RESEÑA: Darkest Hour

Tendrá que competir contra Daniel Day-Lewis y hacerle frente a la extraordinaria actuación que hizo el joven Timothée Chalamet en ‘Call me by your name’, pero todo parece indicar que el momento de Gary Oldman ha llegado. Dependerá, eso sí, de la línea que siga la Academia: ¿premiar la interpretación de un personaje histórico que requirió una gran transformación física o entregarle el Oscar a un muchacho que basó su actuación, únicamente, en la gestualidad intimista? Ahí está el dilema. Lo cierto es que Oldman se roba el show en ‘Darkest Hour’. Por momentos, parece haber nacido para interpretar a Winston Churchill. Con los tics al hablar, la forma en que camina y los chistes que echa, no tienen que pasar muchos minutos para que el espectador se borre de la mente que quien tiene en frente es el mismo actor que hizo de Sirius Black en Harry Potter o de James Gordon en la trilogía del Batman de Nolan. Apoyado en un guion épico y en un gran trabajo de maquillaje, Oldman refleja, precisiones históricas aparte, todo lo que uno ha leído o escuchado del político británico: su afilado sentido del humor, su poderosa oratoria, su liderazgo ‘sui generis’, su mano dura al tomar decisiones, su temple de acero y su carisma sin igual. Juntando lo mejor de los dos mundos, ‘Darkest Hour’ tiene el ritmo y el impacto visual hollywoodense, pero cuenta también con cierto acabado artesano característico de cintas de menor presupuesto. Es una película entretenida de principio a fin: sin huecos, sin pasajes tediosos, sin escenas insípidas. Y eso es mucho decir al tratarse de una cinta cuyo corazón se halla no en la acción, sino en el diálogo. Con los discursos de Churchill, ya de por sí emocionantes, Oldman y el director Joe Wright logran ponerle la piel de gallina a la audiencia.

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