; la lentitud de Junior Moreno con el balón en los pies, no en balde cuando comenzaron a presionarlo las tenencias propias comenzaron a hacerse más espesas y Perú olió sangre; algunas fallas en la lectura de juego por parte de Savarino; lo aislado que quedaban los vinotintos cuando recuperaban el balón en su propio campo: era casi inviable armar un buen contragolpe, el jugador que tuviera la pelota terminaba intentando una jugada de YouTube conduciendo entre muchos rivales; los errores del lateral izquierdo, Luis Mago.

6. Los problemas de Venezuela para dar con un lateral izquierdo solvente, que se adueñe de la posición, datan de varios lustros atrás. Si Luis Advíncula, lateral derecho de Perú, fue uno de los puntos altos de la selección inca, enfrente de este estuvo uno de los flancos más vulnerables de la Vinotinto. La temprana e innecesaria amarilla que se ganó Mago lo hizo un pez apetecible para los tiburones peruanos, que insistieron por su banda produciendo ocasiones de gol y, ya en el segundo tiempo, la segunda amarilla que conllevaría a la automática roja para el venezolano.

7. A finales del primer tiempo, Gareca le dio la orden a su selección de que presionara más arriba. Entonces, las fuerzas se equilibraron y comenzaron a vérseles las costuras a los venezolanos. Fue un adelanto de lo que ocurriría en el segundo tiempo.

8. Aunque, durante la segunda mitad, Venezuela salió a presionar más arriba, la mano de Gareca se notó más que la mano de Dudamel. El técnico argentino que dirige a Perú es famoso por su capacidad para intervenir positivamente al equipo durante los encuentros. El técnico venezolano, mientras tanto, no suele hacer muchas alteraciones. El resultado fue que el pulso comenzó a sentirse favorable para los peruanos, que presionaban cada vez más arriba y que lograban asociarse con peligro. Fue entonces cuando Faríñez volvió a ponerle el apodo de “San” a su nombre: con atajadas a la altura de la buena publicidad que se le hace. Sobre la línea de meta, tiene unas virtudes que lo erigen como uno de los jugadores más desequilibrantes del fútbol Sudamericano. El empate, que terminó sabiéndole bien a Venezuela, tuvo mucho que ver con él y con las acertadas decisiones arbitrales que se tomaron con el VAR.

9. Las acciones en las que Mago se ganó las dos amarillas fueron irresponsables. Sobre todo, la segunda: le dio una patada a un rival que estaba de espaldas en su propio campo. Su tarjeta roja recuerda a la que vio Amorebieta durante la Copa América de 2015, también frente a Perú: a partir de ese momento, el rival encimó a la Vinotinto. En el duelo presente, podría decirse que ocurrió algo similar: las cada vez menos opciones de las que disfrutaba Venezuela para hacer daño acabaron difuminándose en la necesidad de al menos salvar el empate. Supo reaccionar bien el equipo de Dudamel, cerrándose con dos líneas de cuatro y dejando a Salomón solo en el ataque. Gestionó de forma óptima los últimos minutos y, al final, el empate dejó tranquilos a los venezolanos y molestos a los peruanos. Eso resume quién tuvo, aunque por poco, más opciones de ganar el juego.


Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

Ponerle uniforme a la desnudez

Ponerle uniforme a la desnudez

Cuando nunca has tenido realmente un lugar adonde llegar, la experiencia de pasar unos días en una habitación prestada con vista a una ciudad extraña suele magnificar cada detalle en la memoria. Es difícil describir un lugar cuando no pasas más de un puñado de días en él. Estuve en Mérida una decena de veces por motivo de trabajo. La recuerdo como una gran avenida central rodeada de rincones en los que perderse. Como un mercado repleto de dulces abrillantados y camioncitos de madera. Como un aeropuerto urbano en el que cuentan que solo los pilotos más avezados pueden aterrizar. Como el milagro cada vez menos frecuente de amanecer ante un Pico Bolívar nevado. Como un recorrido en carretera desde El Vigía que, a ciertas horas de la tarde, entre riscos que todo el que ha subido montañas soñaría ascender, adquiere una iluminación majestuosa. Como el único verdadero ambiente de festival de cine que he vivido en Venezuela.

Asistí como periodista al Festival del Cine Venezolano de Mérida en un par de ocasiones, en 2009 y 2015. Nunca duraba lo que querías que durara: generalmente un trío de jornadas en las que tenías que correr de sala a sala en el complejo cinematográfico de un centro comercial para tratar de no perderte alguna de la veintena de películas en cartelera, haciendo cola junto con un montón de chamos universitarios –que, en esa ciudad andina, solían tender hacia la estética emo–, comiéndote una montaña de cotufas como si se te fuera la vida mientras una pantalla –como un partido de fútbol– te da una tregua inviolable de 90 minutos en un universo paralelo. Me suele dar escalofríos leer las noticias recientes sobre el colapso de los servicios públicos y pensar en todos los espacios de Mérida que saboreé como lobo solitario y que probablemente ya no existen.

Tampoco hay ya Festival, al menos no en 2019: para perpetuar el milagro de su supervivencia ininterrumpida desde 2005, se muda por primera vez al Trasnocho Cultural con 13 películas en competición. Un valioso préstamo que le hace Mérida a Caracas: cuídamelo, por favor.      

“El Festival de Mérida fue siempre nuestro Cannes surrealista. Una vez al año, estudiantes, productores y realizadores se trasladaban desde toda Venezuela para asistir masivamente a este encuentro. Las calles y las salas de cine se llenaban de fiesta”, me cuenta hoy la zuliana Patricia Ortega, directora de una de las mejores películas que vi en el Festival por el poderío de sus silencios: El Regreso, inspirada líricamente en una masacre real de habitantes originarios en La Guajira. “Allí, en la montaña, ocurría uno de los encuentros más extraordinarios entre nuestro cine y su público. Presentar tu película en ese festival era festejarla con el alma, sin importar sus imperfecciones. Ningún festival de Caracas ha logrado eso. Ahora esta edición, que lucha por sobrevivir como todos al apocalipsis, se muda a la capital. Lo apoyamos y entregamos nuestras películas como símbolo de resistencia. Sin embargo, el surrealismo se reduce a cóctel. La fiesta ya no es fiesta. No estamos todos. Muchos migraron, otros están a punto de partir y para otros tantos es imposible llegar al festival. Yo misma no podré asistir a la función de mi nueva película, Yo, imposible. La centralización de los recursos le roba la locura y la originalidad al festival”.

“Siempre fue la referencia para todos los festivales de su tipo que se pretendieron y que se pretendan celebrar en Venezuela”, ratifica Sergio Monsalve, que asistió como espectador, como crítico de cine y también como cineasta con el documental Jacinto Convit (2015). “Recuerdo sobre todo la última edición a la que asistí, en la que ya los organizadores intentaban sortear los efectos de la crisis. A pesar de lo accidentado que fue llegar hasta la ciudad, los participantes convivíamos en armonía en nuestros distintos roles”, agrega. “Mérida, siempre profundamente estudiantil, tenía la tradición de recibir a la comunidad cinematográfica de todo el país. Es imposible que se siga haciendo allí: no hay servicios, no hay infraestructura, tampoco hay dinero. Ahora cuenta, por el momento, con el invalorable apoyo del Trasnocho Cultural para seguir adelante”, dice el crítico Alfonso Molina, que ha participado como jurado y, desde la distancia de Bogotá, colabora con la organización.

“Es como si le pusieran un uniforme a alguien que siempre anduvo desnudo. Por el hermoso recuerdo desbocado y auténtico de sus ediciones anteriores, lo tomamos de la mano en estas circunstancias. Ayudándolo a sobrevivir. Con la esperanza de que retorne a sus andanzas, allá donde pertenece entre lagunas y sueños”, prosigue Patricia Ortega. Es difícil concebir a Mérida sin su Festival. Es difícil concebir el Festival sin estar rodeado de Mérida, sus montañas, sus silencios y sus estudiantes intensos. Es necesaria una intervención quirúrgica para que el paciente en terapia intensiva sobreviva en resistencia. Si crees en el cine como experiencia comunitaria, acércate al Trasnocho con el mismo respeto que profesas por lo que consideras sagrado.


Por Alexis Correia | @alexiscorreia 

De cuando chalequeábamos a los colombianos

De cuando chalequeábamos a los colombianos

Mi primera Copa América como aficionado consciente del fútbol está marcada por un color mítico que probablemente es una falacia de mi memoria de niño miope e impresionable: el Amarillo Naranja, número 917 en la caja de Berol Prismacolor. Así recuerdo la parte superior del uniforme –las tetas de la sirena, en el código de las leyendas– de la selección de Colombia en el torneo de Argentina 1987. Hoy hay YouTube y hay Wikipedia, y me decepciona no encontrar ese uniforme por ninguna parte, solo un amarillo más profano y convencional (Canario #916). Quizás es un efecto visual provocado por el sudor o el agua de la lluvia en la equipación de marca Puma: nótese el ligero cambio de tono de la camiseta a medida que avanza el partido por el tercer puesto.

Aunque 1987 es la época en que los venezolanos nos disfrazamos como los pasteleros número uno de la Canarinha –siempre escuché de chamo muchos comentarios prejuiciosos sobre la presunta vanidad y antipatía de los argentinos, lo que quizás alimentó luego mi identificación por ellos por espíritu de contradicción–, el campeonato mundial ganado por la Argentina del mejor Diego Maradona en México 1986 resulta un acontecimiento trascendente no solo para el balompié sudamericano, sino, de rebote, para el venezolano.

Un ídolo que nos impulsa y nos hunde

Con el Mundial del 86, Argentina y Maradona pone el marcador de títulos históricos 7-5 a favor de nuestro subcontinente sobre Europa. Todavía no sabemos lo despreciable que puede llegar a ser un ídolo para un país martirizado por el fanatismo no deportivo.

Para el siempre precario fútbol de Venezuela, la fiebre de Maradona y del presumible Gol del Siglo da un empujón a dos iniciativas que entonces son muy importantes: RCTV compra al club Caracas FC y empieza a transmitir partidos de nuestra Primera División en televisión, algo entonces inimaginable; también en 1986 se estrenan los “Mundialitos” (énfasis en las comillas) de categoría infantil que se disputan a casa llena en el estadio Olímpico de la UCV, también con difusión de la TV, y de los que emergen jugadores como el guardameta Rafael Dudamel, actual director técnico de la Vinotinto.

La regularidad cronológica en la organización de la Copa América de fútbol ha sido como lo que somos con frecuencia los latinoamericanos: un hermoso bochinche. No tengo elementos contundentes para afirmarlo, pero creo que la apoteosis de la Religión Maradoniana en México 1986 también sirve de disparador a la que para mí es la mejor y más ordenada etapa del torneo continental: la que transcurre entre las ediciones de Argentina 1987 y Colombia 2001. Al menos durante 14 años, la Copa América se celebra religiosamente cada dos años y en una sede fija (entonces una novedad) rotada por orden alfabético. La cercanía entre certamen y certamen, sostengo, permite que las selecciones de Sudamérica tengan un roce competitivo más frecuente y puedan aproximarse al menos un poco al siempre más activo calendario europeo.

