Imágenes acosadoras

Por: Diego Alejandro Torres Pantin | @sr_mowgli

Estoy seguro de que no soy el único venezolano harto de sentir el bombardeo de las imágenes “oficiales”. Esas que  muestran a un país perfecto, alegre, danzarín, donde todos son amigos desde la infancia, las familias (en ninguna de las cuáles hay catires) son sólidas y, por supuesto, disfrutan de la vida socialista. Esas que abundan en las redes sociales, en la calle, en la TV, en la radio, en los museos ¡en toda Venezuela!

Es una realidad evidente: la propaganda política nos ha invadido por completo. La firma de Chávez, su mirada, su rostro, toda su imagen, se ha convertido en ícono, y es imposible escapar de ella. No faltan tampoco las imágenes que muestran a esa Venezuela utópica, heroica y socialista que, como todos sabemos, nada tiene que ver con la realidad. Con las segundas siempre me hago la misma pregunta: ¿ellos piensan que nosotros somos estúpidos?

La pregunta no es retórica, y el adjetivo no es de adorno: realmente tengo esa duda. La correspondencia entre la realidad y  la propaganda oficialista es similar a la que hay entre una pulga y un elefante. Entonces ¿por qué lo hacen, qué resultado esperan obtener? Pareciera que es un despliegue técnico dedicado al cinismo, ante el que cabe preguntar si no es, más bien, una burla: un chiste gracioso para ellos y cruel para nosotros.

Hacen parecer que aquel ser que nos dejó como herencia un paraíso para delincuentes fuera una especie de deidad. Están aquí, están allá, están más allá, están al lado, están en todas partes. Como un Gran Hermano. Un par de ojos que todo lo ven. Seguro que no soy el único al que le resulta asqueroso.

La estética totalitaria: En la masividad y en la singularidad

Esta tragedia es una parodia, y sus imágenes también. El totalitarismo pretende abarcar cada ámbito social, estar en todas las áreas de la vida humana para controlar al individuo mediante la ideología y el miedo. La filósofa italiana Simona Forti lo define como la “Situación política en la que un único partido ha conquistado el monopolio del poder del Estado y ha sometido a toda la sociedad, recurriendo a un uso total y terrorista de la violencia y otorgando un papel central a la ideología”.

Entendido ese “pequeño detalle” se puede comprender el objetivo del régimen: crear una cultura con base en lo emocional en lugar de lo racional. Necesita que el ciudadano esté enamorado de la revolución (o reprimido por ella); tanto, que no le importe la escasez, la inseguridad, la inflación. Y si la alienación no es posible, al menos fingirla. En ese proceso la imagen es fundamental.

En el siglo XX los gobiernos totalitarios –la U.R.S.S, la Alemania Nazi, la Italia Fascista, la China Maoísta, etc- emprendieron enormes campañas mediáticas con el mismo objetivo. Produjeron imágenes propagandísticas en masa aludiendo a la emocionalidad de sus poblaciones, las cuales mostraban una visión idílica de sus  respectivos procesos políticos. De ahí nació lo que se conoce como kitsch.

En la introducción del libro Arte y propaganda en el siglo XX, de Toby Clark, se comenta que el crítico Clement Greenberg denunció lo que se conoce como el kitsch, elemento presente “tanto en la cultura de masas americana como en el populista arte oficial de la Alemania nazi y la Unión Soviética “. En general, ese es un término que se refiere a las imágenes producidas en masa, de carácter meramente emocional, clichés, y cuya presencia excesiva las vuelve desagradables. Llegan a ser feas, y no feas como las pinturas de Caravaggio, sino repulsivas.

