Ron Chávez en busca de sí mismo

Por: Juan Sanoja  | Juan Sanoja

Caminaba de un lado al otro en el escenario. Ya llevaba hablando unos cinco minutos y, como siempre, había sacado unas cuantas carcajadas a la audiencia. Su historia inspiraba, cómo no. Era la historia de todos. La de los sueños rotos. La del hombre que busca su lugar en el mundo y mientras tanto va acumulando un sinfín de fracasos. La del veinteañero que no sabe qué hacer con su vida. La de la frustración y la amargura. La de poncharse mil veces por no ver la bola. La de navegar a la deriva. La de remar contra corriente. La de resistir, persistir e insistir hasta que, con suerte, la existencia empiece a cobrar sentido:

–Si tú, con pasión, decides hacer algo, y sientes que para eso eres bueno, lo único que tienes que hacer para detectarlo es escucharte, aceptarte y tomar decisiones. ¡Muchísimas gracias!

Había culminado su presentación frente al Aula Magna de la Universidad Católica Andrés Bello y ahora estaba en medio del escenario disfrutando de su sonido favorito. Como todo un showman consagrado, Ron Chávez recibía los aplausos que daban por concluida la séptima edición de un evento que agrupaba a exitosos emprendedores venezolanos. Él, que había abandonado tres carreras universitarias; él, que vio frustrada su aspiración castrense al ser dado de baja por deficiencia académica en la Guardia Nacional Bolivariana; él, que durante una década pasó por todos los trabajos habidos y por haber tratando de calar en la sociedad, acababa de dar una clase de cómo romper el molde y triunfar en la vida.

Ron Chávez encontró su lugar en el mundo gracias a la improvisación teatral y ahora presentaba en la UCAB un proyecto iniciado meses atrás: una Escuela de Humor que pretendía dignificar el oficio del comediante y preparar profesionalmente a más bichos raros como él, personas que no habían querido (o podido) seguir el camino ortodoxo de la vida y que hallaron en la tarima el sitio donde querían pasar el resto de sus años en la Tierra.

Roberto Carlos (Ron Chávez son sus apellidos) había nacido en un hogar artístico y de niño se le notaba. Su madre tenía experiencia en el teatro, su padre en las artes plásticas y él era un pequeño extrovertido que imitaba a personajes de Radio Rochela, El Chavo y el Chapulín Colorado. Su vena artística era innegable, pero entre los trece y los catorce años le pasó lo que a cualquier adolescente. Escuchó que había que crecer y confundió madurez con seriedad. Le puso un torniquete a su torrente creativo y de ahí en adelante se dedicó a ser un tipo serio.

Había participado en los actos culturales de su colegio, en montajes de teatro e incluso en un capítulo de Las Dos Dianas, la recordada novela del 92 protagonizada por Carlos Mata y Nohely Arteaga. Pero cuando llegó el momento, su decisión estaba clara: Ron quería ingresar a la escuela militar. Así que, con sólo dieciséis años, empezó a formarse en la institución castrense.

Estaba en el lugar equivocado –me dice un Mayor de la Guardia Nacional, que fue compañero de promoción de Ron–. Tarde o temprano iba a darse cuenta de que no estaba en lo suyo. Recuerdo que le propuse: ‘Ron, tú tienes que ser comediante’. Tenía una facilidad para expresarse que no era de militar. Siempre llegaba con una cara, con una morisqueta.

Ron había sido uno de los 1000 cadetes que ingresaron a la Fuerza Armada en 1998. Formó parte del grupo de 250 que entraron a la Escuela de Formación de Oficiales de las Fuerzas Armadas de Cooperación (EFOFAC) al año siguiente, pero su nombre no pudo estar entre los ciento y pico que se graduaron como Guardias Nacionales tiempo después: al tercer año reprobó estadística y tuvo que abandonar la milicia.

Esa sería la primera de las cuatro veces que dejaría los estudios: no aprobó el curso propedéutico de la Escuela Nacional de Administración y Hacienda Pública, se retiró de la UCAB porque no podía pagar la matrícula y abandonó la carrera de Administración en Recursos Humanos que estaba cursando en la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez, para dedicarse al teatro.

