Dickinson, la excentricidad del genio

Vestida de blanco y encerrada en su habitación, Emily Dickinson (fallecida un día como hoy, pero en 1886) pasó los últimos 15 años de su vida enfocada en la producción de una obra que sólo fue reconocida póstumamente. De quien se convirtió en una de las poetisas más importantes de Estados Unidos se puede decir que su excentricidad fue tan grande como su legado. Después de tener una breve, pero rica educación inicial, Edward Dickinson, su padre, la incentivó a estudiar en una universidad –sólo para mujeres– en una época en donde el sexo femenino no tenía casi oportunidades, allí permaneció por un curso. Fue en ese momento, entre los 16 y 17 años, que Emily se dejó retratar por última vez. Más allá de quienes alegan que su reclusión en la casa paterna se debe a su temor obsesivo ante los espacios abiertos, Emily pasó siete años cuidando a su mamá antes de morir. Asimismo, pese a las oportunidades académicas que le brindó su padre, este le exigía cuidados preferenciales. Y es que se dice que Edward sólo comía el pan que amasaba su hija. Desde entonces y desde su habitación, germinarían ideas geniales que lograrían una obra bien acabada que se transformó en escuela de las próximas generaciones de poetas. Tal era su excentricidad que, cuando tenía visitas, hablaba siempre desde su dormitorio con la puerta cerrada. Gracias a la condición económica de su padre, quien logró ser diputado del Congreso en Washington, Emily no tuvo la necesidad de salir a buscar trabajo para sobrevivir, por lo que se dedicó a los cuidados de la casa y a la escritura exclusivamente para ella. Negada a publicar, pues pertenecía a esa corriente que no le gustaba divulgar nada de su trabajo, llegó a escribir 300 poemas al año. A lo largo de su vida alcanzó los 1.800 poemas que abordan la muerte y el amor como temas principales. Pese a su negación a ser pública, Emily Dickinson permanece, a 132 años de su muerte, viva en la historia de la poesía.

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