Tras 25 años, Chataing le dijo hasta pronto a la radio

Ayer, intempestivamente, Luis Chataing se despidió de la radio. Tras 25 años, dijo adiós. Hasta pronto, para ser exactos. Lo hizo solo, en el improvisado estudio casero donde trasmitía desde que se fue del país. Abatido y decaído, el hombre que hacía reír a Venezuela tuvo que esforzarse para no quebrarse en plena transmisión. Estuvo serio, grave y conmovido. Casi irreconocible. Mientras hablaba, la voz perdía fuerza y tenía que hacer pausas dramáticas, en el más literal de los sentidos. Guapeó, sí. Y lloró, también. Del implacable y obsesivo locutor que programaba hasta el más mínimo silencio, que tenía siempre todo planificado, que detestaba la improvisación (que no la espontaneidad), ayer hubo poco. Chataing se sentó frente al micrófono y dejó salir genuinamente lo que llevaba dentro. Exorcizó todos sus demonios, esos que tenían tiempo atormentándolo y lo habían llevado a convertirse, casi, en un remedo avinagrado del humorista que conocimos. Lo que hasta ayer había sido un comentario ‘sotto voce’ (que Chataing había perdido el humor y su programa el sentido), era algo que él, antes que nadie, sabía. Y eso, evidentemente, lo agobiaba: “Si me han escuchado en las últimas semanas habrán notado que tengo una dificultad muy grande para hablarle al país”. ¿Por qué? Porque él, que se hizo locutor para entretener a la gente, ya no encontró forma de hacerlo. La tragedia de Venezuela no le dio tregua. Lo venció. Y si fuera solo un humorista que se quedó sin ideas, si esta fuera la crónica de un fracaso individual, no pasaría nada. Pero es (y representa) algo más: una victoria (otra más) de esta infeliz barbarie que está destruyendo Venezuela. Por ello esperamos su pronto regreso. Para que el mal no tenga la última palabra. Puedes escuchar el monólogo de despedida de Chataing aquí.

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