Andrea Dopico y la otra cara de dejar tu país

FOTO: Adrián Egea

Por: Silvia de Mascarenhas

Es una emigrante venezolana. Andrea Dopico ha hecho sus dos maletas más de una vez. Las primeras fueron muy temprano, al salir del colegio, cuando nos vemos obligados a estar muy claros en lo que queremos hacer con el resto de nuestra vida. Ella escogió la publicidad y España le abrió las puertas. A pesar de solo faltarle la tesis y haberle dedicado 4 años a la carrera, nunca le gustó y nunca se adaptó. En un viaje a Venezuela para apoyar a su familia en la lucha contra el cáncer de su mamá, como en cualquier ola de sensibilidad y cambios, Andrea tomó decisiones cruciales pensando en la felicidad. Se plantó firme ante los que más amaba para pedir apoyo, y así hizo sus maletas por segunda vez: rumbo a Vancouver al Pacific Institute of Culinary Arts, a estudiar pastelería.

Con y como las agujas de un reloj, comienza y acaba su día a día. Se levanta para ir directamente al restaurante del que es primera pastelera, unas 5 horas antes de que se siente el primer comensal. En equipo hacen las preparaciones del día; se saltan, normalmente, la hora del almuerzo y continúan trabajando hasta el momento del servicio, en el que espera paciente, aunque sin parar de crear, a que comience la hora del postre de cada mesa. Todos saben cuándo sale el primero, pero no el último. El restaurante cierra unas horas antes del servicio de la cena, por lo que Andrea, la que muy poco tiempo se dedica a sí misma, usa este tiempo para seguir creando e ideando, o para tratar de descargar la adrenalina del servicio haciendo ejercicio. Y así, como las agujas del reloj vuelven a pasar por el mismo sitio, una y otra vez, Andrea vuelve a Moments, en el Hotel Mandarin Oriental de Barcelona, para servir la cena, y no regresa a casa hasta la 1 de la mañana.

Tal vez por conocerla se me hace aún más difícil descifrarla. Sus momentos de reflexión sobre su trabajo son extremadamente acuciosos y serios; le pone empeño a dar con la expresión correcta, sin una palabra más o una menos. La han entrevistado innumerables veces pero, aún así, es palpable su momento de introspección antes de contestar una pregunta, por más simple que sea. Por otro lado está la Andrea risueña, la que no ve a sus amigos en semanas porque su dedicación al trabajo es total y, aún así, no desaparecen nunca de su vida. Tal vez se debe a que ella se ha dedicado a explicar muy bien su oficio –los días laborables que superan las 12 horas-, pero me atrevo a concluir que, simplemente, tiene don de gente. Su madurez al hablar de trabajo hace cortocircuito con la inocencia que exuda su sonrisa, y su profesionalidad contrasta con sus ganas de aprovechar al máximo el poco tiempo libre que tiene. No puedo evitar volver a la analogía del reloj. Hablar con ella es como abrir uno: quedas fascinado por la precisión con la que trabajan sus engranajes, pero sabes que hay mucho más por detrás que lo que está a la vista, una sensación de que ahí dentro ocurren procesos tan complejos que son casi imposibles de entender.

Sus oportunidades han llegado como anillo al dedo, ha tenido suerte, ha estado, como dijo ella, “en el lugar adecuado en el momento indicado”, pero su determinación es implacable. La suerte no es nada si no sabes mantenerla y el mérito de Andrea está en su disciplina. Se concentró en ponerse al día porque empezó tarde para los estándares de la gastronomía, por lo que estudió a ritmo vertiginoso y trató de consumir conocimientos de años como quien consigue agua fría en el desierto. Ella no lo pudo poner mejor: “Las oportunidades me llegaron por casualidad, pero era mi trabajo estar preparada para cuando eso pasara”. Eso hizo: Llegó a Caracas de Vancouver para volver a España. En sus vacaciones buscó qué hacer y acabó en un restaurante de la talla de Alto y siendo pupila de Carlos García. Llegó a Madrid y se topó con unas pasantías en un restaurante con dos estrellas Michelin: El Club Allard. Ahí se encontró a sí misma ejerciendo las labores de una segunda pastelera, no de un aprendiz. Cuando culminó en Madrid, fue de vacaciones a Barcelona y con su currículum trabajado en Illustrator por ella misma visitó personalmente varios sitios en la ciudad de Gaudí. Lo llamativo de su currículum le valió la cita para una entrevista en Moments, donde había, casualmente, la vacante con las labores que ella ejerció en sus pasantías. Cuando leyeron bien su currículum la llamaron y le dijeron: “No estás calificada para esto”. Pero ella insistió en que la entrevistaran. “Les dije: ‘Si ya tienen el hueco en la agenda, reúnanse conmigo y lo conversamos en persona’. Fui, les comenté lo que había hecho en Caracas y Madrid, y les propuse que me pusieran a prueba durante los 45 días que legalmente podían. Ya tengo un año y medio ahí”.

El resto de la historia de Andrea todavía se está escribiendo; pero ya fue la ganadora de España en la final nacional de la Chocolate Chef Competition de Valrhona, representó al país en la final mundial en Nueva York y está dentro de la lista de los 30 jóvenes más influyentes de Forbes Europa en el ámbito artístico. La suerte no forja prestigio, el trabajo sí.

La magia de su labor, su “acto de amor” como ella misma llama a lo que es cocinar, combinada con su entusiasmo y disciplina, le han permitido trabajar con quienes más admiraba desde que comenzó a estudiar pastelería. Ella concluye que es porque han visto en ella una persona trabajadora y llena de ideas. Todos han puesto granos de arena en los proyectos de Andrea, desde fotógrafos, hasta chefs de la talla de Jordi Roca, Yann Duytsche y su propia jefa, la aclamada Carme Ruscalleda, especialmente en la C3 de Valrhona: “Yo no sólo iba en mi nombre, iba representando a mi restaurant, a mi hotel, a España y a Venezuela, aunque no la llevara en la chaquetilla”.

Venezuela es inevitable en la vida de cualquier emigrante que de allí proviene pero, en Andrea, cobra otra vida un tema que, usualmente, saca lágrimas de tristeza. No se debe únicamente a que ella es optimista por las oportunidades que le ha dado la vida; se debe a que el acto emigrar no se reduce únicamente a un escape. Sus terceras maletas tenían el propósito de la superación profesional, la búsqueda de un sitio en la que este oficio en particular estuviera más desarrollado. Abrir fronteras: esa es otra razón para emigrar. Y es que no todo exilio significa tristeza, porque para Andrea ha sido el pase a la expansión de su mundo laboral. Se ha despedido varias veces de su familia, pero aceptó su condición de extrañar constantemente para llenarse de energías positivas cada vez que vuelve a Caracas o los ve a ellos. Lleva los sabores de esa tierra a sus postres porque en Venezuela “sabemos trabajar la fruta, nos gustan los picos de sabor y, aunque no todos mis postres llevan mango, parchita, guayaba o chocolate, mis gustos están determinados por aquello con lo que crecí”.

Andrea es dos mundos en un solo cuerpo, con dos pasaportes. Cuando le preguntas qué se siente tener doble nacionalidad, ella responde que “más completa, porque he visto más que aquellos que jamás han salido de la cultura de su país”. Fue criada en la diversidad, entre españoles, italianos y venezolanos (como muchos de nosotros) y aceptándola como un beneficio a su favor. Su nacionalidad española ha significado oportunidad y la venezolana su ser.

Deja tu comentario

You May Also Like