Déborah castillo, domadora de imágenes

Por Jesús Torrivilla

 Artista que transita cual zarpazo medios como el video, la imagen y el performance, Déborah Castillo es una creadora inconforme, rebelde, parte de la generación de artistas emergentes que proponen las reflexiones más críticas sobre su entorno

Déborah Castillo y su abuela mastican el mismo hilo. Lo tensan. Es una pugna en silencio. En un primer plano, inmóviles, la coreografía de los labios no es cómoda. Su perfil, a la izquierda, refleja la luz casi con el mismo fulgor que el pedacito de hilo que ahora cede y dibuja un arco. El rostro de su abuela, del otro extremo, hace sombras: entre pliegue y pliegue de la piel los grises se transforman en franco ocre, imperfecto añejo. El hilo, sostenido por los labios de ambas, enfrentadas, se vuelve a tensar.

-Soy una gran rebelde. Trabajar con el cuerpo es un acto político en un país tan tradicionalmente moderno como Venezuela.

En una ciudad de concreto armado, Déborah Castillo es una artista que ha repartido su imagen disfrazada de conejita, diabla, princesa, ángel y peligrosa fetichista. Ella, personalmente, reprodujo esa serie en pequeños calendarios que repartió en talleres mecánicos por la ciudad, pero que también exhibió en galerías de arte.

“12 calendarios eróticos ganaron el XI Premio Eugenio Mendoza”. Así titularía en el diario El Mundo el lunes 6 de octubre de 2003, Castillo había ganado uno de los premios más importantes de arte emergente. “Yo estaba fuera del país y mi mamá me llamó para decirme que me había ganado el Mendoza. Ni siquiera había terminado de estudiar. Yo creo que no me merecía ese premio”.

Graduada de educación, Déborah Castillo después haría un periplo por escuelas de arte que la llevaría a encontrarse, primero, con su propia imagen, subordinada siempre a la idea, al discurso. Estudió diseño, pasó por la Cristóbal Rojas, cultivó las artes del fuego, que en sus manos se le recordaban a las muñecas que hacía de pequeña, a sus tejidos; maleabilidad después decantada en el click de la cámara fotográfica, una de sus herramientas esenciales.

Una de las preocupaciones que ha dirigido su trabajo ha sido el cuerpo, en un principio, el suyo. Castillo impreca a su interlocutor, se abalanza sobre él con toda la potencia de su descontento. Señala con énfasis. “Yo hago performance, tanto míos como colectivos. Si yo te digo a ti qué hacer, eso es un performance mío. La fotografía, el video, son maneras de registrar esas acciones”.

Sentada en un promontorio plateado, la domadora de leones le hace gestos a la cámara. Se puede escuchar el violento azote del látigo en el aire. Ella se ríe. Entre la serie de fotografías, una imagen nítida destaca de la serie en movimiento. La domadora impúdica apenas tapa sus pezones con detalles rojos, brillantes. Déborah Castillo abre las piernas y saca la lengua. El circo de esta caudillo está integrado por fenómenos a los cuales no pareciera amaestrar sino seducir. La serie se llama “Caracas El Nuevo Circo”, un recorrido irónico por un coso lleno de retratos de curadores y artistas: Perán Erminy con nariz de payazo, Lorena González con máscara de cochino, Fran Beaufrand como un conejo que acaba de salir de su propio sombrero.

-Tengo una necesidad de enunciación. Soy una apasionada de la idea, que está por encima de la foto o la brocha. La obra es un dispositivo discursivo.

Déborah Castillo ha tenido el privilegio de que su trabajo ha sido ampliamente aceptado por el sistema del arte en Venezuela. Sus críticas, emitidas desde una concepción contemporánea del arte, han calzado y roncan sin timidez. “No me siento ni incomprendida ni marginada. Crear es una pulsión vital para mí, una aspiración personal. No me importa si le gusta a la gente o a los coleccionistas”.

