Unión o tragedia

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

“Acaban de tomar La Carlota”, dice el hombre. “¿Sí?”, le pregunta la mujer. “Sí. Y están reportando varios heridos”. Silencio. “Dicen que hay varios militares muertos”, agrega. “Y en Valencia los helicópteros están disparándole a la gente”, continúa. “¿Pero por qué?”, cuestiona la mujer. “Bueno, por lo del alzamiento”, le responde. “¿Entonces sí es una cosa seria?”, inquiere. “Claro. Es un golpe”, afirma él. Son marido y mujer, y forman parte de los privilegiados (madrugadores todos) que consiguieron entrar al Aula Magna de la UCAB. Están sentados adelante y a la derecha, justo donde terminan los puestos de la prensa, y eso ya es mucho lujo: a las 10 de la mañana del domingo no cabe una persona en el recinto y afuera todavía hay una cola grande de gente. Los encargados de logística y protocolo hacen un esfuerzo descomunal por habilitar rápidamente otra sala con una transmisión en directo del evento que nadie se quiere perder: el encuentro entre los principales líderes de la oposición y del chavismo crítico. El problema es que el ruido de sables enturbia el ambiente. Cuando por fin los hasta ayer enemigos, hoy sólo adversarios, han decidido acercarse y unirse, parece que todo se precipita y los militares entran en escena. Las informaciones son confusas y el único termómetro para medir su gravedad es la presencia de los ponentes: si asisten todos, el golpe habrá quedado en whatsapp.

II

Pasadas las 10:30 AM ya se sabe que el golpe, si lo hubo, fracasó. Sentados en perfecto orden están, a la izquierda, José Luis Cartaya (coordinador operativo de la MUD), Ángel Oropeza (secretario general de la MUD), Henrique Capriles (líder de la oposición), Julio Borges (presidente del Parlamento), Freddy Guevara (primer vicepresidente de la AN); y a la derecha Nicmer Evans (ex secretario de Marea Socialista), María Gabriela Ramírez (ex Defensora del Pueblo), Eustoquio Contreras (ex diputado del PSUV), Miguel Rodríguez Torres (ex hombre de inteligencia de Chávez y ex Ministro del Interior de Maduro) y Germán Ferrer (ex diputado del PSUV y pareja de la Fiscal Luisa Ortega Díaz). El Aula Magna los recibió a todos con una sonora ovación en la que Henrique Capriles –“¡Flaco, te amo!”– se llevó la mejor parte, y tras la cual el rector Virtuoso les lanzó de una un desafío bolivariano: “’¡Que cesen los partidos y se consolide la unión!’, dijo el Libertador. Pues bien, hoy necesitamos que se consolide un liderazgo comprometido para construir la unión nacional que nos saque de esto”.

III

En un concurso de imitadores de Fidel, Eustoquio Contreras, el primero de los ponentes, se habría llevado la medalla de oro: en el podio se para, apoya y gesticula igual que el Castro de discursos eternos en la Plaza de La Habana. Como el fallecido dictador cubano, Contreras también es buen orador: sabe enfatizar y callar, también hacer uso de los suspensos. Y tiene, además, agilidad mental y rapidez para improvisar con gracia –“¡aquí estamos en 350!”, replicará cuando le digan que su tiempo terminó–. Diputado del PSUV hasta ayer, ahora integra con Germán Ferrer el llamado Bloque Parlamentario Socialista. “Chávez nos enseñó que los enemigos eran los que atacaban la Constitución del 99 y los aliados los que la defendían”, dice, haciendo uso de la paradoja. Pero no se queda en el legado. “En estos 17 años no pudimos llenar las expectativas y nuestros males se han agravado”, reconoce. “Tenemos una co-responsabilidad histórica en los problemas del país”. Ante la situación, su propuesta es una: “Hacer el gran esfuerzo de entendernos”, dice, para luego elogiar unas palabras que iban en ese sentido dichas por quien el califica como “un gran líder de este país”, que resulta ser Henrique Capriles, quien al final le da la mano sonreído y agradecido.

