Yago, en tres líneas y varias preguntas

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Ricardo Damian Lórenz tiene nombre de cuento y vida de novela. De hecho, lo primero que uno pensaría al escuchar su historia es que se trata de un personaje de ficción. Pero no. Existe. Es de carne y hueso. Y estuvo en Caracas.

Tiene 28 años, barba, los ojos claros y una Honda Biz de 100 CC con la que ha recorrido cientos de miles de kilómetros: los de las carreteras latinoamericanas. De Argentina a México, ha cruzado el continente en moto.

Salió de su casa con 22 años, $700 dólares, su Honda, dos pantalones, cuatro camisas y ropa interior. Sin una ruta definida y sólo con una sola cosa clara: las ganas de recorrer camino. Eso era (y eso es) todo. El camino.

Para cruzarlo no usa GPS ni mapas y menos brújulas. Se fía más del hombre que de la máquina, por eso se vale de un método bastante clásico, ese con el que, decían los abuelos, se llegaba hasta Roma, y que él bautizó como PPS: “Paro. Pregunto. Sigo”.

A pesar de ello, se ha perdido unas cuantas veces, aunque nunca ha sido algo que le preocupe mucho. Y si no lo ha buscado, por lo menos lo ha disfrutado. “Me gusta perderme”, confiesa.

De todas sus perdidas (que no pérdidas), la más peligrosa fue en una favela de Río. Las calles, cuenta, se iban estrechando poco a poco: de doble vía a una vía, de una vía callejón, de callejón a pasillo estrecho, de pasillo estrecho a tener bajarse de la moto para poder sacarla.

Aquella vez lo salvaron unos mototaxistas a quienes la historia de su viaje (“vengo desde Argentina en esta moto”) los sorprendió (“-Voce e maluco, cara?” -¿Estás loco, hermano?-) y entre risas lo ayudaron a salir.

Sin embargo, agrega él, tanto como la historia lo ayudó también la moto: porque por ser un modelo barato, común y corriente (y no una costosa y ostentosa Harley, por ejemplo), no era objetivo de ladrones.

Esa, para él, es una de las ventajas de su Honda: que lo ha librado de ladrones y de policías matraqueros. “La gente come mucho por los ojos, y cuando te ven así, en una moto así, se dan cuenta de que no tienes dinero y te dejan pasar”.

Créase o no, la  moto le ha abierto más fronteras que su pasaporte. Porque misteriosamente a los militares que vigilan las fronteras se les activa la imaginación apenas ven un carro/moto de valor y comienzan a inventar trabas que sólo se resuelven pagando. Con su Honda no.

Y al hablar de eso, y para ser justos, él hace (tiene que hacer) una salvedad: Chile, que, aun siendo Latinoamérica, es algo distinto, muy distinto, donde “coimear” (sobornar) a la autoridad es harto difícil, por no usar el exagerado y puede que impreciso imposible.

De los países en los que ha estado, Perú y Bolivia son los peores para conducir. “En  La Paz la gente está acostumbrada a chocarse. Hay micro accidentes en cada cuadra. Y es tal la costumbre que ninguno se baja a reclamar. Se ven a las caras y siguen”.

A Venezuela la ve como un paraíso para los motorizados por el gran poder del que disfrutan. “Aquí tienen su lugar en las calles. Los carros se les apartan no sé si por miedo o respeto. Cuando los conductores me ven, les informo que no les voy a quitar nada”, dice riéndose.

“En las malas se ven los buenos” es lo que responde al ser consultado por la situación de Venezuela. Y es que él, que viene de afuera a esta nación en crisis, se ha encontrado al llegar un país que lo ha acogido y lo ha cuidado, “que demuestra más que nunca la calidad de su gente”.

El país menos amigable con los motorizados es Colombia, por la cantidad de restricciones que hay: dos días al mes de parada para las motos, toque de queda diario para echar gasolina, toque de queda nocturno para conducir, prohibición de llevar parrilleros hombres.

Lo de los parrilleros, igual, nunca ha sido problema para él: siempre va solo, y a estas alturas del viaje, dice, ya no podría hacerlo en compañía. Se ha acostumbrado tanto a la vida nómada que otra persona significaría un estorbo.

Pero que no se le malinterprete. No es un antisocial o algo semejante. Todo lo contrario. Tiene cientos, si no miles, de amigos. Le gusta estar entre la gente y se le da bien. Pero eso es una cosa y viajar otra muy distinta.

De hecho, su primera idea era viajar con amigos. “Pero a la hora de ‘¿cómo vamos a hacer, adónde vamos a ir?’ siempre les respondía ‘no sé, no sé’, porque se trataba de un viaje no planificado y sin rumbo. Y entonces allí me decían: ‘ve solo’”. Y solo se fue.

¿Y qué hay de las mujeres? Son, cree, el riesgo más grande. “Lo peor es enamorarse. El que se enamora, pierde”. En el tiempo de viaje no ha tenido novias o amores, sino aventuras (“por montón”). A eso (o en eso) se resume todo.

