Béisbol vs Fútbol

Por: Antonio Torres

Desde pequeño he vivido una dicotomía: crecer en un país supuestamente beisbolero, rodeado de gente que prefiere el fútbol. La Venezuela de la pelota es generacional: los mayores, padres y tíos, adoran el béisbol; y los de mi edad, primos, compañeros de clase, panitas de la calle, mueren por el fútbol. Al menos esa ha sido mi experiencia, una en la que he tenido que nadar contracorriente, porque, a ver: me gusta más el béisbol que el fútbol, qué le vamos a hacer.

El fútbol es un deporte fácil y por eso es tan popular. Tiene pocas reglas, no necesita casi indumentaria, y cualquiera lo juega. Por eso está lleno de pantalleros: todo el mundo habla, sabe, entiende y juega fútbol. Todos. El que más y el que menos. Cosa que no pasa con el béisbol, que discrimina y delata: para jugarlo hay que ser bueno y para hablar de él hay que saber alguito. No se mete el paro tan fácilmente.

Los futbolistas, hablando de pantalleros, cultivan la condición histriónica casi tanto como la física, y a muchos se les va el juego fingiendo faltas. Un pelotero podría fingir un pelotazo –y se tendría que jugar que se lo dieran– y aun así lo máximo que obtendría es una base adicional. En el fútbol, inventarse la falta en el área es penalti –gol casi seguro–. No voy a entrar en lo poco ético que es eso viniendo de un deportista –ya escucho las voces de mis amigos futboleros explicando que desde niños les enseñan a engañar al árbitro, que eso es estrategia, que forma parte del juego, que allí todo vale, y que criticarlo es ignorancia–, pero sí en lo fastidioso que es calarse numeritos teatrales en medio de lo que en teoría es –debería ser– un deporte.

ESTADÍSTICAS

El béisbol es estadística y precisión. Todo –o casi todo– está medido, mesurado y –cosa importante- promediado, lo que ayuda a tumbar mitos y a saber con certeza qué tan bueno es un jugador. En el fútbol, un goleador, solo por los goles, es ya estrella; en el béisbol, el average y demás yerbas ponen en su sitio a un jonronero que solo sabe sacarla del parque –que no es poca cosa, pero tampoco lo es todo-. En el futbol, un jugador como Anelka –el más sobrevalorado de la historia- puede pasar con algo de gloria por algunos clubs importantes; en el béisbol difícilmente habría llegado a AAA.

Por eso valoro tanto las estadísticas: desmontan mitos; bajan del cielo a esos jugadores que tuvieron tres días con suerte y en tres momentos decisivos hicieron tres jugadas importantes, y ponen las cosas claras. Y sí, yo sé que el fútbol las tiene, pero contadas, fragmentadas –vuelvo a lo del promedio-, algunas inútiles –posesión del balón-, y poco manejadas por los aficionados –no he conocido al primero que después de un juego me diga que tal jugador corrió tantos kilómetros, acertó en tantos pases, robó tantos balones, y tuvo un porcentaje de aciertos de tanto–.

Que sea tan estadístico hace que en el béisbol haya más verdad. A fin de cuentas es un deporte más racional que pasional, y numerito mata percepción, querencia y opinión, que es lo que abunda en el fútbol; por eso no hay nada más fatuo que una discusión balompédica: eternamente acaloradas, invariablemente exageradas, a veces divertidas, siempre subjetivas –‘a mí me parece’, ‘yo creo’, ‘a mí me gusta más’- y perpetuamente inútiles, porque nunca llegan a ningún lado, ya que es imposible ponerse de acuerdo –no hay ese elemento sólido y definitivo al que apelar para zanjar todo-.

DURACIÓN

Lo que para muchos es una de sus grandes defectos –que es un juego muy largo, que puede pasar las tres horas, que bla, bla, bla– para mí es una fortaleza. Primero porque me gusta, y mientras más dure mejor; y segundo –y aquí ya me pongo filosófico, me perdonan– porque es un desafío al ‘cronos’, al tiempo de los hombres. Cuando se va a ver béisbol se entra, prácticamente, en otra dimensión, una en la que los relojes pierden todo el poder, porque en el béisbol el tiempo lo marcan los outs, que son caprichosos, a veces se pierden y caen cuando les da la gana. Esa independencia, ese no estar sujeto a relojes, ese saber siempre cuándo empieza pero nunca cuándo termina, es un añadido único de este deporte, que no conoce de empates y en el que siempre, pase lo que pase y haya que jugar lo que haya que jugar, sale un ganador y un perdedor.

Hay, además, otra cosa que se deriva de la anterior y que hace el béisbol sinigual: la jugada final. El béisbol no finaliza con un pitido sino con una jugada. Mientras los futboleros terminan viendo el reloj, contando los segundos para que se termine, uno, fanático de la pelota, mira al terreno a la espera de esta última jugada, que puede ser espectacular o no –tanto mejor si es un ponche, una atrapada imposible, o una joya de dobleplay; ni se diga si es un jonrón, que son palabras mayores-, pero siempre queda grabada en la retina. Ese privilegio de cerrar con broche de oro, de un final para el recuerdo, de un colofón inolvidable, ese privilegio no lo puede dar el fútbol –si acaso lo dio cuando el gol de oro, pero eso ya era algo agónico e injusto–; y, créanme, vale.

La perfección –vuelvo a ponerme filosófico, disculpen nuevamente–, que existe en las matemáticas, en algunos –pocos– elementos de la naturaleza y, dicen los creyentes, en Dios, también está en el béisbol. Puede sonar tonto este argumento, pero en el béisbol el juego perfecto existe, es posible, se puede dar y cuantificar –a mayor gloria del pitcher, claro–. En el fútbol, un juego será bueno, excelente, magnífico –úsese el adjetivo que se quiera– pero nunca perfecto. Esa no existe en el balompié.

Si el argumento de la perfección no basta, permítaseme exponer otro menos alturado pero –espero– convincente: la mezcla entre lo individual y lo colectivo. El béisbol tiene lo mejor de esos dos mundos. Por una parte, a la ofensiva, el enfrentamiento entre lanzador y bateador, lleno de drama, tensión y presión; por otra, a  la defensiva, el juego en equipo, la dependencia del otro, el trabajo colectivo, las atrapadas y los lances. Está también el del orden: cada jugador con su posición y su rol claramente definido; no ese desorden del fútbol, en el que al final –y sobre todo en el final– nadie termina teniendo claro por donde es que tenía que ir.

Si ni aun así he logrado el cometido asignado por el editor de esta revista, baste decir que si pongo el béisbol por encima del fútbol, no necesariamente es porque sea mejor, sino, a fin de cuentas, porque a mí me gusta más, qué le vamos a hacer.

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