El Vinotinto más bonito que solo vieron mis ojos

Cuando se inaugura la Copa América de Argentina el sábado 27 de junio de 1987, soy un niño de 12 años recién cumplidos que escucha Mecano, descubre a Soda Stereo y está a punto de terminar el sexto grado de educación primaria en el colegio Santísima Trinidad –privado, pero de clase media baja, a mucha honra– en la parroquia San José, Caracas. Venezuela, con el que para mí es el color vinotinto más bonito de la historia, una especie de Cardenal 931 (creo que es otra falacia de mi memoria, porque en YouTube no le veo nada de extraordinario a lo que más bien parece el Caoba 937 de casi toda la vida), debuta al día siguiente y Brasil nos mete 5-0.

Con un resultado así todo resulta risible, pero la verdad es que en ese equipo dirigido por Walter “Cata” Roque están algunos jugadores que creo que no merecen el olvido: el guardameta César “Guacharaca” Baena, en algún momento en la mira del Las Palmas español –que entonces suena a Ítaca–, aunque el pase a Europa jamás se concreta; el formidable defensa central Pedro Acosta, luego vinculado a los deportes de resistencia y la gerencia de las canchas de La Guacamaya; el mediocampista Nelson Carrero, un abogado cascarrabias que en el futuro simpatizará con el chavismo; o el brillante delantero merideño Ildemaro Fernández, que según mi profesor de periodismo y comentarista de Venevisión en los Mundiales, Cristóbal Guerra, padece de una tara psicológica que le hace chorrearse literalmente en el elegante pantaloncillo blanco de la Vinotinto de entonces cada vez que le toca disputar un gran evento.

Apenas acaba de caer en mis manos un libro de mi hermano mayor que me inicia en las ciencias ocultas de la táctica: la numerología del 4-3-3 que poco a poco cede su espacio estelar en la moda ante el 4-4-2, para que luego el entrenador argentino Carlos Bilardo innove usando tres defensas centrales. Lo que conozco de fútbol hasta entonces son las selecciones que participan en los Mundiales: es la primera vez en mi vida que veo el color vinotinto y el falso amarillo naranja de Colombia. A Venezuela la eliminan casi de inmediato (pierde 3-1 con Chile dos días después y se despide de la primera ronda de tres grupos de tres equipos, de la que Uruguay está eximida hasta las semifinales, como monarca reinante de la edición de 1983). Y entonces queda el país de al lado: mi apertura a una nueva dimensión de diversión pura.

En 1987, en mi colegio y en muchas partes de Venezuela, la palabra colombiano es equivalente a un insulto. No exagero: entonces hemos recibido a numerosos inmigrantes de ese país, la mayoría de origen humilde, que huyen de la violencia de la guerrilla y de los carteles de droga. Como uno de mis amigos de sexto grado: Carlos Luis. Tiene aspecto de gochito: rechoncho, blanquito, cachetes gorditos y sonrosados y cabello muy liso y negro con la forma de una totuma. Extremadamente noble, callado, tímido y respetuoso. Permanente y estoico blanco de chalequeo y bullying en el salón por su “nacionalidad inferior”. Ir a Colombia, luego de la eliminación de Venezuela, se convierte en un asunto de honor: es mi tributo de solidaridad y despedida a Carlos Luis, al que jamás volveré a ver después de las próximas vacaciones.

René y Carlos, Carlos y René

Francisco “Pacho” Maturana recién ha agarrado las riendas de la selección de Colombia. Clasifica con el arco invicto en la primera fase con cuatro goles de un delantero de origen guajiro: Arnoldo Iguarán. Aquella alineación tiene un par de melenas rizadas de colores contrastantes cuyos dueños serán dos de los futbolistas más entretenidos que jamás veré sobre una cancha de fútbol: el portero René Higuita, célebre por sus expediciones lejos del arco que en el futuro le costarán una imborrable vergüenza en el peor escenario posible; y el mediocampista ofensivo Carlos “Pibe” Valderrama, de físico en extremo lento –casi a ritmo de trote–, de mente de una rapidez superdotada que le erige como uno de los mejores pasadores de balones de todos los tiempos, además de supremo administrador de los ritmos de sus equipos.

La Argentina de Maradona y Brasil tienen una Copa América deslucida: la anfitriona se despide en semifinales ante la Uruguay de Enzo “Príncipe” Francescoli, el ídolo del quinceañero de origen argelino Zinedine Zidane, a la postre campeona con el mínimo esfuerzo. Colombia, el once de juego más vistoso del torneo, queda tercera, da el primer golpe psicológico a la Albiceleste seis años antes del 0-5 de la eliminatoria de Estados Unidos 1994 en el Monumental de Buenos Aires –acontecimiento equivalente al ataque de Pearl Harbor en el imaginario del país sureño– y deja una impresión tan memorable que un célebre dúo pop local elegirá su nombre bajo la inspiración del camiseta 10 de zarcillos de colmillos, medias caídas y rulos teñidos de amarillo chillón como la peluca de un payaso diabólico: Ilya Kuryaki and the Valderramas.

De aquí sale el núcleo que clasifica al Mundial de Italia 1990 y le empata 1-1 a Alemania con un gol en tiempo añadido de Freddy Rincón: la celebración futbolística más impresionante que he sentido jamás en Venezuela. Literalmente, un movimiento sísmico entre la numerosa colonia colombiana que todavía entonces nos acompaña como un cuerpo para muchos patógeno y amenazante.

Recuerdo la palmada de orgullo que le doy a Carlos Luis en la espalda al lunes siguiente a la victoria de Colombia sobre Argentina en la Copa América 1987: por primera vez, que yo sepa, su país no es noticia por el narcotráfico y la violencia del Cartel de Medellín. Los pases del “Pibe” Valderrama hacen olvidar los pases de cocaína por cortesía del capo Pablo Escobar.

Solo espero que en esta Copa América Brasil 2019, en algún colegio colombiano, alguien le dé una palmada a un refugiado venezolano si la Vinotinto llega a ganar al menos un partido.


Por Alexis Correia | @alexiscorreia

mi amistad literaria con rodrigo blanco calderon

Mi amistad literaria con Rodrigo Blanco Calderón

Conocí a Rodrigo en el aula 202 de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela: ocupaba uno de los pupitres más cercanos a la tarima en el lado derecho de la sala y, como es obvio, su estatura hacía imposible que pasara desapercibido. Era un curso sobre ensayo venezolano. Nunca intervino; tal vez lo aburrían las clases: una materia obligatoria de la que necesitaba zafarse pronto.

Luego me lo topé en varios eventos culturales y hasta en una tasca del este de Caracas.

Cuando se publicó su primer libro, Una larga fila de hombres (Premio Monte Ávila para Autores Inéditos 2005), lo encontré en una actividad literaria y en la pequeña feria puesta para la ocasión adquirí el compendio, me acerqué hasta la sala donde se hallaba como público a la espera de un foro y le pedí que lo firmara: “Para Carlos Sandoval, esta corta fila de cuentos que esperan temerosos y divertidos, su lectura. Un abrazo”.

Dos años después me correspondió presentar Los invencibles, el segundo volumen de relatos con el que Rodrigo ratificaba su inevitable vocación y se hacía un visible puesto en el tablero de la narrativa venezolana en el que ya sumaba algunos prestigiosos reconocimientos: el sexagésimo primer premio del concurso de cuentos del diario El Nacional (2006) y su inclusión entre los escritores, menores de cuarenta años de edad, más prometedores de América Latina en el festival Bogotá 39 (2007).

Como suelo hacer cada vez que en el horizonte de nuestra literatura aparece un autor que revela consistencia en el manejo de su material creativo, comencé a seguirle la pista a sus publicaciones en revistas, antologías y libros misceláneos: textos críticos, ensayos, alguna crónica. Y todos los cuentos. Al mismo tiempo, la amistad fue creciendo de resultas de algunos intereses comunes: la historia de la narrativa del país, la participación de los escritores en los asuntos políticos y el gusto por algunas piezas literarias. Se hizo costumbre reunirnos en la desaparecida Librería Lugar Común de Altamira donde nos sentábamos a desgranar temas y tomar café, un hábito a veces interrumpido por la lluvia o por las dificultades de traslado que a ambos, ciudadanos de a pie, nos afectaban.

La Escuela de Letras nos hizo jurado de varias tesis, la dinámica de las ferias de libros nos puso a compartir charlas y coloquios, la vida nos juntaba cada vez más no solo literariamente, sino en esa zona afectiva en la que los amigos se convierten en la familia que, por empatía y acomodo del alma, reconocemos como propia.

Al publicarse Las rayas en 2011, su consumada destreza en el ejercicio del cuento vino a constatar que estamos ante una poética cuyas bases se hunden en sólidas trazas artísticas: la literatura como soporte –temático e interpretativo– de la imaginación de los personajes (ámbito simbólico para explicar las figuraciones del mundo), el enganche en el contexto de la derruida Venezuela del chavismo como escenario para el despliegue de las acciones, el equilibrado diseño arquitectónico donde se conjugan diversas instancias de realidad y significado.

En las protestas de 2014 Rodrigo tuvo un gesto de desprendimiento inolvidable. Mi sobrino resultó agredido por fuerzas del Estado (algún eco de ello se lee en “Los terneros”, relato que da título a su cuarto libro de cuentos). Una fractura en la mano izquierda y otra en la pierna exigieron operaciones quirúrgicas. Apenas enterarse, Rodrigo puso a disposición un monto de dinero, junto con Garcilaso Pumar, para cubrir parte de los gastos médicos. También nos contactó con su madre, la queridísima y noble Minerva (nunca un nombre estuvo tan bien puesto), para reanimar el espíritu de un joven que por fisgón hubo de ser encausado en un injusto proceso punitivo. Las ayudas recondujeron los sueños de ese muchacho quien hoy, fuera del país, disfruta de una segunda oportunidad.

Hacia abril de 2015, Rodrigo me invita a comer. Una vez ordenados los platos soltó el motivo que aquel mediodía nos reúne en el pequeño restaurante de Altamira, a un costado del Festival de la Lectura: la cooperativa editorial Lugar Común se va a pique, de modo que él y Luis Yslas Prado arman una nueva compañía editora para seguir en el ruedo: Madera Fina. Por supuesto, no tuve que pensarlo mucho: asumiría las tareas que me encomendaran apenas echara a andar el negocio. La botadura editorial se produjo en septiembre de ese año y, contra todo, seguimos navegando.

La frecuencia de nuestras comunicaciones se incrementó. Rodrigo viaja a París con intención de completar estudios doctorales. Las ocupaciones académicas no lo distraen, sin embargo, de las faenas editoras de sus socios caraqueños. Al menos dos veces por semana solemos intercambiar ideas sobre los proyectos que adelantamos y, cómo no, respecto del movimiento literario en la lejana Europa (tan distante ahora de nosotros, prisioneros de un universo paralelo a contrareloj de Occidente), y del precario movimiento cultural venezolano de los últimos dos lustros.

