Un ataque criminal

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

Mal citando a Lineker, desde ayer podría empezarse a decir que el de la protesta en dictadura es un ejercicio en el que a veces participan decenas y otras veces participan millones, y siempre gana la Guardia. A los relatos que arden en el imaginario colectivo sobre la multitud aplastante a cuyo paso todo se aparta, todo se abre y todo cede, bien podría ponérsele el epílogo de Segismundo: “sueños [democráticos] son”. O pesadillas [dictatoriales], si de voltear el asunto se trata. Porque no otra cosa se vivió en la atestada Francisco Fajardo pasada la una de la tarde del #19A, cuando la Guardia Nacional arremetió sin clemencia contra la manifestación que la desbordaba: una espantosa e imprevisible pesadilla.

Dos horas antes, a eso de las 11, ya la actividad era un evidente éxito en Altamira. Éxito de convocatoria, pero no de logística: un río de gente bajaba a la autopista, mientras desde una pequeña tarima los organizadores (de Primero Justicia, en ese punto) dejaban la garganta pidiendo que no lo hicieran. “Tenemos todo cronometrado”, explicaban, “y todavía no es nuestra hora. Todavía no nos corresponde ir a la autopista”. Daba igual: la gente lo seguía haciendo. Puede que el problema fuese que había demasiado sol y poca sombra, o que la mini tarima cada vez generaba menos interés. Mientras el alcalde Ramón Muchacho y la diputada Delsa Solórzano estuvieron hablando, las personas se mantuvieron atentas. Aunque (todo hay que decirlo) más a la apariencia de ambos que a sus discurso: del primero (ex–enfant terrible de la política caraqueña) por su avejentamiento; y de la segunda (femme fatale de la Asamblea) por lo divina (y es un término conservador para lo escuchado) que está. Luego de ellos, lo que vino fue relleno (concejales del interior, diputados suplentes), y la gente, claro, se cansó y, guardando bien sus celulares (“atentos que hay una banda que está robando teléfonos aquí”, advirtieron en tarima), bajó.

El camino a la autopista estuvo lleno de vendedores informales (que con buena parte de las panaderías y kioscos cerrados por el feriado tuvieron un buen día) y de conversaciones triviales. Esta vez, la polémica victoria del Real Madrid (cuya camisa blanca fue usada por muchos de atuendo de protesta) fue uno de los temas más escuchados (y discutidos). En pleno distribuidor, punto favorito de las televisoras, varias personas les pedían a los empleados de Globovisión que transmitieran lo que pasaba, a lo que ellos sonreían entre resignados e impotentes. “¡No vayan a dejar que nos maten!”, era la exigencia de una mujer a los PoliChacao que custodiaban la zona, mientras el rumor de que cantidades ingentes de manifestantes se aproximaban de los distintos puntos se hacía ‘vox populi’ entre los presentes.

“Guardia / hermano / por ti también luchamos”, fue el canto con el que un grupo de estudiantes saludó a otro de Guardias Nacionales que se encontraban en el aeropuerto de La Carlota, y que causó un enconado debate sin casi punto de encuentro entre quienes lo oyeron. Junto con “¡No hay azúcar /no hay harina / en Miraflores lo que hay  es cocaína”, es lo único nuevo que se ha podido escuchar en el repertorio marchístico opositor, lleno de consignas tan viejas como los puestos de buhoneros que aún hoy en la mañana vendían franelas de “Capriles Presidente” y “La paz es el revocatorio”.

A las 12:20 del mediodía, todo era optimismo en la Francisco Fajardo a la altura de El Rosal: la autopista estaba a reventar y cada llamada recibida y compartida era más positiva (“todavía hay gente que no ha podido bajar de Altamira”), que la otra (“los de Santa Fe no se han incorporado”). Metros más adelante, además, se veía cómo era apenas en ese momento que comenzaba a bajar la multitud que llenaba la Plaza Brion de Chacaito. Por ello, el ambiente era tan festivo: el Alma Llanera y Mi Venezuela (“llevo tu luz y tu aroma en mi piel”) eran entonadas por un grupo y coreadas por una multitud.

Quizás fue por eso, por tanta alegría, que, cuando la marcha (que había ido andando sin parar) se detuvo frente al hotel Aladdin (12:30) la primera especulación de la masa fue que seguramente se debía a que se estaba incorporando gente en un punto delantero. Tendría que pasar un motorizado con el padre José Palmar desmayado para comprender que adelante había empezado el enfrentamiento. A partir de allí, avanzar se hizo trabajoso pero no difícil: había mucha gente (ojos llorosos, piel blanca de Maalox y nariz roja) devolviéndose. Pero las bombas ni se escuchaban, ni se sentían, ni se olían. Y por eso, nadie estaba seguro de qué era lo que en realidad pasaba, salvo que había una multitud en la autopista.

De vez en cuando, esa multitud se abría para darles paso a los jóvenes encapuchados,  quienes pasaban en grupos de a diez, corriendo y terminando de arreglarse las capuchas. De vez en cuando, lo hacía para darles paso a las motos que los traían de vuelta heridos (en su mayoría desmayados). Y de vez en cuando, también, les abría paso a algunos diputados y dirigentes que con paso firme, y entre vítores y aplausos (nunca, probablemente, habían sido tan unánimemente queridos), se iban a la primera línea.

