Fusilamiento en el puente (y otras historias)

Demonstrator take cover during clashes at a protest against Venezuela's President Nicolas Maduro's government in Caracas, Venezuela, July 10, 2017. REUTERS/Andres Martinez Casares

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

El mejor termómetro para medir la convocatoria de una marcha es la cola que deja. Y la del sábado pasado marcó una temperatura bajísima. Exactamente quince minutos después de que la marcha arrancara de Parque Cristal, la vida en la Francisco de Miranda era la de cualquier sábado al mediodía: camioneticas y carros transitando, gente caminando, negocios abiertos. No había rastro y ni siquiera sospecha que de allí hubiera salido manifestación alguna. Lo mismo en Altamira: todo estaba absolutamente normal. Fue apenas en Chacao, a mediados de Chacao, y luego de transitar a paso veloz un buen número de cuadras, que el indicio de una marcha se hizo presente: estaban sentadas en un banco dos personas de gorra tricolor. Habría entonces que transitar dos cuadras más para toparse con un par de patrullas que cerraban la calle y luego llegar a Chacaito para encontrarse, allí sí, con la manifestación, que había caminado rapidísimo (otro indicador infalible: marcha grande camina lento) y estaba ya comenzando a bajar a Las Mercedes.

La Alfredo Sadel, su destino final, fue una pequeña reunión de lugares comunes. La vista desde la tarima era desoladora: apenas y un pequeño grupo de personas, inflado por una bandera gigante extendida en toda su dimensión bajo un sol inclemente. Hubo micrófono abierto, cantada de himno, proclamación de consignas y par de discursos de Freddy Guevara y Delsa Solórzano, pero nada reseñable. Solo la comprobación del radical divorcio que hay entre pueblo y dirigencia, en el peor de los momentos posibles.

II

Las malas ideas siempre vienen precedidas de una advertencia. La vida avisa. Y la fotógrafa de pelo largo (imposible reconocerla con todo el equipo anti motín encima) dijo “¿para qué?” inmediatamente antes de que un grupo de casi veinte trabajadores de la prensa decidiéramos cruzar el puente de Las Mercedes. Su pregunta tenía respuesta: lo hacíamos para poder ver algo. Aproximadamente quince minutos tenían enfrentándose en el comienzo de Las Mercedes, por el CVA, un pequeño grupo de la resistencia con otro grupo (pequeño también) de la GNB, luego de concluida la marcha. En ese pésimo punto, donde no hay con qué cubrirse y la GNB desde arriba tiene vista y ángulo para hacer lo que le da la gana, habíamos estado en todos los lugares posibles hasta que terminamos en esa especie de túnel que está debajo de la autopista, desde donde se oía todo y no se veía nada. Y cuando ya la situación pareció calmarse, entonces decidimos cruzar. “¿Para qué?” dijo la fotógrafa de pelo largo, pero igual se vino con nosotros. Y entonces comenzó una andanada de disparos en ráfaga en contra nuestra: desde arriba, la GNB jugaba a fusilarnos.

Los sonidos eran tres y violentos: un ‘po’ seco (el de la detonación), un ‘pin’ metálico (el de cuando los perdigones pegaban de las barandas del puente) y un ‘zzzz’ fugaz (el de cuando pasaban zumbando cerca). Se sucedían incesantemente, en paralelo y por todas partes: así se escuchaba la banda sonora de nuestro ajusticiamiento, a la que se sumaban interjecciones, gritos y exclamaciones. Si lo planificaron o no, eso sería especular, pero lo calcularon bien: comenzaron a disparar en el momento exacto en el que devolverse dejaba de ser opción y cruzar el puente todavía se llevaría tiempo. La aparición de los perdigones tuvo, además, dos efectos físicos: nos encogió a los periodistas (que empezamos a correr agachados y apretándonos unos con otros) y alargó el puente (cuyo trayecto se nos hizo interminable). En el cruce, ardor en la pierna: un perdigonazo. El dolor al momento es intenso, pero puntual y localizado. El jean amortigua bastante y bien. No pasa así con la camisa blanca del periodista español que está a mi lado, que en un instante comienza a teñirse de rojo en la manga del brazo derecho, donde le dieron.

Al otro lado del puente las caras son de desconcierto. Casi nadie entiende y mucho menos cree lo que nos acaba de pasar: nos dispararon desde arriba cruzando un puente. Todos hacemos conteo de daños. Casi todos tenemos algo, pero el más grave es el español, al que atienden los paramédicos. Un fotógrafo joven se quita el casco y enseña la huella que dejaron dos perdigonazos contra éste: le voló la pintura y lo hundió un poco. Él lo ve entre incrédulo y turbado. Entonces, saca un rosario tricolor, lo besa y se lo enrolla en la muñeca.

III

No copiosamente, pero llora. Es una mujer ya mayor, delgada, de pelo corto y canoso, que se lamenta por un nombre que la grabadora no registra pero que pertenece a quien probablemente sea su esposo: un hombre entrado en años al que la GNB, en una redada sorpresa, se acaba de llevar en Colinas de Bello Monte. Y es que luego de perder la pelea en Las Mercedes, un grupo todavía más pequeño de jóvenes encapuchados decidió irse hasta la Principal de Colinas a drenar su frustración: armaron dos endebles barricadas y comenzaron a lanzar piedras contra la autopista, desde donde la GNB, que pasaba cada cierto tiempo por allí, les disparaba perdigones. Durante dos horas, el enfrentamiento fue cíclico y rutinario, pero cuando la prensa comenzó a retirarse, entonces sí la GNB se paró en la autopista y disparó incluso un par de lacrimógenas. Volvió entonces la prensa y con ella una calma de casi veinte minutos, que se vieron interrumpidos por la llegada abrupta de una brigada en moto de la GNB.

