El chavismo contra el voto

Por: Juan Sanoja | @juansanoja

La llamada V República había sido, para bien o para mal, un régimen obsesionado con el ámbito electoral. Hasta hace no mucho, el chavismo se jactaba de gobernar bajo una máxima marketera: el cliente –es decir, el pueblo– siempre, siempre, tiene la razón. Ante cualquier duda, inconveniente o capricho, la tolda roja no titubeaba al declarar que la mejor (y única) solución era consultarle al pueblo para ver qué pensaba, puesto que en él residía la soberanía y su sapiencia, construida a lo largo de los años, era imprescindible para aprobar o rechazar las propuestas de la revolución. La memoria histórica del venezolano, argumentaba el de Sabaneta, estaba curada en salud para no repetir los errores del pasado, esos que habían llevado al país al sacudón de 1989.

Así lo hizo saber desde el principio, cuando en el primero de sus interminables soliloquios citó a Bolívar –“Dichoso el ciudadano que bajo el escudo de las armas de su mando convoca la soberanía nacional para que ejerza su voluntad absoluta” – para iniciar una explicación, en su discurso de investidura de 1999, que convenciera a la audiencia sobre el despertar de un pueblo que por su propia acción, por sus propios dolores, por sus propios amores, había recuperado la conciencia de sí mismo y clamaba por un cambio, por una revolución.

“No hay individualidades todopoderosas que puedan torcer el rumbo de la historia: absolutamente falso ese concepto. No hay caudillos beneméritos y plenipotenciarios que puedan señalar y conducir y hacer el camino de los pueblos; mentira. Se trata de una verdadera revolución y de un pueblo que la galopa”, dijo Chávez meses más tarde en la primera sesión de, ironías de la vida, una «soberanísima» Asamblea Nacional Constituyente que había pasado, pedido expreso del presidente, por un referéndum aprobatorio.

El pueblo siempre tuvo la razón y no hubo objeción alguna hasta que empezaron a torcerse las cosas. La terca insistencia por aprobar leyes que en 2007 el soberano ya había rechazado fue el presagio para algunos y la confirmación para otros de que aquello, más que un convencimiento insoslayable, era una pieza más de la labia revolucionaria, esa que a tanto venezolano había convencido, tantas elecciones había ganado y tan necesaria sería en la última campaña de Hugo Rafael Chávez Frías: “Alguna gente pudiera estar inconforme por fallas de nuestro gobierno: que no arreglaron la calle, que se fue la luz, que no llegó el agua, que no conseguí empleo, que no me han dado mi casa (…) de todos modos lo que está en juego el 7 de octubre no es si asfaltaron o no la calle, lo que está en juego no es si me han dado la casa o no me la han dado, lo que está en juego no es si yo estoy bravo con los dirigente regionales… ¡No! Lo que está en juego es mucho más que eso, camaradas. ¡Nos estamos jugando la vida de la patria el 7 de octubre!”.

Hasta las Parlamentarias 2015, la hegemonía electoral de chavismo era apabullante: 18 votaciones ganadas y sólo una derrota en 17 años de revolución. La ‘victoria pírrica’ conseguida por la generación 2007, ese grupo de muchachos que despertó tras el cierre de RCTV y logró lo que hasta ese momento parecía imposible, era la única alegría azul hasta entonces. Pero había matices.

En 2010, cuando esperaba demoler, el PSUV tuvo que conformarse con una amarga mayoría simple en la Asamblea Nacional. Había sacado sólo 100.000 votos más que la MUD y la coalición opositora aprovechó el momentum para, sumándose los electores del PPT, comenzar a enunciar un slogan que, sin ser del todo veraz, tenía mucho de verosímil: “Somos Mayoría”. Ramón Guillermo Aveledo, por ese entonces secretario del bloque antigobierno, tenía la esperanza de que, con esa base electoral, la Mesa de la Unidad Democrática pudiese vencer en las presidenciales que se harían dos años más tarde.

La esperanza no se volvió realidad, pero los números no fueron malos. Del 63% vs. 37% que había sido el Chávez contra Rosales, la oposición llevó su porcentaje al 44% y sumó más de dos millones de votos en seis años. El líder de la revolución llamó a Capriles para reconocerle que había tenido que hacer un esfuerzo físico extra para realizar más actos de campaña, puesto que la candidatura del gobernador de Miranda estaba pisando muy fuerte.

A partir de esa votación, lo que ocurrió en el país en materia electoral fue todo un rara avis: en 2013 Capriles recortaría casi millón y medio de votos en apenas un mes de campaña frente a Nicolás Maduro y a punto estuvo de tomar la presidencia. Sin embargo, a finales de ese año, en lo que tenía que haber sido un plebiscito, la MUD obtuvo sólo el 39% de los sufragios en las elecciones municipales. El Dakazo fue un salvavidas político para el primer mandatario, quien construyó una narrativa en torno a la guerra económica y a la culpabilidad de usureros y especuladores en los males que aquejaban al país.

Así, como un boxeador de varios K.O. y una única derrota, llegaba el chavismo a las elecciones Parlamentarias de 2015. Siempre soberbio, siempre imprudente, el PSUV estaba convencido de que le metería ‘medio ñame’ a la oligarquía traidora. El 6 de diciembre, no obstante, la revolución bolivariana cayó por primera vez a la lona y desde entonces ha estado aturdida. El ring electoral, antaño lugar predilecto del oficialismo, empezó a causarles pavor a los hijos de Chávez.

