El país de las colas

Por: Juan Ignacio Sanoja | @JuanSanoja

–¿La cero? ¿Seguro?
–Sí –contesto.
De paso por un centro comercial en el este caraqueño, aprovecho para tachar una tareíta pendiente del to-do-list: debo cortarme el pelo. Entro en la primera peluquería que me encuentro y le pregunto a la encargada si allí me pueden pasar la máquina. Me dice que sí y me refiere con una señora de unos cuarenta años que, antes de empezar con el corte, me consulta si estoy seguro de mi elección. Le respondo que sí y ella empieza con la rapada. Treinta segundos después, la peluquera queda paralizada: por la vidriera ha visto a alguien conocido.
–Ahí pasó el señor. Pensé que me estaba buscando –dice volteando la cabeza hacia atrás, donde una compañera le hace las uñas a una cincuentona–. ¿Vas a ir a la cuestión?
–¿Qué cuestión? –responde, lima en mano, la colega.
–El entierro del muchacho.
–¿Cuándo es?
–Hoy.
–¿A qué hora?
–Iba a ser a las 3, pero lo rodaron para las 4 porque y que… y que no había espacio. ¡Tú sabes que en este país hay que hacer cola pa’ todo! ¡Hasta dónde hemos llegado! Hacer cola hasta pa’ morirse… Qué digo, hasta para… cómo se llama… para que lo velen a uno –dice la señora al tiempo que voltea para seguir con el corte que había dejado por la mitad–. ¿Qué le parece?
Asombrado, recibo la pregunta de la peluquera y no tengo más respuesta que subir las cejas, abrir de par en par los ojos y hacer una mueca de “qué-quiere-que-le-diga”.

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