Deshonra en Altamira

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Los manifestantes lo interpretaron (y celebraron) como un buen presagio. Era una ventisca brava que soplaba en dirección a la Guardia Nacional y les devolvía todo el gas. Sin embargo, visto lo que vino después, es imposible no preguntarse si ese inusual y borrascoso viento que a las 3 de la tarde remecía los árboles y hacía volar en remolinos las hojas, no era más bien una advertencia, una especie de augurio sobre la desgracia que estaba a minutos de sucederse. Tras el ventarrón vino la lluvia, rápida y fuerte. Lo suficiente como para inundar Altamira Sur y hacer retroceder a la Guardia Nacional distribuidor abajo. Al escampar, entonces, llegaría la tragedia: acorralados por un grupo de manifestantes, efectivos de la Guardia Nacional abrirían fuego contra ellos, herirían a siete y asesinarían a Fabián Urbina.

El rumor de las balas se propagó pronto en Altamira Sur, donde los heridos fueron subidos en una camioneta. De momento, salvo el boca a boca, no había nada que nos confirmara a los que allí nos encontrábamos que efectivamente ello había sucedido. Sería una mano sucia, de la que pendía un rosario, la que nos mostraría seis casquillos de bala, dorados y letales, que entonces confirmarían que efectivamente había ocurrido lo peor.

No hubo mucho tiempo para meditarlo. Casi de inmediato comenzarían a subir, despavoridos, los manifestantes que se encontraban en el Distribuidor; para encontrarse con otros, también despavoridos, que bajaban de la Plaza Francia, cubierta por una nube de gas blanco: los habían emboscados. Por un momento, la Avenida Sur Altamira (San Juan Bosco, de la Francisco de Miranda para arriba) estuvo cerrada por dos paredes de humo blanco, y dentro de ella, atrapados, cientos, quizás miles, de manifestantes aterrados a niveles que ni Hitchcock hubiera conseguido en su mejor época.

Es una cosa fea el pánico. Y más el de los inocentes. En la avenida había madres, padres y abuelos, gente que podía correr y que no, de todas las edades, que de repente se encontró acorralada y sin escape. Sólo quedó Bello Campo para salir de allí. Los que pudieron, escaparon correteados por unas motos que aparecieron de la Torre Británica, disparando bombas por supuesto. Pero no todos llegaron. Dos señoras, paralizadas de miedo, sencillamente se abrazaron a llorar mientras la PNB pasaba. A llorar y a temblar. Unos muchachos intentaron buscar refugio en un restaurant y allí los rodearon. Se salvaron por la presencia de la prensa, ante la que los Guardias se contuvieron, no sin antes “pedirnos” (a gritos y con armas) que nos fuéramos.

Pero hubo cuatro que no corrieron con tal suerte: estaban sentados en un banco de la plaza Altamira, ya en ese momento tomada por un ejército mixto de GNB y PNB. Su delito aparentemente era tener escudos y unos bolsos con guantes y máscaras. Imposible saberlo. La PNB no dijo nada. Ellos apenas sus nombres y cédulas, con esa voz lacónica de los que lo han perdido todo. Los cuatro tenían la mirada fija en calle, esa que ya les era ajena, y lo hacían con una tristeza resignada que conmovía. Pero no había nada que hacer: al rato los montaron en las motos y se los llevaron.

Durante casi una hora, el antiguo bastión de la oposición fue un estacionamiento de motos de cuerpos policiales que de vez en cuando arremetían contra la gente que allí pasaba. A un grupo de trabajadores que cruzaba por Altamira Sur le dispararon una lacrimógena, que de rebote golpeó a una señora; y a un mototaxista se lo llevaron detenido por insultarlos. Su salida de la plaza, casi una hora después, fue un mal chiste: dos oficiales se cayeron de una moto y en respuesta dispararon lacrimógenas por doquier. Aquello pareció el culmen de la deshonra: es que no habíamos visto la foto en la que uno de ellos asesinaba a mansalva y de frente a un adolescente de 17 años.

 

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