“¡Los queremos vivos!”

FOTO: Régulo Gómez

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Aunque hubo militares retirados paseando sus uniformes y diciendo que muy pronto (“esta misma semana”) los cuarteles se van a declarar en rebeldía y van a forzar la destitución de Maduro; aunque las hijas de Lila y José Luis se presentaron con ‘jeanes’ apretados; aunque un diácono sin dientes le echó agua bendita a cuanto manifestante se le atravesó; aunque hubo cosas realmente pintorescas, lo verdaderamente importante de la manifestación del sábado fue el grito salido de las entrañas de miles de manifestantes (sobre todo madres) hacia los jóvenes encapuchados que constantemente se metían en La Carlota: “¡Los queremos vivos!”.
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Y es que al dinero, a la fama, a las drogas y a la ausencia de padres, hay que poner también, en la lista negra de cosas que deberían ser incompatibles con tener diecisiete años, el sentirse llamado a una misión heroica en la vida. A falta de prosperidad económica para vicios, es por ese derrotero por donde se está yendo parte de una generación de adolescentes que en este momento tienen la percepción de que sobre sus hombros (y sólo sobre ellos) está la misión de liberar a Venezuela nada menos que de una narco-dictadura militar. Y en esa especie de delirio sobre el Ávila (ya el Chimborazo queda culturalmente muy lejos), ellos, que son sabios e inmortales, como lo somos todos a los dicesiete, repetidamente se han metido, desoyendo consejos de todo el mundo, en la Base Aérea La Carlota para desafiar, pecho descubierto y si acaso con cohetones, a militares que tienen allí desde helicópteros hasta tanquetas y ningún remordimiento para disparar balas.

El sábado fue una constante verlos montarse en las rejas (en lo que queda de ellas) y lanzar cohetones hacia La Carlota, hasta que al final de la tarde comenzaron a entrar. Cuando la situación parecía desbordarse, Delsa Solórzano, un huracán de carácter, se bajó de la tarima y con un ejército de madres se fue a sacarlos de la base militar. “¡Los queremos vivos!”, rugió entonces la multitud. Fue un grito, una súplica, diríase un llamado desesperado, que recorrió la garganta de casi todos los asistentes, mientras en la reja, madres y abuelas hacían un esfuerzo tremendo por dialogar con ellos.

-A mí me dueles tú y me duelen todos –le decía una mujer a un encapuchado–. Estoy en la calle por ustedes. Y hay que pensar con la cabeza: una cosa es resistir y otra cosa es entregarse y que los fusilen como fusilaron a ese niño. Nosotros no queremos eso.

-Ustedes no saben lo que es querer estudiar y no poder –le respondía éste–. Yo hace 4 años tenía carro y moto. Ahora no tengo nada. Dejé los estudios por eso.

-Hijo, enfócate: lo que yo no quiero es que tú actúes desde la adrenalina. Nosotros no queremos que se entreguen como carne de cañón a nadie.

-No es como carne de cañón. Es para obtener la libertad. Nosotros queremos la libertad.

-¿De qué te sirve una libertad muerto? ¿De qué te sirve? Por favor. Que tu mamá no merece sufrir la pérdida de un hijo. Hay muchas maneras de obtener la libertad sin regalar la vida.

-Nosotros queremos nuestro futuro.

-¡Y nosotros queremos el de ustedes!

-Nosotros lo que queremos es que nos apoyen. Nosotros estamos aquí por ustedes y por nosotros. Por nuestro futuro.

-Y lo vamos a obtener, pero luchando en conjunto y pensando con la cabeza y no con las vísceras. Todos estamos luchando por ustedes. Yo creo en un país de jóvenes. Y por eso los queremos vivos: porque ustedes son los primeros que merecen ver el cambio en Venezuela. Ustedes son importantes. Habla con tus hermanos. Con todos esos muchachos tan valientes.

Y el muchacho habló. Y por un momento pareció que sí, que sus hermanos le iban a hacer caso. Pero al que a los diecisiete tiene una urgencia mesiánica, ni que le lloren las madres. Todo pasó de repente y se esparció como el gas lacrimógeno. En un instante la rabia (“con concentraciones no se logra nada”), el voluntarismo (“somos más que suficientes”), la antipolítica (“ya los dirigentes están pirando”), la descalificación (“son todos unos malditos ‘cagaos’”), el complejo (“es mentira: no le importamos a nadie, ahora se van todos y nos quedamos solos aquí”) y, nuevamente, la urgencia mesiánica (“si no los sacamos nosotros no los va a sacar nadie”) se mezclaron y volvieron a llevar a un grupo importante de muchachos para dentro de La Carlota mientras la gente comenzaba a subir. Al rato, entonces, la PNB y la GNB reprimieron a todos desde la autopista hasta Altamira.

