¿Creció más rápido el fútbol que la sociedad?

Francia ganó el Mundial 20 años después de que consiguiera su primera Copa. En el camino, hay que contar también el subcampeonato logrado en el 2006. Han sido poco más de dos décadas de evolución en asuntos futbolísticos. Y de confrontación, mucha confrontación, en temas sociales.

Les Bleus, documental publicado en 2016, cobró especial vigencia luego de que Varane alzara la Copa en Rusia. La producción habla de la selección que tocó la gloria en 1998 y lo qué significó ese triunfo a nivel político y social. En un periodo en el que el racismo y la xenofobia carcomían los cimientos de la sociedad francesa, una selección mentada –para bien y para mal– como la de los “negros, blancos y árabes” trató de usarse por ciertos sectores como un símbolo de la Francia unida. Pero el fútbol a veces es un cuento de hadas cuyas alas se queman cuando tocan la realidad. Cuatro años después de Francia 1998, un partido racista logró postular un candidato a las elecciones y consiguió casi cinco millones votos. Ese mismo año, Zinedine Zidane –leyenda francesa de ascendencia armenia– marcó un golazo de volea que le dio al Real Madrid su novena Liga de Campeones.

En el mismo país que llamaban “chusma” a los inmigrantes que vivían en las barriadas, latía un genuino orgullo porque una de las figuras del fútbol mundial fuese gala. Aunque los rasgos de Zidane lucieran inequívocamente árabes.

“El deporte evolucionó más rápido que la sociedad”, dice en el documental el ex presidente Francois Hollande. Ahora, en el 2018, la selección dirigida por Didier Deschamps –quien formara parte, como jugador, del combinado del 98– volvió a sostener la gloria entre sus manos con un equipo compuesto por 17 jugadores de ascendencia africana. 17 de los 23 totales.

Convendría adentrarnos en el buen documental de Netflix y esperar a ver si ahora, que hay diez veces más inmigrantes en la selección de Francia que en el país, el fútbol volvió a crecer más rápido que la selección.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

 

Clases de represión

Desde que iniciaron las protestas contra el presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, a mediados de abril, las clases de represión por parte del Gobierno continúan. De las movilizaciones multitudinarias por avenidas principales, el sector opositor tuvo que pasar a replegarse y defenderse detrás de barricadas (como en Venezuela hace un año). La mano dura en las decisiones de Ortega rememoran las cruentas dictaduras que gobernaron en distintos países del cono sur en el siglo XIX: policía, ejército y paramilitares forman parte de distintos recursos (in)humanos para imponer a punto de plomo el miedo a pensar distinto, a discernir. Si en las filas opositoras levantan la bandera por la dignidad, la democracia y el estado de derecho, los opresores encienden el reproductor para bailar al son de las detonaciones. Y es que si el domingo no les importó que las balas llegaran a una Iglesia en donde se resguardaba un sacerdote en un cruento ataque sobre el barrio de Monimbó –bastión opositor–, mucha menos vergüenza tuvieron en festejar el martes, después de siete horas de bombardeo y persecución a los habitantes de la misma localidad: un policía –extasiado de felicidad– agarró por dos patas a un perro para bailar al ritmo de “Aunque te duela, Daniel aquí se queda”: el término despreciable nunca antes tuvo una imagen tan explicativa. Tres meses tiene la oposición nicaragüense en la calle exigiendo la renuncia de la pareja presidencial (Ortega designó a su esposa como vicepresidenta), cambios en el sistema democrático y justicia para las víctimas que, según El País de España, son más de 350 personas. Las concentraciones de calle iniciaron cuando el Gobierno decidió imponer una reforma a la Ley de Seguridad Social, la cual aumentaba la cuota de impuestos a jubilados, trabajadores y empresas privadas. Pese a que la medida fue retirada, los manifestantes no cedieron, pues visualizaron el lado más opresor de un régimen que tiene 11 años en el poder. En las calles nicaragüenses, el terror se impone gracias a los organismos oficiales del Estado y los paramilitares armados con fúsiles AK-47.

 

Por Juan Pablo Chourio@juanpa_ch

“El tiempo, Pep, tu enemigo es el tiempo”

Martí Perarnau cierra su segundo libro sobre Josep Guardiola (La metamorfosis) hablando sobre esa abstracción que juega un papel tan importante en el fútbol: el tiempo. Quizá porque hasta los escritores de no ficción viven de atender a sus demonios, el tema se aborda con la prolijidad del que escribe para curar su propia enfermedad.

