Francisco Massiani es Premio Nacional de Literatura

Los Premios Nacionales de Cultura 2012 se anunciarán hoy. Los galardones, que otorga el Ministerio de Cultura y la Casa del Artista, reconocen la trayectoria de un autor que tenga un mínimo de 30 años de experiencia en su disciplina. Diez premios para 10 categorías, que serán oficializados en una conferencia de prensa.

Aunque algunos ya son conocidos como nuestro homenajeado, Francisco Massiani, autor de Piedra de Mar, El llanero solitario tiene la cabeza pelada como un cepillo de dientes, entre otros.

‘Pancho’ fue nuestro ‘Diablo por Viejo’ de la 14ta Edición y en la entrevista quedó huella de su particular genio. Recordemos por qué.

Por Pablo Duarte y Jesús Torrivilla

 Francisco Massiani: tenaz enamorado

Hablar con Francisco Massiani es atestiguar sus pausas insondables y respiraciones estentóreas, profundas. El sempiterno vaso de vino que sostiene en sus manos se multiplica en las de quienes lo acompañan, que conversan entre maravillados y conmovidos. Surge la inevitable idea de la permanencia versus el desgaste, de las todavía presentes ansias por narrar a pesar de contar con recursos escasos, insuficientes, apenas necesarios para luchar por enamorar y permanecer enamorado.

Recibe a los invitados en su cama, con un televisor en frente. Un letrero les advierte a “los amigos de Pancho” que no le lleven ron, ni caña clara, pues le hacen daño. Massiani comenta sobre el último partido del Barcelona, se maravilla ante el talento de Messi, cuenta la historia del “muchachito” que mandó un video de su juego a los ejecutivos del equipo. Dice: “¿Lo han visto? Debe ser maravilloso”.

Y una y otra vez regaña a alguno de sus visitantes si se dirigen a él con prosopopeya: el “señor”, “señor Massiani”, “Francisco”, “usted” están vetados en las visitas.

Firma sus libros con una letra inmensa y torpe. “¿Para quién?”, pregunta y completa con un “¡Felicidades!” tembloroso, hipertrofiado. Después increpa que no tiene ninguna copia de Piedra Mar, que llama y llama a la editorial y nadie se las ha enviado.  Se queda con una: “Gracias, chico. Al fin tengo un libro. Ponlo ahí, guárdalo”.

El escritor

Pancho no es ajeno a las entrevistas, a las visitas de curiosos, admiradores que llevan cientos de preguntas preparadas, muchas estudiadas, pensadas, otras improvisadas en la vía. Él las escucha todas, y lo hace saber, “esa pregunta ya me la han hecho antes, pero igual la voy a contestar”, incomodándote, esperando que diga algo simple y con eso responda.

La pregunta que más se ha repetido en esa sala capaz tenga que ver con la novela que le dio la fama, que logró que Pancho no significara un nombre corto de cualquier persona, sino el de Francisco Massiani.

Mientras trabajaba intermitentemente en la histórica revista Encuadre, Pancho ya había escrito tres novelas cortas, muchas en lapsos de hasta una semana. Sin embargo, en las oficinas de Simón Alberto Consalvi, presidente de la recién inaugurada editorial Monteávila, es donde se inventa la idea de una novela acerca de un viaje a la playa. Una sinopsis que se le ocurrió en el momento lo llevó a redactarla finalmente, una de las primeras publicaciones de la que ahora es una de las editoriales más importantes y con mayor trayectoria en el país.

El resto de su carrera poco ha poco ha ganado el reconocimiento de las instituciones, porque el de los lectores ha sido absoluto y fiel. De entre sus premios destaca el Premio Municipal de Prosa en 1996, y, en 2005, el Premio Anual de la Fundación para la Cultura Urbana por Florencio y los pajaritos de Angelina su mujer, un libro de cuentros entrañables sobre el amor, el fútbol, y la ternura, temas constantes en toda la obra de Massiani.

Apuesta vital

En su casa, lo primero que Pancho pregunta es si alguno tiene cigarros. “No puede ser que ninguno fume”. Ignorar el detalle no funciona, el intento de comenzar la travesía por su historia es infructuoso; él no está allí, está añorando el tabaco entre sus dedos, primero, en cortos segundos en su mente, luego, repetidas veces, en voz de necesidad. Juega, ansioso, con un cigarro fantasma. Finalmente increpa: “¿Ustedes tienen carro?”.