Tras tanto viajar, algo (mucho) ha aprendido en carretera. Lo primero, y más básico, es de mecánica: ha hecho 31 cambios de caucho, 300 de aceite y unas cuántas reparaciones. Conoce como nadie a su moto.

También ha aprendido a comer casi cualquier cosa. “He matado pájaros y culebras”, confiesa, para luego explicar que en su moto viaja también con una pequeña parrillera en la que cocina ésas y otras cosas cuando la necesidad obliga.

No es, sin embargo, un hombre de mucho comer. Al día, máximo, hace dos comidas, siendo siempre la más fuerte la de la mañana y la más prescindible la del mediodía. Y tiene su explicación: “si almuerzo me da sueño y si duermo no manejo”.

Contrario a lo que se pueda pensar, lejos de debilitarse, su salud se ha mantenido firme. “No me he enfermado nunca”, jura, “salvo alguna fiebre o una cosa de horas”. Tampoco ha subido de peso. Y eso que ha cruzado estas selvas de mosquitos y plagas.

Tal fortaleza inmunológica se la atribuye a ese carácter distendido y alegre. “Siempre pienso, ‘¿quién dijo que por mojarme con lluvia me tengo que enfermar?’ No tiene por qué ser así. Y no me enfermo. De todos modos, la peor enfermedad es no ser feliz”.

Ha asumido la felicidad como una causa (“vivo para contagiarla cada día”). Para eso va él por la carretera de la vida: para ser feliz. Y esa es la respuesta que tiene, la única que ha encontrado, para la pregunta de por qué estamos aquí y cuál es el sentido de la vida.

Y conste que no tiene (ni pretende dar) una fórmula para alcanzarla. Pero tomando como base su singular experiencia de vida  (y vaya si tiene de eso) se pueden sacar algunas conclusiones de cómo ha hecho para alcanzarla.

Determinación es lo primero. Todo empieza (todo empezó) allí. Tomando la determinación de hacer el viaje, de lanzarse a la carretera. Y allí llegó entonces el primer gran obstáculo de todos: el económico.

Al dinero lo califica de mal necesario. Y el responsable de frustrar la mayoría de los planes de la gente. “El gran terror es no poder resolver nada económicamente”. Él lo sintió (“salí con apenas $700”) pero decidió no dejarse vencer y se lanzó, desprendido, “a un viaje sin rumbo”.

Tanto se ha desprendido, que con 28 años y en pleno 2016 no tiene todavía una cuenta en banco alguno. Cuando se acabaron los 700 dólares comenzó a buscar trabajos en donde la vida y la necesidad lo encontraran.

Ha hecho las cosas más inverosímiles e improbables. Ha sido mesonero, ha repartido frutas, contrabandeado ropa, paseado perros, repartido volantes en plazas y hasta ha trabajado como minero.  Ahora vende artesanía y a veces (él no entiende cómo) da charlas.

Todo lo que gana lo traduce en gasolina. “Cuando veo un billete, pienso es en combustible”. La sentencia, en su simpleza, resume de modo impecable lo que es el dinero para él: un medio para poder seguir viajando. No algo que acumular o a lo que entregarle la vida.

Lo mismo pasa con la moto. “Mi sueño está en  la ruta, no en la moto”. Por eso, para comprar esta Honda con la que empezó todo, vendió una mucho mejor y cara, que había sido su sueño: “La moto que más deseé fue con la que menos viajé”. De loco lo tildaron entonces.

Esa, la de la incomprensión, ha sido apenas una de las tantas contrariedades que ha tenido. Pero el sufrimiento y las piedras, lo ha aprendido, son parte esencial e importante del viaje, que nunca podrá ser bueno si está exento de ellas.

“Hay gente que a veces se frustra cuando comienzan a aparecer los obstáculos, y entonces decide abandonar. No. Sufrir y pasarla mal forma parte del camino”, dice. Y recuerda las cuatro veces que estuvo preso –siempre por problemas migratorios– y el accidente que sufrió en Ecuador.

A la salida de la conferencia que dio en la Sala Cabrujas (de donde salen los párrafos anteriores), lo abordamos para conversar con él y profundizar sobre algunas ideas:

-Háblame un poco de los obstáculos que has tenido en el camino

-Yo tuve obstáculos duros. El cruce a Centroamérica lo fue. Tuve ganas de mandarlo todo a la mierda. El costo era imposible. Pero le busqué la vuelta hasta que salió. Yo creo en eso, en que en todo lo que hagas va a haber siempre algo que no te guste, una parte fea. Pero si no somos capaces de aguantar eso y seguir un poco más, siempre vamos a estar abandonando todo a mitad de camino.

-¿Qué significa viajar para ti?

-Es mi vida. Es mi felicidad. No me veo de otra forma que no sea viajando. Nunca imaginé que llegaría a dar una conferencia o escribir un libro, y todo ha sido gracias al viaje.

