La lección maestra de Abreu

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

A propósito de algunos reproches, los hagiógrafos de San José Antonio Abreu –santo súbito en ‘El Universal’ y ‘Últimas Noticias’, venerable en los otros periódicos, místico según el P. Numa, desconocido en la tele y sólo criticado en las redes– han zanjado el asunto de su pública y notoria cercanía con el chavismo diciendo que aquello era apenas pose y disimulo, un tributo más bien desagradable que el Maestro (siempre mayúscula, las cosas como son) se veía obligado a pagar repetidamente para garantizar la existencia de El Sistema. Los más devotos se han aventurado a explicar que se trataba de una jugada astuta de Abreu, que dejándose usar, usaba. De modo que, al parecer, estábamos ante un fuera de serie no sólo de la música sino también la política, un auténtico discípulo de Fouché, un geniecito tenebroso (Zweigs dixit), cuya máxima, quién lo diría, sería aquella que, no sin malicia, Savonarola le atribuyó a Maquiavelo: el fin (la supervivencia de El Sistema) justifica los medios (convertirlo en la banda sonora de la dictadura). ¿Bueno o malo? A juicio del facultativo. No seré yo quien dicte el veredicto moral o se rasgue las vestiduras. Pero sí quien ponga el punto y la tilde sobre la íes de ironía, que es la palabra para resumirlo todo. Porque, como nos informó Globovisión, “el José…eh…de Abreu…eh…se murió” y no había terminado el novenario cuando El Sistema pasó  a manos de Nicolasito ‘ha-fallecido-gente-viva’ Maduro y de Delcy ‘rencor-eterno’ Rodríguez, a saber cuál más ignaro y destructivo que el otro. ¿Y de qué sirvieron la cerviz doblada, la sonrisita babeada, el disimulo, y el elogio zalamero? ¡De nada! Al final, el chavismo igual se lo terminó quedando. El Maestro no vivió para verlo (consuelo egoísta) pero murió en inevitable estado de sospecha, una verdadera pena para un hombre de su talento. Sin embargo, no todo fue en vano: nos dejó una gran lección. Gracias a él aprendimos que las dictaduras tarde o temprano arrebatan, y que por ello tributarles la dignidad en función de sobrevivir siempre será mal negocio: porque la sobrevivencia es efímera y mudable, y la dignidad, como la fama, eterna e irrecuperable.

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