En el ínterin, Roberto Carlos había sacado una maestría en varios oficios. Estuvo seis meses en Estados Unidos para conocer el idioma y lo menos que hizo fue aprender inglés. Lavó carros, cuidó niños, cortó grama, bañó perros y hasta impermeabilizó techos. Las fortalezas físicas y mentales adquiridas de la doctrina militar –me dice Ron en la actualidad– lo habían curtido y preparado para cualquier tarea. Pagar plantones (estar de pie y firme por largas horas) no era precisamente algo a lo que todo el mundo estuviese acostumbrado y él ya lo había vivido en su época de cadete. Por eso, no se sentía incómodo ganándose la vida bajo el sol inclemente mientras acomodaba las azoteas de los hogares gringos.

En Venezuela volvió a trabajar la paciencia mientras se ganaba el quince y último contando bolígrafos en una fábrica, desarrolló la empatía trabajando como cajero en un centro de copiado, fue cultivando el don de gente atendiendo al público en Cantv y Telcel y se gradúo de todero en una ferretería.

“¡¡¡Ron Chávez!!!”, grita, micrófono en mano, Willy McKey, el encargado de moderar el evento de emprendedores en la UCAB. A Roberto Carlos lo siguen aplaudiendo y yo pienso en Søren Kierkegaard, el filósofo que citó alguna vez Villoro: la vida se vive hacia adelante, pero sólo puede ser comprendida hacia atrás.

Eran las diez de la noche del primero de enero del 2011 y Ron Chávez estaba en una habitación de hotel en Los Andes, Chile, tomándose una cerveza, preguntándose qué carajo hacía allí y llorando como un niño que extraña a su madre. Tenía ya año y medio desde que había comenzado en el mundo de la improvisación teatral y ése era su primer viaje en busca de conocimientos.

Unos meses atrás había conocido por Facebook a una mujer chilena que estaba metida en la movida artística y que se había puesto a la orden por si algún día Ron necesitaba techo y comida en una eventual expedición sudamericana. Por eso, cuando en Internet encontró unos talleres de improvisación en la tierra de Pinochet y Allende, no dudó en escribirle a su amiga virtual. Ella, muy cordial, reiteró la oferta que le había hecho no mucho tiempo atrás y Ron compró pasaje, empacó su maleta y tomó un avión el primer día del año 2011. El problema fue que, al llegar, y tras ser recibido con un almuerzo, la mujer le informó que no podía quedarse allí, pues su marido le había dicho que cómo era posible que un hombre durmiera en una casa donde vivían dos niñas de 15 años.

Tuvo que agarrar su equipaje y quedarse en un hotel de 30 dólares la noche. Eso era el 10% del presupuesto que tenía para pasar un mes completo en Chile. La decisión de la mujer le había trastocado todos los planes y ahora estaba en Santiago sin tener idea de qué era lo que iba a hacer. Se le ocurrió llamar a Jorge Parra, su mentor argentino que había creado en Venezuela el show de improvisación del que se había enamorado, y éste le recomendó que llamara a fulanito, un fabricante de utensilios de circo.

Al día siguiente, cuando conoció al amigo de Parra, se dio cuenta de que su nuevo hotel, donde se quedaría los próximos treinta días, sería un galpón inmenso donde decenas de personas practicaban mañana tras mañana malabares, acrobacias, contorciones y demás espectáculos circenses. Allí se percató de que lo más parecido a una academia militar era la disciplina con la que esos hombres se paraban todas los días a entrenar religiosamente. Fue en ese momento cuando dejó atrás, para siempre, todos los prejuicios que durante años le habían hecho pensar que quienes hacían teatro eran locos, drogadictos y malvivientes.

El cuento me lo está echando el propio Ron Chávez. Son casi las cinco de la tarde de un martes de diciembre y ya llevo una hora escuchando las anécdotas que ha acumulado desde que en 2009 su madre, con tono de preocupación, le preguntase que qué iba a pasar con los estudios, que si era verdad que quería dedicarse al mundo de la actuación.

