Bolívar y los Súper Próceres

Por: Diego Alejandro Torres | @sr_mowgli

Mi primo se está graduando del colegio Simón Bolívar. Él quiere estudiar Ingeniería en la Universidad Simón Bolívar. Tiene interés en eso porque su papá trabajó en el Satélite Simón Bolívar y su mamá en la Planta Simón Bolívar. No obstante, también le gusta la música, pues él toca en la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, y se ha presentado en importantes sitios como El Teatro Simón Bolívar. Para aclarar sus ideas, hoy vamos a tener una conversación en la Plaza Bolívar (no la del Hatillo, ni la de Sucre, ni la de Baruta, ni la de Libertador, será en la de Chacao) y nos iremos caminando hasta el Parque Simón Bolívar… Cielos, eso es difícil de procesar.

Creo que cualquier persona que viva en Venezuela conocerá esa cualidad, un tanto desesperante, de que cualquier cosa puede llevar el nombre “Simón Bolívar”. Tenemos miles de plazas, una universidad, varias escuelas, centros culturales, un satélite, y un sinfín de instituciones. Además, por si fuera poco, hay una enorme abundancia de estatuas neoclásicas con su figura que tienden a estar en las plazas –unas en forma de bustos, otras ecuestres y otras de cuerpo completo-, siempre para recordarnos su gloria. Y no basta con eso, sino que también, para colmo, tenemos su imagen en toda la propaganda oficial del gobierno, con su supuesto rostro que ahora está en todas partes. Parece que al pobre Libertador no lo dejan descansar en paz.

Y no solo está en el caso de Bolívar, es algo que uno puede encontrar en menor medida con los demás próceres: Miranda, Sucre, Mariño, etc. Sé que es un fenómeno que también se da en el resto de Latinoamérica, aunque sinceramente ignoro si con la misma intensidad. Parece casi una necesidad, es como si hubiera una ansiedad que convirtiera en requisito hacer ese culto a los próceres.

En mi opinión, eso es algo que debemos superar. Está bien la pretensión de la conciencia histórica, pero creo que esto llega a la idolatría. Una presencia tan constante los convierte en dioses, lo cual dificulta una visión objetiva del pasado. E inclusive, se le ha distorsionado: hoy en día hasta se nos ha llegado a vender la imagen de un Bolívar socialista y de ascendencia africana, muy revolucionaria, y de dudosa veracidad.  Pero… ¿por qué tanta insistencia en “honrar a nuestros héroes”?

Un culto romántico

El origen del culto al prócer  latinoamericano tiene su origen, “para variar”, en el romanticismo. Al igual que una gran cantidad de nuestras concepciones culturales, el movimiento romántico que se gestó en la Europa de principios del Siglo XIX fue sumamente influyente en este lado del Atlántico y llegó a aportar ideas que serían tomadas por las personas que fundaron nuestras naciones.

Explicar con profundidad en qué consiste la compleja y subjetiva ideología romántica es una tarea que no corresponde hacer aquí, pero podemos hablar de algunos de sus postulados. El romanticismo se dio, principalmente, como una reacción contra el siglo de las Luces y contra la Modernidad en sí, contra el principio de la racionalidad como único medio de desarrollo para el ser humano. Los pensadores y artistas de ese movimiento buscaron en la emocionalidad y en la imaginación un vehículo de comunicación interior, una conexión con la espiritualidad.

El romanticismo estableció varios mitos –el artista como ser marginado, el culto a la naturaleza, la infancia, el hombre primitivo, etc-, pero uno que fue particularmente difundido en América es el del héroe. Ese y el de la nacionalidad. Porque aunque cueste creerlo, dicho movimiento fue sumamente político, solo que, a diferencia de los movimientos artísticos anteriores, su carácter fue reaccionario contra el poder tradicional y mostró su apoyo a las nuevas tendencias políticas. Fue la época de los grandes cambios que ocurrieron en los estados de Occidente.

