¡FELIZ NAVIDAD!

Fue el gran antes y después de la historia de la humanidad. Al menos, de la que conocemos. El hecho que la dividió en dos, y a partir del cual se empezaron a medir los años. El arte, la pintura y la música lo han hecho lucir esplendoroso. Nuestros aguinaldos también. Que nació cubierto de flores, canta uno. Que venía del Ávila bien arropadito, o que su cuna estaba alumbrada por destellos radiantes luz, cuentan otros. Sin embargo, según el relato de Lucas, el acontecimiento fue más bien pobre: un hombre y su mujer embarazada peregrinaban para cumplir con el empadronamiento ordenado por el César, cuando a ella le vinieron los dolores de parto. No encontraron posada en ningún sitio, así que el alumbramiento hubo de suceder en un establo. El pesebre, ese recipiente donde come el ganado, fue lo que el niño, nacido en la más absoluta pobreza, tuvo por cuna. ¿Dónde estuvo la grandeza de este hecho para lograr cambiar la historia del mundo? Hace diez años, difícilmente hubiéramos podido responder a ello. Ahora, sin embargo, algo entendemos. Son tiempos de verdadera desgracia y ruina en Venezuela: hay pobreza, hambre y una infeliz dictadura. Hoy, a nosotros, también se nos cierran todas las puertas. El sufrimiento de los hambrientos, de los que comen de la basura, la desesperación de los padres que no consiguen alimento para sus hijos, la de todos aquellos que no encuentran medicinas, de los que mueren por un antibiótico, de los que lloran a un ser querido asesinado por el hampa o por alguno de los organismos de seguridad de la dictadura, la soledad de los que tienen a los suyos lejos, bien sea fuera del país o en una celda inmunda, ese lamento desesperado es una tiniebla tan oscura como la noche que cubrió a aquella pobre familia en Belén. Al contemplarlos a ellos, al volver a esa escena inicial, surge, sin embargo, una certeza: que la esperanza puede nacer, y de hecho nace, en medio de las condiciones más precarias; y que aún en la soledad más profunda, en medio de todas las adversidades, de algo tan pequeño y frágil como un bebé sin cuna puede venir la salvación. ¡FELIZ NAVIDAD!, les decimos, y no lo hacemos como lugar común, sino con el sentido más profundo y cristiano del término, para que hoy, como hace dos milenios, en medio de esta noche oscura, triste y pobre que vivimos, nazca en ustedes la esperanza y no se dejen vencer ni intimidar por el poder temporal y la soberbia de nuestros Césares y Herodes criollos, porque nosotros, lo prometemos, tampoco lo haremos. ¡FELIZ NAVIDAD!

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