Historia de dos ciudades

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

A las 11:26 (hora del reloj del metro) llega el tren al andén de Miranda, y a las 11:45 (hora de mi reloj, porque el de la estación estaba apagado) los pasajeros pisamos el de Capitolio. Son diecinueve minutos que para justificar lo radicalmente opuestas de ambas realidades debieron durar por lo menos las diecinueve horas de un vuelo Nueva Jersey – Singapur. Y es que mientras Los Palos Grandes era desde las seis de la mañana silencio, soledad, vacío y barricadas, el centro de Caracas, sencillamente, era el centro de Caracas: con su decadencia y suciedad perennes, sus “se compra oro, oro, oro, se compra, se compra, se compra oro” acosando a cuanto viandante pasaba, sus vendedores de hierbas milagrosas, objetos raros y revistas viejas, sus tiendas abiertas, y todo el folklorismo chavista en su máxima expresión.

“No se equivoquen: territorio socialista” advertía un cartel, ubicado en la entrada de un mini-centro comercial (ahora llamado comunal, claro está) que se encuentra en frente de la Asamblea Nacional (de mayoría opositora) y al lado de un Wendy’s (de propiedad imperialista), y en el que en varios rincones y locales se ejerce la siempre progre y humanista actividad de compra-venta de metales preciosos y moneda extranjera (“euro, dólares, se compran euros y dólares, euros y dólares”) al precio justo del mercado negro (Dólar Today). A una cuadra, en la Plaza Bolívar, una mujer deja la garganta en una consigna que evidencia no sólo capacidad crítica sino también conciencia y sobre buen criterio: “Uh ah / Maduro no se va / ahí lo puso Chávez / y allí se quedará”. Luego de eso, presenta a un candidato a la Constituyente, que decide que en vez de lanzar un discurso (¿pa’qué?) él lo que va es a cantar música llanera. Y allí se lanza el hombre. Invita a votar el 30 (“llueva, truene o relampaguee”) y arranca con su corrío, que es en verdad (a todos nos quedó claro) lo que le gusta.

Mientras tanto, en la catedral (que en Europa no pasaría de capilla) termina la misa. Los obispos tienen convocada una jornada de ayuno y oración para el viernes en la mañana (“[hay una] clase de demonios sólo sale con ayuno y oración”, dice San Mateo en su Evangelio), y las viejitas (¿quiénes, sino viejitas, pueden darse el lujo de ir a misa entre semana a las 11 de la mañana?) están prestas y dispuestas al combate espiritual. Afuera, el frente de mujeres anti-imperialistas (no pasan de 50), alborotadas con Trump, prometen dar también su combate con las armas que sean necesarias en defensa de la patria.

Y no en defensa de la patria sino de la plaza están varios milicianos, que uniforme colgando y sombrerito de campaña encima, cuidan sus accesos, aunque bien les vendría hacerlo también con sus pisadas: de tan frágiles que se les ve (ni las viejitas de la misa, pues) una caída podría ser grave. Como grave es que en menos de una cuadra haya otro acto: frente al edificio de la Alcaldía de Libertador también se reúne un grupo de camisas rojas a sabrá Dios qué, porque su audio (bajito) es opacado por el de las mujeres antiimperialistas.

Por la avenida Urdaneta, en la esquina del BCV, se encuentra también otra tarima, montada bajo el amparo de un Chávez inflable. El que tiene la palabra no habla en ese momento de política, sino de dinero: explica cómo van a pagar sabrá él qué bono. Más que un mitin, parece una reunión sindical: todos son compañeros de trabajo de un MINPOPO-algo (la miopía y el no querer ver fijamente a nadie para no lucir muy sospechoso atentaron contra el rigor periodístico, lo siento) bordado en la chaqueta. Y más adelante, a una cuadra de Miraflores, por el Fermin Toro, otra tarima, de todas la más nutrida y con transmisión (según reflejaba el televisor de la pollera de la esquina), en cadena nacional.