La época del romanticismo ocurrió después de la Independencia de los EE.UU. y de la Revolución francesa. La primera mitad del siglo XIX fue de revoluciones. Muchos artistas de ese movimiento apoyaron los procesos políticos que se estaban llevando a cabo. Por ejemplo, William Blake (aunque este cuenta como un prerromántico) hablaba en varios de sus poemas de lo que se desarrollaba en Francia. Lord Byon,  Eugène Delacroix y Víctor Hugo también apoyaron las causas insurgentes. Hasta eso entonces, el Arte siempre había servido al poder tradicional, fue a partir de esa época que este empezó a manifestar su apoyo a las nuevas corrientes.

El nacionalismo, tal y como es entendido hoy en día, nació en ese momento. También fue la época de las guerras de independencia. Y no solo eso: el elemento regionalista que exalta la identidad de determinados grupos de habitantes de una región también data de esos tiempos. En el primer tomo de Literatura Hispanoamericana, de Oscar Sambrano Urdaneta y Domingo Miliani, se explican estos puntos:

La exploración del ayer lejano despierta en los románticos interés por los acontecimientos  más recientes. En la medida que el pasado sigue siendo un acicate para los espíritus imaginativos, la historia se hace narración viva, descripción minuciosa, resurrección emocionada de hechos memorables… y en la medida en que el ayer es raíz de nacionalidades y explicación del estado presente de la humanidad, la historia se hace especulativa… Y nace también la “biografía romántica”, reflejo del individualismo, del culto al héroe, de la preferencia de lo particular antes que lo general” (Página 173, El Romanticismo).

Y en otro párrafo del mismo capítulo dice:

El hallazgo romántico de esta vena popular tiene en la literatura hispanoamericana proyecciones importantísimas. Se descubren personajes populares característicos de cada región, y se transforman en arquetipos nacionales: el llanero, el gaucho, el cholo, el roto, el pelado, el mulato. Se revelan sus coplas y romances,  sus formas de habla, sus vestidos típicos, sus maneras de vida y de trabajo, su visión del mundo” (Página 175, El Romanticismo).

El Romanticismo, como movimiento cultural, influyó en América Latina más en el aspecto político que en el artístico o literario. Es lógico: las condiciones eran totalmente diferentes a las que había en Europa, tema del que se hablará en otra ocasión,

 En líneas generales, ese el origen de la obsesión latinoamericana con la historia y sus héroes o, mejor dicho, personajes que ha convertido en héroes. En lo personal, creo que es importante la conciencia histórica, tanto en lo político como en lo cultural, pero creo también que en Venezuela –y sospecho que en buena parte del resto de América Latina-, falta lo segundo. Todo el mundo sabe de la batalla de Carabobo o del Decreto de Guerra a Muerte, sin embargo: ¿cuántas personas saben del Romanticismo como motor del culto al patriotismo? Podemos memorizar algunos hechos y fechas, pero eso no es suficiente para entender nuestros tiempos.

Ese mismo problema se manifiesta a diario en Venezuela. Este gobierno (qué fastidio siempre tener que hablar de él) ha llevado el culto a Bolívar y al patriotismo hasta extremos inverosímiles. Ya la palabra “patria” la usamos con sarcasmo –“no hay medicinas para la hipertensión, pero hay patria”–. Y la imagen “oficial” de Bolívar está en todas partes, en todas las instituciones del régimen y forma parte de lo que en otro artículo llamé Imágenes Acosadoras.

En lo personal, no me parece una visión madura de la Historia. Yo sí me siento venezolano, pero no me considero nacionalista, o al menos no en el sentido clásico de la palabra. Soy más venezolano por las costumbres y las tradiciones con las que me han criado y con las que me identifico que por los acontecimientos políticos y militares que ocurrieron hace 200 años. Del Romanticismo prefiero heredar más la identificación –que no es lo mismo que el culto o el fanatismo- por lo regional, que por lo pseudohistórico. Y lo digo manteniendo el respeto por las figuras del pasado, pues, realmente, eso es lo que son. Si queremos aprender del ayer, debemos conocerlo e interpretarlo objetivamente.

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