En 2016 aparece su primera novela en Madrid, The Night, bajo el sello Alfaguara. En Madera Fina nos entusiasmamos con la posibilidad de hacer una edición local visto que, según marchaban las cosas, el libro no llegaría al país. Rodrigo logra que la casa española ceda los derechos y, todo hay que decirlo, ha sido una de nuestras más exitosas apuestas editoriales: en menos de dieciocho meses el tiraje se agotó. El debut de mi amigo como novelista vino respaldado por una importante agencia literaria y por una empresa cuyo catálogo está entre los mejores del campo literario internacional. Un apoyo sostenido en la convicción de que la pieza contiene valores estéticos que constelan un argumento, una estructura y unos temas que trascienden su anclaje en la realidad venezolana hasta transformarse en una obra coral en la que varias voces cristalizan las veleidades de unos personajes arrasados por el tiempo, el primitivismo de las pulsiones sexuales y las ensoñaciones políticas.

Combinar el afecto con el trabajo crítico resulta difícil. Por ello, hace décadas me impuse la regla de no analizar títulos publicados por mis cercanos partners literarios. Solo cuando ya no es posible continuar manteniendo neutralidad debido a la potencia estética de los materiales, cedo ante la evidencia y arriesgo comentarios o estudios sobre aquello que refrendan los múltiples lectores. Es lo que me ha ocurrido, por ejemplo, con la narrativa de Ednodio Quintero y con la de Ángel Gustavo Infante. En el caso de Rodrigo aún no ordeno mis notas luego de tres minuciosas lecturas de The Night y de haber intervenido en igual número de encuentros donde la trama de esta fascinante y bien construida ficción ha dado pasto a las más variadas interpretaciones (lingüísticas, sociológicas, metaliterarias). En este sentido, los merecidos Premio Rive Gauche à Paris a la mejor novela extranjera en 2016 (Francia) y el Premio de la Crítica a la Mejor Novela 2018 (Venezuela) acreditan el valor de esta primera muestra fictiva de largo aliento de un joven escritor que, para asombro de muchos, revela inusitada madurez poética en un medio por lo general refractario al oficio, a la profesión literaria.

Ahora Rodrigo obtiene el Premio de la III Bienal de Novela Mario Vargas Llosa. No hay adjetivos para calificar lo que aquella noche de jueves, cuando se anunciaría el veredicto (solo cinco finalistas), sentíamos –vía WhatsApp– Jonathan Bustamante, María Esther Almao, Alberto Sáez y yo, acá en Caracas (la señal se caía por segundos); Melanie Pérez Arias y Luis Yslas, en Lima; Patricia Heredia Pelaca y Leonardo (Leo) Maita, en Madrid; Rodnei Casares, en Medellín; y Luisa Fontiveros junto a Ro en Guadalajara. Soltábamos palabrotas angustiados por la extensión de los discursos preliminares, hacíamos chistes para atenuar los nervios hasta que, por fin, liberamos los dedos: Rodrigo, como medio siglo antes Adriano González León, puso a circular el nombre de nuestro país gracias al empeño y a la laboriosidad de su feroz vocación narrativa, encendió una luz en la más densa oscuridad histórica de una tierra que languidece, trajo de nuevo la certeza de que es posible hacer arte sobre las ruinas.

A qué negarlo: me honra ser parte de los afectos de Rodrigo; me enorgullece haberme cruzado en su rota y acompañarlo en algunos tramos. No tengo escapatoria: debo sentarme a escribir. La noche es larga, el amanecer se intuye lejano. Entretanto, voy haciendo cuentas: una novela, cuatro libros de cuentos, aún queda camino.


Por Carlos Sandoval | @carlos_sandova

extrañar venezuela desde una pandería

Extrañar Venezuela desde una panadería

Miles de portugueses huyendo de la miseria y el fascismo llegaron a una Venezuela salpicada con brotes de violencia guerrillera para dedicarse a hacer el más noble tipo de bombas: las de merengue. Rodilla en tierra contra el hambre, la panadería luso-venezolana se convirtió en el espacio de convivencia de toda la fauna urbana. Donde el humo del café se mezcla con la bruma de la mañana y el horno comienza a calentar la grasa que mueve los engranajes de la ciudad.

Allí se encuentran personajes como el conocido viejo de panadería, aquel que llega y trata a todas las mujeres de mi amor, corazón, cariño y mi reina. Me parece el epítome de lo que es no darse mala vida por las palabras. Encuentro en él todo lo que nunca podré ser: una persona despreocupada, un bon vivant tropical, alguien que se llama Juan. El mismo que cuando escucha su nombre responde con “dígamelo cantando”.  Sin mayor mantra existencial que “dos litricos de leche, mi cielo”. Juan, que llega, toma un marroncito, endulza la vida de todas las mujeres y luego se va. Despegado y fútil. Vivaracho y chévere, tragándose al Caribe entero con cada sorbo que da desde el mostrador. El señor Juan, ídolo eterno de la panadería.

Ser panadero es un oficio ingrato y menospreciado. Eso lo sabía Gilberto, cuya panadería se levantaba como un oasis extraterrenal ajeno a la decadencia que la rodeaba. Para entrar tenías que esquivar mendigos, buhoneros, vendedores de chicharrón y la arremetida multidireccional de los merengues frenéticos de Wilfrido Vargas. Los obreros, preparándose para construir patria y piropear mujeres, arrancaban la mañana con café negro y un chorrito de aguardiente. Mi más sincera admiración a estos hombres que son también todo lo que yo nunca podría ser. Jalar caña y batir cemento suenan como tareas sobrehumanas para mí pues a tan tempranas horas hasta mis pensamientos tienen lagañas.

Más allá del mostrador se encontraba un submundo apasionante que fácilmente podría representar al universo entero entre máquinas monstruosas y trabajadores de velocidades increíbles. Había un empleado que era mocho. Agarraba una paleta metálica enorme que se extendía por varios metros, maniobrando con su única mano y sujetándola debajo del brazo como un espadachín del surrealismo panadero, metiendo la masa dentro del horno que escupía un calor furioso al abrirse. Ese hombre le echaba más bolas a la vida en un día que yo durante la sumatoria de todos mis años. Yo: dedico mis días a estudiar una carrera humanística en Europa y vilipendiar los ahorros familiares. Él: produce magia a punta de muñón y harina. Mis más sentidos respetos a este héroe olvidado.

En Portugal, la dinámica es distinta.

Una bandera portuguesa del Mundial del 98 y la mirada perenne de la Virgen de Fátima certifican a este recinto lusitano, que ahora visito con frecuencia, como foro del desasosiego, porque el olor del pan crujiente le queda maravilloso al existencialismo. Nietzsche y Sartre comen empanadas mientras concuerdan en que los repuestos para carros están carísimos y que no hay futuro. De existir conversación sería sobre fútbol, que es tan omnipresente como en Venezuela lo es la política. Cristiano Ronaldo es Chávez. Mourinho es la inseguridad. El Benfica es el éxodo migratorio y el Porto es la pelazón en general.

Estoy atrapado en lo que desde la distancia se podría vislumbrar como un país erigido sobre bases de harina, agua, sal y levadura. Pero acá viene la realidad innegable: el pan en Portugal es mediocre. Este país es una estafa, lo sé porque me estoy comiendo las únicas palmeritas saladas del mundo, un atentado contra el sentido común. Las buenas panaderías pertenecen a portugueses retornados de Venezuela. Los mismo que venden malta y cachitos a un par de euros, más baratos que en Venezuela. Y ese es el único dato económico que me interesa. Basta ya de índices inflacionarios y del PIB: midamos nuestra economía por el número de cachitos de jamón que el ciudadano común puede comprar.

Sonrío al imaginar a un viejo de panadería haciendo su vida en Portugal. Abandonaría el intento de decir “Olá, meu coracao” conforme las multas por acoso sexual –o, en su defecto, las cachetadas– empezaran a llegar. Al acercarse la mesera, tentado por la curiosidad, digo: “Olá coracao, un cafecito ahí vale”. En mi mente, porque en la realidad solo sale un correctísimo “uma meia de leite, se faz favor”. Sí, señor, porque uno siempre debe decir buenos días y muchas gracias, con el corazón inexpresivo.

En Venezuela, Cristo reposa entre las tetas de una menopáusica operada y está mirando a los ojos al vigilante que vino a comprar un chocolate para levantar a la conserje. Acá, entra una chica hermosa y solitaria, que ignora lo primero y se acostumbró a lo segundo. La veo, desprecio y deseo en partes complementarias. Tiene la piel hecha de caucho y por dentro puros engranajes, bujías, aceite y válvulas. Lo sé. En este país solo hay robots y viejos, circuitos y flemas en coexistencia. Habla con la cajera y su sonrisa me hace pensar en labios que, pudiendo algún día decir “te amo”, nunca pasarán de “bien, ¿y tú?”.

La guerra asimétrica contra el Atlántico también me tiene un poco robot. Por ahora, lo mejor que puedo hacer es observar y sacar conjeturas prejuiciosas sobre los demás de manera morbosa. Esperando al verano y su redención. Practicando el arte de matar el tiempo sin que el tiempo me mate, lo que siempre se debe hacer con un mínimo de elegancia. Lo sabe la señora que entra a comprar un campesino, lo sabe el trasnochado que entra con lentes de sol buscando un jugo, y lo sabe la gordita que pretende suicidarse tapando sus ventrículos con mousse de chocolate.

Panaderías, lugares de convivencia y conspiración, donde se han conjurado revoluciones y compartido victorias. Se han tramado asesinatos y llorado muertos. Puedo ver a Bolívar, libertador de seis naciones, buscándole fiesta a la cajera. A Miranda, que luego de pasar tanto tiempo fuera no sabe si decirle canilla o baguette. A Juan Vicente Gómez, en la lejanía de los Andes dispuesto a acaparar todas las palmeritas durante los próximos treinta años. Al mísero Pérez Jiménez, comprando un cigarro detallado y pegándole al niño en la calle que le pidió un pastelito. Puedo verlos, como dice el tango, “revolcados en un merengue y en el mismo lodo todos manoseados”. Los puedo ver unidos por la masa de la historia. Y ahora me pregunto si en cada panadería tendrán también a un mocho en la trastienda, convirtiendo tragedia en dulzura. O si será que el universo entero es una panadería, y Dios es simplemente un panadero mocho.

Por Mauricio Gomes

la chica transparente

La chica transparente

La memoria me falla. A veces puedo ver imágenes y percibir sensaciones. Pero no logro organizar todo en un recuerdo. Algunos días despierto con un sabor extraño en el paladar. Me sucedió hace poco. Apenas me levanté de la cama y mis pies tocaron el frío dormido sobre el piso, sentí el mar paseando por mi boca. Nubes desfilaron frente a mí mostrando distintas formas.

Dos horas después identifiqué el sabor: pulpos, calamares y camarones sofritos con pimentón y cebolla, guisados en pasta de tomate y servidos en una cazuela de barro. Al levantarme fui la cazuela de barro y también el mar frente al restaurante en algún punto de este país, punto cuyo nombre no recuerdo. Pero no me aflijo porque lo sé: en un par de horas podré recordarlo. Para entonces posiblemente no sabré la razón por la cual estará sonando en mi mente. Este diario tiene el propósito de evitarme el tormento de no saber a qué responde la aparición de un recuerdo, por eso escribo hoy: porque la memoria me falla.

