RESEÑA: A Beautiful Mind

Semanas antes de que el Nobel de Economía de 1994 fuese anunciado, dos matemáticos –Harold W. Kuhn y John Forbes Nash– visitaron a un antiguo maestro: Albert W. Tucker. El señor Nash no había hablado con su mentor en años y aprovechó el momento para dialogar sobre la pasión que los había emparentado tiempo atrás: los números. Cuando John salió de la habitación en la que estaban conversando, el señor Kuhn aprovechó para decirle un secreto al maestro Tucker: sin saberlo, Nash estaba a punto de ser reconocido por la Academia Sueca como ganador del premio Nobel. ¿La razón? Un trabajo académico, realizado 45 años atrás, que había revolucionado la economía.

El premio era un milagro. No sólo por el hecho de que Nash, uno de los matemáticos más destacados de la postguerra, fuese a recibir el reconocimiento por un texto escrito casi medio siglo atrás, cuando apenas tenía 21 años. El verdadero milagro era que ese señor estuviese vivo y en condiciones para aceptar el galardón. Y es que John Forbes Nash estuvo afectado durante gran parte de su vida por una enfermedad que había puesto su existencia patas arriba: esquizofrenia paranoide. El padecimiento lo empezó a aquejar a finales de los cincuenta y no había sido sino hasta mediados de los ochenta cuando, poco a poco, pudo comenzar a recomponer su otrora rutina. Su último trabajo científico tenía fecha de 1958 y su última publicación académica databa de 1959, pero poco importaba: John Nash, en 1994, iba a recibir el premio Nobel de Economía.

La historia, asombrosa, captó la atención de la periodista Sylvia Nasar, quien publicó un magnífico texto el 13 de noviembre de aquel año en The New York Times. Un escrito que hemos parafraseado y traducido para darle inicio a este texto y que dio pie a una indagación más profunda por parte de la escritora: la vida del matemático conmovió tanto a Nasar que la impidió dejar la investigación hasta allí, por lo que cuatro años más tarde publicaría una biografía titulada A Beautiful Mind.

El éxito de aquella obra –nominada al Pulitzer– llevaría la historia del matemático a la gran pantalla y Nash se convertiría en toda una figura mediática. La cinta, dirigida por Ron Howard y protagonizada por un monumental Russell Crowe –ganador del Oscar por Gladiador en el año 2000 y merecedor del Globo de Oro, el SAG y el BAFTA por su adaptación del genio de las matemáticas en 2001– fue considerada la película del año según la Academia. No obstante, imprecisiones biográficas dividieron a la crítica y abrieron el eterno debate: ‘El libro siempre es mejor que la película’.

“El film es una interpretación sobre cómo un caso de enfermedad mental puede desenvolverse. Es artístico y no describe con precisión la naturaleza de las ilusiones que estuvieron en mi vida. La película tiene a alguien que ve personas imaginarias y eso no es un síntoma característico de la esquizofrenia, pero da una idea de cómo son las ilusiones. Es más común que una persona oiga voces, que hable con espíritus, pero no puedes ilustrar bien eso en una película. Es decir, si la película muestra a un personaje que puede ser visto, el espectador puede entender mejor la enfermedad. Esto puede ocurrir (ver personas imaginarias), pero es una forma menos común del trastorno”, dijo el propio Nash en una entrevista para la web oficial del Premio Nobel.

La declaración resulta un gran baremo para medir la veracidad de la obra de Howard. El matemático reconoció que la película tenía errores y se había tomado ciertas licencias, pero aquello era sólo una forma de agregarle los ingredientes necesarios –suspenso y entretenimiento– para que el film tuviese éxito. Fue difícil de aceptar al principio, pero Nash se rindió ante el hecho de que lo que proyectarían en las salas de cine sería una película y no un documental.

Esas licencias le permitieron al guionista ocultar los aspectos menos glamorosos de la vida del matemático (sus experiencias homosexuales, un hijo fuera del matrimonio y su difícil divorcio con Alicia Lardé) y agregar eventos que edulcoraran la historia (como la ceremonia de los bolígrafos y el conmovedor discurso al recibir el Premio Nobel).

Sin embargo, más allá de acontecimientos suprimidos o inventados, A Beautiful Mind es un film que logra su cometido: llevar a la gran pantalla un drama capaz de conmover a cualquiera, bajo el sustento de una vida que vale la pena contar. En el libro, en la película y en la vida real, la biografía de John Nash puede resumirse como la carrera profesional de un genio, que para resolver el problema más importante de su vida (valga el cliché), contó con el apoyo de una mujer encomiable: Alicia Lardé –interpretada por una fantástica Jennifer Connelly, ganadora del Oscar a mejor actriz de reparto por su papel en la cinta–.

Por ello, A Beautiful Mind es (también) una historia de amor incondicional. El relato de una esposa capaz de lidiar con una relación trastocada afectiva, psicológica y sexualmente, con el fin de ayudar a su marido a superar una enfermedad maldita, para lo que no hay cura, pero cuyo tratamiento más efectivo tiene como principal componente el calor humano.

“Solo estoy aquí por ti esta noche, eres mi razón, eres todas mis razones, gracias”, le dice Nash a Lardé al final del largometraje para agradecerle, durante la ceremonia del Premio Nobel de 1994, todo el apoyo recibido durante los años más oscuros de la enfermedad. Y aunque en la vida real no haya existido tal discurso y un divorcio haya separado brevemente su camino (desde 1962 hasta 1970), John y Alicia vivieron juntos toda una vida y volvieron a contraer nupcias en 2001. Aquella ceremonia, hay que decirlo, no hizo sino formalizar lo que estaba sobreentendido: no podían vivir el uno sin el otro.

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