RESEÑA: Nightcrawler

Nightcrawler trata, entre otras cosas, sobre el lado oscuro del (foto)periodismo. Tras ver la cinta del debutante Dan Gilroy es inevitable acordarse de la pregunta que hicimos en la serie #OJOConLosFotógrafos: ¿Tiene cabida la manipulación digital de las imágenes? En ese momento, todos coincidieron en que, a la hora de producir contenido noticioso, más allá de unos retoques de contraste e iluminación, el photoshop estaba prohibido. Al fin y al cabo, era información y no arte. Contenido noticioso, por encima de lo estético.

La pregunta hacía referencia a un tema de postproducción, a algo que ocurría después de haber tomado la foto, pero Miguel Gutiérrez (EFE) fue más allá e hizo una denuncia estremecedora: “Me ha tocado presenciar compañeros que manipulan una escena antes de fotografiarla: ‘ponte así, mira para acá’. Y es como: ‘oh, no. Eso no se hace’. Nosotros, como periodistas, podemos decirle a un atravesado: ‘quítate’. Pero no podemos manipular la escena o montarla. Yo no milito con eso. Y he visto compañeros que recurren a esa práctica de montar la olla”.

Montar la olla es, precisamente, lo que hace Lou Bloom, protagonista de Nightcrawler. Interpretado por un magistral Jake Gyllenhaal, la construcción de este personaje gira en torno a una de las preocupaciones más perturbadoras del ser humano: alcanzar el éxito. Para ello, muchos han apelado a la máxima maquiavélica, convencidos de que el fin justifica los medios. Bloom, que llevaba a cuestas el peso del fracaso, se da cuenta de que como reportero freelance no sólo puede ganarse la vida, sino que tiene con qué llegar a ser el number one. Qué importa si por el camino debe, incluso, crear sus propias escenas.

La transformación de Gyllenhaal es gradual, verosímil y pavorosa. Su desarrollo a lo largo de la película expone cómo el reconocimiento y el dinero pueden corroer una personalidad hasta el punto de desembocar en el desprecio por los demás seres humanos. Sólo el más fuerte sobrevive, y poca importancia tienen los asuntos morales. La obsesión por el triunfo todo lo puede. Hay que competir y hacerlo sin escrúpulos. Entre esas ideas se mueve Bloom.

Nightcrawler es, al mismo tiempo, una crítica a los medios de comunicación y a la sociedad en general. Los primeros se vuelven amarillistas, sí, pero se debe a que lo que más vende, lo que más clicks genera, no es el periodismo de largo aliento, las investigaciones acuciosas, sino el sexo, la sangre, el sensacionalismo y Kim Kardashian en traje de baño.

“El lector está obligando a los medios a ser surrealista. Entonces ellos nos obligan a usar esas herramientas para resaltar los colores, los cielos. Y se está volviendo todo muy surrealista. Te paras y miras el cielo y dices: yo nunca he visto un cielo así”, dijo Juan Barreto, fotógrafo de AFP, en una de las entrevistas antes mencionadas. El diagnóstico no ha podido ser más certero. La información es una mercancía y los medios han procurado que su negocio sea rentable.

“If it bleeds, it leads”, es la frase que le dice un experimentado reportero a Lou Bloom al principio del film y es también la línea del guion que resume lo que quiere transmitir la película. La sangre vende y para buscarla, muchos están dispuestos a hacer cualquier cosa.

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