El templo del 23

Por Mariana Souquett | @nanasouquett 

3:00 pm. El Metrobús que minutos antes había llegado a la estación El Silencio del Metro de Caracas, frente al Liceo Fermín Toro, arranca con solo siete pasajeros en dirección La Planicie, parroquia 23 de Enero, en el oeste de la capital. Su ruta, habilitada en marzo de 2015 para «llevar al pueblo» a visitar los restos de Hugo Chávez, es gratuita y hace una sola parada: El Cuartel de la Montaña.

«Santo Hugo Chávez del 23», un pequeño altar en honor al difunto presidente Hugo Chávez, es lo primero que se ve al bajar del autobús. Solo una persona de las que iban a bordo de la unidad cruzó la calle y subió hasta la entrada del fortín pintado de beige y rojo que terminó de construirse en 1906. Desde el 15 de marzo de 2013 —diez días después del fallecimiento de Chávez— la estructura diseñada por los arquitectos Alejandro Chataing y Jesús Rosales Bosque se convirtió en un mausoleo.

4F se ve en la cima de una colina del barrio. Un militar y un vecino hablan sobre el aumento de la inseguridad en la zona. Más adelante, está Chávez adolescente, Chávez golpista y Chávez adulto. La cara de quien fuera el presidente de Venezuela entre 1999 e inicios de 2013 se repite una y otra vez en los muros que conducen a la edificación que durante el siglo XX fungió como sede de la Academia Militar de Venezuela (1910-1950), del Ministerio de la Defensa (1950-1981) y como Museo Histórico Militar.

3:20 pm. Solo un hombre aguarda para entrar al Cuartel. Lleva una camisa de la Universidad Bolivariana y la Misión Sucre. Dice que está esperando a otros compañeros para entrar y cumplir con un trabajo de la Escuela de Comunicación Social. «Cuando le di la mano a Chávez en el 2008 se me salieron las lágrimas», recuerda el estudiante, quien se identifica como José Urbina, de 54 años. A pesar de que vive en el 23 de Enero, no había ido a visitar al mandatario después de su muerte.

«Aquí está nuestro comandante, nuestro libertador, y todos los que lo cuidan con amor», dice la miliciana Velásquez, una de las guías del Cuartel, al grupo de nueve personas al que acompaña en el tour. Insiste en que diariamente asisten alrededor de 400 personas de todo el mundo, aunque en la hoja del registro de ese día las firmas no llegan al final de la primera página. Más que visitantes, los vecinos del 23 cruzan el Cuartel para ir a comprar a un Pdval (Productora y Distribuidora Venezolana de Alimentos). Hay brisa, calma, un tenso silencio y poco sol.

33 banderas ondean en «El Bosque de las Banderas», un pasillo ceremonial ubicado después de la «Placita del eterno retorno», un semicírculo con banquitos, antes de la entrada al Cuartel. La frase contentiva del famoso «por ahora» pronunciado por Chávez al fracasar el golpe de Estado contra Carlos Andrés Pérez el 4 de febrero de 1992 está escrita en una placa de granito justo en la entrada, a la izquierda. Al frente, en una placa similar, están sus últimas palabras públicas.

Calas rojas adornan el pie del sarcófago de granito que está situado sobre «La Flor de los cuatro elementos», monumento construido en seis días específicamente para albergar los restos del aquí venerado líder. Cuatro soldados de la guardia de honor, vestidos de rojo cuales patriotas de la independencia —con sombreros negros, guantes blancos y sables—, lo custodian. Uno de los cuatro guardias de honor tiene cara de hastío. El lugar huele, quizás por las flores, a cementerio.

En el fondo, a la izquierda, hay un cuadro de Chávez sonriente. En el centro, donde antes —según consta en fotos— había una estatua de Simón Bolívar, está el retrato de El Libertador reconstruido digitalmente. A la derecha, un Chávez pensante. El lugar da la sensación de un eterno velorio, pero sin mucha gente. Aunque al frente y desde hace cuatro años hay una pequeña capilla para orar, todo el Cuartel de la Montaña se asemeja a una iglesia, un templo para rendir culto al oriundo de Sabaneta.

