“Jardín prohibido”: la salsa del perfecto infiel latinoamericano

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

De las salsas de camionetica, esta es una que no falta en ninguna ruta interurbana de Caracas. Un clásico, si se quiere. De Puente Baloa a Casalta, esta melodía ha cruzado la capital y ha sido fondo musical de innumerables sueños, atracos, peleas por el vuelto, choques y colas. Y ha sido –no es descartable– parte de la educación sentimental del peatonado capitalino, que ha tenido en su coro, que es lo que todos se saben y en momentos apasionados gritan, la excusa perfecta para la infidelidad más inexcusable: “La vida es así, no la he inventado yo”.

Aunque ‘YouTube’ y medio internet digan que la canta Eddie Santiago, su intérprete es Alex Bueno, que, como buen dominicano, es más merenguero que salsero, pero que en su primer LP como solista –luego de haber sacado discos con Fernando Villalona, Andrés de Jesús y Sergio Vargas–decidió meter, en medio de un montón de merengues (alguno muy notable como ‘Noches de fantasía’), y como sexto tema, una salsa, ‘Jardín prohibido’, que terminó por convertirse en un auténtico fenómeno a inicio de los 90’s y en uno de los temas más representativos de eso que algunos llaman salsa erótica o sensual.

No fue una apuesta muy original tampoco, sino la primera adaptación a la salsa de un tema que ya tenía una exitosa trayectoria, cuya génesis se ubica en la Italia de mediado de los setenta. ‘Ilgiardinoproibito’ era su título y lo cantaba Sandro Giacobbe. Se trataba de una balada muy de la época, que en su versión italiana fue censurada pero en la española llegó a ser número uno de ventas. En 1981, Vickiana, una cantante dominicana de fugaz trayectoria, la cantó con éxito en versión balada, pero desde la perspectiva de una mujer. Hasta que en los 90’s Alex Bueno la grabó en salsa –con coros de Juan Luis Guerra y su 440 en la versión original–, y la magia se hizo.

¿Por qué?

Quizás porque fue un tema que nación para la salsa, género que realza el desparpajo y el descaro de la letra, y le quita el tono dramático y afectado que tiene en sus versiones de balada.

¿Y de qué va la letra?

De la confesión y justificación de una infidelidad con la mejor amiga. Pero como todo en la música, no es lo que se cuenta sino como se cuenta.

La canción arranca con la confesión, que tiene lugar en una tarde melancólica. “Tengo que decirte que tu mejor amiga ha estado entre mis brazos”. Ese tono cursilón, como de novelita rosa, exagerado y grotesco, puede que hasta ridículo, será la norma las dos primeras estrofas. “Sus ojos me llamaban pidiendo mis caricias”, le dice, para dejar claro que era ella la que lo buscaba. “Su cuerpo me rogaba que le diera vida”, insiste, en un arranque de cursilería que tiene su apogeo en lo que viene después: “Comí del fruto prohibido / dejando el vestido / colgado de nuestra consciencia”.Una manera afectada y eufemística de decir que se acostó con ella. Y curiosamente, luego de admitir la inconsciencia del acto, sale con una racionalización del mismo: “mi cuerpo fue gozo durante un minuto / mi mente lloraba tu ausencia”. Tuve placer, pero estaba triste. El cuerpo la pasaba bien, pero mi mente (¿por qué no el corazón?) mal. A lo que le sigue la promesa de arrepentimiento, que se repite por dos: “no lo volveré a hacer más”.

Y entonces llega el coro, que en el tema tiene una fuerza tremenda, tanto musical como narrativa: “Pues mi alma volaba a tu lado / y mis ojos decían cansados / que eras tú / que eras tú / que siempre serás tú”. Lo que aquí se cuenta es casi una experiencia metafísica: mientras el cuerpo fornicaba con su amiga el alma se iba con su mujer, y los ojos, que en vez de deleitarse se le habían cansado (¿?), no cesaban de indicarle una cosa lapidaria: “que siempre serás tú”. Es una frase tremenda, con un carácter total, perpetuo, que viene dado por la combinación del adverbio siempre + el verbo en futuro. Y entonces, luego de hacer ese descubrimiento definitivo, viene una petición de perdón (“lo siento mucho”) seguida de la más humana (él que se había puesto tan metafísico) de las justificaciones: “la vida es así, no la he inventado yo”. Así, sin más. Todo fue horrible, lo que hice estuvo malísimo, tú eres la que flinchy, pero estas son las reglas y no las puse yo.

Cosa que termina siendo reforzada por la segunda parte del coro: “Siempre que me ha mirado a los ojos / y cogido por manos / yo me he dejado llevar por mi cuerpo / y me he comportado como un ser humano”. Así funciona todo. Así funciono yo. Eso parece decir (aparte de confesar que ha habido más veces, pequeño detalle). Unos ojitos que me miran, unas manos que me agarran, el cuerpo que me llama, y yo, que actúo en consonancia porque soy un ser humano, ni más ni menos. “Lo siento mucho / la vida es así / no la he inventado yo”, vuelve a sonar inmediatamente y entonces se entiende todo: no siente lo que pasó, sino que la vida sea así. No es tanto una petición de disculpa como una declaración (descarada) de la fragilidad de la condición humana, ante la que (también descaradamente) él se rinde.

Y entonces, ¿se arrepiente o no?, ¿va a cambiar o no?

Que hable uno de los latiguillos finales del tema:

“Ya lo ves / no es que yo quiera / eso son cosas que le pasan a cualquiera”.

Y allí, sí, termina de cuadrarse el círculo del desparpajo: el arquetípico macho latinoamericano de la única esposa (“siempre serás tú”) y las varias mujeres (“siempre que me ha mirado a los ojos…yo me he dejado llevado por mi cuerpo”), ese que hacía a las señoras de antes (y seguramente a las de ahora) consolarse pensando que si sus hombres se acostaban con muchas, al final de la noche sólo dormían con una. Y aquí, en versión salsa, ese hombre cuenta y canta. “Lo siento mucho. La vida es así, no la he inventado yo”.

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