Martí Perarnau, ex atleta olímpico, es un periodista que devino analista de fútbol para granjearse una carrera de prestigio en España. No obstante, como si el miedo a caducar lo golpease, un día decidió dejar la inmediatez para casarse con la trascendencia: luego de tener publicado Senda de campeones, una maravillosa radiografía a La Masia, anunció que se retiraba de los medios para dedicarse a los libros. Fue entonces cuando nos regaló su best seller internacional, Herr Pep: una obra que aborda desde la intimidad y la pasión por el juego de fútbol la primera temporada de Guardiola en el Bayern Múnich. El libro resultó disruptivo, tanto por lo difícil que es que un entrenador de ese nivel le dé tanto acceso a la vida cotidiana de un vestuario a un periodista o escritor, como por esa deliciosa mezcla con la que Martí saltó a analizar la metodología de Pep valiéndose de recursos literarios que hicieron que su obra se considerara, merecidamente, una pieza de literatura.

Pues bien, con Pep Guardiola. La metamorfosis, Perarnau cambió un poco su registro narrativo para generar una obra trangenérica que, nuevamente, se cocina desde la intención del autor de que se hable más del juego. Lo que, a la larga, es equivalente a decir que se hable más de filosofía y de la vida.

Por estos días, en los que despedimos el Mundial de Rusia 2018, un libro tan reflexivo cae como anillo al dedo. El fútbol, para que trascienda, debe salir de los noticieros y de las discusiones de bar para perpetuarse en ensayos y en la narrativa. En una época en la que vivimos sometidos por la hiperconectividad, en la que el éxito del fast food llena de ilusiones superfluas la mente de los adolescentes, Martí aprovecha la metodología de Guardiola para exponer cómo los triunfos se cuecen a fuego lento y con actitud de artesano. Pero, sobre todo, para dejar en claro que la urgencia que parece aplastar la vida diaria no es más que un invento de la industria periodística: esa que busca generar héroes y villanos en tiempo récord para mantener los índices de ventas.

Cuando la leyenda del ajedrez, Garri Kaspárov, le dijo a Guaridola: “El tiempo, Pep, tu enemigo es el tiempo”, probablemente se refería a que su némesis es él mismo y la tentación a sucumbir a la vorágine impuesta por otros.

Martí cierra su libro con esta concluyente idea: “Y ahora ha llegado el momento de que Guardiola se conceda a sí mismo todo el tiempo que necesita para ser lo que quiere ser”.

Eso dice Martí. Y bien podría estar hablando con cualquiera de nosotros.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

 

“Yo era el niño raro que se sentaba a leer libros en las fiestas”

De dizque gustos opuestos (literatura y fútbol) pero armoniosos para él, el nuevo editor de Revista OJO, Lizandro Samuel, no puede hablar de sus principios sin que Xavi Hernández le de un pase a Mario Vargas Llosa: “La primera imagen que me vino a la mente [cuando apareció la oportunidad de trabajar en OJO] es la que narra Marti Perarnau en su libro HerrPep. Cuando Guardiola está de vacaciones en Nueva York y cierra el contrato con el Bayern de Múnich,él [Joseph Guardiola] está almorzando y empieza inmediatamente a ver el salero e imaginar si Philip Lahm puede jugar en esta posición. Esa fue inmediatamente mi reacción cuando surgió la oportunidad: imaginarme todas las cosas qué eran posibles de hacer: empecé a desbordar motivación”.

Para Lizandro, OJO siempre fue un medio de comunicación que no sólo llena un espacio vacío en Venezuela, sino que también es capaz de ser una ventana para las firmas emergentes del país. Cuando le tocó personificar a la revista, se la imaginó así: “OJO sería uno de mis mejores amigos o, por lo menos, sería de las personas más cool que conozco. Me imagino a OJO como alguien joven que usa franela de colores: el chico más inteligente de la clase que es amigo de todo el mundo”.

Su nuevo puesto lo asume con la misma ilusión de quien encuentra su primer trabajo, aunque ya ha pasado por diversos medios, casi siempre, como colaborador: Diario Líder en Deportes, Foro Vinotinto, TheLines, Nalgas y Libros, Clímax,La Vida de Nos, entre otros.

