Selfie: la atención por la atención

Por: Diego Alejandro Torres Pantin

Tengo la impresión de que hoy en día se hacen selfies sin saber por qué, de que todos lo hacen casi mecánicamente. Cada vez que lo pienso me viene a la mente una anécdota universitaria: Mientras una profesora daba su clase, tres chicas se hacían una foto para colgar en  sus redes. Lo chistoso no fue eso, sino que  cuando ella les llamó la atención con un “¿Disculpen?” una de ellas le respondió “Profe, ¿quiere tomarse una foto con nosotras?”. Supongo que es fácil adivinar cómo reaccionó la docente.

Esa anécdota divierte, pero no extraña: el selfie ahora es omnipotente. Para muchos jóvenes, es un requisito obligatorio cuando van al cine, a comer, a la playa, a la Universidad… Hay chicas que sienten la necesidad de hacerse uno en cada sitio al que van, y también varios varones. Y claro, sin su público esto no tendría razón de ser, porque su objetivo es obtener todo el prestigio digital posible (es un secreto a gritos ensordecedores). Es una especie de ritual que amerita hacerse en todos lados. Está bien sacarse una foto para recordar un momento especial pero… ¿por qué en el baño? ¿Y por qué tantas? ¿Y por qué todo el tiempo?

Quizás sea posible comprender el porqué. Erich Fromm, famoso psicólogo del siglo XX, sostiene en el tercer capítulo de su libro El miedo a la libertad que el fenómeno de la búsqueda de reconocimiento apareció en la época del Renacimiento debido al naciente capitalismo que surgía en las ciudades estado italianas tras las cruzadas. El movimiento social y económico se hizo más intenso,  y apareció también el ideal de producción, lo cual originó lo que hoy se conoce como competencia. Nació la necesidad de la trascendencia y el hombre empezó a buscar el prestigio social. Según sostiene Fromm:

Esta inseguridad, subyacente, consecuencia de la posición del individuo aislado en un mundo hostil, fue (…) peculiar en el individuo del Renacimiento, y no se haya presente, (…)  en el miembro de la estructura social del Medioevo: su apasionado  anhelo de fama. Si el significado de la vida se ha tornado dudoso, si las relaciones con los otros ya no ofrecen seguridad, entonces la fama es un medio acallar las propias dudas”.

Retratarse a sí mismo como arte

El selfie nunca ha pretendido tener valor estético. Sin embargo, hay una diferencia muy grande entre el acto de hacerse un selfie y hacerse un autorretrato. Para empezar, podemos comentar que éste tiene años de tradición en Occidente: desde la época del Renacimiento, los pintores –y a partir del siglo XX, también los fotógrafos- han dejado al mundo la imagen de su rostro en algunas de sus obras. Aquí en Venezuela tenemos un caso muy particular: el archiconocido Vasco Szinetar.

Szinetar empezó su proyecto en 1982, cuando se realizó un autorretrato en el espejo junto a Jorge Luis Borges en Caracas. Entonces se percató de que la fotografía tiene la posibilidad de expresar la identidad individual de las personas, incluyendo también la suya. Desde ese momento, se ha dedicado a hacer instantáneas a escritores, artistas y personalidades de toda índole, en una serie que continúa hasta nuestros días, y que le ha convertido en una figura de referencia, tanto por el público como por la crítica.

Vasco Szinetar y Jorge Luis Borges

Cada una de sus fotos tiene lugar en la intimidad, ya que busca lo primigenio de toda persona. Casi siempre está presente el propio fotógrafo, debido a que el compañerismo acentúa el ambiente de sinceridad. Y además, están sus interesantes juegos compositivos: algunas de sus fotos están inclinadas -cualidad de lo dinámico-; a veces la propia carne se usa como un encuadre natural; y su co-protagonismo a veces le deja a él desde un ángulo más pequeño, dándole una apariencia fantasmal, que vela por el bienestar del resultado. Vasco ha logrado crear su sello distintivo valiéndose de métodos sencillos, pero eficaces. No necesita un gran despliegue técnico para crear una obra de arte.

Szinetar comentaba en una entrevista que le realizó Andrea Tosta para El Estímulo que la foto con Borges le hizo ver el intenso peso que una personalidad semejante conllevaba. Se percató de que una persona no solo es un sujeto, sino también un símbolo, una carga de significados creada por su propia obra, y, en parte, es ese el origen de su trabajo: hacer visible el estado natural de los seres que han triunfado gracias a su intelecto. Es por ello que este artista ha diseñado una poética de la espontaneidad. Él mismo afirma que su propia imagen es central en su obra -pese a que muchas veces ésta no es el principal foco visual-, ya que es, en sí, una expresión de su propio ímpetu cosmopolita, un registro artístico del pasó de sus años disfrutando de la cultura que diseñan los modelos de sus fotografías. Podemos apreciar así su historia personal, y, al mismo tiempo, la historia reciente de nuestra cultura.