Venezuela’s President and presidential candidate Hugo Chavez speaks in the rain during his closing campaign rally in Caracas October 4, 2012. REUTERS/Jorge Silva (VENEZUELA – Tags: POLITICS ELECTIONS)

Veamos un ejemplo del kitsch oficial. La famosa fotografía de Chávez hecha por el mexicano Jorge Silva en el cierre de campaña del 2012 es un trabajo muy bien logrado, que, según su autor, le tomó 10 años: la lluvia es un elemento melodramático; la paleta de colores es medio gris, lo cual acentúa las emociones de tristeza; y el gesto con la cabeza hacia arriba con la luz cenital le da un tono épico; además, sostiene un rosario: es casi sacramental. No en vano se usó en muchísimos ejemplos de la propaganda. Si mal no recuerdo, en el portal web de la OPSU estaba con la siguiente frase: “Nos empapamos de una lluvia de amor y de patria que no escarpó jamás”. Es difícil soportar un contenido tan cursi, por eso es que se mantiene en mi memoria.

Al recordar las elecciones parlamentarias del 2015 suele venir a la mente una cuña televisiva en la que unos motorizados decían estar del lado del pueblo, y que iban a ganar la Asamblea como sea; es decir, de cualquier forma que considerasen necesaria. Si tomamos en cuenta que aquí se les asocia con los delincuentes ¿qué creen que buscaban expresar? ¿Cuál era el límite de ese “como sea”? La intimidación subyace en su discurso kitsch, aunque ellos no lo quieran admitir.

Graffitis con frases antiimperialistas, cuñas televisivas llenas de “sabor socialista”  o “informes” radiales, todos hartan nuestra existencia. Si las comparamos con sus antecesoras, es fácil notar sus similitudes. No puedo  dar ejemplos y ejemplos, esa labor tomaría años. Pero puedo decir que lo heroico, lo nacionalista, lo exagerado y lo intimidante siempre están presentes de forma kitsch. Solo que aquí le han dado un toque más tropical, un tanto más adaptado a la sociedad venezolana.

Vivimos una tragedia dickdiana. Es como si hubiera una doble Venezuela. La material, donde la vida ha adquirido tintes infernales, y otra distinta, una pseudo realidad, como lo diría Philiph K Dick, autor de ciencia ficción cuyos libros han inspirados filmes como Blade Runner, Minority Repport o Total Recall. Toda su obra está marcada por el mismo conflicto: las dudas sobre la realidad misma. Seres que no saben si son robots o humanos, recuerdos implantados o simulaciones virtuales: tenía pánico de no existir, o peor, tomar por real un mundo artificial. En su ensayo Cómo construir un universo que no se derrumbe en dos días, comenta que en la modernidad los grupos de poder -partidos políticos, estados, instituciones religiosas, etc- crean mundos ficticios que envuelven a los individuos, cuyo efecto es devastador para la sociedad.

La herramienta básica para la manipulación de la realidad son las palabras. Si puedes controlar el significado de las palabras, puedes controlar a la gente (…) Pero otro modo de controlar las mentes de las personas es controlar sus percepciones (…) La comprensión sigue a la percepción. ¿Cómo consigues que vean la realidad como tú la ves? (…). Las imágenes son un componente básico: escenas (…) Las palabras y las imágenes están sincronizadas. (…) Ver la televisión es una forma de aprender mientras se duerme (…) El grueso de la información elude nuestra atención.

¿Será que acaso ellos pretenden que nosotros percibamos la realidad utópica que presentan en sus propagandas? Quizás. Puede que busquen el sentimiento romántico en algunos casos, y, en otros, puede que se estén burlando del ciudadano común. Sea como sea, lo cierto es que hay otra frase de Dick que resulta apropiada para esta ocasión: “La realidad es lo que no se esfuma cuando dejas de creer en ello”.

No importa cuántas veces esas imágenes contradigan la vida cotidiana, la realidad está allí. Suponiendo que lograsen la alucinación colectiva (probablemente, mediante un uso masivo de alucinógenos en  toda la población), los problemas no se irán por eso. El show mediático es solo una máscara que  exalta su imaginario porque no pueden admitir el desastre: unas veces se burla de nosotros, otras inculca falacias, y otras  intimida. El kitsch no tiene ningún efecto que contrarreste la pesadilla que estamos viviendo. Seguirá creando ilusiones, adoctrinando a pocos y asqueando a muchos, y, quizás, acobardando a unos cuantos, pero lo cierto es que una imagen no tiene influencia en el mundo real. No nos dejemos engañar por su acoso.

 

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