José Visconti, campeón de los micrófonos

¡No se pierdan el Diablo por Viejo de nuestra  13ra edición!

Foto por Alejandro Cegarra

Por Ezequiel Abdala – @eaa17-

Fanáticos y aficionados del deporte saben el poder que tiene un buen narrador para hacer vibrar al público ante la hazaña: para solidarizarse, lamentar las injusticias o levantar los ánimos. José Visconti, además de ser un periodista emblemático en Venezuela, es un auténtico buena gente cuyas palabras han acompañado el vaivén épico de muchas historias del deporte en el país

No pensaron que sobreviviría más que un par de días, el diagnóstico de los doctores fue estenosis pilórica –un crecimiento anormal del músculo del píloro que impide el paso de alimentos entre el estómago y el intestino delgado–, cosa que en la Venezuela de finales de los cuarenta, efectivamente, era mal de morirse. Encomendado al Nazareno, José de San Martín Visconti fue el protagonista de la primera piloroplastia exitosa practicada en Venezuela.

Ese inicio tan singular, diríase incluso milagroso, fue el heraldo que anunciaba la que sería una vida nada convencional. Que lo dijeran aquellos que iban a hacer visita a la casa de los Visconti, allá en Los Rosales, y a quienes “Joseíto”, de niño, les recitaba de memoria capítulos enteros de Guerra y Paz de Tolstói, ante la mirada orgullosa y cómplice del padre. Que lo dijera también su hermana Bolivia, que lo veía jugando a dar misa en el mesón de la casa, usando un trofeo de automovilismo como cáliz y las páginas amarillas como misal.

Por eso a nadie le sorprendió que ya crecido decidiera ingresar al Seminario Interdiocesano de Caracas. ¿Cómo les iba a extrañar, si un día, estando apenas en sexto grado, le dijo a un seminaristas que fue de visita a su colegio, un tal Jorge Urosa –sin el Cardenal entre nombre y apellido−, que lo preinscribiera en el seminario porque él quería ser sacerdote?

Descubrió, sin  embargo, que su vocación era otra y después de siete años abandonó seminario. “Todavía recuerdo la cara de mi madrina Rosalba, que me dijo: te estoy tejiendo el alba para la ordenación. Y las lágrimas de mi prima Geraldina, que me vio en la calle y cuando le conté se puso a llorar: ¿cómo es posible, Joseíto? ¡El Papa de la familia!”. Visconti cambió los hábitos por la libreta: ingresó a la  Escuela de Periodismo de la Universidad Central de Venezuela.

La fuerza de la juventud

Como Zavalita en Conversación en la Catedral, José Visconti debutó en las páginas de la prensa cubriendo sucesos, fuente que, según dice, dominó a placer –llamados en portada incluidos− hasta que AD perdió las elecciones y el diario La República cerró. Se pasó a la última página de La Verdad y luego cambió a deportes. Fue reportero de El Nacional, jefe de deportes de El Universal, director de La Religión y de la revista Universo Deportivo, subdirector de Meridiano; todas experiencias gratificantes, pero ninguna, dice, como El Diario de Caracas, donde estuvo como Jefe de Deportes desde 1991.

“¡Pensar en ese periódico me comunica una fuerza enorme!” exclama como para aumentar un poco más la leyenda del emblemático tabloide. “Tenía algo extraordinario, que era la juventud, el ambiente de juventud, de vitalidad”.

Milagros Socorro, Patricia Guzmán, Mónica Montañés, Taisa Medina. La memoria, siempre caprichosa, va soltando poco a poco nombres de personas con las que vivió “momentos maravillosos”. El Gurú González, el Negro Henríquez, el Enano Castro, mi hermano José Pulido, sigue ahora en clave más fraternal e informal, y hasta suelta una infidencia: “Pulido y yo éramos los que escribíamos las famosas y emblemáticas foto-leyendas. ¡Gozábamos un puyero!”.

Entonces recuerda el cierre y el semblante se torna adusto. “Lo veía venir”, confiesa. “Yo me decía, ¿Dios mío, cómo es posible que se lo vaya a tragar la tierra?”. Y se lo tragó en 1995. “¡Qué trauma tan terrible! Me entró una depresión y caí en cama, me dio fiebre y hasta aluciné”.

La sonrisa de la fama

En el imaginario colectivo resuenan todavía algunos de los ritornelos que José Visconti popularizó. “¡Si no es Panini, es chimbini!”, “mis deportivísimos amigos”, “apetito de campeón” o “¡a sacarla de jonrón!” son inmediatamente asociados con aquel personaje que todos los mediodías, durante dos décadas, sirvió la mesa deportiva en la emisión meridiana de El Observador, con un estilo muy particular –“yo me tomaba toda clases de libertades en Radio Caracas, y me las daban, era una cosa que fui ganando con el tiempo sin buscarlo”−.

