El padrino chino de las misses

Tomando Don Perignon Rosé. Así se encontró una vez la periodista Elizabeth Fuentes a Diego Salazar en un restaurant de Las Mercedes. El episodio ocurrió en 2016 y lo relató en ‘Descrifrado’. “Acompañado de una de sus ‘misses’ de turno” fue la expresión usada por Fuentes en ese entonces. Y es que hubo una época en la que hablar de Salazar y misses era casi redundante. El Padrino de las misses, hoy tras rejas, fue un hombre de excesos –blanqueó $2 mil millones en Andorra-, cuyo patrimonio se sustentaba en dos movimientos: por un lado, los contratos que obtenía para su aseguradora con la PDVSA que presidía su primo Rafael Ramírez, y, por otro, la habilidad para hablar (o hacerse entender) en mandarín. Ese turismo de lujo en Dubai no era una empresa al alcance de cualquiera, sino de quien fue capaz de tender puentes -bajo la consigna de “consultoría”- entre empresas chinas y el Ejecutivo venezolano.  Desde que se firmó el Fondo Chino-Venezolano en 2007, en las mesas de reunión de los proyectos de energía, agroalimentarios y de infraestructura había más salsa agridulce que rosada; y Dieguito lo sabía. “El caso chino es cien por cien Diego Salazar. Él era un lobista de los chinos y la embajadora de Venezuela en el país asiático le ayudaba”, publicó el sábado ‘El País’ de España, que explicó que Salazar le cobraba 10% de comisión a los chinos por obra adjudicada. Según el diario, durante sus funciones como enlace, Salazar abonó a su cuenta $49,2 millones. Los ex viceministros de energía Nervis Villalobos y Javier Alvarado, además de la primera finalista del Miss Venezuela 2006, Claudia Suárez, también aparecen en los archivos. La fortuna aglutinada no sólo sería destinada para el disfrute: como todo un Robin Hood rojo, este hijo de guerrillero creó una fundación con el nombre de su padre en favor de los niños pobres. Para promocionarla y generar el impacto mediático que necesitan los servicios de caridad, sus ahijadas lo ayudaban: las mujeres más bellas de Venezuela, ganadoras y concursantes, posaban –y cobraban– como imagen de un vínculo que jamás quisieron que existiera.

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