3:45 pm. «¡Pase lo que pase… tenemos patria… patria perpetua… patria para siempre!», grita una voz chillona en el acto de cambio de guardia, hecho que la miliciana define como un homenaje en agradecimiento al «Comandante Supremo de la Revolución Bolivariana».

En el Cuartel de la Montaña no se puede estar solo. «Van a pasar por donde yo pase, van a pisar por donde yo pise», expresa la miliciana. Cada tres minutos hace un recordatorio que, más que una advertencia, suena a amenaza: «Pueden tomar todas las fotos que quieran, pero no grabar videos ni hacer fotos con flash. Todo lo que hagan, como estar grabando, se ve en las cámaras».

3:50 pm. El grupo entra al «Callejón de nuestro comandante», un salón oscuro con fotos de paisajes de Venezuela acompañadas por frases del «comandante». También quedan algunas armas, charreteras y banderas de la Guerra Federal, reliquias de la época en la que el Cuartel fue solo un Museo. Mientras, la miliciana, una viejita que se ufana de ser abogada penalista, insiste: Chávez sacó a la gente de los barrios, les dio casa y «multiplicó» a los niños y a los abuelos; la Cuarta República no le dejó nada a la gente; Venezuela no quiere guerra, pero sí la paz. Todo el recorrido es una especie de evangelización, de adoctrinamiento en el que las mismas frases son repetidas con constancia.

Una voz la interrumpe. «Me perdonan. No porque dé esta opinión dejaré de ser chavista, porque seguiré chavista hasta que me muera. Pero lo que yo quiero es que no hagan más apartamentos en la ciudad. Háganlos para los pueblos para que la gente busque sembrar. Aquí hay un poco ‘e malandros que metieron de los cerros que no quieren trabajar», afirma una de las participantes del grupo.

El tono de la sargento Velásquez cambia. La premisa «Aquí no se habla mal de Chávez», posicionada por el Gobierno y visible en toda Caracas, no está escrita en el Cuartel, pero sí está implícita, sobreentendida. La miliciana replica desafiante pero acepta la crítica, e insta a la mujer a escribirle por Twitter al presidente Nicolás Maduro, «el hijo de Chávez».

4:12 pm. Alrededor del «Callejón» hay otros salones que cuentan e ilustran la vida de Chávez. «La sala de ese niño gigante» contiene recreaciones de situaciones de su vida. Del otro lado, un salón contiene fotos de él en cualquier escenario. «Chávez vivirá siempre. ¿Verdad que todos somos Chávez?», pregunta la sargento mientras todos, menos una joven, responden que sí. «Mira, princesa, ¿tú eres Chávez?», le repregunta directamente. La joven tarda unos segundos en responder, pero dice que no y continúa tomando fotos.

«Crean en Dios y crean en Chávez», contesta tajante la miliciana.

4:20 pm. «Yo voy pasando la manito y ustedes también, no pueden tirar fotos», indica la guía. En fila india y siguiendo los pasos de la sargento, los nueve turistas tocan el féretro. «Me dieron ganas de llorar. Me aguanté las lágrimas», dice José Urbina.

Pasan cinco minutos. Suenan cuatro campanadas y media. Un soldado enciende el cañón donde todos los días a la misma hora —la de la muerte de Chávez— se dispara una bala de salva. «¡Fuego!», exclama otro miliciano. Hay un fuerte sonido y el ambiente se llena de pólvora. Algunos asistentes aplauden y gritan emocionados.

Comienza a llover. La intensidad arrecia y los turistas no se pueden ir. «¿Están viendo esta bendición de Chávez? Esta lluvia es un regalo de nuestro Comandante», expresa la sargento Velásquez. Al ver que se hace tarde, decide cruzar dos palitos de madera y comienza a elevarle oraciones a Hugo Chávez para que así deje de llover y las personas puedan irse. Eventualmente escampa, y los asistentes comienzan a retirarse. Y la miliciana les hace una última petición: «Recuerden vivo al Comandante y apoyen siempre al presidente Nicolás Maduro».

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