El niño y el periodista

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

A fuerza de cubrir protestas que comienzan y terminan en Altamira y suelen suceder siempre en hora de almuerzo, el periodista se ha vuelto un cliente fijo del Carmelo Pizza de la plaza. Siempre que va pide lo mismo: dos ‘slices’ con un refresco. Pero la tarde del jueves, a falta de ‘slices’, tiene que cambiar la orden y pedir una pizza pequeña, lo que lo obliga a comer dentro del local. Cuando se sienta en la única mesa que está disponible, el niño se le acerca a pedirle un ‘triangulito’. Apenas se lo da, llegan otros dos niños con hambre. El periodista ve resignado cómo su pizza disminuye notablemente sin haber probado todavía el primer bocado.

Aunque los otros dos se van con su porción de pizza en la mano, el niño se queda de pie junto a la mesa. Se excusa diciendo que quiere secarse. Viene de la marcha y está empapado. Dice que tiene 12 años, pero bien podrían ser 8. Es pequeño y delgado, viste jean y franela, y lleva un bolso de PDVSA. En un momento se lo pone adelante, lo abre, y guarda en él un pedazo de la pizza. “Es la reserva”, le explica al periodista, que termina invitándolo a sentarse.

El niño tiene nombre de profeta bíblico y vive con su mamá y su hermana en Petare. Tenía un hermano, pero se lo mataron con apenas 15 años. La hermana está embarazada ahorita. “Vas a ser tío”, le dice el periodista, y al niño le cambia la cara. Se emociona, saca pecho, asiente y sonríe. Todavía está mudando de dientes. No va al colegio, pero sabe leer. Clarito descifra que en el chaleco del periodista dice prensa. “A mí no me gusta la prensa, porque nos toman fotos y se las pasan a Maduro para que nos lleven presos”, dice. El periodista le explica que eso no es así y que en todo caso no se preocupe porque él no toma fotos. “¿Tú trabajas para Televen o para Venevisión?”, pregunta entonces. El periodista le explica que él lo que hace es escribir. “¿Y quién lee lo que escribes?”. “Esa es la pregunta que yo me hago todos los días”.

El niño no entiende el chiste. Tampoco le importa mucho. Él lo que quiere ser de grande es pelotero. Dice que pitcha, y juega primera base y right field, pero la posición que más le gusta es la de inicialista. Al preguntarle por su jugador favorito, responde con un predecible Miguel Cabrera. Al consultarle si es caraquista o magallanero titubea unos segundos y suelta que de los Leones. El periodista tiene la impresión, por lo atento que lo ve el niño, de que solo espera notar el más mínimo gesto de desagrado para cambiar radicalmente la respuesta; por eso se le queda viendo fijo y en silencio. Tras un rato de sufrimiento, no aguanta la risa y le dice que muy bien, que siga por la senda caraquista y que mucho cuidado con llegar a cambiarse de equipo.

Llegados a ese momento, la pizzería está llena de encapuchados. La lluvia ha hecho que todos busquen refugio dentro. Hay más de ellos parados, que clientes en las mesas. Es una escena surrealista: señoras, señoritos y señores, todos de buena presencia, entre encapuchados descalzos y con recipientes con gasolina en las manos. Pasando por las mesas, sobre una patineta y con una pintura en espray en la mano, se pasea ‘Guarimbín’ un niño que según el día que se le pregunte dice que tiene 12 o 10 años pero aparenta como mucho 6. Amenazar a la gente con echarle pintura encima es su diversión, criticada por sus potenciales víctimas y celebrada por sus compañeros de rostro oculto.

