Empanadas de pabellón para la guerra

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

“Come caraota, que ya viene la guerra”. Así persuadía a los clientes el empleado de una venta de empanadas en Chacao para que pidieran la de pabellón, toda vez que las muy solicitadas de cazón y pollo se habían acabado y no saldrían más. En principio aquella era sólo la frase efectiva de un empleado simpático, ante la que los hambrientos compradores, que la recibían con gracia, se rendían. Sin embargo, al final de la tarde del sábado, cuando en las calles adyacentes al negocio hubiera jóvenes huyendo de militares que disparaban bombas de gas, la sentencia perdería su carácter de slogan ingenioso y pasaría a convertirse en oráculo.

Para ello tendrían todavía que transcurrir unas cuantas horas y correr mucho gas lacrimógeno en las calles. En el momento cuando el empleado hacía apetecibles las empanadas de pabellón, todavía las campanas de la iglesia de Chacao, cuyo tañer se escucha en buena parte del casco del municipio, no daban el repique de las 10 de la mañana. En la Francisco de Miranda, dos cuadras más abajo, se reunía la oposición. Bajando hacia la avenida por la calle del San Ignacio, costaba no tener la sensación de ‘deja vu’, de cosa ya vivida: a todo volumen sonaba Franco de Vita con “Al norte del sur” y en las aceras los buhoneros vendían gorras de RCTV y Globovisión, como en un 2007 cualquiera.

El sonido de la canción provenía de dos torres que escoltaban una tarima alrededor de la cual se congregaban tanto los manifestantes de la oposición como la vanidad de los políticos, seres frágiles que parecen ser arrastrados trágica e irremediablemente por ese pecado capital. Contar minuciosamente todo lo que se vio y escuchó en la escalera de acceso, en la que los encargados de protocolo (craso error) tenían esperando a la prensa, hubiera servido para rescribir ‘La feria de las vanidades’ con sus casi mil páginas. Baste decir, a efectos de este texto, que por allí desfilaron rostros que tenían no años sino décadas desaparecidos del espectro político, que se batían (y rebatían) para subir arguyendo mil méritos y cargos pretéritos; que la cantidad de concejales era descomunal; que la de gente sin cargo era mayor; que muchos iban acompañados de auténticos séquitos; y que una de las quejas más repetidas por los de seguridad era que arriba había más equipos de prensa personales (fotógrafos, communitys managers, etc) que periodistas y diputados.

“Te batiste duro el otro día”, saludó alguien arriba a Freddy Guevara cuando llegó. Él y los demás diputados jóvenes (Requesens, Guaidó, Mejía, Pizarro) viven horas altas en popularidad. El episodio en el que el Vicepresidente de la Asamblea libera a un ciudadano de las garras de la Guardia Nacional, hiperviralizado y aplaudido en las redes, fue usado por él en su discurso para explicar lo que deben hacer sus seguidores si ven que se llevan a alguien. Si se enteran, explicó, de que están buscando a una persona que vive cerca de usted, salga con sus vecinos y resguárdelo. “Si estamos juntos, a nadie se lo llevan”, puntualizó, y con ello dejó en claro que el escenario que maneja contempla detenciones y represión. Fue Freddy el encargado de anunciar la lista de oradores, en la que el más aplaudido fue de lejos Henrique Capriles, quien también está viviendo horas altas tras la inhabilitación.

Su llegada causó un auténtico estruendo, y un enjambre de periodistas lo arropó. Mientras Capriles declaraba a la prensa, en tarima comenzaban a sucederse los oradores, el uno más anónimo que el otro, y la gente se desesperaba. “¡Queremos marchar! ¡Queremos marchar!”, comenzó a bramar la multitud mientras Negar Granados (¿?), el desconocido presidente de AD, hablaba. Ello obligó a acelerar todo y a montar a Capriles inmediatamente. Pero Capriles no quería ser quien diera el anuncio. “¡Un diputado!”, pidió, y quien apareció allí fue Tomás Guanipa. Con él confirmó la ruta (“¿es a la Defensoría, no?”), pero no logró hacerlo subir. “¡Queremos marchar!”, seguía pidiendo la gente, y entonces Capriles subió y pronunció uno de los discursos más breves de su vida: en menos de un minuto anunció que se marcharía a la Defensoría por la Libertador.

Si la prensa no bajó con él, fue porque Ramos Allup, que no había hablado en tarima, decidió soltar un lomito. Como quien no quiere la cosa, habló primero con 3 o 4 periodistas y cuando éstos, viendo la gravedad de lo que decía, le pidieron que declarara, él, encantado, aceptó. Entonces, mientras abajo todos corrían a la Defensoría, el líder de AD, con todas las cámaras centradas en él, anunciaba que tenía información de que venían juicios militares sumarios contra varios dirigentes de la oposición; que no actuarían sobre los diputados, porque la inmunidad lo hacía todo más engorroso y complicado, pero que alcaldes, gobernadores y demás dirigentes estaban en una lista negra bastante peligrosa.

Y peligrosa estaba la Libertador apenas quince minutos después, toda ella cubierta de gas blanco. La marcha había sido recibida a bombazo limpio (o sucio, según se vea) desde que pisó la avenida. La confirmación de que había habido un cambio en la estrategia represiva de la PNB era lo rápido que ésta avanzaba. Acostumbrados al enfrentamiento estancado y prolongado, los manifestantes, extrañados, veían cómo tenían que ir echando y echando para atrás constantemente; y que ya no existía ese punto fijo, esa zona segura en la que podían estar tranquilos un buen rato. No hizo falta mucho tiempo para darse cuenta que la situación se había puesto imposible.