¿Y el paro? Aparte del de los empleados públicos (ellos los primeros en no trabajar), hablar de paro ayer en el centro era muy discutible. Salvo el que hicieron los trabajadores de La casa de los espaguetis (abierta, pero con un letrero que advertía que “por falta de personal no estaremos trabajando”) y algunos comercios y tiendas (entre el 30% y 40% de los que se encontraban allí), de resto, la vida en el centro siguió como si tal, con transporte público incluido (con más demora y en menor cantidad pero lo había), aunque, eso sí, con menos gente y tránsito: la Baralt, la Urdaneta, la Universidad y las Fuerzas Armadas, avenidas complicadísimas de cruzar donde las haya, se podían atravesar fácilmente sin esperar semáforo ni rallado (misión suicida en una jornada normal). No faltaban tampoco las colas (los bancos estuvieron abarrotados por pensionistas, así como aquellos minimercados donde había productos regulados) y sí las trancas: entre El Silencio y Bellas Artes no había una calle cerrada (ni siquiera en La Candelaria, tan conflictiva de noche). Sobraban los efectivos policiales: en donde más y en donde menos había siempre un grupo de PNB con su uniforme nuevo, revisando teléfonos y dándose lepes. Donde curiosamente no estaban era en la sede de la Urdaneta de la Fiscalía. No es que hicieran falta tampoco: la reja estaba cerrada casi completamente y un vigilante de corbata y traje negro revisaba todas las credenciales de quienes pretendían entrar, no fuera cosa que se apareciera Harrington.

Para encontrar la primera barricada, había que caminar hasta Chacaito, cruzando un boulevard de Sabana Grande que parecía tener, incluso, más comercios abiertos que el mismo centro. Entonces, allí sí, empezando la Francisco de Miranda, una tremenda cinta amarilla que la cruzaba a todo lo ancho y decía peligro marcaba claramente la frontera en la que (del Guaire para arriba) comenzaba la otra ciudad: la que estaba en paro, con las santamarías abajo y las calles cerradas. Es la Caracas que protesta contra la dictadura, la que lleva 111 días en franca rebelión y en la que encontrar algo abierto era prácticamente imposible. En la Francisco de Miranda el ambiente nunca fue cómodo y siempre estuvo tenso: la posibilidad de la llegada de la GNB o de la PNB para que hicieran destrozos estuvo siempre latente al caminar por ella. No así en las calles paralelas de Chacao, Altamira y Los Palos Grandes: una verbena no hubiera sido más fraterna. En cada calle trancada había vecinos compartiendo y conviviendo, como nunca se hace en Caracas.

La Plaza Altamira, otrora el punto en el que desembocaba (y pasaba) todo, daba miedo de lo sola que estaba. Apenas tres almas transitaban por ella en la tarde. A lo lejos algunas bolsas de basura trancaban las avenidas adyacentes. Pero no había ni rastro de la gloria, los llenazos, y la épica que se vivía hace apenas algunas semanas. Dudaría cualquiera que alguna vez ese fue el epicentro político de Caracas, el sitio imprescindible en toda pauta periodística. La acción (la poca que ha habido desde la liberación de Leopoldo) se ha mudado dos cuadras al oeste: a Bello Campo. Abajo, en la avenida Libertador, hubo dos batallas campales entre GNB y manifestantes, dignas de lo que eran los enfrentamientos hace aproximadamente un mes: bombas, tanqueta y perdigones, eso que la resistencia pasó casi setenta días combatiendo, y a lo que le tiene bien agarrada la medida. Tanto, que los hicieron retroceder: a punta de Molotov les quemaron la tanqueta a los guardias, y no hubo nada que hacer: las barricadas gigantes impidieron el paso de las motos y no les quedó sino retirarse.

Cayó entonces la noche, y colorín, colorado, sola, vacía, apagada y postrada ante el hampa, las dos Caracas se han igualado y esta historia terminado.

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