El Centro Comercial que fue y ya no es

Por: Ezequiel Abdala – @eaa17

Los sábados eternos quedaron atrás. Aquellas largas colas para entrar al estacionamiento y las interminables vueltas para pescar alguno de sus 508 puestos; ese imán que tenía para los caraqueños y aquel encanto que tanto seducía a los jóvenes; la elegancia de sus tiendas de marca y la exclusividad de sus locales nocturnos; los ríos de gente en sus pasillos y la vida que allí se sentía; todo forma parte de un pasado que hoy suena a mito.

El primer gran centro comercial de Caracas, el Chacaito, envejeció mal y pronto, como las vedettes que en aquellos irrepetibles setenta alcanzaron la fama en su teatro de obras ligeras; como las hombreras y las ropas coloridas que tanto se exhibieron en sus cotizadas vidrieras; como la Caracas posible, pudiente y de referencia.  

Quizás porque vivió unos primeros años muy intensos es que, llegado a los 46, el CCC se parece tan poco a lo que alguna vez fue; quizás porque fueron bastantes y muy largas las noches de insomnio; tal vez porque allí hubo mucha, demasiada, fiesta; porque vivió la época de bonanza y fue el rey de las décadas más prósperas; debe ser por eso que se consumió tan rápido y ahora vive prácticamente en horario de oficina, se acuesta temprano y a las 7 de la noche de un sábado se encuentra tenebrosamente vacío.

 LE DRUGSTORE

 Un pequeño puesto de perros calientes de la franquicia social Entre Perros se encuentra en la entrada sureste. Quienes se aventuran a matar el hambre allí no se imaginan que metros adelante y décadas atrás, donde hoy hay una gran tienda sin nombre que vende todo en bolsas de El Tijerazo, se podían comer perros de un metro de largo hasta con 5 salchichas diferentes y beber cervezas en estrafalarias jarras de a litro; no tienen idea de que existió algo como Le Drugstore.

 Desde su inauguración, el 14 de diciembre de 1970, ese laberinto de minitendas y fuente de soda se convirtió en La Meca de la juventud caraqueña, peregrinación obligada para ver y dejarse ver, el puente con el mundo. Con su piso de cuadros blancos y negros, los monitores de televisión y lo último del hit parade de fondo, en Le Drougstore había de todo: novedades importadas, llaves de colores, cigarrillos de chocolate, franelas con estampados fosforescentes, discos, revistas, libros, joyas, perfumes, y una fuente de soda donde se vendían sandwiches dely con nombres de artistas y los perros calientes más grandes de la capital; abierto hasta la 1 de la mañana.

 CINEMA

 El acta de defunción, avalada por los historiadores, es clara: los cines de calle murieron cuando nació el Centro Comercial Chacaito. Aquel mayo de 1968 le inflingió una herida mortal a las salas tradicionales. Cinema 1, Cinema 2 y Cinema 3, ubicados en el sótano del CCC, fueron los culpables. Salas de lujo, estacionamiento y la posibilidad de ir luego a comer o a rumbear; una oferta realmente atípica y atractiva para la época, copiada luego por el CCCT y el Concresa. “De allí en adelante, nadie más quiso ir al cine a pie. En cuestión de 10 años se dejaron de construir los cines tradicionales”, apunta Nicolás Sidorkovs en Los cines de Caracas en el tiempo de los cines.

 TIENDAS

 La esquina sur oeste del CCC colinda hoy con un mercado de películas piratas; un largo pasillo iluminado con bombillos que cuelgan de cables empatados con de teipe negro, a lo largo del que se consigue cualquier ilegalidad en forma de disco. Curioso que en esa esquina, precisamente, se encontrara en otro tiempo un símbolo, un emblema de la originalidad: la única sucursal de Yves Saint Laurent que hubo en Venezuela.

 Por su vidriera desfilaron los últimos gritos de la moda llegados de París. Allí Caracas se deleitó con la moda prêt-àporter, se sonrojó con el primer smoking femenino, ‘Le Smoking’, prenda icónica de Saint Lauren, y suspiró, sobre todo eso, con sus diseños vanguardistas. De París también llegó la ropa que se exhibió en Minouche -“La dama francesa”-, una de las boutiques emblemáticas de aquel entonces, que junto con Ponte Vecchio -lo más granado de Milán-, GuyMeliet y Alfa, vistieron, como auténticas europeas, a las caraqueñas.

 La contrapartida masculina tuvo a Luciano para hacerse trajes a la medida, la Adams -“Un rincón de Nueva York en Caracas”- para comprar las camisas, y la Vogue para las corbatas. Los jóvenes tenían en el sótano Carnaby Street, homónima de la popular calle londinenses donde -dicen- los Beatles y los Rolling Stones compraban ropa, y que en aquella Caracas era el templo de los blue jeanes -los primeros-, las camisas, las franelas y las correas de moda. Los bikinis -esa rareza- se conseguían en Bikibú, con la mayor concentración por metro cuadrado de cuerpos esculturales y donde -contaba una leyenda urbana- los espejos permitían verlo todo.

 RUMBAS

 400 bolívares -93 $ para la época- era lo que cobraba, en 1969, un recién inaugurado local con aforo para 280 personas, nombre francés y pretensiones de pub inglés ubicado en el sótano del CCC: Le Club. Oscar Fonseca y BertinKalem fueron los autores de la idea, que se convirtió en sinónimo de exclusividad y distinción, el local “para las personas más selectas”, como rezaba su lema, en el que era imposible colearse.

 El magnate griego Aristóteles Onassis y la beldad italiana Claudia Cardinale fueron algunas de las celebridades que se pasearon por allí, camuflados entre los apellidos de ocho columnas de la hight caraqueña, que hizo de Le Club su refugio. Para los que no estaban en el selecto club de los 5000 socios, estaba el Hipocampo, prestigiosísimo y democratico, en el que noche a noche Renato Salami y su orquesta hacían bailar hasta el amanecer a los rumberos.

 DECADENCIA

 Hoy Le Club no existe, se fue corriendo en los noventa porque el CCC le espantaba la clientela. En el Hipocampo se vende comida oriental en el día y bailan strippers en la noche. Los tres Cinema terminaron convertidos en una hipertienda sin nombre, un billar y un antro para ejecutivos. Las carteleras donde antes se exhibían los afiches de estrenos quedaron como vidrieras de ropa barata, que nada tiene que ver con aquella traída de Europa por esas boutiques que ya no existen. Hoy, la vida del Centro Comercial Chacaito se reduce a un supermercado, un gimnasio, y los tobos de cervezas de IlForchetone. Hoy, en sus paredes se escribe la lúgubre crónica de la decadencia de un Centro Comercial que, como el país, fue mucho y ya no es nada. Hoy, el CCC no es sino un pasado que –por ahora- no volverá.

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