Así nació el gobierno paralelo

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Cuando se escriba la historia, los libros habrán de contar que la génesis de ese gobierno que ejerció funciones en paralelo con el de la dictadura tuvo lugar no en el Hemiciclo de Sesiones de la Asamblea Nacional, sino en una plaza pública (la Alfredo Sadel) en la que con andamios, mucha tela negra, sillas de salón de fiesta, mesas revestidas, cornetas colgantes y unas tarimas improvisadas, se llevó a cabo el acto de designación y juramentación de los nuevos magistrados del Tribunal Supremo de Justicia.

No lo dirán los libros, pero el presidente de la Asamblea Nacional, Julio Borges, encabezó la sesión vestido con una chaqueta crema de cuadros que parecía sacada de una película de los años sesenta y lo hacía lucir, con sus lentes de pasta, como el arquetipo del padre de ese tipo de films. Tampoco lo dirán los libros, pero tenía corbata vinotinto, y eso era lo único en lo que coincidía con Freddy Guevara, que para la ocasión optó por un traje negro. Sobre el podio de presidencia (en realidad una mesa con una tela azul encima) lo que había esta vez era agua (atrás parecen haber quedado los tiempos en los que Borges podía tomar Coca-Cola) y un par de micrófonos.

Reflejando lo que está en las actas, los libros dirán que se llevaron a cabo dos sesiones distintas, aunque para los que desde afuera las acompañaron (la plaza estaba llena de gente) en realidad lo que hubo no fue más que un solo acto con un intermedio. El sentido común no conoce de burocracia, ya se sabe; y a los actos administrativos del poder esta le sobra, también se sabe.

En la primera sesión hablaron los dos Freddy: Superano (que no dijo nada reseñable) y Guevara (“¿Dónde está el pueblo de Caracas?”, su saludo de animador de feria), quien pidió un minuto no de silencio sino de aplausos para los muertos y anunció que algún día la AN hará una ley para que no despidan a nadie por pensar distinto. Le siguió Carlos Berrizbeitia, presidente del Comité de Postulaciones, que de traje negro y cabello engominado leyó un discurso en el que expuso la cantidad de irregularidades que hubo en la designación hecha por la AN anterior de los magistrados (ex – magistrados ya, según Borges): el que presidía el Comité de Postulaciones renunció para postularse él; fueron designadas varias personas que no llenaban los requisitos; hubo un diputado que votó por él mismo para magistrado. “Estamos haciendo historia: hoy arrancamos un camino en la reinstitucionalización del país”, dijo, para luego comenzar a nombrar uno por uno y con los dos nombres y los dos apellidos a los nuevos 33 magistrados (13 principales y 20 suplentes).

“Aprobado por unanimidad”, dijo Borges sobre el orden del día, y el recinto se vino abajo en aplausos. “¡Sí se pudo!” comenzaron a gritar los diputados y la gente. “Aprobado por unanimidad”, volvió a insistir el presidente de la Asamblea, que reiteró (muy a su estilo de cubrirse las espaldas siempre) que todo era apegado y conforme a la Constitución y se hacía con 2/3 de los diputados. Entonces, se cerró la sesión y una comisión integrada por los diputados Edgar Zambrano, Ismael García y Sonia Medina fue a buscar a los hombres y mujeres sobre cuyos hombros caería la responsabilidad de comenzar a reinstitucionalizar a Venezuela, quienes se encontraban en el edificio del Consejo Municipal (“El cumplir con las formalidades asegura que todo se ajusta a derecho”, apostilló Borges).

No lo contarán tampoco los libros, pero en el intermedio entre una sesión y otra un grupo de trabajadores de protocolo comenzó a colocar sillas en una especie de tarima lateral, en la que se ubicaron tres filas de sillas revestidas con telas blancas (arrugadas y manchadas) y cinta azul, y cuatro sillas con tela azul y cinta blanca. Mientras los de protocolo hacían su trabajo, dos de los hijos del presidente de la Asamblea Nacional subían al palco a hablar con su papá, que estaba pletórico. Luego, cuando Borges se paró a hablar con alguien, se quedaron con Freddy Guevara, que se dedicó, pedagogo hasta en los gestos, a explicarles por un buen rato sabría Dios qué con un folleto blanco.

Cuando los magistrados llegaron lo hicieron con la bandera por delante, entre aplausos, vítores y aclamaciones. Todos iban elegantes (hombres de traje, y mujeres de taller) y arreglados (peinados de peluquería incluso), y fueron ubicados por el personal de protocolo en su palco lateral. La diputada Sonia Medina tuvo una breve y nada destacable intervención, y fue la encargada de irlos llamando para la juramentación. Burocracia de burocracias, al final el palco que con tanto esmero habían armado (y cuidado) los de protocolo volvió a quedar vació ya que el acto de juramento tuvo lugar entre los diputados, de cara al presidente de la Asamblea.

Cuando los tuvo en frente, Borges aprovechó para hacer una “breve reflexión” en la que cual padre fundador y con tono grandilocuente pretendió hacer una apología a la justicia y a la actuación de la Asamblea (todo lo que pasa en Venezuela es porque la ley no impera ni gobierna, no hay justicia, y ahora nosotros estamos dando un paso para que la haya) y dejó en evidencia sus fallas como orador (“Podríamos hablar horas hablando”, “Venezuela será conocido”, “gracias diputados y diputados”). Entonces, derecha levantada todos, Borges les tomó el juramento. Y quizás tampoco lo cuenten los libros, pero el sí juro (que en realidad fue un “sí juramos”) hubo de ser dicho dos veces, a petición del presidente de la AN (“más fuerte, por favor”), que de tan contento se comió ese siempre entrañable (y amenazador) “si no, que os lo demanden” que viene después de la recompensa que Dios, la patria y el pueblo pueden dar si hacen bien su trabajo. En su lugar, Borges los felicitó (“admiramos su valentía, su compromiso y su entrega con Venezuela”) y se cubrió las espaldas (otra vez): “Quedan juramentados como magistrados y magistradas en nombre de la representación popular ejercida por el pueblo venezolano en diciembre de 2015”. Y allí estallaron los aplausos y vivas, Ismael subió la bandera, y mientras se saludaban, abrazaban, apretaban, felicitaban e incluso animaban entre ellos, comenzó a sonar el himno, que emocionadísimos entonaron magistrados, diputados y asistentes (pueblo, si nos ponemos muy retóricos, como seguramente se pondrán los libros), testigos todos del singular y trascendental hecho del nacimiento de un gobierno paralelo del que puede que algún día hablen los historiadores.

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