IV

Freddy Guevara será, durante toda la jornada, el más serio de la oposición. Mientras Borges y Capriles se mostrarán siempre prestos a asentir y aplaudir prácticamente cualquier cosa que digan los otros, Freddy lo hará sólo con lo que está de acuerdo y sin excesivo entusiasmo. Es el segundo al bate y arranca revelando una pregunta que le llega vía mensaje: “¿Qué haces sentado con gente que te hizo tanto daño?”, a la que le da una respuesta pública: “Porque hay una responsabilidad histórica superior por articular acciones que nos permitan frenar la barbarie (…) estamos en un momento determinante que requiere la unión de todo el país”. Luego sacará a flote ese profesor que siempre lleva dentro y comenzará, pedagógicamente, a explicar cómo caen las dictaduras, por qué es imposible que se sostenga una si la mayoría está dispuesta a cambiar y el papel que juega en ello la Constituyente: “Este es el inicio del desencadenante histórico de una rebelión que nos llevará a la libertad”.

Su discurso se ve interrumpido por un barullo. “Parece que llegó”, dice Freddy y ve a Ángel Oropeza. “Parece que es así”. Y cuando todo el mundo piensa en el SEBIN, por la puerta lateral inferior aparece Luisa Ortega Díaz. “La mujer antorcha”, como la llaman sus detractores, es de figura esbelta y estilizada. Alta (pero ayudada con tacones, dicho sea) y de brazos largos y delgados, luce frágil. La recibe una sonora ovación de aplausos, a los que responde alzando las manos y sonriendo, con la boca abierta y los ojitos chinos. Vieja conocida, es la ex Defensora del pueblo la primera que se acerca a saludarla. Luego hacen lo propio Nicmer Evans (beso en el cachete y apretón de manos), Miguel Rodríguez Torres (abrazo, apretón de manos, y apretón de cachetes), Germán Ferrer (beso y mano cariñosa de ella en su cara) y el rector de la UCAB, con quien comparte unas breves palabras. Luego de ello, Gerardo Blyde, diligente como nunca, sale de entre el público para subirla a la tarima y buscarle una silla, que es puesta en el mero centro de los ponentes, como para no achacarle tendencia alguna.

Entonces Freddy vuelve a retomar su discurso y se aprovecha de la presencia de la Fiscal para ello. “Si la falsa constituyente nombra a Taerk William Saab como Fiscal usurpador, todo el pueblo de Venezuela reconoce a Luisa Ortega Díaz como la única Fiscal General de Venezuela”. Lo dice gritando y el público responde aplaudiendo rabiosamente. Sonriente, ojos chinos y boca abierta otra vez, la Fiscal, que desde que se sentó había estado ojeando una Constitución, le extiende un brazo cual Miss, le dice gracias y se levanta a recibir su ovación, mientras Freddy sigue metiendo candela. “Así como Julio Borges es presidente de la Asamblea, Luisa Ortega es la Fiscal General y todo el país se une a defender la Constitución”. Los aplausos continúan hasta que Ortega se sienta. Entonces Freddy se mete en honduras lingüísticas (“el primer paso para la desobediencia es la verbalización”) y termina prometiendo una Miraflores (“pero no para sacar a Maduro sino para juramentar a un nuevo presidente”).

