La otra muerte de Óscar Pérez

Ezequiel Abdala | @eaa1717

Mientras era ejecutado por las fuerzas élites de la dictadura, Óscar Pérez era víctima de otro asesinato, éste de categoría moral, llevado a cabo, casi en su totalidad, por el pueblo opositor. Lo que se leía en redes sociales y grupos de WhatsApp al momento en el que sucedía la masacre de El Junquito -así quedará asentada en la historia-, se movía entre lo nauseabundo y vomitivo. Cada vídeo de Pérez era recibido no ya con la habitual desconfianza de los conspiranóicos -esos inteligentes que saben más que todo el mundo y que ven tras cada opositor a un esquirol de la dictadura que es parte de un plan siniestro de distracción de masas bobas-, sino con la burla cruel de los que ya perdieron todo vestigio de humanidad. Pérez, acorralado en medio de un demencial operativo en el que actuaron más de 1000 funcionarios y se usaron armas de guerra, consumía en el desespero sus últimos minutos de vida y la gente lo que hacía eran chistes sobre la marca de la salsa de tomate que se había echado “el actor” para “simular”. Ése fue el nivel de lo de ayer. Ése es el nivel de lo que va quedando en Venezuela. Que no fue mucho más alto, tampoco, que el de los medios nacionales: casi ninguno informó al momento, y varios de los que lo hicieron fue con bajeza y desprecio -“si se entrega o si lo matan, el país seguirá siendo el mismo”, twitteó una inmisericorde periodista de sucesos-. Y cuando ya todo estaba consumado y se sabía, el mutismo los invadió. La cautela extrema y los malabarismos por decir sin decir fueron la mejor evidencia de hasta dónde ha llegado la (auto)censura. Y cuando por fin dijeron algo, fue muchas veces desde la burla -“Óscar Pérez no era tan duro de atrapar”, tituló Contrapunto-, o el ufemismo -“dado de baja”, “abatido” y “muerto” fueron las palabras más repetidas en los tardíos y escasos titulares que informaron de la noticia, en los que no faltó el calificativo “terrorista”-.

De modo, pues, que cuando la bala que acabó con su vida fue disparada, ya Óscar Pérez era hombre muerto: antes de que la dictadura lo matara, ya lo había hecho, burlándose a mandíbula batiente, el pueblo que él pretendía liberar. Y luego, algunos medios se encargaron de darle el tiro de gracia.

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