Historia de un periodista arruinado por el socialismo

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Aunque por sus venas corren sangre libanesa y portuguesa, el periodista nunca ha sabido cómo hacer negocios, asunto para el que es absolutamente incompetente. A pesar de esta sangre, tampoco le vino de cuna dinero alguno, aunque sería faltarle a la verdad decir que ha pasado trabajo. Como en la canción de Rubén Blades, sus padres se esmeraron en darle, dentro de sus posibilidades, lo que ellos nunca tuvieron, que nunca fue demasiado pero sí suficiente. El bachillerato lo estudió en un colegio privado y con algún prestigio, al que pudo ingresar gracias al programa de becas que tenían. La universidad, también privada, la estudió con beca el primer año y luego con un sistema de crédito educativo que le financió a préstamo la mitad de la matrícula, y que luego, cuando se graduó y le tocó pagar, le exoneró un porcentaje considerable de la deuda por haber sido el tercer mejor promedio de su promoción. Allí aprendió que había una cosa llamada mérito, que se ganaba a base de esfuerzo propio y que rendía sus frutos.

Su primer contacto con el mundo laboral fue en V año de bachillerato, en cuyo último lapso su colegio estipulaba que todos hicieran pasantías. Las realizó en una empresa de café que luego fue expropiada, en la que, a falta de hallar qué responsabilidad podían darle a un adolescente que ni siquiera era bachiller, lo pusieron a ordenar facturas de archivo en una sala de reuniones en la que había un mesón, una  fotocopiadora y un televisor gigante, que durante el último mes de pasantía se convirtió en el punto neurálgico de la oficina gracias al Mundial de fútbol. El periodista, que llegaba con el primer partido y se iba con el último, adquirió entonces una responsabilidad mayor, ésta sí de vida o muerte: avisar cada vez que hubiera un gol, informar al que preguntara del marcador, poner al tanto al que entrara de cómo estaba jugando cada equipo y llevar la quiniela de la oficina. Las pasantías las terminó con prácticamente todos los partidos del Mundial vistos y un par de aprendizajes valiosos: que contra un Mundial no hay en la tierra fuerza que valga, que al final nadie sabe nada de fútbol (la quiniela se la llevó la secretaria de presidencia, una mujer que acertó a punta de poner a ganar a los países que más simpatía le generaban), y, sobre todo, que los viernes nunca se llevaba comida a la oficina.

Casi un año después, terminado el primer semestre de la carrera, ingresaría formalmente al mundo laboral, de donde más nunca saldría. Durante tres años fue redactor y corrector de una pequeña publicación mensual que se repartía gratuitamente en cafés y panaderías. Mensualmente y en cheque, cobraba BsF 250 en una época en la que los cinnamon rolls costaban 15, lo que lo hacía sentir millonario. Durante casi 3 años estuvo al frente de tan singular empresa, eliminando las comas que separaban sujeto y verbo, los leísmos que venían del texto matriz de España y modificando a su antojo el horóscopo para darle un toque más productivo (trabaja, esfuérzate, prepárate, lee) y menos esotérico. La oferta de un periódico con vocación nacional, para que se incorporara a la sección de mascotas, una que, le juró la atractiva ejecutiva de Recursos Humanos, era muy querida, apreciada y leída, lo llevó a trabajar allí casi una semana –y a salir publicado un día–, pero inmediatamente en su camino se cruzó una farmacéutica que le ofreció 1800 bolívares (exactamente 9 veces lo que le iba a pagar el diario) por hacer un trabajo un poco menos tedioso que el de entrevistar a encargados de tiendas de animales, y se fue con ellos. Por seis meses, el periodista fue un hombre formal de camisa y pantalón de vestir, que de día trabajaba y de noche estudiaba, cuyo hogar, le reclamaba la familia, había quedado reducido a una especie de hotel en el que solo desayunaba, cenaba y dormía. Terminadas las pasantías, en cuya renovación se interpuso un viaje para estudiar inglés, se prometió hacer un alto en el mundo laboral para dedicarse a la tesis, pero la oferta de trabajar en la campaña presidencial de un candidato que iba a salvar al país fue para él, que algún apetito de gloria tenía, sencillamente irrechazable, y por eso durante tres meses estuvo elaborando líneas discursivas para los políticos y consiguiéndoles entrevistas en los medios de los cinco estados centrales que le fueron asignados a él. Allí cobró relativamente bien y en efectivo -3.000 BsF-, y conoció de cerca a esos dos miuras llamados ego y vanidad, a los que afanosamente tenía que hacerles una buena lidia para que los políticos de Caracas aceptaran dar una entrevista en la única radio dispuesta a concederles un espacio en Apure, por ejemplo. La elección concluyó con un resultado inesperado, y al día siguiente, cuando lo convocaron al Comando, al periodista le explicaron que había ocurrido un fraude gigantesco, que no iba a ser aceptado sino comprobado y denunciado, y le invitaron a renovar por mes y medio más. El periodista, que tenía más apetito de gloria todavía, aceptó, y por hacerlo estuvo a punto de no presentar la tesis, que culminó ‘in extremis’ y entregó de milagro. El fraude, si lo hubo, nunca se reclamó.