Todas ellas surgieron de forma espontánea, ninguna fue estudiada, y todas pegaron. Que lo hicieran evidencia el grado de popularidad que alcanzó, que era directamente proporcional al de nivel de exposición que tuvo, y que no se limitó sólo a El Observador. Estuvo también en “Lo de Hoy”, una maratónica revista matutina de larga trayectoria en el canal, donde compartió cámara con Judith Castillo, Nelson Bocaranda, Henry Zaka y Eladio Lárez.

Las cámaras de 35 milímetros también le sonrieron en su momento. Adiós Miami, en el que se representaba el fin de la despilfarradora Venezuela del “ta´barato dame dos”, fue el film que le dio cierta popularidad toda vez que hacía de novio de la que entonces era la mujer que daba la hora, Tatiana Capote. Pero no tanto por eso como por el hecho de que un primer plano suyo en el Hotel Tamanaco diciendo “¡Mi amor, ta´barato se acabó!” fue el spot promocional que se repitió, función tras función, película tras película, en todas las salas de cine del país mientras estuvo en cartelera.

En 710 de Radio Capital, cumplió un sueño de infancia: trabajar con Adolfo Martínez Alcalá, ícono y emblema de la radiodifusión venezolana. Un almuerzo en El Barquero, más la simpatía innata de Visconti, fueron suficientes para que Martínez Alcalá, reticente a compartir el micrófono con nadie luego de algunas ingratas experiencias, y con toda la autoridad para darse el lujo no hacerlo, dijera que sí.

Cariño y admiración brotan en Visconti al recordarlo: “Era un buen conductor, un gran guía y un animador natural. Tenía aquella voz, una voz preciosa. Era la voz, la-voz.”. El programa, de una hora de duración y muy bien patrocinado, salía al aire en el estelarísimo horario de las 7 PM. “Él conjugaba bien conmigo y yo le daba todo el espacio posible, no pretendí nunca llevarle la delantera, porque no podía, la gente lo veneraba y me parecía una falta de respeto. Sin embargo, ambos armábamos unos bochinches tremendos, porque él tenía experiencia actoral y entonces interactuábamos muy bien”.

Un infarto cerebral sacó de juego a Alcalá y del aire al programa. “No sé cómo reprimí mis lágrimas cuando lo vi postrado en aquella cama con las sondas y esas cosas. Me dio una inmensa tristeza, porque comprendí que aunque se iba a salvar, ya no volvería más a la radio”.

El cáncer redentor

Lepra, peste, escorbuto, tuberculosis. Cada época ha tenido siempre una enfermedad emblema, un mal incurable que causa pánico en los habitantes de cada siglo, una palabra maldita que nadie quiere ver en su diagnóstico, un sinónimo de muerte. La de este siglo tiene seis letras, es grave, se llama cáncer y visitó dos veces a José Visconti.

Primero de piel y luego de próstata.  Ambos superados. “Fue duro. Me operaron y estuve sometido a 40 sesiones de radioterapia, pero nunca me molesté con Dios, todo lo contrario: le di gracias porque me acercó más a Él a través de la enfermedad. Cuando me despedí de la clínica le dije al Señor: he estado clavado contigo en esta cruz tratando de buscarte en lo profundo del dolor y ahí en esa cama. Porque esa cama en cierto punto fue un paso a la redención de mi alma. No una catarsis, eso que a veces se supone, sino sencillamente una cruz que se lleva”.

Un fuera de serie

Si todo lo anterior no hace a José Visconti un ser extraordinario, agréguese también que fue vecino de Jorge Luis Borges en Buenos Aires –“conversamos varias veces”–, que conoció a Ernesto Sábato, compartió con Tomás Eloy Martínez, fue alumno de Adriano González León, trató al ahora Beato Juan Pablo II –lo tuteaba, incluso−, tiene entre 6 y 10 mil libros en la biblioteca de su casa, es capaz de diferenciar el ultraísmo, el surrealismo y el neoexistencialismo, sabe el significado de la palabra “lapislázuli”, se hizo con las cátedras de “Homilética” y “Pastoral de los Medios de Comunicación Social” en el seminario, sin necesidad, si quiera, de presentar concurso, rechazó un premio de periodismo dado por el gobierno en solidaridad con sus ex compañeros de RCTV, es capaz de decir “mocedad” para referirse a la juventud y de usar palabras como “mascaclavo”, “rabadillazo” o “carrantantán”, cuando no algún latinajo como “impromptu” o “in illo témpore”, en una conversación normal.

Quien pudiera compartir una tarde con él en un salón del otrora Seminario Interdiocesano de Caracas, hoy Universidad Católica Santa Rosa, probablemente notaría qué lo hace un profesional extraordinario. Sería testigo de la dedicación con la que les explica a sus alumnos, de cómo la gente al verlo se detiene a saludarlo con cariño, del trato amable, cordial y afectuoso que le prodiga tanto al señor de la limpieza como a los profesores con postgrado, de la forma en que se juega con el portero y la señora de la cantina, de la atención que presta a lo que los otros le dicen, y de la disposición perenne de a ayudar a quien sea sin esperar nada a cambio; entonces caería en cuenta de que por encima de todo, José Visconti es, vaya rareza, un buena gente.

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