Guerra de pranes en PDVSA

De cuello blanco (o rojo) pero pranes. Hombres poderosos, que llegaron a la cima de la mayor empresa petrolera del país, la quebraron y ahora, venido el tiempo de las vacas flacas, los matan a dentelladas. Lo que con un barniz institucional –imputación de la (f) Fiscalía, discurso del dictador– se quiere hacer pasar como un acto de justicia y adecentamiento, no es más que un episodio –vomitivo y asqueroso– de una guerra ‘gansteril’ por el control de los despojos –de lo poco que queda– de la gallinita de los huevos de oro de la nación, PDVSA, saqueada y arrasada con una ferocidad que ni los hunos de Atila. La proeza de quebrar a la segunda empresa de Latinoamérica y la número 39 del mundo, recae, en principio, sobre los hombros –y bolsillos– de un ingeniero mecánico llamado Rafael Darío Ramírez Carreño, quien la malpresidió por una década (2004-2014), un ingeniero geofísico llamado Eulogio Antonio Del Pinto Díaz, quien hizo lo propio por tres años (2014-2017), y un ingeniero químico llamado Nelson Martínez, quien solo estuvo tres meses al frente (agosto-noviembre de 2017). Esas son las cabezas visibles, las puntas de un ‘iceberg’ de corrupción muchísimo mayor, en el que no sólo hay gerentes, cuadros altos y medios, y demás personal de la empresa (que también), sino, sobre todo, un sistema político cuyo financiamiento –narcotráfico y demás actividades ilegales aparte– ha sido garantizado –requisito ‘sine qua non’– por la desprofesionalización de PDVSA. Pasemos de lo anecdótico –las acusaciones del (f) Fiscal– a lo fundamental: PDVSA lleva por lo menos 15 años convertida en la caja chica de la revolución. En llave con el BCV es la que ha financiado las fortunas de los jerarcas y las baratijas que se le han regalado al pueblo en este sistema clientelar que padecemos. Todo lo que ha pasado en esta empresa ha sucedido al amparo (y bajo la necesidad) de la revolución. Lo de sus presidentes y gerentes recientemente detenido no es más que aquello que en lenguaje carcelario –el propio para hablar de esto– se conoce como “cambio de carro”: el destronamiento de un pran por otro. Eso es todo: pasó la era de los ingenieros, y llegó la de los militares.

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