La emboscada fue breve pero efectiva, diríase quirúrgica. Aparecieron de repente y atraparon a casi seis jóvenes, algunos de ellos emblemáticos. Allí cayó el que guerreaba con el torso descubierto y se pintaba consignas sobre éste (“No soy guarimbero, soy venezolano”, decía la de su por ahora último día en libertad). Sobreviviente de un sinfín de ataques y emboscadas, cayó probablemente en la manifestación más tonta e innecesaria de todas en las que participó. Le cubrieron el rostro con la bandera tricolor que usaba para manifestar y se lo llevaron entre dos Guardias. Lo mismo a un anciano de pelo blanco, bandana negra y guantes de esqueleto, el hombre por quien la mujer lloraba. En un segundo les cambió la vida a todos. Sin la efervescencia mediática de otrora, con la calle gélida, su detención quedó en anécdota, en denuncia de twitter, en lamento de unos conocidos que ni siquiera sabían bien sus nombres ni a quien avisar.

IV

El muchacho tiembla de la rabia. Respira violentamente, más bien resuella. Tiene un palo en la mano y los ojos fijos en un fotógrafo sobre el que concentra todo su odio y vierte una cantidad inmoderada de insultos. La escena termina siendo la más irracional de una jornada que no se había caracterizado por su moderación. Pero las post-emboscadas (y las post-represiones) son siempre así: momentos de frustración, dolor y rabia, en los que los últimos demonios se terminan de desatar.

Inmediatamente después de la redada de la GNB, Poli-Baruta apareció con dos patrullas para remover los escombros y deshacer las barricadas que trancaban la principal de Colinas. Los que sobrevivieron a la Guardia fueron saliendo uno a uno de sus escondites, y la emprendieron inmediatamente contra los funcionarios de la Policía Municipal. “Cómplices”, “choros”, “vendidos”, les decían; “nosotros hacemos nuestro trabajo”, se justificaban. La situación se tornó entre trágica y cómica cuando de un lado cuatro policías cargaban una lámina de zinc que trancaba la vía para arrojarla al Guaire, y del otro lado un manifestante la jalaba para que no lo hicieran. En la acera, algunos vecinos los seguían increpando.

Fue mientras captaba e inmortalizaba uno de esos momentos, cuando un fotógrafo fue abordado por un muchacho de la resistencia. Que parara inmediatamente, le exigía, que nada de fotos con la cara descubierta, que borrara inmediatamente las que acababa de tomar. Lo que empezó como la ya clásica discusión prensa-resistencia, terminó de repente en una trifulca violenta, en la que al fotógrafo le partieron un palo de madera en el casco mientras otro muchacho le tiraba una de sus dos cámara al suelo. La rápida acción de otro fotógrafo logró recuperar el equipo, pero no así los ánimos, que se caldearon a niveles solares. Hubo amenazas de muerte, insultos y puños. Y aunque  algunos vecinos y periodistas intentaron mediar, la situación no mejoró ni culminó hasta la retirada de toda prensa, que se fue abucheada por algunos y con la promesa de no volver a cubrir Colinas más nunca.

V

Aunque jura que tiene dieciséis, bien podrían ser unos cuantos menos sus años. Por el aspecto, entraría en lo que el estereotipo denominaría “de la calle” y el prejuicio aconsejaría tener lejos. Pero es pilas y simpático. Caminó de Colinas a Chacao con nosotros, se puso todos nuestros cascos y alucinó cuando le dijimos que parecía un asistente técnico. En la puerta de unos chinos nos increpó con gracia: “Na’guará: no tienen plata pa’regalarme una malta, pero sí para tomar cerveza ustedes”. Se la terminó ganando. Del local, pestilente pero barato, se adueñó. Era él quien les silbaba a los chinos para pedirles más rondas, en las que aprovechaba para meter de contrabando en la orden una malta (otra) para él. Pero no abusaba. Lo hacía con gracia. “Ese pana lo que pasa es que estaba periqueado”, nos dijo sobre el de Colinas. “Y allá se quedaron dándole una coñaza por eso que le hizo al fotógrafo”. Contó que había estado preso varias veces, pero que siempre lo soltaban por ser menor, aunque con unos cuantos golpes encima. Fue uno de los que cayó en aquel famoso autobús anaranjado detenido en Plaza Venezuela un sábado. En su versión, un infiltrado de la resistencia, que insultó desde el bus a unos PNB, fue el culpable de todo. Dijo que vio torturas y hasta una cosa peor en la sede de la policía política, pero todo tan difícil de confirmar como su edad o la historia de que vive en Chacao con toda su familia y que cuando no guarimbea cursa III año de un bachillerato del que no parece tener noción. Lo cierto es que era simpático, cargó unas cuantas maltas a la cuenta, y, como siempre, ninguno sabe si lo volverá a ver.

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