Vive entre pasiones. La música siempre está sonando en su televisor, alternando en las emisoras que una compañía de cable tiene en vez de canales. Su preferida es una de corte francés, donde los sonidos evocan esa bohemia que vivió en sus años de fama crecida, en una Europa que recibía a extranjeros para enseñarles una vida llena de nueva música, cine y literatura. Le gusta la salsa, ritmo que vio una época de oro a partir de los sesenta, en la que un grupo contagió al mundo: la Fania, que Pancho recuerda enumerando a sus principales integrantes.

Durante toda la conversación Pancho vuelve sobre un mismo tema: las mujeres, centro de sus pasiones: “Las musas son las mujeres que uno ama, hay que vivir enamorado”, asegura con fruición. También señala qué lo ha acompañado en su tránsito vital: “No se puede vivir sin amor, sin cigarros, sin vino. Hay que apostar a la felicidad”.

Postrado en su colchón, Pancho relata cómo llegó a conocer una Caracas distinta a la de ahora, donde caminaba desde su casa ubicada en la Alta Florida a cualquier rincón de la ciudad, por falta de dinero, por gusto; por ese pasar de los amantes de las artes, quienes viven de las historias de las calles. Cuenta cómo una vez decidió no presentar un examen decisivo en Filosofía porque prefería salir a mirar el día tan lindo que había afuera, a lo que invitó al profesor a dejar el Alma Máter por la naturaleza de la urbe.

Los milagros

Pancho se fuma sus cigarros a la mitad, uno detrás del otro los va apagando mientras recuerda. Su conversación es infinita, como una progresión que se va atando de referencias nuevas y viejas, chistes negros y actualidad política. Habla sobre los evangélicos que cada cuanto tocan su puerta: “¡Pendejadas! Vienen con unos libritos, y anunciando el fin, pero qué idiotez”. Se quiebra en la cenicera un cigarrillo todavía con suficiente cuerpo como para dar sosiego a otras ansiedades.

“¿Me preguntan que si creo en Dios? Sí, definitivamente creo que existe un Dios. Que todo lo que nos rodea no existe por mero azar, hay una fuerza detrás de todo”. Recostado en la pared, se echa a meditar en lo que dijo y permanece en silencio por unos largos segundos. Se incorpora de nuevo. “Chesterton dice que lo milagroso de los milagros es que ocurren. Esta casa se llama ‘Los milagros’ porque creo en ellos”. Se toca la rugosa concavidad de su frente: “Precisamente, uno de esos prodigios es que yo esté aquí hablando con ustedes”.

Pancho hace en varías oportunidades referencia a ese milagro, un recuerdo que lo lleva a un momento vivido en un tiempo sin determinar, porque, a pesar de que lo menciona, él no quiere hablar de eso y lo deja claro, pero sus detalles se cuelan en sus palabras sin querer, o queriendo. “Un amigo manejaba por La Florida, y tuvimos el accidente frente a la Funeraria Vallés, de broma me llevan de una vez al velorio”.

Inquieto anfitrión

Sobre la mesa que está frente a la cama descansan unas carpetas, varios libros viejos y montones de papeles. Massiani saca uno de esos y pide que llamen a un teléfono. Espera a otros visitantes. Dicta número por número con el énfasis de quien llama a un condenado. Nadie responde. Pancho habla de visitantes amables, y a lo largo de toda la conversación deja ver un triste dejo de fragilidad, de sufrimiento.

Pero continua en su colchón permanente. Pensando en las próximas visitas, en su cumpleaños, en amigos que vendrán, en amigos que han dejado de venir, en la familia, en las mujeres, en Cortázar, en el miedo. Se despide, sin despedirse, porque quiere que vuelvas, que llames para saber de su estado, cómo está y cómo sigue; en fin, para compartir otras palabras. “Ha sido muy agradable este momento”, con una sonrisa y el dejar de la vida que continúa pasando en su habitación, en la piedra tallada por el salitre de su estar, que congela el tiempo, prodigioso tesoro.

Deja tu comentario

You May Also Like