Volvió la resistencia

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Primero cae una lluvia de piedras y luego empieza una ráfaga de detonaciones. Los militares avanzan, apuntan y disparan de frente. Los encapuchados se encojen detrás de los escudos. Los perdigones pegan en la madera, la laceran y rebotan. Cuando son metras o rolineras, el ruido es más seco y el impacto mayor. Termina la ráfaga y por el aire vuelta una molotov. Se estrella contra el suelo y deja una línea de fuego. La tanqueta dispara un par de bombas. Salen duro y de frente, y caen detrás de los escuderos. Inmediatamente son devueltas. Un tubo verde se asoma desde un escudo. Detonación y humo: una rolinera pegada a un fosforito sale disparada. “El te-cho se va a caerrr. Porrr favor bajarrr del te-cho”, dice una voz italiana que sale de un parlante. El techo de la cauchera Goodyear tiembla. Hay varios encapuchados encima de él. Unas motos de la GNB suben de la autopista, pasan y disparan. Los encapuchados corren. Una barricada de alambres púas les impide el paso a las motos, que se devuelven. Los manifestantes regresan. Algunos se saltan la barricada, corren, cogen impulso y sueltan piedras. Son pocas las que llegan hasta donde está la Guardia. Un uniformado agarra una que le cae cerca y la devuelve. Nuevamente se escuchan detonaciones. Perdigones y metras cruzan a toda velocidad el aire. Alguien se queja. Le dieron a una periodista. En ese momento prensa está de lado y a la altura de la Guardia. No en la línea de tiro. El disparo ha sido intencional. Indigna pero no sorprende: minutos atrás, en la Autopista Francisco Fajardo, varios periodistas fueron heridos aposta, y cada tanto tiempo la GNB nos arroja (con la mano, por lo menos) algunas bombas a los pies. Es sábado 22 de julio y tras más de dos semanas sin hacerlo, Caracas ha vuelto a marchar y vive una improbable jornada larga de resistencia en el inicio de la Libertador en Bello Campo.

¿Por qué extraño mecanismo la que parecía que iba a ser otra marcha corta y breve, de dispersión rápida y poco alcance, ha terminado convertida en esa improbable, dura y larga jornada de resistencia? Imposible saberlo.

Cuando tras más de una hora la GNB se prepara para la arremetida final, manda a mover de sitio a la prensa. No la quiere atrás suyo, sino entre los manifestantes y ellos. “Váyanse para adelante, que ustedes son  también resistencia y no les van a hacer nada”, ordena un uniformado. “Vas a pasarla bien cuando te caiga una molotov”, le advierte socarronamente un guardia a un periodista (y en efecto pasaría horas después con un fotógrafo al que una molotov le prendió en llamas el zapato y parte del pantalón). La prensa se mueve en bloque y queda en la línea de fuego. Aunque parada de lado y nunca en el medio, las lacrimógenas, las piedras y las molotov a veces caen cerca, y los perdigones, metras y rolineras pasan rozando e hiriendo.

El momento en el que la GNB lanza su operación arrase y pasa con las motos disparando es siempre confuso y peligroso. Esta vez lo hace tras quitar las barricadas. Los manifestantes corren dejando la vida en la carrera mientras una legión de motos los persigue. A la prensa le pasan por el lado y muchas veces con la escopeta de frente, en posición horizontal. Y a veces la disparan. En la esquina del Burger King de Bello Campo una fotógrafa grita fuerte. La recogen entre un montón de sangre. Los paramédicos se la llevan hasta el Burger King y la atienden. “Esto te va a doler, pero es necesario”, advierte el que la trata. Le aprieta duro la piel del brazo y de la herida sale disparada una bola negra. Es un perdigón. “Tienes otros más adentro, pero esos deben sacártelos en una clínica para no hacerte daño”, informa, mientras ella sigue sangrando. Se la llevan a una clínica.

