RESEÑA: ‘Al este del Edén’ – John Steinbeck

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

De ella dijo el mismo John Steinbeck que era la mejor de sus novelas y que toda su producción anterior –entre las que estaba una ganadora del Púlitzer como ‘Las uvas de la ira’– había sido apenas un mero ensayo, un “entrenamiento”, para llegar, por fin, ‘Al este del Edén’, una novela total, larga y voluminosa (casi 800 páginas) en la que por medio de la historia de tres generaciones de dos familias americanas se invita al lector a reflexionar sobre temas universales como el bien, el mal y el libre albedrío, teniendo como fondo la historia de Caín y Abel. Proyecto ambicioso, típico de novelista consumado que quiere echar el resto escribiendo algo grande, inmortal, que pase a la historia como un clásico, pero que, para infortunio de Steinbeck, quedó en mero proyecto ya que el resultado final no llega –es más: ni se le acerca– a la ‘opus magnan’ que él pretendió. Nada grave tampoco teniendo él firmada ‘Las uvas de la ira’, esa sí una señora novela y un clásico imprescindible de las letras americanas.

¿Qué le falló al buen John, premio Nobel de Literatura 1962, en ‘Al este del Edén’? En primer lugar, el narrador: que en un momento es omnisciente, en otro testigo, en otro protagonista y en otro no se sabe qué. Y no puede decirse que se trate de algo deliberado, de uno de esos juegos ‘faulknerianos’ de perspectivas. No. Nada que ver. Aquí simplemente el narrador arranca en tercera, se pasa a primera sin ser exactamente un personaje de peso dentro de la novela, de repente vuelve a la tercera, entra, sale, opina, reflexiona, se calla y así. La segunda falla es la de los personajes: invariables. No mudan. Los buenos lo son siempre y los malos también. Los buenos rozan, casi, la santidad y los malos el infierno. Y con esas dos cosas es imposible hacer una obra maestra.

“Una novela pésimamente construida que, sin embargo, se lee con avidez”, escribió de ella Vargas Llosa, que le dedica un capítulo en ‘La verdad de las mentiras’. Y habría que hacer un matiz en lo de la avidez: si se lee con tanto interés es por la truculencia de la historia, llena de episodios dramáticos e improbables, muchos de ellos inverosímiles, casi todos extremos, hiperbólicos, con los que Steinbeck sorprende (y espanta) al descreído lector, que no puede dejarse de preguntar qué pasará con este o aquel personaje, y qué giro rocambolesco habrá en la siguiente página. Pero sólo por eso.

¿Y qué tiene de bueno entonces ‘Al este del Edén’ para que, empezando por su propio autor, haya sido tan elogiada y leída a lo largo del tiempo? El análisis psicológico de los personajes, interesante y profundo; y, sobre todo, las reflexiones, en su mayoría de corte existencial – filosófico – teológico, y casi todas en boca de dos grandes personajes: Samuel Hamilton (un campesino irlandés lleno de la sabiduría llana que dan el amanecer, el trabajo y la tierra) y Lee (un criado chino, enigmático, que tiene todas las respuestas del mundo). A través de ellos, Steinbeck –que se pasó buena parte de su vida preocupado por el hombre y su destino– hace al lector detenerse a reflexionar sobre temas que nos son inherentes a todos –la naturaleza del mal, la condición humana, la capacidad de hacer el bien, la voluntad, el destino, la envidia, los celos, los afectos– y que por ello tienen interés.

¿Bastan para hacer una buena novela?

No. Basta apenas para salvarla de la categoría de folletín –que es, en rigor, la que por los personajes y situaciones le correspondería–, pero no para elevarla a esa cima a la que Steinbeck pretendió llevar esa ambiciosa idea que tuvo y no supo concretar.

‘Al este del Edén’

Autor: John Steinbeck

Año: 1952

Páginas: 770

Calificación: 5/10

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