De entre la multitud,  María Corina Machado aparecía de vuelta, con la cara blanca de Maalox y los ojos rojos de gas, denunciando la ferocidad del ataque y yéndose a trancar la autopista. Con ella se fue un buen grupo. Otro se quedó y otro fue desviado, en la plaza Brion de Chacaito, por una muchacha con megáfono que invitaba a la gente a seguir por el boulevard de Sabana Grande y doblar por el Banco de Venezuela a la derecha. Esa, decía, era la ruta a seguir; y como a una muchacha bonita que habla con determinación por un megáfono no se le puede decir que no, esa fue la ruta que parte de la gente siguió.

¿Llegó alguien a ver la sucursal del Banco de Venezuela por la que había que subir a la derecha? La pregunta quedará sin respuesta: no habían pasado 5 minutos cuando a la altura de El Recreo una multitud se devolvía en estampida por el boulevard. Los comercios bajaban las santamarías e incluso aquellos sensatos de sangre fría que se paran de frente con las manos levantadas a decir ‘¡no corran!’ tenían que hacerlo: el patrón de la Libertador (una cantidad descomunal de bombas y una policía que avanzaba, avanzaba y avanzaba) se repetía.

Entonces, sólo quedó la autopista. Había en ella una cantidad considerable de gente, que, con obstinación y bajo el sol inclemente de otro mediodía abrileño, se unía para desenterrar cuanta piedra, peñón o roca hubiera por allí, armar barricadas, y quemar cauchos y árboles. Nada que no hubiera sido visto antes. Sin embargo, esta vez había algo diferente: se podía percibir entre los manifestantes un nivel de rabia y de hartazgo, de ira y de furia, de estar dispuestos a lo que fuera y apelar a cualquier cosa, que asustaba. La gente estaba enardecida y la guerra no parecía tan lejana. Un tremendo cilindro de concreto era empujado entre vítores y aplausos. Como en una procesión pagana, el cilindro despertaba a su paso auténticas reacciones de euforia: el que más y el que menos se unía a empujarlo o por lo menos tocarlo. Detrás de él estaba avanzando mucha gente, cuando vino otra emboscada. Del cielo comenzaron a llover bombas. Quienes corrían huyendo de las que lanzaban adelante en Bello Monte se encontraban atrás con una pared de humo blanco que venía de la entrada de Chacaito. Estaban (estábamos) atrapados.

Sentirse acorralado es, probablemente, una de las sensaciones más desesperantes que hay. Y ante ella, se toman acciones desesperadas. Con bombas a un lado y otro, y la salida más próxima de la autopista bloqueada, resguardarse en la orilla del Guaire no parecía tan mala opción. Y mucha gente optó por ella, esperando que el gas pasara. No sabrían que lo que haría sería aumentar y ello los obligaría, prácticamente, a lanzarse al río. Había otra opción, más arriesgada, que era atravesar el telón de humo blanco. Detrás de él se veía alejarse a una multitud de gente. Y en casos así,  la multitud es la salvación. En ella, con ella y entre ella los riesgos disminuyen.

Fue cosa de un segundo. Una decisión que se toma al instante y que no tiene vuelta atrás. La teoría dice que entre lacrimógenas no se debe correr, porque se traga más humo; la práctica, por su parte, que cuando siguen cayendo bombas del cielo y se debe atravesar una nube de humo, caminar es casi suicida.

Solo el infierno, en los relatos medievales, puede comparársele a esto: los ojos se nublan y pican, la piel del rostro arde, la garganta se seca, respirar quema y el corazón late fuertemente. Se sale aturdido, con poca fuerza, sin poder ver casi, con una sed tremenda y respirando con mucha dificultad y dolor. Tos y arcadas se mezclan, y cada rayo de sol, de ese sol inclemente de abril, fríe la piel. Es una sensación abrasiva, de estarse cociendo por dentro y por fuera. Y el agua, en el momento, no es opción: debe pasar un tiempo, so pena de no incinerarse uno del todo.

Será por ello, quizás, que en esta oportunidad, cuando de tramo en tramo alguien pedía a la gente que se detuviera y se quedara en la autopista, la respuesta de la gran y ahogada mayoría era seguir. Esta vez no había lugar para la épica de los otros días. El relato heroico de la resistencia legendaria había sido ahogado en litros de gas tóxico. Salir de la autopista se volvió imperativo, antes de que viniera la otra emboscada, anunciada por las hélices del helicóptero que ya sobrevolaba por allí. Era la de Chacao la salida más cercana. Una vez fuera de la autopista, cada quien agarró por su lado. Quienes fueron al Sambil, pudieron ver desde la terraza de la feria de comida cómo eran atacados los que se encontraban en el CCCT. El hecho produjo reacciones de repudio. En la autopista, frente al centro comercial, se paró un grupo de Guardias Nacionales. La gente los comenzó a insultar. Ellos les respondieron con señas obscenas. Inmediatamente, la seguridad del mall caraqueño, cerró la terraza de la feria. Una hora después, tendría que hacer lo propio con las puertas de acceso: un grupo de motorizados de la PNB pasó por ellas dejando como regalo un par de lacrimógenas, que causaron pánico entre los que estaban allí.

A la salida, a eso de las 5 de la tarde, caminar de Chacao a Altamira implicaba atravesar barricadas, hogueras, defensas y barreras. Una de las sedes del TSJ había ardido. El panorama era desolador. Como lo predijo el vendedor de empanadas, era la guerra. Pero no todos habían comido caraotas para poder enfrentarse a ella.

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