V

La Fiscal Constitucional Legítima de la República, como la presenta el ceremonioso ceremoniero, no es (y nunca será) una buena oradora. De ella, apenas y se pueden sacar fragmentos, oraciones sueltas y aisladas. Su intervención arranca mal y continúa mal, pero, improbablemente, termina bien. Comienza intentado hacer un chiste sobre las dificultades con el micrófono y su altura (“lo que pasa es que tengo mucho tamaño, estatura y tamaño, ¿ok? Como el pueblo de Venezuela”). Ayudada de un papelito y de una Constitución se larga a hablar: a la Constituyente la califica de ilegítima, ilegal e inconstitucional, dice que solo ha traído miedo y represión, comenta que su votación fue “muy pequeña” e informa que en el Ministerio Público hay denuncias de 25 instituciones públicas que obligaron a sus trabajadores a votar. El momento cumbre es cuando se rebela contra su destitución: “Yo desconozco esa remoción. Yo sigo siendo la Fiscal General de Venezuela”, dice, y ahí sí el auditorio se viene abajo. A los diputados les manda un recadito (“no se dejen quitar ese espacio”) y a la oposición otro, a propósito de una caricatura que vio y le pareció graciosa: “Si en las elecciones participa la oposición, entonces las elecciones no van; si no participa la oposición, sí van. Alerta con eso. Muy Buenos días”.

VI

Para ser tan feminista, como lo demostrará luego en su discurso, la ex Defensora del Pueblo, Gabriela del Mar, luce un vestido que bien podría infartar a cualquiera de sus compañeras de ideología: rosado, corto y con escote. Con todo ese cliché en tela encima, se lanza un discurso en el que todo (to-do) está abordado desde la perspectiva de la mujer. Habla de médicos y médicas, soldados y soldadas. Se va a lo anecdótico y parte de la historia de una casa en Delta Amacuro para hablar de las dificultades que en todos los ámbitos tiene la mujer en sus distintos roles y el trabajo que pasa. De su intervención, el lomito informativo está en la denuncia que hace sobre el estado del violinista Wuilly Arteaga, quien es, informa, la primera víctima de la vice fiscal Harrington y quien, desde que fue aprehendido no ha podido ver a su madre ni tampoco cambiarse de ropa. “Para mí fue muy difícil venir acá y compartir con gente a la que hemos adversado”, admite, para luego explicar que lo hizo, sobre todo, por la Constitución, que, claro, es mujer y madre: la madre de toda la Venezuela, también mujer ella, se entiende.

VII

Julio Borges, que había llegado con una gorra de la Virgen del Valle en la cabeza y se había mostrado cordial y simpático con cuanto orador hablaba en la tribuna, sorpresivamente se lanza un discurso de brega: “Nos toca seguir en las calles luchando”, dice. Menciona de pasada el hecho militar (“que no vengan con cuentos chinos: para mí es claro que la FAN es un reflejo de la crisis”) y pasa a ofrecer su lectura de la situación actual: “Este es un gobierno caído al que solo le importa aferrarse al poder, y cuando eso pasa es que está en las últimas”. Su discurso es interrumpido por la salida de la Fiscal, que se va por la puerta lateral y acompañada de Rodríguez Torres, quien sale a despedirla y decirle sabrá Dios qué. “Estamos en el mejor momento, y cuando se escriba la historia se recordará cómo en estos tiempos difíciles sacamos lo mejor de nosotros”, dice optimista. Para el final se reserva la anécdota de una reunión secreta entre Juan Pablo II y Lech Walesa: “Tienes prohibidas tres cosas”, le habría dicho el papa al líder polaco: “Odiar, matar y rendirte”, enumera Borges. “Y los venezolanos también”, apostilla para cerrar uno de los pocos discursos en los que milagrosamente no se equivocó.

