El 7 recuperamos una oportunidad, no un país

Por Joseph Artiles – @joartilesl

Me da nauseas escuchar debates sobre qué candidato causa el llanto o la emoción de tanta o cuánta gente. La misma que me produce escuchar sobre el “furor” que siente la gente cuando se aproxima el nuevo salvador de la patria. ¡Basta!

Es hora de tomarnos en serio el futuro de nuestro país, de entender que nadie va a regalarnos la paz, si no estamos dispuestos a construirla nosotros; que no tendremos orden, si no respetamos todas las leyes, y no sólo las que nos convienen; que la apertura comienza por dejar de ver con asco (esa que noto en la cara de muchos amigos al ver a alguien de rojo) a quien no está de acuerdo con tus opiniones.

No tengo ninguna duda de que fue nuestra indulgencia la que permitió que el país llegara al estado en que hoy lo vemos: Fuimos nosotros quienes, repetidas veces, elegimos a Hugo Chávez. Fuimos nosotros quienes ignoramos el deber ciudadano en el 2005 por obedecer a un traste de político al que, además, aun hoy aplaudimos. También nosotros hemos aceptado burlas de todos los entes del gobierno no sólo por 14, sino por varios años más, sin tomar acciones. ¿Por miedo o flojera? ¿Acaso importa?. Así, con el mismo letargo, también pretendemos que, por elegir un nuevo presidente, el panorama de un giro de 180 grados, sin esfuerzo alguno.

Me pregunto si quienes dicen que el 7 de octubre “recuperaremos” un país de apertura, bondad, dignidad, paz, justicia, etc, creen que están votando por un semi-dios que nos traerá felicidad instantánea al ser electo, sin siquiera haber asumido la presidencia. Me da un poco de miedo pensar la decepción que vendrá el 10, 11 o 12 de octubre (o incluso en marzo ya con nuevo presidente), cuando amanezcan con la noticia de algún familiar muerto, la inflación por el cielo y el país quebrado.

“Todos quieren vivir en una gran nación, pero casi nadie está dispuesto a trabajar para construirla”. Estas palabras, que leí una vez de un amigo, se repiten hoy tormentosamente en mi cabeza. Ese parece ser el patrón de vida en Venezuela, donde anteponemos el amor y el maldito furor que nos hace sentir un presidente o un candidato, a la decisión racional que representa la elección de un primer mandatario. Un país en el que se escucha el orgullo detrás del “Amo a Capriles” y el “Amo a Chávez” por igual.

Por otra parte, me alegra saber que hay quienes están claros, sobre todo porque en este grupo está el candidato que me representa, que ha dicho en repetidas ocasiones que él no viene a salvar el mundo, que viene a construir un país con la ayuda del pueblo – entiéndase que sin esta el proyecto no tendrá vida–. Lástima que hay quienes se niegan a escucharlo, aun cuando lo apoyan.

Ya hemos tenido suficiente amor en nuestra política, a ver si ahora nos dan un poco de trabajo, de sudor, de esfuerzo, en fin, cosas con las que podamos (todos incluidos) empezar a construir la vida que queremos y así dejar de conformarnos con lo que hasta ahora nos hemos merecido: un par de regalos, una casa mal construida y un sueldo por aplaudir. Construyamos una política en la que los sentimientos tengan tanto valor como el color de piel. En el que nuestras decisiones no sean manipulables. Que nuestros dirigentes entiendan que los votos se ganan con trabajo, que el poder es una concesión que les damos por un rato y que, si no lo aprovechan para beneficiarnos, se lo podemos quitar igual de fácil.

Para esto, tenemos que comenzar a tomarnos en serio a nosotros mismos y dejar de poner en un altar a quienes no han sido beatificados ni por el sudor de una jornada de trabajo. Sin duda hay un camino. El primer paso en él lo damos este domingo, castigando al negar el voto a quienes no han cumplido, pero exigiendo al otorgárselo a quienes ahora deberán responder. Si no asumimos la responsabilidad, estaremos en la entrada de un camino que no podremos recorrer.

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