Las voces vivas del olvido: ¿Por qué soy fotógrafo?

Por: Diego Alejandro Torres | @sr_mowgli

No sé si sea algo habitual, pero a veces odio mi memoria. Hay días en los que  me siento abrumado por un recuerdo recurrente, y simplemente me hallo indefenso contra sus ardientes manifestaciones. Otras veces sucede lo contrario: a veces olvidó cosas que se suponen que deben importarme, hechos cuyo olvido traen molestias a mi cotidianidad. E inclusive, también me pasa que en algunas ocasiones, sin saber por qué, detalles insignificantes e intrascendentes permanecen en mi mente. ¿Tú también has padecido de los mismos males, verdad? Me imagino que sí, es humano. Todos sufrimos los males de no tener control sobre nuestras memorias.

Aunque sé que es una carga universal, a veces siento que a mí me afecta más por el hecho de ser fotógrafo: se supone que mi labor es manipular  la memoria. Entonces pienso en aquel personaje de Borges llamado Funes el memorioso, un joven que adquirió la “capacidad” de no olvidar absolutamente nada tras un accidente a caballo. ¿Imaginas poder describir cada hoja de un árbol, y todas las frases de un libro? No es de extrañar que el pobre Funes haya fallecido de un derrame cerebral. Para nuestra desgracia, en este tema no hay todo o nada, solo un conjunto de desniveles.

Al pensar en el cuento de Borges, me pregunto por qué no podemos ser capaces de seleccionar qué cosas recordar y qué cosas no. Nuestra vida sería mucho más sencilla si pudiéramos guiar nuestra memoria según nuestras necesidades, tanto en lo práctico como en lo emocional. Sería estupendo no olvidar el lugar donde se dejaron las llaves, o las fechas de las entregas, como también olvidar los traumas y no ser acosado por los recuerdos. No sentir la intensidad de los peores momentos como si éstos se repitieran sucesivamente en el tiempo. Poder dominar la memoria es una habilidad que  creo que todo el mundo desearía, tan inspiradora como volar.

Algunos recuerdos pesan, otros elevan el alma, y otros, sencillamente, se desvanecen. Si te preguntas cómo son los primeros tres años de vida, seguramente también te preguntarás qué consecuencias podría tener la capacidad de manipular la memoria. Quizás, esa carencia de control sobre ella sea necesaria. A Funes el memorioso le costó caro el no poder olvidar.

¿Tiene una utilidad el olvido?

La verdad no lo sé, pero supongo que sí. Desde una perspectiva psicoanalítica, el olvido es una manifestación del inconsciente. No voy a detenerme a hablar sobre qué es eso, sólo diré que es como un profundo pozo de pensamientos no racionales que está dentro de cada ser, y del que no se es consciente de su presencia y movimientos. Éste busca manifestarse y de él emergen los sueños, los chistes, metáforas, etc. Separa y unifica los elementos que le resulten más significativos, unos destacan en el recuerdo, y otros son olvidados. Algunos deben ser olvidados. Sea de forma lógica o no, el olvido viene a ser una fuerza selectiva que le da interpretaciones diferentes a los fenómenos externos. Lo olvidado se convierte en lo “no dicho”.

Lo “no dicho” hace que “lo dicho” se refuerce; crea misterio, expectación, y siempre deja una sensación de incertidumbre. Marca terreno, resta importancia a una cosa y le da mayor trascendencia a otra. Como cuando lees una novela y sientes que el autor oculta algo, e inclusive, ¿no es esa la premisa principal de toda obra de arte, la sensación de que hay algo más? El olvido puede ser similar al de querer averiguar, es un estimulante para la curiosidad, una disfrutable incomodidad que inspira pasión.

Freud mencionó que el olvido puede derivar, inconscientemente, del desinterés. Por ejemplo, si una persona olvida una cita médica probablemente sea por temor a una mala noticia del doctor.  ¿Tú nunca olvidaste una tarea de la materia que detestabas? Varía en función del gusto o disgusto, o, inclusive, de las asociaciones que se generan a partir del contacto externo: “siempre me acuerdo de tu nombre porque me recuerda a…“. Sin uno saberlo, es selectivo, y brinda la capacidad de autoconocimiento: averigua qué cosas desaparecieron de tu mente y quizás puedas saber por qué (siempre tomando en cuenta que el conocimiento de nuestra sombra nos será limitado)

Aunque hoy en día la ciencia le refute muchos planteamiento a Freud, viéndolo desde su perspectiva este asunto cobra más sentido. El olvido tiene una función inconsciente que es inherente al hombre y, por ende, tiene connotaciones que se manifiestan en sus producciones culturales. Se olvidan las cosas debido a nuestra fijación o apatía con diferentes tópicos -y con sus asociaciones-, de modo que la incertidumbre que genera puede alimentar la imaginación. Y su contraparte, el recuerdo, también da mucho de qué hablar en campo del Arte.

Lo que elegimos recordar

Un recuerdo puede marcar una vida, definir un antes y un después e, inclusive, construir o destruir la identidad de la persona. Una despedida queda tatuada en la psique; por ende, la necesidad de manipular la memoria ha conducido muchas de las grandes hazañas del hombre, como es el caso de la invención de la fotografía. Como fotógrafo, tiendo a asociar las épocas del pasado en función de algunas de mis fotos. Del mismo modo, la gente recuerda sus eventos a través de sus capturas, también la esencia de sus seres queridos. La cámara es un instrumento que lucha contra el olvido.