La post-entrega de la tesis marcó el período no laboral más largo del periodista, de casi un mes entero. Una mañana, de camino a una distante pescadería en la que su familia se empeñaba en comprar, tarea que por estar todo el día en la casa ahora recaía sobre él, se encontró a un compañero de clase que, al saber que había quedado reducido a simple hacedor de labores domésticas, lo invitó a ir a una entrevista para trabajar en una página web, especie de agenda cultural caraqueña, que estaba buscando  un redactor. El periodista lo hizo y quedó, por 4.500 BsF al mes. Durante un año vio teatro y cine gratis, asistió a estrenos, lanzamientos, inauguraciones y aperturas, y entrevistó a músicos, actores y cómicos. La venta de la página web -y la posterior ida del editor de una revista de cultura universitaria perteneciente al mismo grupo- lo llevaron a ocupar esa silla en la que tiene ya más de tres años, aunque la revista lleva dos sin papel convertida en un medio digital bastante ‘sui generis’ pero sobre todo libre, independiente, combativo y bien escrito, valores con los que se siente comprometido y de los que se puede enorgullecer.

Durante todo ese tiempo trabajando –que ya pasa de los diez años–, el periodista, cuyo único principio económico lo adquirió leyendo el ‘David Copperfield’ de Dickens, en cuyas páginas aprendió que la diferencia entre la dicha y la desgracia estaba en gastar un ‘penique’ más de lo que se tenía, no hizo otra cosa sino eso: gastar siempre menos de lo que ganaba y guardar lo que sobraba. Hombre de tendencia austera, con ninguna inclinación al lujo, vida social escasa y prácticamente ningún vicio, sus gastos se reducían a almorzar en la calle los viernes, merendar pasta seca cuatro veces por semana, beber cerveza barata en algún chino y comprar uno que otro libro de segunda mano, razón por la cual de sus salarios llegaba a sobrarle, a veces, hasta el 60%, dinero que se quedaba, juraba él, a buen resguardo en una cuenta corriente a la que iban a parar también todos los regalos de navidad y cumpleaños (y en resumen todos sus ingresos). Esa cuenta crecía, crecía y crecía, y en algún feliz momento llegó a equivaler –y lo sabe porque lo preguntó y nunca olvidó la alegría que le causó saber la respuesta– a casi un mes (29 días el cálculo exacto) de estadía en el hotel cinco estrellas que quedaba cerca de su casa.

Con ese colchón bancario, el periodista vivió despreocupado, tranquilo y seguro por varios años. Nunca se mortificó por la fecha en la que pagaban la quincena ni significaba para él un problema que ésta se atrasara. Nada de eso. Tenía una cuenta con plata y una tarjeta de débito  que pasaba en todas partes –la de crédito, por alguna sabiduría milenaria que tienen los bancos, siempre se la negaron–. Claro que aquello no alcanzaba para comprar un carro ni mucho menos un apartamento, tampoco para independizarse y muy con las justas para alguna vacación playera de no más de quince días, pero nada de eso estuvo jamás en sus planes: siempre estuvo claro de hasta dónde le llegaba la cobija. Sin embargo, para su vida rutinaria, metódica, ordenada y frugal, aquello bastaba y sobraba, e incluso permitía pagar sin dificultar los excesos de alguna noche en un local nocturno, la ida a comer a un sitio caro, algún buen regalo de cumpleaños para sus padres y cualquier otro gasto que se saliera de los planes.