Vasco Szinetar y Emil Cioran

¿Quién dijo que el autorretrato no puede ser arte? El problema no es el género. El caso de Szinetar es muy emblemático actualmente, pero, de hecho, la historia del arte está plagada de casos. Tiziano, Caravaggio, Rembrant, Vang Gogh, Dalí, todos ellos mostraron su imagen en algunas sus pinturas, cada uno siguiendo la tendencia a la que pertenecía. Generalmente, el artista ha pretendido usar ese recurso para representarse de forma serena, con ojos penetrantes que miran al espectador. Y sea cual sea el motivo que les llevó a realizarlos, todos ellos han tenido su técnica bien pensada, la marca de sus estilos característicos, y una múltiple posibilidad de lectura, a diferencia de los simples selfies que se realizan sin ton ni son hoy en día.

¿Cuáles son los límites del narcisismo?

El selfie no persigue ningún objetivo artístico -lo cual no tiene nada de  malo-, pero es un ejemplo masificado de la vanidad de toda una generación. Su discurso se centra grotescamente en el Yo, y siempre dice exactamente lo mismo: “Soy hermosa”, “soy genial”, “soy muy interesante e inteligente”, “simplemente deja tu like”. Su objetivo es la aprobación social, recibe mucha atención y expresa poco, y es una manifestación del gusto de la fama por la fama.  Erich Fromm, en el segundo capítulo de El Arte de Amar, dedica unas palabras muy pertinentes para hablar de esto:

La persona egoísta solo se interesa por sí misma, desea todo para sí misma, no siente placer en dar sino únicamente en tomar (…). El egoísmo y el amor a sí mismo, lejos de ser idénticos, son realmente opuestos. El individuo egoísta no se ama demasiado, sino muy poco; en realidad, se odia. Tal falta de cariño y cuidado por sí mismo, que no es sino la expresión de su falta de productividad, lo deja vacío y frustrado (…). Parece preocuparse demasiado por sí mismo, pero en realidad, solo realiza un fracasado intento de disimular y compensar su incapacidad de cuidar su propio ser”.

Pareciera que el selfie surge de una necesidad casi similar a la de las drogas. Tiene sentido. Si el anhelo de fama apareció en el Renacimiento, cuando el movimiento dinámico del mundo apenas estaba naciendo, ¿qué se puede esperar de una época en la que la moda cambia de un día para otro? ¿Qué se puede esperar de una época en la que una noticia que ocurre en Japón puede llegar  a Noruega al instante? Es esa una respuesta a la angustiante demanda de velocidad de estos tiempos.

Sorprende ver lo que son capaces de hacer algunas personas por un selfie. A veces agregan en el anunciado de la foto frases “profundas” para dar una apariencia de intelectualidad y de espíritu poético (pero es solo eso, una apariencia); otras, buscan afanadamente hacerse una foto junto a un famoso, pero no con la misma intención que Vasco Szinetar;  y en otras oportunidades llegan a extremos insospechados.

En un artículo de la BBC se habla del caso del ruso Andrey Retrovky, el adolescente que falleció tras caerse de un edificio mientras lo escalaba para hacerse un selfie, hecho que motivó al gobierno de Rusia a hacer una campaña online al respecto. Y como ése, están también los casos de David González López, corneado por un toro en España; y de Anna Ursu, electrocutada por subirse al techo de un tren en Rumania.  Según otro reporte del mismo portal, en el 2014 se registraron quince casos de muertes por selfie, en el 2015 treinta y nueve, en el 2016 setenta y tres. ¿Y en el 2017? No es necesario buscar fuentes para tener una certeza, y solo basta decir que este fenómeno está mucho más documentado de lo que aquí expongo. Ahora yo pregunto: ¿realmente es tan importante arriesgar la vida para eso?

No diré que el selfie es “una degradación cultural”, o que pondrá fin al arte fotográfico, porque obviamente eso no va a pasar. Muchas muestras de egocentrismo se han dado a lo largo de la historia. Pero me parece alarmante la masividad de una práctica tan vacía como ésta, en especial al tener en cuenta que hay gente que ha fallecido por ella.

Si te has sentido identificado/a con lo escrito, no te alarmes, reflexiona. La cantidad tiende a hablar de cuán grave o minúsculo es cada caso. Solo date cuenta de que no es lo mismo tener conciencia del momento, del lugar y del motivo de una determinada acción, a hacerla irreflexivamente por simple moda. Vasco Szinetar sabe por qué se hace autorretratos juntos a escritores e intelectuales, sabe que no cualquiera puede hacerse una foto junto  a él, y, a decir verdad, dudo que sus modelos hayan llegado a donde están buscando halagos en redes sociales con labios de pez. Piénsalo.

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