Y es que el nuevo editor vive de encender el reflector en donde otros pasan de largo: “Hay que construir historias que ponganel foco sobre las personas, sobre el día a día. Hay que hacer entender que nosotros no somos estadísticas ni números, sino que cada uno es un nombre, un ser humano y una historia distinta y ahí es en donde hay que estar bastante OJO”.

Desde pequeño se obsesionó con la literatura: “Yo era el niño raro que se sentaba a leer en las fiestas”. Y en la adolescencia se enamoró del balompié: “Así como muchos hablan de su universidad y de los colegios a los que fueron, mi formación humana, moral y ética me la dio el fútbol”. Si de algo estaba seguro, era de que no quería que sus pasiones se quedaran como hobbies: “Me abrí paso escribiendo y me puse a pensar que tenía que encontrar la manera de hacer de mi pasión algo rentable, sino quería morir de hambre”.

Al niño raro que se sentaba a leer en las fiestas familiares y que en la adolescencia disfrutaría de patear balones, ahora le toca sentarse en la silla de editor de una revista que narra los relatos que los poderosos quieren ocultar.

 

Por Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch

Algunas preguntas y una aclaratoria

Putin es un tipo de temer, le gusta el poder, lo usa por encima de la ley, a su antojo, viola derechos humanos y es despreciable. No lo defiendo, pero… me gusta hacerme preguntas. Estas preguntas, por favor, tampoco defienden nada, sólo pretenden pensar desde una cierta semiótica. Nada más, nadie se enoje, por favor. Son preguntas, no expresan una opinión afirmativa. Son preguntas no más.

Ahora, aclarado esto, dicho esto, y aún con temor:

Cuando se critica lo del paraguas, ¿qué se pretende?, ¿que el político del paraguas no usara paraguas como los otros dos?, ¿o se pretende que los tres usaran paraguas?

Todo político tiene un trabajo de representación sígnica. Los políticos abrazan, sonríen y se toman fotos con la gente. ¿No es cierto? También un político se moja en la lluvia y abraza a su equipo porque es parte de la representación, de la publicidad necesaria para el bien de lo político. Digo, por muy simpáticos que sean, ¿no son políticos y su trabajo no es ser… políticos? Entiendo además la política de buena manera: la política como un acto humano que busca la concordia entre las partes para así convivir en la ciudad, en el país, en el mundo de la mejor manera posible.

Por cierto, hay unas bellas fotos de Chávez mojándose en la lluvia.

Un político abraza a sus guerreros que se mojan en la lluvia, y el político se moja con ellos: esto es parte del juego de representaciones sentimentales y heroicas que generan simpatía. ¿No era correcto que los dos políticos de los dos equipos guerreros se mojaran en la lluvia? Lo era: esa escena es parte de la representación de los signos heroicos. El tercer político, el del paraguas, ¿tenía también que representarse mojado en una justa guerrera que no le pertenecía?

Si el político del paraguas hubiera protegido con paraguas a los dos políticos, ¿no habría disminuido así la representación heroica que le tocaba a los dos políticos en ese momento? ¿No hubiese sido más bien una falta de respeto de parte del político del paraguas hacia los otros dos y sus equipos guerreros cortarles la nota del momento heroico?

¿Que el político del paraguas se hubiese presentado también sin paraguas, no podría entenderse también como una pretensión de “robarse un show”? ¿Es decir, no hubiera estado fuera de lugar que el político del paraguas apareciese también mojándose bajo la lluvia para celebrar dos equipos que no eran los suyos? ¿No podemos entender más bien el acto de no mojarse no como un irrespeto o un desatino político sino como un simple acto de respeto hacia los otros dos políticos que son los protagonistas del momento? Es decir, es factible, que de haber hecho esto, se le hubiese criticado como un robador de show. En el fondo, de ninguna se salvaba.

Es decir, ¿no podemos entender el acto de mojarse como un momento necesario y exclusivo y luminoso, y el acto de protegerse bajo un paraguas como un acto de respeto hacia la representación del momento del otro?

Allí hay una cuestión, sin duda, de oportunidad de momento, que Putin tomó de una manera y el resto de la humanidad de otra. Pero no más, dejo estas preguntas, aunque a usted y a mi, al final, nos siga pareciendo que el hombre del paraguas es un hijo de puta.

Un agregado: ¿Es realmente sensato que los venezolanos sigan mirando todo lo que pasa en otras partes del mundo desde la perspectiva de la revolución o el socalismo que azota a Venezuela?