II

Fue una detonación fortísima, que sonó como debería sonar un trueno en el apocalipsis, la que anunció que se venía la catástrofe. De repente, y a muy pocos metros, estaban unas bombas lacrimógenas rociando su gas químico. Era poco más de la 1:30 pm. La situación, que empezó siendo confusa porque no se sabía de dónde venían, se volvió apremiante cuando la aglomeración de gente impidió que se pudiera no ya correr sino siquiera avanzar, y terminó siendo aterradora al ver que en el piso de arriba de la autopista, a muy pocos metros y andando, estaba el rinoceronte disparando bombas que caían abajo.

Nunca tuvo tanta razón Sartre como en ese momento: el infierno eran los otros. La autopista era una gigantesca aglomeración de gente, que no permitía salir de allí. Y las bombas iban cayendo entre ella, en medio de ella. Y cuando caían, no había para donde correr, no había para donde escapar, no había como respirar. Sólo empujar hacia adelante y gritar. En medio del sofoco, el gas se concentraba y las personas caían asfixiadas. Voltear estaba prohibido: lo que se veía era el desespero en los rostros de los últimos, al rinoceronte acercarse arriba y las bombas caer más cerca. Sólo quedaba empujar, empujar y empujar. Abrirse paso. A como diera lugar. Con todas las fuerzas. Con gritos y detonaciones en la espalda, que cada vez se escuchaban más cerca. Con la angustia de tener personas mayores al lado. Con la preocupación de las madres que intentaban proteger como podían a sus hijos. Con la zozobra del grupo que en un descuido había perdido a uno de sus integrantes y gritaban su nombre a todo pulmón sin obtener respuesta ni poder hacer nada. Con el vapor caliente que subía del asfalto y se unía al sudor de lo que estaban allí. Con el tufillo picante a lacrimógena que de repente traía el aire. Con la tentación suicida de lanzarse al Guaire. Empujar, empujar y empujar. Sin ver para atrás. Pero sabiendo que el rinoceronte se acercaba. Escuchando la detonación cada vez más cerca. Empujar, empujar y empujar, esperando en cualquier momento la caída de la lacrimógena. Rezando para que no fuera en la cabeza. Sabiendo que no se podía salir. Resignándose a que no había nada que hacer. Empujar, empujar y empujar. Mientras los de adelante, que no estaban al tanto de nada, seguían sin moverse. Mientras algunos, que no veían (o no entendían) la gravedad de lo que pasaba, se paraban de frente, las manos en alto, a gritar “No se vayan”. Mientras otros, en modo piloto automático, bramaban “¡No corran!” (el único que lo hacía era el rinoceronte de arriba, abajo apenas y caminar podíamos). Mientras los que ya tenían la bomba en la espalda cedían al desespero y se lanzaban al río en el que convergen todos los desechos de Caracas..

Fue, hasta ahora, el más criminal de los ataques, porque se produjo en medio de una multitud que no tenía cómo salir, y las bombas caían no en la última línea de personas sino en medio de las personas. No donde estaban los jóvenes con capuchas, máscaras, guantes y Maalox, sino donde familias y gente de todas las edades estaba concentrada. Sólo ello puede explicar por qué fue tan grande el número de personas que terminaron en El Guaire: porque en medio de aquel infierno caliente y asfixiante, el río, por más inmundo y sucio, era agua, y el agua, vida.

III

Casi a las 2:30 de la tarde un grupo de jóvenes logró derribar una de las rejas del Aeropuerto La Carlota. Eran parte del último remanente que había quedado en la autopista. Luego del ataque, la marcha se fue desangrando poco a poco en cada salida habilitada (entiéndase: sin lacrimógenas), a pesar de los (vanos) intentos de algunos manifestantes que, molestos (“por eso este país está como está”), llamaban a la gente a quedarse. Ninguno de ellos había estado en la emboscada inicial, ni tenían remota idea de lo que se había vivido kilómetros más adelante. Así de grande había sido la concentración.

Debajo del puente del CCCT, el diputado Miguel Pizarro, en solitario, intentaba hacer entrar en razón a las personas. “Esta es una lucha larga”, advertía. “Lo que ellos quieren con cosas como estas es desmoralizarnos. Y no podemos caer en ese juego”, explicaba. “Ahora, lo que necesitamos es que todos ustedes estén bien, no se estén exponiendo, sigan para adelante”, pedía. A cosa de medio kilómetro estaba el rinoceronte, ahora más sosegado, pero siempre lanzando bombas.

Fue una mezcla de rabia, impotencia y frustración, esa que se percibía entre los últimos caminantes, la que llevó a un grupo de muchachos a montarse en las rejas de La Carlota y comenzar a bambolearlas. Eran los mismos que minutos antes  (con una candidez que rayaba en la ternura, y una ignorancia de la física más básica que daba mucho qué pensar) se habían propuesto, a punta de pura voluntad y empujón, despegar una de las pesadísimas defensas de concreto de la autopista, cosa que evidentemente no lograron. Con la reja fue distinto: se encaramaron en ella, comenzaron a mecerse, y ella con ellos. Como premio, recibieron unas lacrimógenas. Entonces se fueron a otra reja, y cuando ésta comenzó a ceder una especie de euforia suicida se apoderó de parte de la gente, que con la GN aproximándose y un rinoceronte empezando a transitar por La Carlota, corrió en desbandada a mecerse en ella hasta tumbarla completamente. Lo celebraron como el Mundial. Tres o cuatro entraron al aeropuerto (zona militar), lo pisaron y salieron tras una descarga tremenda de gas, que terminó de sacar a todo el mundo de la autopista.

Así, de pequeñas victorias etéreas, es que se está construyendo el relato épico de la resistencia callejera a la dictadura. Uno en el que todavía, la masa, gran la multitud, no ha podido ser protagonista, y en el que hasta ahora, siempre, gana la Guardia.

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