II

El muchacho viste un sweater azul. Está a una cuadra de distancia del resto de los manifestantes. Se quedó rezagado sabrá Dios por qué motivo, y corre con todas sus fuerzas para alcanzar al grupo. Pero no hay nada que hacer: si subir la Sur Altamira entre gases es ya difícil, ganarle la subida a un escuadrón motorizado de PNB resulta imposible. En segundos las motos le llegan. Entonces, un agente pone el arma en horizontal. Es una escopeta o quizás un rifle. Del cañón sale una lengua de fuego, breve como un relámpago. En seguida (o puede que en paralelo) se escucha la detonación. El disparo es a quemarropa. El muchacho se retuerce contra la pared. Mientras las demás motos continúan subiendo, tres o cuatro (imposible precisarlo en ese momento) se detienen alrededor de él. Los policías se bajan, lo rodean y lo golpean. La escena es de una brutalidad inusitada. Aprovechan que no hay testigos (eso creen ellos) para desatar toda su irracionalidad. Después de golpearlo, lo jalan violentamente por el sweater. El muchacho parece un muñeco de goma. Lo montan en una moto y se lo llevan.

El grupo de paramédicos decide entonces detenerse y agacharse. La agresión ha sucedido a escasos veinte metros de ellos y están lógicamente aterrados. “¡Manos arriba, manos arriba!”, grita el cabecilla. No hay prácticamente mano alguna que no tiemble. Y se entiende. Son una isla en medio de un mar de policías motorizados. Están rodeados y a merced de ellos. En teoría, no les deberían hacer nada, pero en la práctica, si quisieran, podrían hacerlo perfectamente. Algunos, de hecho, pasan deteniéndose, escrutándolos con la mirada y apuntando con el arma. La palabra tensión no basta para describir lo que se siente. Luego siguen. Para ese momento, las detonaciones no han cesado. Pero ocurren dos cuadras más arriba, en la Francisco de Miranda, donde terminan de dispersar a los manifestantes.

Cuando finaliza el desfile de motos, los paramédicos se paran y comienzan a hacer su requisa: cuántos están y si se encuentran todos bien. Hay una herida de perdigón y otra asfixiada por bomba. Están empezando a curarlas cuando el ronroneo lejano de otras motos se escucha. Ahora son oficiales de la GNB. Nuevamente al piso y con las manos arriba. Otra vez el temblor en algunas. Las motos son recibidas con toda clase de maldiciones e insultos por parte de los vecinos. De las ventanas salen gritos, imprecaciones, y también objetos. Podría ser un florero, un plato o un vaso lo que arrojan de una de ellas. En todo caso es de vidrio y se quiebra en el suelo. Inmediatamente hay disparos contra el edificio y una nube de gas blanco lo cubre todo. Pasan otros minutos, largos, larguísimos, cuando se pueden volver a bajar las manos.

“Hay algunas conductas que no me gustaron”, dice el líder y comienza a enumerar, muy serio, cosas que no se deben hacer. “Están subiendo a pie”, lo interrumpen. Y la tensión vuelve a sentirse. A lejos se ve un grupo de gente caminando, que no terminan siendo policías sino periodistas y fotógrafos. Suspiros de alivio. Cuando está toda junta, la prensa es una fuerza poderosa. El último reducto de civilidad. Ante ella en bloque, GNB y PNB intentan guardar las formas, comportarse. No tanto por respeto (cuando agarran a uno o dos solos y mal parados no los perdonan) como por cálculo: treinta cámaras congelando e inmortalizando una agresión nunca será un buen plan. Por ello, al verlos pasar, los paramédicos se tranquilizan y avanzan.

De la nada, un manifestante corre hacia los periodistas y se mete entre ellos. A él no le disparan a quemarropa, sino que lo persiguen. El muchacho es hábil. Hace fintas, amaga, corre en una dirección y en un segundo se frena y se devuelve para la contraria. Solo le falta la bicicleta para ser Cristiano en el área chica. Se les escabulle a dos motos y se mete por Bello Campo. Allí sí disparan. Molestos y humillados, regresan con otro muchacho, víctima de esa mala fortuna de estar en el lugar incorrecto en el momento menos indicado. Y, quien sabe, si de tener diecisiete años y sentirse llamado a hacer él solo lo que debería una sociedad entera.

 

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