Un gol por la cuarta estrella

Por Benjamín Gáfaro – @bengafaro

El cansancio no le dio más tregua a Miroslav Klose, quien había jugado su partido más largo del torneo. Todos sabían que este era su último Mundial. El primer objetivo había sido logrado: en la semifinal marcó su gol número 16 y superó a Ronaldo (al mítico R9) como máximo goleador en la historia de los mundiales. El segundo, retirarse levantando la Copa Jules Rimet, estaba pendiente. Pero ya no dependía de su hazaña. Por él entró Mario Götze, promesa de Bayern Múnich 14 años más joven: “Yo ya he jugado, ahora tienes que hacer el gol tú”, fueron las palabras de Klose en el entrecruce. Y así, como el desenlace perfecto de un tercer acto,  Götze anotó el gol que le dio la cuarta estrella a su selección nacional.

El domingo 13 de julio de 2014 quedará instaurado en la memoria de un país y de una fanaticada. Ese día culminó uno de los mundiales con récord de goles, donde tres grandes equipos europeos –incluyendo el anterior campeón- cayeron en la fase de grupos, donde Costa Rica y Colombia sorprendieron al representar lo mejor de una región, mientras Brasil saldría convencida de una necesaria renovación luego de recibir 10 goles en sus dos últimos partidos. Uno de esos partidos se inmortalizó como El Mineirazo, y el rival, el que le marcó 5 goles en 30 minutos, resultó ser el campeón del torneo.

Alemania, Die Mannschaft, finalmente lo logró. Y si bien Argentina, La Albiceleste, no gana el campeonato mundial desde 1986, la insistencia de los germanos rozó casi el límite de la terquedad, al estar desde el año 2002 entre los mejores lugares (subcampeones en Corea Japón y tercer lugar en Alemania 2006 y Sudáfrica 2010), pero sin poder dar ese último paso a la gloria, muriendo siempre “en la orilla”. Si lo de Argentina pudo ser un milagro, lo de Alemania era la última apuesta. La apuesta que Joachim Löw y dos generaciones de jugadores, finalmente, ganaron.

Paciencia, mucha paciencia

Klinsmann y Löw, en el Mundial de Alemania 2006.

No solo fueron tres campeonatos mundiales donde los teutones rozaron la gloria sin conseguirla. Dos Eurocopas levantadas por España también forman parte del camino de obstáculos que emprendieron Jürgen Klinsmann y Löw hace 10 años. Un proyecto de renovación más urgente que necesario luego del fracaso en el Mundial de Francia 98 (vencidos 3-0 en cuartos de final por Croacia) y la humillación en la Eurocopa del 2000 (donde la Mannschaft no ganó ningún partido y quedó de última en su grupo). Hay que tocar fondo para surgir, dicen, y sin duda ese fue el fondo de los germanos.

El reto no fue solo dejar de perder y empezar a ganar. Aunque ese sería el fin lógico de cualquier equipo tras una mala temporada, Klinsmann y Löw -primero como su asistente- junto a la Federación Alemana de Fútbol (DFB, por sus siglas en alemán: Deutscher Fußball-Bund) revisaron y renovaron las bases de toda una estructura que comenzó a construirse con ‘El Milagro de Berna’ hace más de medio siglo. De hecho, no solo fue una estrategia táctica: era también necesario un cambio en la imagen que proyectaba la selección. Leandro Fest, comentarista deportivo de  la Deutsche Welle (DW) en español, se refirió incluso a la prudente vergüenza que todavía sentían una década atrás los alemanes con cualquier exaltación de orgullo nacional.

La consolidación de un nuevo equipo y de una nueva forma de jugar no solo se propuso dejar atrás esa concepción de “maquinaria fría” que lograba su cometido sin el “juego bonito”, también era la búsqueda de un orgullo perdido bajo la eterna sombra del nazismo.

Inversión en el futuro

Philipp Lahm y Bastian Schweinsteiger sosteniendo la Copa de la UEFA Champions League 2012-2013.