Dudo que exista un mejor ejemplo para hablar de las posibilidades que tiene la fotografía de penetrar el alma humana que La cámara lúcida, de Roland Barthes. Este peculiar libro se compone de dos capítulos largos. El primero habla de algunos de los efectos que pueda generar ésta en un espectador –que la atención se fije en un detalle de forma irracional, que  los elementos en la escena brinden la posibilidad  de entender un contexto, etc-, todo explicado con términos teóricos, pero sin perder la atmósfera poética. Y el segundo navega por aguas mucho más profundas. A través de sus páginas vemos cómo el autor realiza una intensa exploración emocional a partir de una fotografía de su madre cuando ésta era una niña, la cual se niega a mostrar, alegando que esa imagen solamente tiene esas connotaciones en él.

La cámara lúcida ofrece una visión intimista sobre el fenómeno de lo simbólico que puede encontrarse en una imagen. La sola fotografía de su madre a los cinco años de edad en un invernadero adquirió para Barthes un significado mucho mayor debido al fallecimiento de ésta. Y en su caso parece haberse logrado: la captura de su  progenitora le remite a toda la identidad de ésta, al paso del tiempo, al duelo, al dolor, a la soledad. Esa foto se convirtió en un símbolo personal dentro de su mundo.

“El aire (…) es como el elemento inflexible de la identidad, aquello que nos es dado gratuitamente, despojando de toda “importancia”: el aire expresa al sujeto en tanto que no se da importancia. En esta foto de verdad que el ser que amo, que amé, no se encuentra separado de su mismo: por fin coincide. (…)Todas las fotos de mi madre a las que pasaba revistas eran un poco como máscaras; en la última, bruscamente, la máscara desaparecía: quedaba un alma, sin edad pero no al margen del tiempo, puesto que este aire era el mismo que yo veía, consustancial a su rostro, cada día de su larga vida” (Barthes, 1983, páginas 163-164).

Evidentemente, allí Barthes se expresa de su madre como la recordaba, y también como la idealizaba. Lo que el elige recordar de ella, porque dudo que allí la evocara pensándola como una mujer enojada o triste, pese a que evidentemente esos sentimientos no le eran ajenos. Obvia fragmentos de la realidad pasada para centrarse en uno solo: su estado más “puro”. Es una selección, un olvido voluntario de un enorme conjunto de sus características. El redefine su identidad. La memoria y la imaginación juegan en conjunto. Y no es algo que está mal: al fin y al cabo, una frase muy habitual en el vocablo humano es: “Recuérdame por lo bueno y no por lo malo”.

Como fotógrafo, siempre procuro que mis rostros queden esplendidos. Claro, yo busco más que una simple cara bonita, pero eso no quita que a menudo intente hacer ver a mis modelos con rasgos “halagadores”, y efectivamente, así tiendo a recordar (visualmente hablando) a muchas personas. Lo digo muy literalmente: mi memoria es fotográfica, a menudo pienso a mi pareja según la forma en la que la he fotografiado. No por nada es que Regís Durand llama a la fotografía un arte “fetichista”. En su ensayo “El plato y el embudo. Notas sobre la fotografía y lo real”, recopilado en su  libro “La experiencia fotográfica”, comenta que ésta expone realidades que sustituyen a otras, que pretenden hacerse pasar por la realidad tal y como es, que olvidan su carácter de simulacro. Sentimiento común, precisamente por la ilusión de objetividad que toda fotografía pretende dar. Explica el autor:

Gracias a Freud sabemos que el fetichismo se apoya en una operación simbólica  (…) la negación o el rechazo de una realidad traumatizante. El fetiche sería una tentativa precaria (pues siempre será insatisfactoria) de suturar ese pensamiento de pérdida o de carencia de un objeto irreal, al mismo tiempo presencia y ausencia – presencia que niega la pérdida de otro objeto y que no obstante nunca estuvo ahí.  Desde este punto de vista, la fotografía el arte fetichista por excelencia, y  la relación con lo real debe ser asociada a esta fantasmagoría” (Durand, 2012, página 83).

Barthes decía que la foto niega la muerte del objeto, está constituida por un único recuerdo y varios olvidos, y se convierte en fetiche para la memoria ¿Cuánta gente no ve la foto de su pareja anterior para torturarse con el recuerdo y las fantasías que éste le genere? Inclusive, cuando se le pretende dar una intención estética muchas veces estos sentimientos se intensifican. Es el arte del fetiche, de la imagen única como símbolo de todo lo que debería, la que protege de los recuerdos no gratos y de los olvidos ignorados. La que pretendemos dar la pretensión de realidad.

Dicen que la mente es como una película. Siendo así, no quiero imaginar las sucesivas fotografías pasando una después de la otra. Imaginarlo, simple y llanamente, me produce terror. Desde mi mirada personal, creo que el tema del olvido siempre será motivo de curiosidad y frustración. A veces detesto no poder ejercerlo, y a veces detesto no saber en qué escena de mi vida lo ejercí, y por qué. Supongo que con mi andar fetichista seguiré luchando por poder ejercer la manipulación de la memoria, para solo recordar de forma selectiva, pero conscientemente. Para construir mi propio mundo.

A todo fotógrafo le toca ayudar a su inconsciente a unir los nexos de su vida con cada captura, con cada instante que decide eternizar, y, para eso, es necesario olvidar. Ahora es que me doy cuenta de que mi cámara solo me ayuda a no sufrir el destino de Funes el memorioso, cada foto es un gran conjunto de recuerdos con pretensiones de ser reales, pero siempre acompañados de las voces vivas del olvido.

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