-A los jóvenes venezolanos, en medio de esta crisis, desesperanzados y frustrados, ¿qué les tienes que decir?

-Mira yo no creo en ideologías ni en tonterías. La patria la hago yo. No creo en fronteras y esas vainas. Con respecto a Venezuela. A ver. No se trata de abandonar el barco porque está por hundirse, sino de buscar la felicidad de uno. Y en un momento en el que hay gente que está podrida de todo esto, creo que pueden intentar salir, viajar. Están en un momento en el que ya no tienen mucho que perder, entonces, la clave es animarse y arriesgarse. En todo aspecto. Agarrar la moto e irse. Si ya no hay mucho que perder, se trata entonces de dejar el miedo, no dejarse trabar por la situación, sino salir, hacer y deshacer.

-¿El que viaja huye de algo?

-No. En mi caso no. Me he ido siempre bien. En paz con todo, con mi familia y mis amigos. Más bien uno busca ganar amistades, experiencia. Se te amplía el mundo. Vives en una burbuja muy chiquita y no lo sabes. Cuando sales el mundo se hace mucho más grande.

-¿Y cuál es la meta del que viaja?

-Hoy en día viajo porque me hace feliz y me da la oportunidad luego de poder compartirlo. De esta charla de hoy no me llevo ningún beneficio económico. A alguno le va a llegar y alguno se va a motivar un poquito más. Entonces esa es la idea. Y con eso me doy por servido.

-¿De qué va la vida, Yago?

-De ser feliz.

-¿Y para ti la felicidad es el viaje?

-Tal cual.

-¿Qué es lo más raro que has comido?

-Un gusano.

-¿Y a qué sabe?

-Como a higo.

-¿Te sientes cómodo estando solo?

-Sí.

-¿Qué tiene de bueno la soledad?

– A ver. Yo digo que hay dos tipos de soledad. A la que te enfrenta la circunstancia y la que buscas. Yo vivo la soledad que buscas: la de estar solo en la ruta, en la montaña, en un momento de tranquilidad. Pero nunca se me da la soledad. Tengo amigos, voy conociendo gente, yendo a todo tipo de fiestas, eventos, diversión; entonces nunca me he sentido solo.  Creo que te cambia también el concepto de amistad: te das cuenta de que un amigo no es el de 20 años, sino el que te da una mano que quizás el amigo de 20 años ya no te daría. Eso te cambia completamente el concepto de amistad.  Y hago amigos más fácilmente.

-El que viaja mucho se tiene que despedir mucho. ¿Cómo afrontas las despedidas?

-Las despedidas son duras. En México, que fue el país en el que más tiempo duré parado en un lugar, que fueron casi 4 meses, allí se me cayeron lágrimas. Fue sinceramente la primera y única vez que lloré, porque creé un vínculo y amistades. Pero te dura muy poco la tristeza porque sabes que en los próximos 15 minutos vas a estar solo en la carretera, vas a tener qué resolver qué vas a comer, dónde vas a dormir, con quien te vas a cruzar; entonces es una suerte de circunstancia en la que vives siempre despidiéndote pero también conociendo gente, y se va engranando en una forma en la que la terminas pasando muy bien.

-¿Cuánto crees que va a durar todo esto?

-Si me  preguntas  hoy, toda la vida. Pero no sé cuánto va a ser toda la vida. Puede ser un año más, un mes más o dos días más.

-¿Pero tú estás claro en que va a llegar un momento en el que ya no vas a poder seguirlo haciendo?

-Ni siquiera lo he pensado porque no sé si voy a llegar a viejo. Pero si no puedo viajar en moto inventaré un triciclo, y si no puedo viajar en triciclo viajaré en carro, y si no puedo viajar me sentaré como un viejo antiguo a contarle historias a todo el mundo y allí será el final. Pero no me lo he planteado y no me preocupa porque sé que el futuro es totalmente incierto y no me voy a preocupar por algo que todavía no ha llegado y que no sé si llegará.

-¿Había, de niño, algo que hiciera suponer que ibas a terminar en esto?

-Básicamente nunca me gustó vivir estructurado, que me dijeran qué hacer, cómo hacerlo y cuándo hacerlo. Por eso fue que terminé la escuela y en 5 años tuve muchísimos trabajos de un mes, dos meses, y no me gustaban, me cambiaba, siempre prioricé más mi tiempo que mi dinero y aunque nunca me lo imaginé creo que esto es lo que estaba designado para mí porque no me veo de otra forma.

-Define en una palabra los siguientes países:

Argentina: orgullo | Chile: distinción | Perú: tradición | Bolivia: uy, diferente | Ecuador: tranquilo | Uruguay: lindo | Paraguay: noble | Brasil: locura | Colombia: fiesta |  Venezuela: energía, hermano | Panamá: distintivo | Honduras: inconforme | El Salvador: conflicto | México: maravilloso.

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