“La DFB, la Bundesliga y los clubes se pusieron de acuerdo para reorganizar el sistema, comprometiéndose los 36 clubes (contando a la segunda división) a crear academias propias bien financiadas para preparar nuevas generaciones (…) Desde entonces, los equipos juveniles alemanes han sido campeones europeos en las categorías de 17, 19 y 21 años (…) Muchos de los nuevos talentos se habrían perdido sin este programa, que los clubes siguen con gran atención, porque es tal vez la red de ‘alerta temprana’ más desarrollada y eficaz que existe en el fútbol internacional”. Este análisis de Raúl Fain Binda para la BBC Mundo resume la premisa de la renovación alemana: la esperanza está en el futuro, y el futuro está en los más jóvenes.

Eso se aplicó desde los clubes, fortalecidos con talentos locales y bajo una administración exitosa llevada a cabo por los propios socios/hinchas: la concurrencia de la fanaticada por partido supera el promedio de 40 mil personas. Ese apoyo popular, esa inversión en los jugadores locales y esa solvencia económica hizo que la Bundesliga se fuera fortaleciendo y llevaran al Borussia Dortmund y al Bayern Múnich a disputarse la final de la Champions League en el periodo 2012-2013.

Jugadores como Bastian Schweinsteiger y Lukas Podolski formaron parte de esa primera generación joven que en el Mundial de 2006, organizado en su propia casa, reflejaron la efectividad de este nuevo fútbol alemán. Cayeron en los últimos minutos de prórroga ante una implacable y más experimentada Italia en semifinales (oh, como quisiera borrar de mi memoria esos dos goles en los últimos minutos del tiempo extra que eliminaron a  la Nationalelf en su propia casa), pero se llevaron un tercer lugar que celebraron como el primer paso hacia un triunfo. El Mundial de Sudáfrica 2010 parecía ser el momento de gloria: Manuel Neuer, Mesut Özil y Thomas Müller serían los nuevos titulares estrellas de la Mannschaft, liderada por Philipp Lahm. Müller se llevó la Bota de Oro como líder goleador, pero de nuevo el equipo se fue a casa con el tercer lugar. Era el año de España.

Llegaría el 2014. Ya Joachim Löw no contaba con el apoyo incondicional de la fanaticada y la prensa. No basta siempre estar entre los mejores. Toni Kroos (24 años), André Schürrle (23 años) y Mario Götze (22 años) eran las piezas de esta última apuesta. Era, sin duda, el mejor momento de un equipo que cerró invicto la etapa clasificatoria sumando 28 puntos de 30 posibles. Claros favoritos, con mucho talento joven pero liderado por jugadores con vasta experiencia, su propuesta en Brasil terminó cambiando el modelo del juego.

El sueño de un equipo

Philipp Lahm levanta la Copa Jules Rimet junto al resto de la selección germana.

“Ha ganado el mejor equipo”. Quizás es la frase que más se ha repetido en las redes sociales y entre los debates de especialistas y fanáticos. No se habla de un jugador en específico. Lionel Messi se llevó el Balón de Oro, y más allá de las críticas, nadie pone en duda que es de los mejores jugadores del mundo. Pero estos torneos se ganan en equipo, o al menos esa es la lección que le han dado los alemanes al fútbol contemporáneo (una lección que ya le habían dado los españoles dirigidos por Vicente del Bosque).

Cuando los once de Alemania salían a la cancha, se percibía una clara cohesión como equipo. Desde el 2006 había sido así, pero solo en 2014 esa cohesión alcanzó su punto más cercano a la perfección: “En todo el Mundial protagonizó 314 ataques y 28 jugadas individuales hacia el área. Fue el equipo con más toques, con un total de 5.084 pases y una efectividad de 82%. Por otra parte, sumó un total de 98 tiros al arco y 71 de ellos fueron bajo los tres palos y dominó el balón en un promedio de 55% por juego. En cuanto a la parte defensiva, los germanos tuvieron un 85% de aciertos en intentos de despeje y en cuanto a las entradas ganadas, estas fueron 91 de un total de 110”, reseñó el portal www.13.cl.