 

Por Fedosy Santaella@Fedosy

Ezequiel Abdala: “OJO se parece al medio que yo hubiese querido hacer”

Ezequiel Abdala es una persona de costumbres. Y es que si postergó su ingreso como editor de la Revista OJO, una vez adentro no quiso irse hasta que las circunstancias lo abrumaron: “Yo no quería ser editor, quería seguir siendo periodista porque estaba muy cómodo en Hoy Qué Hay. Postergué muchísimo mi entrada porque sabía que iba a significar un cambio en la dinámica de trabajo. Ya no iba a tener tanta calle porque era un cargo que requería un poco menos de calle”. Pese a que tenía el rol asignado, en un principio no lo asumió a tiempo completo: “Me inventé una organización en la que éramos tres editores para evitar que eso [el cargo de editor] recayera sobre mí”.

La llegada de Ezequiel como editor a la Revista fue en el epílogo de la era impresa y el inicio de la digital. Si pensó que su estadía como editor sería breve, pues se equivocó. Cuando se acabó la edición impresa, hubo una reunión con la directiva en la que Eze –como le dicen sus conocidos–pensó que sería la última. “Entonces, ¿qué vamos a hacer?”, fue una pregunta que surgió en la reunión y se contestó con la misma contundencia con la que las madres mandan a sus hijos al colegio: “Periodismo”. A partir de aquella sentencia, en OJO se comunicó lo que en la mayoría de los medios se callaba por la censura. “Construimos de la nada algo que no existía. Fue a Vero [Verónica Ruiz del Vizo] a quien se le ocurrió el hashtag ‘Jóvenes Informados’”.

Desde España, su nueva residencia, recordará a OJO como un medio que –incluso antes de su llegada– siempre le gustó: “OJO se parece al medio que yo hubiese querido hacer”. Y es que allí tuvo licencia para innovar. Una edición de deportes para una revista cultura era disruptivo; sin embargo, el enfoque logró combatir los estereotipos y “poner letra –y de la buena– al deporte”, como escribió en aquel editorial de la edición 27.

Ser editor no lo condenó de forma exclusiva a la oficina, también pudo sentir la adrenalina que se experimentó en la ola de protestas de 2017. En la calle, junto a los manifestantes y represores, descubrió otra parte del periodismo. Fue bajo una lluvia de bombas lacrimógenas, persecuciones en moto y detonaciones de perdigones que Eze realizó uno sus textos (emocionalmente) más difíciles de escribir: Un titán que muere, por ejemplo. “Me tocó a mí ver a Neomar Lander morirse prácticamente a mis pies. Ese día horrible lo recuerdo muy claro. Esa imagen de Neomar [de 17 años] con un cráter gigante en el pecho, los médicos intentando revivirlo y la gente gritando de horror hace que se erice mi piel cada vez que leía la nota”

Periodismo de oficina, de calle, cultural, contestón, irreverente y con valores resumen una etapa inolvidable para él: “OJO me ha dado casi que todas las satisfacciones periodísticas que he querido”.

La nostalgia de partir le invade en un momento en el que se siente derrotado por la situación. Si bien sabe que de él no dependía la continuidad del régimen, le hubiese gustado irse cuando Nicolás Maduro cayera. “Me hubiera encantado irme de Venezuela con Maduro afuera. Me hubiera encantado ser testigo de la caída de Maduro y haber vivido todo esto”.

Despedirse de una manera tan abrupta no es lo que le hubiese encantado, pero sí la que le tocaba. “Mi ida de aquí no estaba en principios en mis planes, pero que haya sido una cosa tan intempestiva (para mí) ha sido una derrota. No ha sido una derrota mía como tal porque yo no podía tumbar el Gobierno, sino una derrota de todos los venezolanos”.

Aunque siente que “la película –para él– terminó y ganaron los malos” se reconforta saber que todavía hay gente buena: “Creo que se queda un equipo talentosísimo”, por lo que le pide al nuevo editor dos cosas: “Que se siga metiendo en la candela y que aproveche, y exprima muchísimo más, al equipo”.

En su entrevista de despedida, Ezequiel también tiene palabras para los lectores: “Me hicieron sonrojar muchísimas veces porque son gente demasiado linda, cariñosa y desmedida en el halago”.

“Sé que cuando alce vuelo, al otro lado de la montaña, se queda un montón de gente querida”. Ezequiel Abdala fue editor de Revista OJO hasta el 26 de junio de 2018.