De vez en cuando un aroma me hace viajar hacia una estación, como un Metro trasladándose a través de un túnel oscuro. No hay metros en el pueblo donde vivo. Por eso vivo aquí. No hay tráfico, no hay prisa, no hay abundancia de tecnología, apenas la necesaria.

Ahora lo recuerdo, abordé por primera vez un Metro en Caracas. Me dio la impresión de estar en el vientre de una bestia endemoniada. Una bestia tragamonedas. El Metro abrió sus puertas y atrajo las monedas como un imán, y allá fueron los humanos. Y allá fui yo. Adentro la digestión consiste en un mareo apoderándose de tu mente, llevándote a lugares donde ya estuviste. El tiempo se cuela en el pasillo y al tocarte causa una reacción en el vientre de la bestia, entonces ella abre sus bocas para escupir las monedas infectadas por los recuerdos. Es cuando llegas a tu destino, sin percibir los minutos o la hora transcurrida.

Odié el Metro desde el instante cuando bajé las escaleras y descubrí por primera vez ese mundo subterráneo. Lo sé porque así lo dicen las páginas de este diario. Lo sé porque mientras escribo “Caracas” puedo saborear la sangre, y odio el sabor de la sangre; lo odio desde aquella vez cuando me sostuve de la rama de un naranjo para no caerme mientras corría detrás de Fabiola.

«Chúpate el dedo, así dejarás de sangrar», me dijo para luego reír a carcajadas mientras yo seguía su instrucción, crédulo de sus palabras.

De aquel día solo recuerdo el sabor de la sangre y el de su piel. Todos mis encuentros sexuales tuvieron el aroma y el sabor de Fabiola. Y aunque en este momento no puedo recordar mucho sobre esos minutos de gloria junto a ella, en otras ocasiones he recordado detalles y están registrados en las páginas de este diario. Las leí para saber por qué, por qué tengo este cuaderno junto a mi cama, por qué estoy aquí en esta habitación observando árboles y montañas, a través de la ventana.  

En realidad ese mundo subterráneo no es extraordinario, es el mismo mundo de la superficie. Mientras iba dejando reposar mi pie en cada escalón me hice consciente: somos animales desorientados, con una engañosa convicción sobre el destino.

La convicción es un invento ridículo, lo supe esa tarde. Tuve temor de llegar al último escalón y formar parte de esa manada pretenciosa y tonta. Más bien tuve temor de ser observado por otra persona bajando las escaleras y descubriendo la torpeza humana. Me sentí ridículo al saberlo: en segundos yo sería parte de la manada y no observador. Eso me ocurrió las veces cuando Caracas se hizo inexorable.

El temor sabe a naranja, huele a naranjales, a tierra húmeda, las nubes adoptan formas extrañas cuando sientes temor.

Ahora lo recuerdo, esas nubes desfilando sobre mí en aquel restaurante formaban naranjales blancos con un azul intenso de fondo. Así de azul estuvo el cielo la tarde cuando Fabiola me arrastró al potrero detrás de su casa, en este mismo pueblo de donde huí y adonde vine a parar. Me dejé guiar por ella, me tomó de la mano y me arrastró a través de los naranjos. Yo iba temblando por dentro. Sabía a qué me enfrentaría tan pronto el sendero acabara. Yo lo deseaba. Yo la deseaba.  

Lo supe esa misma tarde: el temor y el deseo van de la mano tal como íbamos nosotros, corriendo hacia el lugar donde consumamos un amor temprano, inocente e impaciente. Valió la pena sufrir el golpe en el estómago y el temblor mudo. Desde entonces el temor me sabe a naranjas y las nubes dibujan naranjos cuando la incertidumbre me abraza.

Hay recuerdos que no olvido. La memoria me falla, pero también se burla. Escoge a su antojo recuerdos para perpetuar.

Nunca he podido olvidar aquella paliza recibida, la única según mi memoria. Doce, trece o catorce años, en la salida del liceo. Todavía mi rostro intenta esquivar el golpe mientras recuerdo. También escucho los gritos, unos alentándome y otros alentando a mi contrincante. Los nudillos se estrellaron en mi cara, el cielo se volvió negro. Recuerdo las voces, «remátalo con una patada», «no lo dejes levantarse». Recuerdo las burlas, «chamo, buena coñiza te dieron».

Me recuerdo miserable, con miedo y humillado. Queriendo ponerme en pie, pero mis pies temblando. Años después lo supe, mi espíritu se quebró aquel mediodía, o aquella tarde. Si fue antes de mis trece, sucedió en el mediodía porque hasta esa edad estudié de mañana; si fue después de los trece, entonces recibí la paliza cerca de las seis de la tarde.  

Nunca más volví a pelear y si fue así no lo recuerdo. Desde entonces aprendí el arte de evitar confrontaciones violentas. Por un tiempo me volví adulador y complaciente: siempre de acuerdo con todos y siempre dispuesto a colaborar con todos. Y cuando logré sacudirme de mi cobardía, y restauré mi espíritu quebrado, quedaron fragmentos de aquella paliza grabados en mi rostro.

Tampoco pude olvidar jamás la revolcada en la bajada del Capitán. Ocurrió la primera semana con mi bicicleta. O fue la segunda. Me gustaba ir a Piedritas, el caserío vecino. Desde aquí no eran más de veinte minutos en bicicleta. Frente a la Hacienda del Capitán la carretera se empina. Requería un esfuerzo extra subir el cerro, a veces cansaba menos bajar de la bicicleta y subir a pie.

Lo emocionante era el regreso. Daba unas vueltas en las dos únicas calles del caserío y regresaba ansioso. Apenas comenzaba a descender retiraba mis pies de los pedales, y cerraba mis ojos por un instante para sentir el vértigo. Un huracán nacía en mi estómago, puedo recordarlo porque ese mismo huracán me acompañó en todos los viajes por aire. Apenas el avión despegaba o aterrizaba, yo estaba deslizándome en la bajada del Capitán.

Esa tarde, o esa mañana, se me ocurrió soltar el volante. Creí posible disfrutar la libertad extendiendo mis manos hacia los lados. Terminé rodando. Fui a dar a un extremo y la bicicleta al contrario. Me atajó la maleza, añadiendo a mis golpes algunos rasguños. Apenas salí de la maleza, mis amigos reían. Sí, lo olvidaba, nunca fui solo a Piedritas, siempre descendí la bajada del Capitán con otros. ¡Ojalá hubiera estado solo!

No se golpeó tanto mi espalda como mi dignidad.  Por un tiempo no estuve cómodo conmigo. Todavía hay secuelas de ello.

Me desagrada mi memoria, por ejemplo, y su selección de recuerdos imborrables. Me desagrada no recordar otras cosas ¿Qué otras cosas? No lo sé, pero me gustaría recordarlas para saberlo. También me gustaría tener acceso inmediato a mis recuerdos sin todo ese proceso de esfuerzos, rituales y transcripciones. Seguiría escribiendo mi diario así tuviese mejor memoria, siempre quise ser escritor. Aunque decir siempre es una exageración, pero quién sabe, tal vez mi memoria podría asegurarlo de no ser tan burlesca.

Esos recuerdos, junto a la muerte de mis padres y la partida de Fabiola, me hicieron huir de aquí. Abandoné el pueblo y la vida estrecha. Y en la ciudad conocí a Julieta.

Si Fabiola me rasgó el alma entre los naranjales, Julieta sacudió mi mundo y me hizo estallar en fragmentos. Julieta obligó mi dispersión hacia todos los puntos cardinales.

Fabiola es de esos recuerdos de los cuales no quiero despojarme. Lo confieso a riesgo de ser nuevamente víctima de mi memoria, conociendo ella mi deseo, mañana podría amanecer sin su nombre. A Julieta quisiera olvidarla, como he olvidado quién sabe cuántas mujeres. Quisiera olvidar su determinación de hacerme mejor, porque cuando huí del pueblo me llevé la paliza y la revolcada en la bajada del Capitán. También me llevé la simpleza de mi apariencia y el vértigo ante lo inmenso.

Julieta me tomó, como alfarero al barro, y me estrelló contra una plataforma de concreto. Quebrantó mi espíritu quebrado y luego me hizo de nuevo. Su cuerpo fue mi geografía por mucho tiempo. Me aventuré a descubrir cada montaña, río, selva y desierto contenido en ella. Pero de toda ella, sus costas me enloquecieron. Todos mis viajes fueron intentos por olvidarla, por encontrar mejores playas donde apostarme para disfrutar un paisaje superior al de sus ojos virándose mientras besaba sus costas. Ya no recuerdo su silueta ni los detalles de su cuerpo, pero su nombre sigue destellando y es suficiente para sentir la brisa chocando contra mi pecho, despeinándome y anunciando la caída tras soltar el volante de mi bicicleta.

¡Qué ironía, Julieta! Me devolviste con tu partida todo cuanto perdí con tu llegada.

Ella abandonó el país porque con esa situación ya no tenía futuro aquí. Yo intenté seguirla, pero nunca pude pisar Madrid. No con mi cuerpo. Con mi espíritu sí, porque contemplé fotos de la ciudad europea y cada vez juré llegar hasta allá y reencontrarme con ella; mientras ella seguía la pista de su futuro, yo iba tras el pasado porque el pasado era mi futuro. Terminé odiando Madrid y la promiscuidad con la cual se abre frente a quien llega queriendo ser artista. Julieta triunfó con sus poemas. Cambió su nombre por un seudónimo, se disfrazó de madrileña. Julieta me olvidó.

Probablemente va caminando por las calles de Madrid, saludando con ese tono ajeno y cantadito. Exclamando un ¡joder! Tan distante. Tal vez ahora mismo soy un poema suyo en una de sus tantas antologías, un poema olvidado por ella y desconocido para mí.

El futuro es una quimera, siempre partiendo apenas asoma su llegada. Lo supe cuando Julieta justificó su abandono con la excusa de buscar el suyo.

Durante tres meses me envió cartas con fotos suyas señalando algún edificio antiguo, alguna plaza ancha y extensa, algún puente legendario.  Todo cuanto solté solo me hizo merecedor de tres o cuatro meses de cartas y fotos después de su partida. Creo que las perdí en una de mis mudanzas, o las quemé en uno de mis arrebatos. O las sacrifiqué para demostrarle a algún romance de paso mi compromiso de ir a todas hasta el final. O tal vez las tiré creyendo echarla también de mi memoria. Pero aquí sigue, a pesar de mis mejores esfuerzos, burlándose de mí, cómplice de mi memoria, uniéndose a la galería de recuerdos en el panteón de mi muerte. Porque todos esos recuerdos rebeldes e inmortales son mi muerte, Julieta. Escríbelo en uno de tus poemas, ¡joder!

A uno de esos intentos por olvidarla pertenecen las sensaciones de esta mañana.

¿Qué hacía yo en ese restaurante? ¿Por qué hoy me saludó ese recuerdo apenas abrí los ojos?

Algunos aromas encienden las luces del oscuro túnel y el Metro comienza a avanzar en retroceso.

Para mí, ir hacia el pasado es avanzar. El Metro va a gran velocidad. Voy sentado dentro del vientre de la bestia, dentro de mi vida y fuera de ella. Llego a la estación y me pregunto si estoy recordando algo mío o algo ajeno.