La DW publicó un artículo sobre el nuevo modelo de juego alemán, el ‘Taka-Taka’, una evolución del ‘Tiki-Taka’ español: “El equipo de Löw desea el balón para marchar siempre con él al frente. Allí donde el ‘Tiki-Taka’ recurría a la horizontalidad, el ‘Taka-Taka’  busca la verticalidad. La pelota, desde la perspectiva alemana, se tiene para ir en dirección al arco rival, donde marcó cada 38 minutos uno de cada seis disparos”.

Perder el balón es parte de la estrategia, es el riesgo que buscó siempre abrir espacios en la defensa del rival, con el respaldo de un de un orden defensivo (destacaron Mats Hummels y Jérôme Boateng) y un arquero que ganó el Guante de Oro por la determinación y la confianza que demostró para buscar y rescatar la pelota utilizando todas sus capacidades como otro miembro defensivo.

Al final de cada partido, quedaba la sensación de haber visto a un equipo jugar con todas su armas. No tuvieron al líder goleador del torneo, pero fue el equipo que anotó más goles (18 tantos repartidos entre 8 jugadores, solo uno por cobro de penal). No sometieron toda la presión en ningún ‘crack’, a ninguna individualidad. Por algo en el “11 ideal” de la FIFA figuran 5 jugadores alemanes: Neuer, Hummels, Lahm, Kroos y Müller. Además, durante los siete juegos siempre fue el primer equipo en estar arriba del marcador.

 

Un roce con la suerte

Götze: el héroe de un partido final.

“(La) insistencia, por fin, tendría premio con el gol de Götze, porque los milagros no se esperan. Se buscan” (Esteban Rojas, El Universal). Todos los seguidores y fanáticos del fútbol alemán concordarán en que haber presenciado la evolución de este equipo ha sido uno de los mejores fenómenos en la historia del deporte. Pero ese ‘pase’ hacia la posteridad histórica, ese reconocimiento, se terminó de lograr ganando el último partido: “La inteligencia, la sobriedad, el sacrificio y la técnica renovada aprendida en estos años de dolores alemanes, vieron su premio en el gol de Götze” (Pablo García, El Nacional).

Ver a un equipo en cuatro torneos consecutivos estar tan cerca y caer por errores mínimos pero letales, hace que cierta frustración vaya ganado terreno. Además, el fútbol es un deporte cruel, no solo porque un resultado pueda voltearse en minutos, sino también porque la vida productiva de un jugador culmina muy rápido. Que esta generación liderada por Lahm y Schweinsteiger haya alcanzado los que se comenzó a buscar 8 años atrás es, por eso, un acontecimiento que todos los fanáticos soñábamos -y esperábamos- ver.

En la final contra Argentina no se puede negar que la Mannschaft contó con ese elemento que le faltó en otras oportunidades: el roce con la suerte. Porque ese error defensivo que dejó solo a Higuaín frente a Neuer y donde el primero, sin pensarlo, disparó el balón afuera, son los sucesos que tiñen de mala fortuna a un equipo y salvan “de suerte” al otro. Pero una jugada no define a un partido. Aunque Argentina tuvo varias oportunidades claras, no terminó de definir. Armó una muralla defensiva de 8 jugadores y esperó un contragolpe exitoso… y se quedó esperando. Alemania no se rindió, tampoco se desesperó, y con la salida de Kramer por Schürrle y la entrada de Götze por Klose, la fortuna les sonrió con en esa jugada a los suplentes que marcaron el gol del triunfo, el que consagraría todo el trabajo de una década.

En el fútbol no siempre gana el que mejor juega. El domingo 13 de julio de 2014, sin embargo, ganó el mejor.

 

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