Pero no todo han sido flashes celebratorios. “Cuando propones temas como los que yo hago siempre hay un precio que pagar. Esta es una sociedad sumamente pacata”. No ha sido ajena a acosos y escándalos familiares. Compara su trabajo con el de otra artista del performance y del cuerpo: Érika Ordosgoitti, cuya desnudez ha adornado un sin número de hitos caraqueños, como las toninas de Narváez. En una imagen expuesta en su blog, por ejemplo, Érika Ordos –como también es conocida- se hinca de espaldas a un barrio. Cuerpo y ciudad franqueados por la imagen.

Este es el tipo de trabajo que emocionan a Déborah Castillo. Nombra como referentes a Argelia Bravo, Nela Ochoa, Sandra Vivas, otras artistas de diferentes generaciones que también han tratado el cuerpo femenino. “No entiendo cómo hay mujeres haciendo jarrones. Hay un tema con el riesgo, yo creo que como artista es importante tomarlos”.  Alejada de anacronismos como lo es para ella la etiqueta “feminista”, Castillo defiende su posición como una exploración personal, producto de sus propias inquietudes.

De su obra, la curadora Lorena González destaca la puesta en escena como dispositivo frecuente. “Fotografía y simulacro son usados por la artista como herramientas y aliados perfectos de estas hiperrealidades o realidades construidas”, que según escribe en la web de la artista, están destinadas a revelar una reflexión crítica sobre códigos y estereotipos desde lo lúdico, lo irónico, lo performático.

En la Velada de Santa Lucía, feria de arte contemporáneo en el Zulia, Déborah Castillo se arrodilló a lamerle las botas a un militar. Esta acción quedó grabada en un video de cincuenta segundos titulado “LAMEZUELA 2011”. Describiéndolo, aprovecha para indagar en las diferencias entre dos medios que ha cultivado: “La fotografía te expone a la imagen, no al público. Con mis calendarios quería resaltar el hecho de consumir el cuerpo sin identidad, como pornografía. En cambio, cuando haces performance te enfrentas directamente al público, que no sabes cómo va a reaccionar”.

Recorriendo galerías, Castillo no resalta por su altura. Un metro sesenta se le puede calcular al raso. Frecuentemente es fotografiada con lentes de sol extravagantes. En Londres prescindió de ellos por un trapo y un plumero: ahí se le ocurrió la South American Cleaner, un personaje que pasaba limpiando centros de exposiciones. Estuvo en Londres del 2003 al 2007, en una ciudad de la que recuerda la ebullición del arte, pero también un ambiente difícil para el extranjero. “Londres es una ciudad hardcore, muy dura, muy pujante. Quería tener la experiencia de estar en un centro de poder cultural”. Habla del contacto con artistas latinoamericanos y de los múltiples trabajos que tuvo que hacer para sobrevivir. En esa ciudad, sentencia, aprendió a “no ser tan arrogante”.

-Tuve que irme a Europa a limpiar galerías ¿Cómo iba a hacer eso aquí si me tratan como una reina?

No es una activista, pero se podría decir que es militante de la creatividad. Se queda en Caracas porque es la ciudad que le permite exhibir su obra. De sus comienzos como diseñadora gráfica rescata solo la aversión por las órdenes: “¿Cuál es la diferencia entre un jefe y el mercado? Yo no me pliego a eso. Vivo de todo menos de mi obra. Soy mi propio sponsor. Vivo de la creatividad. Pero me interesa que esas cosas estén separadas”.

Diseñadora de interiores, asesora de compras de arte, Castillo tampoco reniega del mercado. Le parece secundario que sus obras encuentren comprador, porque ha encontrado la forma de sobrevivir sin ellas.

Prepara para el año que viene una individual en el Centro Cultural Chacao. Esta vez, el objetivo de su látigo será la épica nacional, representada por el máximo héroe. Está armando la propuesta con la ayuda de historiadores y curadores. Su interlocutor logra que revele la descripción de una de las piezas, que explica con el rostro volteado, sonrisa victoriosa y mirada socarrona:

-Un video en que me caigo a latas con un busto de Simón Bolívar.

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