El violinista que no quiere ser como Dudamel

MaCe Peña

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

La multiplicación de la gente es el mayor milagro logístico de la oposición y se ha venido repitiendo constantemente desde hace una semana. Como todo milagro que se digne, requiere sufrimiento: el de todos aquellos que entre diez y doce llegan a los puntos de concentración y se hallan prácticamente solos. La imagen de la plaza Francia con apenas personas a las 11:30 de la mañana era tan desoladora como los comentarios de los manifestantes, que parecían a punto de lanzar la toalla porque ‘aquí no hay nadie’, ‘hoy no tenemos fuerza’, ‘así nos van a joder a todos’, ‘la gente no se involucra’, ‘todos están pendiente es de sus trabajos’, ‘hay demasiada gente indiferente’. Los más optimistas explicaban que era día de semana, que sería después de la hora de almuerzo de los trabajos cuando la gente bajaría, que era una convocatoria con demasiados puntos y que cuando todos se unieran entonces sí habría multitud. Sin embargo, la realidad era que alrededor de la plaza se vivía otro día normal de trabajo.

¿En qué momento, Zavalita, se llenó la plaza y hubo gente suficiente para marchar copando los dos canales de la Francisco de Miranda? Llegada casi la 1 de la tarde. ¿Cómo? Ese es el misterio a resolver. De repente apareció gente, y de repente arrancó la marcha, que en esta oportunidad iba rumbo al Ministerio de Educación, despacho de Elías Jaua, a decirle que no a la Constituyente.

II

“Pobrecito, está morado”, exclamó una mujer al ver a Henrique Capriles declarando ante la prensa cuando llegó a Chacaito. No exactamente morado, sino rojísimo, casi fucsia, con trazos blancos de protector y un montón de sudor encima. Fue el Gobernador de Miranda, a la cabecera de la marcha, quien la guio hacia El Bosque, donde sucedió el primer ataque, del que no salió inmune: con los ojos llorosos y ya medio asfixiado, se reunió en mitad de la calle con Juan Andrés Mejía para ver qué hacían. “Este punto es muy malo, no circula el aire y es una sola calle”, explicaba, “yo creo que lo mejor es bajar a la autopista”. En ese momento, entre una bomba y otra, la marcha terminó dividida: un grupo en la autopista y otro en Chacaito, donde por más de tres horas hubo un duro enfrentamiento.

Tanto como la duración (las últimas concentraciones habían sido disueltas de inmediato), llamó la atención el aguante de la gente, que, si bien a unas cuadras del foco de disturbio, se mantuvo casi hasta las cuatro de la tarde resistiendo el embiste de las bombas. Un hombre de cabello blanco, que iba con su camisa en una mano y una piedra en la otra directo al lugar de la confrontación fue el centro de atención durante un buen tiempo. “Primero está mi patria que mi casa”, dijo al consultarle sobre su presencia. Tenía 75 años y ni una pizca de miedo: “Miedo deben tener ellos. Porque no han peleado como unos hombres: pelean como unos cobardes. Cuando matan a una persona, siendo cien, y estando el otro desarmado, eso es un acto elemental de cobardía”.

No era el único anciano dispuesto a pelear adelante. Una curiosa coincidencia se produjo en un cruce: un señor de pelo gris era sacado de allí cargado tras ser herido, mientras otro muy dispuesto le pedía a uno de los jóvenes una bomba molotov. “Es de pintura”, le explicaba el manifestante, sobre las que llevaba en una gavera. “Qué mal”, se lamentaba el hombre, que igual siguió para adelante.

¿Se metieron los cachorros –la banda de menores delincuentes de esa zona– a pelear? La duda fue inevitable al ver la cantidad de niños encapuchados que había ayer en Chacaito, y cuya baja estatura los delataba. “Tengo diez años”, me dijo uno de pasada, aunque en realidad podrían ser menos. “Mi papá me pega y no me quiere.  Estoy aquí por mi cuenta” fue la única respuesta que dio antes de perderse en dirección hacia el humo.

III

En el jueguito del dinosaurio, inmensamente popular gracias al mal servicio de ABBA, Inter y demás operadoras, hay siempre un ave que pasa volando a altura media y obliga a tener que agachar rápidamente al dinosaurio para que no muera. Ayer, eso mismo pasó cerca de la estatua de Martí en Chacaito: un ave hizo agachar, saltar y correr a varias personas. Faltaba un cuarto para las 3 de la tarde cuando el dichoso pájaro sobrevoló lo que en ese momento era zona de guerra. “¡Mosca!”, “Pendiente!”, “¡Arriba!”, se escuchó, y en fracción de segundos había ya escudos levantados, manos en la cabeza, gente caminando agachada de espaldas y otros corriendo. Cuando ese punto negro, centro de todas las miradas, siguió avanzando recto, sin descender ni despedir gas alguno, los suspiros se unieron con las risas y el alivio se hizo presente.

En principio anecdótico, pero tremendamente revelador, ese pequeño incidente fue el mejor termómetro para dar con el grado exacto de tensión que había en Chacaito tras dos horas de duro enfrentamiento entre PNB y manifestantes. No es otra cosa sino la vida lo que se están jugando los que salen a protestar en las calles de Caracas. Y una de esas bombas, según como caiga, puede significar el fin de muchas cosas. Por eso, ninguna precaución parece exagerada.

