¿Se acabaron las multitudes?

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Despavorido. Ese es el mejor adjetivo para describir cómo corre ese grupo de estudiantes de la UCAB por la autopista Francisco Fajardo. Lo curioso es que nadie los persigue. Lo verdaderamente revelador es que nadie los persigue. Lo único importante es que nadie los persigue. Y sin embargo corren hacia la salida de Las Mercedes dejando la vida en la carrera. ¿Por qué? Porque tras bajar con mucho ímpetu por Chacao hasta la Francisco Fajardo, de repente se han encontrado solos. La GNB, disparando desde el distribuidor Cienpiés, levantó una pared de humo blanco en el acceso a la autopista, que logró dividir la marcha. En la Fajardo solo quedamos la prensa y ellos. Arriba, el resto de la gente. Por eso, cuando voltean y se ven íngrimos allí, entre asfalto y sol, pegan la carrera de su vida. O mejor dicho: por su vida. Es el día 97 de protesta y muchas cosas han cambiado.

Esa carrera que los estudiantes corren con pavor, no ya ante un perseguidor real sino simplemente ante la posibilidad de su aparición, ilustra muy bien la fase en la que se encuentra la calle, que se puede resumir en las cinco letras que conforman la palabra miedo o, según el grado de cada quien, en las seis de la palabra terror. No es (o no pareciera ser) la indiferencia, la tan indignadamente voceada indiferencia, la que ha vaciado (enfriado, dicen algunos) progresivamente las avenidas, sino el miedo, ese que tenían esos jóvenes (quizás el penúltimo reducto de la resistencia callejera) que corrían por salir pronto de la autopista antes de que pudiera llegar algún cuerpo policial que los detuviera en masa y metiera, por ejemplo, en la cava de un camión, como ya pasó la semana pasada con sus compañeros de la USB.

No se vale tildarlos de cobardes o miedosos: son los mismos que mes y medio atrás todavía se batían en jornadas de hasta tres y cuatro horas de resistencia en la autopista. Pero los tiempos (y los métodos represivos) han cambiado. Ahora hay pocos rinocerontes y ballenas, y muchas motos. Ante la lentitud y el peso de los blindados, los cuerpos de seguridad optan por la velocidad y la ligereza del vehículo de dos ruedas, que les permite aparecer rápidamente y en multitud casi en cualquier lugar, sobre todo para emboscar, su actividad favorita de hace unos días para acá. Llegan siempre haciendo estruendo y disparando: lacrimógenas, perdigones o lo que tengan, imposible saberlo nunca con certeza. Se escucha primero la detonación y luego el ruido del impacto. Gustan hacerlo de sorpresa, y al que agarran mal parado no lo perdonan.

Así pasaron el jueves por Chacao, luego de dividir la marcha. “Si nos reprimen, trancamos”, era la pauta de la oposición. Y aunque intentaron hacerlo (amagaron al menos) la operación barrida de los ejércitos motorizados pudo más. Fue cosa de veinte minutos para que luego de la fugaz no-toma de la autopista, las calles del municipio estuvieran libres de nuevo. La PNB apareció por la Francisco de Miranda y luego se metió por todas las calles paralelas y adyacentes. Ya aquello de correr de una avenida a una calle menor para refugiarse ha dejado de existir: se meten en ellas también. Lo mismo en los Centros Comerciales, que eran oasis en medio de los desiertos de represión: al Sambil le arrojaron bombas igual que al CCCT.

Apenas y las de Altamira fueron las únicas calles que siguieron cerradas, pero por un reducido grupo de jóvenes, prácticamente la última fortaleza de coraje: no llegaban a 30 pero trancaron por casi cuatro horas la ahora llamada Av. Juan Pablo Pernalete. Tuvieron un conato de enfrentamiento con la GNB, que a media tarde hizo acto de presencia y se llevó detenidos a algunos; y luego, ya casi llegando la noche, un enfrentamiento (éste sí) con ribetes de épica: cuando tras unas horas de indiferencia, los uniformados por fin decidieron destrancar del Distribuidor (al parecer no siempre les apetece que esté libre como las avenidas) disparando bombas y metras de plomo, el grupito de jóvenes, a punta de molotov y morteros, los hizo retroceder. Victoria celebrada pero efímera: a los minutos, y por detrás, bajando de Altamira norte, apareció otro ejército de motorizados que barrió con todo y todos: entiéndase, los (pocos) manifestantes que quedaban y los (muchos) transeúntes que caminaban.

De subida y revisando las fotos, surgió entre los fotógrafos la pregunta: ¿aquellos días de actos multitudinarios se acabaron para siempre?

Ninguno tuvo respuesta.

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