RESEÑA: “No me voy de Venezuela porque aquí me siento útil”

Por: Ezequiel Abdala |  @eaa1717

Y entonces Roberto Mata se quebró. Tenía rato guapeando, pero con la última foto se desmoronó. Estuvo conmovido desde el principio, cuando mostró el retrato de un Guillermo Dávila cuya pose y semblante eran los del ídolo que fue. Para la ocasión, Mata tenía una presentación milimétricamente estructurada, con podio y guion, en la que comentaba las fotos más significativas de su carrera. La ocasión era su presentación en Pechakucha, un evento (más bien reto) en el que diez ponentes, en solitarios monólogos de siete minutos, exponen proyectos, ideas y emprendimientos ‘made in’ Venezuela. En un Teatro Chacao a reventar (sold out, que dicen los gringos) se llevó a cabo la sexta edición, el pasado 02 de noviembre. En ella, un actor (Marcel Serrano) contó cómo logró hacer que la vocación fuera rentable y pagara las facturas; una doctora (Ariana Benfele) mostró un programa de atención gratuita a comunidades rurales; una humorista (Nadia María) enseñó sin complejo sus kilos y habló de la forma en la que los convirtió en fortaleza; un educador (Juan Maragall) diseccionó nuestra (catastrófica) situación educativa y un abogado (Manuel Reyna) enseñó el par de escuelas, que con pura inversión privada, ha levantado llano adentro; una agricultora embarazada (Anni Bolotín) hizo una apología del campo citando a Audrey Hepburn; un museólogo Luis Ra Bergolla usó ‘Las Ítacas’, de Cavafis, para invitar a recorrer Caracas a pie; un músico (Gabriel Figueira) recordó cantando que hoy todo puede cambiar y solo una brújula hay: el corazón; un librero prodigioso (Garcilaso Pumar) quien ostenta el improbable mérito de multiplicar (y hacer rentables) librerías, disertó sobre cómo vender pañuelos mientras todos lloran; una líder comunitaria (Elizabeth Barreto) narró la manera en la que la vida, tras el asesinato de su único hijo, le regaló decenas de ellos; y un fotógrafo (Roberto Mata) se quebró. “Yo no me voy de Venezuela porque aquí me siento útil” fue la frase que lo rajó. A él y al teatro entero. Y así logró traducir (y traslucir) el misterio que hay tras la japonesa Pechakucha: un grupo de gente que (aun hoy) se siente (y es) útil en Venezuela.

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