 

Por: Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch

 

 

Se mantienen con las uñas

21 días han transcurrido desde que las enfermeras alternan su jornada diaria con la protesta. Y es que el gremio de la salud no sólo tiene que combatir contra la insuficiencia de insumos médicos e instalaciones deplorables, sino que también contra salarios que no alcanzan para comprar un kilogramo de café. El último aumento de salario mínimo anunciado por Nicolás Maduro –el cuarto en seis meses– ni siquiera es una medida celebrable por el sector, pues la hiperinflación es un monstruo que no se combate con pistolas de agua. El aumento es una cachetada para el personal sanitario cuando se compara con los honorarios que recibe el sector castrense: en el país de los caudillos, portar armas está mejor remunerado que aplicar inyecciones. Un salario justo y equiparable al de los militares es la petición de un gremio que está en mengua y sobrevive –en algunos casos– gracias a la economía informal, pues tiene que recurrir a ella para sobrevivir y no abandonar su puesto de trabajo de forma permanente. La vocación es el motor para que se mantengan al servicio de un país que necesita más de quien salve a sus enfermos, que de una protección ante la dizque amenaza extranjera. La crisis empeora más rápido de lo que crece una bacteria y la petición básica es una: “Queremos el salario de los militares, la misma indexación. Nosotros salvamos vidas y este Gobierno lo que busca es que renunciemos en masa todas las enfermeras. Llevamos veinte días en conflicto y en ese tiempo no hemos recibido ni una sola llamada del Ministro de Salud, que todavía está buscando un hueco en su agenda para atendernos. A estas alturas, nos estamos preparando para ir a protestar directamente en el despacho de Maduro en Miraflores”, señaló Ana Rosario Contreras, presidenta del Colegio de Enfermeras de Caracas a ‘El País’ de Madrid. Ante ningún correctivo profundo del régimen, los hospitales de Venezuela se mantienen con las uñas.

 

Por JP

Empezamos

Cada vez que me monto en el Metro, me hago la misma pregunta: ¿quién fue el que se inventó eso de que Venezuela se está quedando vacía? El país vive una situación histórica de éxodo. Pero decir que las alrededor de tres millones de personas que han migrado equivalen a la mayor parte de la población es un acto de incompetencia matemática: aquí quedamos, al menos, 27 millones.

Cada vez que leo a algún incendiario en redes decir que los que seguimos en Venezuela lo hacemos por masoquismo, por estar dispuestos a morir a manos del régimen o por cualquier otra generalización, recuerdo a esos líderes comunitarios que me cuentan –sin drama, sin victimismo– que en muchos de los sectores populares hay un pensamiento que se impone a los demás: ¿cómo resolver las una o dos comidas a las que pueden aspirar por día?

Y recuerdo también que quienes en eso andan son un porcentaje, si no mayoritario, sí significativo.

El rompecabezas que construye al país está cubierto con un aceite tan imposible de precisar que todos los lugares comunes resbalan por él hasta hundirse en la fosa de las banalidades. Supongo que si nos ponemos místicos podemos imaginar que esta historia la ve desde arriba un narrador omnisciente que es el único que está al tanto de la diversidad de personajes que construyen su relato, además de observar con morboso detalle las consecuencias del aleteo de una mariposa en el oriente del país que luego desencadena un torbellino en la región central.

Para los demás, mortales condenados a narrar desde la posición de testigo, Venezuela es un cúmulo de experiencias que solo desde la introspección podemos capitalizar en herramientas o historias que nos ayuden a construir la mejor versión posible de nuestro futuro.

Me tocó nacer y crecer en un país en el que la mayor violencia, la más atroz tiranía, es la discursiva: la de personas que desde púlpitos en los que simulan poses de divos inaccesibles buscan imponer los parlamentos de un guion que no les pertenece a ellos, sino a los personas que le dan vida.

No pretendo, ni pretenderé, transmitir optimismo ni pesimismo, ni la sensación de que las líneas que salgan de mis dedos son verdades absolutas. Acaso lo único que puedo hacer es transmitir mi punto de vista, mi visión de los pedazos del rompecabezas que tengo la oportunidad de ver. Una visión que a veces se posa en el deterioro del Metro, pero también en ese amigo que vive de hacer lo que ama y gana suficiente dinero con honestidad como para pagarse unas merecidas vacaciones. Con esa actitud llego a Revista OJO, asumo el cargo de Editor en jefe y recojo el testigo que dejó mi querido y respetado Ezequiel Abdala. Más que lanzar sentencias inexorables, aspiro hacer lo que mejor se me da: narrar.

“Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que le quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino”, escribió Viktor Frankl, sobreviviente del Holocausto.

Y mi actitud, hoy, es la de un director técnico al que las ganas de debutar con su nuevo equipo se le desbordan por la mirada.

Ya empezamos.

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

 

 

Champion du monde

 Mientras Paul Pogba alzaba la copa junto a una imagen de su padre fallecido el año pasado, y N’zonzi le acercaba el trofeo al apenado Kanté, quien no sabía cómo pedírselo a sus compañeros para sacarse una foto, en París la locura de desató. Un campeonato del mundo es el escenario ideal para subirse a un poste sin que te tilden de degenerado, también para que el peligro de andar encima de un capo de un carro en movimiento quede en segundo plano. Y es que mientras gritas: ¡Champions du monde!, y caminas hacia la avenida del Campo de los Elíseos, el juicio se puede perder. Francia alcanzó su segunda Copa del Mundo en Rusia no siendo el equipo más atractivo, pero sí el que utilizó todo su talento con una dirección orquestada bajo el compás de la lógica, pues fue el equipo más equilibrado del torneo y el que se impuso a los rivales en cada situación de juego. Francia no fue la selección más carismática, porque ahí Croacia ganó por goleada: en el fútbol, como en la vida, no se puede ser monedita de oro. Al Mundial de Rusia ‘Les Bleus’ no arribó como el máximo favorito, porque ese lastre lo tenían Alemania y Brasil, pero si con un “cuidado con Francia”, ese que asoma un peligro silencioso. La selección francesa fue subcampeona de Europa en 2016 y perdió en el Mundial de Brasil ante la eventual campeona del torneo, por lo que no era paracaidista ni tampoco sorpresa, como sí se podía catalogar a Croacia. La segunda estrella bordada en la camiseta gala recuerda al mundo que las selecciones nacionales integran en un mismo equipo la diversidad de un país. Al igual que hace 20 años, en 1998, la Francia de árabes-blancos-negros volvió a conquistar el trofeo: 14 futbolistas de raíces en otro continente conforman el equipo nacional de un país que salió favorecido en la repartición de África en 1884.

RESEÑA: El mismo amor, la misma lluvia

Una década antes de ganar un premio Óscar a mejor película extranjera (con ‘El secreto de sus ojos’), el estupendo director argentino Juan José Campanella dirigió ‘El mismo amor, la misma lluvia’ (1999) con su pareja de protagonistas predilecta: Ricardo Darín y Soledad Villamil. La fascinante historia de amor entre Jorge y Laura transcurre en un contexto en el que la política argentina transita entre la dictadura, la guerra de las Malvinas y la naciente democracia; es decir, durante 20 años desde 1980. ‘El mismo amor, la misma lluvia’ cuenta el romance de un prometedor escritor y  una camarera fascinada por las artes, quienes se aman intensamente, pero que su relación sufrió un deterioro que distanció por momentos los cuerpos mas no los sentimientos. Y es que Campanella no pretendió mostrar un amor de Disney, sino uno que a pesar de sufrir desgaste e infidelidad nunca dejó de existir. Los protagonistas tendrán que reflexionar si el amor es aquello apasionado e intenso que puede quemar, o una sensación de cariño y respeto que genera seguridad. La azarosa situación de Argentina entre 1980 y 1990 no es lo único en lo que se quiere enfocar, sino que también las relaciones laborales y la vida de un medio de comunicación inmerso en dictadura y cambios de tendencias generacionales. Y es que Jorge Pellegrini (Ricardo Darín) tendrá que lidiar ante un jefe de edición que prepondera lo estándar ante lo creativo, su estancia en la revista lo condenará a escribir mecánicamente, por lo que el estado de su relación con Laura dictaminará (muchas veces) el éxito de sus textos. Jorge será aquel hombre que quería vivir una experiencia nueva cada día en vez de valorar lo que tiene en su momento, mientras que Laura refleja una mujer indecisa con sus gustos profesionales, pero que se entrega a su pareja incondicionalmente. 20 años serán reflejados en este film para observar como un amor que inicio en un atasco vehicular bajo una intensa lluvia, terminara con un beso en una noche también de lluvia.