Su arma principal, su escudo de mil batallas, ya no les servía. El pueblo había dejado de tener la razón y había que encaminarlo, razón por la cual un referéndum revocatorio, una pelea electoral en el ring, no iba a ser posible bajo ninguna circunstancia. “Nosotros no estamos obligados a hacer ningún referéndum en este país”, dijo Maduro. “Aquí no va a haber referéndum”, confirmó a gritos Diosdado.

No, no y no. Olvídense de eso, señores de la derecha. No tenemos por qué contarnos. Antes nos gustaba muchísimo, pero ya no tanto. Ese Parlamento está en desacato y nos importa un carajo que haya sido elegido a punta de votos, a punta de gente. La solución para este país es una Asamblea Nacional Constituyente que garantizará la paz. Es tan obvio que ni se lo tenemos que preguntar al pueblo.

Un pueblo al que, por cierto, ya habían ignorado con las sentencias 155 y 156 del TSJ y que pasarían por alto otra vez al plantear una reforma al Estado sin preguntarle a él si estaba dispuesto o no, si consideraba que esa, y no otra, era la panacea contra la escasez de alimentos, la falta de medicinas, el aumento acelerado de los precios y la inseguridad asfixiante.

Y de tanto olvido y tanto desdeño, la misma gente que tantas batallas les había permitido ganar, empezó a darles la espalda. Según Datanálisis, que pese a la cólera de la oposición más radical siempre dio ganador a Chávez, la propuesta de la Asamblea Nacional Constituyente sólo es considerada una solución por el 17,8% de los venezolanos, casi el mismo porcentaje de personas que hoy en día se definen como chavistas.

Como el gobierno no permitió otra salida a la crisis, la oposición, que había llamado a protestar tras la ruptura del hilo constitucional por allá en abril, continúo en la calle tras la convocatoria a una ANC sin referéndum previo. En marchas, trancazos, asambleas y plantones se le fueron 100 días hasta que, en busca de llevar la presión a un siguiente nivel, decidió hacer eso que el gobierno trató de evitar a toda costa: una consulta popular.

Decíamos hace dos semanas que era el último cartucho para frenar la propuesta chavista en un país en el que la institucionalidad se había ido al garete. Como no se podía contar con el Consejo Nacional Electoral –poder que aplicó la operación tortuga con el revocatorio y que, cara lavada, montó una Constituyente en una sentada y dos carpetazos– la MUD tenía que armar su propia elección, con los pros y los contras que eso acarrearía.

El principal hándicap era que, al no tener un árbitro imparcial, el resultado que de la votación deviniese no tendría efecto alguno en el organigrama político del país. Para más inri, como la Unidad pagaría y se daría el vuelto, había que buscar que el proceso fuese lo más legítimo posible, que las cifras que arrojase fuesen coherentes y creíbles. Por tal razón, la oposición acudió a la Iniciativa Democrática de España y las Américas (IDEA) para darle cierta credibilidad a los comicios. La palabra de los expresidentes Laura Chinchilla (Costa Rica), Vicente Fox (México), Andrés Pastrana (Colombia), Jorge Tuto Quiroga (Bolivia) y Miguel Ángel Rodríguez (Costa Rica) serán la garantía de que los números que dé la MUD estén acordes con la decisión de los venezolanos.

Conviene no engañarse y saber que lo de mañana no es otra cosa que una acción de calle más, una marcha electoral que devolverá a la gente la ilusión de votar y una oportunidad de hacer un sondeo que, si se vende bien, servirá para dos cosas: subir la moral opositora (“¡Somos 10 millones!”) y aumentar la presión hacia el chavismo, cuya única vía de escape, ante la fuerza de los hechos, será apelar a los vacíos procesales de la elección: ¿Cómo verificar que una persona no votó dos veces? ¿Cómo comprobar que las cifras son ciertas si no habrá cuadernos de votación con los que cotejar, ni testigos de mesa oficialistas a los que preguntar? ¿Por qué incluir a los mayores de 18 años que no están inscritos en el Registro Electoral? Estas y otras cuestiones serán exprimidas por la maquinaria propagandística roja, que minimizará el 16J a más no poder.

En cuanto a proyecciones, Capriles comentó que Datanálisis espera que sean 11 millones de venezolanos los que acudan a los puntos soberanos para manifestar su postura. Según el zorro de la fuente electoral, Eugenio Martínez (@Puzkas), Datincorp sostiene que más de 8 millones de personas están decididas a votar mañana. Cualquiera de las dos cifras sería positiva, si se toma en consideración que para revocar a Nicolás Maduro se hubiesen necesitado al menos 7.587.780 votos y que en las Parlamentarias la oposición obtuvo 7.707.422 sufragios. No obstante, un número contundente, aplastante, definitivo y necesario para empezar la hora cero con una fuerza descomunal, tendría que estar un poco por arriba de los 8.191.132 electores que en 2012 confiaron en Hugo Chávez para un cuarto mandato presidencial. Habrá que esperar.

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