VIII

Miguel Rodríguez Torres es un hombre imperturbable. Si hubiera nacido griego habría pertenecido a la escuela de Zenón de Citio: la del estoicismo. Durante todo el evento fue imposible encontrar en él un gesto de aprobación o de desagrado. Ni siquiera un rictus o una mueca: siempre la misma mirada al frente, siempre la misma expresión impenetrable, siempre ese misterio insondable. Es también un hombre de pocas palabras: de todos los oradores es el único que habla menos de 12 minutos. Arranca explicando la crisis con la que musicalizada podía ser una versión moderna de Songo-le-dio-a-Borondongo: la Fiscal dijo que el TSJ era ilegítimo, el TSJ ilegítimo dijo que la Asamblea estaba en desacato, la Asamblea en desacato declaró la falta del presidente, el presidente faltante se saltó al pueblo con una Constituyente sectaria que terminó destituyendo a la Fiscal. “En este país nadie sabe quién manda: es un país anarquizado y caotizado por la decisión del liderazgo político”, es su diagnóstico. En su opinión no hay vía rápida para resolver la crisis (“cualquier vía rápida nos llevará a errores”) y la única manera que hay para ello es la unidad: “el primer objetivo para salir de todo esto es lograr la unidad superior de todos los venezolanos (…) solo en unidad podremos recuperar esto”. En su discurso las palabras tácticas y estrategia se repiten, así como la jerga militar (“esta crisis es multifactorial y transcompleja”). El giro inesperado lo da al final, cuando habla del espíritu y de su creencia en Dios. “Todo hay que construirlo sobre la roca del amor y del perdón, que no de la impunidad. El gran reto es vacunarnos contra el resentimiento: si no, la guarimba llegará a Miraflores y los de Miraflores se irán a la guarimba”.

IX

Henrique Capriles es el último de los oradores, el responsable del colofón. Blanquísimo como un Michael Jackson cualquiera y flaco como siempre, había llegado embojotado en una chaqueta verde y una gorra tricolor, pero para hablar se desprende de todo ello. Lo que no suelta son sus teléfonos, que los coloca en el podio para transmitir en vivo. Recibe una ovación tremenda, mucho mayor que la de la Fiscal. Aunque el discurso se le queda largo y llega a ser en ocasiones disperso, su núcleo es el mismo de siempre: el de esa mayoría popular y electoral que se empeñó en construir y que una vez obtenida se vio frustrada porque no le permitieron votar razón por la cual tuvo que irse a las calles. “Somos una fuerza popular que quiere elecciones libres y democráticas, que se quiere expresar, pero a la que le han cerrado todas las puertas y por eso ha tenido que lanzarse a las calles”.

De las Fuerzas Armadas dice que sufren lo mismo que el resto del pueblo y que salvo sus altos rangos todos están también pasándola mal. Allí ve a Rodríguez Torres, que le sostiene la mirada pero imperturbable ni asiente ni desmiente. “¡Qué vueltas da la vida!”, exclama, “hoy somos nosotros los que defendemos una constitución que no redactamos”, dice. “No vinimos a defender el proyecto de nadie, sino todo lo contrario: el de todo un país”, aclara.

Cuando el ceremoniero va a advertirle que se le acaba el tiempo, alguien en el público le grita: “¡Déjalo que hable!”. Entonces Capriles recoge la exclamación y aprovecha para quedar bien: “No, señor. Aquí estamos en democracia. No hay privilegiados. Todos somos iguales”, pero igual se toma –“voy a tener que hacer lo de Eustoquio” – casi 15 minutos más en los que reconocerá errores –“aquí se trató también de invisibilizar la mayoría que tuvo el presidente Chávez”–, lamentar la suerte de Venezuela –“este país se está destruyendo, se va al suelo”–, pronosticar catástrofes –“aquí lo que viene es hambre”–, y, sobre todo, lanzar una propuesta seguida de una dura advertencia: “Hagamos un frente común en defensa de la patria: si no lo hacemos, después será tarde. Estamos a un paso de que la gente se aleje de la política”.

Con esas palabras cierra el acto. A los ponentes la Universidad les da una caja con regalos y allí termina todo. En el ambiente queda la advertencia de Capriles que, cuando afuera la gente se lamente de que el golpe no haya sido golpe y su esperanza matutina se haya visto frustrada, entonces se confirmará.  Y eso, como bien advirtió, “sería trágico”.

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