La conversación tiene lugar en el piso dos de la Torre A del Centro Perú, uno de los tantos edificios que copan la interminable avenida Francisco de Miranda y el lugar donde se inauguró, hace escasos meses, la primera sede de la Escuela de Humor. Ron Chávez está a punto de dictar la última sesión del taller ‘ABC de la Impro’ y debemos interrumpir la conversación ante la llegada de sus alumnos.

De vibra ligera, cola de caballo y barba semipoblada, no hay nada en Ron que haga recordar su pasado militar. Nada, salvo la disciplina que impone en clase. “Bueno, los celulares, muchachos. ¡Vamos a aprovechar la clase!”, dice enérgicamente para poner orden y dar inicio al cronograma de actividades. Su cara de éxtasis lo dice todo: ha llegado el mejor momento del día.

En la mano derecha tiene una campana y en la izquierda un cuadernito. Con lo primero llama la atención y en lo segundo anota para luego corregir. Durante la clase, Ron toma más apuntes que Mourinho, aplaude como un espectador más, tiene la sonrisa de un niño y cuenta con más adrenalina que un ladrón en problemas. La pasión de la que hablan sus familiares, amigos, alumnos y colegas está ahí, en el piso dos de la Torre A del Centro Perú, un martes de diciembre, a las 5:30 de la tarde.

–El greñúo ese es uno de los duros, el que empezó con todo esto. Es un fenómeno.

Un señor pelón, de camisa negra y acaso 40 años, le explica a su amigo de qué va el show llamado Improvisto. Aunque no domina con precisión los datos históricos, el sujeto que tengo detrás en la cola hace bien en detallar los fundamentos del espectáculo que hoy hemos venido a ver: una obra que está dividida en cinco historias independientes, cada una de las cuales surge de la improvisación.

El greñúo al que hace referencia el señor es Ron Chávez, quien desde hace ya unos años comenzó a cambiar el look de cadete que había llevado con orgullo cuando le tocaba marchar con las botas puestas y el fusil en la mano. Ya no se pasa la máquina uno, ni tampoco se afeita la cara. La metamorfosis artística lo ha convertido en una suerte de Jesucristo criollo con el pelo a media espalda.

Todo empezó una década atrás. A Ron lo invitaron a ver un show en el CELARG de Altamira y él, cuenta, salió con los tapones volados. No podía creer lo que había visto: una obra de teatro donde absolutamente todo era improvisado. La cuestión le pareció tan increíble que incluso pensó en que él podía dedicarse a ello, pero no pasaron ni cinco minutos cuando el cerebro le mandó un cable a tierra: ‘Si eres ridículo, qué vas a estar tú haciendo eso. Ni de vaina. Tú estás a punto de finalizar una carrera en la Universidad Simón Rodríguez como Licenciado en Administración de Recursos Humanos. Ni se te ocurra pensar en una cosa como esa, muchacho loco’.

Las endorfinas y una mujer, no obstante, le hicieron cambiar de parecer. La chica de la que estaba perdidamente enamorado le dijo que iba a tomar un taller de improvisación dirigido por la gente de Improvisto y él no dudo ni un segundo: era su oportunidad para conquistarla. La chama no pasó de la segunda clase, pero poco importó: él había encontrado la profesión con la que quería casarse por el resto de su vida.

Dirían los psicólogos que a partir de ese momento Ron pasó del «soy lo que voy probando para elegir» al «somos los que amamos». Roberto Carlos empezó a hacer cuanto taller y curso se le pasara por enfrente, se convirtió en un autodidacta empedernido y todo lo demás fue dándose en consecuencia. Escaló posiciones y llegó a dirigir el show que en 2009 le había volado los tapones.

Al pelón le ha tocado al lado mío. Le sigue contando a su amigo lo bueno que es el show que está a punto de comenzar. El teatro queda a oscuras. Una melodía rockera empieza a sonar y unas luces multicolores de discoteca apuntan desde el techo a todas direcciones. El público anima con aplausos y el maestro da luz de sala. Por la puerta de atrás van entrando los actores. Vestido de amarillo, Ron Chávez comanda al equipo con una sonrisa de oreja a oreja. Pienso en Villoro: Søren Kierkegaard tenía razón.

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