Una mujer en su día

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Yo no la conozco ni tengo idea de quién es ella. Sólo sé que está comprando una empanada a las 11:30 de la mañana en el mismo local donde yo solía comer cuando no llevaba almuerzo a la oficina –ahora eso no pasa porque siempre llevo almuerzo, ya que ese otrora gasto superfluo se convirtió en un lujo del que la hiperinflación me privó–. Mientras espero sentado a que una amiga termine de pagar su tardío desayuno, la mujer me aborda. Cabellos grises recogidos y flaca, con el sweater bailándole. Así la veo y recuerdo. “¿Cómo hace uno?”, me pregunta indignada, y yo no entiendo. Pero la pregunta es retórica, así que no espera respuesta: “Cuatrocientos mil bolívares la pensión, y ya la empanada cuesta 45 mil”. Asiento con cara de problema y digo cualquier tontería. “Desde las 5 de la mañana estoy en la calle. Yo vivo acá en la Beethoven y salí a las 5 de la mañana, todavía de noche, para hacer la cola de la pensión, que la pagaban hoy en efectivo”, me cuenta, mientras yo pienso en lo demencial que es todo eso. “Y estaban ese poco de mujeres cobrando el bono del día de la mujer”. “¿El bono del día de la mujer?”, le pregunto. “Sí. De setecientos mil bolívares. Pero sólo las que tuvieran Carnet de la Patria”. Yo bufo. “Que si quería recibirlo tenía que sacarme el Carnet y hacer un juramento, me dijeron. Y allí estaban ese montón de mujeres, felices, recibiendo aquello. Casi un millón de bolívares les daban. ¿Y por qué? Porque tenían el carnet. Pero a mí…”. Y allí se detiene. Toma aire. Casi llora. “Yo soy forense. Jubilada. Trabajé toda mi vida. La pensión como forense no llega ni a cien mil bolívares. Y la del Seguro son cuatrocientos. ¿Cómo hago para vivir con 500 mil bolívares? ¿Cómo hago?”, me pregunta, de nuevo retóricamente. Pero esta vez no hay respuesta. El encargado la llama y le da la empanda. Ella la guarda en la cartera y se despide. No lo dice, pero todo apunta a que será su almuerzo. Y trabajó toda su vida.

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