Aquí voy. Justo ahora mientras respiro esa fragancia colándose por la ventana, húmeda y filosa anunciando la noche, voy en retroceso. El paisaje es borroso, confuso. Pero sé hacia donde voy. Mis ojos me guían por las calles ahora asfaltadas. En otros tiempos fueron callejones, escenarios estrechos y rurales. Por allí me vieron caminar tomado de la mano de mi madre, rumbo hacia el mercado; sonriendo, ajeno a la realidad, a las realidades. Esas realidades ahora son mis dueñas, les pertenezco en fracciones. No en esos tiempos de callejones polvorientos, de alambres de púas cercando las propiedades, de ranchos de barro. En esos tiempos le pertenecí a las manos de mi madre, luego a las de Fabiola, el único amor conocido por mí en este pueblo.

Ya me perdí, ya no sé a dónde me lleva el Metro. Ya no es un Metro. Ahora voy en avión.

Vuelo sobre las ciudades. Parecen zonas rurales perdidas entre los límites coloreados con un verde vivo. Al menos así es mientras retrocedo. No sé ahora, hace dos décadas no he vuelto a andar en las alturas. Aunque no sé si el paisaje pertenece a mi país o a uno de esos a donde fui a parar.

Siento el huracán naciendo en el centro de mi existencia, en la boca de mi estómago. No sé si vamos aterrizando, despegando o enfrentando una turbulencia.

No odié viajar en avión. Hay cierta magia cuando estás sobre todo, cuando tus pies siguen apoyados en una plataforma pero lejos de la tierra, lejos del planeta. No sé si a otros les pasa, pero yo podía sentir por un instante una independencia real, podía sentirme ajeno. A pesar de las turbulencias, de los anuncios del piloto y sus advertencias, disfruté siempre viajar en avión.

Una vez el piloto anunció un retraso en la llegada. Las condiciones de los vientos no permitían el aterrizaje. Lo recuerdo porque después de diez minutos estábamos aterrizando. La gente aplaudía y gritaba celebrando, algunos se persignaban con los ojos cerrados y agradecían a sus divinidades por el aterrizaje. Yo no, seguía sufriendo el huracán en mi estómago e imaginando cómo sería chocar contra el mar tras un descenso violento.

En esas ocasiones quise extender mis manos hacia los lados, como lo hice el día de la revolcada, y sentirme libre. No me vería tan ridículo, no tanto como quienes se persignaban y aplaudían. Tampoco rodaría sobre la pista de aterrizaje.

Siempre estuve en las costas. Tengo algunos destellos del océano en Panamá. Puedo recordar el mar en Aruba y en República Dominicana. Ese mismo mar descansa en las costas de este país. Nada extraordinario. Turistas atracados en las playas, turistas caminando por los bulevares, turistas riendo a carcajadas, turistas consumiendo licor.

Por mucho tiempo no estuve consciente sobre qué buscaba. No lo supe hasta ese día. Sí, ese día. Ahora lo recuerdo. Fabiola me dio la estocada para salir del pueblo, Julieta me empujó fuera del país. En mi intento por olvidar a Fabiola caí en las trampas de Julieta, y queriendo olvidarla a ella fui a parar a La Guaira.

Puedo respirar la fragancia liberada desde el guiso burbujeando. En la costa. Yo, en La Guaira.

Estaba de paso. Lo recuerdo. Aterricé en Maiquetía. Llegué un día antes porque no había vuelos para el día siguiente. Tuve la opción de irme por tierra, llegar a La Bandera y subir a Maiquetía. De ninguna manera atravesaría Caracas y me expondría a la posibilidad de abordar el Metro mientras pudiera evitarlo. Resolví viajar en avión un día antes. Llegamos a Maiquetía y decidimos irnos a un hotel en La Guaira. ¿Llegamos? ¿Decidimos?

No recuerdo por qué viajé con ella en el vuelo nacional. No íbamos al mismo lugar, ella iría a Vietnam. Es curioso, puedo recordar su destino y el mío no.

Podría confundir Vietnam con mi destino, pero recuerdo por qué ella iba a ese país. Su hijo estaba allá. Desde pequeño soñó con ser egiptólogo, o algo así. A sus dieciséis años tuvo la opción de irse con su padre, para acercarse un poco más a su meta. Su padre, un hombre enroscado en la política de Venezuela, fue asignado a la embajada de Vietnam como secretario del embajador. O era secretario del secretario del embajador, o estaba asignado a uno de esos puestos burocráticos creados para pagar favores y huir del país.

Ella iría por primera vez. No recuerdo cuántas escalas debía hacer, tampoco cuántas horas o días hay de aquí a Vietnam. Pero puedo recordar la historia de su hijo. La intención del muchacho era estudiar idiomas, para tener acceso al siguiente nivel de su meta. Sin embargo, estando allá se convirtió en un licenciado en lengua y cultura vietnamita. Fue el primero y hasta entonces el único venezolano en obtener ese título en Vietnam. Para la fecha del viaje, ya era profesor en una universidad.

Vietnam siempre fue para mí un escenario de películas de Chuck Norris y de Sylvester Stallone. Aunque no recuerdo si Desaparecidos en Acción, o alguna de las partes de Rambo, realmente tuvieron sus contextos allí.

Durante aquel viaje descubrí un Vietnam real, con una historia cercana y sin relatos de guerras. No sé si el muchacho logró ser egiptólogo. Pero admiré el coraje de irse a un país tan distante. Probablemente pensé en Julieta también, lejos de mí cumpliendo su sueño, y seguramente en vez de admirarla sentí amargura por su coraje.

Mi plan era amanecer en el aeropuerto, pero ella sugirió irnos a un hotel. Acepté su sugerencia, siempre y cuando el hotel no estuviese en Caracas.

Es curioso el funcionamiento de mi memoria. Puedo respirar el aire violento nacido en el mar y paseando por las calles de La Guaira. Puedo sentir los vientos huracanados. Ahora mismo puedo recordarlo: desde entonces ese huracán en mi estómago, en cada despegue y aterrizaje, se llamó La Guaira.

Un taxista nos llevó. Recuerdo su nombre: Oswaldo. Probablemente estoy confundido y Oswaldo es otra persona. Pero hoy es el taxista, quien me lleva a un hotel detrás de un conjunto de edificios frente a una gran avenida. Corrijo: quien nos lleva. Del otro lado de la avenida está la costa. Los edificios nos impiden la vista al mar. Odio los edificios. Esas grandes estructuras me empequeñecen, me estorban. Desesperado por el amanecer, tal vez soñé con el mar aquella noche.

Ahora comprendo por qué La Guaira me sabe a naranjas, aunque su aroma es una cazuela de mariscos. Ahora comprendo este sentimiento. La Guaira humedece mis ojos, me empaña la vista, hace temblar mis manos.

Oswaldo nos dio un rápido paseo. «Esto no estaba antes del deslave», decía señalando alguna estructura. Perdí la cuenta de todo lo construido después de la llamada tragedia de Vargas. Por un instante sentí la emoción de pasear por las calles de un Vietnam nacional, víctima de la guerra entre la naturaleza y la ocupación humana, ocupación contranatural, como todas nuestras ocupaciones. Aunque la naturaleza ganó aquella batalla, el hombre se levantó y emergió de los escombros para continuar la guerra.

La noche en La Guaira es distinta a todas las noches de los lugares donde estuve. Es más densa, más oscura. No es un manto, es una sustancia espesa que se mete por la nariz junto al oxígeno y oscurece todo desde adentro. Se me dificultaba alcanzar con la vista todo cuanto señalaba Oswaldo.

La gente parece estar cómoda allí con su oscuridad. Después de la tragedia de Vargas, un término se usó para referirse a los desplazados. Los llamaron dignificados, para sustituir con un discurso político la condición de damnificados. Los dignificados fueron enviados a todos los rincones del país. Sin embargo, no tardaron en volver a La Guaira. No les importó las pérdidas ni el peligro de un mar reclamando el cauce para sus extensiones. Ellos volvieron, como judíos a Jerusalén desesperados por pisar la tierra prometida a sus ancestros. Tal vez extrañaban la densidad de la noche.

«La Guaira es otro país, ese es el detalle», explicó Oswaldo ante nuestro asombro por el regreso de los dignificados y la reconstrucción de la ciudad. Sonó como algo de fácil comprensión. Pero fue necesaria su explicación. Nos llevó a otros lugares. Nos hizo observar a las parejas en las plazas, y los autos en los estacionamientos con la música a todo volumen y cervezas en cavas portátiles.

La noche es más densa y más viva en La Guaira. «Venezuela se puede estar cayendo, pero La Guaira está siempre en lo suyo. Aquí no nos importa nada, mientras tengamos playa, mujeres y cerveza, todo está bien. La Guaira es otro país». Algo como eso fue el resumen de Oswaldo después de llevarnos a tantos lugares. Nos dejó en el hotel, con la promesa de volver por nosotros al otro día, a las once de la mañana.

Me levanté de madrugada, ella todavía dormía. No quise despertarla. Busqué una panadería para tomar un café. Una calle se mostró frente a mí, abriendo paso entre dos conjuntos residenciales y señalando directamente hacia el mar.

Quise dejarme llevar, pero necesitaba el café. Una cuadra después encontré una panadería y pedí un café con leche mediano. «Un marroncito mediano», corrigió la chica detrás del mostrador, mientras le indicaba mi pedido a la otra. Recibí mi café y me senté a leer el periódico. Ha sido mi costumbre todas las mañanas desde siempre. De regreso no pude esquivar la invitación hacia el mar.

Crucé la autopista. Debí tardar unos diez minutos en hacerlo. Le temo a las autopistas y a los autos. Nunca quise comprar uno. Me imaginé muchas veces detrás del volante de un Buick Century, de los de quinta generación. Pero la muerte de mis padres en un accidente de tráfico, y la tentación de soltar el volante para sentirme libre conduciendo por una endemoniada autopista, limitó a los sueños mi casi nula habilidad como piloto.

Unos hombres recogían la basura y colocaban números sobre las pequeñas chozas distribuidas en la playa. No limpiaban la playa por amor a la naturaleza ni por respeto al mar bravo y potente, verdugo de Vargas; lo hacían para comercializar los puestos, las chozas, la vista y hasta la arena. Así es el hombre, todo cuanto puede lo somete a fines comerciales.

«Es parte de nuestra naturaleza humana, por eso hemos llegado aquí», me dijo una vez algún profesor en la facultad de Economía. Me sorprende recordarlo ahora mismo. Pero no, eso ni es naturaleza ni es humanidad; y si es así, la humanidad es una maldición. Llegar aquí no es un logro, no con todos esos templos al ego rodeándonos. De vez en cuando las placas tectónicas se mueven y sacuden algún país presuntuoso, para recordarnos lo olvidado: llegamos tarde y no somos dueños. No sé si le respondí al profesor aquel día.  

Los hombres me dieron los buenos días. ¿Educación? No, eran comerciantes, yo un potencial cliente. En las ciudades nadie da los buenos días espontáneamente. Ni aquí ni en otro país. Pero vaya a las costas, a las calles coloniales, a los sitios turísticos y se llevará una impresión positiva del país con más delincuencia, analfabetismo y miseria.