Una pizza grande sale del horno de Carmelo y es puesta sobre una mesa. Es una contribución, un regalo que da alguien para los encapuchados. En menos de un minuto, de la pizza no queda nada. La escena es de todo menos elegante: diez o doce de ellos le caen encima, se pelean los trozos, la cortan como pueden, la aprietan en la mano. El queso y la salsa se escurren por doquier y el niño se lamenta por no haber llegado a tiempo. “¿Para guardarlo en un envase y no comértelo?”, le pregunta el periodista. “Es que yo no sé si vaya a haber comida en mi casa”, le explica el niño. En ese momento, un muchacho, al que le habían regalado una sopa, pasa exhibiendo un hueso de pollo cual si fuera un trofeo. El periodista piensa primero que se trata de una cosa supersticiosa, pero cuando el niño, todavía más triste que con la pizza, le cuenta que extraña el sabor del pollo, el cual tiene meses sin probar, lo entiende todo. “¿Y tú qué comes normalmente?”, inquiere el periodista. “Yuca, y a veces arroz”, responde el niño.

Cuando le pregunta por qué está allí en Altamira, el niño le cuenta que donde él vive hay muchos malandros y siempre que había una marcha llegaban cargados de cosas (“celulares, relojes, carteras y dinero”). “¿O sea que viniste fue a robar?”, lo interrumpe el periodista. El niño le dice que no, que él no roba, que eso son los malandros y él no es uno de ellos. Que lo que pasó fue que a él le pasaron el dato de que en Altamira regalaban cosas y por eso fue para allá. “¿Y a ti qué te han regalado?”. “Solo comida y estos zapatos”. Son marrones y nuevos. “Están mejores que los míos”, le dice el periodista. El niño se contenta, vuelve a inflar el pecho y a sonreir.

Una niña de ojos negros y cabello oscuro se acerca a pedir pizza, pero no queda nada. “Entonces dame refresco”. El periodista cede. La niña agarra el vaso con las dos manos y bebe fondo blanco. Se llama Anahí y tiene 10 años. “Nombre de cantante”, intenta elogiarla el periodista. “No. De princesa”, replica la niña. Es de los Valles del Tuy (“siempre vengo en ferro”) y tampoco estudia. Está allí con su hermano, un muchachito flaco y alto, que no pasa de los 12 años y es cero conversador. “¿Tú no sabes dónde regalan aquí la ropa?”, pregunta la niña. El periodista le dice que no tiene idea. “Bueno”, dice la niña y se va con el hermano silente.

Habiendo ya escampado, el periodista se levanta y se despide del niño. “No, espérame, yo me voy contigo”, le pide éste. “¿Adónde?”, pregunta el periodista. “Al metro, pues”, dice abriendo grande los ojos. El periodista no recuerda haberle dicho que iba al metro, pero igual lo espera. Andado un trecho, el niño devela sus motivos: “Es que si me quedaba solo, los grandes me iban a quitar toda la comida que tenía en el bolso. Si no vas al metro no importa”. Pero el periodista sí va al metro, así que caminan juntos.

A esa hora, la plaza Altamira está desolada. “Es que hoy reparten la caja, y hay muchos allá esperando”, explica el niño. “¿Qué caja?”, pregunta el periodista. “La del CLAP”. Al niño tampoco le importa mucho, porque a su casa no llega. “Aquí hay ‘ricachones’ que viven en apartamentos. Pero no todos son buenos: algunos no nos dan nada cuando les pedimos”, dice el niño cuando caminan por Los Palos Grandes. El periodista le explica que no todos los que viven por allí son ‘ricachones’ y no todos tienen dinero. “Pero tienen tarjetas”, le replica el niño. Entonces el periodista le explica que tener tarjeta no significa que haya dinero y que hay tarjetas que no  pasan, cosa que al niño le suena como un mito.

Cuando llegan al metro, el niño le pregunta al periodista si en su casa no tendrá alguna gorra. El periodista le dice que sí. “¿De esas que son pavas y grandes por adelante?”, pregunta el niño. “No. De las normales”, le replica el periodista. “Bueno, no importa. Igual la quiero”, dice el niño. “¿Y cómo hago para dártela?”, pregunta el periodista. “Yo me la paso por Altamira. Llévamela mañana”, indica el niño. “Pero mañana no hay nada”, le dice el periodista. “Bueno, cuando haya algo”. El periodista le promete que así lo hará y se despide. Desde ese día lleva siempre en su bolso una gorra por si lo vuelve a ver.

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