‘Todo un hombre’, una novela didáctica y entretenida de Tom Wolfe

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

¿Es un best-seller o no es un best-seller? ¿Es literatura de verdad o chatarra? Desde que en 1998 saliera a la calle en medio de una gran expectativa y un tiraje descomunal (1,2 millones de ejemplares), ‘Todo un hombre’, la segunda novela de Tom Wolfe, sucesora de la muy exitosa ‘La hoguera de las vanidades’, ha sido leída y releída con lupa por críticos y escritores para determinar en qué categoría ubicarla. En su momento, John Updike dijo en el ‘New Yorker’ que era puro entretenimiento y cero literatura;  Norman Mailer escribió en ‘TheNew York Review of Books’ que se trataba de un mega best-sellerdivertido y ya; la eminencia Harold Bloom no la vio con malos ojos y la consideró una obra balzaquiana en tono menor; mientras ‘The New York Times’, en su suplemento literario, la consideró como la obra digna de uno de los escritores norteamericanos más importantes de su tiempo. De modo, pues, que estamos ante un libro sobre el que el único acuerdo posible entre los expertos es que es entretenido. Y eso, para un mamotreto de 957 páginas, es un elogio bastante favorable, al que habría que agregarle otro: didáctico. ‘Todo un hombre’ es un libro didáctico, que deja al desnudo y explica muy bien cómo funcionaban la política, las finanzas y la sociedad americana de finales de los noventa, cuáles eran sus estructuras, códigos, normas y reglas, cómo se movía, regía y ordenaba.

Aunque el título hace referencia a lo humano (‘Todo un hombre’), esta novela está más centrada en lo colectivo que en lo individual. No espere nadie en ella personajes muy complejos en cuyas motivaciones más íntimas el autor profundice con ardor de taxidermista hasta dejarlos desnudos ante el lector. No. Nada de eso. En su mayoría son personajes modelo, que se corresponden con un tipo social; gente determinada por el medio (llámese clase, profesión, cargo, color de piel o lugar de nacimiento) y que en consecuencia actúa. En total, los personajes son más de doscientos (entre protagónicos y secundarios), marcados casi todos por la infelicidad y el fracaso, muchos de los cuáles desaparecen (a veces sin explicación alguna) tras representar su papel. Y es así porque en sus casi mil páginas lo que hace Wolfe es pintar un fresco social de Atlanta (que es donde sucede todo), destapar el reloj, mostrar las piezas y enseñar cómo se engranan y funcionan.

Para ello se vale de Charlie Croker, un millonario sesentón,dueño del mayor imperio inmobiliario de Atlanta, que se viene abajo humana y financieramente. Alrededor de su estrepitosa caída, Wolfe va hilando varias tramas que en principio parecen independientes y que llegan incluso a descolocar al lector, pero que al final, exactamente como en un reloj, terminan todas conectadas del modo más improbable posible. Engranando todas las piezas (es decir: conectando las tramas y las historias), Wolfe se maneja con mucha destreza. Claro que ello ocurre sólo al final del libro, por lo que durante buena parte de la lectura no es inusual que el lector se halle preguntándose “¿qué pinta éste aquí?”, “¿esta historia de qué va?”, “¿por qué le da tantas páginas?”. Tenga la confianza de que (casi) todo pasa por algo, al menos todo lo importante, ya que al tratarse de un proyecto tan ambicioso y que abarca tanto, inevitablemente hay cosas que se quedan sueltas. Pero no son las fundamentales.

Con respecto a la prosa, no es la de Wolfe una exactamente lírica. No está mal, pero nada estéticamente deslumbrante. Tiene, sí, un afán agobiante por la minuciosidad y la exactitud, una cosa muy del periodista que en el fondo es, lo que hace que el libro esté lleno de descripciones largas y rigurosas de cosas como la forma en que visten los personajes (en ello se afinca muchas veces), los gestos y los lugares. Ese mismo afán por el rigor lo lleva también al habla, cuyas variantes (sureña, cracker, rústica, carcelaria) intenta reproducir fidedignamente, cosa que en algunas partes llega a complicar –y mucho– la lectura, y que mereció, incluso, una nota introductoria del traductor intentando explicar el calvario por el que pasó haciendo su trabajo. Lo que sí tiene, tal como en ‘La hoguera de las vanidades’, son escenas inolvidables, construidas y narradas de modo impecable y diríase magistral, dignas de antología: la sesión de gimnasia de Charlie en el banco, el peor día en la vida de Conrad y la montada de un semental. Tiene también un sentido del humor bastante fino y una ironía punzante y hasta sabrosa, que le lleva a observar, por ejemplo, que el ideal de belleza masculino contemporáneo, esas mujeres de gimnasio, no terminan siendo otra cosa sino “hombres con senos”, por ejemplo.

¿Y el final, qué? Al igual que en ‘La hoguera…’, Wolfe se ve obligado, para cerrar el monumental libro, a echar mano de un Epílogo. En aquella, era un artículo de periódico en el que se narraba el fin de cada personaje; en ‘Todo un hombre’, la conversación de dos de ellos sobre todos los demás. Sin embargo, lo que le funcionó en la primera, aquí falla. ¿Por qué? Quizás porque lo hace precedido de un fantástico y emocionante monólogo, que hace lucir al epílogo flojo y soso. Sin embargo, en el juicio total se podrá decir que no es un mal libro: entretiene, enseña y se lee fácil. ¿Best-seller o literatura? Se puede leer con provecho. Es todo lo que hay que decir.

‘Todo un hombre’

Autor: Tom Wolfe

Fecha: 1998

Páginas: 957

Calificación: 7/10

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