Los 2 metros cuadrados

Texto publicado en la sección “Fuera del aula” de OJO 26.

Por Orianna Camejo – @Oriasmultiverse

Por fortuna, desde pequeña he podido disfrutar de la atracción central de Caracas. El Ávila era siempre el plan de los domingos. Subir a la cota mil y agarrar uno de esos senderos escondidos –justo en el lugar donde se ponen a vender naranjada y nestea bien frío-. Pero fui el doble de afortunada por tener un centro excursionista entre las actividades extracurriculares de mi colegio. El Ávila también se convirtió en el plan de los sábados, con largas y extenuantes excursiones. Más allá de subir por la trocha de San Bernardino o Galipán, también tomé la mochila y el botellón de agua. Desde Lomas del Cuño hasta la cruz del Ávila; de la Julia a Quebrada Chacaíto, y desde las múltiples entradas en la Cota Mil hasta un intento fallido de llegar a Picacho. Sin olvidar los heladitos de fruta en el cortafuegos y el momentáneo disfrute de las tuberías heladas que se consiguen en los caminos.

Pero, aunque la movida fitness sea tendencia ahora, yo nunca fui la más deportiva. Dejé el centro excursionista y comencé la costumbre de encorvarme frente al computador. Los fines de semana en el Ávila disminuyeron hasta llegar al común caraqueño: cada cierto tiempo subir a Sabas Nieves para sentirse parte del Ávila; y es que hacerlo da varias perspectivas: la tranquilidad del aire fresco, el agua pura y el silencio; y la panorámica perfecta de Caracas, esa ciudad de ladrillo que verdaderamente se ve abarrotada.

Para saber qué tanto ha cambiado esa subida, la visité hace dos semanas. La gente se ha multiplicado; los niños, incluso personas mayores, suben y bajan como si fuera un par de escalones. Pero la realidad es otra. Antes, Sabas Nieves era conocida por el diablo y el diablito, dos curvas seguidas que eran la cuesta más empinada de todo el trayecto en subida. Pero eso ya es cosa del pasado. Ahora toda la subida es una cuesta endiablada que te quita el aliento y la resistencia en las rodillas. En mi reencuentro, no me sentí la única oxidada y fuera de forma por el tiempo.

La tierra ha cedido, se ha desgastado, y cada día van saliendo rocas de la superficie como protuberancias de lo que es una montaña: una gigante y peligrosa placa rocosa. El Ávila no está abandonada, solo bastante aporreada por el uso.

Eso demuestra que Caracas puede ser inmanejable, pero no es una ciudad perdida entre el concreto y la basura. Solo que sus espacios verdes se están desgastando, y hay que crear nuevos.

Baño público

En algún momento entre esas largas y bastante contaminadas travesías por la web, recuerdo haber leído sobre proyectos ambientales en Caracas y haber encontrado una cifra que hizo que toda mi experiencia con el espacio verde más grande de Caracas se derrumbara: por cada caraqueño hay 2 metros cuadrados de áreas verdes.

Eso es del tamaño de un baño público.

Es decir, no es solo que el Ávila está desgastada, sino que no es suficiente para generar ese ambiente de escape y reencuentro con la naturaleza que todos los caraqueños merecen. Tampoco son suficientes el Parque del Este, o Los Caobos, o el Jardín Botánico, –ese que desde el cortafuegos se ve como un oasis urbano-.

Pero la web siempre da respuestas: Desde que la Base Generalísimo Francisco de Miranda –mejor conocido como el Aeropuerto de La Carlota- eliminó el permiso a aeronaves civiles y restringió su uso exclusivamente para los militares, se retomaron los proyectos y las ideas de cómo usar ese terreno. En este momento solo una parte restringida de la ciudad puede entrar y disfrutar de esos espacios, cuando existe la posibilidad de crear un centro natural, cultural y de transporte en su terreno y prescindir de la cerca que bordea la autopista.

Desde 2010, todos los municipios metropolitanos se unieron al proyecto Caracas 2020, plan estratégico que se creó en 1995. Un proyecto ambicioso de planificación urbana -esa que tanto necesita la ciudad- que, una vez que ojeadas todas sus estrategias, hizo posible que me reconciliara con la ciudad. Para La Carlota, el proyecto que proponen es alucinante. No solo por su planificación cultural, sino por la estrategia orgánica de una nueva Caracas, donde todas las quebradas del Ávila conseguirán reposo y el Guaire tendrá el tratamiento de sus aguas.

Devolver el Guaire a la naturaleza tiene más importancia de la que el sueño idealizado le da. Quiebra el retrato del río usado como cloaca, de esa relación tormentosa que tenemos los caraqueños con nuestro entorno. De alguna manera, quitaría el sentimiento de estar recreándose dentro de las paredes de un baño público.

Buscar una Caracas más verde no es un sueño, es necesario. Porque yo tuve la oportunidad de disfrutar el Ávila de cabo a rabo y conocer ese contacto directo con la pureza y la belleza de nuestra geografía. Pero no todos tienen el tiempo, capacidad o esfuerzo para encontrarse con los manantiales, el silencio o la vegetación de la montaña. Hay que buscar más terrenos que hagan recordar al caraqueño que vive en un valle lleno de guacamayas, un cielo despejado y una brisa placentera. Porque somos muchos los que no nos conformamos con disfrutar de la naturaleza en el espacio de un baño público, sino en la amplitud de sus colinas y quebradas. Es seguir queriendo nuestros espacios verdes, pero construir y pensar en nuevos oasis de los gigantes de concreto.

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