El país de los afiches

Por Jesús Torrivilla – @jtvilla

Estos catorce años hemos vivido la omnipresencia del afiche: su rutilante violencia. Es un afiche rojo, henchido, avasallante, sonriente, seductor, grosero, golpeado, renovado, anacrónico, ramplón, vengador, leguleyo. Está en las casas, en la puerta de los ministerios, en las recepciones de hoteles, en los postes de luz, en los fondos de pantalla, avatares, imágenes de perfil, documentos oficiales, presentaciones, sentencias legales, en la televisión, en la prensa y en la radio. Es un afiche infinito que da las órdenes, encarcela y redime, paga y se da vuelto.

Después del 07 de Octubre, abrumado de pintas, corazones rojos y discursos, quisiera otro país. No digo que lo sueño. Porque no me gusta recordar mis sueños, que son vívidos y tristes. Lo quiero con un deseo que se encausa. Como una lucha por las pequeñas cosas, desde cerrar una pauta a tiempo, hasta llegar a mi casa a salvo.

Ahora tenemos un país-afiche, que se parece menos al de Lautrec y más al cartel soviético. No es abstracto. Y cada vez que muestra la imagen del pueblo lo hace de fondo. Detrás del gran rostro. De la gran guayabera roja. En mi país afiche, el protagonista del cartel es quien regala los beneficios, a quienes debemos agradecerle el amor, el aire y la vida. Es una concesión de un militar estulto, alucinado. Una figura de tinta demasiado consciente de su jerarquía, egoísta. Es el país del yo. De mi cara más grande, del abrázame en papel, del quiéreme presidente, del los amo, hijos míos.

Tenemos un país sin sentido del humor y con un exagerado sentido de la viveza. Es un afiche pisoteado, aunque esté grabado en oro. Un afiche que no importa esgrimir si me dan una nevera o un quince y último. Un afiche que se aprovecha de la miseria y que se regodea en que lo hacemos tan mal todos.

No es todo la misma mierda, como les gusta decir a algunos de mis amigos. Nuestros afiches le tienen miedo a la inteligencia, al mérito. Nuestro cartel patrio es una fábula. Es el estandarte de un motorizado que se vuelve Hummer.  Es un afiche que Orwell no quiso imaginar. Un papel perverso: que te engaña entre su maldad relativa y su bonachona sonrisa protectora. Este afiche defiende los derechos de los niños como excusa para la censura. Porque es un afiche cobarde y pacato.

Nunca, nadie que va a pie tiene un afiche. Yo quiero una país que vaya a pie. No que cuelgue un rótulo detrás de su camioneta blindada, para protegerse de las alcabalas.

El afiche pasa de mano en mano porque es igualador, lo regalan después de una transacción millonaria y después de comprar en un abasto subsidiado.  Es un afiche que reparte miseria. Un papel espurio, que se hace pasar por una proclama ideológica para esconder las ganas que tiene de robar.

Los afiches no trabajan, eso lo sabe todo el mundo. No tienen las intenciones de partirse el lomo trajinando emails, o transportando ladrillos, arreglando zapatos, construyendo casas. Los afiches solo enuncian. No están pendientes de la pluralidad y a los electorales no les importa la democracia más allá de sus candidatos. Son, por lo general, fanáticos de la ficción más infausta. De plantarse en la tierra para anunciar la nada, o de minar cuanto acto cotidiano se pretenda pasar por una gran obra.

A los afiches les gusta que les rindan pleitesía.

Los afiches no aman.

Los afiches no son probos.

El país que yo quiero no tiene una estampa reproducida en mil panfletos y en mil iglesias. El país que yo quiero es uno civil. No es el de las hojas sueltas. El país que yo quiero es el de los libros. Quiero ciudades con aceras y con árboles y con bancos para leer. Es un tipo de paz que no se tiene cuando se quiere salvar al mundo con las armas. Es la calma paz del trabajo. Quiero una ciudad en la que sea posible el silencio, la contemplación.

Los tanques son el medio de transporte favorito de los estandartes. Los caballos y las proclamas. Yo así no entiendo el siglo XXI. El 07 de octubre voy a votar por un país que no desafía a un imperio sino al futuro, con coraje, inteligencia y justicia. Voy a votar por un país en el que el talento no se calla, aunque tenga rulos, haga poesía mística o toque música barroca. Voy a votar por el país que no se cala un afiche impuesto. Que no entra a su despacho con la cabeza gacha.

Después del 07 de octubre me imagino que los afiches se recogen.

Con las calles limpias y ánimos renovados, me imagino un país que decidió construir puentes, no dejarlos derrumbarse. Que en su eterna lucha contra el atraso, se prepara. Estudia, se gana becas, hace post grados. Es el mejor en su oficio. Y duerme tranquilo porque no se vende. Un país que es capaz de reírse de sí mismo y de sus autoridades, porque está seguro de quién es: una extensión de kilómetros cuadrados donde se desterró la impunidad. Que en vez de construir mausoleos, erige bibliotecas.

En fin, tampoco hay que ser tan ambiciosos. Me bastaría con que los afiches se guardaran. Para un coleccionista algunos, para la basura los demás. Y que los recordemos como se recuerda un pasado desmesurado e improbable. Que hayamos aprendido algo, eso es todo.

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