Me paré frente a un muro de rocas inmensas y escombros de concreto. Pensé en la tragedia. O al menos lo pienso ahora, aquí. Esas rocas seguramente arrastradas por el mar, junto a los escombros de grandes edificaciones derrumbadas por su ira, simbolizan para mí la cosmogonía. El origen alcanzándonos una y otra vez. Nosotros uniéndonos a él. La muerte y la vida naciendo unidas, muriendo unidas. Allí, en La Guaira, viví una de mis tantas muertes, mientras encarné uno de mis tantos nacimientos. Pero no frente al muro de rocas.

Decidí subir el muro. Llegué hasta el final del camino. Me senté un rato y contemplé el horizonte infinito. Debí hacerlo, siempre lo hice en las costas. Siempre me gustó ver el amanecer, esperar el atardecer, bañarme en el mar, sentarme sobre la playa a mirar el horizonte.

Antes de desandar el camino de rocas incrustado en el mar, me levanté y observé alrededor. Nadie me miraba. Abrí mis manos, las extendí hacia los lados y cerré mis ojos. Invoqué a Fabiola y a Julieta. Reviví los años buenos. ¡Tantos años resumidos en un instante!

Fabiola se fue del pueblo. Ella iba dos o tres años adelantada en el bachillerato. Tan pronto se graduó partió. O Partieron. Sus padres se divorciaron. Su madre decidió vender la casa del pueblo para mudarse a la ciudad con sus tres hijas. A esa misma ciudad fui a dar. Me resigné, no la encontraría en un lugar tan grande con calles tan anchas y edificaciones intentando tragarse una a la otra. Soñé con ella muchas veces.

Años después alguien me contó de ella. Se casó con un turco, o un árabe o un sirio. Nunca entendí la diferencia. Tampoco sé si en realidad lo hizo. Hasta donde me alcanza mi limitado conocimiento de esas culturas orientales, los turcos no se casan con mujeres de occidente. Según los rumores, porque después de ese alguien tropecé con otros, ella se convirtió al islamismo. Supuestamente por eso la familia del turco la aprobó. La imaginé muchas veces con un velo cubriendo su rostro.

¡Qué pecado, Fabiola! ¡Tu rostro hermoso escondido detrás de un pedazo de tela!

Después supe de un almacén de telas supuestamente suyo, o de su esposo pero bajo su cargo. Y entonces los rumores comenzaron a parecerse a Fabiola. Ella siempre quiso ser dueña de un gran almacén. Decidí no averiguar cuál era el negocio donde podría encontrarla. Y la tentación me obligó a mudarme de ciudad.

Fabiola, yo me partiría el lomo para ponerte un negocio a tu nombre, y hasta dos y tres. Y estarías sin velo, sin vestido. ¿Para qué querría esconder tu desnudez?

Lo confieso, muchas veces quise aventurarme a buscarla en su almacén, pero apenas lo pensaba sentía el golpe conectando en mi rostro. Me veía rodando por la bajada del Capitán. Y entonces, en otra ciudad conocí a Julieta. Ella se puso en guardia y peleó con mi contrincante, se sentó en la barra de mi bicicleta y tomó el volante mientras yo disfrutaba la libertad en la bajada.

No sé cuánto tiempo transcurrió mientras estuve en el muro de rocas. Pero vi a mi derecha un restaurante y decidí comer una cazuela de mariscos. Ni siquiera al caminar por la orilla en dirección al restaurante noté a la chica bañándose en el mar. Ya sentado y comiendo, la vi salir. Su piel parecía desvanecerse con la brisa, parecía niebla paseando sobre el mar en dirección a la playa.

Ella se sentó frente en la orilla, su sombra me señaló. Interpreté su sombra como una invitación. Las olas se rindieron a sus pies. El sol le hizo brillar la piel.

«Flaco, te vi con las manos extendidas, allí sobre el muro», me dijo sonriendo cuando al fin me acerqué. Me sentí ridículo. «Esta vista es para disfrutarla», añadió. Reconocí su acento. «Eres argentina», le dije asombrado. «Me gustan las costas», disparó sin precaución.

No puedo recordar la forma de sus labios ni el color de sus ojos, pero ahora mismo percibo el olor de la tierra húmeda. Fabiola y Julieta murieron en un instante, allí en La Guaira. Yo junto a ellas.

«¿Ya visitaste Argentina, flaco?» No. Nunca se me ocurrió ir a Argentina. Pero en ese momento quise ir. En mis pensamientos le pregunté su nombre, su número de teléfono y la dirección de su domicilio. Pero fuera de mí solo respondí sus dos o tres preguntas.

Ella se levantó, y me dejó observar su cuerpo. Me obligó a llorar de deseo. Me sentí cobarde y tonto. Nuevamente recibí una paliza y rodé por la bajada del Capitán. Fabiola volvió a burlarse de mí mientras yo chupaba mi sangre. Julieta partió, una vez más.

«Ojalá un día nos tropecemos en Buenos Aires, flaco».

La vi caminar hacia la misma calle por donde fui a dar al abismo. Tal vez se alojaba en el hotel donde yo pasé la noche.

Oswaldo llegó a las once y nos llevó a Maiquetía. Yo no quería abandonar La Guaira. Desde entonces, no hubo costa donde no intenté encontrar a la chica transparente.

El avión despegó puntual. Partí de La Guaira sospechándolo: a partir de ese día la llevaría conmigo a todo lugar. Pero nunca volví, no quise ir detrás de un fantasma.

Tal vez la noche densa de La Guaira me devoró la memoria. Voy en avión. No sé hacia dónde, no recuerdo por qué. Ahora voy solo. Ella tomó otro vuelo y tampoco sé para dónde, aunque su destino final es Vietnam. Desde arriba se ve la costa de La Guaira, no te veo chica transparente, quizás estarás en la habitación de al lado, tal vez dormimos una noche tan cerca y no lo supe.

He llegado a la estación, ya no voy en avión. Regreso aquí. Al pueblo. Al presente. Ya es de noche. Estoy solo. Nunca pude conocer Argentina.


Por Gusmar Sosa | @GusmarSosa

* Mención especial en el X Concurso Policlínica Metropolitana

de mano en mano

De mano en mano

El mensaje de texto me dejó intrigado, lo confieso. Me lo había enviado Laura, pero me quedé pensando en nuestra amiga Isabel, intentando ubicar el momento exacto del último encuentro, las últimas risas, la última fiesta; pero no pude. Durante muchos años habíamos sido buenos amigos, Isabel, Laura y yo, amigos de irnos a la playa durante los fines de semana o acudir a fiestas hasta la madrugada, pero parecía que había pasado una vida entera desde esos días de camaradería y celebraciones.

Debido a la situación del país, Isabel se fue a Buenos Aires en un año indeterminado, y, pocos meses después, su hermano se había mudado a Australia para trabajar en una transnacional de la que yo sabía muy poco. Todo se derrumbó a partir de allí: la mamá de Isabel había enfermado y ellos no pudieron regresarse a tiempo para estar con ella en esos meses finales de lenta agonía. Laura y yo hicimos lo que pudimos, pero no fue mucho. Algunas videollamadas y muchos mensajes de texto antes de una apresurada cremación y una retahíla de quejas y maldiciones por parte de Isabel contra el régimen nefasto que le había impedido a su madre los medicamentos necesarios y a ella la posibilidad de compartir con la señora su dolorosa enfermedad.

Laura se quedó con las llaves del apartamento de la señora porque eran vecinas. Ella cruzaba más mensajes con Isabel que yo, y así habían decidido que lo mejor sería alquilar algunas de las habitaciones a muchachas universitarias para que el apartamento no estuviese solo, ya sea para evitar su deterioro o para que alguien pudiera expropiárselo. Una vez más, mi amiga se puso manos a la obra y limpió y organizó las cosas de la mamá de Isabel. Donó la ropa al geriátrico y regaló algunos muebles viejos. Pero la señora había sido una lectora voraz, dejando uno de los cuartos convertido en una gran biblioteca. Yo recordaba eso, por supuesto, y también la sonrisa afable con la que ella solía negar el préstamo de sus libros. En esa época yo comprendía muy poco, y no sabía lo que ahora sé sobre la amarga posibilidad de prestar libros que no volverás a ver de nuevo. Yo le devolvía la sonrisa y hablaba de otra cosa, con la vista puesta en la taza llena de café que compartíamos sentados a la mesa de la cocina mientras Isabel terminaba de vestirse para salir conmigo.

Me reuní con Laura una semana después de haber intercambiado los mensajes de texto donde me pedía encargarme de los libros. Me ofrecí para ayudar en lo que pudiera, para embalar o catalogar o limpiar u ordenar los libros de la señora María; pero Laura me dijo que ya lo había conversado con Isabel y que entre las dos decidieron que lo mejor era que yo me encargara de disponer qué se haría con los libros, que tenía carta blanca en el asunto, porque Isabel ya no regresaría y era preferible que alguien que valorara los libros se encargara de eso. Yo alcé las cejas.

—Pero, ¿a qué te refieres con “encargarme de los libros”?

—Bueno ―dijo ella―, Isabel dice que te quedes con los que quieras y que el resto lo dones o se los pases a alguien que también los valoren, porque ahí se van a deteriorar más; y es necesario vaciar esa habitación, para alquilarla.

—Puedo embalarlos y tenerlos en mi apartamento, si ella quiere… En caso de que más adelante quiera revisarlos o…

—No ―me cortó Laura―, Isabel no viene más, olvídate de eso. Ni quiere ni puede. Me dijo que ya su mamá murió y ella no quiere regresar. “¿A qué?”, me dijo. Y yo se lo entendí. Es verdad: ¿a qué se va a regresar?

Respiré profundo. Terminamos de bebernos el café y, agarrando el manojo de llaves, nos fuimos al apartamento vacío de la señora María. Fue inevitable que muchos recuerdos surgieran a la superficie. El paso lento de la mamá de Isabel. El aroma de la comida en la cocina. La voz familiar que me recibía en cada visita. Y ahora el silencio rebotaba entre esas paredes vacías. Laura me precedió hasta una habitación cerrada al final de un corto pasillo. La puerta chirrió al abrirla. Había varias cajas de cartón en el piso y dos de las paredes estaban llenas de libros polvorientos, apilados de cualquier manera, caídos algunos, en ordenadas filas otros. Una cortina de tela oscura dejaba el cuarto en una leve penumbra a pesar de la hora matinal. Hice otra profunda inspiración e intercambié una mirada con Laura.

—Revisa a ver ―dijo, encogiendo los hombros―. Yo voy a montar más café. Llámame si me necesitas… Me parece que la señora María aparecerá en cualquier momento, y eso me hace sentir incómoda. Voy a estar en la cocina. Avísame cuando termines.

La vi desaparecer por el pasillo y me arrodillé frente a las cajas. Revisé sin apresuramientos y le eché un vistazo a los títulos en los anaqueles. Había un poco de todo: enciclopedias de los años 70, libros de historia, textos académicos, novelas, fascículos de viejos recetarios de cocina, volúmenes sobre extraterrestres y sobre jardinería, colecciones bellamente empastadas sobre literatura rusa y francesa, antologías de cuentos, revistas de modas, folletos, una mesa de planchar con más libros encima, manuales de mecánica automotriz, diccionarios, libros sobre arte italiano… Me sentí de nuevo como un niño ante aquella cueva llena de pequeños tesoros, y lamenté las tristes circunstancias que nos habían empujado a eso. Aparté un tomo grueso sobre autores rusos (Gógol, Pushkin, Turguéniev, Korolenko, Bunin, Gorky y otros), una vieja edición de La educación sentimental de Flaubert, un volumen de Herodoto (Los nueve libros de la Historia), otro de Suetonio (Vidas de los doce Césares) y varias novelas de autores europeos.

