RESEÑA: ‘La invención de Morel’ – Adolfo Bioy Casares

Por Ezequiel Abdala | @eaa1717
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Perfecta. Así la calificó nada menos que Jorge Luis Borges, un hombre que si de algo sabía era de perfección, porque siempre aspiró a ella. Decir que tan alta valoración estuvo influida por el hecho de que ‘La invención de Morel’ le fue dedicada por su querido amigo Adolfo Bioy Casares (el autor) sería desconocer al implacable, nada zalamero y poco vanidoso –al menos públicamente- Borges, pero omitirlo implicaría quedarse sin un dato significativo que permite hacer un importante matiz en su calificación. Es perfecta, sí…para los cánones y gustos de ambos escritores, unos en los que el tiempo, la eternidad, los juegos de espejos y la fantasía son los que marcan la pauta. Y en ese sentido, ‘La invención de Morel’ es una obra maestra. Fría, desprovista de sentimientos, pero maestra.
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La escritura es lineal, con una prosa sobria, austera y sencilla a la que no le falta ni le sobra nada. No hay coma, adjetivo o detalle de más. Todo, absolutamente todo, tiene una función y razón de ser y estar. En ese sentido es un libro impecable, que funciona como reloj inglés, y que incluso se disfruta más con una relectura: en la primera, asombrándose del misterio; y en la segunda, de lo bien que lo construyó el autor.
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Es uno de esos libros de cuya trama es casi imposible hablar sin caer en ‘spoiler’, de modo que es muy poco lo que se puede revelar de ella sin perjudicarle la lectura a otro. Baste decir que cuenta la historia de un hombre en una isla desierta, que de improvisto se encuentra acompañado por una serie de turistas que tienen la extraña tendencia de hacer siempre lo mismo e ignorarlo. Y hasta allí lo que se puede decir, y a partir de allí donde aparece todo el genio de Bioy Casares, que logra solucionar el misterio de un modo tan absolutamente brillante (e inesperado para el cavilante lector) que merece, allí sí, la eternidad de los clásicos.

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