La cámara revolucionaria

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

“¡Prensa, prensa!”, grita una mujer en la Francisco de Miranda. Son aproximadamente las dos de la tarde y la avenida capitalina, aunque sin tránsito, se encuentra completamente cerrada. Es el día 90 de protesta y la marcha de la oposición ya ha sido reprimida en El Rosal por la PNB. Fue una actividad menor, que salió tres horas después de lo pautado y caminó bajo un torrencial aguacero durante buena parte del tiempo. A Chacaito llegaron los más determinados, pero cuando intentaron cruzar el puente hacia Las Mercedes, un ejército de motos apareció lanzando bombas y los dispersó a todos. Todo fue tan rápido que de regreso la conversación de los periodistas versaba en torno al poco (poquísimo) material obtenido en el día. Es en medio de ella cuando nos interrumpen los gritos de la mujer.

“¡Prensa, vayan rápido: abajo tienen atrapados a unos estudiantes!”, nos indica la mujer. De inmediato, bajamos corriendo de la Francisco de Miranda a la Venezuela por la calle Mohedano para encontrarnos abajo con una legión de la PNB. Al llegar a la esquina, todos automáticamente detenemos el paso. Ese primer careo con la PNB suele ser tenso y siempre hay que llegar con cautela. Son además demasiados policías. Uno de los oficiales nos recibe disparando una bomba vacía al aire, que se estrella con las ramas de un árbol. Avanzamos lentamente entre ellos, para encontrarnos entonces con que a las puertas del BOD del edificio Centuria hay un grupo de estudiantes arrodillados y con las manos atrás. Visten la camisa amarilla de la USB y parte de sus pertenencias han sido vaciadas en el suelo. Detrás de ellos, dentro de la torre, hay cientos de espectadores silentes.

Mientras más nos acercamos, más hostiles se ponen los policías. No responden ninguna pregunta y detonan lacrimógenas a nuestros pies. Lo hacen, en principio, para nublar la visión de los fotógrafos. Los periodistas tenemos máscaras y no nos afecta tanto, pero los muchachos están arrodillados en el suelo y sin protección alguna, respirando todo ese gas. No son esposas de metal, sino de cuerda las que les atan las manos. De dos en dos los levantan del suelo y se los llevan a un camión que está estacionado frente a Juan Sebastian Bar. Una jaula es lo primero que pensamos. Pero luego, cuando alguno cruza la calle, se da cuenta de que es un camión 350: los detienen en una cava sin ventilación ni luz alguna.

Las bombas siguen detonando a nuestros pies y cuando algún fotógrafo se acerca a tomarle una foto a los últimos que se llevan, un PNB lo alza y arroja al suelo. Antes de cerrar las puertas de la cava, una bomba, otra más, detona muy cerca de ella. El humo lógicamente se mete entra en ella. Pero no importa. Igual la cierran y adentro dejan, como animales, sin luz y con gas, a los detenidos a los que se llevan sin rumbo conocido, dentro de lo que ya podría bautizarse como la cámara revolucionaria.

 

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