—¿Vas a querer más café? ―preguntó Laura una hora después.

Le dije que sí mientras sacudía el polvo de mis manos. Poco a poco había logrado establecer un poco de orden, apartando los títulos que me interesaban de los que podía regalar o donar a la Biblioteca Pública. Quedaba mucho polvo todavía, muchas telarañas, algunas cajas sin abrir y anaqueles sin revisar, pero al menos ya estaba a mitad del camino. Hicimos una pausa para beberme el café y cruzar algunos comentarios sobre la señora María y sobre nuestra querida amiga, lejos en Buenos Aires, ajena por completo a la limpieza que realizábamos.

—La extraño, ¿sabes?

—Yo también ―me dijo Laura―. Yo también. Ella insistió mucho en que tú te quedaras con los libros de su mamá. Creo que eso lo dice todo.

—Dice todo y más. Hubiese preferido que estuviese aquí con nosotros, pero…

—Pero esto es lo que hay ―completó ella―. ¿Te falta mucho?

—Sí. Me falta aún revisar lo que está en aquella pared…

—Bueno… Mejor te quedas a almorzar conmigo y venimos otro rato en la tarde, ¿te parece?

Paseé la mirada por la habitación y asentí con lentitud. Ya cuando salíamos del apartamento, giré la cabeza por encima del hombro para contemplar el silencio que dejábamos atrás. Murmuré una frase de agradecimiento a la señora María y lamenté una vez más aquella vuelta del destino que me sorprendía con otro cargamento de libros ajenos, pero los aceptaba con mucho respeto y cariño. Laura preguntó luego cómo me llevaría los libros.

—Tendré que pedirle a mi papá que me dé la cola, porque esas cajas pesan mucho.

Laura me miró con curiosidad.

—Más libros ―me dijo con un acento raro en la voz―. Quién sabe qué pasará con ellos cuando tú te mueras.

Lo pensé un momento y dije:

—No lo sé, vieja. Supongo que alguien más hará entonces lo que nosotros estamos haciendo hoy. La vida es una enorme rueda… Regálame otro poquito de café, por favor.


Por Luis Guillermo Franquiz | @lgfranquiz

la vinotinto huele a política

La Vinotinto huele a política

Imagina a la Vinotinto jugando un partido de la próxima Eliminatoria mundialista de fútbol en Lima, una ciudad en la que dos tercios de sus pobladores evalúa como negativa la inmigración de casi un millón de venezolanos: sería fácil escuchar cánticos que te dolerían en los oídos. Imagina una fecha FIFA en nuestro territorio que se suspende por apagón generalizado o un llamado a sublevación militar (ya han ocurrido al menos dos episodios similares este año en competencias de clubes).

O quizá dos aficiones que se unen para corear juntas contra la dictadura en un Colombia-Venezuela de la Copa América 2020 en Barranquilla, con diputados exiliados en el palco de honor. Prepárate, Rafael Dudamel: quizá vas a tener que poner varias veces tu cargo a la orden en el ciclo mundialista para Qatar 2022.

Quizá te decepcionaré: en las próximas líneas voy a escribir más de lo extradeportivo que de lo deportivo. “Estamos navegando en aguas muy turbias. Se ha politizado todo y soy el director técnico de una selección del país entero”, declaró el seleccionador Dudamel luego de un amistoso memorable (Venezuela-Argentina en Madrid, con visita incluida del representante diplomático en España de Juan Guaidó).

Defíneme política. Apelo por lo más simple: el diccionario de la Academia de la Lengua: “Actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos”. O sea, todo lo que implique dejar de estar echado rascándome el ombligo en mi cama. Salir a la calle e interactuar con otras personas es ya, a mi modo de ver, el inicio de un acto político. El que se declara “antipolítico” es un mentiroso que construye de entrada un oxímoron. Por eso lamento decírtelo, si es que piensas lo contrario: el deporte nunca será un territorio políticamente neutro. “Concebir al atleta como castrado político es una visión hipócrita”, me refrenda Ignacio Ávalos, quizás el principal sociólogo del deporte en Venezuela.

Una identidad fragmentada

El elemento político ha estado presente en los cinco ciclos mundialistas previos que han coincidido con los 20 años de esa plaga bíblica llamada chavismo. Voy a contar algo que te sonará sacrílego: después de que vi a Hugo Chávez, Evo Morales y Diego Maradona en la inauguración de la Copa América 2007 en San Cristóbal, nunca sentí demasiadas ganas de que la Vinotinto progresara mucho en ese torneo. Y eso a pesar de que la entrenaba Richard Páez, quizá mi seleccionador venezolano favorito de todos los tiempos (junto con el recién fallecido Carlos Horacio Moreno), por su preferencia por el juego de posesión y su convicción de que el crecimiento deportivo de Venezuela pasaba por la confianza psicológica en que no somos menos que nadie en la Conmebol, aunque hoy quedamos como el único de sus 10 miembros que nunca ha cantado el himno en un Mundial.

Foto: Cortesía

Temía que Chávez se apropiara de cualquier actuación exitosa de un equipo que salía con dos defensas laterales de vértigo como Héctor “Turbo” González y Jorge “Zurdo” Rojas. Espero haber sido el único venezolano que andaba ligando para atrás. Siempre me he preguntado si es posible que tu identidad nacional llegue a fragmentarse tanto que dejes de apoyar a tu propia selección de fútbol.

Estoy convencido de que Qatar 2022 será el ciclo más politizado de nuestra historia futbolística y empequeñecerá cualquier contexto extradeportivo que hayamos presenciado hasta ahora. Al menos hasta el momento en que tecleo esta línea, desde hace cuatro meses vivimos una situación inédita no solo en Venezuela, sino en el planeta, con un gobernante ilegítimo de facto y otro reconocido por más de 50 países que permanece libre en medio de una virtual aniquilación del Parlamento.

Será la primera eliminatoria mundialista completa que jugaremos en medio (o con las secuelas vivas) de una hiperinflación declarada en noviembre de 2017: sí, la política económica es también una decisión política. Además de una emergencia humanitaria compleja que, según la ONU, provocará que casi 5,5 millones de compatriotas hayan huido del país a finales de año: casi 75% de ellos regados en naciones contra las que jugaremos partidos oficiales de fútbol. Lamento si te arruino la ilusión de un escape de la realidad durante 90 minutos: es ingenuo pensar que nada de eso gravitará dentro y fuera de la cancha.

Pedro Infante, ministro de Juventud y Deporte del poder usurpador, es vicepresidente de la Federación Venezolana de Fútbol que sancionó a los capitanes de las oncenas que en Maracaibo se negaron a jugar un partido normal en medio de un apagón nacional (la sede de la final de la Copa América 2007, por cierto, es hoy una ciudad distópica). Por lo que se vio en el amistoso en Madrid y se nota en sus redes sociales, la mayoría de los jugadores más experimentados del plantel está en contra de la dictadura. Rafael Dudamel, que criticó públicamente a Maduro durante las protestas de 2017, ahora juega al acróbata, guardándose las espaldas ante cualquier caída de la cuerda floja.

“La manera en que Dudamel manejó la situación en el amistoso en Madrid no fue bien vista por varios de los ‘pesos pesados’ de la Vinotinto, lo sé de fuente directa. Ese episodio puede marcar su relación con los jugadores, que no se sintieron respaldados”, sopesa el periodista, escritor y comentarista Daniel Chapela. “La posición del seleccionador fue ambigua. Lo que declaró a los medios no se pareció a lo que pasó. Antonio Ecarri –representante de Guaidó– visitó el camerino sin protocolo previo, pero no fue mal recibido por Dudamel. El órdago que se lanzó al poner su cargo a la orden fue una manera de salvar su pescuezo y limpiar su posición, pues su sueldo sigue saliendo de la FVF. Dudamel sabe encima de qué poder político está sentado. De todos modos, es un técnico con personalidad y ascendencia sobre muchos muchachos jóvenes que se formaron con él y lo respetan mucho. Si el grupo le compra su idea y encadena varios resultados positivos como la victoria de preparación ante Argentina, la Vinotinto podría crecerse sobre todo en un torneo corto, donde tendrá más opciones que en una eliminatoria larga. Si los resultados no aparecen, saldrán a la luz todos esos problemas”, agrega.

El Mundial de Qatar 2022 se disputará finalmente con 32 naciones, las 10 selecciones de la Conmebol (la confederación de Sudamérica) competirán por cuatro cupos directos más otro con la alcabala de un repechaje casi siempre accesible contra algún rival de Asia, Oceanía o la América de Panamá hacia arriba. ¿Llegaremos a la fecha 18 con vida? “Es inevitable hablar de la Vinotinto y no pensar en escuadras nacionales de la ex Unión Soviética o la ex Yugoslavia, cuyos planteles estaban pegados con teipe”, desconfía Jovan Pulgarín, analista del portal Prodavinci hoy residenciado en Medellín.

“La situación política interna de Venezuela es muy distinta a esos dos ejemplos, pero nos parecemos en que no hay identificación alguna entre los que ejecutan en la cancha y el ente que los agrupa. Un tema aparentemente trivial como la marca del uniforme muestra que no hay ambiente armónico jugadores-FVF. El tema económico es otro componente explosivo: habrá dificultades en la Federación para conseguir patrocinantes, juegos de preparación y probablemente pagar premios. Espero que no estalle un conflicto en plena competencia. Cruzo los dedos para que los jugadores estén concentrados en lo deportivo. En cuanto a la afición, me cuesta imaginar a un habitante de Maracaibo, por decir algo, adhiriéndose al sueño de ir a nuestro primer Mundial cuando antes tiene que aliviar muchas otras carencias urgentes”, finaliza.

El ejército de los caminantes

Chapela admite que la diáspora que camina por América Latina introduce un elemento novedoso y único: “Ningún país de Sudamérica ha tenido quizá tantos migrantes en otros miembros de Conmebol como Venezuela en este momento. Lo veremos sobre todo cuando la Vinotinto juegue en Colombia, Perú, Ecuador, Chile y Argentina: no tengo ninguna duda de que nuestros compatriotas van a hacerse sentir. Va a haber mucha gente cerca del hotel de la concentración del equipo e intentando hacer llegar mensajes. Será inversamente proporcional a los pocos enviados que tendrán nuestros medios de comunicación”.

El periodista zuliano Humberto Perozo será uno de los que probablemente lo verá solo por televisión, pero tiende al optimismo: “La presión o el estímulo serán mayores con la gran cantidad de venezolanos presentes en todos los escenarios. Ojalá puedan aprovechar el apoyo. Será un reto mantener lejana la controversia en cualquier partido. Si en el vestuario hay respeto por la figura del entrenador, el equipo puede estar enfocado en jugar, sea cual la posición sobre temas políticos”.