A principios de 2016, sin embargo, todo comenzó a cambiar. De pronto, al periodista empezaron a parecerles caras algunas de las cosas habituales. Y se halló entonces, por ejemplo, dándole varias vueltas a la feria de comida a la que solía ir los viernes, comparando precios y buscando combos. Un viernes ya no pidió bebida grande y al siguiente se dijo que para qué comprar galletas teniendo Oreos en la oficina. Las renuncias, aunque pequeñas, iban volviéndose más frecuentes. Imperceptiblemente frecuentes. Y entonces llegó 2017, y con él todo se salió de control. Ya no caros, sino sencillamente desproporcionados se le volvieron los precios y perdió por completo el sentido de la realidad económica: dejó de saber qué era costoso y qué no, qué un lujo y qué una ganga, qué estaba bien y qué estaba mal. Veía los precios y no sabía que pensar. Con horror comentaba que por algo le habían querido cobrar tanto y su interlocutor le preguntaba que cuántos había comprado porque ese algo ya no costaba tanto sino el doble y en un mes estaría en el triple. Y aunque la tarjeta pasaba y los aumentos de salario se sucedían con más frecuencia que el año anterior y llegaban a montos que él jamás hubiera soñado ganar, la cifra de su cuenta era cada vez menos espectacular.

Poco a poco, al periodista comenzó a ponérsele (más) pequeña la ciudad. Cada vez tenía menos sitios a los que poder ir y se hallaba despidiéndose con frecuencia de lugares que le eran habituales. ‘Última vez que como en…’, ‘última vez que compro en…’, ‘última vez que voy a…’. Las galletas, los roles de canela, las tartaletas de chocolate, la bebida del almuerzo, las raciones extra de tostones, los tallarines chinos, la comida mandarín, el sushi, el estadio, los mojitos y los locales nocturnos se fueron un día para no volver más. Mantuvo el almuerzo en la calle los viernes, por ser tradición de más de una década y el último reducto que le quedaba de la clase media a la que un día perteneció, pero con la feria de comida del centro comercial reducida a un espacio de sólo dos locales: uno de comida por peso y una venta barata de pastas de la que hacía años había salido prometiendo que no volvería dada la mala calidad de las mismas, que, o las mejoraron o la necesidad hizo que finalmente le supieran mejor. Lo otro que mantuvo fueron las idas semanales (usualmente sabatinas) a tomar cerveza barata, reducidas ambas, eso sí, a apenas un par de chinos, a saber cuál más decadente que el otro, pero que las vendían de tercio, heladas y casi a precio de costo.

Sin embargo fueron los libros, el tercer pilar de sus gastos, los que le dieron el campanazo de alerta. Cuando en la Feria de Altamira –de la que solía salir con bolsas y bolsas de ellos– no pudo comprar ni uno, supo que tenía un problema grave. Ello sucedió en la última semana de noviembre, cuando se jodió todo, Zavalita. Fue tan rápido y vertiginoso que todavía no sabe cómo explicarlo. Solo recuerda que un día entró a su cuenta y se halló con apenas 270.483 bolívares (entiéndase: $2,3). Revisó minuciosamente gasto por gasto y comprobó que no lo habían estafado ni puesto un cero de más en alguna compra. Empezó a sumar cuánto daría eso más la quincena, para encontrarse con que ya ésta estaba depositada. Preguntó en la mesa de atrás que cuál era la fecha en la que pagaban los cesta-tickets y le respondieron que aquello había ocurrido hacía rato. Y se dio cuenta, entonces, de un hecho incontrovertible: 270.483 bolívares era todo lo que tenía para vivir. Su cuenta, aquella en la que estuvieron depositados diez años de ahorros, sueldos, cumpleaños y regalos, la que había llegado a equivaler a 29 días en ese hotel cinco estrellas que tenía cerca y en el que nunca se quedó, su cuenta, en la que estaba todo lo que tenía, sencillamente había desaparecido. Todo el dinero que tenía lo pulverizó, lo destruyó, se lo llevó, se lo quitó, se lo robó, la revolución y su presidente obrero. Pensó entonces en los dólares que nunca compró, los pequeños negocios que no hizo y su pésimo olfato para seguir el rastro del dinero. Pero no se azotó demasiado. No iba pedir perdón por haber estudiado con esfuerzo, trabajado honradamente y ahorrado. Tenía la certeza de haber hecho lo correcto. El problema no era él sino el sistema. Y allí entendió como nunca en su vida ni en sus libros la verdadera esencia del socialismo: un sistema que destruye la relación esfuerzo-recompensa, y que no está hecho para el que se forma, trabaja y ahorra, porque a esos los condena irremediablemente a la pobreza. Esa en la que, a partir de diciembre 2017, ha comenzado a vivir.

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