Ayer, solían ir de cuatro y de a cinco, surcar el aire, caer, explotar y gasear. O caer, herir, explotar y gasear, ya que esas eran las que mandaban hacia donde se encontraba la multitud (y sobre la multitud caían), porque para los jóvenes de la primera línea, los que se enfrentaban directamente con la PNB, las bombas iban de frente a piernas y tobillos, que son las partes que quedan vulnerables ahora que la mayoría tiene escudos de madera. De hecho, durante toda la tarde fueron las tijeras el instrumento más usado por médicos y paramédicos de la Cruz Verde: con ellas cortaban pantalones para descubrir heridas, vendarlas o, en el peor de los casos, confirmar fracturas o fisuras.

Otra constante, tan infortunada como la anterior, fue el robo de cascos, máscaras antigases, bolsos y cualquier pertenencia a los heridos. En medio de la confusión de su llegada, al quitarles los médicos todo lo que tenían encima y ponerlo a un lado de la calle, rápidamente desaparecían para siempre mientras los doctores los atendían. La nobleza y la miseria humana se encontraron ayer, y en grados superlativos, improbablemente cerca en Caracas.

IV

El muchacho tiene 23 años, es moreno y delgado. Viste un pantalón color crema y tiene el torso descubierto. La franela, roja, la usa a modo de capucha para protegerse de los gases. En la cabeza porta un casco pintado con el tricolor nacional y detrás carga la caja de su instrumento. Con una habilidad tremenda, interpreta el Himno Nacional mientras esquiva las bombas. En medio de ese infierno de detonaciones, el Himno se escucha inmenso, conmovedor, celestial. El muchacho tiene los nervios tan templados como las cuerdas de su instrumento. Pero es humano y se encuentra bastante afectado por el gas. Cuando termina, se dobla para escupir. Habla entre jadeos y quejidos. Pero se niega a retirarse. “Estoy aquí porque amo a mi país, y el violín es la única arma que tengo para luchar por él. Toco el Himno porque somos un pueblo que tiene fuerza”, responde. ¿Hasta cuándo? “Hasta que seamos libres. Voy a tocar en las calles hasta que lo seamos”, jura.

Al preguntarle por Armando Cañizales se quiebra. La grabación registra que pasan varios segundos entre la pregunta y la respuesta. Está llorando lágrimas que no son de gas, sino de dolor por el compañero asesinado. “Sí. Yo conocía a Armando. Y a Armando me lo mató este gobierno”. El posesivo lo dice todo. Hay otra pausa larga, esta vez porque tiene arcadas. Pero no vomita. Promete. “Por Armando es que yo voy a luchar hasta que este gobierno salga del país. Porque este gobierno es el que nos ha asesinado”. Otra pausa para escupir. “Nosotros necesitamos un país en el que podamos salir a tocar sin miedo de que nos vayan a robar el instrumento, sin miedo de que nos vayan a matar, y por eso estoy aquí”.

En un instante, la situación en la Francisco de Miranda pasa de tensa a apremiante. Ha retrocedido mucha gente y las luces amarillas de las motos de la PNB se ven más cerca. “Sí. Leí la carta de Dudamel”, responde, “pero no quiero ser como él y tener que esperar a que alguien muera para pronunciarme. No quiero que sea demasiado tarde para salir a luchar por mi país. Yo voy a seguir hasta que todo esto se acabe”. En ese momento, una bomba cae prácticamente en nuestros pies y le pone fin a la entrevista.

V

A las 5 de la tarde, cuando ya la manifestación había terminado, la Plaza Francia de Altamira era una colección de jóvenes lisiados: cojos, golpeados, desmayados, acalambrados, cortados, ‘perdigoneados’, caídos, pisados, quemados, raspados. Quien no tenía un dolor, tenía por lo menos una venda o un yeso. Lo que no les faltaba a ninguno eran historias (más bien hazañas) que contar. Desde el que no se la pensó y se lanzó una de Rambo, se fue solo contra la PNB y logró lanzarles un cohetón (la novedad de ayer), hasta el que atajó en el aire una lacrimógena y la devolvió (dice él) más atrás de los Guardias, pasando por el que perdigones en mano muestra la andanada que recibió y que prendió en candela la bandera que llevaba.

Quien fuera para allá sin saber que son peligrosos terroristas (Reverol dixit) se hallaría bastante confundido al escuchar sus nada temibles logros. Y más confundido aún quedaría si viera lo bien que se llevan, lo cordial que conviven y lo mimados que son por uno de los públicos que más miedo debería tenerles: el de las señoras de bien. Contra todo pronóstico, lejos de generarles terror, asustarlas y alejarlas de la plaza, estos peligrosos terroristas las mueven a la compasión: a esa hora de la tarde hay un montón de ellas auxiliándolos, curándoles las heridas, echándoles bicarbonato, brindándoles analgésicos, colgándoles rosarios, regalándoles galletas, ofreciéndoles agua y jugos, dándoles comida, e, incluso, la bendición, a la que responden ‘amén’, porque lo terrorista, al parecer, no quita lo educado.

OTRAS CRÓNICAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio” 

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