De la época de Richard Páez, las cuñas de Polar, la canción de Caramelos de Cianuro y los Minitintos, recuerdo que estábamos en plena bonanza petrolera (como periodista, llegué a cubrir juegos de la Vinotinto en el exterior) y que bastantes jugadores le sonreían a la intolerancia dicharachera de Chávez, o al menos se hacían los locos. Aunque pocos se declaraban abiertamente como militantes, con algunas excepciones. No los juzgo en retrospectiva: pasar agachado es parte del Kamasutra de la condición humana.    

Rafael Dudamel. Foto: Prensa Vinotinto

“La magnitud del desmadre actual es tal que es imposible la no-politización”, sentencia rotundamente el sociólogo Ignacio Ávalos. “El antropólogo estadounidense Ralph Linton decía que no somos ángeles caídos, sino antropoides erguidos: la idealización del deportista como un ser moralmente superior al resto de la actividad humana es una estupidez. ¿Cómo puedes pedir a los jugadores que no hagan manifestaciones de desacuerdo con la destrucción del tejido social y el aparato productivo de Venezuela? Cuando sales a la cancha no puedes dejar del todo atrás los problemas que padecen tus familiares. Los estadios de Santiago, Lima, Quito o Buenos Aires también serán plataformas de la inevitable protesta política de nuestra diáspora. ¿Qué hacen esos venezolanos con los afectos que dejaron en su país? Nunca podrán reprimir por completo el rencor o la tristeza. En mi opinión, Rafael Dudamel tiene que acompañar a jugadores y aficionados en sus expresiones”.

Vivo en un país que pasa por algo nunca vivido en otra parte –quizás uno de los modelos más refinados de destrucción no bélica de la historia de la humanidad–, más allá de bastantes similitudes con procesos como el de Cuba, y que quizá ningún otro terrícola vivirá. Me dispongo a presenciar un ciclo clasificatorio que será también, probablemente, irrepetible. No soy muy optimista sobre un cupo en Qatar 2022 ni espero demasiada piedad alrededor del rectángulo verde. Habrá seguro muchos insultos de “muertos de hambre”, chistes sexistas, pancartas furtivas censuradas por la FIFA cuyos mensajes contra Maduro crecerán en desesperanza si el despertar democrático de 2019 no encuentra desahogo. ¿O acaso veremos una primavera venezolana en pleno premundial, que se corone con un Gloria al Bravo Pueblo más glorioso que nunca en la Navidad de 2022?

Hagan cotufas. No sé ustedes, pero espero esta Eliminatoria más que el capítulo final de Game of Thrones, y creo que presenciaré una apasionante clase magistral del deporte como inevitable hecho político.


Por Alexis Correia | @alexiscorreia

el idioma viejo

El idioma viejo

Los idiomas cargan consigo las preocupaciones del presente.

En castellano las preocupaciones vienen del pasado. En España, por ejemplo, se discute la exhumación de Francisco Franco y en Hispanoamérica se habla de la «esperanza de los pueblos» y del socialismo; es decir: puros fantasmas de otras épocas.

Los idiomas se usan y están vivos hoy, pero cuando se habla tanto del pasado, se contagian de palabras e ideas viejas. También se contaminan de gustos viejos. Véase Roma, la película de Alfonso Cuarón. Nótese que vemos en pantalla una cinta que cuenta una historia mil veces contada en telenovelas y películas no sólo de México, sino de toda Latinoamérica.

Y ya que hablamos de Roma en relación con el castellano, ¿cómo obviar ese ridículo episodio en el que los usuarios españoles de Netflix se quejaron porque los subtítulos en castellano de la película venían en dialecto mexicano y no en castizo? Claro, lo primero que haría falta meditar es por qué una película en castellano necesita subtítulos en castellano en un país en el que se habla castellano. Digamos que, a pesar del absurdo, el público de España y de todo el orbe que habla castellano, tiene algo de razón porque, la verdad sea dicha, los diálogos de esa película no se entienden quién sabe si porque el sonido es francamente malo, aunque los expertos digan lo contrario, o porque los actores no saben vocalizar. Demás está decir que el castellano extendido por toda América es diverso y que es común encontrar modismos y términos que hace falta explicar.

Volvamos al castellano y su fijación por el pasado.

Observemos que nuestro idioma es una especie de reservorio de palabras de los años sesenta, época marcada por la Guerra Fría y el afán guerrillero. En Latinoamérica se usan todos los días palabras como imperialismo e imperialista, sabotaje, golpe, comandante, desposeídos y pueblo, entre muchas otras, puras palabras que denotan un pensamiento político que no se compagina con la complejidad del presente y del futuro. En España hablan de igualdad, machismo, secesión, república, derechos, autonomía, progreso… Términos que parecen sacados del mayo francés de 1968.

El español es un idioma cargado de pasado.

A diferencia de lo que otra gente opina, creo que las circunstancias en las que se habla un idioma lo influyen y lo marcan.

La adicción hispana por el pasado marca al castellano que usamos hoy. En muchos casos, creo que lo hace de manera vergonzosa y triste porque lo limita.

Esa adicción parece venir de una incapacidad para terminar de aceptar, resolver y superar los problemas, problemas que terminan retomando algunos políticos para seguir mareando y haciendo política barata de manipulación emocional primitiva.

Sepan que el castellano no es un idioma ligado al conocimiento ni a la tecnología. Es un idioma con una larga y prodigiosa tradición literaria hoy desconocida por millones y millones de personas en el mundo entero. El castellano es hoy un idioma de obreros y cocineros, lo cual no tiene nada de malo, pero saber y decir esa verdad nos baja de la nube de creer que el prodigio que hablamos es más importante de lo que es.

Por Roberto Echeto

ladrón

#DomingosDeFicción: Ladrón

Ahí apareció la catirita otra vez. Puntual. Son las 5:02 y ya está montándose en el cuarto vagón de la Línea 1, dirección Palo Verde. Estamos en Plaza Venezuela pero yo la llevo esperando desde Capitolio. Un par de veces me he pillado que se monta en Bellas Artes y hoy que es el gran día del asalto no quería arriesgarme a que se me fuera. Se cierran las puertas. Son las 5:04.

La chama nunca se sienta. Yo no sé si lo hace para parecer más ruda y menos catira en el Metro o porque capaz no le gusta sentarse; si es lo primero, es bien gafa porque con esa pinta que se carga no puede dárselas de la ruda ni que se suba al techo del vagón. Toda catira y flaca, con esa piel tan blanca y unos ojos tan grandes que pareciera que quisieran ver el mal antes de que sea demasiado tarde. No le sirven mucho, creo. Como dijo Lucho el otro día: “Esa coneja es una presa fácil”, y tiene razón. Si la agarro por sorpresa de repente no va a poder ni perseguirme, ni pegarme y yo creo que ni gritarme; solo se quedaría ahí con esa cara como de que no rompe ni un plato, pensando en qué pasó, con la boca abierta y los ojos sin entender lo que la cabeza todavía no procesa: te robaron, chama. Y fui yo.

Sabana Grande.

Nunca he sido de los que roban así por placer, pero últimamente se ha vuelto una necesidad. Capaz fue una maña que me nació cuando la vi, y de pana espero que se me pase, porque si hay algo que sé porque me lo dijo mi vieja hasta el cansancio es que robar es malo y que eso a Dios le cuesta perdonarlo. Espero que el de arriba me perdone esta sola vez. Es solo para quitarme la idea de la cabeza. Aparte no es que es a cualquiera. Es a la catirita de ojos grandes: lo de no comas delante de los pobres te lo tuvo que haber dicho alguien antes de montarte en el Metro con ese pelo tan amarillo, chama.

Chacaíto.

Me voy a acercar un pelín más solo para no perderla de vista. No vaya a ser que hoy sea el día en que se avispe y corra. Está al lado de la puerta viendo fijamente el mapita de paradas, como si no supiera adonde va: ella, todos en el vagón y yo sabemos que se va a bajar en Altamira para perderse entre la multitud que sale en estampida hacia las escaleras mecánicas y nunca hacia las de cemento. Yo creo que ella agarra las de cemento pero nunca me he fijado mucho después de que sale del tren; cuando la dejo de ver se me pierde la idea de robar y sigo fijo hasta Los Cortijos pensando en las mil veces que mi mamá me dijo “Mijo, por fa, no robe. Lo que usted quiere trabájelo”. Pero, vieja, esto es distinto.

Chacao.

Me muevo un poquito más y me quedo justo enfrente de ella. Tieso pero relajado para que no se me altere y se baje donde no es. Tengo la mirada fija en el piso y siento los nervios de la primera vez. Tranquilo, Juancho, carajo. Es como Lucho dijo, la chama es una presa fácil. Levanto la mirada de a poco y la miro: ella sigue con la mirada clavada en el mapita del metro y ni se ha enterado de que me moví; que el vagón avanzó; que el chamito de la morena sentada a mi izquierda empezó a llorar; que el parlante anunció algo que no entendió nadie; que un mendigo que olía mal entró, le gritó a todo el mundo y se volvió a salir; que la vieja que estaba recostada del agarradero se resbaló, y bien hecho porque eso es para que todos se agarren y no para que tú te recuestes. De nada se enteró la chama. Ella seguía inmersa en el mapita de la puerta, contando estaciones o haciendo lo que sea que las catiras con esa pinta que tiene ella hacen cuando se quedan viendo fijamente.  Yo nunca la había visto tan de cerca porque siempre me quedaba al menos medio vagón alejado para que no sospechara. Tenía unos blue jeans oscuros y una camiseta blanca, con el pelo suelto, sin maquillaje y con unos zapatos marrones que le combinaban con los ojos y algunos lunares chiquitos que tenía en la espalda. El bolso que llevaba hoy era chiquito, de esos que tienen toda la pinta de que las jevas no los agarran duro porque creen que nadie les quita algo tan chiquito. Definitivamente, hoy era el gran día del asalto.

No era tan distinta a mí, la verdad. Era una chama normal, con pinta de presa fácil, pero quién quita que yo no la tuviera también.

Altamira.

“Aquí fue”, pensé sudando hasta las palabras. Anunciaron la estación en los parlantes, la gente se paró, la catirita dejó ver el mapa y digirió la mirada hacia el otro lado del vidrio de la puerta, que le devolvía la cara de un hombre ansioso por entrar a sentarse. Yo me moví hacia ella. Hoy era el día del robo y no podía perderla. “Perdóname, mamá”. Salió del vagón rápido con ganas de irse a su casa, empujada por una pelota de gente que compartía su sentimiento y conmigo a dos personas atrás. La chama no agarró hacia las escaleras mecánicas sino que se fue a las de cemento pero a un paso acelerado, como apurada. ¿Me habrá visto? Pero no puedo perderla. Hoy es el día. Me apuro también y la sigo casi que corriendo con el corazón acelerado y un pito en los oídos que ya ni me deja escuchar las advertencias de mi vieja. La chama se mete entre la gente para subir rápido pero justo antes de que ponga un pie en el primer escalón, la agarro por el hombro, la volteo y ¡zaz! Le robo un beso.

“Perdóname, catira. Pero es que tú tienes muchos para ti solita y si no te robaba aunque sea uno, yo creo que me moría”.

Y ella sonrío.

Por Andrea Atilano | @andreabasienka