Inmediatamente se forma un alboroto. De una construcción sale un rescatista gritando que lo acaban de robar. Había entrado allí para auxiliar a un manifestante que se había caído del techo. Al verlo solo, los Guardias lo agredieron. “Tres funcionarios empezaron a lanzarme golpes y despojarme de lo que tenía. Me rompieron el chaleco y la muslera. Me insultaban de ‘mamaguevo’ para arriba. Me daban cascazos por la cabeza y la espalda, hasta que llegó un Teniente y vio lo que estaban haciendo y les ordenó que pararan. Entonces recuperar mis cosas”, relató al OJO. El incidente caldea los ánimos y varios rescatistas se le alzan a la GNB y terminan amenazando con quitarse todos el uniforme y pelearse en la calle.

Ya para ese momento la principal de Bello Campo está prácticamente despejada. Un grupo de la GNB emboscó por arriba y corrió a los manifestantes, que en su mayoría se encuentran escondidos en las transversales. “¡Vean cómo destruyen la ciudad!”, grita un guardia mientras recoge las barricadas y destrozos que hay en la calle. “¡Eso es lo único que hacen, destruir la ciudad!”. El mensaje no parece ir dirigido a nadie en específico, o puede que fuera a todos en general. La mayoría de sus compañeros se encuentran en lo mismo. Otros pasan por cuanta rendija, esquina o escondite haya, en procura de algún manifestante escondido.

Transcurridos veinte minutos, la GNB abandona la escena y poco a poco comienzan a abrirse las rejas de los edificios y a salir manifestantes. También de las transversales y paralelas. La construcción de ‘El Recreo–La Castellana’ se convierte en objetivo: logran abrir la puerta y entonces un grupo importante de encapuchados entra. Los encargados bajan corriendo por las escaleras, pero es tarde. Ya están sacando todo los escombros. “Esto es para hacer barricadas”, explican los encapuchados. De la sacada de escombros se pasa rápiamente al saqueo de lo que haya: se pierde un radio, sacan varios cables, entre otras cosas que no sirven para barricadas. La línea entre resistencia y hampa es estrecha. Los obreros dicen que si no aparece el radio los van a botar de la construcción. Algunos de los líderes de los encapuchados se paran en la puerta y dan un discurso sobre la incoherencia de querer cambiar al país saqueando. Entonces comienzan a organizarse para impedir que sigan llevándose cosas que no sean escombros. “Aquí nadie saquea nada”, dice un hombre de unos sesenta años y golpea el suelo con una vara. A un muchacho que llevaba escondidos unos cables en el short lo detienen y lo obligan a devolverse. No todos están de acuerdo. “Esto es la guerra y se vale saquear lo que sea”, grita indignada una muchacha con la cara cubierta con un pañuelo morado. Le caen encima varios y ella no se deja: los que piden que no se saquee son todos unos cobardes que no hacen nada por el país, en la guerra estamos y en la guerra se saquea, el que no quiera enterarse que hay guerra que se vaya a comer sus flores en otro lado donde no estorbe. El intercambio de palabras crece. La muchacha tiembla de la rabia, está fuera de sí. Se abraza a una prima y empieza a llorar. Se le acerca una mujer que le hace cruces en la cabeza y ora sobre ella, cual si de un exorcismo se tratara. Es una escena surrealista. Más cuando pasado un rato y sentada en un escalón, la muchacha se enmienda la plana: no, no está bien saquear, dice.

Mientras arriba rescatistas y motorizados discuten con los que quiere poner una guaya de metal en la Francisco de Miranda, abajo, en la Libertador, comienza nuevamente otro enfrentamiento, tan violento como el primero, mucho más breve que éste, más largo que cualquiera de los que haya habido en las últimas dos semanas y definitivo ya: tras ese, todos los manifestantes se replegarían y guardarían por la jornada. De camino a Altamira, tras el cómputo de la cantidad de colegas heridos en la cobertura, lo que saldría a relucir en la conversación de los periodistas era la de días que hacía que una pauta de calle no duraba tanto, desde la mañana hasta la puesta del sol. Y es que al parecer, volvió la resistencia.

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